Capítulo 14
XIV
EL DESFILADERO DEL HACHA
Apenas habían entrado los cartagineses en sus casas, se espesaron las nubes; aquellos que todavía miraban al coloso sintieron caer gruesas gotas sobre sus frentes y empezó a llover recio.
Siguió lloviendo a cántaros toda la noche; retumbaba el trueno; era la voz de Moloch, que había vencido a Tanit, la cual, ahora fecundada, abría su vasto seno en lo alto del firmamento. A veces se la veía en un claro del cielo, extendida sobre almohadones de nubes; luego las tinieblas volvían a ocultarla como si, demasiado fatigada, quisiera dormirse. Los cartagineses, que creían que el agua era hija de la luna, gritaban para facilitar su tarea.
La lluvia caía sobre las azoteas, desbordándolas, formando lagos en los patios, cascadas en las escaleras y torbellinos en las esquinas de las calles. Vertíase en pesadas y tibias masas y en hilos apretados; gruesos chorros espumosos saltaban de los ángulos de los edificios, y los tejados de los templos brillaban con un negro lavado a la luz de los relámpagos. De la Acrópolis bajaban torrentes por mil caminos; las casas se derrumbaban y la avenida arrastraba impetuosamente vigas, cascote y muebles.
Se habían sacado ánforas, jarras y lienzos impermeables para llenarlos de agua, pero las antorchas se apagaban; se cogieron tizones de la hoguera de Baal, y para beber muchos echaban hacia atrás la cabeza y abrían la boca. Otros hundían los brazos hasta los sobacos en la corriente fangosa, y tanta era el agua que bebían, que la vomitaban como búfalos. Refrescó la atmósfera y todos aspiraban el aire húmedo estirando sus miembros; se encendía en todos los corazones una inmensa esperanza. Se olvidaron todas las miserias. Una vez más, la patria renacía.
Sentían los cartagineses una especie de necesidad de hacer pagar a otros el exceso de furor que no habían podido emplear contra sí mismos. Un sacrificio como aquel no debía ser inútil, y si bien no tenían ningún remordimiento, estaban transportados por el frenesí que da la complicidad en los crímenes irreparables.
Los bárbaros habían aguantado la tempestad en sus tiendas mal cerradas; al día siguiente se les veía medio ateridos, chapoteando en el barro, buscando sus armas y municiones averiadas.
Amílcar fue a ver a Hannón, y le confió el mando. El viejo Sufeta dudó unos minutos entre su rencor y el deseo de mandar, y al cabo aceptó.
Amílcar mandó salir en seguida una galera armada de una catapulta en cada extremo, y la hizo fondear en el golfo; luego embarcó en los bajeles disponibles sus mejores tropas. Era una especie de huida; a velas desplegadas tomó rumbo Norte y desapareció en la bruma.
Tres días después, cuando se iba a empezar el ataque, llegaron tumultuosamente gentes de la costa de la Libia, porque Barca había entrado en su territorio, procurándose bastimentos.
Los bárbaros se indignaron, como si Barca les traicionara. Los más aburridos del sitio, los galos sobre todo, no vacilaron en abandonar el asedio, para unirse a él. Espendio quería reconstruir el helépolis; Matho había trazado una línea imaginaria desde su tienda a Megara, jurándose seguirla; ninguno de sus hombres se movió. Los soldados de Autharita se fueron, abandonando la parte occidental del campo atrincherado. La desidia de los sitiadores era tanta que ninguno se cuidó de reemplazarlos.
Narr-Habas los espiaba de lejos, en las montañas. Durante la noche hizo pasar toda su gente al otro lado de la laguna, y por la costa entró en Cartago, presentándose como un libertador con seis mil hombres, cada uno de ellos con harina bajo del manto, y con cuarenta elefantes cargados de forraje y de cecina. La llegada de este socorro regocijó a los cartagineses, no menos que la vista de los fuertes animales consagrados a Baal; eran como una prenda de ternura; una prueba de que al fin el dios iba a intervenir en la guerra.
Narr-Habas recibió las felicitaciones de los Ancianos. En seguida subió al palacio de Salambó.
No la había vuelto a ver desde que en la tienda de Amílcar, entre los cinco ejércitos, apretó su mano fría y suave; después de los esponsales, la joven había regresado a Cartago. El amor del númida, distraído por otras ambiciones, se despertaba ahora; quería gozar de sus derechos de esposo: poseerla.
Salambó no comprendía que este joven pudiera ser su señor. Aunque todos los días pedía a Tanit la muerte de Matho, su horror por el libio disminuía. Sentía confusamente que el odio que antes le tuviera era casi religioso; hubiera querido ver en la persona de Narr-Habas como un reflejo de la violencia que seguía teniéndola deslumbrada. Deseaba haberle conocido antes, y sin embargo, le cohibía su presencia. Mandó que le dijeran que no podía recibirle.
Por lo demás, Amílcar tenía ordenado a su servidumbre que no dejasen entrar al rey de los númidas a la residencia de Salambó, porque retrasando la recompensa hasta el final de la guerra, esperaba tenerle adicto. Narr-Habas, por temor al Sufeta, se retiró.
En cambio se mostró altanero con los Ciento. Exigió prerrogativas para su gente, y la colocó en los puestos importantes; de modo que los bárbaros quedaron extrañados al ver a los númidas en las torres.
Mayor fue la sorpresa de los cartagineses cuando vieron llegar en una trirreme púnica cuatrocientos de los suyos hechos prisioneros cuando la guerra de Sicilia. Amílcar había enviado secretamente a los Quirites las tripulaciones de las naves latinas prisioneras antes de la defección de las ciudades tirias; y Roma, en correspondencia, le devolvía ahora sus cautivos, desdeñando las negociaciones de los mercenarios en la Cerdeña y aun negándose a reconocer como súbditos a los habitantes de Útica.
Hierón, que gobernaba en Siracusa, imitó este ejemplo. Necesitaba para conservar sus Estados mantener el equilibrio entre Roma y Cartago; tenía, pues, interés en la salvación de los cananeos, por lo que se declaró amigo de estos, enviándoles doscientos bueyes, más cincuenta y tres mil rebel de buen trigo.
Una razón de más peso obligaba a socorrer a Cartago; se comprendía que si los mercenarios triunfaban, se insubordinarían desde el soldado hasta el fregón de platos y que ningún gobierno ni ninguna casa podrían resistirles.
En todo este tiempo, Amílcar operaba en las campiñas orientales. Rechazó a los galos, y los bárbaros se encontraron sitiados a su vez. El Sufeta se dedicó a inquietarlos con marchas y contramarchas, renovando siempre esta táctica, hasta que los hizo salir de sus campamentos. Espendio se vio obligado a seguirle, y Matho, lo mismo.
Pero no pasó de Túnez, sino que se encerró en sus muros; determinación muy cuerda, porque pronto se vio que Narr-Habas salía por la puerta de Kamón con sus elefantes y soldados, llamado por Amílcar. Los otros bárbaros iban errantes por las provincias en persecución del Sufeta. Este había recibido en Clipea tres mil galos; hizo venir caballos de la Cirenaica y armaduras del Brucio, y continuó la guerra.
Nunca su genio fue tan impetuoso y fértil. Durante cinco lunas los arrastró detrás de él. Tenía un objetivo, y a él los llevaba.
Los bárbaros trataron al principio de envolverle con pequeños destacamentos; pero se les escapaba siempre. No desistieron. Su ejército se componía de cerca de cuarenta mil hombres, y muchas veces se dieron el gusto de ver retroceder a los cartagineses.
Lo que más les atormentaba eran los jinetes de Narr-Habas. Con frecuencia, en las horas de bochorno, cuando iban por el llano soñolientos y abrumados por el peso de las armas, asomaba de pronto en el horizonte una gruesa línea, un tropel de caballos, y entre una nube de pupilas centelleantes, descargaba una lluvia de dardos. Los númidas, envueltos en capas blancas, lanzaban alaridos, levantaban los brazos, apretando con las rodillas a los encabritados corceles; les hacían dar una vuelta bruscamente, y luego desaparecían. Tenían siempre, a cierta distancia, provisiones de azagayas en los dromedarios, y volvían más terribles, aullando como lobos y huyendo como buitres. Caían los bárbaros que iban en los flancos, y así se seguía hasta la noche, en que se procuraba ganar las montañas.
Aunque estas eran peligrosas para los elefantes, Amílcar se aventuró en ellas, siguiendo la larga cadena que se extiende del promontorio Hermeo a la cumbre del Zaghouan. En opinión de sus enemigos, era este un medio de ocultar la escasez de sus tropas. Pero la continua incertidumbre en que los mantenía, concluía por exasperarlos más que una derrota. Sin desanimarse, le seguían los pasos.
Por fin, una noche, entre la Montaña de Plata y la Montaña de Plomo, en medio de grandes rocas, a la entrada de un desfiladero, sorprendieron los bárbaros un cuerpo de vélites; era lo peor que el enemigo estaba allí en masa, según demostraba el estrépito de los clarines. Los cartagineses huyeron por el desfiladero. Desembocaba este en una llanura en forma del hierro de un hacha y estaba rodeado de un alto anfiteatro de peñas escarpadas. Los bárbaros acometieron a los vélites, entre los bueyes que galopaban; otros cartagineses corrían en tumulto; se vio un hombre de manto rojo, el Sufeta, y los bárbaros le gritaron con transportes de furor y de alegría. Muchos, o por pereza o por prudencia, se habían quedado a la salida del desfiladero. La caballería salió de un bosque y a golpe de lanza y de sable los empujaban sobre los demás. En breve, los bárbaros estaban todos en el fondo de la llanada, y su enorme masa, después de evolucionar por algún tiempo, se detuvo. No se descubría ninguna salida.
Aquellos que se hallaban más próximos al desfiladero, volvieron atrás, pero ya estaba cortado el paso. Se azuzó a los que iban delante para hacerles andar aprisa, pero se aplastaban contra la montaña. Sus compañeros los insultaban desde lejos porque no daban con el camino.
Apenas habían bajado los bárbaros, unos hombres ocultos en las rocas las empujaron con maderos, las derribaron; como la pendiente era rápida, estos bloques enormes, rodando juntos, cerraron completamente la boca del desfiladero.
Al otro extremo de la llanada se extendía un largo pasadizo, hendido aquí y allá por grietas, el cual conducía a un torrente que venía de la planicie superior en la que estaba el ejército púnico. En este paso, habían preparado escalas apoyándolas en las paredes del tajo; protegidos por las sinuosidades de las grietas, los vélites se habían vuelto a reunir; allí fueron izados por los compañeros. A los que estaban más atascados en la quebrada, se les arrojó cuerdas, porque el terreno en este lugar era un arenal movedizo, imposible de escalar a pie. Casi en seguida llegaron los bárbaros, a tiempo que un rastrillo, alto, de cuarenta codos, hecho a la medida exacta del hueco, se interpuso entre ellos, como un reducto caído del cielo.
Así, pues, las combinaciones del Sufeta habían surtido sus efectos. Ninguno de los mercenarios conocía la montaña, y los que marchaban al frente de la columna arrastraban a los otros. Las peñas, algo estrechas en la base, se volcaban fácilmente, y en tanto que todos corrían en el horizonte se oían gritos de angustia. Amílcar perdió la mitad de sus vélites; pero hubiera sacrificado veinte veces su número a cambio de un triunfo como el obtenido.
Los bárbaros se mantuvieron en filas compactas en el llano hasta la mañana, tratando de encontrar un paso que les librara de aquella encerrona. Al amanecer vieron a su alrededor una gran muralla blanca, tallada a pico. No había salvación. Las dos salidas naturales de este callejón estaban cerradas por el rastrillo y por el montón de rocas. Miráronse todos en silencio, y sintiendo que se les helaba la sangre intentaron el último esfuerzo. Treparon por las peñas; procuraron escalar la cumbre, pero aquellas o se desmoronaban o no ofrecían asidero a causa de su forma redonda. Quisieron hender el terreno a ambos lados de la garganta, pero sus herramientas se rompieron. Con los palos de sus tiendas encendieron una gran hoguera; pero el fuego no podía incendiar la montaña.
Embistieron el rastrillo, claveteado con púas agudas como las del puerco espín y más apretadas que las crines de un cepillo. Los primeros entraron hasta la armazón, los segundos saltaron por encima, y todos cayeron, dejando en sus horribles ramas jirones de carne humana y cabelleras ensangrentadas.
Dando una tregua a su desaliento, examinaron lo que les quedaba de víveres. A causa de haber perdido sus bagajes, apenas tenían para dos días; todo les faltaba, porque esperaban un convoy prometido por las ciudades del Sur. Pero por allí andaban errantes algunos bueyes abandonados por los cartagineses con el fin de atraer a los bárbaros. Los mataron a lanzadas, los comieron, y con el estómago lleno los pensamientos fueron menos sombríos.
Al otro día degollaron todas las mulas, unas cuarenta en junto; rasparon las pieles, hirvieron las entrañas, se apilaron los huesos; no desesperaban porque, sin duda, acudiría en su socorro el ejército de Túnez.
El hambre redobló en la noche del quinto día, y tuvieron que roer los tahalíes de las espadas y las pequeñas esponjas que cubrían el fondo de los cascos.
Estos cuarenta mil hombres estaban amontonados en la especie de hipódromo que venían a formar las montañas alrededor de ellos. Quiénes se quedaban frente al rastrillo, al pie de las rocas; quiénes erraban confusamente por el llano. Los fuertes se esquivaban y los tímidos buscaban a los bravos, que, sin embargo, no podían salvarlos.
Se había enterrado aprisa los cadáveres de los vélites, a causa de la infección; pero ya no se veía el sitio de las fosas.
Languidecían los bárbaros, tendidos en tierra. Entre sus líneas, un veterano iba de un lado a otro; lanzaban maldiciones contra los cartagineses, contra Amílcar y contra Matho, por más que este fuera inocente del desastre; pero a ellos les parecía que sus dolores hubieran sido menores si hubiera participado de ellos. Algunos lloraban como niños.
Buscaban a los capitanes y les suplicaban les dieran algo que mitigara sus sufrimientos; por toda contestación aquellos les tiraban piedras a la cara. Muchos conservaban en un agujero de la tierra sus cortas provisiones, reducidas a unos racimos de dátiles y un puñado de harina, que iban comiéndose de noche, tapándose la cabeza bajo el manto. Los que guardaban sus espadas, las tenían desnudas en las manos; los más desconfiados, se mantenían de pie, de espaldas contra la montaña.
Injuriaban a sus jefes y les amenazaban. Autharita no temía dar la cara. Con su obstinación de bárbaro que no cede nunca, veinte veces al día exploraba el fondo y las rocas, esperando encontrar una escapatoria; balanceando sus enormes hombros cubiertos de pieles, parecía un oso salido de su caverna, allá en la primavera, para observar si se derritieron las nieves.
Espendio, rodeado de griegos, se ocultaba en una de las grietas; como tenía miedo hizo correr el rumor de su muerte. Todos estaban tan espantosamente flacos, que su piel aparecía cubierta de placas azuladas. En la noche del noveno día murieron tres iberos. Asustados sus compañeros abandonaron aquel sitio; se desnudó a los cadáveres, y sus cuerpos blancos quedaron sobre la arena, expuestos al sol. Entonces, los garamantes se pusieron a rondar los muertos. Eran seres acostumbrados a la soledad y que no conocían ningún dios. El más viejo de la banda hizo una señal, y echándose sobre los cadáveres con sus cuchillos, cortaron trozos, y luego, sentados sobre los talones, los devoraron. Los demás bárbaros lo veían de lejos, dando gritos de horror; muchos, sin embargo, envidiaban en el fondo de su alma esta desaprensión.
A media noche se reunieron algunos, y disimulando su asco, se acercaban pidiendo una tajada «para probar», según decían. Acudieron otros, y pronto fueron multitud. Pero casi todos, al llevar a los labios esta carne fría, dejaban caer la mano; aunque no faltaron quienes la comieron con deleite.
Al fin, arrastrados por el ejemplo, se excitaban unos a otros, incluso aquellos que al principio rehusaban el trato con los garamantes. Asaban la carne sobre carbones, con la punta de la espada, la salaban con polvo, y se disputaban las mejores tajadas. Cuando no quedó nada de los tres cadáveres, buscaban otros en la llanada para comérselos.
Solo tenían veinte cartagineses cautivos en el último encuentro, y en los que nadie se había fijado aún. Desaparecieron; fue además una venganza lógica. Después, como había que vivir, y se tomaba gusto por esta alimentación, se degolló a los palafreneros, aguadores y peones de los mercenarios. Todos los días mataban a alguno de estos; muchos se hartaban con su carne, cobraban fuerzas y se volvían alegres.
También este recurso llegó a faltar. Entonces la gula pensó en los heridos y enfermos. Supuesto que no podían curarse, era preferible librarlos de sus torturas; no bien alguno se tambaleaba, estaba perdido y era pasto de los demás. Para apresurar su muerte, se valían de astucias; les robaban las migajas de su inmunda ración y como por descuido se les atropellaba; los agonizantes, con el objeto de hacer creer que estaban con fuerzas, intentaban mover los brazos, levantarse, reír. Había desmayados que volvían en sí al contacto de la cuchilla que les cortaba un miembro; se mataba sin necesidad, por ferocidad y para saciar el furor.
Una niebla tibia y pesada, propia de estas regiones a fines de invierno, envolvió al ejército bárbaro, al día decimocuarto. Este cambio de temperatura originó muchas muertes, y la corrupción cundió con rapidez en la cálida humedad, retenida por las montañas. La llovizna que caía sobre los cadáveres, reblandeciéndolos, convirtió en pudridero la llanura. Se cernían vapores blanquecinos que penetraban la piel, cegaban los ojos y picaban en las narices, y en los que los bárbaros creían ver el aliento o las almas de sus camaradas. Una tristeza inmensa les abrumó; nada les apetecía ahora: querían morir.
Dos días después, el tiempo se serenó y volvieron a pasar hambre. Les parecía que les arrancaban el estómago con tenazas; se revolcaban convulsos, se metían en la boca puñados de tierra, se mordían los brazos y estallaban en risas frenéticas. Aún más les atormentaba la sed, porque no tenían ni una sola gota de agua, pues a partir del noveno día se habían agotado los odres. Para engañar la necesidad, lamían las chapas metálicas de sus cinturones, los pomos de marfil y las hojas de las espadas. Los antiguos conductores de caravanas se apretaban el vientre con cuerdas. Otros chupaban un guijarro. Bebían los orines enfriados en los cascos de cobre.
Y a todo esto, esperando siempre el socorro de Túnez. Según sus conjeturas, el tiempo que tardaba en acudir, certificaba su próxima llegada. Además, Matho, que era un valiente, no les abandonaría. «Mañana será», se decían, y este mañana no llegaba nunca.
Al principio hicieron plegarias, votos y toda suerte de invocaciones; ahora solo sentían odio por sus divinidades, y en venganza se volvían incrédulos.
Los hombres de carácter violento fueron los primeros en morir; los africanos resistieron mejor que los galos. Zarxas estaba tendido a lo largo, inerte; Espendio encontró una planta de anchas hojas de un jugo abundante, y declarándola venenosa, a fin de apartar a todos, se alimentaba con ella.
Ni fuerzas tenían para matar cuervos a pedradas. Algunas veces, cuando un buitre desgarraba un cadáver, alguien se arrastraba hacia él con una jabalina entre los dientes, y apoyándose en una mano, después de apuntar bien, lanzaba el hierro. El buitre turbado por el ruido, miraba en torno, como el cuervo marino sobre un escollo, y volvía a hundir su asqueroso pico. El hombre, desesperado, quedaba mirándole echado en el polvo. Otros más afortunados conseguían descubrir camaleones o serpientes; pero lo que les hacía vivir más que todo, era el amor a la vida; se aferraban a esta idea, tenazmente, por un esfuerzo de la voluntad.
Los más estoicos se mantenían unidos, sentados en rueda, en medio de la llanura, entre los muertos; envueltos en sus mantos se abandonaban silenciosamente a su tristeza.
Los que habían nacido en ciudades, se acordaban de sus calles más concurridas, con tabernas, baños, teatros y tiendas de barberos, donde se cuentan sucesos. Otros suspiraban por sus campiñas cuando se pone el sol, cuando ondulan los trigos amarillos y los grandes bueyes suben las colinas con el yugo de las carretas en la cerviz. Los nómadas soñaban con cisternas; los cazadores, con los bosques; los veteranos, con batallas, y en la somnolencia que les embargaba, todo ello se les representaba con la lucidez y los éxtasis de un ensueño. Alucinados, buscaban en la montaña una puerta por donde huir, y querían pasarla al través; otros, creyendo navegar en medio de una tempestad, mandaban una maniobra marinera; o bien retrocedían espantados, viendo en las nubes batallones púnicos. Los había que cantaban, figurándose estar en un festín.
Muchos, por una extraña manía, repetían la misma palabra o hacían continuamente el mismo gesto; acabando por levantar la cabeza, mirarse unos a otros, y gemir al ver el horrible estrago de sus rostros. Los más sufridos, para matar las horas, se contaban los peligros de que se habían salvado. A todos se les representaba la muerte cierta, inminente. ¡Cuántas veces habían intentado abrirse un paso! Para implorar una capitulación del vencedor, no sabían de qué medio valerse, porque ignoraban dónde estaba Amílcar.
Soplaba el viento del lado de la quebrada, haciendo volcar la arena en cascadas, por encima del rastrillo; los mantos y las cabelleras de los bárbaros se cubrían de ella, como si la tierra quisiera enterrarlos vivos. Nada se movía; la eterna montaña les parecía cada día más alta.
En ocasiones cruzaban los aires bandadas de pájaros, que se ponían a tiro; pero ellos cerraban los ojos para no verlos.
Sentían zumbidos en los oídos, se les ennegrecían las uñas, el frío les traspasaba el pecho; se acostaban de un lado y morían sin exhalar un grito.
Al cumplirse el día decimonono, habían muerto dos mil asiáticos, mil quinientos del Archipiélago, ocho mil libios, tribus completas, los más jóvenes de los mercenarios; en total, veinte mil soldados: la mitad del ejército.
Autharita, con los cincuenta galos que le quedaban, iba a dejarse matar, para concluir de una vez, cuando vio en la cumbre de la montaña un hombre frente a él.
Este hombre, a causa de la altura, parecía un enano; pero Autharita divisó el escudo en forma de trébol que llevaba en el brazo izquierdo y gritó: «¡Un cartaginés!» Todos se levantaron; en la llanura, ante el rastrillo y bajo las peñas. El soldado púnico se paseaba al borde del precipicio, y desde abajo, los bárbaros le contemplaban.
Espendio cogió una cabeza de buey; con dos cinturones compuso una diadema, y poniéndola sobre los cuernos, en la punta de una percha, la levantó en alto, en señal de intenciones pacíficas. El cartaginés desapareció. Quedaron todos a la espera.
Era de noche cuando, como una piedra de lo alto del tajo, vieron caer un talabarte de cuero rojo, bordado con tres estrellas de diamante, con el sello del Gran Consejo: en el centro, un caballo debajo de una palmera. Era la respuesta de Amílcar; el salvoconducto que les enviaba.
Por malo que fuera deseaban un cambio que trajera el fin de sus dolores. Transportados de júbilo, se abrazaban y lloraban. Espendio, Autharita y Zarxas, cuatro italiotas, un negro y dos espartanos se ofrecieron como parlamentarios, y en el acto fueron aceptados. Pero no sabían qué camino tomar.
En esto, sonó un crujido del lado de las rocas, y la más alta de estas, girando sobre sí misma, cayó abajo. Si en la parte que estaban los bárbaros, eran las rocas inconmovibles, porque se precisaba moverlas en un plano oblicuo, de arriba, por el contrario, bastaba empujarlas con fuerza para que se despeñaran. Los cartagineses las empujaron, y con la luz del día, los bárbaros vieron una serie de peñascos dispuestos como una escalinata en ruinas. Los bárbaros no podían todavía subirlas. Se les tendió escalas y todos se precipitaron a ellas. Los rechazó la descarga de una catapulta, y únicamente fueron aceptados los diez embajadores.
Fueron entre los clinabaros, apoyándose con las manos en las grupas de los caballos, para sostenerse. Ahora que había pasado su primer transporte de alegría, empezaban a concebir inquietudes. Las exigencias de Amílcar serían crueles; pero Espendio les tranquilizó.
—Yo seré quien hable.
Y se jactaba de lo que diría, como más conveniente para la salvación del ejército.
Detrás de los matorrales encontraban centinelas emboscados, que se arrodillaban ante el talabarte que Espendio llevaba cruzado. Así que los parlamentarios llegaron al cuartel general, la soldadesca se apiñó alrededor de ellos, riendo y cuchicheando. Se abrió la puerta de una tienda de campaña.
En el fondo estaba sentado Amílcar, en un escabel, junto a una mesa alta en la que brillaba una espada desnuda. Los capitanes le rodeaban, puestos en pie.
Al ver el Sufeta a aquellos hombres, hizo un gesto de repugnancia; tenían las pupilas extraordinariamente dilatadas, con un gran cerco negro en torno de los ojos, que se prolongaba por debajo de las orejas; sus narices amoratadas apuntaban entre las mejillas hundidas, surcadas por profundas arrugas; la piel del cuerpo, demasiado ancha para los músculos, desaparecía bajo un polvo de color pizarra; sus labios se pegaban a unos dientes amarillos; despedían un olor infecto, como de tumba entreabierta o de sepulcro agusanado.
En el centro de la tienda había, sobre una estera en que los capitanes iban a sentarse, una gamella de calabazas humeantes, que miraban los bárbaros con un ansia terrible. Amílcar se volvió para dar una orden, y entonces los diez famélicos se precipitaron sobre la vianda, hundiendo las caras en la grasa y acompañando el ruido de la deglución con hipos de alegría. Más por extrañeza que por misericordia, les dejaron arrebañar la gamella, y cuando hubieron terminado, Amílcar mandó con una señal que hablara aquel que llevaba puesto el talabarte. Espendio tenía miedo, balbuceaba.
Amílcar, mientras le escuchaba, daba vueltas en un dedo a un grueso anillo de oro, el mismo con el que había impreso en el tahalí el sello de Cartago. Lo dejó caer en el suelo, y Espendio lo recogió, como si fuera un esclavo. Sus compañeros se indignaron ante esta bajeza.
El griego levantó la voz, y trayendo a cuento los crímenes de Hannón, porque sabía que este era el enemigo de Amílcar, trató de aplacar a este con el relato de sus miserias y el recuerdo de sus antiguos servicios. Habló mucho rato, de un modo rápido, insidioso, casi violento; hasta que divagó, arrebatado por el calor de su facundia.
Replicó Amílcar que aceptaba sus excusas y que se haría la paz, que por esta vez sería definitiva. Solo exigía que se le entregaran diez mercenarios de los que él eligiera, sin armas y sin túnicas.
Los enviados no esperaban tanta clemencia. Espendio exclamó:
—¡Te entregaremos veinte, si lo prefieres, amo!
—No; me bastan diez —contestó Amílcar.
Les hicieron salir de la tienda para que deliberaran. Cuando estuvieron solos, Autharita reclamó por sus compañeros sacrificados, y Zarxas dijo a Espendio:
—¿Por qué no le has matado? ¡Allí estaba su espada, junto a él!
—¡Matar a Amílcar! ¡A Amílcar! —repuso Espendio—. ¡A Amílcar!
Y lo repitió muchas veces, como si fuera una cosa imposible, como si Amílcar fuera un ser inmortal.
Tal era su postración, que se echaron de espaldas en tierra, sin saber qué resolver. Espendio les animó a que cedieran. Consintieron y volvieron a entrar en la tienda.
Amílcar puso por turno una mano en las de los diez bárbaros, apretando los pulgares, y en seguida la frotó en sus vestiduras, porque solo el tocar aquellas pieles viscosas causaba una picazón que horripilaba. Luego añadió:
—¿Sois vosotros los jefes de los bárbaros y prometéis por ellos?
—Sí —respondieron todos.
—¿Sin reservas, del fondo del alma, con intención de cumplir vuestras promesas?
Contestaron que volverían junto a sus compañeros para hacerles cumplir lo pactado.
—Pues bien —replicó el Sufeta—; según la convención pactada entre yo, Barca, y los embajadores de los mercenarios, os escojo a vosotros diez; os guardo en rehenes.
Espendio cayó desmayado sobre la estera. Los otros nueve se apretaron guardando tacto de codos, sin proferir una palabra ni una queja.
Al ver los compañeros de abajo que no volvían sus parlamentarios, se creyeron traicionados y que estos se habían entregado al Sufeta. Esperaron dos días más, y en la mañana del tercero tomaron la resolución de hacer unas escalas con cuerdas, jirones de ropa, picos y flechas, hasta conseguir escalar las rocas, y dejando atrás a los más débiles, que eran unos tres mil, pusiéronse en marcha para reunirse con el ejército de Túnez.
En lo alto del desfiladero se abría una pradera sembrada de arbustos; los bárbaros devoraron las yemas y retoños. Luego dieron con un campo de habas, y lo talaron como una nube de langostas. Tres horas después llegaron a una segunda planicie, circundada de colinas verdegueantes.
Entre las ondulaciones de estos montículos brillaban haces de color de plata, separadas unas de otras; los bárbaros, deslumbrados por el sol, veían confusamente, debajo de ellas, grandes masas negras que las soportaban. Eran las lanzas de las torres de los elefantes, horriblemente armados.
Además del espolón del pecho, de los puñales de sus colmillos y de las rodilleras y de las chapas de cobre que cubrían sus flancos, llevaban al extremo de las trompas un brazalete de cuero al que iba atado el mango de un ancho cuchillo. Acometiendo todos a un tiempo, se adelantaban paralelamente por cada lado.
Los bárbaros quedaron helados de espanto. Ni siquiera intentaron huir; se encontraban ya cercados. Entraron los elefantes en esta masa de hombres; los espolones de sus pechos la dividían, las lanzas de sus colmillos la revolvían como rejas de arado; cortaban, tajaban, partían con las guadañas de sus trompas; las torres, llenas de faláricas, parecían volcanes movibles; no se veía más que un ancho montón en que las carnes humanas formaban manchas blancas; los pedazos de cobre, manchas grises, y la sangre, copos rojos. Los horribles animales, atropellando por todo, ahondaban surcos negros. El más furioso iba conducido por un númida que llevaba una diadema de plumas y lanzaba jabalinas con horrible celeridad, acompañándose de un agudo silbido. Los demás paquidermos, dóciles como perros, durante la carnicería miraban siempre hacia él.
Poco a poco se iba estrechando el círculo; los bárbaros no podían resistir, y en breve los elefantes llegaron al centro de la llanura. Les faltaba espacio; se amontonaban alborotados, chocándose con los colmillos. Pero Narr-Habas los aplacó, y volviendo grupas, regresaron al trote a las colinas.
Dos sintagmas de bárbaros se habían refugiado a la derecha, en un repliegue del terreno; tiraron sus armas, y de rodillas fueron a las tiendas púnicas, implorando gracia. Se les ató de pies y manos; y cuando los tuvieron tendidos en tierra y todos juntos, se trajeron los elefantes. Estallaban los pechos como cofres al romperse; cada pisotón de elefante aplastaba dos hombres; sus pezuñas se hundían en el cuerpo con un movimiento de ancas que parecía hacerles cojear. Así hicieron todo el recorrido.
El nivel de la planicie quedó en calma. Vino la noche. Amílcar se recreaba en el espectáculo de su venganza; pero, de pronto, se estremeció.
Seguía viendo más bárbaros todavía, a seiscientos pasos de allí, a la izquierda, en la cumbre de un cerro. Eran cuatrocientos de los más robustos: etruscos, libios y espartanos que en un principio ganaron las alturas, y que después de la matanza de sus compañeros resolvieron cargar contra los cartagineses. Ya bajaban en columnas cerradas, de un modo magnífico y formidable.
El Sufeta les envió inmediatamente un heraldo. Necesitaba soldados, y los recibía sin condiciones, en homenaje a su bravura. Podían acercarse a cierto lugar, que se les designó, donde encontrarían víveres.
Corrieron allí los bárbaros y pasaron la noche comiendo. Pero los cartagineses criticaron esta parcialidad de Amílcar con los mercenarios.
¿Cedía este a las expansiones de un odio insaciable, o era esto un refinamiento de perfidia? Al otro día fue él mismo, sin espada, desnuda la cabeza, con una escolta de clinabaros, y les declaró que siendo mucha la gente que había que mantener, no podía contratarlos; pero como le hacían falta hombres, y no sabía de qué modo escoger los mejores, que se pelearan unos con otros y que admitiría los vencedores para su guardia particular.
Muerte por muerte, valía más esta; y apartando a sus soldados, porque los estandartes púnicos ocultaban a los mercenarios el horizonte, les mostró los ciento noventa y dos elefantes de Narr-Habas formando una línea recta, con las trompas erectas como el hierro, cual brazos de gigantes que llevaran hachas en las cabezas.
Los bárbaros se miraron en silencio unos a otros. No era la muerte lo que les infundía pavor, sino la horrible alternativa a que se les obligaba.
La vida en común había establecido entre estos hombres una profunda amistad. Para la mayoría, el campamento substituía a la patria; viviendo sin familia, volvían toda su ternura hacia un compañero; dormían cada uno al lado de otro, bajo el mismo manto, a la claridad de las estrellas. Además, en este perpetuo vagamundeo a través de tantos países, de tantas muertes y aventuras, se habían creado extraños amores; uniones obscenas tan formales como matrimonios; en las que el más fuerte defendía al más joven en una batalla, le ayudaba a franquear precipicios, limpiaba su frente del sudor de las fiebres, robaba comida para él; y el protegido, niño recogido al borde de un camino, convertido en mercenario, pagaba este afecto con mil cuidados y complacencias de esposa.
Cambiaron sus collares y pendientes de las orejas, regalos felices, en horas de embriaguez o de gran peligro. Querían morir todos, pero ninguno daba el primer golpe. Un joven decía a otro de barba gris: «¡No; tú eres el más robusto! ¡Tú nos vengarás; mátame!» Y el otro respondía: «Me quedan menos años de vida que a ti. ¡Dame en el corazón y no te preocupes!» Los hermanos se miraban con las manos enlazadas; el amante daba a su amado la despedida eterna derramando lágrimas, abrazándose.
Al quitarse las corazas para que las puntas de las espadas entraran mejor, enseñaron las cicatrices de las heridas recibidas por defender a Cartago, semejantes a inscripciones en columnas.
Se colocaron en cuatro filas iguales, al modo de los gladiadores, y empezaron con tibias acometidas. Algunos se habían vendado los ojos, y con las espadas hendían el aire, como un ciego agita el palo. Burlábanse de ellos los cartagineses, diciéndoles que eran unos cobardes. Los bárbaros se animaron, y muy pronto se generalizó la lucha de un modo furibundo y precipitado.
A veces, dos hombres se detenían ensangrentados, cayendo uno en brazos del otro, y morían dándose besos. Ninguno retrocedía. Daban el pecho a las espadas. Su delirio era tan furioso, que los cartagineses, de lejos, tenían miedo.
Al fin cesaron de pelear. Los pechos roncaban y sus pupilas fulguraban al través de sus largas cabelleras, que colgaban como teñidas en un baño de púrpura. Muchos giraban sobre sí mismos, vertiginosamente, como panteras heridas en la frente; otros estaban inmóviles, contemplando un cadáver a sus pies; luego, de pronto, se arañaban la cara con las uñas, tomaban la espada con ambas manos, y se la hundían en el vientre.
Quedaban unos sesenta. Pidieron de beber. Les gritaron que tiraran las espadas; y cuando lo hicieron, se les trajo agua. Mientras estaban bebiendo, con la cara hundida en las vasijas, otros tantos cartagineses los mataron por la espalda con estiletes.
Amílcar había dispuesto todo esto para satisfacer los instintos de su ejército, y por esta traición atraerlo a su persona.
Así, pues, la guerra había terminado; al menos, así se creía. Matho no resistiría más. Impaciente el Sufeta, ordenó en seguida la partida.
Sus exploradores vinieron a decirle que se veía un convoy por la Montaña de Plomo. Amílcar no dio importancia a la noticia. Una vez destruidos los mercenarios, los nómadas no le estorbarían más. Lo importante era tomar a Túnez, a la que se dirigió a marchas forzadas.
Había enviado a Narr-Habas a Cartago a llevar la noticia de la victoria: y el rey númida, orgulloso de su éxito, se presentó en el palacio de Salambó.
Salambó le recibió en sus jardines, al pie de un alto sicomoro, entre dos almohadones de cuero amarillo, acompañada de Taanach. Llevaba sobre el rostro un velo blanco que solo dejaba libres los ojos; pero sus labios brillaban en la transparencia de la gasa no menos que la pedrería de sus dedos; ya que Salambó, que tenía las manos envueltas mientras duró la entrevista, no hizo un solo gesto.
Narr-Habas la anunció la derrota de los bárbaros. Ella le dio las gracias por los servicios que había prestado a su padre, Barca. El númida le contó entonces toda la campaña.
En torno de los interlocutores, las palomas se arrullaban lánguidamente, y otros pájaros revoloteaban entre la hierba: codornices de Tarteso y pintadas púnicas. Trepaban las coloquíntidas por las ramas de las cañafístulas, las asclepias sembraban los campos de rosas; toda clase de plantas se entrelazaban formando canastillos y lazos; los rayos de sol, bajando oblicuamente, dibujaban la sombra de las hojas en el suelo. Los animales domésticos, convertidos en montaraces, huían al menor ruido. Los rumores de la ciudad se perdían en el murmullo del oleaje. El cielo estaba todo azul y ni una vela aparecía en el mar.
Narr-Habas no hablaba; Salambó contemplaba al rey númida. Vestía este una túnica de lino pintada de flores y con fimbria de oro; dos flechas de plata sostenían sus cabellos trenzados sobre sus orejas. Apoyaba la mano derecha en el mango de una pica adornada con círculos de electro y pellones de piel. Una infinidad de vagos pensamientos absorbían a Salambó. Este hombre, de voz suave y de complexión femenina, cautivaba por su gracia personal, y a ella le parecía como una hermana mayor enviada por los Baales para protegerla. El recuerdo de Matho le hizo preguntar por él al númida.
Respondió Narr-Habas que los cartagineses se dirigían a Túnez con el fin de hacerle prisionero. A medida que exponía sus probabilidades de éxito y los pocos recursos de Matho, ella parecía animarse, hasta ponerse nerviosa. Cuando, al fin, le prometió matarlo él mismo, Salambó dijo:
—¡Sí, mátalo; es necesario!
El númida contestó que deseaba ardientemente esta muerte, porque así, acabada la guerra, sería su esposo.
Salambó se estremeció y bajó la cabeza. Pero prosiguiendo Narr-Habas, comparó sus deseos a las flores que languidecen después de la lluvia; a los viajeros perdidos que esperan el día. Añadió que ella era más hermosa que la luna; más grata que el viento de la mañana y que el rostro del huésped; que haría venir para ella, del país de los negros, cosas nunca vistas en Cartago, y que las habitaciones de su palacio estarían enarenadas con polvo de oro.
Atardecía; se respiraba un aire perfumado. Por algún tiempo, se miraron en silencio. Los ojos de Salambó, entre los largos pliegues de su vestimenta, parecían dos estrellas en el rasgón de una nube. Antes que se pusiera el sol, terminó la entrevista.
Los Ancianos se sintieron inquietos cuando Narr-Habas salió de Cartago. El pueblo le había recibido con aclamaciones más entusiastas que la primera vez. Si Amílcar y el rey de los númidas triunfaban solos de los mercenarios, sería imposible resistirlos; por tanto, resolvieron, para debilitar la influencia de Barca, que el viejo Hannón actuara en esta última etapa de la salvación de la República.
Hannón se trasladó inmediatamente a las provincias occidentales, a fin de vengarse en los mismos lugares testigos de su vergonzosa derrota; pero los habitantes y los bárbaros habían muerto, huido o estaban ocultos. Este contratiempo hizo que el Sufeta desahogara su cólera en la campiña; quemó ruinas de ruinas, no dejó ni un árbol ni una brizna de hierba; a los niños y enfermos que encontraba los hacía morir entre tormentos; daba a sus soldados las mujeres antes de degollarlas, pero él se hacía llevar a una litera las más hermosas, porque su atroz enfermedad le tenía inflamado de impúdicos deseos.
A veces, en las crestas de las colinas se plegaban las negras tiendas como derribadas por el viento, y anchos discos de brillantes llantas, que eran las ruedas de los carros, rechinando con plañidero son, se hundían en los valles. Las tribus que habían abandonado el sitio de Cartago iban errantes por las provincias, esperando una ocasión o la victoria de los mercenarios para volver; pero, sea por terror o por hambre, tomaron todas el camino de sus hogares, y desaparecieron.
Amílcar no tuvo celos de este éxito de Hannón; pero como le convenía concluir de una vez, le ordenó se juntara con él delante de Túnez. Hannón, que amaba a su patria, se presentó en el día fijado ante las murallas de aquella ciudad.
Túnez tenía para defenderse su población autóctona, doce mil mercenarios, todos los «Comedores de cosas inmundas», y con ellos estaba Matho, contemplando desde allí, a lo lejos, el horizonte de Cartago. Con este conjunto de odios reunidos, pronto se organizó la resistencia. Con odres se hicieron cascos, se cortaron todas las palmeras de los jardines para hacer lanzas, se cavaron cisternas; y, en cuanto a víveres, se pescaban a orillas del lago grandes peces blancos que se alimentaban de cadáveres y de inmundicias. Las fortificaciones, en estado ruinoso por los celos de Cartago, no podían resistir el empuje de los hombres. Matho tapó los agujeros con piedras de los edificios. Era la lucha postrera; nada esperaba, como no fuese que la fortuna diera una vuelta a la rueda.
Al acercarse los cartagineses, vieron en la muralla un hombre que de cintura arriba rebasaba la altura de las almenas, y que veía volar las flechas a su alrededor con la impasibilidad de quien ve cruzar una bandada de golondrinas. Ninguna de ellas hirió a Matho.
Amílcar estableció su campo en el lado meridional; Narr-Habas, a su derecha, ocupaba el llano de Radés; Hannón, el borde del lago; los tres generales debían guardar sus posiciones respectivas para atacar todos a un tiempo al enemigo.
Pero Amílcar quiso primero demostrar a los mercenarios que los castigaría como esclavos. Hizo crucificar a los diez embajadores, y los puso juntos sobre un montículo, de cara a la ciudad.
A su vista, los sitiados abandonaron las murallas.
Matho tenía pensado que si podía pasar entre los muros y las tiendas de Narr-Habas, con la rapidez necesaria para que los númidas no tuvieran tiempo de salir, caería sobre la retaguardia de la infantería cartaginesa, que así se vería copada entre él y la gente de la ciudad. En consecuencia, se lanzó afuera con sus veteranos.
Lo vio Narr-Habas, y, llegándose a la playa del lago, avisó a Hannón que enviara tropas en auxilio de Amílcar. ¿Era porque creía a Barca débil para resistir a los mercenarios, o bien fue una perfidia o una necedad? Nunca se pudo averiguar. Lo cierto es que Hannón, en su afán de humillar a su rival, no titubeó: mandó tocar los clarines, y con todo su ejército se precipitó sobre los bárbaros. Estos hicieron un cambio de frente, y corrieron hacia los cartagineses; repeliéndolos y aplastándoles, hasta que llegaron a la tienda de Hannón, que estaba en ella con treinta de los Ancianos más ilustres.
Asombrado de tanta audacia, llamó a sus capitanes. Avanzaban todos puñal en mano, vociferando injurias. Se empujaba la turba, y aquellos que le tenían cogido de la mano, a duras penas podían impedirle la huida. Hannón les decía al oído: «Te daré lo que quieras. Soy rico. ¡Sálvame!» Los otros le empujaban, y aunque era muy pesado, sus pies no tocaban al suelo. A los Ancianos se les había ya sacado afuera. Aumentó el terror de Hannón: «¡Me habéis vencido! ¡Soy vuestro cautivo! ¡Pagaré mi rescate!» Y repetía, viéndose llevado a hombros de los mercenarios: «¿Qué vais a hacer? ¿Qué queréis? ¡Ya veis que no hago resistencia! ¡Siempre he sido bueno!»
Ante la puerta se había levantado una cruz gigantesca. Aullaban los bárbaros: «¡Aquí! ¡Aquí!» Hannón levantó más la voz, y en nombre de los dioses les invitó a que llamaran al Schalischim, porque tenía que confiarle un secreto del que dependía su salvación.
Los bárbaros se detuvieron; pareciéndole que era prudente consultar a Matho, fueron a avisarle.
Hannón cayó sobre la hierba; alrededor suyo veía otras cruces, como si el suplicio que le aguardaba se multiplicara de antemano; hacía esfuerzos para convencerse de que se engañaba; que no veía más que una, tal vez ninguna. Lo levantaron.
—¡Habla! —dijo Matho.
Le ofreció entregar a Amílcar; que entrarían juntos en Cartago, y serían reyes los dos.
Matho se apartó, haciendo señal a los demás para que se dieran prisa; porque ya se imaginaba que todo era una astucia para ganar tiempo.
Pero se engañaba Matho; Hannón sufría una de esas crisis en que no se atiende a nada; y execraba de tal modo a Amílcar, que a cambio de una leve esperanza de salvarse, lo hubiera sacrificado con todos sus soldados.
Al pie de las treinta cruces yacían los Ancianos tendidos en tierra, con las cuerdas bajo los sobacos. Comprendiendo entonces el anciano Sufeta que iba a morir, lloró.
Le arrancaron lo que le quedaba del vestido, y entonces mostró al desnudo toda la asquerosidad de su persona. Las úlceras cubrían enteramente su cuerpo; la grasa de las piernas tapaban las uñas de los pies; colgaban de sus dedos como andrajos verdosos; las lágrimas que resbalaban entre los tubérculos de sus mejillas daban a su rostro algo horriblemente triste, nunca visto en otro rostro humano. La diadema real, medio desceñida, se arrastraba por el polvo con sus cabellos blancos.
No encontraban cuerdas bastante fuertes para izarlo hasta lo alto de la cruz; y le clavaron los pies, antes de levantar el madero, a la usanza púnica. Su orgullo, entonces, se sobrepuso a su dolor: vomitó injurias. Espumeaba por la boca; se retorcía como monstruo marino que degüellan en la ribera, y les predecía que morirían todos de una manera más cruel, y que sería vengado.
Ya lo estaba. Al otro lado de la ciudad, de donde se escapaban ahora llamaradas entre columnas de humo, agonizaban los embajadores de los mercenarios.
Algunos de estos, desmayados al principio, se habían reanimado con la frescura del viento; pero seguían con la barba sobre el pecho y colgaban sus cuerpos, a pesar de los clavos que les sujetaban los brazos más arriba de la cabeza; de sus talones y manos, caía la sangre a goterones, lentamente, como las frutas maduras de un árbol; y Cartago, el golfo, las montañas y las llanuras, todo les parecía que daba vueltas, como una inmensa rueda. Alguna nube de polvo que subía del suelo les envolvía en su torbellino, y sentían correr sobre ellos un sudor glacial juntamente con el alma que se les escapaba.
Veían, sin embargo, a mucha profundidad los movimientos de los soldados en las calles y fulgores de espadas; oían vagamente el tumulto de la batalla, así como oyen el ruido del mar los náufragos que mueren en las gavias de un buque. Los italiotas, que eran los más robustos, aún gritaban; los audemonios estaban callados, con los ojos entornados; Zarxas, tan vigoroso, estaba doblado como una caña rota; el etíope, a su lado, tenía la cabeza caída hacia atrás, por encima del brazo de la cruz; Autharita, inmóvil, giraba los ojos; su gran cabellera, sujeta en una hendidura de la madera, se mantenía recta sobre la frente, y el ronquido que exhalaba del pecho parecía más bien un rugido de cólera. En cuanto a Espendio, revestido de un valor extraño, despreciaba ahora la vida, por la certidumbre que tenía de una manumisión inmediata y eterna, y esperaba impasible la muerte.
En medio de su desfallecimiento, temblaban todos ante un roce de plumas que les pasaban por la boca, acompañado de sombras y graznidos, en el aire. Como la cruz de Espendio era la más alta, en ella se posó el primer buitre. El antiguo esclavo volvió la cara a Autharita, y le dijo lentamente, con sonrisa indefinible:
—¿Te acuerdas de los leones, en el camino de Sicca?
—¡Eran nuestros hermanos! —contestó el galo; y expiró.
Durante este tiempo, Amílcar había abierto brecha y llegado a la ciudadela. Una ráfaga de viento disipó de pronto el humo en las lejanías de las murallas de Cartago; el Sufeta creyó ver gente asomada en la plataforma de Eschmún; y a poca distancia, hacia la izquierda, a orillas del lago, treinta cruces desmesuradas.
En efecto: para hacerlas más espantosas, las habían construido con los mástiles de las tiendas; y los treinta cadáveres de los Ancianos aparecían en alto, destacándose en el azul del cielo. Sobre sus pechos tenían algo así como mariposas blancas; eran las barbas de las flechas que les habían tirado desde abajo.
En la cima de la mayor de todas fulgía una ancha cinta de oro, flotando hacia atrás; el brazo faltaba por este lado, y a Amílcar le costó trabajo reconocer a Hannón. Los huesos esponjosos de este, no pudiendo aguantar el peso de los clavos, se iban descoyuntando, juntamente con los miembros, y solo quedaban en la cruz restos informes, semejantes a fragmentos de animales colgados a la puerta de un puesto de monteros.
El Sufeta no pudo advertir nada; la ciudad, delante de él, le ocultaba todo el otro lado, y los capitanes enviados sucesivamente a los otros dos generales no habían vuelto. Pero fueron llegando fugitivos, los cuales contaron la derrota; y el ejército púnico hizo alto. Esta catástrofe, en medio de la victoria, les impresionó. Ya no hacían caso de las órdenes de Amílcar.
Matho se aprovechó de ello para continuar sus estragos entre los númidas.
Destruido el campo de Hannón, Matho cayó sobre ellos. Salieron los elefantes, pero los mercenarios, con teas encendidas se precipitaron sobre ellos y las bestias, asustadas, huyeron desbocadas al golfo, donde se ahogaron bajo el peso de sus armaduras. Narr-Habas había enviado su caballería; todos se echaron de cara al suelo, y cuando los caballos estuvieron a tres pasos de los bárbaros, estos saltaron, abriéndoles el vientre a puñaladas. La mitad de los númidas había muerto cuando se presentó Amílcar.
Extenuados los mercenarios, no podían hacer frente a estas tropas de refresco. Retrocedieron en buen orden hasta la montaña de las Aguas Calientes. El Sufeta tuvo la prudencia de no perseguirlos, y se dirigió a la desembocadura del Macar.
Túnez era suyo, pero estaba reducido a un montón de escombros humeantes. Las ruinas caían por las brechas de los muros, hasta la mitad del llano; en el fondo, entre las orillas del golfo, los cadáveres de los elefantes, empujados por la brisa, chocaban entre sí como un archipiélago de negras rocas que flotaran en el mar.
Narr-Habas, para sostener esta guerra, había echado mano de todos los elefantes de sus bosques, jóvenes y viejos, machos y hembras, y así agotó la fuerza militar de su reino. El pueblo, que los vio morir a lo lejos, quedó desolado; los hombres se lamentaban en las calles, llamándolos por sus nombres, como a amigos difuntos: «¡Ah, el Invencible! ¡La Victoria! ¡El Terrible! ¡La Golondrina!» En el primer día no se habló más que de los ciudadanos muertos; pero al siguiente, se vieron las tiendas de los mercenarios en la montaña de las Aguas Calientes, y la desesperación fue tan grande, que mucha gente, las mujeres sobre todo, se precipitaron de cabeza de lo alto de la Acrópolis.
Se ignoraban los proyectos de Amílcar. Este vivía solo en su tienda, sin más compañía que la de un joven, y nadie comía con ellos, sin exceptuar al mismo Narr-Habas, al que demostraba, sin embargo, miramientos extraordinarios desde la derrota de Hannón; pero el rey de los númidas tenía demasiado interés en ser su yerno y empezaba a desconfiar.
La inercia del Sufeta disimulaba hábiles maniobras. Con toda suerte de artificios, iba seduciendo a los jefes de pueblos; y los mercenarios se vieron arrojados, rechazados, acosados como bestias feroces. No bien entraban en un bosque, ardían todos los árboles a su alrededor; si bebían en una fuente, estaba envenenada; tapiaban las cavernas donde se guarecían para dormir. Las poblaciones que hasta entonces habían sido sus aliadas o sus cómplices, los perseguían ahora; en todas estas bandas, veían los bárbaros armaduras cartaginesas.
Muchos tenían costras y herpes en la cara, provenientes, según ellos, de haber tocado a Hannón. Pensaban otros que era por haber comido los peces de Salambó; pero lejos de arrepentirse, soñaban con sacrilegios peores, a fin de que fuese mayor el ultraje a los dioses púnicos. Hubieran querido exterminarlos.
Así fueron ambulando durante tres meses, a lo largo de la costa oriental, y después, por detrás de la montaña de Selún, hasta los primeros arenales del desierto, buscando no sabían qué refugio. Útica e Hippo-Zarita no les habían traicionado; pero Amílcar tenía cercadas las dos ciudades. Subieron más al Norte, al azar, sin conocer los caminos. Con tanta miseria, tenían turbadas las cabezas; solo les quedaba el sentimiento de una exasperación que iba en aumento; hasta que un día se encontraron en las gargantas del Cobo, ¡frente a Cartago otra vez!
La fortuna se mantenía igual; pero unos y otros estaban tan excitados, que deseaban, en lugar de estas escaramuzas, una gran batalla, con tal de que fuera la última.
Matho tenía deseos de comunicar personalmente al Sufeta esta propuesta, pero uno de sus libios se ofreció a hacerlo. Todos, al verle partir, tuvieron el convencimiento de que no volvería; pero volvió la misma noche.
Amílcar aceptaba el reto. Se encontrarían con él al amanecer, en el llano de Radés.
Quisieron saber los mercenarios si había dicho algo más, y el libio contó:
—Cuando yo estuve en su presencia, me preguntó qué quería. Yo respondí: «Que me maten.» Entonces él dijo: «¡No, vete, ya morirás mañana con tus compañeros!»
Esta generosidad extrañó a los bárbaros; algunos quedaron aterrados, por lo que Matho lamentó que no hubieran matado al parlamentario en el campo cartaginés.
Le quedaban todavía tres mil africanos, mil doscientos griegos, mil quinientos campanios, doscientos iberos y cuatrocientos etruscos, quinientos samnitas, cuarenta galos y una banda de Nafur, bandidos nómadas encontrados en la región de los dátiles; en total, siete mil doscientos diez y nueve soldados, pero ninguna sintagma completa. Habían tapado los agujeros de las corazas con omoplatos de cuadrúpedo; y reemplazó los coturnos de cobre con sandalias rotas. Las placas de cobre o de hierro hacían más pesados sus vestidos; las cotas de malla colgaban en andrajos, mostrando en las carnes las cuchilladas como hilos de púrpura entre los pelos de los brazos y de las caras.
La rabia por los compañeros muertos les volvía al alma multiplicando su vigor; sentían confusamente que eran los servidores de un dios de los oprimidos, como los pontífices de la venganza universal. Además, les encolerizaba una injusticia irritante; sobre todo ante la vista de Cartago en el horizonte. Juraron combatir todos hasta la muerte.
Mataron las bestias de carga y se las comieron para cobrar fuerzas; luego se entregaron al descanso. Algunos rezaron, de cara a distintas constelaciones.
Llegaron los cartagineses al llano, frente a ellos. Frotaron el borde de los escudos con aceite, para facilitar el resbalo de las flechas; los infantes que llevaban largas cabelleras se las cortaron en la frente, por prudencia; y Amílcar, a la quinta hora, hizo volcar todas las gamellas, sabiendo que era desventajoso pelear con el estómago lleno. Su ejército ascendía a catorce mil hombres, casi el doble del ejército bárbaro; pero nunca había experimentado la inquietud que ahora; si sucumbía era la destrucción de Cartago y moriría crucificado; si triunfaba, por los Pirineos, las Galias y los Alpes, caería sobre Italia y el imperio de los Barca sería eterno. Veinte veces se levantó en esta noche para vigilarlo todo, en los más mínimos detalles. Los cartagineses estaban exasperados por tanto recelo.
Narr-Habas dudaba de la fidelidad de los númidas, aparte de que los bárbaros podían vencerlos. Poseído de una extraña debilidad, bebía a cada instante vasos de agua.
De repente, un hombre desconocido abrió su tienda y puso en el suelo una corona de sal gema, adornada con dibujos hieráticos hechos con azufre y rombos de nácar. Era la corona de desposado que enviaba la novia; una prueba de amor; una especie de invitación.
Sin embargo, Salambó no amaba a Narr-Habas. El recuerdo de Matho la obsesionaba de una manera intolerable, pareciéndole que la muerte de este hombre despejaría su imaginación, bien así como para curarse de la picadura de una víbora, se la aplasta sobre la misma herida. El rey de los númidas esperaba con impaciencia la boda, y como esta debía seguir inmediatamente a la victoria, Salambó le hacía este presente para excitar su valor. Todas las angustias de Narr-Habas desaparecieron; ya no pensó más que en la dicha de poseer una mujer tan hermosa.
La misma visión preocupaba a Matho; pero la rechazó en seguida, y concentró su amor en sus compañeros de armas. Los acariciaba como porciones de su propia persona, de su odio; y se sentía con el espíritu más elevado, los brazos más fuertes; todo lo que debía ejecutar le parecía claro. Si algún suspiro se le escapaba, era por el recuerdo de Espendio.
Alineó los bárbaros en seis filas iguales. En medio puso a los etruscos, unidos por una cadena de bronce; los flecheros estaban atrás, y en las dos alas distribuyó los Nafur, montados en caballos de pelo raso, cubiertos de plumas de avestruz.
El Sufeta dispuso los cartagineses en orden parecido. A distancia de la infantería, junto a los vélites, colocó los clinabaros; más allá, a los númidas. Cuando fue de día, ambos ejércitos estaban alineados, dándose las caras, mirándose con ojos feroces. Hubo al pronto una vacilación; pero al fin, los dos ejércitos se movieron.
Avanzaban los bárbaros lentamente, para no sofocarse, batiendo la tierra con los pies. El centro del ejército púnico formaba una curva convexa. Sobrevino un choque terrible, parecido al encontronazo de dos flotas que se abordan. La primera hilera de bárbaros se entreabrió en seguida, y los flecheros que estaban detrás, lanzaron sus flechas y azagayas. La curva de los cartagineses iba aplanándose, hízose recta y luego se dobló; entonces, las dos secciones de vélites se acercaron paulatinamente, como hojas de un compás que se cierra. Los bárbaros, encarnizados contra la falange, entraron en este hueco; estaban perdidos. Matho los detuvo; y mientras las alas cartaginesas seguían avanzando, hizo salir afuera las tres filas interiores de su línea, las cuales desbordaron pronto sus flancos, apareciendo todo el ejército en triple longitud.
Pero los bárbaros, puestos en los dos extremos, aparecían los más débiles, los de la izquierda sobre todo, por haber agotado sus carcajes, y los vélites los apretaban en columna cerrada.
Matho los hizo correr a retaguardia. Su ala derecha se componía de campesinos armados de hachas; los empujó sobre la izquierda cartaginesa; al centro atacaba al enemigo, y los del otro extremo, fuera de peligro, contenían a los vélites. Entonces, Amílcar dividió su caballería por escuadrones, puso entre ellos a los hoplitas y los lanzó contra los mercenarios.
Estas masas en forma de cono presentaban un frente de caballos y paredes demasiado anchas, se erizaban llenas de flechas. Era imposible que resistieran los bárbaros; únicamente los infantes griegos tenían armaduras de cobre; los demás iban armados con cuchillos en la punta de una percha, hoces tomadas en las granjas y espadas hechas con la llanta de una rueda; sus hojas, blandas en demasía, se doblaban al herir, y en el tiempo que empleaban en enderezarlas con los talones, los cartagineses los acuchillaban cómodamente, a derecha e izquierda.
Los etruscos, atados a la cadena, no se movían; los que habían muerto no podían caer, y sus cadáveres eran un obstáculo; esta gruesa línea de bronce tan pronto se abría y se cerraba, dúctil como una serpiente e inquebrantable como un muro. Los bárbaros venían a rehacerse tras ella, descansando un minuto, y luego volvían a la lucha, con los pedazos de armas que les quedaban.
A muchos les faltaban ya y saltaban sobre los cartagineses, mordiéndoles en las caras, como perros. Los galos, por orgullo, se despojaron de sus sayos, mostrando de lejos sus corpachones blancos, y para asustar al enemigo ensanchaban sus heridas. En las sintagmas púnicas no se oía más que la voz del agitador que anunciaba las órdenes; los estandartes repetían sus señales y cada cual iba llevado por la oscilación de la gran masa que le rodeaba.
Amílcar mandó avanzar a los númidas, y los Nafur se precipitaron a su encuentro.
Vestidos con anchas túnicas negras, con una borla de cabello en la punta del cráneo y una rodela de cuero de rinoceronte, manejaban un hierro sin mango, sostenido por una cuerda; sus camellos, erizados de plumas, lanzaban sonoros ronquidos. Las hojas daban en los sitios precisos, y cuando se apartaban se llevaban un miembro con ellas. Furiosos los animales galopaban a través de las sintagmas. Algunos de los camellos que tenían las piernas rotas, andaban a saltos como los avestruces heridos.
La infantería púnica cayó en masa sobre los bárbaros y los cortó. Sus manípulos evolucionaban, espaciados unos de otros. Las armas brillantes de los cartagineses cercaban a los bárbaros como coronas de oro; un hormiguero bullía en medio, y el sol ponía en las puntas de las espadas chispas y vislumbres. Las filas de los clinabaros estaban tendidas en el llano; los mercenarios les arrancaban las armaduras, se las ponían y volvían al combate. Muchas veces, engañados los cartagineses, se metieron en medio de ellos. Les inmovilizaba cierto embotamiento, o bien refluían y daban triunfantes clamores que, llevados por el aire, parecía empujarles como el aliento de una tempestad. Amílcar se desesperaba; todo iba a sucumbir ante el genio de Matho y el invencible valor de los mercenarios.
En esto se oyó en el horizonte un repetido batir de tamboriles. Era una turba de viejos, de enfermos, de niños de quince años y de mujeres, que no pudiendo resistir a su zozobra, salieron de Cartago, y para ponerse bajo la protección de algo formidable, habían tomado, en casa de Amílcar, el único elefante que poseía ahora la República: el de la trompa cortada.
Entonces les pareció a los cartagineses que la patria, abandonando sus murallas, venía a mandarles morir por ella. Sintieron redoblado su valor, y los númidas arrastraron a todos.
Los bárbaros, en medio del llano, se habían replegado junto a un montículo. No tenían ninguna probabilidad de vencer, ni aun de sobrevivir; pero eran los mejores, los más intrépidos y los más fuertes.
La gente de Cartago lanzaba, por encima de los númidas, asadores, cazos y martillos; aquellos que pusieron espanto en los cónsules, morían a los golpes de las mujeres; el populacho púnico exterminaba a los mercenarios.
Estos se habían refugiado en lo alto de la colina. A cada nueva brecha, su círculo se estrechaba; dos veces bajó, y una sacudida les empujó arriba; los cartagineses, en montón, alargaban los brazos; introdujeron las picas entre las piernas de los compañeros y pinchaban al acaso. Resbalaban en la sangre; la pendiente era tan rápida, que rodaban por ella los cadáveres. El elefante que trataba de subir la cuesta los tenía hasta el vientre, no pareciendo sino que los pisaba con delicia; su trompa cortada, pero ancha en su reborde, se movía de vez en cuando como una enorme sanguijuela.
Después, se pararon todos. Los cartagineses, enseñando los dientes, miraban a lo alto de la colina donde los bárbaros estaban en pie, hasta que acometiendo bruscamente, volvió a empezar la contienda. Los mercenarios dejaban acercarse a los enemigos, gritando que se querían entregar; pero, con súbita burla, se mataban de un golpe, y a medida que caían los muertos, los otros se ponían encima para defenderse. Era como una pirámide que poco a poco se agrandaba.
Ya únicamente quedaban cincuenta, que se redujeron a veinte, luego a tres, y por fin a dos: un samnita armado con un hacha, y Matho, que aún tenía su espada.
El samnita manejaba su hacha, a diestro y siniestro, advirtiendo a Matho los golpes que le amagaban:
—¡Amo! ¡Por aquí! ¡Por allá! ¡Bájate!
Matho había perdido sus espaldares, su casco, su coraza; estaba completamente desnudo, más lívido que un muerto, con los cabellos erizados y los labios espumeantes; su espada giraba con tanta rapidez, que formaba una aureola en torno suyo. Una pedrada la rompió la empuñadura; el samnita había muerto y la ola de cartagineses se estrechaban y se le venía encima. Entonces levantó al cielo las manos vacías, cerró los ojos y, abriendo los brazos como un hombre que se lanza al mar desde lo alto de un promontorio, se lanzó a las picas.
Estas se apartaron al verle venir. Cuantas veces se daba a los enemigos, otras tantas estos retrocedían y separaban sus armas. Tropezó con una espada, y quiso cogerla; pero entonces se sintió atado de pies y manos, y cayó.
Era Narr-Habas, que le estaba siguiendo hacía algún tiempo, paso a paso, con una de las redes de cazar animales salvajes, y que aprovechó el momento en que Matho se bajaba para envolverle.
Lo pusieron sobre el elefante, con los cuatro miembros en cruz; todos los que no estaban heridos fueron escoltándole ruidosamente hasta Cartago.
La noticia de la victoria había llegado a la ciudad antes de la tercera hora de la noche; la clepsidra de Kamón había vertido la quinta cuando llegaron a Malqua. Matho abrió los ojos. Había tantas luces en las casas, que la ciudad parecía arder en llamas.
Llegaba vagamente a sus oídos un inmenso clamor, y echado de espaldas, miraba las estrellas.
Luego se cerró una puerta tras él y quedó en tinieblas.
Al otro día, a la misma hora, moría el último de los hombres que quedaban en el desfiladero del Hacha. El día que partieron sus compañeros, los zuazos habían desmoronado las rocas y se alimentaron por algún tiempo. Los bárbaros no perdían la esperanza de volver a ver a Matho y no querían abandonar la montaña, sea por desaliento, por tibieza o por obstinación de enfermos que se resisten a cambiar de sitio; pero agotadas las provisiones, los zuazos se retiraron.
Se sabía que apenas quedaban trescientos, por lo que no valía la pena de enviar soldados.
Las bestias feroces, los leones, sobre todo, se habían multiplicado desde que empezó la guerra. Narr-Habas había hecho una gran batida, y poniendo cabras atadas, de distancia en distancia, los había empujado hacia el desfiladero del Hacha, y aún vivían los trescientos cuando llegó el hombre enviado por los Ancianos a averiguar cuántos quedaban de ellos.
En toda la extensión de la llanura, los leones y los cadáveres estaban tendidos, y los muertos se confundían con los vestidos y las armaduras. A casi lodos les faltaba la cara o bien un brazo; algunos parecían intactos; otros completamente disecados, y los cráneos hechos polvo llenaban los cascos; los pies, descarnados, salían de las grebas; los esqueletos conservaban sus mantos; las osamentas, limpias por el sol, formaban manchas brillantes en medio de la arena.
Los leones descansaban con el pecho en el suelo y las dos patas alargadas, parpadeando a la luz del sol, aumentada por la reverberación de las rocas blancas. Otros, sentados sobre la grupa, miraban fijamente delante de ellos; o bien medio envueltos en sus largas crines, dormían arrollados como una bola, en actitud cansina y aburrida. Estaban inmóviles, como la montaña y como los muertos. Venía la noche, y anchas fajas rojas rayaban el cielo en el Occidente.
En uno de estos montones que ondulaban irregularmente el llano, algo menos vago que un espectro se levantó. Uno de los leones se despejó y anduvo, recortando con su forma monstruosa una sombra negra en el fondo del cielo color de púrpura, y cuando estuvo junto al hombre, lo derribó de un solo zarpazo, y, puesto encima de él, sentado sobre el vientre, le fue desgarrando las entrañas.
Abrió después sus enormes fauces, y durante algunos minutos lanzó un largo rugido que repitieron los ecos de la montaña y fue a perderse en la soledad.
De pronto rodaron desde lo alto fragmentos de rocas. Oyóse un rumor de pasos rápidos, y del lado del rastrillo, del lado de la garganta, asomaron cinco orejas puntiagudas y unas pupilas salvajes. Eran los chacales que acudían a devorar los restos.
El cartaginés, que veía todo esto desde lo alto del precipicio, se volvió.