Capítulo 7
III
LAS EUMÉNIDES
CUADRO PRIMERO
La escena representa el exterior del templo de Delfos.
LA PITONISA
(que aparece en el pórtico del templo.)
Sean para la Tierra mis primeras preces, mis primeros actos de adoración: ella fué, antes que ningún otro dios, quien pronunció aquí sus oráculos. Después para Themis, que según cuentan, sucedió a su madre en este profético templo. Sentóse en él la tercera otra Titánida, hija de la tierra, Febe; por voluntad de Themis, que no por fuerza ninguna. Febo, al nacer, recibiólo de Febe, como regalo que ella quiso hacerle en su nacimiento, y con él aquel nombre tomado de su madre. El dios deja el lago de la isla Delos y su riscoso suelo; aborda a las costas de Palas, de los navegantes visitadísimas, y por fin llega a esta comarca donde se asienta el Parnaso. Los hijos de Hefestos le acompañan con gran veneración; allánanle el camino, y le van abriendo paso por una tierra agreste, hasta entonces nunca cultivada. Luego que llegó, el pueblo entero y Delfos, que era el rey que a la sazón le gobernaba, ríndenle singularísimos honores. Zeus le infunde el divino arte, y le sienta en este trono profético, que él es el cuarto a ocupar. Desde entonces, Loxias es el profeta de su padre Zeus. Comiencen, pues, por estos dioses mis oraciones. Pero además, reciba sobre todos homenaje de adoración la diosa Palas, cuya imagen se ostenta frente a este templo; sean también veneradas las Ninfas que pueblan la hueca peña Coricia, lugar de las aves deseado, y para los dioses apacible retiro; sin que deje de recordar a Bromio, que en aquella región tiene su morada, y de ella lanzó sus bacantes contra Pentheo y le dió la muerte de una fiera. Por último, invoquemos a la fuente del Plisto, y al poderoso Poseidón, y a Zeus, altísimo y omnipotente, y vamos a sentarnos en el trono de sus profecías. Al pasar estos sagrados umbrales, ¡quieran los dioses mostrarse conmigo más amigos que nunca! Si hay algunos helenos que vengan a consultar al oráculo, acérquense por el orden que la suerte les designe, que así lo manda la ley; y yo en mis oráculos sólo me guío de la voluntad del dios. (Entra en el templo y al punto vuelve a salir despavorida.) ¡Horrendo, horrendo de contar, horrendo de ver lo que me arroja del templo de Loxias! Ni puedo dar un paso, ni tenerme en pie; apoyada en mis manos voy arrastrándome como puedo, que las piernas se niegan a llevarme. Vieja con miedo, nada: igual que un niño. Llegaba yo, pues, arrastrando al sagrario del templo, donde cuelgan tantas coronas, cuando en la piedra misma, que ocupa el ombligo de la tierra, me veo un hombre en ademán suplicante, que, a no dudar, tiene sobre sí algún nefando sacrilegio. Sangre destilan sus manos; sangre la espada que empuña con la una de ellas, mientras que en la otra ostenta lozano ramo de oliva, piadosamente coronado con largas cintas de blanquísimo vellón. En esto no me engaño; desde luego salta a la vista. Pero delante de este hombre, sentadas en las gradas del altar, duerme extraña caterva de mujeres... ¿De mujeres dije? No, sino de Gorgonas. Mas tampoco se parece su figura a la de las Gorgonas... Yo las he visto pintadas alguna vez, que arrebataban a Fineo los manjares: con todo, éstas no tienen alas. Están vestidas de negro, y son por extremo horrendas: con sus ronquidos despiden ponzoñoso aliento, que no deja acercárseles; de sus ojos se destilan lágrimas de sangre que espantan, y todo su arreo y compostura es tal, que no es para tolerado ni ante estatuas de dioses, ni en moradas de hombres. Gente de este linaje no la vi jamás, ni es posible que tierra ninguna se gloríe de haberlas criado, sin que tenga que llorar desastres. Pero de lo que se siga, a Loxias toca cuidar como prepotente señor de esta santa casa; pues que él es médico divino y profeta, e intérprete de agüeros y prodigios, y quien toda otra casa purifica.
(Vase.)
(Ábrese la escena y aparece el interior del templo. Junto al ara está el mismo dios APOLO; a su lado HERMES, y a sus pies, en ademán suplicante, ORESTES, del modo que le ha pintado la PITONISA. Las ERINNAS le rodean como guardándole; están dormidas.)
APOLO
No, no te entregaré. Cerca de ti o lejos, yo seré tu guarda hasta el fin, y no he de usar de blanduras con tus enemigos. Ahora, ya lo ves, esas furiosas están cogidas; tomólas sueño pesadísimo. Vírgenes abominables y vetustas que después de tantos años guardan su doncellez, pues ni dios, ni hombre, ni siquiera fiera ninguna, querría comunicarlas jamás. Nacieron para el mal; habitan las horrendas tinieblas del Tártaro en las profundidades de la tierra, y de los hombres y de los dioses del Olimpo son por igual aborrecidas. No desfallezcas; pero huye, porque ellas te perseguirán, ya atravieses el dilatado continente, ya en el mar, ya en las islas; por dondequiera que eches tus errantes pasos. Sufre esta fatiga y no desmayes, y en llegando a la ciudad de Palas, póstrate a los pies de la antigua imagen de la diosa y abrázate con ella. Allá tendremos quienes nos juzguen, y no dejaremos de encontrar palabras con qué moverlos, y modo de librarte de todas tus penas, pues que yo te persuadí a dar muerte a tu madre.
ORESTES
Soberano Apolo, bien sabes tú ser justo. Siendo así, por tu justicia, considera la que me asiste y no me abandones. Tu poder basta a salvarme.
APOLO
Acuérdate que el temor no se apodere de tu ánimo. (A HERMES.) Y tú, Hermes, hermano mío, hijo del mismo padre que yo, guárdale, haz con él según tu nombre, guíale en su camino y asístele. Es mi suplicante. Zeus mismo reverencia la piedad que se debe a los proscritos de la justicia, y que para bien de los mortales siempre los acompaña.
(Vanse HERMES y ORESTES. APOLO desaparece en el santuario. Luego al punto ábrese el suelo y surge por escotillón la SOMBRA DE CLITEMNESTRA.)
LA SOMBRA
(a las Erinnas que duermen.)
¿Dormís? ¡Hola! ¡sús! ¿A qué es dormir ahora? Entre todos los muertos yo sola soy la despreciada de vosotras. Y en tanto me echan en rostro que maté, y no se perdona para mí afrenta ninguna, y ando errante y avergonzada entre las sombras. Sí, os lo repito; todos son a acusarme como al mayor de los criminales. ¡Y yo, que tan cruelmente fuí tratada por quien debió amarme más; yo degollada por manos parricidas, no tengo ni un solo dios que sienta indignación por mi suerte! Contempla estas heridas; míralas con los ojos del alma, más despiertos aún y perspicaces en el sueño; que a la luz del día parece que es destino de los mortales apenas alcanzar a ver. ¡Qué de veces bebisteis las libaciones sin vino que yo os hacía, sobrias y dulces ofrendas que os deleitaban, y gustasteis los festines que os daba en mi hogar, en aquellas temerosas horas de la noche que ningún otro dios comparte con vosotras! ¡Y todos mis homenajes los veo hollados por vuestros pies! ¡Y él se ha escapado y huye como un cervatillo! De un salto salvó vuestras redes vanas, y ahora se ríe de vosotras en grande. Oíd, ¡es de mi salvación de lo que os hablo! ¡Volved en vuestro acuerdo, diosas subterráneas! ¡Soy yo, Clitemnestra, quien os invoca! ¡soy su sombra!
CORO
¡Joooh, joooh, joooh, joooh!
LA SOMBRA
¿Roncáis? Y él se os escapa, y huye lejos de aquí. ¡Tan sólo mis dioses no escuchan a quien les suplica!
CORO
¡Joooh, jooh, jooh!
LA SOMBRA
¡Ya es demasiado dormir! ¡No compartís mis penas, y Orestes huye; mi asesino, el asesino de su madre!
CORO
¡Oh, oh, oh, oh!
LA SOMBRA
¿A qué esos gritos? ¿Dormís aún? ¿Qué, no te levantarás al punto? ¿Qué otra cosa tienes que hacer más que perseguir a los culpados?
CORO
¡Oh, oh, oh, oh!
LA SOMBRA
El sueño y la fatiga se conjuraron para señorearse de ellas. Estas horrendas serpientes perdieron toda su furia.
CORO
¡Oh, oh, oh! (redoblados y agudos: en sueños.) ¡Cógele, cógele, cógele! ¡ten cuidado!
LA SOMBRA
En sueños persigues tu presa, y ladras como perro que va tras la pista sin rendirse al cansancio. Ea, pues, ¿qué haces? ¡levanta! no te dejes vencer de la fatiga. Mira el mal que te avino por ceder al sueño. Así te duelan en el alma mis justas reprensiones; que ellas sirven de aguijón al pundonoroso. Arroja sobre mi asesino tu ensangrentado aliento; que el fuego que arde en tus entrañas, le abrase y le consuma. Persíguele; que él se sienta morir al ver a su perseguidor segunda vez sobre sus huellas.
(Húndese. Las Furias van despertando según indica el texto. Una vez en pie, cada cual por su lado y alborotadas corren. Su traje y apostura conforme a lo que ha dicho la Pithia. Acaso también con antorchas encendidas en las manos.)
CORO
¡Despierta, que te llamo; despierta tú y despierta a ésa! ¡Duermes! ¡Arriba! Sacude el sueño. ¡Sepamos si soñábamos sueños o realidades!
¡Ay, ay! ¡oh rabia! ¡Perdidas somos, amigas! ¡Tanto pasar: y todo en vano! ¡Oh dolor! ¡Qué cruel calamidad, qué insufrible desdicha pesa sobre nosotras! La fiera se escapó de las redes y ha huído. Dejéme rendir del sueño y perdí la presa. ¡Ay, hijo de Zeus, tú has sido el astuto ladrón! ¡Tú, dios mozo, que has puesto bajo tus pies a estas antiguas diosas, dando oídos piadosos a las súplicas de un impío que sólo tuvo crueldad para la que le parió! ¿Tú eres un dios, y hurtas a mi venganza al que mató a su madre? ¿Habrá quién diga que esto es justicia?
Yo he oído en sueños amargas quejas que venían sobre mí. Como aguijón bien empuñado por el auriga, así me han herido el corazón y las entrañas. Todavía siento el hielo del terror que me ha causado el azote de aquel fiero verdugo.
¡Ahí está lo que hacen estos dioses nuevos con su reinar fuera de los términos de la justicia! Ya podéis ver ese trono, ombligo de la tierra, todo él goteando sangre de arriba abajo, desde que quiso sufrir la horrenda mancha del crimen.
Dios Profeta, tú has contaminado este sagrado recinto, acogiendo en tus aras el crimen impuro; tú le incitaste; tú le llamaste; tú atendiste a los humanos con desprecio de lo divino; tú hollaste las antiguas leyes.
Tú has sido malo para mí; pero él no se escapará. Así se esconda debajo de la tierra, que no ha de verse libre. Él trajo sobre sí la maldición del cielo; pues hasta en el abismo sentirá caer sobre su cabeza el golpe de la venganza.
(Sale APOLO.)
APOLO
Sal al punto de este templo: yo lo mando. Libra de tu presencia este profético recinto, no sea que te alcance la veloz y alada serpiente de mi áureo arco y tengas que vomitar en tu dolor, entre torrentes de negra espuma, la sangre humana que has chupado. — No es a esta mansión donde tú puedes acercarte, sino al lugar de las sangrientas justicias; allí donde se cortan cabezas, y se arrancan ojos, y se degüella, y se provocan abortos, y se castra, y se descuartiza, y se apedrea, y se pone a los reos en el espantable tormento de la estaca, sin compasión a sus lastimeros gemidos. ¿No oís, aborrecidas de los dioses, cuáles fiestas os contentan? Harto lo dice vuestra catadura: la caverna de sangriento león es la morada que te está bien habitar, que no manchar con tu impura planta estos proféticos lugares. ¡Marchad; corred los campos a la ventura, rebaño sin pastor; pues que ganado como vosotras no habría dios que quisiera pastorearle!
CORO
Soberano Apolo, escúchame a tu vez ahora. No has sido tú cómplice en este crimen, sino quien lo has hecho todo, como solo y único autor.
APOLO
¿Qué dices?... Explícate más.
CORO
Tu oráculo dió por respuesta a tu huésped que matase a su madre.
APOLO
Respondíle que vengase a su padre. Bien, ¿y qué?
CORO
Después te constituíste en su amparo cuando aún estaba caliente la sangre.
APOLO
Y le mandé que buscase asilo en mi templo.
CORO
¡Y a nosotras, que le perseguimos, nos llenas de injurias!
APOLO
Porque el llegaros a este templo os está vedado.
CORO
Pero este es nuestro oficio.
APOLO
¡Qué honor es ese!... ¡Jáctate de tu honrado ministerio!
CORO
Nosotras arrojamos de dondequiera que habiten hombres, a los que derraman la sangre de su madre.
APOLO
¿Y qué? El que mata a la mujer que dió muerte a su marido...
CORO
A lo menos la que tal hizo no derramó su propia sangre.
APOLO
¡Así tienes tú por cosa vil y para nada la fe y los juramentos de Zeus y Hera, augustos patronos del himeneo! Y no sale de tus labios más honrada la diosa Cipris, por quien tienen los mortales los más regalados gustos. Es el lecho nupcial, donde quiso el Destino juntar a los esposos, más sagrado que un juramento, y guárdale la justicia. Si te muestras clemente con los esposos que uno a otro se quitan la vida, para no tomar venganza ni airarte siquiera por ello, niego que en justicia puedas perseguir a Orestes. ¡Arrebatada de cólera te veo para lo uno; muy blanda y sosegada para lo otro! Pero la diosa Palas sentenciará este juicio.
CORO
Jamás dejaré de perseguir a ese hombre.
APOLO
Persíguele, pues, y cánsate más todavía.
CORO
No ofendas con tus palabras los honores de mi oficio.
APOLO
Honores tales, si me los dieras, ¡a buen seguro que yo los recibiese!
CORO
Verdad. Sobrada gloria tienes ya junto al trono de Zeus. Pero la sangre de una madre me arrastra. Yo pediré venganza contra ese hombre y le perseguiré como el cazador a su presa.
APOLO
Y yo acorreré a mi suplicante y le salvaré. Entregar a un suplicante, pudiendo defenderle, crimen es que provoca su cólera, por igual temible a mortales y dioses.
(Retírase al interior del Santuario. El CORO deja también la escena. Mutación escénica.)
CUADRO SEGUNDO
Exterior del templo de Atena Polías en la acrópolis de Atenas. Frontera al templo la estatua de la diosa.
ORESTES
(que aparece postrado a los pies de la estatua en ademán suplicante.)
Augusta Atena, a ti vengo. Loxias es quien me manda. Acoge piadosa a un homicida que ya no necesita purificarse por su delito; cuyas manos ya no gotean sangre, sino que borró el reato de su culpa con la recia fatiga de tantas casas extrañas como conoció; de tantos caminos y jornadas como caminó. Igual atravesé tierras que mares; y ahora, fiel a las órdenes del oráculo de Loxias, me acerco, oh diosa, a tu templo y a tu imagen. Aquí haré descanso; aquí esperaré mi sentencia.
(Sale el CORO y se esparce por la orquesta. ORESTES permanece en el logeum.)
CORO
¡Ea! aquí tenemos una señal del paso de nuestro hombre, y bien clara. Sigue los avisos de ese mudo delator. Como perro que va tras la pista de herido cervatillo, así nosotras por estas gotas de sangre reconocemos sus huellas. Llego rendida de fatiga y jadeante de tanto correr tras de este hombre. No hay lugar de la tierra que no haya recorrido yo; sin tener alas, de un vuelo he salvado el mar, no menos ligera que una nave; siempre persiguiéndole. Mas ahora no hay duda; él se oculta en alguna parte no lejos de aquí, porque el olor a sangre humana me sonríe. Mira, mira otra vez; mira mejor; escudriña por todos lados, no sea que a hurto de nosotras escape sin castigo el que mató a su madre. (Reparando en ORESTES.) Hele allí, que otra vez logró asilo; hele allí abrazado a la imagen de la inmortal diosa. Pretende que su acción sea juzgada: no ha lugar a juicio. Una vez derramada la sangre de una madre, ya no vuelve a sus venas; caliente aún, apenas cae en el suelo la absorbe la tierra y desaparece. Fuerza es, pues, que sufras la pena de tu delito; que yo chupe toda la sangre de tus miembros; que yo me cebe en esa roja bebida, que nadie sino yo osara beber, y que después de haberte consumido en vida, te arrastre a los infiernos. Allí verás a todos los demás mortales que fueron culpables como tú; a los que pecaron contra los dioses; a los que profanaron el sagrado de la hospitalidad; a los que no honraron a sus padres con piedad de hijos: a cada cual sufriendo la pena que mereció por su pecado. Que Hades, el poderoso juez que habita las mansiones infernales, toma estrecha cuenta a los hombres, y no hay acción que no escriba en el libro de memorias de su pensamiento, al cual nada se oculta.
ORESTES
Aleccionado por mis males sé no pocos modos de expiar un delito, y cuándo se debe hablar y cuándo callar. A la sazón, yo debo alzar mi voz; que así me lo ordena sabio maestro. Ya se secó la sangre que había en mi mano; ya se adormeció; ya está lavada la mancha de mi parricidio. Todavía estaba reciente cuando me purifiqué de ella, inmolando en el ara del dios Febo los puercos expiatorios. Decir aquí todos los hombres con quienes he comunicado sin que mi presencia les trajese mal alguno, largo discurso pediría. El tiempo al par que envejece va borrando todas las cosas. Hoy ya sin impiedad y con pureza de labio puedo invocarte, ¡oh Atena! reina augusta de esta comarca; ¡ven en mi auxilio! Y sin guerra me ganarás a mí, y ganarás la tierra y pueblo de Argos; que te seremos siempre fieles, y tus aliados y auxiliares en toda empresa. Ea, pues, ora que en los líbicos campos, junto a las riberas del Tritón donde naciste, estés peleando por los tuyos a los ojos de todos o envuelta en celeste nube; ora que a modo de esforzado caudillo hagas alarde y muestra de tus huestes en las llanuras de Flegra; estés dondequiera, ven a mí. Eres diosa, y por lejos que estés me oyes. ¡Ven, y sálvame de mis males!
CORO
Ni Apolo ni el poder de Atena podrán salvarte de perecer miserablemente abandonado; sin saber jamás qué es alegría; consumido y exangüe; sombra viviente, hecha pasto de las Furias. ¡Nada respondes y desdeñas hablar, tú que me estás consagrado, que has sido criado para mí!... Pues en vida me has de servir el manjar regalado de tus carnes: ni siquiera serás degollado sobre el ara. Ahora vas a oír el himno que a mí te encadena.
Ea, pues, formemos nuestro coro. Ocasión es ésta de hacer resonar nuestro horrendo cántico. Digamos la suerte que destina nuestro tribunal a cada uno de los mortales. Nosotras nos complacemos en ser rectos jueces. El que conserva la pureza de sus manos, no tiene que temer nuestra cólera, y su vida se pasará en paz. Mas para los malvados, como ese hombre, que tratan de ocultar sus manos ensangrentadas, para estos somos testigos incorruptibles; vengadoras de la sangre de sus víctimas, que los perseguimos hasta acabarlos.
¡Oh Noche! ¡Oh madre! ¡Madre, que me pariste para castigo de vivos y muertos, escúchame! El hijo de Latona me ha deshonrado, arrebatándome la presa que debía pagar la sangre de una madre. ¡Caiga siquiera sobre esa víctima que me está consagrada, este mi canto; canto de delirio, de locura, de furor; himno de las Erinnas, que encadena las almas; que no se acompaña jamás de los dulces conciertos de la lira; himno que seca y consume a los mortales!
La Moira, que nada deja por castigar, señalóme esta suerte por decreto irrevocable. A aquellos mortales insensatos que se hacen reos y autores de crimen, yo les he de servir de cortejo hasta que desciendan a las mansiones infernales, y todavía no se han de ver libres de mí ni con la muerte. ¡Caiga, pues, sobre esa víctima, que me está consagrada, este mi canto; canto de delirio; de locura, de furor; himno de las Erinnas, que encadena las almas; que no se acompaña jamás de los dulces conciertos de la lira; himno que seca y consume a los mortales!
Luego que nacimos quedó fija nuestra suerte. Nuestras manos no debían de llegar jamás a los inmortales. Nuestros banquetes no habían de tener a ninguno de ellos por convidado. Las cándidas vestiduras de la alegría estaríanos para siempre vedadas. Nuestro destino era arruinar las casas donde Ares en traidora guerra de familia arma a deudos contra deudos. ¡Oh! Sobre quien a tal se atreve, sobre ese nos lanzamos, apenas derrama la sangre, y le perseguimos, y por fuerte que él sea, le hacemos desaparecer.
Nosotras nos afanamos por quitar de este cuidado a los dioses; confirmen, pues, ellos la inmunidad de nuestros juicios; no quieran sujetarlos a apelación.
No ha de comunicar Zeus con una raza odiosa que está goteando sangre, a la cual jamás tuvo por merecedora de su presencia. De un salto caigo sobre el criminal y le atajo por lejos que esté: mis pies chocan pesadamente contra sus piernas cansadas de tan larga huída; flaquea él y sucumbe sin remedio. No hay debajo del cielo gloria de mortal tan altiva que yo no la derribe miserablemente en tierra al acercarme a él con impetuoso salto, envuelta en mis negras vestiduras, y que no desaparezca pisoteada por mis pies enemigos.
Loco y ciego con su culpa cae el malvado y no sabe que cae. ¡Tal niebla tiende sobre él su crimen! Su morada queda envuelta en tinieblas oscurísimas que la fama pregonará con lastimeras voces.
Así es, y así será. En el idear, hábiles; en el conseguir, seguras; en la memoria de las maldades, firmes y severas; en nuestros juicios, para todo mortal incorruptibles; nosotras marchamos por los caminos que nos marcó la suerte: caminos sin honores, y de los dioses y de la luz del sol nunca visitados, donde por igual se pierden y despeñan los vivos y los muertos.
¿Qué mortal habrá que no sienta reverencia temerosa al oír de mis labios el ministerio que me confiaron los decretos de la Moira y la voluntad de los dioses? Dignidad antigua y no despreciable ni sin gloria, aunque tenga su asiento en las caliginosas mazmorras del sol nunca esclarecidas.
(Aparece en el aire la diosa ATENA en un carro.)
ATENA
De lejos oí una voz que me imploraba; desde las riberas del Escamandro donde tomaba posesión de la tierra que me dedicaron los príncipes y caudillos Aqueos en absoluto y perpetuo dominio: porción magnífica de los ricos despojos de la guerra y para los hijos de Teseo recompensa selectísima. De allí vengo con presuroso e incansable paso. No hube menester de alas: tendí al viento mi égida haciendo gemir los aires, y uncí a este carro mis poderosos corceles. — Extraña gente es la que se ofrece a mis ojos aquí reunida, la cual cierto que no me espanta; pero me asombra. ¿Quién podéis ser? A todos vosotros me dirijo; a ese peregrino que está abrazado a mi imagen, y a vosotras, que ni os asemejáis a casta ninguna de criaturas, ni los dioses os vieron jamás entre las diosas, ni tenéis figura humana. — Mas echar a uno en cara su deformidad ni es justo ni piadoso.
CORO
Con una palabra lo sabrás todo, hija de Zeus. Somos hijas de la lúgubre Noche; en las mansiones subterráneas nos llaman las Imprecaciones.
ATENA
Conozco vuestro linaje y vuestro nombre.
CORO
Pues ahora sabrás cuál es mi ministerio.
ATENA
Lo sabré si me lo explicáis.
CORO
Nosotras arrojamos a los homicidas de toda habitación de hombres.
ATENA
Y entonces ¿dónde acabará para el matador su huír?
CORO
Donde jamás imperó la alegría.
ATENA
Y ¿a huída tal condenas tú a este hombre, acosándolo con roncos gritos?
CORO
Él fué bastante osado para matar a su madre.
ATENA
¿No le forzaría acaso el temor a alguna airada potestad que le amenazara?
CORO
Y ¿qué fuerza hay tan poderosa que arrastre a matar a una madre?
ATENA
Aquí hay dos partes; hasta ahora no he oído más que a una.
CORO
Es que él no deferiría a mi juramento y tampoco quiere prestarlo.
ATENA
Y tú quieres más oír hablar de justicia, que no practicarla.
CORO
¿Cómo? Explícate, que no te faltará saber para ello.
ATENA
Digo, que la injusticia no vence por juramentos que se hagan.
CORO
Ea, pues examina la causa y falla en justicia.
ATENA
¿Remitís, pues, a mí el fallo de esta causa?
CORO
Y ¿cómo no? Nadie más que tú merece este honor, y por tal te acatamos.
ATENA
¿Qué tienes tú que contestar a esto, extranjero? Dime tu patria, tu linaje y tus aventuras, y luego excúlpate de la acusación, si es verdad que fiado en la justicia de tu causa has venido a ampararte de mi templo e imagen y pides con piadosas súplicas, cual otro Ixión, la expiación de tu delito. Responde a todas mis preguntas de modo que yo quede bien informada.
ORESTES
Soberana Atena, ante todas cosas te libraré de ese grave cuidado que revelan tus últimas palabras. No vengo a ti menesteroso de expiación, ni me abracé a tu imagen con las manos manchadas por el crimen. Yo te daré prueba cierta de ello. La ley reduce a silencio al matador mientras la sangre de tierna víctima no le purifique de su mancha. Tiempo ha que así expié mi delito, y corrí casas extrañas y tierras y mares. Sobre esto, pues, desecha todo cuidado. En cuanto a mi linaje, al punto vas a saberlo. Soy de Argos; a mi padre Agamemnón bien le conociste, que él fué el capitán de la armada griega, y con su ayuda arrasaste no ha mucho la ciudad de Ilión. Vuelto a su casa, halló la muerte, y no con gloria, sino que mi madre con negras entrañas le mató, envolviéndole en la red de traidor artificio. Testigo es aquel baño donde corrió su sangre. Yo estaba huído hacía tiempo, mas por fin volví de mi destierro, y maté a la que me parió; no he de negarlo ahora. Pagó con su muerte la muerte de mi amadísimo padre. Cómplice mío fué Loxias, que me anunció grandes males de no castigar a los autores del crimen; con que puso acicates a mi voluntad. Decide tú si obré en justicia o no. A ti remito la causa: cualquiera que sea la sentencia, yo la acato.
ATENA
El caso es más grave de juzgar que cuantos imaginaron nunca los hombres. Tampoco me es lícito a mí conocer en una causa de muerte donde tan enconados se hallan los ánimos. Sobre todo porque bien que perpetrador de un crimen, tú has llegado a mi templo suplicante y purificado y sin ofenderle con tu presencia; y así he de acogerte en mi ciudad como a quien no tengo que hacer cargo ninguno. Por otra parte, éstas no son tan blandas de condición que si salen vencidas en juicio no derramen después sobre esta tierra el veneno de sus corazones; que sería triste e incurable daño. El trance es tal, que yo no podría sin ofensa ni retener aquí a entrambas partes ni tampoco despedirlas. Mas ya que aquí llegaron las cosas, yo elegiré jueces del crimen, y los ligaré con juramento, y constituiré tribunal que dure para siempre. Vosotros reunid los testimonios y pruebas que habéis de traer a la causa y todos los medios de defensa. Así que haya elegido los mejores de mis ciudadanos, con ellos vendré, y ellos sentenciarán en justicia sin apartarse un punto del juramento que prestaren.
(Vase.)
CORO
Si vence la causa de este parricida, su crimen, nuevas leyes habrán trastornado bien pronto el orden del mundo. Todos los mortales se encontrarán sueltos y expeditos para lanzarse a igual atentado. ¡Qué de golpes, no imaginarios sino verdaderos, esperan en adelante a los padres de mano de sus hijos!
Ya no perseguirá los delitos la cólera de estas Furias que estaban siempre con atentos ojos sobre los hombres. Dejaremos correr todo crimen. Cada cual se quejará de las maldades de los suyos y buscará por todas partes el fin de sus penas o su alivio; pero no hallará remedio seguro, y en vano será que el afligido pida consuelo.
Vosotros, los heridos de la desgracia, no nos invoquéis más; no gritéis: ¡oh justicia, oh trono de las Erinnas! Así clamarán de aquí a poco los padres y las madres entre lastimeros gemidos que les arrancará su infortunio; pero cuando ya el templo de la Justicia se derrumba.
A las veces es saludable el terror. Conviene que se asiente en el ánimo, y que allí esté vigilante; que los remordimientos ayudan a aprender a bien vivir. ¿Pues qué ciudad ni qué mortal rendirá culto a la justicia, si se crían sin ningún temor de corazón en la bienandanza?
No desees vivir ni en licencia ni en servidumbre. El cielo puso siempre en el medio la virtud, y mira los extremos con ojos enemigos. Muy conforme a razón es la sentencia que dice: “La impiedad es hija legítima de la soberbia; sólo de la rectitud del corazón nace la felicidad de todos querida y codiciosamente deseada.”
Pero sobre todo te digo: respeta el ara de la justicia; no la derribes con impío pie por mirar a tu provecho, porque la pena seguirá a la culpa, y te aguardará el fin merecido. Así pues, honren todos a sus padres, y respete cada cual los santos fueros del huésped que viene a acogerse a su casa.
De esta suerte el hombre que de voluntad sea justo no será infeliz; jamás podrá ser absolutamente desventurado. Pero el atropellador de toda ley, que a todo se atreve, y todo lo trastorna y confunde sin atender a la justicia, ese hombre será al fin abatido; yo lo afirmo: cuando la borrasca rasgue las velas de su nave, y tronche las antenas.
En su vana lucha con la tormenta que le asalta por todas partes, llamará entonces a los que no le oirán. Los cielos ríen viendo al temerario, contra todo lo que él se imaginó nunca, aprisionado en los lazos inquebrantables de la desgracia y sin poder ganar la orilla. Aquella su felicidad de otro tiempo se estrelló en la roca de la justicia, y él perece y nadie tiene para él ni una lágrima ni un recuerdo.
(Sale ATENA acompañada de los jueces areopagitas, un pregonero, pueblo y cortejo de matronas y doncellas atenienses.)
ATENA
Pregonero, haz tu oficio y contén a la muchedumbre. Que la trompeta tirrena se llene con el humano aliento de tu pecho, y que su aguda voz invada la región del éther y se haga oír de todo el pueblo. El Consejo está aquí reunido. Silencio, pues, ahora. Escuche la ciudad entera estas mis leyes que por siempre han de gobernarla, y cómo se falla en justicia la causa que se nos ha sometido.
(Sale APOLO.)
CORO
Dios Apolo, manda en lo que tienes bajo tu imperio; ¿qué te interesa a ti este negocio? ¡Di!
APOLO
Vengo a dar mi testimonio. Este hombre llegó suplicante a mi templo, y se acogió a mis aras, y yo le purifiqué. Con él debo ser procesado, pues que yo tengo la culpa de la muerte de su madre. Atena, abre el juicio con las formalidades que tan bien conoces, y sigue la causa.
ATENA
Se abre el juicio. Vosotras tenéis la palabra. El acusador es quien debe hablar primero y exponer conforme a derecho los puntos de su querella.
CORO
Muchas somos, mas con todo ello hablaremos poco y breve. (A ORESTES.) Tú contesta extremo por extremo conforme vayamos preguntándote. En primer lugar di si mataste a tu madre.
ORESTES
La maté. No podría negarlo.
CORO
Bueno. De las tres caídas del lidiador ya tenemos una.
ORESTES
Todavía no he caído para que te jactes así.
CORO
Respóndeme ahora a esto: ¿cómo la mataste?
ORESTES
Respondo. Esta mano la clavó el hierro y la degolló.
CORO
¿Quién te lo aconsejó? ¿Quién te movió a ello?
ORESTES
Los oráculos de este dios. Él dará testimonio.
CORO
¡Qué! ¿El dios profeta te había de inducir a matar a tu madre?
ORESTES
Y hasta aquí cierto que no tengo que acusar a mi fortuna.
CORO
Si la votación te es contraria, pronto mudarás de parecer.
ORESTES
Espero confiado. Mi padre me auxiliará desde el sepulcro.
CORO
¡Confía en los muertos, matador de tu madre!
ORESTES
Sobre ella había caído la mancha de un doble crimen.
CORO
¿Cómo? Demuéstralo ante los jueces.
ORESTES
Al matar a su marido mató a mi padre.
CORO
Y ¿qué? Tú vives aún, mientras que ella pagó ya con la muerte.
ORESTES
Y ¿por qué no la perseguiste en vida?
CORO
Ella no era de la misma sangre del hombre a quien mató.
ORESTES
Pues ¿yo soy de la misma sangre de mi madre?
CORO
Pues ¡malvado! ¿cómo si no te alimentó en sus entrañas? ¿Renegarás de la sangre amadísima de una madre?
ORESTES
Apolo, depón ya tu testimonio. Ven y di si la maté en justicia. Que lo hice no lo negaré; así es la verdad; pero dinos si en tu sentir fuí justo al verter su sangre o no. Decide tú para que yo pueda responder.
APOLO
Yo declaro ante vosotros, augusto tribunal de Atena, que este hombre obró en justicia. Mis profecías no engañan. Jamás desde mi vatídico trono dije a hombre ni a mujer ni a ciudad ninguna, cosa que no me dictase Zeus, el padre del Olimpo. Cuanta sea, pues, la fuerza de nuestro derecho, yo os recomiendo que lo consideréis, y que acatéis el decreto de mi padre; que no hay juramento ninguno que pueda prevalecer contra Zeus.
CORO
¡Así pues a lo que tú dices, Zeus fué quien te dictó ese oráculo de ordenar aquí a Orestes que vengase la muerte de su padre sin tener en nada el amor y reverencia de una madre...!
APOLO
Mayor que no igual crimen es hacer que muera un varón generoso a quien Zeus había honrado con el cetro; y que muera a manos de su esposa y no en leal combate al golpe de un dardo como los que disparan las Amazonas, sino... Lo diré para que lo oigas, oh Palas, y vosotros jueces que con vuestros votos habéis de sentenciar esta causa. Volvía él de la guerra, donde había dado felice cima a grandes hazañas; acógele ella con amoroso semblante, condúcele al baño, y cuando ya se disponía a salir de él, en el mismo punto y término ella le echa encima con artero golpe un ancho velo, y así envuelto en aquella red le hiere de muerte. Expuesta queda a vuestra consideración la suerte infortunada del más augusto de los príncipes; de aquel soldado que capitaneó la armada griega. Os la he contado tal como fué, para mover a justa cólera a este pueblo que ha de dictar sentencia.
CORO
Según tu dicho, Zeus gradúa de más grave que todo otro crimen el homicidio de un padre; y sin embargo él aherrojó entre cadenas a su anciano padre Cronos. ¿Cómo no ves aquí la contradicción de tus palabras? Pero vosotros lo habéis oído; yo daré fe.
APOLO
¡Oh monstruos, de todos abominados y de los dioses aborrecidos! Se pueden romper las cadenas: remedios tiene la esclavitud; hay muchos caminos de recobrar la libertad. Pero una vez muerto un hombre, y que el polvo se traga su sangre, ya no hay resurrección para él. Contra la muerte no inventó mi padre encantamientos; él que gobierna y muda todas las cosas, y las humilla y las ensalza sin fatigarse del esfuerzo.
CORO
¿Cómo defiendes su absolución? Considéralo. Este hombre regó la tierra con la sangre de su madre, con la sangre que corre por sus venas: y ¿ha de ir después a Argos y ha de habitar la casa de su padre? ¿A qué aras públicas se atreverá él a acercarse? ¿Qué cofradía habrá que le reciba a sus ceremonias y lustraciones?
APOLO
También contestaré a esto; reconoce tú la verdad de mis razones. No es la madre engendradora del que llaman su hijo, sino sólo nodriza del germen sembrado en sus entrañas. Quien con ella se junta es el que engendra. La mujer es como huéspeda que recibe en hospedaje el germen de otro y le guarda, si el cielo no dispone otra cosa. Te daré la prueba de mi proposición. Se puede llegar a ser padre sin necesidad de madre, y de ello aquí tenemos un testigo, la hija de Zeus Olímpico, que no se nutrió en las tinieblas de materno seno; pero criatura cual diosa ninguna hubiese podido engendrarla. (A ATENA.) En cuanto a mí, ¡oh Palas!, yo engrandeceré a tu ciudad y pueblo, como sé hacerlo; yo que envié a mi suplicante a tus aras para que en todo tiempo fuese tu amigo fiel, y por que te le granjeases por aliado, oh diosa, a él y a sus descendientes. ¡Así se mantenga y se ratifique esta alianza para siempre en las futuras edades!
ATENA
La causa está ya bastante dilucidada; consultad, pues, con vuestra conciencia, oh jueces, y votad en justicia.
APOLO (a los jueces.)
Atended a lo que habéis oído, y al dar vuestros votos, oh huéspedes míos, respetad en vuestro corazón el juramento que prestasteis.
ATENA (al CORO.)
Y ahora, ¿qué he de hacer yo para que no tengáis que acusarme jamás?
CORO
Yo he disparado todas mis fechas, y espero a ver cómo se decide el combate.
ATENA
Ciudadanos de Atenas, que vais a juzgar por primera vez en causa de sangre, mirad ahora la institución que yo fundo. En adelante subsistirá por siempre en el pueblo de Egeo este senado de jueces. Se asentará en esta colina donde acamparon las Amazonas y pusieron sus tiendas cuando con ejército poderoso vinieron en son de guerra contra Teseo y su recién edificada ciudad, y frente de sus torres alzaron otras torres. En este lugar ofrecieron sacrificios al dios Ares, con que esta roca tomó el nombre de Areópago, y aquí velarán por los ciudadanos el respeto y el temor, igual de día que de noche, y contendrán la injusticia mientras los mismos ciudadanos no alteren las leyes: que si mezcláis con sucias y cenagosas aguas las claras linfas de una fuente, no encontraréis después dónde beber. Oíd mi consejo, ciudadanos que habéis de mirar por la república: no rindáis culto a la anarquía ni al despotismo; pero no desterréis de la ciudad todo temor, que sin temor no hay hombre justo. Mirad, pues, con temerosa y merecida reverencia la majestad de este senado, porque así tengáis un baluarte defensor de vuestra ciudad y patria, cual no lo tiene pueblo en el mundo, ni se hallaría entre los Escithas ni en la tierra de Pélope. Yo os doy un tribunal que nadie podrá cohechar; venerando, severo, guarda de esta ciudad, que velará por los que duermen. Sirvan en lo venidero a mis ciudadanos estas advertencias que les dirijo. Y ahora levantaos, y dad vuestro voto, y sentenciad esta causa con respeto a vuestros juramentos. He dicho.
CORO
Os aconsejamos que no nos tratéis con menosprecio; que pesaríamos harto gravemente sobre vuestra tierra.
APOLO
Y yo os mando que respetéis mis oráculos, que son los de Zeus, y no hagáis que salgan vanos.
CORO
No te cuides de causas de sangre que no son de tu incumbencia, pues, si te obstinas, ya no habrá más santidad en tus oráculos.
APOLO
¿Por ventura erró mi padre al escuchar las súplicas de Ixión, el primer homicida?
CORO
¡Palabras! Si no obtengo justicia ya me haré yo sentir en este suelo.
APOLO
Tú eres despreciada de los nuevos dioses y de los viejos. Yo soy quien venceré.
CORO
Tales fueron también tus hazañas en el palacio de Feres. Tú persuadiste a las Moiras a hacer inmortales a los hombres.
APOLO
¿Y no es justo hacer beneficios a quien nos honra, y más cuando se halla necesitado?
CORO
Tú derribaste todo el edificio de las antiguas leyes engañando con vino a aquellas viejas deidades.
APOLO
Pronto vas a ser vencida en juicio. Vomita entonces tú ese veneno, que no inquietará mucho a los que aborreces.
CORO
¡Dios nuevo! ¿Tú pisoteas a estas antiguas diosas? No obstante esperaré a oír la sentencia, y en tanto no descargaré mi cólera sobre la ciudad.
APOLO
· · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · ·
ATENA
Eso me toca a mí dar mi voto la última. Este es mi voto, que añadiré a los que haya en favor de Orestes. Yo no nací de madre, y, salvo el himeneo, en lo demás amo con toda el alma todo lo varonil. Estoy por entero con la causa del padre. No ha de pesar más en mi ánimo la suerte de una mujer que mató a su marido, al dueño de la casa. Orestes vencerá aun en igualdad de votos por entrambas partes. Al punto, vaciad las urnas y contad los votos, jueces a quienes está encomendado este cargo.
ORESTES
¡Oh Febo Apolo! ¿cómo se fallará la causa?
CORO
¡Oh negra Noche, madre mía! ¿no ves esto?
ORESTES
No es menos para mí que echarme un dogal al cuello o ver por fin la luz.
CORO
Ni para nosotras que perecer o conservar nuestros honores.
APOLO
Contad bien los votos al sacarlos, huéspedes míos, y en el escrutinio, respeto a la justicia. Un voto que falte sería una gran desgracia; un voto más puede levantar una familia de su abatimiento.
ATENA
Este hombre queda absuelto de su delito: el número de votos es igual por ambas partes.
ORESTES
¡Oh Palas! ¡tú has salvado mi casa; tú me restituyes aquella patria de que yo estaba privado! Y dirán los Helenos: ahí tenéis a ese hijo de Argos que ha recobrado la posesión de la hacienda de sus padres, gracias a Palas y a Loxias, y a aquel Autor sumo de todas las cosas, su tercer salvador. ¡Sí, Zeus, tú eres quien me salva; tú, que al ver a estas abogadas de mi madre, recordaste con horror la impía suerte de mi padre! Marcho ya a mi patria, jurando a esta comarca, jurando a tu pueblo que nunca jamás en los siglos de los siglos príncipe alguno de Argos vendrá aquí en son de guerra, pues donde no contra los que así quebrantaren los juramentos que yo hago, nosotros mismos desde el sepulcro, donde entonces yaceremos, pondrémosles dificultades tan invencibles; tan triste haremos su camino y tan infaustos sus pasos, que les pese de su empresa. Mas si con fidelidad los guardaren, y en paz y en guerra acuden siempre con su alianza a esta ciudad de Palas, les seremos propicios. ¡Salve, oh diosa! y tú, pueblo de Atenas, ¡ojalá que tus enemigos no puedan escapar jamás de tus golpes, y que seas siempre salvo y vencedor!
(Vanse APOLO y ORESTES.)
CORO
¡Ay, dioses nuevos! ¡habéis pisoteado las antiguas leyes! ¡me lo habéis arrebatado de las manos! Pero yo, la miserable, la despreciada, encendida en cólera arrojaré sobre este suelo en desagravio de mi afrenta, todo el veneno que gotea mi corazón. ¡Vaya si lo arrojaré! Y este veneno se derramará por la tierra, y su ponzoña secará hojas y flores, y matará a todo sér viviente, y no perdonará a los hombres. ¡Oh justicia! ¡Todo, todo lo apestará y asolará! ¿Lloro? ¡Qué hacer! ¿Me río? ¡Lo que he padecido ha de pesar mucho a los Atenienses! ¡Ay, hijas de la Noche! ¡infelices! ¡cuán grande y afrentosa es la desdicha que lloráis!
ATENA
Creedme a mí, y no lo llevéis así con ese llanto. No habéis sido vencidas. Salió igual número de votos por ambas partes, con toda buena fe y no para tu afrenta. Pero había claros testimonios de la voluntad de Zeus; el mismo dios que pronunció el oráculo, salió por fiador de él. Bien que autor de su delito, Orestes no debía llevar pena. No os irritéis pues; no queráis descargar vuestra cólera sobre esta tierra ni hacerla estéril; no derraméis sobre ella la baba de vuestro furor, que implacable corroe todo germen de vida. Yo os prometo solemnemente que tendréis en este suelo un templo donde moréis, y ricos tronos junto a vuestras aras, donde seáis honradas de los ciudadanos de Atenas.
CORO
¡Ay dioses nuevos! ¡habéis pisoteado las antiguas leyes! ¡me lo habéis arrebatado de las manos! Pero yo la miserable, la despreciada, encendida en cólera arrojaré sobre este suelo en desagravio de mi afrenta, todo el veneno que gotea mi corazón. ¡Vaya si lo arrojaré! ¡Y este veneno se derramará por la tierra, y su ponzoña secará hojas y flores, y matará a todo sér viviente, y no perdonará a los hombres! ¡Oh justicia! ¡Todo, todo lo apestará y asolará! ¿Lloro? ¡Qué hacer! ¿Me río? ¡Lo que he padecido ha de pesar mucho a los Atenienses! ¡Ay, hijas de la Noche! ¡infelices! ¡Cuán grande y afrentosa es la desdicha que lloráis!
ATENA
Nadie os ha menospreciado. No os irritéis tanto, oh diosas, ni vayáis a infestar de males sin remedio esta tierra habitación de los mortales. Por mi parte, cuento con el poder de Zeus, y ¿a qué decir más? Yo sola entre los dioses conozco las llaves del sellado tesoro donde se guarda el rayo. Pero nada de esto se necesita, pues, atenta a mis razones, no querrás tú arrojar sobre este suelo el fruto maléfico de tu lengua, del cual toda triste calamidad se engendraría. Calma las negras oleadas de tu amarga cólera, y aquí serás honrada y venerada; y aquí habitarás conmigo; y en natalicios e himeneos recibirás en ofrenda las primicias de esta dilatada comarca, y por siempre celebrarás mi consejo.
CORO
¡Yo sufrir esto, cielos! ¡Yo con mi saber y experiencia habitar en estos lugares despreciada de todos! ¡Maldición! ¡Maldad execrable! ¡Vomitemos todo el furor, todo el odio de nuestro pecho! ¡Ah, ah! ¡oh tierra! ¡oh cielos! ¿Qué dolor es éste que me llega al alma? Noche, madre mía, oye los alaridos de mi cólera. Los engaños de los dioses me han envuelto sin que me pudiese defender y han reducido a la nada los honores que los pueblos me ofrecían.
ATENA
Tolero tus arrebatos porque tienes más años que yo. A no dudar, tú eres mucho más sabia, aunque también a mí me concedió Zeus no pensar del todo mal. Si marcháis a extrañas regiones, ya echaréis de menos esta tierra; yo os lo predigo. Porque correrán los tiempos, y cada vez serán más gloriosos para mi pueblo. Y tendríais venerando altar junto al templo de Erecteo, y allí recibiríais de hombres y mujeres en las grandes fiestas honores cual de ningún otro mortal del mundo podríais obtener jamás... No arrojes, pues, en este suelo, que es mío, el aguijón sangriento de tus odios que corrompan las entrañas de la juventud y la abrasen en furiosa ira, y sin vino la perturben y embriaguen. No siembres la discordia en el corazón de mis ciudadanos, porque no se empeñen entre sí como los gallos en impías y feroces luchas. La guerra... con el extranjero y no larga. Allí es donde el amor a la gloria es noble y generoso: ¡no se llame guerra a una riña de aves domésticas! Acepta lo que te ofrezco, que te está bien aceptarlo. Haz bien, y bien recibirás, y serás grandemente honrada, y poseerás conmigo esta tierra predilecta de los dioses.
CORO
¡Yo sufrir esto, cielos! ¡Yo con mi saber y experiencia habitar en estos lugares despreciada de todos! ¡Maldición! ¡Maldad execrable! ¡Vomitemos todo el furor, todo el odio de nuestro pecho! ¡Ah, ah! ¡oh tierra! ¡oh cielos! ¿Qué dolor es éste que me llega al alma? Noche, madre mía, oye los alaridos de mi cólera. Los engaños de los dioses me han envuelto sin que me pudiese defender y han reducido a la nada los honores que los pueblos me ofrecían.
ATENA
No me cansaré de aconsejarte bien, porque no digas nunca que las antiguas diosas salisteis de esta tierra, arrojadas de ella con desprecio por una diosa más joven que vosotras y por los mortales que habitan la ciudad. A poder algo contigo la dulce e irresistible fuerza de la persuasión; si mis palabras fuesen poderosas a calmarte y ablandarte, aquí te quedarías. Mas si no quisieres quedarte aquí, no por ello sería justo que descargases sobre esta ciudad tu furioso encono, ni que hicieses a mi pueblo daño ninguno; pues que en ti está poseer conmigo esta tierra, y ser en ella dignamente honrada.
CORO
Diosa Atena, ¿qué morada dices tú que tendría yo?
ATENA
Una donde jamás hallaría asiento el infortunio. Acéptala pues.
CORO
Y ¿qué honores me esperan si acepto?
ATENA
No habrá casa que pueda prosperar sin ti.
CORO
¿Tanto harás tú que sea mi poder?
ATENA
Levantaré hasta la cumbre de la fortuna a quien te rindiere culto.
CORO
¿Y me prometes que así será en todo tiempo?
ATENA
Yo no prometo jamás lo que no he de cumplir.
CORO
Siento que me ablandas y que desecho todo mi rencor.
ATENA
Corre, pues, a los que acabas de ganarte por amigos.
CORO
¿Qué bienes quieres tú que pida en mis cánticos para este pueblo?
ATENA
Cuanto sea nobles y leales victorias; y que la tierra y el cielo, y el mar con sus aguas, y los vientos con sus blandas corrientes, y el sol con sus claros rayos traigan sobre este suelo toda suerte de bienes. Que la tierra abunde en frutos y rebaños; que vivan los ciudadanos en prosperidad, jamás derribada a los golpes del tiempo; que se logren y florezcan los tiernos retoños infantiles. Pero a los impíos ya puedes exterminarlos con más furor que nunca. Yo amo a los hombres como el hortelano a las plantas, y quiero que la semilla de los buenos no se dañe con la mala hierba de los malos. Tal es lo que te incumbe. A mí toca no permitir jamás que esta ciudad vencedora deje de llevarse nunca entre los hombres el honor y lauro del triunfo en los más gloriosos combates.
CORO
Sí; acepto habitar en compañía de Atena. No he de menospreciar yo ciudad donde moran el omnipotente Zeus y Ares, y que es alcázar fortísimo de los dioses, honor y contento de las deidades griegas y baluarte de sus aras. A la cual mi amorosa voluntad le desea, le predice que los espléndidos rayos del sol han de hacer brotar de la tierra en abundosa copia cuantos frutos hacen afortunada la vida.
ATENA
Obra es de mi amor a esta ciudad haber hecho que en ella pongan su habitación las potentes e implacables diosas cuyo destino es regir todas las cosas humanas. Pues el que no se granjea a estos terribles enemigos, no sabe qué calamidades le aguardan aún en la vida. Los pecados de sus mayores le arrastran hasta ellas; la muerte llega en silencio, y con sañuda crueldad le reduce a polvo cuando se jactaba de su fortuna.
CORO
Oíd lo que mi amor os desea. Que jamás la furia de los vientos pierda los árboles; ni los ardores del sol abrasen las plantas e impidan que se abran lozanos los pimpollos; ni la triste y estéril sequía os azote. Antes bien, que vuestros ganados se multipliquen, y a su tiempo os regalen con dobles crías; y que los ricos tesoros arrancados a las entrañas de la tierra honren la liberalidad de los dioses que os los dieron.
ATENA (a los AREOPAGITAS.)
Ya habéis oído, custodios de nuestra ciudad, cuántas bendiciones llaman sobre vosotros. Mucho puede en verdad la veneranda Erinna con los dioses del cielo y con los que habitan las mansiones subterráneas, y bien se ve cómo dispone de la suerte de los humanos: a éstos les da cánticos y alegrías; a aquéllos una vida de sombras y lágrimas.
CORO
Alejaos de aquí, azotes que malográis a los hombres con prematura muerte. Dioses, de quienes penden los destinos de los mortales, dejad que las tiernas y amorosas doncellas gocen de las dulzuras de Himeneo; permitidlo vosotras también, oh divinas Moiras, hermanas mías de madre, que a cada cual recompensáis según sus obras, sin que haya lugar a que no asistáis, ni tiempo en que no hagáis sentir el peso de vuestras justas leyes; diosas honradísimas de todos los dioses.
ATENA
Al oírte pedir para mi pueblo con tanto amor dichas y bendiciones, me lleno de alegría. ¡Oh atractivos ojos de la Persuasión, y cuán merecedores sois de que yo os ame, pues que habéis velado por mi lengua cuando hablaba a quien con dura tenacidad se resistía a escucharme! Venció por fin Zeus, dios de la elocuencia, y nuestra causa, la causa del bien, alcanzó completa victoria.
CORO
Quiera el cielo que jamás se oigan en esta ciudad los rugidos de la discordia, que no se sacia de males. Jamás se empape el suelo en la sangre de los ciudadanos, derramada en fratricidas y vengativas contiendas; sino antes con el deseo del bien común sean unas sus mutuas alegrías, y unos también sus odios: que en la unión tienen los hombres el remedio de sus mayores infortunios.
ATENA
¿No es verdad que, serena ya su razón, encontró por fin su lengua el camino de las bendiciones? Tengo para mí que de estas diosas de espantable catadura han de venir grandes ganancias a mi pueblo. Pagadles amor con amor; tributadles grandes honores, y la ciudad y toda su comarca verán pasar los tiempos en gloria y en justicia.
CORO
¡Salve, salve; los dioses os den felicidades y abundancia! Salve, pueblo de Atenas. Palas, la bien amada hija de Zeus, os mira con amor y habita a vuestro lado. Que no se desmientan nunca vuestras virtudes. Zeus honra a los mortales que Palas acoge bajo sus alas.
ATENA
Salve, también vosotras. Yo saldré delante para mostraros vuestra morada. Marchad al resplandor de las antorchas de ese religioso cortejo y en medio de las sagradas víctimas que os serán ofrecidas en sacrificio. Corred a vuestro templo subterráneo, y apartad de esta tierra la adversidad, y traed sobre ella la bienandanza y la victoria. Y vosotros, ciudadanos de Atenas, hijos de Cranao, guiad a las que vienen a habitar entre vosotros. ¡Ojalá que la ciudad recuerde siempre la memoria de tales beneficios!
CORO
Salve, salve, diré otra vez y otra; salve todos los que habitan en esta ciudad de Palas, dioses y mortales. Honrad con vuestro culto la vecindad que me habéis concedido y jamás tendréis que lamentar los reveses de la fortuna.
ATENA
Vuestros votos me colman de contento. Que el resplandor de las lucíferas antorchas os acompañe hasta los profundos lugares donde tenéis vuestro templo subterráneo. Vayan también mis sacerdotisas, piadosas guardas de mi sagrada imagen. Y vosotras, gloria y ornamento de la tierra de Teseo, cortejo insigne de doncellas y matronas; y vosotras, ancianas venerables, llegad todas luciendo vuestras vestiduras de púrpura y en las manos encendidas teas, y tributad así a estas diosas públicos honores porque su estancia entre nosotros se señale en las edades futuras con dichosa y perdurable bienandanza.
(Vase.)
CORTEJO
Marchad a vuestra morada, poderosas y venerables hijas de la Noche, castas vírgenes, acompañadas de este pueblo que os ama. Aplaudid, Atenienses.
Descended a esos antiguos y profundos antros donde recibiréis insigne culto de honores y sacrificios. Pueblo de Atenas, aplaudid todos.
Venid acá, venerandas diosas; sednos propicias. Mirad con amor a nuestra comarca, y recibid el agasajo de estas encendidas antorchas que arden en vuestro obsequio. Y nosotras acompañemos su carrera con alegres cánticos y gritos de regocijo.
Por siempre jamás ofrecerá en tu templo la ciudad de Palas libaciones y lucientes antorchas. Así lo concertaron la Providencia infinita de Zeus, y la Moira. Rompamos en cánticos de alegría y regocijo.