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Orlando furioso

Capítulo 34 de 48

Índice

Tomo II · Capítulo 34

Canto XXXIII

Orlando furioso · Ludovico Ariosto

Bradamante ve representadas las guerras futuras en las pinturas del castillo cuyas puertas le abrió su valor.—La fuga de Bayardo interrumpe el combate de Reinaldo y el rey de Sericania.—Astolfo, que daba la vuelta al mundo á través de los aires, llega á Nubia de donde espulsa á las feroces arpías, que devoraban los manjares de la mesa del rey, y las persigue hasta la boca del infierno.

Timágoras, Parrasio, Protógenes, Polignoto, Timante, Apolodoro, el ilustre y universalmente conocido Apeles, Zeuxis1, y todos los pintores más famosos de la antigüedad, cuyo renombre (á pesar de Cloto2 que destruyó sus cuerpos y despues sus obras) vive y vivirá en el mundo, mientras se lea ó escriba, merced á los poetas; cuantos existieron ó aun existen en nuestro tiempo, como Leonardo de Vinci, Andrés Mantegna, Juan Bellini, los dos Dossi, y el que pinta y esculpe con igual talento, Miguel, más bien que mortal, Ángel divino; Sebastiano del Piombo, Rafael, Ticiano, honra de Venecia y Urbino los primeros y de Cadore el último, y todos aquellos cuyos trabajos compiten con las obras maestras de la antigüedad; cuantos artistas, en fin, gozan hoy de alguna fama ó la han tenido hace mil y mil años, representaron con sus pinceles en lienzos ó edificios únicamente los sucesos que ya acaecieron; pero jamás habreis oido decir que ningun pintor antiguo ni moderno haya pintado los acontecimientos futuros, y sin embargo, se han encontrado cuadros representando historias, que se pintaron antes de que sucedieran.

No puede envanecerse de hacer otro tanto ningun artista, vivo ó muerto; porque este arte pertenece tan solo á los encantadores, á cuyos conjuros se estremecen los espíritus infernales. Valiéndose Merlin de un libro que se proporcionó en el lago Averno3 ó en las grutas Nursinas4, obligó á los demonios á construir en una sola noche el salon de que he hablado en el canto anterior. El arte mágica con que nuestros antepasados hicieron tales prodigios, se ha perdido completamente.

Pero volviendo donde me estarán esperando los que ansiaban contemplar las pinturas de aquella sala, diré que á una señal dada por el Señor del castillo, trajo un escudero varias antorchas encendidas, cuya luz disipó las tinieblas que en torno reinaban, produciendo tal claridad que parecia de dia. El Castellano dijo entonces:

—Habeis de saber, que de todos los combates que aquí están representados, son todavía muy pocos los que han acontecido, porque se pintaron antes de que sucedieran; pero su autor supo tambien adivinarlos. A la vista teneis las victorias ó derrotas que nuestros soldados conseguirán ó tendrán que sufrir en Italia. El profeta Merlin se esmeró en reproducir en esta sala todas las batallas prósperas ó adversas que los franceses habian de dar al otro lado de los Alpes, desde la época en que él vivió hasta mil años despues. El rey de Bretaña envió á Merlin á disposicion del rey franco sucesor de Marcomiro5: os diré en pocas palabras la causa de la venida de Merlin, y por qué ejecutó este trabajo.

»El rey Faramundo, que fué el primero que invadió la Galia atravesando el Rin á la cabeza del ejército franco, despues de conquistar este país, formó el designio de sojuzgar tambien la soberbia Italia, en vista de que el Imperio romano iba decayendo de dia en dia; y con este objeto quiso aliarse con el británico Arturo, contemporáneo suyo. Arturo, que no emprendia cosa alguna sin consultar préviamente el parecer de Merlin, del sábio encantador hijo del demonio, que profundizaba los arcanos del porvenir, supo por él los peligros á que expondria á sus soldados si penetraba en la region que dividen los Apeninos y está limitada por el mar y los Alpes, cuya profecía se apresuró á poner en conocimiento de Faramundo. Merlin anunció al Rey franco que todos cuantos empuñaran el cetro de Francia despues de él, verian sus ejércitos destruidos por el hierro, el hambre ó la peste, y que sus pretensiones sobre Italia solo les reportarian alegrias transitorias y prolongados lutos, pocas ventajas é interminables daños, porque las lises no podrian arraigarse jamás en aquel país. Faramundo dió tal crédito á los vaticinios del encantador, que dirigió hácia otra parte sus armas; y Merlin, previendo los acontecimientos futuros como si en realidad hubieran tenido efecto, accedió á los ruegos del Rey, segun se cree, é hizo por medio de encantamientos esas pinturas que representan todos los hechos de armas que deberian llevar á cabo los franceses, como si ya se hubiesen realizado. El monarca francés quiso dar á entender á sus sucesores que así como podria alcanzar triunfos y honores todo el que abrazara la defensa de Italia contra cualquiera de sus enemigos, del mismo modo deberia estar seguro de hallar abierta la tumba en sus montañas si se dirigia á ella con intencion de saquearla ó tiranizarla, haciéndole soportar el yugo de la esclavitud.»

Así dijo, y en seguida condujo á los circunstantes hácia el cuadro donde empezaban las historias, mostrándoles á Sigeberto, que estimulado por los cuantiosos donativos que le ofreciera el emperador Mauricio, bajaba desde el monte de Jove á la extensa llanura regada por el Lambro y el Tesino. Veíase en él á Autharis, no solo rechazando la invasion de los franceses, sino desordenando y aniquilando su ejército6.

En otro cuadro se veia á Clodoveo atravesando los Alpes á la cabeza de un ejército de cien mil hombres; pero el Duque de Benevento, que no contaba para hacerle frente más que con un número muy reducido de tropas, fingia abandonar el campamento, á fin de que cayera el enemigo en el lazo que se le tendia. La soldadesca francesa se lanzaba sobre el vino lombardo para escarmiento y baldon suyo, quedando prendida en él, como las moscas en la miel7.

En el cuadro siguiente se veia á Childeberto enviando á Italia una inmensa multitud de capitanes y guerreros franceses; pero sin poder envanecerse, más que Clodoveo, de haber saqueado ó vencido al lombardo; porque cayó sobre su ejército la espada del Cielo produciendo en él tal estrago, que todos los caminos estaban sembrados de cadáveres franceses, muertos de calor ó de disentería, en términos que de cada diez no volvió uno sano8.

El Castellano les mostró despues á Pepino y en seguida á Cárlos, que bajaban uno tras otro á Italia, consiguiendo ambos ver coronada su empresa de un éxito feliz, por lo mismo que no la habian llevado á cabo con objeto de asolar el país, sino con el de defender el primero al oprimido Pastor Esteban, y el segundo á Adriano y á Leon despues. El uno conseguia domeñar al belicoso Astolfo, y el otro vencer y hacer prisionero á su sucesor, reponiendo al Papa en su honorífico puesto9.

Mostróles á continuacion al jóven Pepino, que con su ejército parecia cubrir todo el territorio que se extiende desde el Pó hasta las costas orientales. A fuerza de gastos y de mucho trabajo, establecia un puente en Malamocco, cuyo extremo llegaba á Rialto, para combatir sobre él. Despues estaba representado en actitud de huir, dejando á los suyos sepultados bajo las aguas, por haberle destruido el puente las olas y el viento10.

Seguia á continuacion Luis de Borgoña, que descendia á la llanura en que debia quedar vencido y prisionero, obligándole su vencedor á jurar que nunca volveria las armas contra él. Por haber cumplido mal su juramento, caia de nuevo en el lazo que se le habia tendido, y dejando en él los ojos, le trasladaban los suyos como un topo al otro lado de los Alpes11.

Representaba la pintura siguiente las portentosas hazañas de Hugo de Arlés, arrojando de Italia á Berengario, y derrotándole dos ó tres veces seguidas, á pesar del auxilio de los hunos y de los bávaros. Obligado despues á ceder al número, capitulaba con el enemigo; pero no sobrevivia mucho tiempo á esta afrenta, y su sucesor, no menos infortunado que él, se veia precisado á ceder á Berengario todos sus estados12.

Más allá contemplaron á otro Cárlos, que para consuelo del buen Pastor, encendia en Italia el fuego de la guerra, y en dos terribles batallas daba muerte á dos reyes: á Manfredo, primero, y á Conradino despues. Su gente, que tenia el reino oprimido con toda clase de vejámenes, se diseminaba por las ciudades, y al poco tiempo toda ella era degollada al toque de vísperas13.

El Castellano les enseñó despues (dejando en claro una larga série de años, y aun de lustros), un capitan francés que descendia de los Alpes para hacer la guerra á los ilustres Viscontis, el cual sitiaba á Alejandría con un numeroso ejército, compuesto de infantes y ginetes: el Duque de Milan reforzaba la guarnicion de la plaza sitiada, y al mismo tiempo preparaba no lejos de allí una emboscada, á la que con astucia y maña sabia atraer á los imprudentes franceses. El Conde de Armañac perecia en ella con la mayor parte de sus gentes, cuyos cadáveres yacian esparcidos por toda la llanura, y los restos del ejército caian prisioneros en Alejandría: aumentado el caudal del Tánaro con la sangre derramada en la batalla, se precipitaba en el Pó enrojeciendo sus aguas14.

Mostróles á continuacion un señor de la Marca y tres condes de Anjou, diciendo:

—Ved cuán molestos son estos guerreros á los habitantes de la Daunia y de los Abruzzos, á los Marsos y á los Salentinos15; pero de nada les valdrán los auxilios que reciban de Roma ó de Francia para conseguir afirmar su planta en aquellos países; y si no, ved cómo Alfonso y Fernando les arrojan del reino cuantas veces intentan penetrar en él16.

»Ahí teneis á Cárlos VIII, que desciende de los Alpes, llevando consigo la flor de los guerreros franceses: atraviesa el Liris17 y se apodera de todo el reino sin desenvainar la espada ó enristrar la lanza, excepto del escollo que se extiende por los brazos, el pecho y el vientre de Tifeo18, en donde no pudo vencer la resistencia del valeroso Iñigo del Vasto, descendiente de la estirpe de Ávalo19.»

El señor del castillo, que iba describiendo aquellas historias á Bradamante, añadió al mostrarle la isla de Ischia:

—Antes de seguir más adelante, quiero referiros lo que solia contarme mi abuelo cuando yo era niño: es un suceso que él habia oido relatar á sus padres ó abuelos, y estos á los suyos, remontándose de esta suerte la tradicion hasta aquel de mis ascendientes que oyera la historia de los propios lábios del que hizo sin necesidad de pincel las variadas imágenes que aquí veis. Cuando Merlin mostró al Rey el castillo edificado sobre la empinada roca que os estoy designando, le dijo lo que vais á escuchar:—«Esa isla llegará á ser defendida un dia por un caballero, cuya audacia despreciará las llamas que hasta el mismo Faro le han de rodear por todas partes; y por aquella época ó poco despues (le designó el dia y el año) deberá nacer de su sangre un guerrero, que dejará muy atrás á todos los más valientes que existan ó hayan existido. No fué tan grande la belleza de Nireo20, ni el valor de Aquiles, ni la audacia de Ulises, ni la velocidad de Lada21; no fué tan prudente Néstor, que tanto supo y vivió tanto22, ni César tan liberal y magnánimo como la antigua fama nos lo representa, que, comparados con el varon ilustre que debe nacer en Ischia, no queden oscurecidas todas las virtudes que los han hecho famosos. Y si se envaneció la antigua Creta cuando vió nacer en ella al nieto del Cielo23; si Hércules y Baco hicieron á Tebas gloriosa24; si Delos se alabó de haber llevado á los dos gemelos25, no dejará esa isla de estremecerse de gozo y de adquirir un renombre que por todo el orbe resuene, cuando nazca en ella aquel gran Marqués26 á quien el Cielo prodigará todos sus dones.»—Así le dijo Merlin, y repitió muchas veces que estaba reservado para ver la luz primera en el instante en que más oprimido se viera el romano Imperio, á fin de que, merced á él, recobrara su libertad.—Pero como os he de enseñar más adelante algunas de sus hazañas, no quiero hablaros de ellas prematuramente.

Así dijo el Castellano, y volvió á ocuparse del cuadro en que estaban representadas las ínclitas proezas de Cárlos.

—Ved ahí, les decia, cómo se arrepiente Luis de haber hecho que Cárlos acuda á Italia; pues su intencion al llamarle solo será la de que le preste auxilio contra su inveterado rival, y no la de que le despoje de sus estados. Por esta razon se aliará á los venecianos, y al regreso de Cárlos, intentará apoderarse de él. Mirad cómo baja la lanza el animoso Rey, se abre un camino sangriento y se aleja, á pesar de los esfuerzos de sus enemigos. Mas las tropas que habrá dejado para conservar el nuevo reino, sufrirán una suerte bien distinta; pues Fernando, ayudado por el Señor mantuano, reunirá tantas fuerzas en su contra, que en pocos meses no dejará un francés vivo, lo mismo en el mar que en la tierra. Sin embargo, la pérdida de un solo hombre muerto á traicion, hará desaparecer todo el júbilo de la victoria27.

Así diciendo, les mostró al marqués Alfonso de Pescara, y prosiguió:

—Despues que los lauros alcanzados en mil empresas hayan hecho brillar á ese guerrero más que el resplandeciente rubí, caerá en una asechanza que le tenderá un malvado etíope por medio de un tratado doble, y ahí podeis ver cómo cae el mejor caballero de aquella edad con la garganta traspasada por una saeta28.

En seguida les enseñó al rey Luis XII atravesando los montes al frente de un ejército italiano, el cual, venciendo al Moro, plantaba la flor de lis en el terreno fecundo propiedad de los Viscontis. Desde allí enviaba sus soldados por el mismo camino que ya habia seguido Cárlos, á fin de que echaran un puente sobre el Garellano; pero no tardaban en ser derrotados, y en quedar muertos ó ahogados en el rio29.

—Contemplad, decia el Señor del castillo, esa nueva y terrible matanza del ejército francés, obligado á emprender la fuga; el español Gonzalo Fernandez es el que por dos veces le ha hecho caer en la trampa. Ved, sin embargo, cómo la Fortuna, que tan adversa se mostrara entonces al rey Luis, le sonríe despues más benigna en las ricas llanuras que el Pó divide entre los Apeninos y los Alpes, hasta donde se oyen los bramidos del Adriático30.

Al decir estas palabras, se reconvino á sí mismo por haber olvidado lo que debia referir de antemano; y volviendo atrás, les designó un traidor que vendia al enemigo el castillo que su señor le confiara; el pérfido suizo, que más adelante cargaba de cadenas al mismo que pagaba sus servicios: traiciones ambas que concedian el triunfo al rey de Francia sin necesidad de combatir31.

A continuacion les hizo reparar en César Borgia, que con el auxilio de aquel Rey, aumentaba su poderío en Italia, y desterraba de Roma á su albedrío cuantos grandes y señores le eran molestos32. Despues les indicó el mismo Rey, que hacia desaparecer de Bolonia la sierra, la reemplazaba con el roble, ponia luego en fuga á los genoveses que se le habian rebelado, y subyugaba su ciudad33.

—Mirad ahí, continuó diciendo, cuán cubierta de cadáveres está la campiña de Giaradadda: todas las ciudades abren sus puertas al Rey, y ni aun la misma Venecia puede resistirle. Mirad cómo este no consiente al Papa que, pasados los límites de la Romanía, arrebate la ciudad de Módena al Duque de Ferrara; pues por el contrario, obligando al Pontífice á detener su invasion y á respetar los estados de aquel duque, le despoja de la ciudad de Bolonia, y se la entrega á la familia de los Bentivoglio. Contemplad más allá al ejército francés saqueando á Brescia despues de apoderarse de nuevo de ella, y ved cómo socorre á Felsina, y dispersa casi á un tiempo mismo al ejército papal.—El uno y el otro se encuentran luego frente á frente en las llanuras que riega el Chiese. Por un lado el ejército francés, y por el otro el del Papa, reforzado con un numeroso cuerpo de españoles, traban una sangrienta batalla. Caen sin cesar combatientes de ambas partes, enrojeciendo el suelo; todos los fosos y zanjas están llenos de sangre humana. Marte no sabe á quien conferir la palma de la victoria; pero merced á la intrepidez de un Alfonso, ceden los españoles, y los franceses quedan dueños del campo: á consecuencia de esta batalla, es saqueada la ciudad de Rávena, y el Papa, mordiéndose los lábios de desesperacion, hace que una multitud de alemanes descienda á modo de tempestad, desde las montañas vecinas, los cuales, arrollando en todos los encuentros á los franceses, les arrojan al otro lado de los Alpes, y colocan despues un vástago del Moro en el jardin de donde arrancan las lises de oro34. Ved cómo vuelve el francés, y cómo le derrota el suizo desleal, llamado por el jóven en su auxilio, á pesar del riesgo á que se exponia por haber sido el mismo que vendiera y aprisionara á su padre35. Pero mirad cómo ese mismo ejército, que habia caido debajo de la rueda de la Fortuna, se prepara á vengar la derrota de Novara, guiado por un nuevo rey, y pasa á Italia bajo mejores auspicios36. Ahí teneis á Francisco I destrozando á los suizos de tal modo, que casi los extermina completamente, y haciéndoles además perder para siempre el título de domadores de príncipes y defensores de la Iglesia cristiana, con que aquellos villanos mal nacidos se engalanaban. Mirad cómo, á pesar de la Liga, se apodera de Milan, y pensiona al jóven Sforza. Ved á Borbon que defiende la ciudad por el rey de Francia contra el furor aleman. Ved despues cómo, mientras está ocupado el monarca francés en empresas de mayor importancia, y sin sospechar el orgullo y la crueldad de que hacen gala los suyos, le arrebatan á Milan.

»Fijad la vista en ese otro Francisco, que tanto se parece al abuelo, no solo en el nombre, sino tambien en el valor, el cual, despues de expulsar á los franceses, recobra con el favor de la Iglesia el suelo pátrio37. Ved cómo vuelve Francia, pero conteniendo sus ímpetus, y sin recorrer con rápido vuelo la Italia, cual solia; pues el bravo Duque de Mantua sale á oponérsele en el Tesino y le corta el paso. Federico, en cuyo rostro no apunta todavía el bozo de la pubertad, se hace digno de eterna gloria, por haber sabido defender á Pavía del furor de Francia y desbaratar los proyectos del Leon del mar, haciendo uso de su diligencia y sagacidad más bien que de las armas38.

»Reparad en esos dos marqueses, ambos terror de nuestras gentes y honor de Italia; ambos de una misma estirpe, y nacidos en un mismo nido. El primero es hijo de aquel marqués Alfonso, con cuya sangre vísteis enrojecido el suelo, por haber caido en las asechanzas que un negro le tendiera. Ved cuántas veces son arrojados de Italia los franceses, merced á sus consejos. El otro cuyo aspecto es tan benigno y apacible, es señor del Vasto, y se llama Alfonso. Este es el valiente caballero de quien os hablaba cuando os enseñé la isla de Ischia, y con respecto al cual dijo tantas cosas Merlin á Faramundo, profetizando que aplazaria su nacimiento para cuando más necesidad tuviesen de su ayuda la afligida Italia, la Iglesia y el Imperio contra los ultrajes de los bárbaros. Mirad cómo, puesto á las órdenes de su primo el de Pescara, y bajo los auspicios de Próspero Colonna, hace que los suizos y especialmente los franceses conserven un terrible recuerdo de Bicocca39. Ved cómo Francia se apresta de nuevo á vengar las afrentas recibidas, bajando su rey con un ejército á Lombardia y enviando otro á talar el reino de Nápoles; pero la Fortuna, que juega con los mortales como el viento con el árido polvo, al cual hace describir rápidos remolinos, lo remonta hasta el Cielo, y de improviso lo precipita en la Tierra de donde lo ha elevado, alimenta las ilusiones del Rey que cree tener reunido en torno de Pavía un ejército de cien mil hombres, cuando á pesar de ver los que desertan continuamente, no sabe si sus gentes aumentan ó disminuyen: así es que por culpa de algunos ministros avaros, y por la bondad del Rey que de ellos se fia, son muy pocos los que acuden á reunirse bajo sus banderas, al resonar por la noche el toque de llamada para rechazar el ataque del sagaz español, que sostenido por los dos ilustres descendientes de Ávalos, seria capaz de abrirse paso hasta el Cielo ó el Infierno. Ved lo más selecto de la nobleza de Francia llenando con sus cadáveres el campo; ved á su Rey animoso, que á pesar de rodearle un bosque de lanzas y espadas, y de estar muerto su caballo, no quiere rendirse ni suponerse vencido, aun cuando todo el ejército enemigo se precipita sobre el, y hácia él solo dirige sus ataques, en tanto que el Rey no tiene quien le socorra. El valeroso monarca empapado en sangre enemiga se defiende á pié; pero preciso es que el valor ceda al fin á la fuerza. Ved al Rey prisionero, y védlo luego en España, y mirad cómo se concede el laurel de la victoria y de la prision del monarca al Marqués de Pescara y á su inseparable compañero el del Vasto. Queda un ejército deshecho en Pavía: el otro que se dirigia á invadir á Nápoles, se queda á su vez como una luz cuando le falta la cera ó el aceite. Contemplad al Rey, que deja á sus hijos en la prision ibera, y vuelve á sus estados: ved cómo, mientras combate de nuevo en Italia, le ataca otro en su propio país. Mirad cuántos homicidios y rapiñas afligen á Roma por todos sus ámbitos, siendo mancilladas con estupros é incendios lo mismo las cosas divinas que las profanas. El ejército de la Liga contempla de cerca el estrago, y escucha distintamente el llanto y los gemidos; pero en vez de oponerse á él, retrocede, consintiendo que el sucesor de Pedro caiga prisionero40. El Rey envia á Lautrec con nuevas tropas, no ya para apoderarse de Lombardia, sino para arrancar de manos impías y criminales, la cabeza y demás miembros de la Iglesia; pero Lautrec retrasa tanto su marcha, que al llegar á Roma encuentra ya al Padre Santo en libertad, por lo cual sigue adelante, poniendo sitio á la ciudad donde está sepultada la Sirena41, y recorre todo el reino42. Ved cómo desplega sus velas la armada imperial para dar socorro á la ciudad asediada, y ved á Doria cuál le sale al encuentro, y la destroza, incendía ó echa á pique. Pero mirad cómo la Fortuna, hasta aquí tan propicia á los franceses, les retira sus favores, y les hace perecer, no por medio del hierro, sino de la peste, en términos que de cada mil hombres apenas vuelve uno á su amada Francia43.»

Todas estas historias y otras muchas que seria prolijo enumerar, pintadas con los más vivos y variados colores, estaban representadas en aquel salon, cuya capacidad era tanta, que bastaba para contenerlas. Bradamante y su compañera quisieron verlas dos ó tres veces, porque no se cansaban de admirarlas, y de leer las inscripciones que en letras doradas se veian al pié de cada una de ellas; y despues de pasar algunos momentos comentando lo que acababan de ver, fueron á ocupar las habitaciones que el señor del castillo, acostumbrado á tratar á sus huéspedes con toda clase de consideraciones, les designó para que se entregaran al reposo. Cuando todos dormian ya tranquilamente, Bradamante se decidió á acostarse; pero no hizo más que dar vueltas en su lecho á uno y otro lado, sin poder conciliar el sueño. Al acercarse la aurora, consiguió dormir algunos momentos, y le pareció ver en sueños la imágen de Rugiero que le decia:—«¿Por qué te consumes dando crédito á una falsedad? Antes retrocederán los rios en su curso, que deje yo transcurrir un solo instante sin dedicarte todos mis pensamientos. Si no te amara, tampoco podria amar á mi propio corazon ni á las pupilas de mis ojos.»—Y parecia añadir:—«He venido á recibir el bautismo y á cumplir lo que te he ofrecido: si he tardado tanto, ha sido por haberme detenido una herida muy distinta de las que produce el Amor.»—Al llegar aquí desapareció el sueño, y con él, la imágen de Rugiero: la guerrera se entregó de nuevo á su afliccion, profiriendo mentalmente estas quejas entre llantos y suspiros:

—¡Ay mísera de mí! Solo fué un sueño lo que era grato á mi corazon, y en cambio lo que me atormenta es una realidad harto positiva. El bien fué un sueño demasiado rápido en desvanecerse; pero no es sueño, no, este terrible martirio. ¡Ah! ¿Por qué mis sentidos despiertos no ven y oyen lo que creyó ver y oir mi pensamiento? ¡A qué condicion habeis quedado reducidos, ojos mios, que cerrados veis el bien, y abiertos, el mal! El dulce sueño me prometia paz; pero el amargo despertamiento renueva mis torturas: el dulce sueño ha sido, por mi mal, harto falaz; pero el amargo despertamiento no se equivoca. Si la verdad me mata, y me consuelan las ilusiones, permita el Cielo que no vuelva yo á oir ni á ver la verdad en la Tierra: si durmiendo soy feliz, y velando desgraciada, ¡ojalá me sea dado dormir sin despertar jamás! ¡Cuán felices son los animales que permanecen seis meses enteros sin abrir los ojos, entregados á un sueño profundo! Poco me importa que un sueño semejante se parezca á la muerte, que permaneciendo en vela se viva más tiempo; pues mi aciaga suerte, contraria á la de todos los humanos, encuentra la muerte velando y la vida durmiendo; y si la muerte á tal sueño se asemeja, ¡oh Muerte, ven cuanto antes á cerrar mis párpados!

Empezaba el Sol á teñir de púrpura los límites del horizonte, las nubes se disipaban, y el naciente dia prometia ser menos borrascoso que el anterior, cuando la guerrera, despierta ya, tomó sus armas para continuar sin perder tiempo su camino, dando las gracias al Señor del castillo por su hospitalidad y por las consideraciones que le habia guardado. Al salir del castillo, vió que la embajadora se le habia anticipado, y que llegaba con sus doncellas y sus escuderos al sitio en que la estaban esperando los tres reyes á quienes la guerrera derribara la noche anterior con su lanza de oro: habian pasado estos una noche cruel, sufriendo el agua, el viento y el frio, á cuyos males debia añadirse el de que tanto ellos como sus caballos habian tenido que resignarse á un completo ayuno, rechinando los dientes y pisando el lodo; pero lo que sobre todo les mortificaba, era la idea de que la mensajera pusiera en conocimiento de su señora, aparte de las demás circunstancias, la de que habian sido derribados por la primera lanza que en Francia se volvió contra ellos.

Resueltos á perecer ó á tomar una pronta venganza del ultraje recibido, á fin de que Ulania rectificara el juicio que de su valor habia formado, retaron á nueva lid á la hija de Amon, en cuanto esta acabó de pasar el puente levadizo, sin presumir que desafiaban á una doncella, pues los ademanes de Bradamante no eran los de tal. La jóven, que iba de prisa y no queria perder tiempo, rehusó al pronto el combate; pero fueron tantas las provocaciones de los tres reyes, que no pudo negarse ya sin mengua para ella; y enristrando la lanza, de tres botes derribó á los tres en tierra, con lo cual terminó el combate: despues, sin dignarse siquiera mirarlos, les volvió las espaldas, y se alejó rápidamente.

Aquellos guerreros, que habian venido de tan apartadas regiones solo por conquistar el escudo de oro, se levantaron sin pronunciar una palabra, como si la voz se les hubiese extinguido al mismo tiempo que el denuedo, y quedaron confusos, maravillados y sin atreverse á levantar la vista hasta Ulania, recordando sin duda las muchas veces que en su presencia se habian jactado por el camino de que no habria caballero ni paladin capaz de hacer frente al menos valeroso de los tres. Deseando la dama humillarles más y castigar su desmedida arrogancia, les hizo saber que era una doncella, y no un paladin, quien les habia arrojado de la silla.

—Si una mujer os ha hecho medir el suelo, les decia, ¿qué no debereis pensar con respecto á la bravura de Orlando y de Reinaldo, que con mayor motivo han alcanzado tan glorioso renombre? Si cualquiera de ellos conquista el escudo, ¿sereis capaces por ventura de disputárselo con más valor del que habeis demostrado contra una doncella? Yo por mí no lo creo, y supongo que vosotros tampoco lo creeis. Podeis daros ya por satisfechos; pues no teneis necesidad de ofrecer una prueba más clara de vuestro valor: y si hay alguno de vosotros tan temerario que desee hacer en Francia otra nueva experiencia de su esfuerzo, solo conseguirá añadir el daño á la vergüenza que por dos veces habeis encontrado en este país, á no ser que juzgue más útil y glorioso recibir la muerte por mano de tales guerreros.

Luego que estuvieron plenamente convencidos de que era una doncella la que habia mancillado su fama, tan brillante hasta entonces, cuya circunstancia confirmaron no solo Ulania, sino las personas de su séquito, se sintieron poseidos de tal dolor y tanta ira, que estuvieron á punto de volver contra sí mismos sus aceros; y arrastrados por su despecho furioso, se quitaron cuantas armas llevaban encima, sin conservar siquiera la espada, y las arrojaron al foso del castillo, jurando que, para reparar la afrenta que una mujer les habia causado, haciéndoles medir vergonzosamente el suelo, estarian un año entero sin usar armas de ninguna clase y sin caminar más que á pié por toda clase de caminos, y añadiendo que hasta que hubiera transcurrido el año, no vestirian otras armas ni montarian más caballos que los que consiguieran ganar combatiendo. Para castigar, pues, su falta, emprendieron de nuevo su viaje; ellos á pié y desarmados, y Ulania y su servidumbre á caballo.

Bradamante llegó por la noche á un castillo que habia en el camino de París, y supo allí que Agramante habia sido derrotado por Carlomagno y por su hermano Reinaldo. En aquel castillo encontró una cordial hospitalidad y buena mesa; pero la guerrera, insensible á los solícitos cuidados que le prodigaban, comia poco, dormia menos y no hallaba reposo en parte alguna. Sin embargo, no debo ocuparme tanto de Bradamante, que vaya por ella á descuidar á aquellos dos caballeros que habian atado sus caballos cerca de la solitaria fuente.

El combate que voy á describir no tenia por objeto la conquista de una ciudad, ni de una corona; sino el de ver cuál de los dos deberia quedar en posesion de Durindana y de Bayardo. Sin que tuviesen necesidad de clarin ó trompeta para dar la señal del combate; sin heraldo que les recordase la defensa ó el ataque y excitase su valor, desnudaron al mismo tiempo sus espadas, y se precipitaron uno contra otro. Pronto resonó el aire con los golpes terribles y reiterados, y pronto tambien empezó la ira á dominarles. Imposible seria hallar otras dos espadas, por más firmes, sólidas y duras que fuesen, que no se hubiesen roto ó mellado bajo la increible violencia de aquellos desmesurados golpes; pero las de ambos guerreros eran tan sólidas y tal la seguridad que una larga experiencia les prestaba, que bien podian chocar entre sí mil y más veces sin peligro de romperse.

Reinaldo, cambiando de sitio con destreza, maña y arte, esquivaba los tremendos tajos de Durindana, por constarle cuán bien hendia el acero mejor templado. El rey Gradasso descargaba innumerables golpes con ella, pero casi todos al aire; y si lograba acertar alguno, era siempre en sitio donde podia hacer muy poco daño. Reinaldo calculaba mejor sus ataques, y adormecia con frecuencia el brazo del pagano: su acero penetraba á veces por los costados ó por las junturas del yelmo y la coraza de Gradasso; pero tropezaba con la cota diamantina, y no conseguia romper ó desunir una sola malla; porque, merced al arte de los encantadores que la fabricaron, era sumamente dura y fuerte. Sin concederse el menor reposo, habian estado mucho tiempo tan atentos á herir ó parar los golpes, que las miradas de cada uno de ellos no se separaban un solo instante de los ojos de su adversario, cuando una nueva riña llamó su atencion y dió tregua á su furor.

Volvieron ambos la cabeza simultáneamente al oir un grande estrépito, y vieron á Bayardo riñendo con un mónstruo más grande que él y cuyas formas eran de ave. Su cabeza tenia más de tres brazas de longitud; los miembros restantes eran de murciélago; el plumaje negro como la tinta; las garras enormes, agudas y encorvadas; los ojos de fuego; la mirada torva y las alas tan enormes, que más bien parecian dos velas. Quizás fuera un ave verdadera; pero no sé si en otro país se habrá hallado otra igual, porque nunca he visto un animal semejante, ni he leido nada con respecto á él, excepto lo que he encontrado en las obras de Turpin. Esta consideracion me hace creer que el pájaro en cuestion seria un espíritu infernal que Malagigo hizo aparecer bajo aquella forma, á fin de impedir el combate. Reinaldo lo sospechó tambien así, y dirigió despues las más ágrias reconvenciones á su primo, el cual rechazó semejante imputacion; y para convencer á Reinaldo de su sinceridad, le juró por la luz que da luz al Sol que era infundada aquella sospecha.

Fuese ave ó demonio, lo cierto es que el mónstruo cayó sobre Bayardo y lo aferró con sus garras. El caballo, que era vigoroso en extremo, rompió las riendas que le sujetaban, y lleno de rabia y cólera, se volvió contra su acometedor á coces y mordiscos: el ave le soltó, y remontándose velozmente por los aires, volvió á precipitarse sobre él, clavándole sus punzantes uñas y hostigándole sin cesar. Herido el corcel, é incapaz de resistir á su enemigo, huyó rápidamente hácia la selva vecina, procurando ampararse de la espesura. No por eso cesó de perseguirle la plumada fiera, procurando aprovecharse de los claros del bosque para caer de nuevo sobre el caballo; pero tanto se internó este en la enramada, que al fin logró guarecerse en una cueva. En cuanto el mónstruo alado perdió sus huellas, remontóse al cielo, para buscar otra presa.

Al ver Reinaldo y Gradasso que se les escapaba el caballo, causa de su combate, convinieron en diferirlo hasta salvar á Bayardo de las garras que le hacian huir por la oscura selva; pero con la condicion de que el primero que lograra cogerle habia de volver con él á aquella fuente, para terminar la interrumpida contienda. Se apartaron de la fuente, siguiendo las huellas recientemente impresas en la tierra, pero Bayardo se alejaba cada vez más de ambos adversarios, que no podian competir con él en velocidad. Gradasso saltó sobre su Alfana, é internándose por la selva, dejó muy atrás al Paladin, triste y en extremo descontento. A los pocos pasos, perdió Reinaldo el rastro de su corcel, que en su vertiginosa carrera, habia ido buscando los rios, los árboles, los peñascos, los senderos más escabrosos y salvajes para librarse de las terribles garras que, cayendo del cielo, se clavaban en sus lomos. Convencido Reinaldo de la inutilidad de sus pesquisas, volvió á la fuente á esperarlo, por si Gradasso le llevaba allí, tal como habian convenido de antemano; mas cuando vió que esperaba en vano, se dirigió de nuevo al campamento á pié y sumido en una profunda tristeza.

Pero volvamos al rey de Sericania, cuya suerte fué más propicia que la del paladin; pues su buena estrella, más bien que su derecho, hizo que oyera los relinchos de Bayardo, al cual encontró en la profunda cueva, tan poseido de espanto todavía, que no osaba salir fuera de ella; de cuya oportunidad se aprovechó el pagano para apoderarse de él. Aunque Gradasso recordaba perfectamente su promesa de volver con él á la fuente, no se mostró dispuesto á cumplirla, y se hizo el siguiente razonamiento:

—Conquístelo en buen hora el que lo desee por medio de las armas: yo prefiero apoderarme de él en paz. Tan solo por hacer mio á Bayardo he venido de uno á otro extremo de la Tierra; ya que le tengo en mi poder, harto loco será el que crea que pienso desprenderme de él. Si Reinaldo quiere recuperarle, que haga un viaje á la India, como yo lo he hecho á Francia: tan seguro estará en Sericania como yo lo he estado las dos veces que he venido á este país.

Así diciendo, se dirigió por el camino más transitable hácia Arlés, donde logró reunirse con el ejército sarraceno, y se embarcó en una galera despalmada44 con Bayardo y Durindana. En otra ocasion hablaré de él; que ahora debo dejar atrás á Gradasso, á Reinaldo y á toda la Francia, y ocuparme de Astolfo, que, merced á la silla y el freno, hacia ir al Hipogrifo por los aires á guisa de palafren, con tan rápido vuelo que no lo es tanto el del águila ó el halcon.

Despues que Astolfo hubo recorrido toda la Galia de uno á otro mar y desde los Pirineos al Rin, volvió hácia los montes que separan la Francia de la España. Pasó por Navarra y luego por Aragon, maravillando á todo el que le veia; dejó á Tarragona á la izquierda y á Vizcaya á la derecha, llegó á Castilla y vió á Galicia y al reino de Lisboa: despues dirigió su vuelo hácia Córdoba y Sevilla, sin que quedara en el interior ó en las costas una ciudad que no visitara. Vió á Gades, y la meta que puso el invencible Hércules á los primitivos navegantes45. En seguida se dispuso á recorrer el África desde el mar de Atlante hasta los confines del Egipto; visitó las Baleares famosas, pasando por encima de Ibiza, y volviendo las riendas, emprendió su vuelo en demanda de Arzilla, sobre el mar que la separa de España.

Vió á Marruecos, Fez, Oran, Hipona, Argel, Bugía, ciudades soberbias que ciñen la corona de otras muchas ciudades, pero coronas de oro y no de hojas ó yerbas. Adelantóse despues hácia Biserta y Túnez; vió á Capisa, la isla de Alzerbe, Trípoli, Benghazzi y Tolemaida hasta donde el Nilo dirige su curso al Asia. Despues recorrió todas las comarcas situadas entre el mar y las pobladas cumbres del fiero Atlas; y volviendo la espalda á los montes de Carena, se lanzó hácia los Cireneos, atravesó los desiertos de arena y llegó á Halbay en los confines de la Nubia, donde permaneció algun tiempo más allá del sepulcro de Bato46 y el gran templo de Ammon, que hoy se halla destruido47. Desde allí se dirigió á la otra Tremecen sometida á las leyes de Mahoma, y en seguida dirigió su raudo vuelo hácia la parte de la Etiopía que está al otro lado del Nilo. Detúvose por fin en la ciudad de Nubia, que está situada entre Dobada y Coalle, cuyos habitantes son cristianos, mientras que sus vecinos adoran al falso profeta, y tanto unos como otros están siempre con las armas en la mano en los confines de sus respectivos territorios. A la sazon era Senapo el emperador de Etiopía, el cual en lugar de cetro ostentaba una cruz: sus riquezas y poderío eran inmensos, y sus dominios tan vastos, que se extendian hasta la entrada del mar Rojo. Su religion era casi la nuestra, la única que podia concederle la salvacion eterna, y en sus estados, si no me equivoco, se empleaba el fuego para lavar la mancha del pecado original.

El duque Astolfo se apeó en la gran corte de Nubia, y visitó á Senapo. El palacio donde tenia la residencia el soberano de Etiopía era mucho más rico que fuerte: las cadenas de los puentes y de las puertas, los goznes, las cerraduras, los cerrojos y todo cuanto en nuestros países es de hierro, era allí de oro macizo; pero aunque este finísimo metal abundaba tanto, sabian, sin embargo, apreciar su valor. Las galerías del régio alcázar estaban formadas por columnatas de trasparente cristal: bajo los ventanales del palacio lanzaba vivos destellos un magnífico friso rojo, azul, amarillo, blanco y verde, hecho con incrustaciones de rubíes, esmeraldas, zafiros y topacios, colocados con la más admirable proporcion. Las paredes, los techos, los pavimentos estaban tambien recargados de perlas y de piedras preciosas. Allí es donde se recoge el bálsamo con una abundancia tal, que la de Jerusalen no podia sostener la comparacion. El almizcle que se recibe en Europa, de allí sale; de allí procede el ámbar, que se reparte por otras marismas; en suma, de aquellas regiones recibimos las cosas que tanto valor tienen en las nuestras.

Dícese que el Soldan de Egipto paga tributo á aquel rey y le presta vasallaje, á fin de que no varíe el curso del Nilo, como podria hacerlo si quisiera, lo cual seria para el Cairo y toda aquella region una causa de terrible escasez y calamidades. Los etíopes llaman Senapo á su monarca; nosotros le llamamos Preste, ó más bien Preste Juan. De cuantos reyes existieron en Etiopía, aquel era el más rico y poderoso; pero á pesar de todo su poder y sus tesoros, habia perdido desgraciadamente la vista, y aun no era este el mayor de sus males: mucho más molesto y enojoso se le hacia el de estar atormentado de un hambre perpétua, á pesar de todas sus riquezas. Cuando el infeliz monarca, excitado por su constante apetito, iba á beber ó á comer alguna cosa, aparecia inmediatamente el infernal tropel de las arpías48, monstruosas, repugnantes y nefandas, y con sus inmundas bocas ó sus rapaces uñas vaciaban los vasos y devoraban las viandas: cuando sus estómagos voraces no podian contener más alimento, infestaban y ensuciaban los manjares restantes.

Tal era el castigo á que Senapo se habia hecho acreedor, porque viéndose, cuando estaba en la flor de su edad, rodeado de tantos honores y consideraciones, poseyendo inmensas riquezas, y siendo el más vigoroso y osado de todos los etíopes, se apoderó de él la insensata soberbia que perdió á Lucifer, y se atrevió á declarar la guerra á su Hacedor. Con este objeto levantó un numeroso ejército, y se dirigió con él á la montaña donde nace el rio de Egipto, porque habia oido decir que en aquel monte salvaje, cuya cumbre se lleva á través de las nubes y llega hasta el mismo Cielo, existia el Paraiso llamado terrenal donde habitaron Adan y Eva. El arrogante monarca avanzaba á la cabeza de un innumerable ejército, compuesto de infantes y ginetes montados en caballos, camellos y elefantes, con el mayor anhelo, y jactándose de someter á sus leyes á todos los habitantes del Paraiso. Dios reprobó su temeraria audacia, y envió contra aquella muchedumbre á uno de sus ángeles, el cual exterminó á más de cien mil hombres, y condenó á Senapo á vivir en perpétua noche. Despues hizo que acudieran á su mesa los mónstruos horrendos de las grutas infernales, que le arrebataban y contaminaban todos los alimentos, sin permitirle que gustara ó bebiera uno solo. Habia venido á aumentar su desesperacion un vaticinio, que le anunciaba que sus manjares dejarian de ser arrebatados ó infestados, cuando viera aparecer por el aire un caballero cabalgando en un caballo alado; y como le parecia imposible esta maravilla, vivia triste y melancólico y privado de toda esperanza.

Cuando, poseidos del mayor estupor, vieron los habitantes desde las murallas y las torres á Astolfo montado en el Hipogrifo, acudieron presurosos á avisar al rey de Nubia, que recordando entonces la prediccion, y sin darse tiempo, en medio de su alegría, á coger el fiel báculo que le servia de guia y apoyo, salió al encuentro del volador caballero con los brazos extendidos y vacilante paso. Astolfo se posó en la plaza del castillo, despues de haber descrito extensos círculos en el aire al descender. Luego que el Rey estuvo en presencia del Duque, arrodillóse y exclamó con las manos cruzadas:

—¡Oh, Ángel de Dios! ¡oh, nuevo Mesías! Si no merezco perdon por mis pasadas faltas, considera que estas son fruto de la humana naturaleza, y que á vosotros toca perdonar al pecador arrepentido. Convencido de la enormidad de mi crímen, no te pido, no me atreveria á pedirte que me devuelvas la perdida vista, si bien debo creer que puedes hacerlo, porque eres uno de los bienaventurados espíritus á Dios tan gratos. ¡Ah! Date por satisfecho con el martirio que sufro no siéndome posible contemplarte, y no permitas que el hambre me consuma eternamente. Impide por lo menos que las fétidas arpías arrebaten todos mis alimentos, y en accion de gracias prometo erigirte en mi capital un templo de mármol, que tenga todas las puertas y los techos de oro, y esté adornado interior y exteriormente de piedras preciosas; prometo colocarle bajo la advocacion de tu santo nombre, y esculpir en él el milagro que hayas hecho en favor mio.

Así decia el Rey, que nada veia, mientras procuraba en vano besar los piés de Astolfo, el cual le respondió:

—Ni soy Ángel de Dios, ni nuevo Mesías, ni vengo del Cielo: soy tan solo un mortal, pecador como tú, é indigno de las mercedes que el Señor me prodiga. Sin embargo, haré cuanto esté de mi parte para alejar de tu reino á esos mónstruos malvados, ya ahuyentándolos, ó ya dándoles muerte. Si así lo consigo, no debes darme las gracias, sino á Dios, que dirigió mi vuelo hácia aquí para ayudarte en tus cuitas. Guarda tus votos para el Omnipotente, á quien únicamente se deben, y á quien debes consagrar la iglesia y los altares que me ofrecias.

Hablando de esta suerte, se dirigieron ambos á palacio, rodeados de los personajes más ilustres de la corte. El Rey dió órden á sus servidores de que preparáran inmediatamente una comida suntuosa, esperando que aquella vez no le serian ya arrebatados de las manos los manjares. Sirvióse á los pocos momentos un espléndido banquete en un salon magnífico. Astolfo fué el único que se sentó á la mesa al lado de Senapo, y apenas se colocaron en ella las viandas, cuando se oyó resonar por los aires un discordante rumor, producido por las horribles alas de las arpías fétidas y repugnantes, que acudian atraidas por el olor de los manjares. Eran siete formando un solo grupo, y todas tenian rostros de mujer, lívidos, enjutos y demacrados por una prolongada abstinencia: su aspecto era más horrible que el de la misma muerte. Sus alas eran inmensas, deformes y súcias: en vez de manos estaban provistas de garras, terminadas en uñas encorvadas y retorcidas; sus vientres enormes exhalaban un olor repugnante, y su larga cola se enroscaba formando círculos como la de una serpiente.

Apenas se habia oido el rumor de su venida, cuando se las vió á todas precipitarse simultáneamente sobre la mesa, derribando los vasos y apoderándose de los manjares: de sus vientres se exhalaba tal fetidez, que era preciso taparse las narices por no ser posible soportar aquel hedor insufrible. Astolfo, arrebatado por la cólera, desnudó el acero contra aquellas aves insaciables, y lo descargó sobre el cuello, la espalda, el pecho ó las alas de unas y otras; pero como si pretendiera herir á un saco de estopa, todos sus golpes se embotaban y quedaban sin efecto. Mientras tanto, las arpías no dejaron una copa ni un plato intactos, ni abandonaron el salon hasta despues de haber saciado su voracidad ó contaminado cuanto no pudieron devorar.

El Rey habia estado firmemente persuadido de que Astolfo ahuyentaria á las arpías; mas viendo luego su esperanza defraudada, empezó á gemir y suspirar, volviendo á su acostumbrada desesperacion. Acordóse entonces el Duque de la trompa que solia auxiliarle en los mayores peligros, y calculó que no habia medio mejor que aquel para librar al Rey de tales mónstruos. Hizo que el monarca y todos los señores de su corte se taparan los oidos con cera caliente, para impedir una fuga general cuando hiciera resonar su talisman. En seguida cogió las bridas del Hipogrifo, se acomodó en la silla, empuñó su preciosa trompa, é indicó por señas al mayordomo que mandara servir nuevos manjares. Siguiendo su consejo, prepararon en una galería otra nueva mesa. En cuanto empezaron á servirla, presentáronse las arpías, segun su costumbre; entonces requirió Astolfo su trompa, y los mónstruos, que no tenian tapados los oidos, no pudieron permanecer un momento más en la estancia, así que oyeron aquel sonido aterrador, y huyeron á la desbandada, llenos de espanto, sin cuidarse de la comida ni de nada. El Paladin clavó los acicates en los hijares de su corcel, el cual salió volando fuera de la galería; abandonó el castillo y la gran ciudad, y se remontó por los aires persiguiendo á los mónstruos. Astolfo no daba tregua á sus resoplidos en tanto que las arpías continuaban huyendo hácia la zona del fuego, hasta que se encontraron en el elevadísimo monte en que el Nilo tiene su orígen, si es que le tiene en alguna parte.

Casi en las mismas raices de la montaña, se encuentra una cueva profunda que desaparece en las entrañas de la Tierra, la cual, segun se dice, es la verdadera puerta por donde pasa todo el que quiere bajar al Infierno. La turba inmunda corrió presurosa á guarecerse en aquella gruta, como en el albergue más seguro, y descendió hasta las orillas del Cocyto49 y aun más allá, para no escuchar los sonidos de la trompa.

El ínclito duque dió fin á sus insoportables resoplidos cuando llegó á la infernal y caliginosa boca que da libre acceso á todo el que abandona la luz, é hizo que su corcel plegara las alas. Pero antes de llevar más lejos á nuestro héroe, y en vista de que he llenado el papel por todos lados, descansaré un momento siguiendo mi costumbre, y daré fin á este canto.



  1. Célebres pintores de la antigüedad todos ellos. Timágoras, de Calcio, fué el primero que desafió en su arte á otro pintor y le venció: Parrasio, de Efeso, el primero que sujetó á reglas el arte de la pintura, vivió hácia el año 420 antes de Jesucristo, y estaba tan envanecido de su talento, que llevaba generalmente un vestido de púrpura y una corona de oro, calificándose á sí mismo de rey de los pintores: Polignoto, de Thasos, fué el primero que retrató á las mujeres con vestiduras brillantes y lujosas: Protógenes, de Rodas, consiguió tanta celebridad por sus obras, que cuando Demetrio sitió á Rodas y se apoderó de la ciudad, mandó que se respetase del saqueo el barrio en que él trabajaba: Timante, de Cythnos, ó Sicion, fué contemporáneo y rival de Parrasio Apolodoro, pintor griego, que excedió en su arte á sus antepasados: Apeles, de Colophon el pintor más célebre y conocido de la antigüedad, el único á quien Alejandro el Grande permitió que le retratara: Zeuxis, otro pintor griego de fama universal. ↩
  2. Una de las tres Parcas: la que tiene la rueca é hila el destino de los hombres. ↩
  3. Lago de la Campania, á 3 leguas de Nápoles. Tiene la forma de un pozo muy profundo, y exhalaba vapores fétidos, por lo cual le consideraban los antiguos como la entrada de los Infiernos. ↩
  4. Grutas situadas en la montaña de Norsia, cerca de Nápoles, donde es fama que en la más profunda de ellas tenia su residencia habitual la Sibila de Cumas. Acudian muchos á ella para consultar el porvenir, para aprender el arte de los encantamientos y para hacer sagrados á los demonios los libros que llevaban; pero no podian salir de la gruta hasta que transcurriera un año, un mes y un dia, y si se olvidaban de efectuarlo en el término fijado, quedaban en ella para siempre. ↩
  5. Marcomiro V, rey franco, padre de Faramundo, á quien muchos historiadores tienen por el primer rey de Francia. ↩
  6. Deseoso Mauricio, emperador de Constantinopla, de arrojar de Italia á los lombardos, incitó á Sigeberto, rey de Austrasia, á que tomara las armas contra ellos, ofreciéndole en cambio ricos presentes y donativos espléndidos. Sigeberto pasó los Alpes á la cabeza de un numeroso ejército, y llegó á la Galia Cisalpina. Autharis, rey de los lombardos, apenas supo su venida, se fingió temeroso y se encerró dentro de los muros de Milan; entonces los franceses, haciendo gala de mayor audacia y seguridad de la que les convenia, descuidaron toda vigilancia, y aprovechándose Autharis de este descuido, cayó sobre ellos y los destrozó, causándoles una mortandad horrorosa. ↩
  7. Clodoveo, rey de Francia, pasó con un numeroso ejército á Italia, con objeto de destruir el poder de los lombardos. Como Grimoaldo, duque de Benevento, á quien correspondia la corona de Lombardia, estaba á la sazon ocupado en pelear con los hermanos Pertarita y Gondiberto, que se la disputaban, se conoció impotente para resistir á los franceses, y determinó valerse de la astucia. Con las escasas fuerzas de que disponia simuló un ataque contra Clodoveo, y huyendo despues atrajo al enemigo al campamento lombardo, que estaba abundantemente provisto de víveres y vino. La intencion de Grimoaldo tuvo cumplido efecto, porque abalanzándose los franceses sobre los barriles de vino, no tardaron en embriagarse, y cuando Grimoaldo los vió por la noche ébrios y soñolientos, cayó sobre ellos y los derrotó de tal suerte, que no quedó uno solo que pudiera llevar á su país la noticia de su derrota. ↩
  8. Queriendo vengar Childeberto, sucesor de Clodoveo, la derrota que á este hiciera sufrir Grimoaldo, envió á Italia una poderosa hueste dividida en tres cuerpos: el jefe de la primera fué atravesado por una saeta delante del castillo de Milan, por cuya causa sus soldados se desbandaron, pasando algunos á reunirse con los otros dos cuerpos: el segundo anduvo recorriendo y devastando la Venecia y la Lombardia. El tercero puso sitio á Milan, donde pasó algun tiempo esperando socorros del emperador de Oriente, y como estos no llegaran y el ejército francés sufriera entre tanto una pestilente mortandad, los pocos soldados que quedaban regresaron á sus hogares. ↩
  9. Exaltado Esteban II al sólio pontificio, Astolfo, rey de Lombardia, empezó á vejarle de diversos modos, llegando hasta á apoderarse de Rávena, á pesar de los dones que el Papa le ofrecia para contenerle. En su consecuencia, Esteban II pidió auxilio á Pepino, rey de Francia, el cual atacó á Astolfo, le venció y le obligó á restituir á la Santa Sede cuanto le habia usurpado. En cuanto Pepino regresó á Francia, empezó de nuevo Astolfo sus ataques contra Roma, por lo cual, llamado otra vez el monarca francés, obligó tambien al lombardo á cejar en sus persecuciones. Muerto Astolfo, le sucedió su hijo Desiderio, que fué vencido y encerrado en Lyon por Carlomagno, segun se ha dicho en el canto III.—Al papa Adriano sucedió Leon III, el cual fué acometido una mañana mientras celebraba los divinos oficios por sus competidores Pascual Primicerio y Gíampdo Preste, que arrancaron al Papa sus vestiduras, lo arrojaron al suelo, le quisieron sacar los ojos y la lengua, y se le llevaron por fin prisionero. El Papa pudo escaparse, merced á su camarero Albino, y fué á pedir auxilio á Carlomagno, que á la sazon estaba en guerra con los sajones. No pudiendo el Emperador acompañarle, le envió á Roma con una numerosa escolta y le restableció en su trono. En agradecimiento, Leon III puso en la cabeza de Carlomagno la corona imperial. Los dos culpables fueron despues aprehendidos y llevados á Francia, donde murieron en el cautiverio. ↩
  10. Pepino, hijo de Carlomagno y coronado rey de Italia por el Papa Leon III, declaró la guerra á los venecianos por apoderarse de la Dalmacia. Despues de haberse hecho dueño de la campiña de Venecia y de muchas islas cercanas, intentó asaltar el palacio de Rialto, adonde se habia trasladado el Dux desde el de Malamocco, y no pudiendo conseguir su objeto por tierra, construyó un puente de tablas sobre toneles vacíos en el canal de Orfano que es muy profundo, para que sus soldados, poco acostumbrados á los combates navales, lucharan sobre él con más comodidad. Pero los venecianos, defendiéndose en sus lanchones, y auxiliados por un viento impetuoso que agitó fuertemente las aguas, hicieron pedazos el puente, precipitando á los franceses en el canal, y Pepino tuvo que abandonar la empresa, á consecuencia de las pérdidas que sufrió. ↩
  11. Reinando Berengario I en Italia, Luis III de Francia, hijo de Boson, rey de Borgoña, quiso disputarle la corona; pero vencido por Berengario, le juró que no volveria á tomar las armas contra él. Olvidando á los cuatro años su juramento, le declaró de nuevo la guerra, pero fué sorprendido en Verona por su competidor, el cual se apoderó de él, hizo que le sacaran los ojos, y le envió á Francia, donde desde entonces le apellidaron el Ciego. ↩
  12. Reinaba en Italia Berengario II, en cuyo tiempo Rodolfo, rey de Borgoña, pasó á Italia, llamado por muchos señores que odiaban á aquel, le venció y le privó de la corona. Berengario solicitó el auxilio de los hunos, los cuales pasaron á Italia y la devastaron. Viendo esto los italianos, é irritados con la pusilanimidad de Rodolfo, llamaron á su vez á Hugo, conde de Arlés, que despues de expulsar á los hunos y á Rodolfo, reinó diez años. Por entonces entraron en Italia los bávaros con un grande ejército; pero fueron vencidos por Hugo. Berengario III, sucesor de su padre, intentó recobrar despues sus estados hereditarios; y auxiliado por los hunos y los bávaros, obligó á Hugo á pedir la paz, bajo condicion de que él saldria de Italia dejando en rehenes á su hijo Lotario. Al poco tiempo Hugo murió en Arlés, y su hijo, que estaba encerrado en Pavía, solo le sobrevivió dos años. ↩
  13. El buen Pastor á que se refiere Ariosto fué Urbano IV, á quien llama bueno por ironía; pues en vez de practicar obras santas, llamó á Cárlos de Anjou para encender la guerra en Italia. Este príncipe pasó en efecto á la Península con un ejército francés y derrotó á Manfredo, rey de Nápoles, que murió en la batalla. En cuanto á su sobrino y sucesor Conradino, logró escaparse; pero vendido por algunos de los que protegian su fuga, fué entregado á Cárlos, el cual, cediendo á las sugestiones del Papa, le hizo decapitar en la plaza de la Anunziata de Nápoles.—Poco tiempo despues fué exterminado el ejército francés por los sicilianos, cuya matanza es bastante conocida con el nombre de Vísperas sicilianas. ↩
  14. Molestados los florentinos y boloneses por Galeas Visconti, duque de Milan, se conjuraron contra él con la mayor parte de los príncipes italianos, é hicieron que pasara desde Francia á auxiliarles el conde de Armagnac con un ejército de 20,000 hombres, que pusieron sitio á Alejandría: entonces Galeas, dejando una fuerte guarnicion en la ciudad, salió con el resto de sus tropas, y dando un gran rodeo, cayó sobre la retaguardia del enemigo, mientras los sitiados hacian una salida vigorosa, de suerte que los franceses, cogidos entre dos fuegos, quedaron muertos ó prisioneros. El conde de Armagnac murió á consecuencia de sus heridas. ↩
  15. Daunia: region de la Italia meridional, que hoy forma, poco más ó menos, la Capitanata.—Marsos: pueblo de la Italia antigua, que habitaba en las montañas que rodean el lago Fucino, en el reino de Nápoles.—Salentinos: pueblo antiguo de la Italia meridional, al que se coloca en la costa de Calabria. ↩
  16. Casado Jacobo, conde de la Marca y descendiente de los reyes de Francia, con Juana II, reina de Nápoles, olvidó lo prometido al casarse, é intentó gobernar con exclusion de su esposa. Juana, auxiliada por Francisco Sforza, duque de Milan, obligó á su marido á huir á Francia.—Alfonso, hijo adoptivo y sucesor de Juana, tuvo que combatir contra los condes Luis y Renato de Anjou, los cuales le disputaban la corona por descender de Cárlos III; pero Alfonso los venció y se hizo dueño del reino. A la muerte de Alfonso, Renato de Anjou declaró la guerra á su sucesor Fernando, inducido á ello por muchos señores italianos; pero el nuevo rey alcanzó la victoria y se estableció en el trono, á pesar de que los franceses ayudaron á Renato con hombres y dinero. ↩
  17. Rio de Italia, que desagua al E. de Gaeta. Hoy se llama el Garigliano. ↩
  18. Este escollo es la isla de Ischia, situada á la entrada del golfo de Nápoles, bajo la cual suponian algunos poetas que estaba sepultado el gigante Tifeo, uno de los que intentaron asaltar el Olimpo. ↩
  19. Cárlos VIII de Francia quiso conquistar el reino de Nápoles, haciendo valer ciertos derechos que los príncipes de la casa de Anjou habian legado á su familia. En cinco meses llevó á cabo dicha conquista, contando con el auxilio de muchos magnates italianos; pero no pudo apoderarse de la fortaleza levantada en la isla de Ischia, que defendió valerosamente Iñigo del Vasto, en favor de Fernando II de Nápoles. ↩
  20. Rey de Naxos: era despues de Aquiles el más hermoso de todos los griegos que fueron al sitio de Troya. ↩
  21. Lada, segun los historiadores, fué tan veloz en la carrera, que cuando corria no dejaba la huella de sus plantas en el suelo. ↩
  22. Néstor, rey de Pylos, es celebrado entre los poetas por su sabiduría y elocuencia, y llegó á una edad tan avanzada, que, segun Homero, vivió tres edades de hombre. ↩
  23. Júpiter, fué hijo de Saturno, el cual lo fué del Cielo, segun la fábula, por cuya razon Ariosto llama á Júpiter, nieto del Cielo. Este dios fué criado secretamente en la isla de Creta, adonde le envió su madre Rhea para impedir que su padre lo devorase, como hacia con todos sus hijos varones. ↩
  24. Por haber nacido en ella. ↩
  25. En Delos, una de las islas Ciclades, nacieron Diana y Apolo, hijos de Júpiter y Latona. Segun la fábula, la celosa esposa de Júpiter obligó á la Tierra á no dar refugio á Latona mientras estaba encinta; pero Neptuno, movido á compasion, hizo salir del fondo del mar la isla de Delos, donde Latona se refugió. Esta isla estuvo fluctuando sobre las aguas, hasta que Latona dió á luz á los dos gemelos, y entonces se fijó entre las demás del archipiélago griego. ↩
  26. Fernando Francisco de Ávalos, marqués de Pescara, de quien se ha hablado ya en el canto XV. ↩
  27. Habiendo muerto Galeas Sforza, duque de Milan, dejó un hijo de corta edad llamado Juan Galeas, en cuyo nombre gobernaba el estado su tio Luis Sforza, llamado el Moro, á causa de su color moreno. Intentando este usurpar á su sobrino la corona ducal, y contrariado en sus propósitos por Alfonso, rey de Nápoles, indujo á Cárlos VIII de Francia á que pasara á Italia con objeto de conquistar el reino de Nápoles, cuya conquista llevó Cárlos á cabo, segun se ha dicho en una nota precedente. No tardó el francés vencedor en publicar sus propósitos de apoderarse de toda la Italia, y recelosos por esta causa los príncipes italianos, y en especial Luis Sforza, que era ya duque de Milan por muerte de su sobrino y estaba arrepentido de haber llamado á Cárlos VIII, formaron entre los milaneses, los venecianos y los mantuanos una alianza para oponerse á las pretensiones del nuevo rey de Nápoles. Los ejércitos de ambas partes vinieron á las manos en las márgenes del Taro, y despues de combatir con indecisa fortuna, lograron los franceses abrirse paso. Mientras tanto el rey Fernando, sucesor de Alfonso salió de Ischia y entró en Nápoles, cuyos habitantes, cansados del orgullo é insolencia de los franceses, le recibieron con los brazos abiertos, y auxiliado por los venecianos, exterminó á todos los enemigos que quedaban en el reino. ↩
  28. Quedaba aun en poder de los franceses el castillo nuevo de Nápoles, cuando un esclavo moro que estaba á su servicio, prometió á las tropas napolitanas y aragonesas que en una noche dada incendiaria la armada francesa, y les abriria las puertas de la iglesia de Santa Cruz. Alfonso de Pescara, llamado á media noche por aquel malvado, acudió á conferenciar con él desde el pié de las murallas del castillo, y entonces el moro le lanzó una saeta lunada que le dejó muerto en el acto. ↩
  29. Poco despues de su advenimiento al trono de Francia, intentó Luis XII recobrar el Milanesado, y á este fin se alió con el Papa Alejandro VI y los venecianos contra Luis Sforza el Moro, á quien desposeyó de sus estados obligándole á pedir auxilio al emperador Maximiliano. Aliado despues Luis XIII con el rey de España acometieron juntos á Federico de Aragon, rey de Nápoles, le vencieron y se repartieron su reino; pero habiéndose suscitado algunas disensiones entre los españoles y franceses á causa de esto reparto, acudieron á las armas para dirimirlas, y encontrando Gonzalo de Córdoba al ejército francés en el momento en que intentaba pasar el Garigliano, le causó una sangrienta derrota. ↩
  30. Despues de la derrota del Garigliano, los españoles consiguieron vencer á los franceses en Ceriñola, ciudad del reino de Nápoles, en cuya batalla pereció el Duque de Nemours, generalísimo del ejército francés; y á consecuencia de estas dos victorias, los franceses, que ya solo conservaban la plaza de Gaeta, tuvieron que abandonarla, y con ella el reino.—La victoria que consiguió el rey Luis XII posteriormente fué la de Rávena, mencionada ya en otro canto. ↩
  31. En cuanto Luis XII entró en Milan, abandonada por su duque Luis el Moro, se fueron rindiendo á sus armas todas las ciudades del ducado, incluso Génova, cuyo castillo vendió por dinero su gobernador, que era suizo, al ejército francés. Apenas regresó Luis XII á sus estados, ocurrieron algunos choques entre los milaneses y la guarnicion francesa y aprovechando Luis el Moro esta circunstancia, recuperó en breve su patrimonio, auxiliado por un ejército suizo. A los pocos dias volvieron los franceses, le atacaron, y los suizos que auxiliaban al Duque de Milan, ganados por el oro francés, se pasaron al enemigo, entregando á Luis el Moro, que fué llevado cautivo á Francia, donde murió á los diez años de cautiverio. ↩
  32. César Borgia, hijo natural de Rodrigo Borgia, que despues fué Papa con el nombre de Alejandro VI, se hizo célebre por sus crímenes y sus perfidias. Su padre le hizo cardenal, y en seguida le obligó á abandonar la púrpura para tomar la espada. Casó con una hija de Juan de Albret, rey de Navarra y pariente de Luis XII de Francia, el cual le ayudó á apoderarse en 1501 de la Romanía, Urbino, Camerino y Sinigaglia, envenenando á la mayor parte de los pequeños príncipes de estos países, y cometiendo inauditas crueldades con los nobles. ↩
  33. Ayudado el Papa Julio II por los franceses, arrojó de Bolonia en 1508 á la familia Bentivoglio, que llevaba por enseña ó blason una sierra, redujo á la ciudad á su obediencia y puso en ella el Roble, que era su blason. ↩
  34. Habiendo quitado los venecianos al Papa Julio II muchos pueblos al Norte de Italia, el Pontífice formó en 1508 con Luis XII de Francia, Fernando V de España y el emperador Maximiliano la liga de Cambrai, y obligó á Venecia á aceptar condiciones desventajosas. Cuando no necesitó de los socorros de Luis XII le suscitó enemigos, y á este fin se alió nuevamente en 1511 con los españoles y con los mismos venecianos, y declaró la guerra á Alfonso, duque de Ferrara. Acudió Luis XII en auxilio de este; venció al Papa en Bolonia, de cuya ciudad le despojó restituyéndola á la familia Bentivoglio, saqueó á Brescia y alcanzó una nueva victoria en Rávena, de la que ya se ha hablado. Irritado el Papa con estos reveses, hizo entrar en la liga, que se llamó Liga Santa á los ingleses, alemanes y suizos; y todos juntos causaron á los franceses en Cuinegatte una espantosa derrota, que les obligó á retroceder hácia el Piamonte, donde quisieron hacer frente, pero fueron vencidos segunda vez y abandonaron la Italia. A consecuencia de todo esto, Maximiliano Sforza, hijo de Luis el Moro, fué repuesto en el trono de Milan. ↩
  35. Despues de abandonar la Italia, Luis XII hizo la paz con los venecianos, y aliándose con ellos, envió otra vez su ejército al mando de La Tremouille. Maximiliano Sforza, al saberlo, pidió auxilio al Papa y á los suizos, á pesar de haber sido estos los que vendieron á su padre. Encontrando los milaneses y suizos al ejército francés en Novara le causaron una derrota espantosa; por lo cual confió el Papa á los segundos la defensa de la bandera eclesiástica, y les dió el título de defensores de la libertad de la Iglesia contra los Príncipes soberbios. ↩
  36. En el canto XXVI queda dicho cómo pasó Francisco I de Francia los Alpes, destrozó á los suizos en Marignan, vengando la derrota de Novara, y se apoderó de Milan, concediendo una pension al jóven Sforza en cambio de su perdida corona. ↩
  37. El emperador Cárlos V aliado con el Papa Leon X, determinó arrojar á los franceses de Milan para colocar en su trono á Francisco Sforza, nieto del primero de igual nombre é hijo segundo de Luis el Moro. Los españoles mandados por el marqués de Pescara derrotaron á los franceses, que lo estaban por Trivulcio, el cual fué hecho prisionero, y Sforza restituido en el trono de Milan. ↩
  38. El Rey de Francia envió un nuevo ejército á las órdenes del Duque de Saboya para recobrar á Milan, cuya ciudad asedió tan infructuosamente, que se vió obligado á levantar el sitio. El Duque de Saboya pasó á Pavía, de cuya plaza era gobernador Federico Gonzaga, duque de Mantua, el cual á pesar de su corta edad, supo resistir y rechazar á los franceses y venecianos coaligados. ↩
  39. Ciudad de Lombardia, donde los franceses, mandados por Lautrec, fueron derrotados en 1522 por los imperiales. Defendian á dicha ciudad, además de los españoles, los milaneses y los suizos, mandados por Próspero Colonna. Estos últimos habian prometido al general francés que quitarian á los españoles toda la artillería, y mientras estaban efectuándolo así durante la batalla, fueron sorprendidos por Colonna, el cual les obligó á llevarla sobre las espaldas para servirse de ella, ocasionando de este modo la muerte de un gran número de suizos. ↩
  40. Habiéndose aliado el Papa Clemente VII con Francisco I de Francia, el Rey de Inglaterra y varios príncipes italianos contra el emperador Cárlos V, este monarca envió á Italia un ejército á las órdenes del Condestable de Borbon, el cual se apoderó de Roma, la saqueó cruelmente, y redujo á prision al Papa que permaneció cautivo siete meses, obteniendo su rescate á cambio de 400 mil ducados y doce rehenes. Los príncipes italianos no se atrevieron á acudir en defensa del Papa su aliado. ↩
  41. Esta Sirena fué Parténope, que enamorada de Ulises, no pudo resistir los desdenes de este héroe, y se arrojó al mar, cerca del sitio donde existe la ciudad de Nápoles, que se llamó al principio como la Sirena. ↩
  42. Francisco I envió á Lautrec con un numeroso ejército para salvar al Papa y á los cardenales de la cautividad en que los tenia Cárlos V; pero cuando el general francés llegó á Italia, ya estaba el Pontífice en libertad, por lo cual tuvo la audacia de querer apoderarse de todo el reino con la gente que llevaba, y sitió á Nápoles, devastando todo el país con incendios y rapiñas. ↩
  43. Hugo de Moncada, el Marqués del Vasto y Ascanio Colonna acudieron con tres galeras y dos fustas en socorro de los napolitanos sitiados por Lautrec; pero fueron atacados por ocho galeras que mandaba Doria, que á la sazon estaba al servicio de la Francia, derrotados y hechos prisioneros. Los napolitanos, reducidos al último extremo, inundaron la campiña con las aguas del rio que entraba en la ciudad; estas aguas se unieron á las de las lagunas próximas á Nápoles, infestaron el aire y produjeron en el ejército francés una mortal pestilencia, de la que murió Lautrec y tan gran número de soldados, que apenas volvieron á Francia dos mil. ↩
  44. Dícese así de los buques cuyos fondos acaban de limpiarse y ensebarse. ↩
  45. Los montes Calpe y Avila, que dividen el estrecho de Gibraltar, y á los cuales se dió el nombre de columnas de Hércules, por suponerse que este semidios los habia colocado allí. ↩
  46. Fundador de Cirena en África, á cuyo país llevó una colonia de griegos por órden del oráculo de Delfos. ↩
  47. Templo dedicado á Júpiter por los egipcios, entre cuya idolatría fué el nombre de Ammon el más famoso con que designaban á este dios. ↩
  48. Mónstruos alados de la fábula, hijas de Neptuno y de la Mar; eran tres: Aello, Ocypete y Celeno, aunque Ariosto hace ascender su número á siete. Tenian cara de vieja, cuerpo de buitre y uñas retorcidas. Habitaron primero en Tracia, pero fueron arrojadas despues á las islas Strofades. ↩
  49. Rio cenagoso del Infierno. ↩