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Cuando la tierra era niña

Capítulo 5 de 14

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El Paraíso de los niños · Capítulo 5

En el cuarto de juego de Tanglewood

Cuando la tierra era niña · Nathaniel Hawthorne

Pasaron los días de oro de Octubre, como tantos otros Octubres han pasado, y pasó el obscuro Noviembre y la mayor parte del frío Diciembre también. Por fin llegó la alegre Navidad, y Eustaquio Bright llegó con ella, haciéndola aún más alegre con su presencia. Y al día siguiente de haber llegado él, cayó una gran nevada. Hasta entonces el invierno parecía haberse retrasado, y nos había dado muchos días tibios, que eran como sonrisas en su rostro arrugado. La hierba se había conservado verde en los sitios resguardados, tales como los escondrijos de las vertientes que miraban al Sur y a lo largo de las cercas de piedra que no dejaban pasar el viento frío. Aún no hacía un par de semanas que los niños habían encontrado un amargón en flor, en la margen del Arroyo Umbrío, precisamente a la salida de la cañada.

Pero ya no había ni hierba ni flores. ¡Qué nevada! Veinte millas de tierra cubierta de nieve hubieran podido verse entre las ventanas de Tanglewood y la alta montaña, si la vista alcanzase tan lejos, entre los remolinos de copos que blanqueaban toda la atmósfera. Parecía como si las colinas fuesen gigantes, que se estuviesen entreteniendo en tirarse unos a otros monstruosos puñados de nieve. Tan espesos caían los copos, que hasta los árboles que estaban a mitad del camino, valle abajo, quedaban ocultos por ellos la mayor parte del tiempo. Algunas veces, es verdad, los pequeños prisioneros de Tanglewood podían divisar el confuso contorno de la gran montaña y la lisa blancura del lago helado al pie de ella, y las manchas negras o grises de los bosques en la parte más cercana del paisaje. Pero esto eran, sencillamente, claras en la tormenta.

Sin embargo, los niños se regocijaban con la nevada. Ya habían trabado conocimiento con la nieve, dando saltos bajo ella cuando caía más espesa, y tirándosela unos a otros a puñados, precisamente como ahora mismo nos figurábamos que hacían las montañas. Y ahora habían vuelto al espacioso cuarto de juego, que era tan grande como el gran salón, y estaba lleno de toda clase de juguetes, grandes y pequeños. El mayor de todos era un caballo de movimiento, que parecía un jaco de verdad, y había una familia entera de muñecas de madera, de cera, de cartón y de china, además de unos cuantos bebés de trapo; y tarugos de construcción, innumerables, y bolos, y pelotas, y peones, y aros, y volantes, y combas, y muchísimos más objetos valiosos de los que yo pudiera enumerar en una página. Pero los niños preferían la nevada a todos los juguetes. ¡Prometía para mañana tantas animadas diversiones, y para todo el resto del invierno! Los trineos, los resbalones desde la colina hasta el valle, las estatuas de nieve que había que esculpir, las fortalezas de nieve que había que edificar, y la batalla de bolas de nieve que había que ganar.

Así los chiquillos bendecían la nevada, y se alegraban de ver que caía cada vez más espesa, y miraban con esperanza el montón que se estaba formando en la avenida, y que ya era más alto que el más alto de ellos.

—¡Vamos a estar bloqueados hasta la primavera!—exclamaron con el mayor entusiasmo—. ¡Qué lástima que la casa sea demasiado alta y que no pueda cubrirla la nieve! La casita encarnada de allá abajo va a quedar enterrada hasta el tejado.

—Pero, chiquillos locos, ¿todavía deseáis más nieve?—preguntó Eustaquio, que cansado de alguna novela que estaba leyendo, había entrado en el cuarto de juego—. Ya ha hecho bastante daño, echando a perder la mejor partida de patines que hubiera yo podido disfrutar en todo el invierno. ¡No volveremos a ver el lago hasta el mes de Abril, y hoy iba a ser el primer día que yo pasase patinando sobre él! ¿No me compadeces, Primavera?

—¡Claro que sí!—respondió Primavera, riendo—. Pero, para que te consueles, escucharemos uno de tus cuentos rancios, de los que nos contabas en el Pórtico o en Arroyo Umbrío. Puede que ahora que no tengo nada que hacer, me gusten más que cuando había nueces que buscar o buen tiempo que disfrutar.

Inmediatamente, Margarita, Trébol, Amapola y todos los chiquillos que aún estaban en Tanglewood, se reunieron en torno de Eustaquio, pidiéndole con afán que contase un cuento. El estudiante bostezó, se desperezó, y después, con gran admiración de la gente menuda, dió tres saltos hacia adelante y tres hacia atrás por encima del respaldo de una silla, con el fin, según les explicó, de poner en movimiento su inteligencia.

—Bueno, bueno, chiquillos—dijo después de estos preliminares—, puesto que insistís, y puesto que Primavera se empeña, veremos si puedo complaceros. Y para que sepáis qué días tan felices existieron antes de que estuviesen de moda las nevadas, os contaré una historia del más viejo de todos los tiempos, cuando el mundo era tan nuevo como el peón nuevo de Capuchina. Entonces no existía en la Tierra más que una estación: el delicioso verano, y una sola edad para los mortales: la infancia.

—Nunca he oído hablar de eso—dijo Primavera.

—Claro que no—respondió Eustaquio—. Será un cuento que nadie ha soñado antes que yo, un Paraíso de los niños que se desvaneció por culpa de una chiquilla tan mala como Primavera.

Y Eustaquio Bright se sentó en la silla sobre la cual había estado saltando, sentó a Capuchina sobre sus rodillas, mandó callar al auditorio, y empezó el cuento sobre la niña mala, cuyo nombre era Pandora, y sobre su compañero de juegos, que se llamaba Epimeteo. Podéis leerle palabra por palabra, porque empieza en la página siguiente.