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Tierra de promisión

Capítulo 4 de 5

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Capítulo 4

Segunda parte

Tierra de promisión · José Eustasio Rivera

I

Perfilando sus moles sobre el dombo infinito,

la serena montaña, de dorso colosal, se columbra;

y la triple ringlera de picachos alumbra

con luceros, sus torres de vetusto granito.

De repente los vientos se despiertan al grito

del cóndor, y ofuscando la lejana penumbra,

un volcán, sobre el sueño de los montes, encumbra

su penacho flamante con rumor inaudito.

Mitológico, entonces, al reflejo remoto,

como blanco castillo de opalinas almenas,

un nevado levanta su pináculo ignoto;

y al bruñirlo la luna con temblores de argento,

hacia allá, por encima de las cumbres serenas,

como una nube blonda vuela mi pensamiento.

II

En un bloque saliente de la audaz cordillera

el cóndor soberano los jaguares devora;

y olvidando la presa, las alturas explora

con sus ojos de un vivo resplandor de lumbrera.

Entre locos planetas ha girado en la esfera;

vencedor de los vientos, lo abrillanta la aurora,

y al llenar el espacio con su cauda sonora

quema el sol los encajes de su heroica gorguera.

Recordando en la roca los silencios supremos,

se levanta al empuje colosal de sus remos;

zumban ráfagas sordas en las nubes distantes,

y violando el misterio que en el éter se encierra,

llega al sol, y al tenderle los plumones triunfantes,

va corriendo una sombra sobre toda la tierra.

III

Mágicas luces el ocaso presta

al ventisquero de bruñida albura;

y junto al sol, que en el cristal fulgura,

arbola un ciervo su enramada testa.

Al yerto soplo de la cumbre enhiesta

arisco frunce la nariz oscura;

y en su relieve escultural perdura

un lampo róseo de la brava cuesta.

Súbito, en medio del granate vivo,

infla su cuello, bramador y altivo;

con ágil casco las neveras hiende,

y sobre el bloque rutilante y cano,

como la zarza del Horeb, se enciende

su cornamenta en el fulgor lejano.

IV

Entre las rampas de la mole andina,

como un anciano, el cerro se encapota;

y en las planicies desoladas brota

esparto indócil o menuda espina.

Por donde el zorro escuálido trajina,

lluvioso cierzo la intemperie azota;

y en los lanudos frailejones flota,

como harapos dispersos, la neblina.

De noche, a los helados ventisqueros

bajan tímidos grupos de luceros:

se enciende una dorada perspectiva;

y en la mañana, desde el monte erguido,

estremeciendo el páramo aterido,

sube hacia el sol un águila nativa.

V

Bajo nevadas moles la gruta nunca vista,

como un templete, al rayo lunar se tornasola;

y entre pilares truncos la estalagmita sola

deslumbra los silencios con lampos de amatista.

Se ve radiar el ónix en la saliente arista;

y cuando el ámbar mueve su moribunda ola,

abriendo en las arcadas espléndida aureola

proyecta el arco iris su vacilante lista.

Sobre el barranco, un ciervo vivaz se sobresalta

y hacia la azul caverna la pronta oreja tiende;

con pávidos resoplos, en ágil curva salta,

y el caso, hiriendo el témpano de gualda y de jacinto,

parte el cristal, que rueda retiñidor, y enciende

en ópalos fugaces el sordo laberinto.

VI

Embravecida, por la gris barranca

donde albos nimbos el vapor condensa,

relampagueando entre la noche inmensa

hunde su hervor la torrentera blanca.

Abierto en flecos su caudal arranca,

y en el profundo vértice suspensa,

alza un iris flotante de la densa

hondura, que los rápidos estanca.

Espumante, sus globos bramadores

avienta en las rompientes de granito;

bate el monte con hórridos temblores,

y al estallar su tromba de centellas,

en el cielo, azoradas por el grito,

palidecen, insomnes, las estrellas.

VII

Alta roca de vértices agudos

se asoma al precipicio, donde suena

un agua triste y cavernosa, llena

de hojarascas y líquenes menudos.

Disperso cardo de espinosos nudos

con su raíz el peñascal barrena;

y muy abajo, un águila serena

ahuyenta los murciélagos velludos.

Ágil, sobre la punta del peñasco,

un cabrón maromero se disloca,

audaz, en el prodigio de su casco;

y mascullando risas de cinismo,

cuando gira en dos patas en la roca

hace temblar su sombra en el abismo.

VIII

Destacada en un cielo de turbia lontananza,

con taciturno porte, sobre el peñón sombrío,

un águila perínclita se envilece de hastío,

enamorada ilusa de un sol que no se alcanza.

Ella, que ayer mantuvo con los vientos su alianza,

sabe que todo vuelo sólo encuentra el vacío;

y enferma de horizontes, triste de poderío,

busca en la paz el último sueño de venturanza.

Ante el astro que muere nublando el hemisferio,

siente el heroico impulso de rescatar su imperio;

mas otra vez con grave cansancio de grandeza

el ala perezosa sobre la garra estira,

e irremediablemente desconsolada, mira

que en el azul tedioso la oscuridad bosteza.

IX

Cantadora sencilla de una gran pesadumbre,

entre ocultos follajes, la paloma torcaz,

acongoja las selvas con su blanda quejumbre,

picoteando arrayanas y pepitas de agraz.

Arrurruúu... canta viendo la primera vislumbre;

y después, por las tardes, al reflejo fugaz,

en la copa del guáimaro que domina la cumbre

ve llenarse las lomas de silencio y de paz.

Entreabiertas las alas que la luz tornasola,

se entristece, la pobre, de encontrarse tan sola;

y esponjado el plumaje como leve capuz,

al impulso materno de sus tiernas entrañas,

amorosa se pone a arrullar las montañas...

y se duermen los montes... y se apaga la luz.

X

En la estrellada noche de vibración tranquila

descorre ante mis ojos sus velos el arcano,

y al giro de los orbes en el cenit lejano

ante mi absorto espíritu la eternidad desfila.

Ávido de la pléyade que en el azul rutila,

sube con ala enorme mi Numen soberano,

y alta de ensueño, y libre del horizonte humano,

mi sien, como una torre, la inmensidad vigila.

Mas no se sacia el alma con la visión del cielo:

cuando en la paz sin límites al Cosmos interpelo,

lo que los astros callan mi corazón lo sabe;

y luego una recóndita nostalgia me consterna

al ver que ese infinito, que en mis pupilas cabe,

es insondable al vuelo de mi ambición eterna.