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El paraíso perdido

Capítulo 19 de 19

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Capítulo 19

Notas

El paraíso perdido · John Milton


«Nec duri libet usque minas preferre magistris,
Cæteraque ingenio non subeunda meo.»

Este último verso lo traduce el malicioso crítico así: «y otras cosas insufribles para un hombre de mi temple.» Pero ingenio lo que aquí expresa propiamente es la constitución intelectual, al paso que la degradación que impone el castigo personal afecta a la constitución moral. Milton alude aquí a los enojosos certámenes del aula, que tan repugnantes eran a la delicadeza de su genio poético.

... not those that in Illyria chang’d
Hermione and Cadmus.

Pero en castellano se salva este inconveniente, pues la preposición a distingue bien el acusativo del nominativo.

Trasládase después al África, y aparecen ante su vista el imperio de Nego, la Etiopía superior o tierra de Abisinia, sometida a un soberano, llamado en la lengua de aquel país Nego o rey, y por los europeos el preste Juan, hasta su puerto más distante, Ereco, Ercoco o Erquico en el mar Rojo, fronterizo por el nordeste del imperio de Abisinia, y los pequeños estados marítimos, los reinos menores de la costa meridional. Montbaza, Quiloa y Melinde, próximos todos al Zanguebar, dilatada región de la Etiopía inferior, al este del mar de la India, colonia de los portugueses, y Sofala, creída Ofir, otro reino y ciudad del mismo mar, que Purchas y otros equivocaron con Ofir, de donde Salomón sacaba el oro, hasta el reino del Congo, que era asimismo un reino de la Etiopía inferior, en la costa occidental, como otros se hallaban en la oriental, y Angola más hacia el sur, otro país al mediodía del Congo. Y desde aquí, desde el Níger, que divide la Nigricia en dos partes, al monte Atlas, en lo más occidental de África, a los reinos de Almanzor, es decir, a Fez y Sus, Marruecos, Argel y Tremecén, todos ellos de Berbería.

De África pasa a Europa, y al lugar donde Roma había de dominar al mundo; sobre la cual se detiene menos por ser más conocida.

Vio también en su imaginación —y no podía verla de otro modo, porque América estaba en la parte opuesta del globo—, la opulenta Méjico, en la América del norte, imperio de Moctezuma y conquista de Hernán Cortés, y Cuzco en el Perú, de la América meridional, espléndido trono de Atabalipa, a quien Pizarro arrebató su cetro, y la Guyana no despojada aún, que pertenecía también a la América del sur, y que todavía no había sido invadida ni conquistada, a cuya principal ciudad, llamada Manhoa, dieron los hijos de Gerión, es decir los españoles de Gerión, antiguo rey de España, el nombre de El Dorado o ciudad del oro, por la abundancia que allí había de este precioso metal.

Y así fue recorriendo Milton las cuatro partes del globo, descubiertas y por descubrir, entreteniéndose en una digresión que será más o menos oportuna, pero que indudablemente es un gran alarde de erudición, y no carece de poesía.