Capítulo 2
I
Socialismo utópico y socialismo científico · Friedrich Engels
Y
SOCIALISMO CIENTÍFICO
I
El conjunto de ideas que representa el Socialismo moderno es sólo el reflejo en la inteligencia, por un lado, de la lucha de clases que existe entre los poseedores y los desposeídos, entre los burgueses y los asalariados, y por otro, de la anarquía que reina en la producción. Pero su forma teórica aparece desde luego como una continuación más extensa y más lógica de los principios formulados por los grandes filósofos franceses del último siglo. Como toda nueva teoría, debía adaptarse al orden de ideas de sus predecesores inmediatos, aunque en realidad se derivase de los hechos económicos.
Los hombres ilustres que en Francia prepararon los ánimos para la revolución que se acercaba, fueron á su vez grandes revolucionarios. No acataron ninguna autoridad extraña. Religión, ciencias naturales, sociedad, gobierno, todo fué sometido á la crítica más severa, todo compareció ante el tribunal de la razón para justificar su existencia ó dejar de ser para siempre. La razón llegó á ser la regla suprema de todo. Aquella fué la época en que, según la expresión de Hegel, «la cabeza dirigía el mundo [1];» es decir, que la inteligencia y los principios descubiertos por el pensamiento debían servir únicamente de base á toda acción y asociación humana, y más tarde se tomó en el sentido de que toda realidad material que estuviese en contradicción con estos principios debía rebatirse completamente. Todas las formas de sociedad y de gobierno reconocidas hasta entonces, todas las concepciones tradicionales debían relegarse al olvido como opuestas á la razón. Hasta aquella época el mundo se había dejado llevar de miserables preocupaciones; el pasado no merecía sino lástima y desprecio. Entonces se veía la luz por primera vez, y también por primera vez se entraba en el reinado de la Razón, donde la superstición, la injusticia, el privilegio, la opresión, iban á ser desterrados por la Verdad eterna, por la igualdad basada en la Naturaleza, por los derechos inalienables del hombre.
Ya hoy sabemos que aquel reinado de la Razón no fué otra cosa que el reinado de la burguesía idealizada; que la Justicia eterna tomó cuerpo en la justicia burguesa; que la igualdad condujo á la igualdad burguesa ante la ley; que se proclamó como el primero de los derechos del hombre la propiedad burguesa; que el Estado de la Razón, el Contrato social de Rousseau apareció, como no podía menos, bajo la forma de una república democrática y burguesa. Los grandes pensadores del siglo XVIII no pudieron, como no pudieron sus antecesores, traspasar los límites impuestos por su época.
Pero al lado del antagonismo existente entre el feudalismo y la burguesía, existía el antagonismo universal entre los explotadores y los explotados, entre los ricos holgazanes y los pobres laboriosos. Este último antagonismo permitió á los representantes de la burguesía arrogarse el título de tales, no sólo en nombre de una clase distinta, sino de toda la Humanidad paciente. Más aún: desde su aparición, la burguesía se vió combatida por su propio antagonismo, pues el capitalista no puede existir sin el trabajador asalariado; y á medida que el burgués de las corporaciones de la Edad Media se transformaba en burgués moderno, el compañero y el trabajador no incorporados se convertían en proletarios. Si la burguesía, después de la lucha con la nobleza, pudo proclamarse representante de las diferentes clases trabajadoras de la época, asimismo, al lado de cada movimiento burgués, estallaba el de la clase que era la antecesora más ó menos desarrollada del Proletariado moderno. Así, durante la Reforma en Alemania, se vió surgir á Tomás Münzer; durante la gran Revolución inglesa, á los niveladores; y durante la gran Revolución francesa, & Babœuf.
A estos levantamientos de defensores revolucionarios de una clase incompletamente formada, correspondían manifestaciones teóricas: así, en los siglos XVI y XVII aparecieron descripciones utópicas de sociedades ideales; en el XVIII eran ya teorías francamente comunistas (Morelly, Mably). La igualdad no debía limitarse sólo á los derechos políticos, sino abrazar también las condiciones sociales del individuo; era preciso abolir, juntamente con los privilegios de clases, los antagonismos que existían entre éstas. La primera forma de la nueva doctrina fué una especie de comunismo ascético, calcado sobre la constitución de la antigua Esparta. Después aparecieron los tres grandes utopistas: Saint-Simon, que dentro del orden proletario reconocía hasta cierto punto las tendencias burguesas, Carlos Fourier y Roberto Owen, el cual, viviendo en el país en que la producción capitalista estaba más desarrollada y encontrándose bajo la impresión de la lucha de clases que ésta engendraba, desenvolvió sistemáticamente sus proposiciones para la abolición de este antagonismo, subordinándolas directamente al materialismo francés.
Los tres tienen de común el no aparecer como representantes del Proletariado, que mientras tanto se había desarrollado históricamente; lo mismo que los filósofos franceses del siglo XVIII, los tres se propusieron, no sólo manumitir una clase determinada, sino la Humanidad entera; como aquéllos, quisieron establecer el reinado de la Razón y de la Justicia eternas; pero mediaba un mundo entre su razón y su justicia eternas y las de los hombres del siglo último. El mundo burgués, basado en los principios de los filósofos, les parecía tan irrazonable é injusto como el feudalismo y las demás formas sociales anteriores, y, al igual que éstas, debía sepultarse en la fosa común de la Historia.
Si la razón pura y la justicia verdadera no habían hasta entonces gobernado el mundo, era únicamente porque no habían sido conocidas. El hombre de genio que debía descubrir esta verdad no había aparecido y surgía entonces. La aparición de este genio y la proclamación de su verdad no era un suceso necesario, inevitable, del desarrollo histórico, sino una casualidad. Si hubiera nacido quinientos años antes, habría ahorrado á la Humanidad cinco siglos de errores, de luchas y de sufrimientos.
...Los filósofos franceses del siglo XVIII, precursores de la Revolución, habían hecho de la Razón la regla suprema de todo. El Estado, la sociedad, debían estar basados en la Razón, y todo lo que fuera contrario á la Razón eterna debía despreciarse; pero esta eterna Razón no era otra cosa que la inteligencia burguesa idealizada. La Revolución francesa dió cuerpo á esta sociedad y á este Estado razonables; mas si las nuevas instituciones eran razonables, comparadas con las del pasado, aun se hallaban lejos de serlo absolutamente. El Estado racional había naufragado. El contrato social de Rousseau había conseguido su ideal, bajo el reinado del Terror; y para huir de él, la burguesía, que no tenía confianza en su propia capacidad política, se refugió primero en la corrupción del Directorio, y más tarde bajo el sable del despotismo bonapartista.
La paz eterna prometida se había convertido en una guerra de conquistas sin fin. La sociedad basada en la Razón no tuvo mejor suerte. El antagonismo entre ricos y pobres, en vez de resolverse en el bienestar general, se hizo más pronunciado al desaparecer las corporaciones y los privilegios que los dividian y los establecimientos piadosos de la Iglesia, que aminoraban aquel antagonismo. El desarrollo de la industria sobre una base capitalista hizo de la pobreza y de la miseria de las masas obreras la condición vital de la sociedad, y el número de crímenes aumentó de año en año. Si los vicios feudales, que antes se encontraban públicamente, se habían refugiado en la sombra, los vicios burgueses, que antes se conservaban ocultos, brillaron en todo su apogeo. El comercio se hizo á poco una estafa legalizada; la fraternidad de la enseña revolucionaria se personificó en las disputas y rivalidades de la concurrencia; la corrupción general suplantó á la opresión violenta y el oro al sable como primer motor social; el derecho de pernada pasó del barón feudal al dueño de fábrica; la prostitución tomó proporciones hasta entonces desconocidas; el matrimonio continuó siendo, bajo la forma legal, encubridor oficial de la prostitución, completándose con el adulterio; en una palabra, las instituciones políticas y sociales que siguieron al triunfo de la Razón, comparadas con las pomposas promesas de los filósofos, parecieron engañosas y tristes caricaturas.
Sólo fultaban los hombres para completar este desencanto, y estos hombres aparecieron al terminar el siglo. En 1802, Saint-Simon publicó sus Cartas de Ginebra; en 1808, Fourier dió á luz también su primera obra, y el 1º de enero de 1800, Roberto Owen se encargó de la dirección de New-Lanark (Escocia).
En esta época, la producción capitalista y el antagonismo entre la burguesía y el Proletariado se hallaban aún en sus comienzos. La grande industria empezaba á desarrollarse en Inglaterra, pero era desconocida todavía en Francia. Unicamente la grande industria engendra los conflictos que reclaman imperiosamente una revolución en el sistema de la producción, y que surgen no sólo entre las clases que ella ha creado, sino entre las fuerzas productivas y las formas del cambio. Además, esta misma grande industria desarrolla, en medio de sus gigantescas fuerzas productivas, los medios de resolver estos conflictos. Si en 1800 los conflictos provenientes de las nuevas condiciones sociales estaban apenas en sus comienzos, en la misma proporción estaban los medios de encontrar sus soluciones. Tas masas no poseedoras de París, que durante el Terror se apoderaron un instante del Poder, no hicieron más que demostrar las dificultades de este Poder en las condiciones existentes. El Proletariado acababa de desprenderse de la masa no poseedora para formar el núcleo de una nueva clase; sólo era una reunión de hombres oprimidos y vejados, incapaces de toda iniciativa, de toda acción política independiente, y que necesitaban un auxilio extranjero y superior.
Los fundadores del Socialismo se vieron también dominados por esta situación histórica. De una producción poco desarrollada, de una lucha de clases poco perceptible, nacieron teorias imperfectas. La solución de los problemas sociales, oculta aun bajo la imperlección de las condiciones económicas, no salió del cerebro ya perfecta, sino poco á poco, por partes. La sociedad sólo presentaba incongruencias; el establecimiento de la armonía llegó á ser el problema de la Razón. Era, pues, necesario edificar un sistema social nuevo y completo é imponerlo á la sociedad por la propaganda, y, cuando se pudiera, mediante el ejemplo de colonias modelos. Estos nuevos sistemas socialistas estaban, por tanto, condenados á no ser otra cosa que utopias; y mientras más minuciosamente elaboraban sus detalles, más fantásticos se hacían.
Dicho ya esto de una vez para todas, no nos detendremos más en ese punto, que pertenece completamente al pasado. Dejemos á los mercaderes literarios que escudriñen solemnemente esas fantasmagorías que hoy nos hacen sonreir, y que hagan gala, á expensas de tan utópicos caprichos, de la superioridad de su fría razón; nosotros ciframos nuestro orgullo en buscar los gérmenes de pensamientos geniales que oculta esa envoltura fantástica, y para los cuales no tienen vista esos filisteos.
Ya Saint-Simon, en sus Cartas de Ginebra, establecía que todos los hombres deberían trabajar... y que el reinado del Terror había sido el reinado de las masas desposeídas. Considerar, en 1802, la Revolución francesa como una lucha entre la nobleza, la burguesía y las clases no poseedoras, era un descubrimiento atrevido. En 1816 afirmó que la política no era más que la ciencia de la producción, y anunció la absorción de ella por la Economía. La convicción de que las condiciones económicas sirven de base á las instituciones políticas no se muestra aquí sino en germen; sin embargo, esta proposición contiene claramente la conversión del gobierno político de los hombres en una administración de cosas ó en una dirección del proceso de producción, es decir, la abolición del Estado, que tanto ruido ha hecho últimamente. Con idéntica superioridad de penetración sobre sus contemporáneos, declaró, en 1814, inmediatamente después de la entrada de los aliados en París, y aun en 1815, durante la guerra de los Cien días, que la única garantía de la paz y del próspero desarrollo de Europa era la alianza de Francia con Inglaterra y la de estos dos países con Alemania. Ciertamente se necesitaba un valor poco común para aconsejar á los franceses de 1815 la alianza con los vencedores de Waterloo.
Si en Saint-Simon hallamos una amplitud de miras verdaderamente genial, que nos permite ver en germen casi todas las ideas de sus sucesores, que no pertenecen estrictamente al dominio económico, en Carlos Fourier encontramos una crítica de las condiciones sociales existentes, que no por estar hecha con esa gracia propia de los franceses, es menos profunda. Fourier coge la palabra á la burguesía, con sus profetas inspirados de antemano y sus aduladores interesados por la Revolución, y desenmascara valientemente la miseria material y moral del mundo burgués; la compara con las brillantes promesas de los filósofos de crear una sociedad en que imperaría la Razón, de una civilización que proporcionaría el bienestar general y una perfectibilidad indefinida del hombre, y la compara también con la fraseología color de rosa de los ideólogos contemporáneos; demuestra cómo en todas partes la realidad más miserable corresponde á la frase más grandilocuente, y vierte su sátira sobre el fiasco irremediable de la frase.
Fourier no es sólo un crítico, sino, gracias á su serenidad, un satírico, y sin disputa uno de los mejores que han existido. Describió tan enérgica como ingeniosamente las estafas especulativas que prosperaron á la caída de la Revolución y la rapacidad mercantil de todo el comercio francés de su tiempo. Más mordaz aun es la crítica que hace de las relaciones sexuales de la burguesía y de la posición social de las mujeres. El es el primero en reconocer que en una sociedad cualquiera, el grado de emancipación general se mide por el que en ella tenga la mujer.
Pero donde Fourier aparece en todo su esplendor, es en su concepción de la historia de la sociedad. La divide en cuatro períodos de desenvolvimiento: Salvajismo, Barbarie, Patriarcado, Civilización, entendiendo por esta última la civilización burguesa; demuestra en seguida cómo el orden civilizado alienta todos los vicios en un orden de existencia equívoco é hipócrita como el actual, y que antes practicaba la barbarie de un modo primitivo; hace ver que la civilización se mueve en un círculo vicioso, en medio de contradicciones que reproduce sin cesar, sin poder resolverlas, pues siempre consigue lo contrario de lo que se proponía ó quería proponerse; enseña que «en la civilización, la pobreza nace de la superabundancia misma.» Como se ve, Fourier manejaba la dialéctica con tanta destreza como su contemporáneo Hegel. Mientras la fraseología de sus contemporáneos se limitaba sólo á hablar de la perfectibilidad ilimitada del hombre, él demostró que toda fase histórica tiene su período de avance y retroceso, y aplicó esta teoría al porvenir de la especie humana. Si, desde Kant, la ciencia natural admite la muerte futura de los cuerpos celestes, desde Fourier, la ciencia histórica no puede ignorar la muerte futura de la Humanidad.
En tanto que el huracán de la Revolución barría la Francia, otra revolución menos ruidosa, pero más potente, se efectuaba en Inglaterra. El vapor y la máquina-herramienta transformaron la manufactura en grande industria y revolucionaron todos los fundamentos de la sociedad burguesa. El lánguido movimiento de la manufactura se cambió en un tempestuoso período de producción á alta presión. Con rapidez, sin cesar creciente, la sociedad se dividió en grandes capitalistas y en proletarios expropiados; la pequeña burguesía, hasta entonces la clase más estable de la sociedad, se convirtió en una masa nómada de artesanos y de pequeños comerciantes que arrastraban una vida intranquila y formaban parte flotante de la población.
Sin embargo, el nuevo modo de producción sólo se hallaba en el comienzo de su período ascendente; cierto que, en aquellas circunstancias, era el único modo de producción normal, á pesar de lo cual había ya producido las más irritantes incongruencias sociales: aglomeración de una población vagabunda en los espantosos zaquizamíes de las grandes ciudades; disolución de todos los lazos tradicionales de la subordinación patriarcal y de la familia; exceso de trabajo, principalmente en las mujeres y en los niños, llevado al último extremo; completa desmoralización de las clases trabajadoras, puestas de pronto en condiciones enteramente nuevas para ellas. Entonces apareció como reformador un fabricante de veintinueve años, un hombre que unía, á una sencillez infantil, que rayaba en lo sublime, una facultad tal para dirigir á los hombres, como pocos la han poseído. Roberto Owen se había apropiado la doctrina de los materialistas del siglo XVIII, que declaraban que «el carácter del hombre era producto, por un lado, de su organización natural, y por otro, de las circunstancias que le rodean durante su vida y, principalmente, durante su período de desarrollo.» La mayor parte de los fabricantes contemporáneos suyos no vieron en la revolución industrial sino confusión y caos, que les permitirían aprovecharse de ella para hacer una rápida fortuna.
Owen vió llegada la ocasión de ordenar aquel caos, poniendo en práctica su teorema favorito, con el cual había hecho ya un feliz ensayo en Manchester, en una fábrica que mantenía 500 obreros, de la cual él era director. Desde 1800 á 1829 aplicó estos mismos principios, en su calidad de director asociado, en la gran filatura de New-Lanark, en Escocia, pero con mas libertad de acción, y obtuvo un éxito que le valió una reputación europea. De una población de cerca de 2.500 obreros, compuesta de elementos diversos y la mayor parte desmoralizados, formó una colonia modelo en que la embriaguez, la policía, la prisión, los procesos, la caridad pública y la privada eran cosas desconocidas.
Y todo esto se efectuaba sencillamente porque los obreros se hallaban en condiciones dignas del hombre, y porque la educación de la generación naciente era atendida con preferencia. Desde la edad de dos años, los niños eran enviados á la escuela, donde se distraían de tal manera, que era luego dificil hacerlos volver á sus casas. Mientras los competidores de Owen trabajaban 13 ó 14 horas, él había reducido el trabajo en su fábrica á diez horas y media. Durante una crisis por falta de algodón que suspendió los trabajos cuatro meses, los obreros continuaron recibiendo su salario completo. No obstante, la fábrica duplicó su capital, y hasta el último momento dió á los propietarios grandes utilidades.
Pero todo esto no satisfacia á Owen. El modo de vivir que había procurado á sus obreros estaba para él lejos de ser digno del hombre. «Aquellos hombres eran mis esclavos.» Las circunstancias relativamente favorables en que los había colocado no permitian aún un desarrollo completo y racional de los caracteres y de las inteligencias, y mucho menos el libre ejercicio de las facultades. «Un grupo de 2.500 hombres produce hoy más riqueza real para la sociedad que producían 600.000 hace medio siglo: Ahora bien; yo pregunto: ¿qué se hace de la diferencia que hay entre la riqueza consumida por esos 2.500 hombres y la que habrían consumido 600.000?» La respuesta era sencilla: la diferencia ha sido consagrada á pagar á los propietarios del establecimiento el 5 por 100 del capital empleado, además de un beneficio realizado de 7 millones y medio de pesetas (300.000 libras esterlinas). Esto que ocurría en New-Lanark tenía lugar en mayor escala en todas las fábricas de Inglaterra. Sin esta nueva riqueza, creada con ayuda de la máquina, no se hubieran podido sostener las guerras contra Napoleón en pro del mantenimiento de los principios aristocráticos de la sociedad[2]. Y, sin embargo, esta nueva potencia era creación de la clase obrera.» Por tanto, esa potencia á ella debía pertenecer. Las nuevas fuerzas productivas, que hasta entonces sólo habían servido para enriquecer á la minoría y esclavizar á las masas, fueron para Owen las bases de la reorganización social; dichas fuerzas productoras estaban destinadas á pertenecer á la comunidad y á ser empleadas únicamente en el bienestar de todos.
De esta manera práctica, consecuencia, por decirlo así, del cálculo comercial, nació el comunismo de Roberto Owen, quien conservó siempre este carácter práctico. Así, en 1823, Owen propuso remediar las miserias irlandesas estableciendo colonias comunistas, y al efecto presentó un estado detallado de los gastos de fundación, desembolsos anuales. é ingresos probables. Su plan definitivo de reforma estaba trazado tan minuciosamente y con un conocimiento práctico tal, que, si se hubiera aprobado su método, no se le habría podido hacer ninguna objeción técnica relativa á su especialidad en la materia.
La adopción del Comunismo fué el momento crítico de la vida de Owen. Mientras se limitó al papel de filántropo, recabó riquezas, fama, honores, veneración; fué el hombre más popular de Europa, y no sólo los burgueses, sino los hombres de Estado, los príncipes, le escuchaban y aprobaban. Mas cuando se hizo apóstol del Comunismo, todo cambió. Según él, tres grandes obstáculos impodían toda reforma social: la propiedad individual, la religión y la forma actual del matrimonio; mas no ignoraba lo que le sucederia si las atacaba: sería expulsado de la sociedad oficial y perdería su posición en ella. Pero nada le detuvo, y sucedió lo él había previsto: fué desterrado de la sociedad oficial, la Prensa estableció la conspiración del silencio en torno suyo, y para colmo de desdichas, sus experimentos comunistas en América le arruinaron, después de sacrificar en ellos su fortuna. Dirigióse luégo á los obreros, y vivió, siempre activo, treinta años entre ellos.
El nombre de Roberto Owen va unido á todos los progresos verdaderos, á todos los movimientos sociales de Inglaterra en favor de las clases trabajadoras. En 1819, después de cinco años de esfuerzos, hizo publicar la primera ley limitando el trabajo de las mujeres y de los niños en las fábricas; él mismo presidió el primer Congreso en el que las Trades' Unions se reunieron en una sola Sociedad de resistencia; implantó como medida transitoria, mientras llegaba una organización comunista de la sociedad, por un lado, las Sociedades cooperativas de producción y de consumo, que al menos tuvieron el mérito de probar la completa inutilidad de los negociantes y de los manufactureros, y por otro, los bazares del trabajo para el cambio de los productos, mediante un papel-moneda que tenía por unidad de valor la hora de trabajo. Estas instituciones fracasaron fatalmente, pero anticipaban el Banco de cambio que Proudhon estableció en 1848; solamente que el papel-moneda de Owen no se presentaba como una panacea universal de todos los males sociales, sino sencillamente como el primer paso hacia una revolución más radical de la sociedad.
Mientras tanto, y siguiendo las huellas de la filosofia del siglo XVIII, engrandecíase la filosofia alemana moderna, que halló en Hegel su coronamiento. Su gran mérito es haber reivindicado la dialéctica como la forma más elevada del pensamiento, Los antiguos filósofos griegos eran todos dialécticos y Aristóteles, el más enciclopédico de ellos, había ya analizado las formas esenciales del pensamiento dialéctico. La filosofía de los siglos XVII y XVIII, no obstante haber tenido en ella dignos representantes la dialéctica (Descartes, Spinoza), era, gracias á la influencia inglesa, arrastrada hacia el método llamado metafísico, que dominó casi en absoluto entre los filósofos franceses del siglo último, al menos en sus obras especialmente filosóficas. Sin embargo, fuera de la filosofía propiamente dicha, también éstos produjeron obras maestras de dialéctica; bastará con que mencionemos El sobrino de Rameau, de Diderot, y el Discurso sobre el origen y los fundamentos de la desigualdad entre los hombres, de Rousseau. Vamos á dar á conocer sumariamente los caracteres esenciales de ambos métodos.
Cuando sometemos á la observación intelectual la Naturaleza, la historia humana, ó nuestra propia actividad mental, se nos presenta inmediatamente la imagen de un encadenamiento interminable de hechos, unidos á su vez unos á otros, obrando unos sobre otros, en el que nada permanece como antes era, ni es lo que era, ni queda como estaba, sino donde todo se mueve, se transforma, va y viene, llega á su término y perece. Esta manera de considerar el mundo, primitiva, sencilla, pero justa en el fondo, es la de la antigua filosofia griega. Heráclito la formuló el primero: Todo existe y nada existe, porque todo es perdurable, todo se halla expuesto á una eterna transformación y á un incesante nacer y morir. Pero esta manera de ver, aunque expresa claramente el carácter general del cuadro que ofrece á nuestra observación el conjunto de fenómenos del mundo real, no abarca los detalles, ni desciende á su estudio especial. Sin embargo, mientras no estemos en condiciones de darnos cuenta exacta de estos detalles, no formaremos una idea clara del espectáculo que se presenta á nuestros ojos. Para conocer estos detalles, nos veremos obligados á apartarlos de su encadenamiento natural ó histórico, á analizarlos individualmente, unos después de otros, en sus cualidades, en sus causas y efectos particulares. Este es el problema de las ciencias naturales é históricas, las cuales, por razones especiales, no podían ocupar el primer lugar entre los griegos de los tiempos clásicos, puesto que antes debían reunir los materiales necesarios para estudiar dichas ciencias.
Los fundamentos de las ciencias naturales exactas fueron elaborados por los griegos del período alejandrino, y más tarde por los árabes de la Edad Media. La verdadera ciencia natural data sólo de la segunda mitad del siglo XV, y ha progresado después con rapidez siempre creciente. La descomposición de la Naturaleza en sus partes componentes; la separación de los diferentes procesos y objetos naturales en categorias distintas; el estudio íntimo de los cuerpos orgánicos en sus variadas formas anatómicas, cran las condiciones esenciales de los progresos gigantescos que, en los cuatro últimos siglos, nos han llevado tan lejos en el conocimiento de la Naturaleza. Pero este método de trabajo nos ha dejado la costumbre de estudiar los objetos y los procesos naturales aisladamente, haciendo abstracción de las relaciones recíprocas que los unen entre sí, y la de considerar las cosas, no en sus movimientos, sino en estado de reposo; no como esencialmente variables, sino como esencialmente constantes; no vivas, sino muertas. Y cuando, merced á Bacon y á Locke, este sistema de estudio pasó de las ciencias naturales á la filosofia, produjo la limitación específica de los siglos últimos: el método metafísico.
Para el metafísico, las cosas y sus reflejos intelectuales—las nociones—son objetos aislados de análisis, debiendo considerarse á unos después de los otros, y á éstos sin los demás, y á todos como objetos invariables, fijos, inmóviles, establecidos una vez por todas. Piensa por antitesis despojadas de todo término medio; discurre por sí ó por no, y todo lo que vaya más allá no tiene valor. Para él, una cosa existe ó no existe; una cosa no puede ser otra al mismo tiempo; lo negativo y lo positivo se excluyen absolutamente; la causa y el efecto están en abierta oposición entre sí.
Esta manera de ver parece sumamente plausible á primera vista, pues es la manera de ver del llamado sentido común. Este es muy respetable mientras no sale del agujero cavado para su uso, pero experimenta un sin número de contratiempos si se aventura en el vasto campo de la ciencia. Y el método metafísico, por justificado y necesario que sea en cierto número de casos, más ó menos extensos según el objeto del análisis, tarde ó temprano llega á un límite más allá del cual se hace parcial, limitado, abstracto, y se pierde en medio de contradicciones insolubles. En la contemplación de los hechos aislados, olvida sus relaciones recíprocas; en la de su existencia, lo que han de ser y su fin; en su reposo, su movimiento; los árboles le impiden ver el bosque.
Nosotros podemos afirmar, con bastante exactitud para las necesidades usuales, si un animal existe ó no. Pero un examen más minucioso nos demuestra que, á veces, este problema es de los más embrollados, como lo saben bien los juristas, que se han esforzado en hallar un límite racional más allá del cual la destrucción del hijo en el seno de la madre sería un asesinato. Asimismo, es imposible determinar el instante preciso de la muerte; la investigación fisiológica ha demostrado que la muerte no es un fenómeno instantáneo, sino un proceso de larga duración. Del mismo modo, todo sér orgánico es al mismo tiempo él mismo y otro él; en el mismo instante se asimila materias extrañas y desasimila su propia materia; al mismo tiempo las células de su cuerpo mueren y otras que nacen las reemplazan. En un tiempo más ó menos largo, la materia de su cuerpo se renueva completamente y es sustituída por otros átomos de materia, de suerte que todo organismo es y no es siempre él mismo.
Si se mira esto más de cerca, vemos que los dos extremos de una antinomia, el positivo y el negativo, son tan inseparables como opuestos el uno al otro, compenetrándose mutuamente á pesar de su oposición. Del mismo modo la causa y el efecto son ideas que no tienen valor sino aplicándolas á casos aislados; pero tan pronto como este caso aislado se considera en sus relaciones generales con el resto del Universo, aquéllos se confunden y desaparecen en el encadenamiento de una reciprocidad universal, en que causa y efecto cambian constantemente de lugar, y donde lo que en una parte era causa en cierto instante, es efecto en otra y en otro momento distinto, y viceversa.
Todos estos procesos naturales y métodos intelectuales no entran en el cuadro del pensamiento metafísico. La dialéctica, por el contrario, examina los objetos y sus representaciones intelectuales—las ideas—en su movimiento, en su modo de ser y dejar de ser; los procesos arriba mencionados son otras tantas pruebas de su manera de proceder. La Naturaleza es la demostración de la dialéctica, y debemos declarar en honor de las ciencias naturales, que ellas han proporcionado esta prueba, mediante una larga serie de hechos que aumentan de día en día y que denotan que, en último caso, es la dialéctica, no la metafisica, quien domina en la Naturaleza. Mas como los naturalistas que han aprendido á pensar dialécticamente son raros, el conflicto que surge entre los descubrimientos científicos y el método intelectual ordinario, explica la inextricable confusión de las teorías de la ciencia natural; conflicto que desespera tanto á los maestros como á los discípulos, á los escritores como á los lectores.
Una exacta representación del Universo, de su desarrollo y del de la Humanidad, así como de la reproducción de este desarrollo en el cerebro de los hombres, no puede hacerse sino por medio de la dialéctica, por la constante observación de las infinitas acciones y reacciones, del modo de ser y de no ser, de los progresos y de las degeneraciones. Desde su principio, la filosofía alemana moderna entró en este camino. Kant comenzó su carrera probando que el inmutable sistema solar de Newton y su existencia eterna, una vez impreso el choque inicial, se resolvía en un proceso histórico: en la formación del sol y de los planetas fuera de una masa nebulosa en rotación. Al mismo tiempo dedujo la conclusión de que el hecho del nacimiento del sistema solar implicaba la necesidad de su muerte futura. Esta opinión fué demostrada matemáticamente por Laplace medio siglo después, y, más tarde, el análisis espectroscópico probó la existencia en el espacio de idénticas masas gaseosas incandescentes en diversos grados de condensación.
La nueva filosofía alemana se resumió en el sistema hegeliano, en el que por primera vez, y en esto consiste su mérito, el mundo entero, natural, histórico é intelectual, fué representado como un proceso, es decir, como hallándose en un cambio, transformación y desarrollo constantes, en el cual se trató de encontrar la trabazón intima que hace un todo de este movimiento y de este desarrollo. Desde semejante punto de vista, la historia humana ya no aparecia como una caótica confusión de insensatas violencias, todas igualmente condenables ante el tribunal de la razón filosófica, sino como el proceso del desarrollo de la Humanidad; el problema del pensamiento era seguir la marcha progresiva de ésta á través de sus errores y buscar la ley íntima de estos fenómenos, debidos, en apariencia, á la casualidad.
Poco nos importa que Hegel no haya resuelto este problema. Su mérito consiste en haberlo propuesto. Este problema es de aquellos que ningún individuo puede resolver por sí solo. Aunque Hegel fué, juntamente con Saint-Simón, la cabeza más enciclopédica de su tiempo, estaba no obstante reducido á la extensión, necesariamente circunscrita, de sus propios conocimientos; además de que los conocimientos y las opiniones de su época eran igualmente limitados. Por otra parte, Hegel era idealista, lo que quiere decir que, en vez de considerar sus ideas como los reflejos intelectuales de los objetos y de los movimientos del mundo real, se obstinaba en no considerar los objetos del mundo real y los cambios que sufrían sino como reflejos de sus ideas. Para él, la idea de una cosa preexistía no se sabe dónde, ni cómo, en la cosa misma; el mundo, en resumen, había sido creado á imagen de una idea eterna, y no era otra cosa que la realización de la idea absoluta, que se supone tenía una existencia aparte é independiente del mundo real. Esta manera de ver trastornó completamente las verdaderas relaciones entre el mundo real y las ideas producidas por el cerebro humano, que, después de todo, no es más que un producto de este mundo real. Si el genio de Hegel se muestra á cada paso en su sistema; si en cada una de sus páginas encontramos ideas grandiosas y justas sobre las proposiciones sentadas por la ciencia natural y por la historia de la Humanidad, el sistema en conjunto reproducía el error que le servía de base. Fué un aborto colosal, pero el último de su clase. Además, encerraba en sí una contradicción incurable. Por un lado, Hegel afirma con razón que la historia de la Humanidad es un desarrollo infinito por el hecho mismo de su naturaleza, desarrollo que, por consecuencia, no puede hallar su término final en el descubrimiento de una pretendida verdad absoluta; por otra parte, pretende que su sistema sea el resumen de esta misma verdad absoluta. Un sistema de conocimientos que abrace toda la Naturaleza y la Historia y se detenga de una vez para siempre, se halla en contradicción con las leyes fundamentales del pensamiento dialéctico, las cuales, lejos de excluir, afirman, por el contrario, que el conocimiento sistemático del Universo marcha á pasos agigantados de generación en generación.
Descubierto el error fundamental del idealismo alemán, era forzoso volver al materialismo; pero, bien entendido, no se trataba de una simple vuelta al materialismo metafísico y exclusivamente mecánico del siglo XVIII. Este último, en su ardor revolucionario, había considerado ingenuamente toda la historia pasada como un sinnúmero de crímenes, desaciertos y locuras. El materialismo moderno, al contrario, ve en la historia el desarrollo gradual y frecuentemente interrumpido de la Humanidad, y su misión es descubrir las leyes que la rigen. Los franceses del siglo último, lo mismo que Hegel, consideraban la Naturaleza como un todo invariable, moviéndose en estrechos círculos de revolución; un compuesto de cuerpos celestes eternos, según enseña Newton; con especies inmateriales de seres orgánicos, como dice Linneo. El materialismo moderno resume en un todo los progresos recientes de las ciencias naturales, según los cuales la Naturaleza tiene también su historia en el tiempo; los cuerpos celestes y las especies orgánicas, que en ella pueden vivir en circunstancias favorables, nacen y perecen, y los círculos de revolución adquieren dimensiones mucho mayores. En ambos casos, el materialismo es esencialmente dialéctico, y no tiene nada de común con una filosofía que pretende dominar á todas las otras ciencias. Desde que cada ciencia especial se halla obligada á darse cuenta exacta del lugar que ocupa en el conjunto de hechos naturales é históricos y de nuestros conocimientos sobre esos hechos, toda ciencia particular que tuviere por objeto exclusivo dicho conjunto, sería inútil. A la filosofía, que abrazaba todas las ciencias, no le queda más que una: la ciencia del pensamiento y de sus leyes, la lógica y la dialéctica. Todas las demás se resuelven en la ciencia positiva de la Naturaleza y de la Historia.
Mientras que la revolución en la concepción de la Naturaleza no se efectuaba sino proporcionalmente á la cantidad de materiales positivos suministrados por la ciencia, habíanse efectuado hechos históricos que harían experimentar un cambio decisivo en la concepción de la Historia. El primer levantamiento obrero ocurrió en Lyon en 1831; de 1838 á 1842 el primer movimiento nacional obrero (cartismo inglés) llegó á su punto culminante. La guerra de clases entre proletarios y burgueses entró violentamente en el proscenio de la historia de los pueblos que deciden de los destinos de la Humanidad, y se hizo más pronunciada según aumentaba el desarrollo de la grande industria y de la supremacía política, nuevamente conquistada por la burguesía. Las doctrinas de la economía burguesa, la identidad de los intereses del capital y del trabajo, la armonía universal, la prosperidad general engendrada por la libre concurrencia, fueron brutalmente desmentidas por los hechos. Estos hechos no podían quedar ignorados, ni tampoco el socialismo francés é inglés que, á pesar de sus imperfecciones, era su expresión teórica.
Pero la antigua concepción idealista de la Historia que sobrevivía aún, no conocía ni guerra de clases basada sobre intereses materiales, ni interés material alguno; la producción y todas las relaciones económicas apenas merecían una mirada desdeñosa y furtiva, y sólo se las consideraba como elementos secundarios de la historia de la civilización. Los nuevos hechos imponían un nuevo examen de toda la historia pasada; entonces se vió que la Historia no había sido más que la historia de la lucha de clases; que las clases combatientes habían sido en todas partes y siempre producto del modo de producción y de cambio, en una palabra, de las relaciones económicas de su época; que, por consecuencia, la estructura económica de una sociedad determinada forma siempre la base real que debemos estudiar para comprender la estructura exterior de las instituciones políticas y jurídicas, así como la de las opiniones religiosas, filosóficas y otras que le son propias. Así, el idealismo fué arrojado de su último refugio, de la ciencia histórica, pues ya estaban sentadas las bases de una ciencia histórica materialista. De este debía conmodo quedó abierto el camino que ducirnos á la explicación de la manera de pensar de los hombres de una época dada, por su modo de vivir, en lugar de querer explicar, como se había hecho hasta entonces, su manera de vivir por su modo de pensar.
Pero si el materialismo del siglo XVIII se había hecho incompatible con la ciencia natural moderna y la dialéctica, el Socialismo, tal como se había desarrollado hasta allí, era también incompatible con la nueva ciencia histórica materialista. El Socialismo criticaba, cierto, la producción capitalista y sus consecuencias, pero no la explicaba, y no podía, por tanto, derribarlo teóricamente; sólo podía considerarla como perjudicial.
Mas el problema era, ante todo, determinar el lugar histórico de la producción capitalista en el desenvolvimiento de la Humanidad; probar su necesidad en un período histórico dádo; de aquí, la infalibilidad de su caida futura; y después, poner al descubierto su carácter intimo, oculto aún, pues hasta entonces la crítica se había ocupado más en describir los antagonismos que la producción había producido, que en buscar las causas que determinaban dichos antagonismos. Esto se consiguió con el descubrimiento de la supervalía, quedando demostrado que la apropiación del trabajo no pagado era la forma fundamental de la producción capitalista y de la explotación de los obreros, que acompaña siempre á la producción; demostróse también que el capitalista, al tiempo que paga la fuerza-trabajo del obrero con el valor real que como mercancía tiene en el mercado, extrae, no obstante, de ella más valor que el que ha dado por adquirirla; y, por último, se probó que esta supervalía constituye la suma de valores de donde previene la masa del capital siempre creciente, acumulada en las manos de las clases poseyentes. La manera de proceder de la producción capitalista, así como la producción del capital, quedaron explicadas.
Estos dos grandes descubrimientos: la concepción materialista de la Historia y la revelación del misterio de la producción capitalista por medio de la supervalía, los debemos á Carlos Marx. Ellos hicieron del Socialismo una ciencia, que ahora se trata de elaborar en todos sus detalles y relaciones.
La expresión del gran dialéctico es intraducible; literalmente significa «el mundo se levantaba sobre la cabeza», auf den kopf gestellt wurde. Hegel se sirvió de esta expresión característica al hablar de la Revolución francesa. He aquí ese curioso pasaje:
«Sobre la idea del derecho se ha establecido ahora una Constitución, y sobre ella debe basarse todo en adelante. Desde que el sol brillaba en el firmamento y los planetas describían su órbita alrededor de él, jamás se había visto al hombre «levantarse sobre su cabeza», es decir, basarse en el pensamiento y construir la realidad á su imagen. Anaxágoras dijo el primero que el pensa. miento gobierna el mundo; pero sólo desde la Revolución francesa es cuando el hombre ha llegado á conocer que el pensamiento debe gobernar la realidad intelectual. Aquel fué un esplendente orto de sol; todos los seres pensadores han celebrado esta aurora. Una emoción sublime cruzó por toda aquella época; un entusiasmo de la razón hizo conmover el mundo, como si la reconciliación del mundo y de la divinidad hubiese sido un hecho.»
Estas citas están tomadas de la Memoria enviada por Owen al Gobierno provisional de 1848 y dirigida á los republicanos rojos (red republicans).