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Fausto: Primera parte

Capítulo 8 de 30

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Capítulo 8

Gabinete de estudio

Fausto: Primera parte · Johann Wolfgang von Goethe


FAUSTO Y MEFISTÓFELES

Fausto

¿Llaman? Entrad. ¿Qué importuno

me busca?

Mefistófeles

Yo soy quien llamo.

Fausto

Entrad, pues.

Mefistófeles

Dilo tres veces.

Fausto

¡Entrad al fin, voto al Diablo!

Mefistófeles

Así me gustas, y entiendo

que ya entendiéndonos vamos.

Por disipar tus quimeras,

aquí estoy, hecho un hidalgo,

con rico traje de grana,

de oro fino recamado,

la breve capa de seda,

la suelta pluma de gallo,

y el luengo, tajante acero

pendiente al izquierdo flanco.

Viste tú las mismas galas,

sin detenerte a pensarlo,

y ven a correr el mundo,

libre, contento y ufano.

Fausto

¿Qué importa cambiar las ropas,

si están dentro los cuidados?

Tan mozo no soy que pueda

correr tras goces livianos,

ni tan viejo todavía

que mi pecho esté ya exhausto.

¿Qué puede darme la vida?

«Abstente, abstente; sé cauto,»

es el odioso estribillo

que eternamente escuchamos,

y que cada hora repite

con retintín más amargo.

Rompe el día, y con el día

viene a mis ojos el llanto,

al ver que en sus largas horas

ninguna ventura aguardo;

al ver que el placer posible

lo destruyo analizándolo,

y las hermosas imágenes

que mis ansias engendraron,

malas artes las convierten

en solemnes mamarrachos.

Viene la lúgubre noche;

rendido en el lecho caigo,

y al buscar paz y reposo,

pesadillas no más hallo.

El espíritu que enciende

el volcán en que me abraso,

en el corazón encierra

sus tempestades y estragos.

Dentro, fuego; fuera, nieve:

di si en tan mísero estado

odio con razón la vida

y pronta muerte reclamo.

Mefistófeles

Huésped importuno, empero,

es la muerte en todos casos.

Fausto

¡Feliz aquel a quien ciñe

la sien de sangrientos lauros!

¡Feliz aquel a quien hiere

tras ardiente danza, cuando

la hermosa de sus amores

abriole los dulces brazos!

¡Feliz yo, si el alma mía,

en sus celestiales raptos,

al ver al sublime Espíritu,

se hubiera en él abismado!

Mefistófeles

¿Y por qué, anoche, de cierto

negro licor huyó el labio?

Fausto

¿Vas al acecho?

Mefistófeles

No todo

lo sé; pero siempre sé algo.

Fausto

Pues bien: si mi horrible angustia

son calmó tranquilo y grato,

que de mi niñez gozosa

los dulces recuerdos trajo,

¡mal hayan las ilusiones

que el corazón trastornando,

a engañadores abismos

llevan así nuestros pasos!

¡Mal hayan las fantasías

que a nuestros sueños dan pábulo!

¡Mal hayan las apariencias

que al sentido tienden lazos!

¡Mal hayan gloria y renombre!

¡Mal hayan pompas y aplausos,

y cuanto al mundo nos liga,

hogar, familia o arado!

¡Mal hayan Mammón y el oro

con que pretende pagarnos,

y los cojines que brinda

a nuestro muelle regalo,

y la vid y sus racimos,

y el amor y sus halagos!

¡Mal hayan fe y esperanza,

y sobre todo ese engaño,

mal haya la pacientísima

resignación de nuestro ánimo!

Coro de Espíritus (invisible)

¿Qué has hecho del mundo,

del mundo esplendente?

Tu puño iracundo

lo aplasta inclemente,

triunfal semidiós.

La hermosa y querida

visión de la vida

cayó destrozada,

cayó ya en la nada;

de aquella hermosura

tan cándida y pura

nuestra alma va en pos;

y mísero llanto

vertemos, al ver

hoy roto el encanto

tan plácido ayer.

¡Oh tú, soberano

del género humano!

¡Soberbio titán!

Engendra en el seno

del alma profundo,

más puro y sereno,

más grande, otro mundo;

da vida a tu afán:

y en plectros sonoros

espléndidos coros

tus glorias dirán.

Mefistófeles

Ya vino en tu ayuda

mi gente menuda,

que en sabios consejos

te muestra a lo lejos

placer y emoción.

En pos de ellos vuela,

huyendo estos muros,

do en antros oscuros

se extingue y se hiela

tu audaz corazón.

No el propio dolor avives,

negro buitre en ti cebado;

ven, y en la pobre compaña

de este miserable diablo,

serás hombre, por lo menos,

cual lo son tantos y tantos.

Y no imagines, por ende,

que te arrojo al vulgo sandio:

nunca fui de los primeros;

pero, si aceptas mi amparo,

tuyo soy desde ese instante,

y en mí encuentras en el acto

compañero, y si más quieres,

servidor, y hasta lacayo.

Fausto

¿Y a qué me obliga ese obsequio?

Mefistófeles

¡Oh, calla! No apremia el pago.

Fausto

Diz que el diablo es egoísta,

y si nos ayuda en algo,

no hace jamás por el mero

amor de Dios el milagro.

Temibles son tus ofertas:

di qué pides; habla claro.

No es bueno tener en casa

un servidor de tu rango.

Mefistófeles

Pues bien: aquí he de servirte

sin pereza y sin descanso,

y tú harás por mí lo mismo

cuando estemos allá abajo.

Fausto

Allá abajo, poco importa.

Si este mundo haces pedazos,

del mundo que después venga

no he de hacer el menor caso.

Del suelo que mis pies huellan

todas mis dichas brotaron;

el sol que mi frente baña

correr vio todos mis llantos:

si el sol cae y se hunde el suelo,

ya por nada más me afano.

Me es igual, si hay otra vida,

que odio impere o amor santo,

y que esa morada póstuma

sea el Empíreo o el Tártaro.

Mefistófeles

Entonces, ¿en qué reparas?

Decídete: acepta el pacto,

y verás, al punto mismo,

adónde llego y alcanzo.

Vas a gozar lo que nadie

gozar pudo, ni aun soñándolo.

Fausto

¿Qué podrás, qué podrás darme?

¿Qué entiendes tú, pobre diablo,

qué entiendes de la insaciable

sed del espíritu humano?

¿Qué podrás darme? Manjares,

que pronto cansan al labio;

oro, que cual vivo azogue

escapa de nuestras manos;

lucha en que jamás vencemos,

juego en que nunca ganamos;

hermosuras, que al vecino

sonríen en nuestros brazos;

gloria, placer de los dioses,

que pasa como un relámpago.

Muéstrame un árbol que vista

cada día nuevos ramos,

y un fruto que no se pudra

en él antes de tocarlo.

Mefistófeles

Te daré cuanto apetezcas:

el empeño no es tan arduo.

Ya es hora; ven; el banquete

está servido: ¡a saciarnos!

Fausto

Si en el lecho deleitoso

logro un punto de descanso,

tuyo soy. Si satisfecho

de mí mismo un día me hallo,

y complacido me rindo

a tus deleites y engaños,

sea aquel mi último instante.

Dime, ¿aceptas ese trato?

Mefistófeles

Aceptado: aprieta.

Fausto

Aprieta.

Si algún día, embelesado,

al momento fugitivo

digo: «Ten el vuelo raudo»,

échame al cuello la soga,

abre el abismo a mi paso,

doble a muerto la campana,

párese el vital horario,

todo para mí concluya,

y comience tu reinado.

Mefistófeles

Piénsalo bien: algún día

podré quizás recordártelo.

Fausto

Recuérdalo cuando gustes:

lo que prometo, lo pago.

Ser esclavo tuyo, o de otro,

¿qué importa, si siempre esclavo

he de ser?

Mefistófeles

Pues da comienzo

el festín del Doctor Fausto,

y el mismo Diablo en persona

a servirle va los platos.

Mas... por la vida o la muerte,

no estorbarán tres o cuatro

renglones.

Fausto

¿Juzgas, pedante,

firma y sello necesarios?

Ni de caballero entiendes,

ni de palabras y tratos.

Una dije, y para siempre

quedé por ella obligado.

¿Piensas tú que cuando todo

vuela a merced de los hados,

sujetarán mi albedrío

tus tres renglones o cuatro?

¡Pueril y vana quimera!

¿Por qué impresionas a tantos?

¡Feliz quien de su firmeza

hace al alma tabernáculo!

Encontrará en su camino

lo más escabroso llano.

Fantasma es que al mundo aterra

un papel emborronado:

apenas la pluma leve

trazó los fatales rasgos,

tienen ya el lacre y la tinta

fuerza y poder soberano.

Pide, Espíritu maligno,

¿quieres papel, bronce o mármol?

¿Tomo el buril o la pluma?

Escoge: eres dueño y árbitro.

Mefistófeles

¿Qué tienes? ¿Por qué te exaltas?

Cualquier papel, un retazo

basta, y una sola gota

de sangre para firmarlo.

Fausto

Si quieres, sea.

Mefistófeles

Es la sangre

jugo precioso y extraño.

Fausto

No temas que el pacto rompa:

todas las fuerzas del ánimo

rindo, entrego y comprometo,

al admitirlo y firmarlo.

Tanto voló mi arrogancia,

que ya entre los tuyos me hallo.

Burlome el excelso Espíritu,

e insensible a mis halagos,

la esquiva Naturaleza

arrebujose en su manto;

la hebra del pensar se ha roto,

y estoy del saber cansado.

Templen los dulces deleites

las vivas llamas en que ardo,

y envueltos en gasas de oro

vengan, Magia, tus encantos.

Al torrente de la vida

lanzareme, y al acaso

en su raudal de aventuras

iré corriendo y rodando.

Bienandanzas y desastres,

pena y gozo, risa y llanto,

encadenen de mis días

los eslabones variados:

son acción y movimiento

ley del espíritu humano.

Mefistófeles

Meta no pongo ni valla:

si, fugaz revoloteando,

desflorarlo quieres todo,

todo puedes desflorarlo.

Conmigo ven, y no temas.

Fausto

De felicidad no te hablo:

lo que yo quiero es el vértigo,

el goce inquieto y amargo,

el avivador despecho,

el amor que crece odiando.

El alma, al saber cerrada,

a otras emociones abro;

cuanto el hombre goza y sufre

quiero sufrirlo y gozarlo.

Sentir quiero en mis entrañas

todo lo bueno y lo malo,

y en la esencia de mi vida

convertirlo y apropiármelo.

¡Venturoso yo, si toda

la Humanidad en mí abarco,

y al fin y al postre, como ella,

choco, reviento y estallo!

Mefistófeles

¡Ay, en verdad te lo digo,

yo que centenares de años

estoy royendo y royendo

el fruto indigesto y áspero!

¡Ay, en verdad te lo digo!

De la cuna al campo santo

digerir no puede el hombre

la levadura de antaño.

Ese todo, que ambicionas,

solo es a un Dios adecuado:

para él, fulgores eternos;

para mí, noche y espanto;

para vosotros, tinieblas

y luces, sombras y rayos.

Fausto

Quiérolo todo.

Mefistófeles

Bien; sea.

No más encuentro un obstáculo,

uno solamente: es corto

el tiempo y el arte es largo.

Paréceme que debieras

prepararte, aprender algo.

Asóciate a un buen poeta:

este, lleno de entusiasmo,

con soñadas perfecciones

coronará tu retrato;

del león con la arrogancia,

con la agilidad del gamo,

con la viveza italiana

y con el tesón germánico.

Unirá en tu noble pecho

con maravilloso lazo

magnanimidad y astucia,

y con arte soberano

te ha de hacer galán fogoso

y gentil enamorado.

Tal ejemplar y arquetipo

voy hace tiempo buscando;

si con él doy algún día,

don Microcosmos le llamo.

Fausto

¿Quién soy, pues, si esa corona

de la Humanidad no alcanzo,

esa perfección, que enciende

mis ansias?

Mefistófeles

Al fin y al cabo,

eres quien eres. Encúmbrate

sobre coturnos o zancos,

y con pelucón disforme

ciñe y abulta los cascos,

¿quién serás? El mismo que eres,

ni más gordo ni más flaco.

Fausto

¡Ay!, acumulé el tesoro

de la humana ciencia en vano:

cuando en mi interior penetro,

allí nuevas fuerzas no hallo;

ni me acerco al Infinito,

ni una línea me levanto.

Mefistófeles

Miras las cosas de un modo

vulgar; hay que ser más cauto,

y antes que vuelen los goces,

discretamente apurarlos.

¿Es tuya, di, tu cabeza?

¿Tuyos son tus pies y manos?

Pues del mismo modo es tuyo

lo que te sirve de algo.

Si tienes seis buenos potros,

y los unces a tu carro,

en vez de tener dos piernas,

¿cuántas tienes? Veinticuatro.

Basta de filosofías;

lánzate conmigo al campo:

quien se devana los sesos

me parece el pobre jaco,

que por negro maleficio

está en un yermo trotando,

sin ver que en torno se extienden

frescos y sabrosos pastos.

Fausto

¿Cuándo partimos?

Mefistófeles

Al punto.

De este calabozo huyamos.

¿Qué haces en él? Aburrirte

y aburrir a los muchachos.

Deja ese oficio indigesto

al vecino don Gaznápiro;

no te afanes en la trilla

de paja en la que no hay grano.

Lo poco bueno que aprendes

no te atreves a enseñárselo

a tus discípulos. Uno

te espera. ¿No oyes sus pasos

en el corredor?

Fausto

No puedo

recibirle.

Mefistófeles

Luengo rato

aguarda: si no le admites,

corre el pobre buen bromazo.

Déjame el gorro y la bata;

(Se los pone.)

me sientan como pintados.

En mi agudeza confía;

quince minutos reclamo.

Tú, para el famoso viaje,

prepárate mientras tanto.

(Vase Fausto.)

Mefistófeles, envuelto en la larga vestidura de Fausto

Razón y saber desdeña,

las dos alas que te han dado;

deja que en sus obras vanas

de ilusiones y de encantos

te afirme y envuelva el suave

Espíritu del engaño;

y así, Doctor, serás mío,

sin condiciones ni obstáculos.

Dio el sino a su mente indócil

impulso desenfrenado,

y ese escape, no es posible

detenerlo ni pararlo.

Sobre los terrenos goces

salta aturdido, y lo arrastro

de mediocridad insípida

por los derroteros áridos.

Luchará con sus afanes

cuerpo a cuerpo y brazo a brazo;

los manjares tentadores

escaparán de su labio,

y en balde misericordia

pedirá, porque ese fatuo

se ha de hundir de todos modos,

aunque no se entregue al Diablo.

ENTRA UN ESTUDIANTE

Estudiante

Ha poco que estoy aquí,

y ansío conocer al hombre

eminente, cuyo nombre

con elogio siempre oí.

Mefistófeles

Sois galante. En mí veréis

un hombre a todos igual.

¿Maestro hubisteis?

Estudiante

No tal,

y si serlo vos queréis...

Tengo voluntad no escasa,

juventud, algún dinero;

mi madre —¡siempre hay un pero!—

quería tenerme en casa;

mas tras la ciencia, señor,

todos mis anhelos van.

Mefistófeles

Para lograr vuestro afán

no hallarais sitio mejor.

Estudiante

¡Ay! Lejos de él encontrarme

quisiera, si hablamos francos:

a estas aulas y estos bancos

nunca podré acostumbrarme.

En este oscuro rincón

no se ven cielo ni verde;

y aquí el pobre alumno pierde

el sentido y la razón.

Mefistófeles

El hábito hará que os cuadre

lo que amargo al pronto ha sido.

El niño recién nacido

huye el pecho de su madre;

luego con vivo placer

halla en él grato sustento:

habréis tal contentamiento

en las ubres del saber.

Estudiante

En ellas nutrirme ansío:

¿cómo hacerlo?

Mefistófeles

Meditad,

primero, a qué facultad

se inclina vuestro albedrío.

Estudiante

En saber mi afán se encierra:

asimilarme querría

Natura y Filosofía,

cuanto abarcan cielo y tierra.

Mefistófeles

Para alcanzar esa palma

estáis en buenos senderos:

procurad no distraeros.

Estudiante

Pondré en ello toda el alma.

Bástame una concesión:

tener, los festivos días,

unas cuantas horas mías

en la florida estación.

Mefistófeles

El tiempo es un torbellino

que huyendo va sin cesar;

mas se puede adelantar

mucho con orden y tino.

Estudiad primeramente

un curso preparador

de Lógica: es la mejor

disciplina de la mente.

Ajustados borceguís

ella os calza, y con su ayuda

ligero la senda ruda

del pensamiento seguís,

sin perder la dirección

yendo de atrás adelante,

como la ráfaga errante

de la inquieta exhalación.

Después de esto, en repetidas

lecciones dificultosas,

aprenderéis que las cosas

más fáciles y sabidas,

cual comer o respirar,

con minucioso interés

por uno, por dos y tres

se tienen que analizar.

El telar del pensamiento

es como el del tejedor:

hilos de vario color

pone un golpe en movimiento;

viene y va la lanzadera

con extraña rapidez,

y se ejecuta a la vez

la combinación entera.

El sabio, lleno de sí,

llega, y en lección no breve

prueba que es y que ser debe

necesariamente así.

Esto, primero; después

eso, segundo, va en pos;

y a seguida de los dos

viene, en fin, lo que hace tres.

Y os demostrará profundo,

con raciocinio severo,

que no puede haber tercero

sin primero y sin segundo.

Esto, a fuerza de atender,

el alumno lo comprende;

lo que con esto no aprende

el alumno es a tejer.

Si quiere el docto estudiar

algo viviente, animado,

su alma, su espíritu a un lado

aparta, en primer lugar;

y cuando al fin sujetó

sus elementos a examen,

solo le falta el ligamen

que inmaterial los unió.

La química a ese poder

Naturæ encheiresin llama,

y sin quererlo proclama

la nada de su saber.

Estudiante

Ni una palabra comprendo.

Mefistófeles

Ya lo veréis de otro modo.

Clasificándolo todo,

ordenando y dividiendo,

vencerlo podréis al fin.

Estudiante

Mientras tanto, pierdo el tino.

Una rueda de molino

da vueltas en mi magín.

Mefistófeles

Luego, en segundo lugar,

debéis, con ansia afanosa,

la profunda y provechosa

Metafísica estudiar.

Esa ciencia omnipotente,

que a la razón pone el sello,

nos habla de todo aquello

que no alcanza nuestra mente;

y si queda aún más oscuro,

no temáis, porque al instante

con un nombre rimbombante

os sacará del apuro.

Quieren tenaces porfías

esos estudios. Tendréis

cuatro o cinco, o quizás seis

lecciones todos los días.

Al toque de la campana

vendréis, exacto y cumplido,

con el cuaderno aprendido,

de buena o de mala gana;

y aunque diga el libro tanto

como el profesor en clase,

escribid, cual si os dictase

el mismo Espíritu Santo.

Estudiante

Ya sé que es de gran provecho.

Escolar que con congojas

emborrona muchas hojas,

vuelve a casa satisfecho.

Mefistófeles

Pero elegir facultad

debéis.

Estudiante

La Jurisprudencia

no excita mi preferencia.

Mefistófeles

No me sorprende, en verdad.

Conozco esa ciencia ruin.

Las leyes, cambiando nombres,

sucédense entre los hombres

como epidemia sin fin;

y en su curso desigual

cambian: la razón más fuerte

en sinrazón se convierte;

acá es bien lo que allí es mal.

Hijo del hombre, ¡ay de ti!

De aquel derecho sagrado

que contigo se ha engendrado,

no se acuerda nadie aquí.

Estudiante

¡Feliz quien por vos se guía!

Al escucharos, más crece

mi prevención. ¿Qué os parece?

¿Estudiaré Teología?

Mefistófeles

Quisiera con hábil tino

aconsejaros. En esa

ciencia es difícil empresa

seguir siempre el buen camino.

Aunque estudiéis con afán,

de distinguir no halláis medio

la ponzoña y el remedio,

que en ella mezclados van;

y así juzgo lo mejor

tener tan solo presente

un texto, y seguir fielmente

las máximas del autor.

Ateneos, sin temer,

a las palabras, y abierta

veréis la más fácil puerta

en el templo del saber.

Estudiante

Mi inexperiencia confieso:

una idea hallar creí

en cada palabra.

Mefistófeles

¡Oh, sí!..

Mas no os apuréis por eso.

A lo mejor del pensar

falta la idea en mal hora,

y una palabra sonora

llena muy bien su lugar.

Con palabras cada día

doctamente discutís;

con palabras erigís

la más hermosa teoría.

A las palabras fe humilde

prestad: es tal su valer

que no les podéis poner

ni quitar punto ni tilde.

Estudiante

Perdonad, si a otro terreno

voy, y del presente salgo:

¿no me podéis decir algo

de la ciencia de Galeno?

Tres años bien poco son,

y hay largo trecho que andar;

pero es un gran auxiliar

vuestra docta dirección.

Mefistófeles (para sí.)

Con tal gravedad le hablo

que me aburro yo a mí mismo:

¡basta ya de dogmatismo!

Vuelvo a mi papel de diablo.

(En voz alta.)

¡Medicina! ¡Luminar

digno del mayor respeto!

¡Gran ciencia!... Mas su secreto

fácil es de penetrar,

y en un momento os lo explico.

Escuchadme. Con profundo

sentido escrutad el mundo

de lo grande y de lo chico.

Y analizados los dos

doctamente, dejad que ande

lo chico, y también lo grande,

como lo dispuso Dios.

Os lo diré, aunque os asombre:

cavilar es necedad;

la ocasión aprovechad,

pues la ocasión hace al hombre.

Sois bien formado y galán,

emprendedor y dispuesto;

fiad en vos mismo, y presto

todos en vos confiarán.

De la mujer, sobre todo,

ocupaos: sus lamentos,

sus ayes, sus aspavientos,

todos se curan de un modo.

Buscad término prudente

entre el respeto y la audacia

y con esa diplomacia

es vuestra la hermosa cliente.

Título habéis de tener

que os inicie en su favor,

probando que es superior

a todos vuestro saber;

y ya podéis intentar

sabrosas galanterías,

que otros, tras largas porfías,

no se atreven ni a soñar.

Sin temor a sus enojos,

cuando la pulséis, resuelto

oprimid el brazo esbelto,

flechándole bien los ojos;

y sin mengua de su honor,

palpad, con mano ligera

si a la mórbida cadera

le molesta el ceñidor.

Estudiante

Eso lo entiende el más romo:

¡promete la facultad!

Al menos con claridad

se comprende el qué y el cómo.

Mefistófeles

La ciencia es árida: en vano

con su sombra nos convida;

pero el árbol de la vida

siempre está verde y lozano.

Estudiante

¡Paréceme todo un sueño!

¿Podré, en otras ocasiones,

vuestras útiles lecciones

aprovechar?

Mefistófeles

Sois muy dueño.

Estudiante

Cuéstame esfuerzo partir,

y completarais mis glorias

si en mi libro de memorias

quisierais algo escribir.

(Mefistófeles escribe en el libro de memorias del Estudiante, y se lo devuelve.)

Estudiante, leyendo

Eritis sicut Deus, scientes bonum et malum.

(Cierra el libro respetuosamente y se retira.)

Mefistófeles

Busca, del saber en pos,

lo que la Sierpe ofrecía:

ha de pesarte algún día

tu similitud con Dios.

ENTRA FAUSTO

Fausto

¿Dónde vamos?

Mefistófeles

Me es igual.

Si no te parece mal,

visitarás, con mi ayuda,

ahora a la gente menuda,

después a la principal.

Provecho hallarás y agrado

en el curso inesperado.

Fausto

Para hacerlo más fecundo,

aunque soy hombre barbado,

fáltame una cosa, mundo.

Corto soy como el que más;

siempre me juzgué y me vi

pequeño entre los demás.

Mefistófeles

Si tienes confianza en ti,

pronto paso te abrirás.

Fausto

¡En marcha! ¡Manos a la obra!

Pero, coche no has traído,

ni caballos...

Mefistófeles

¡Qué zozobra!...

Basta este manto extendido

para nuestra empresa, y sobra.

Con tal de que para el viaje

no traigas mucho equipaje,

un soplo de aire caliente

preparo, y está corriente

el fantástico carruaje.

Si en el coche volador

pesamos poco, mejor;

más presto haremos la vía.

Ya por la audaz correría

te felicito, Doctor.