Capítulo 3
III
Marianela · Benito Pérez Galdós
Marianela- i: i
III
Un diálogo que servirá de exposicion.
—Aguarda, hija, no vayas tan á prisa—dijo Golfin deteniéndose-déjame encender un cigarro.
Estaba tan serena la noche, que no necesitó emplear las precauciones que generalmente adoptan contra el viento los fumadores. Encendido el cigarro, acercó la cerilla al rostro de la Nela, diciendo con bondad:
—A ver, enséñame tu cara.
Mirábale la muchacha con asombro, y sus negros ojuelos brillaron con un punto rojizo, como chispa, en el breve instante que duró la luz del fósforo. Era como una niña, pues su estatura debia contarse entre las más pequeñas, correspondiendo á su talle delgadísimo y á su busto mezquinamente constituido. Era como una jovenzuela, pues sus ojos no tenian el mirar propio de la infancia, y su cara revelaba la madurez de un organismo en que ha entrado ó debido entrar el juicio. A pesar de esta desconformidad, era admirablemente proporcionada, y su pequeña cabeza remataba con cierta gallardía el miserable cuerpecillo. Alguien decia que era una mujer mirada con vidrio de disminucion; alguno que era una niña con ojos y expresion de adolescente. No conociéndola, se dudaba si era un asombroso progreso ó un deplorable atraso.
—¿Qué edad tienes tú?—preguntóle Golfin sacudiendo los dedos para arrojar el fósforo, que empezaba á quemarle.
—Dicen que tengo diez y seis años—replicó la Nela, examinando á su vez al doctor.
—¡Diez y seis años! Atrasadilla estás, hija. Tu cuerpo es de doce á lo sumo.
—¡Madre de Dios! Si dicen que yo soy como un fenómeno—manifestó ella en tono de lástima de sí misma.
—¡Un fenómeno! —repitió Golfin poniendo su mano sobre los cabellos de la chica.—Podrá ser. Vamos, guíame.
La Nela comenzó á andar resueltamente sin adelantarse mucho, antes bien, cuidando de ir siempre al lado del viajero, como si apreciara en todo su valor la honra de tan noble compañía. Iba descalza: sus piés, ágiles y pequeños denotaban familiaridad consuetudinaria con el suelo, con las piedras, con los charcos, con los abrojos. Vestia una falda sencilla y no muy larga, denotando en su rudimentario atavío, así como en la libertad de sus cabellos sueltos y cortos, rizados con nativa elegancia, cierta independencia más propia del salvaje que del mendigo. Sus palabras, al contrario, sorprendieron á Golfin por lo recatadas y humildes, dando indicios de un carácter formal y reflexivo. Resonaba su voz con simpático acento de cortesía, que no podia ser hijo de la educacion, y sus miradas eran fugaces y momentáneas, como no fueran dirigidas al suelo ó al cielo.
—Dime— le preguntó Golfin—¿tú vives en las minas? ¿Eres hija de algun empleado de esta posesion?
—Dicen que no tengo madre ni padre
—¡Pobrecita! Tú trabajarás en las minas...
—No, señor. Yo no sirvo para nada—replicó sin alzar del suelo los ojos.
—Pues á fé que tienes modestia.
Teodoro se inclinó para mirarle el rostro. Este era delgado, muy pecoso, todo salpicado de menudas manchitas parduzcas. Tenia pequeña la frente, picudilla y no falta de gracia la nariz, negros y vividores los ojos; pero comunmente brillaba en ellos una luz de tristeza. Su cabello dorado-oscuro habia perdido el hermoso color nativo por la incuria y su contínua exposicion al aire, al sol y al polvo. Sus lábios apenas se veian de puro chicos, y siempre estaban sonriendo; pero aquella sonrisa era semejante á la imperceptible de algunos muertos cuando han dejado de vivir pensando en el cielo. La boca de la Nela, estéticamente hablando, era desabrida, fea; pero quizás podia merecer elogios, aplicándole el verso de Polo de Medina: „es tan linda su boca que no pide." En efecto; ni hablando, ni mirando, ni sonriendo revelaba aquella miserable el hábito degradante de la mendicidad callejera.
Golfin le acarició el rostro con su mano, tomándolo por la barba y abarcándolo casi todo entre sus gruesos dedos.
—¡Pobrecita! —exclamó.—Dios no ha sido generoso contigo. ¿Con quién vives?
—Con el señor Centeno, capataz de ganado en las minas.
—Me parece que tú no habrás nacido en la abundancia. ¿De quién eres hija?
—Dicen que mi madre vendia pimientos en el mercado de Villamojada. Era soltera. Me tuvo un dia de Difuntos, y despues se fué á criar á Madrid.
—¡Vaya con la buena señora!— murmuró Teodoro con malicia. —Quizás no tenga nadie noticia de quién fué tu papá.
—Sí, señor— replicó la Nela con cierto orgullo. —Mi padre fué el primero que encendió las luces en Villamojada.
—¡Cáspita!
—Quiero decir que cuando el Ayuntamiento puso por primera vez faroles en las calles— dijo la muchacha, dando á su relato la gravedad de la historia —mi padre era el encargado de encenderlos y limpiarlos. Yo estaba ya criada por una hermana de mi madre, que era tambien soltera, segun dicen. Mi padre habia reñido con ella... Dicen que vivian juntos... todos vivian juntos... y cuando iba á farolear me llevaba en el cesto, junto con los tubos de vidrio, las mechas, la aceitera... Un dia dicen que subió á limpiar el farol que hay en el puente; puso el cesto sobre el antepecho, yo me salí fuera y caíme al rio.
—¡Y te ahogaste!
—No, señor, porque caí sobre piedras. ¡Divina Madre de Dios! Dicen que antes de eso era yo muy bonita.
—Sí; indudablemente eras muy bonita— afirmó el forastero con el alma inundada de bondad. —Y todavía lo eres... Pero dime otra cosa. Hace mucho que vives en las minas?
—Dicen que hace trece años. Dicen que mi madre me recogió despues de la caida. Mi padre cayó enfermo, y como mi madre no le quiso asistir, porque era malo, él fué al hospital donde dicen que se murió. Entónces vino mi madre á trabajar á las minas. Dicen que un dia la despidió el jefe porque habia bebido mucho aguardiente...
—Y tu madre se fué... Vamos, ya me interesa esa señora. Se fué...
—Se fué á un agujero muy grande que hay allá arriba—dijo la Nela, deteniéndose ante el doctor y dando á su yoz el tono más patético—y se metió dentro.
—¡Canario! ¡Vaya un fin lamentable! Supongo que no habrá vuelto á salir.
—No, señor—replicó la Nela con naturalidad. Allí dentro está.
—Despues de esa catástrofe, pobre criatura,
—dijo Golfin con cariño—has quedado trabajando aquí. Es un trabajo muy penoso el de la minería. Tú estás teñida del color del mineral; estás raquítica y mal alimentada. Esta vida destruye las naturalezas más robustas..
—No, señor, yo no trabajo. Dicen que yo no sirvo ni puedo servir para nada.
—Quita allá, tonta, tú eres una alhaja.
—Que no señor—dijo la Nela insistiendo con energía. Si no puedo trabajar. En cuanto cargo un peso pequeño, me caigo al suelo. Si me pongo á hacer alguna cosa difícil en seguida me desmayo.
—Todo sea por Dios... Vamos, que si cayeras tú en manos de personas que te supieran manejar, ya trabajarias bien.
—No, señor—repitió la Nela con tanto énfasis como si se elogiara;—si yo no sirvo más que de estorbo.
—¿De modo que eres una vagabunda?
—No, señor, porque acompaño á Pablo.
—¿Y quién es Pablo?
—Ese señorito ciego, á quien usted encontró en la Terrible. Yo soy su lazarillo desde hace año y medio. Le llevo á todas partes; nos vamos por esos campos paseando.
—Parece buen muchacho ese Pablo.
La Nela se detuvo otra vez mirando al doctor. Con el rostro resplandeciente de entusiasmo, exclamó:
—¡Madre de Dios! Es lo mejor que hay en el mundo. ¡Pobre amito mio! Sin vista tiene él más talento que todos los que ven.
—Me gusta tu amo. ¿Es de este país?
—Sí, señor, es hijo único de D. Francisco Penáguilas, un caballero muy bueno y muy que rico vive en las casas de Aldeacorba.
—Dime ¿y á tí por qué te llaman la Nela? ¿Qué quiere decir eso?
La muchacha alzó los hombros. Despues de una pausa, repuso:
—Mi madre se llamaba la señá María Canela; pero le decian Nela. Dicen que este es nombre de perra. Yo me llamo María.
—Mariquita.
—María Nela me llaman y tambien La Hija de la Canela. Unos me dicen Marianela, y otros nada más que la Nela.
—¿Y tu amo, te quiere mucho?
—Sí, señor, es muy bueno. Él dice que ve con mis ojos, porque como yo le llevo á todas partes y le digo cómo son todas las cosas...
—Todas las cosas que no puede ver.
El forastero parecia muy gustoso de aquel coloquio.
—Sí, señor; yo le digo todo. Él me pregunta cómo es una estrella, y yo se la pinto de tal modo hablando, que para él es lo mismito que si la viera. Yo le explico todo, cómo son las yerbas, las nubes, el cielo, el agua y los relámpagos, las veletas, las mariposas, el humo, los caracoles, el cuerpo y la cara de las personas y de los animales. Yo le digo lo que es feo y lo que es bonito, y así se va enterando de todo.
—Veo que no es flojo tu trabajo. ¡Lo feo y lo bonito! Ahí es nada... ¿Te ocupas de eso?... Díme, ¿sabes leer?
—No, señor. Si yo no sirvo para nada.
Decia esto en el tono más convincente, y el gesto de que acompañaba su firme protesta parecia añadir: «Es usted un majadero en suponer que yo sirvo para algo.»
—¿No verias con gusto que tu amito recibia de Dios el don de la vista?
La muchacha no contestó nada, Despues de una pausa dijo:
—¡Divino Dios! Eso es imposible.
—Imposible no, aunque difícil.
—El ingeniero director de las minas ha dado esperanzas al padre de mi amo.
—¿D. Cárlos Golfin?
—Sí, señor. D. Cárlos tiene un hermano médico que cura los ojos, y, segun dicen, da vista á los ciegos, arregla á los tuertos y les endereza los ojos á los vizcos.
—¡Qué hombre más hábil!
—Sí, señor; y como ahora el médico anunció á su hermano que iba á venir, su hermano le escribió diciéndole que trajera las herramientas para ver si le podia dar vista á Pablo.
—¿Y ha venido ya ese buen hombre?
—No, señor: como anda siempre allá por las Américas y las Inglaterras, parece que tardará en venir. Pero Pablo se rie de esto y dice que no le dará ese hombre lo que la Virgen Santísima le negó desde el nacer.
—Quizás tenga razon... Pero dime, ¿estamos ya cerca?... porque veo chimeneas que arrojan un humo más negro que el del infierno, y veo tambien una claridad que parece de fragua.
—Sí, señor, ya llegamos. Aquellos son los hornos de la calcinacion, que arden dia y noche. Aquí enfrente están las máquinas de lavado, que no trabajan sino de dia; á mano derecha está el taller de composturas y allá abajo, á lo último de todo, las oficinas.
En efecto; el lugar aparecia á los ojos de Golfin como lo describia Marianela. Esparciéndose el humo por falta de aire, envolvia en una como gasa oscura y súcia todos los edificios, cuyas masas negras señalábanse confusa y fantásticamente sobre el cielo iluminado por la luna.
—Más hermoso es esto para verlo una vez que para vivir aquí—indicó Golfin apresurando el paso.—La nube de humo lo envuelve todo, y las luces forman un disco borroso, como el de la luna en noches de bochorno. ¿En dónde están las oficinas?
—Allá: ya pronto llegamos.
Despues de pasar por delante de los hornos, cuyo calor obligóle á apretar el paso, el doctor vió un edificio tan negro y ahumado como todos los demás. Verlo y sentir los gratos sonidos de un piano tecleado con verdadero frenesí musical, fué todo uno.
—Música tenemos. Conozco las manos de mi cuñada.
—Es la señorita Sofía, que toca-afirmó María.
Claridad de alegres habitaciones lucia en los huecos, y el balcon principal estaba abierto. Veíase en él una pequeña áscua: era la lumbre de un cigarro. Antes que el doctor llegase, aquella áscua cayó, describiendo una perpendicular y dividiéndose en menudas y saltonas chispas; era que el fumador habia arrojado la colilla.
—Allí está el fumador sempiterno—gritó el doctor con acento del más vivo cariño.—¡Cárlos, Cárlos!
—¡Teodoro! —contestó una voz en el balcon.
Calló el piano, como un ave cantora que se asusta del ruido. Sonaron pasos en la casa. El doctor dió una moneda de plata á su guía y corrió hácia la puerta.