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Obras dramáticas

Capítulo 17 de 24

Índice

Tomo III · Capítulo 17

Ion

Obras dramáticas · Eurípides


ARGUMENTO

Enamorado Apolo de Creúsa, hija de Erecteo, rey de Atenas, logró a la fuerza la satisfacción de su deseo arrastrándola a la gruta de Macra, sita en la Acrópolis, en donde después dio a luz el fruto de esta unión, exponiéndolo allí mismo con ciertas señales para ocultar su deshonra; Apolo rogó entonces a Hermes que lo llevase a su templo de Delfos, en donde lo adoptó la Pitia, criándolo como si fuera suyo y destinandolo más tarde al servicio del dios, cuyos tesoros guardaba.

Creúsa, mientras tanto, se había desposado con Juto, hijo de Helén, famoso guerrero auxiliar de los atenienses, con quienes venció a los calcodóntidas de la Eubea, recibiendo, en premio la mano de aquella; mas como no tuviesen hijos que heredaran su cetro y sus riquezas, fueron a Delfos a consultar el oráculo y a rogar a Apolo que se los concediese. El dios respondió a Juto que reconociera como tal al primero que encontrare al salir del templo; y siendo el primero el hijo adoptivo de la Pitia, que lo era realmente de Apolo y Creúsa, Juto lo miró como suyo, y quiso solemnizar tan deseado hallazgo con banquetes suntuosos, a los cuales fueron invitados todos los amigos del hijo hallado, llamado Ion por su padre. Creúsa, sin embargo, sabedora de la respuesta del oráculo, que daba un descendiente a su esposo, dejándola a ella huérfana, resolvió envenenarlo aconsejada de su pedagogo, y al efecto encargó a este que sirviese a los convidados, y que al escanciarles el vino vertiese en la copa de Ion una gota letal de la sangre de Medusa, que Atenea había dado a uno de sus abuelos. El pedagogo obedeció sus órdenes, y ya estaba Ion a punto de apurar la fatal copa, cuando oyó cierto ruido de mal agüero, y la derramó, ofreciendo su libación a la tierra. Casualmente había penetrado en el tabernáculo del festín una bandada de palomas, las cuales bebieron del líquido que habían vertido los convidados, muriendo presa de agudas convulsiones la que gustó del vino de Ion. Este se apoderó entonces del pedagogo, que tan oficiosamente le había asistido en el banquete, y haciéndole confesar su delito, supo la tentativa de envenenamiento de Creúsa, a quien acusó ante la asamblea de próceres de Delfos, los cuales la condenaron a ser precipitada desde las rocas de Delfos. Creúsa, que supo la suerte que le aguardaba, se refugió en el ara de Apolo, asilo seguro y sacrosanto.

Ion se presentó, no obstante, con satélites armados para prenderla, y cuando estaban a punto de arrancarla de allí a viva fuerza, acude la Pitia, que le entrega el cestillo en que lo trajo Hermes, y las prendas que contenía. Al verlas Creúsa, deja el ara y las reconoce como suyas y a Ion como a fruto de su unión con Apolo. Grande fue, pues, la alegría de ambos, y, para colmarla, se aparece Atenea profetizando a Ion las glorias reservadas a su nombre y a sus hijos.

Desde luego se comprende que esta obra dramática de Eurípides no es propiamente una tragedia, sino lo que hoy se apellida un drama entre los críticos modernos, en su acepción más estricta. Fundado, como tantos otros, en una ἀναγνώρισις, o reconocimiento de un hijo, es notable en más de un concepto por lo perfecto del plan, por los caracteres de los personajes, y por las bellezas particulares que encierra, hijas del buen gusto y del talento dramático del poeta. Es lástima, sin duda, que Juto sea engañado a un tiempo por Apolo, por Creúsa, su esposa, y por Ion, cuando, según nuestras ideas, nada tenga de lisonjero el papel que se le hace representar. Adviértase, no obstante, que los griegos no pensaban en este particular como nosotros, y que en más de una ocasión, y en las mismas tragedias de Eurípides (véase el Heracles Furioso), los mortales se muestran muy complacidos de compartir con un inmortal el lecho en que descansa su esposa. Lo peor es que el antojo libidinoso de un dios sea causa de la violación de una doncella, de la separación de la madre y del hijo, y de las consecuencias que trae. Tampoco parece laudable el propósito de Creúsa de envenenar a Ion, y el de este de arrancar a su madre del ara, cuando tan religioso se muestra en todo el poema, y a pesar de las violentas y poderosas pasiones que mueven a ambos. Así y todo, no puede negarse que el carácter de este último, su piedad y mansedumbre, sus apacibles costumbres y santa vida, la resignación con que sufre su suerte, su deseo de averiguar quiénes fueran sus padres, el sentimiento que le aqueja cuando se ve obligado a dejar el servicio del dios para heredar una corona, y su respeto a Juto y a Creúsa cuando los reconoce como a sus padres, nos interesan en alto grado, revelándonos en sus distintas fases la pureza de su alma y los dulces afectos que la alientan. Cuando se queja de la conducta de Apolo, lo hace con dolor y como contra su voluntad, y cuando duda de la veracidad de su madre, procura siempre expresar sus recelos y sospechas sin ofenderla. También es raro, conocidas las tendencias filosóficas y antipoliteístas de Eurípides, que, encontrando ocasión tan propicia para explanarlas, se contente con hacer algunas indicaciones o envolverlas en el fondo del argumento. En general, la poesía de esta composición es fácil, amena y esencialmente helénica, brillando en algunos cantos del coro con vivísima luz e imponderable armonía. A nuestro juicio, la escena más bella es la del reconocimiento de Creúsa e Ion.

En cuanto a la época de su representación, únicamente debemos decir que nada se sabe de positivo, y que las conjeturas en que se apoyan para indicarla, así Hermann como Théob. Fix y otros, no dejan de ser, al menos en nuestro concepto, simples presunciones individuales que distan mucho de convencernos. En efecto; conocido el amor con que los atenienses y sus poetas hablan siempre de su ciudad, de sus fundadores y de los progenitores de su raza; sabido el intolerante exclusivismo con que miraban a los extranjeros y la tradición popular en este pueblo, que se tenía por autóctono o indígena, no daremos gran peso a las alusiones que se han creído percibir a la época en que la distribución entre las ciudadanos de cierta cantidad de granos, traídos de la Eubea, produjo alguna recrudescencia contra los que no disfrutaban de los derechos de ciudadanía, haciendo emigrar a muchos millares de ellos. ¿Por qué razón apoyarnos en tan frágiles indicios cuando es poco lo que se dice a favor de la autoctonía de los atenienses, poco también y a la ligera lo que se increpa a los extranjeros, nada odioso el papel que Juto representa, y, por último, cuando en otras tragedias de Eurípides se dice tanto o más contra ellos? Hacer gala de erudición a costa de la sana lógica no nos parece razonable. Lo mismo decimos de otra presunción, según la cual debió representarse hacia la Olimp. 97, 4 (478 años antes de Jesucristo), porque se ha creído ver otra alusión en las palabras del protagonista de la tragedia al coro describiéndole los cuadros que adornan el pórtico del templo de Apolo, y al presente que los atenienses hicieron a este dios, construyendo a sus expensas un nuevo pórtico, poco después de la victoria que ganó Formión a los lacedemonios. Lo primero que se ha de probar es que el pórtico descripto por Ion y el edificado por los atenienses en la época mencionada son uno mismo, lo cual dista mucho de ser fácil, y mientras esto no se haga, tal indicación no deja de ser una de las infinitas visiones de arqueólogos y eruditos, muchas veces los poetas fantásticos de la Historia.

PERSONAJES

Hermes.

Ion, hijo de Apolo y de Creúsa.

Coro de esclavas de Creúsa.

Creúsa, reina de Atenas.

Juto, su esposo.

Un anciano, pedagogo de Creúsa.

Una esclava de Creúsa.

La Pitia o sacerdotisa de Apolo.

Atenea.

La acción es en Delfos, ante el templo de Apolo.


Se ve el vestíbulo del templo, y delante del pórtico las estatuas de Febo y Artemisa. En el tímpano del frontón, esculpidas y pintadas, las luchas de Heracles y la Hidra y la de Belerofonte y la Quimera, y en el muro la batalla de los Gigantes.

HERMES (saliendo del bosquecillo contiguo).

Atlas,1 que sustenta en sus férreos hombros el cielo, antigua mansión de los inmortales, engendró en una diosa2 a Maya,3 mi madre; yo soy, pues, Hermes, servidor de Zeus, el más poderoso de todos los dioses. He venido a esta tierra de Delfos, en donde Febo, en el centro de nuestro globo,4 anuncia siempre a los hombres lo presente y lo futuro. Hay una ciudad griega, no innoble, llamada como Palas, la de la dorada lanza,5 en donde Febo poseyó por fuerza a Creúsa, la hija de Erecteo,6 en el lugar llamado Macra por los soberanos del Ática, rocas septentrionales situadas bajo la ciudadela. Ignorándolo su padre (que así plugo al dios), llevó la carga de su vientre y a su tiempo dio a luz un niño en su palacio, y lo llevó a la misma gruta en donde fue concebido, exponiéndolo a la muerte en un cestillo redondo, según costumbre de sus antepasados, y de Erictonio, el hijo de la Tierra; y la hija de Zeus, para defenderlo, envió allí dos dragones y lo dio a guardar a las hijas de Aglauro.7 En recuerdo de este suceso, los erecteidas crían a sus hijos ceñidos de serpientes doradas.8 Pero Creúsa, suponiendo que moriría, lo adornó con sus mismas galas. Mi hermano Febo me rogó entonces así: «Ve, ¡oh hermano!, a la ínclita Atenas, en donde habita un pueblo indígena, a la ciudad de Palas, que tú conoces, y sacando al niño recién nacido de la gruta, en el mismo cesto que lo contiene y sin tocar a sus envolturas, tráelo a mi fatídico templo de Delfos, y déjalo a la entrada. Yo cuidaré de lo demás, porque has de saber que es mi hijo». Y yo, queriendo hacer este favor a mi hermano Apolo, me apoderé del cesto entretejido, y dejé al niño a la entrada de este templo, abierto el redondo cestillo, para que se viese. Y cuando el sol subía dando vueltas, entró la sacerdotisa y, al mirar al niño, se quedó sorprendida, creyendo que alguna joven de Delfos había sido bastante osada para exponer en la mansión divina el fruto de su vientre. Quiso primero arrojarlo de allí; pero se compadeció de él y no fue tan cruel, porque el dios protegía al niño, y no consintió que lo echasen. Y adoptándolo lo crio, e ignora que su padre es Febo, y cuál haya sido su madre, y nada más sabe. Mientras fue niño vivió de las ofrendas, y vagaba jugando; cuando llegó a ser hombre, los de Delfos lo hicieron guardián de las riquezas del dios y su fiel cuestor, y en el templo ha llevado hasta ahora santa vida. Entonces se casó su madre Creúsa con Juto, a consecuencia de la guerra que estalló entre los atenienses y los calcodóntidas,9 habitantes de la tierra eubeica, que concluyó Juto con la fuerza de las armas, aunque no indígena, pero que era, sin embargo, oriundo de la Acaya y descendiente de Eolo, hijo de Zeus. Mucho tiempo llevan de matrimonio, y hasta ahora no han engendrado hijos, y por esta causa han venido a consultar el oráculo de Apolo, deseosos de tenerlos. Y Apolo lo ha dispuesto así, y no a ciegas, según se cree; y cuando entre en el templo, dará a Juto su hijo, y le dirá que es de él, para que sea reconocido por Creúsa a su vuelta al hogar materno, y permanezca oculta su unión con Apolo, y obtenga su hijo la herencia que le corresponde. Cuidará de que los griegos le llamen Ion, fundador de la región asiática.10 Pero entraré en este templo laurífero para saber lo que hay resuelto acerca del niño. Aquí veo al hijo de Apolo que sale a limpiar la puerta con ramas de laurel, y yo, el primero de los dioses, lo llamo Ion desde ahora. (Ocúltase en el bosquecillo de laurel).

ION (que sale del templo).

Ya el sol pasea por la tierra este carro esplendente de cuatro caballos, y los astros huyen por el aire de su fuego a refugiarse en el seno de la sagrada noche; las cumbres inaccesibles del Parnaso brillan a la vista de los hombres, alumbradas por las ruedas, que traen el día, y el humo de la seca mirra llena el templo de Febo; la délfica sacerdotisa se sienta en el santo trípode, cantando a los griegos los oráculos que Apolo inspira. Id, pues, ministros del delfín Febo, a las ondas argentadas de Castalia,11 y, lavándoos en sus puras aguas, volved al templo y guardad religioso silencio para que vuestra lengua anuncie favorables presagios a los que vienen a consultar el oráculo. Nosotros, cumpliendo con el deber que acatamos desde niños, purificaremos el vestíbulo del templo de Apolo con ramas de laurel y guirnaldas entretejidas, y humedeceremos el suelo con nuestras líquidas gotas, y ahuyentaremos con nuestras saetas las bandadas de aves que ofenden a los sagrados presentes, porque siendo hijo de padres desconocidos, venero solo a la mansión divina de Febo, en donde me he criado.

Estrofa. — Bellísimo laurel que barres el arca del templo de Febo, recién cortado de jardines inmortales, en donde bullen aguas sagradas de perenne corriente, y hojas, también sagradas, de mirto, con que purifico cada día este santo suelo, así que el sol extiende sus ligeras y brillantes alas. ¡Oh Peán, Peán bienaventurado,12 bienaventurado seas, oh hijo de Leto!

Antístrofa. — ¡Oh Febo! Sírvote y cuido de tu morada fatídica; honroso ministerio es para mí trabajar por los dioses inmortales, no por los mortales, y no me molesta cumplir tan gloriosos deberes. Febo es el padre que me engendró; yo lo alabaré por haberme criado, y este templo, en donde habita y me dispensa sus dones, hará para mí las veces de padre. ¡Oh Peán, Peán bienaventurado, bienaventurado seas, oh hijo de Leto!; pero acabaré de barrer con el laurel, y regaré la tierra con el agua de los dorados vasos que corre de la fuente Castalia, derramando sus frescas ondas, ya que duermo en casto lecho. ¡Ojalá que nunca deje el servicio de Febo, o que, si lo abandono, sea con buena suerte! ¡Ea..., ea!

Estrofa 2.ª — Ya vienen, ya dejan las aves su morada del Parnaso. Os anuncio que no os acerquéis a las almenas ni a este templo, rico en oro. Te alcanzarán mis saetas, ¡oh mensajera de Zeus!,13 que con tu fuerte y corvo pico vences a las demás aves. He aquí este otro cisne que se dirige hacia los atrios. ¿No moverás hacia otro lado tus pies rojos? No te libertará de mis saetas la melodiosa cítara de Febo.14 Pasa a todo vuelo; entra en la laguna de Delos; derramaré tu sangre e interrumpiré tus cantos suaves si no obedeces.

Antístrofa 2.ª — ¡Hola, hola! ¿Cuál es esta nueva ave que llega? ¿Hará bajo sus almenas el nido de leña y paja para sus hijuelos? La alejará de aquí el silbido de las flechas. ¿No obedecerás? Vete; procrea tus hijos en los remolinos del Alfeo, o en la selva istmia,15 y no ofendas los presentes y el templo de Febo. Temo, no obstante, mataros, porque anunciáis a los mortales las órdenes de los dioses; pero no faltaré a mis deberes ni dejaré de venerar nunca a los que me criaron. (El coro de mujeres de Atenas, servidoras de Creúsa, dividido en dos semicoros, aparece en la escena).

PRIMER SEMICORO (ante el pórtico).

Ni en la divina Atenas hay tan bellas columnatas en templos de los dioses, ni en el de Apolo Agieo;16 luz bella y resplandeciente brilla en ambas fachadas de la morada de Loxias, hijo de Leto.

SEGUNDO SEMICORO (mirando las pinturas del frontón).

Mira esta pintura, que representa al hijo de Zeus,17 dando muerte con su dorada y corva espada a la hidra Lernea; mírala, amiga, con tus ojos.

PRIMER SEMICORO

Ya la veo. Y otro, junto a él, levanta la ardiente antorcha.18 ¿Quién es? ¿Es el escudero Yolao, el representado en mis labores mujeriles,19 el que acompañó en sus trabajos al hijo de Zeus?

SEGUNDO SEMICORO

Pero mira al otro cabalgando en caballo alado, que mata a la robusta fiera de tres cuerpos, que arroja llamas.20 (Los dos semicoros penetran en la columnata del pórtico).

PRIMER SEMICORO

Hacia todas partes miro y contemplo en los muros de piedra la batalla de los Gigantes.

SEGUNDO SEMICORO

La admiramos, ¡oh amigas!...

PRIMER SEMICORO

¿Ves a aquella que vuelve su gorgóneo escudo contra Encélado?

SEGUNDO SEMICORO

Veo a Palas, mi diosa.

PRIMER SEMICORO

¿Cómo, pues? ¿Ves el ardiente rayo impetuoso que lanzan las manos de Zeus, que hieren desde lejos?

EL SEMICORO

Ya lo veo; abrasa con su fuego al horrible Mimas.21 Y Bromio o Dioniso, que da muerte a uno de los hijos de la Tierra con sus débiles férulas,22 coronadas de yedra. (Júntanse los dos semicoros.)

EL CORO (a Ion, que está a la puerta del templo).

A ti digo, que estás a la puerta del templo, ¿pueden mis blancos pies pisar sus umbrales y entrar?

ION

No es lícito, ¡oh extranjeras!

EL CORO

¿Ni oiré de tu boca palabra alguna?

ION

¿Qué quieres oír?

EL CORO

¿Es verdad que el templo de Febo está en el centro de la Tierra?23

ION

Sí, adornado de guirnaldas y cerca las Gorgonas.

EL CORO

Así dice también la fama.

ION

Si delante del templo derramasteis sangre, y deseáis saber algo de Febo, entrad en los atrios; pero si no habéis sacrificado ovejas, no penetréis en la nave.

EL CORO

Ya sé lo que debo hacer: no desobedeceremos las órdenes del dios, y se deleitarán nuestros ojos examinando por el templo.

ION

Observad lo que sea lícito.

EL CORO

Mis señores me dieron licencia para ver esa mansión del dios.

ION

¿A qué familia servís?

EL CORO

En donde Palas habita se criaron mis dueños. (Llega Creúsa). Pregunta a mi señora, que es esta que ves aquí.

ION

Noble eres, en verdad; es dulce tu belleza, sin duda como tus costumbres, quienquiera que seas, ¡oh mujer! Fácil es decidir con solo ver a la mayor parte de los hombres, si su prosapia es ilustre. ¿Qué es eso? Me sorprende que cierres tus ojos y que las lágrimas surquen tus nobles mejillas, aunque has contemplado el santo oráculo de Apolo. ¿Cuál es la causa de tu tristeza, ¡oh mujer!? Cuando se alegran todos los que miran el templo del dios, lloran tus ojos.

CREÚSA

No es extraño, ¡oh extranjero!, como dices, que te sorprendan mis lágrimas; yo, al ver este templo de Apolo, he evocado antiguas memorias, y mi alma vaga ahora en mi hogar, aunque esté presente mi cuerpo. (Aparte). ¡Oh mujeres desdichadas! ¡Oh injustos dioses! ¿Y qué hemos de hacer? ¿En dónde buscaremos nuestros soberanos y nuestros jueces si nos injurian y nos pierden?

ION

¿Por qué te afliges, ¡oh mujer!, por causas que nos está vedado investigar?

CREÚSA

Por nada; aflojé ya el arco; en cuanto a lo demás, me callo, y te ruego que no te cuides más de ello.

ION

Pero ¿quién eres?, ¿de dónde has venido?, ¿cuál es tu patria?, ¿cuál el nombre que he de darte?

CREÚSA

Creúsa es mi nombre, y Erecteo mi padre; mi patria es la ciudad de los atenienses.

ION

Ilustre, ¡oh mujer!, es la ciudad que habitas, y nobles los padres que te educaron. Yo te respeto.

CREÚSA

En cuanto a eso, somos felices, ¡oh extranjero!; no en otras cosas.

ION

Por los dioses te ruego; ¿es acaso cierto, como la fama cuenta entre los hombres...?

CREÚSA

¿Qué preguntas, extranjero? Deseo saberlo bien.

ION

¿Nació acaso de la Tierra el abuelo de tu padre?

CREÚSA

Sí, Erictonio; pero de nada me sirve la alteza de mi linaje.

ION

¿Y se lo llevó Atenea?

CREÚSA

En sus manos virginales, aunque no fuese su madre.24

ION

¿Y lo entregó como suele representarlo la pintura?

CREÚSA

A las hijas de Cécrope, para que lo guardasen, no para sanar sus ojos.

ION

Oí decir que las vírgenes abrieron el cofrecillo de la diosa.

CREÚSA

Y por eso murieron, llenando de sangre las piedras.

ION

Vamos, y ¿qué hay de verdad en esto? ¿Ese rumor es cierto o no?

CREÚSA

¿Qué preguntas? No me molesta este descanso.

ION

¿Mató tu padre Erecteo25 a tus hermanas?

CREÚSA

Siendo vírgenes, osó sacrificarlas por la patria.

ION

¿Y cómo te salvaste tú sola?

CREÚSA

Tenía pocos años, y estaba en los brazos de mi madre.

ION

¿Y es verdad que se abrió la tierra y se tragó a tu padre?

CREÚSA

Perdiéronle las heridas que le hizo el tridente de Poseidón.

ION

¿Y se llama Macra el lugar en donde ocurrió esa catástrofe?

CREÚSA

¿Por qué me interrogas así? ¡Qué recuerdo traes a mi memoria!

ION

Pitio y sus resplandores lo honran.

CREÚSA

Hónralo, y no debía honrarlo; ¡ojalá que nunca lo hubiese visto!

ION

¿Cómo, pues? ¿Lo aborreces tú, siendo tan grato al dios?

CREÚSA

De ninguna manera; tengo noticia de cierta afrenta que se cometió en esa gruta.

ION

¿Qué ateniense se casó contigo, ¡oh mujer!?

CREÚSA

No fue ciudadano, sino un extranjero advenedizo.

ION

¿Quién? ¿Sin duda algún noble?

CREÚSA

Juto, que desciende de Eolo y de Zeus.26

ION

¿Pero cómo logró tu mano siendo extranjero y tú indígena?

CREÚSA

Hay una región, llamada la Eubea, próxima a Atenas.

ION

Y la mar, según dicen, las separa.

CREÚSA

La sometió guerreando con los hijos de Cécrope.

ION

¿Vino como auxiliar, y se casó después contigo?

CREÚSA

Sí; tal fue el premio que ganó en la guerra; tal su bélica dote.

ION

¿Has venido sola a consultar el oráculo, o en compañía de tu esposo?

CREÚSA

Con él; pero fue hace poco a la cueva sagrada de Trofonio.27

ION

¿A verla, o a consultar al oráculo?

CREÚSA

Deseoso de oír la misma respuesta de él y de Febo.

ION

¿Vinisteis en demanda de frutos de la tierra, o de hijos?

CREÚSA

No los tenemos, aunque hace mucho tiempo que estamos casados.

ION

¿Y nunca diste a luz a ninguno? ¿Ninguno tienes?

CREÚSA

Febo sabe que soy estéril.

ION

¡Oh desventurada! Aunque feliz en todo, no lo eres en esto.

CREÚSA

Pero ¿quién eres tú? ¡Cómo me place llamar dichosa a tu madre!

ION

Soy y me apellidan siervo del dios, ¡oh mujer!

CREÚSA

¿Ofrenda de alguna ciudad, o comprado para su servicio?28

ION

Solo sé que me llaman servidor de Febo.

CREÚSA

Yo también, ¡oh extranjero!, te compadezco ahora.

ION

Ignoro quién me diera a luz, y cuál sea mi padre.

CREÚSA

¿Habitas en este mismo templo, o en tu casa?

ION

Todo el templo del dios es mío, y duermo en donde me sorprende el sueño.

CREÚSA

¿Viniste niño a él, o ya adolescente?

ION

Los que deben saberlo dicen que no hablaba.

CREÚSA

¿Y cuál de las mujeres délficas te alimentó con su leche?

ION

Nunca conocí nodriza; pero a la que me crio...

CREÚSA

¿Cuál fue, ¡oh desventurado!? ¡Cómo, llena de aflicción, encuentro otros también afligidos!

ION

A la sacerdotisa de Febo la miro como a madre.

CREÚSA

Y cuando llegaste a la edad viril, ¿cómo vivías?

ION

Con las ofrendas de los altares y los dones de los peregrinos, que nos visitaban con frecuencia.

CREÚSA

¡Madre desdichada, quien quiera que sea!

ION

Acaso he sido fruto de algún amor culpable.

CREÚSA

¿Y cuentas con otros recursos? Buenos son tus vestidos.

ION

Gracias a las ofrendas del dios a quien sirvo.

CREÚSA

¿No has intentado averiguar quiénes pueden ser tus padres?

ION

No tengo el más leve indicio que me guíe, ¡oh mujer!

CREÚSA

¡Ay! Alguna otra madre hay semejante a la tuya.

ION

¿Cuál? Si su infortunio es igual al mío, ambos nos alegraremos.29

CREÚSA

Es la que me obliga a adelantarme ahora a mi esposo.

ION

¿Y con qué objeto? Yo la serviré, ¡oh mujer!

CREÚSA

Con deseo de que un oráculo de Febo explique cierto misterio.

ION

Habla; yo cuidaré de lo demás.

CREÚSA

Oye, pues; pero tengo vergüenza.

ION

Entonces nada conseguirás; la vergüenza es deidad negligente.

CREÚSA

Cierta amiga mía dice que la poseyó Febo.

ION

¿Febo a una mortal? No lo digas, ¡oh extranjera!

CREÚSA

Y que del dios tuvo un hijo, ignorándolo el padre de la desdichada.

ION

De ningún modo; se avergüenza de su falta, obra de algún hombre.

CREÚSA

Ella lo niega, y cometió después un delito deplorable.

ION

¿Qué hizo, si se desposó con un dios?

CREÚSA

Expuso al hijo que parió.

ION

¿Y en dónde está ese expósito? ¿Ve acaso la luz?

CREÚSA

Nadie lo sabe; tal es mi consulta al oráculo.

ION

Si, pues, no existe, ¿cómo pereció?

CREÚSA

Créese que las fieras mataron al desventurado.

ION

¿Y en qué se fundan para pensar así?

CREÚSA

Cuando volvió al lugar en que lo expuso, no lo encontró.

ION

¿Había cerca rastro de sangre?

CREÚSA

Lo niega, aunque examinó el suelo con cuidado.

ION

¿Cuánto tiempo hará que desapareció ese niño?

CREÚSA

Tendría tu misma edad si viviera.

ION

Injusto fue con ella el dios. ¡Pobre madre!

CREÚSA

Y después no tuvo más hijos.

ION

¿Lo habrá arrebatado Febo para criarlo?

CREÚSA

No obra justamente si él solo disfruta de un goce que debiera ser común a ambos.

ION

¡Ay de mí! ¡Parecida es su desgracia a la mía!

CREÚSA

Creo que tú también, ¡oh extranjero!, suspiras por una madre mísera.

ION

No me recuerdes un dolor ya olvidado.

CREÚSA

Me callaré; pero prepárate a responder a mis preguntas.

ION

¿Sabes acaso lo que más debe afligirte de todo eso?

CREÚSA

¿Deja de ser todo igualmente aflictivo?

ION

¿Cómo es posible que el dios revele lo que desea ocultar?

CREÚSA

Sin duda lo hará, si el trípode en que se sienta sirve a toda la Grecia.

ION

Se avergonzará; no se lo preguntes.

CREÚSA

Y mientras tanto sufre la víctima de esa desgracia.

ION

No hay quien te vaticine lo que deseas. Convicto de un crimen en su mismo templo, con razón castigará al que te declare sus oráculos. Aléjate, mujer, que no se ha de preguntar al dios lo que le ofenda.30 Porque sería el colmo de la demencia obligar a los inmortales a decir lo que no quieren, ya sacrificando ovejas en sus aras, ya observando las aves. Vanos son los bienes que logramos, ¡oh mujer!, cuando a la fuerza y contra su voluntad los arrancamos de los dioses, y solo nos aprovechan los que voluntariamente nos conceden.

EL CORO

Muchas y diversas son las calamidades humanas, muchos los hombres que las sufren; casi nunca conseguirán en vida felicidad perpetua.

CREÚSA

¡Oh Febo!, ni antes fuiste justo, ni ahora lo eres con la amiga ausente, a quien defiendo. Ni salvaste a su hijo cuando debías, ni siendo adivino responderás a su madre, que por él te pregunta para que le labre un sepulcro si ya no existe, y si vive para abrazarlo al fin. Pero es menester dejarlo si el dios me prohíbe saberlo. Yo, ¡oh extranjero!, veo acercarse a mi noble esposo Juto, que viene de la gruta de Trofonio; cállalo todo en su presencia, no sufra alguna afrenta por tratar de estos misterios y el vulgo los sepa, no como nosotros podríamos explicárselos. Amarga es la suerte de la mujer, y nos odian los hombres sin distinguir las buenas de las malas;31 ¡tanta es nuestra desventura!

JUTO (que llega de la gruta de Trofonio).

Que el dios reciba mi primer saludo, y tú también, ¡oh esposa! ¿Te inquietaba acaso mi tardanza?

CREÚSA

Nada de eso; has llegado a tiempo para evitarlo: dime el oráculo que has oído en la gruta de Trofonio y el medio de lograr algún fruto de nuestra unión.

JUTO

No quiso anticiparse al oráculo del dios; solo dijo que ni tú ni yo volveríamos a nuestra patria sin hijos, después de consultar a Apolo.

CREÚSA

¡Oh venerable madre de Febo!, que nuestra venida redunde en nuestro bien y que seamos más afortunados que antes con tu hijo.32

JUTO

Así sea. ¿Pero cuál es el profeta del dios?

ION

Yo solo cuido de la parte exterior del templo, y de la interior otros, que se sientan cerca del trípode, ¡oh extranjero!, notables de Delfos, elegidos por la suerte.

JUTO

Bien; ya estoy enterado de cuanto deseaba saber. Entraré, porque, según oigo, ya se sacrificó la víctima que los extranjeros deben inmolar a la entrada; quiero, en este funesto día, oír los oráculos del dios. Tú, mujer, toma las ramas de laurel y suplica ante las aras para que desde aquí, según me han profetizado, lleve a mi patria feliz prole. (Entra en el templo).

CREÚSA

Así sea, así sea. Si al menos quiere ahora Apolo enmendar sus anteriores yerros, aunque no nos favorezca cuanto puede, acogeré solícita sus órdenes, que al fin es dios. (Retírase hacia la ciudad).

ION

¿Por qué esta extranjera siempre habla a Febo en términos enigmáticos y parece reconvenirle por lo bajo o por afecto a la que le encarga consultarlo, o callando algo que le conviene? Pero ¿por qué siento esta inquietud por la hija de Erecteo, cuando nada me interesa? Iré con estos vasos de oro, y llenaré de agua los destinados a las aspersiones. Paréceme, sin embargo, que no es justo Apolo si abandona a las vírgenes a quienes posee a la fuerza, y deja morir a los hijos que en ellas engendra. No seas así, sino practica la virtud, ya que eres nuestro soberano. Si alguno delinque, los dioses le castigan. ¿Cómo, pues, vosotros, que dais leyes a los mortales, seréis los primeros en despreciarlas? Y si (lo que no será, aunque mis labios osen proferirlo) imponéis graves penas a los violadores de mujeres, tú y Poseidón y Zeus, que reina en el cielo, os veréis obligados a despojar vuestros templos para pagar los estupros33 que cometisteis. Injustos sois abandonándoos a esos goces, sin cuidaros de nada. Ya no se deben expiar los delitos humanos si imitamos a los dioses, sino solo a nuestros maestros. (Vase).

EL CORO

Estrofa. — Yo te invoco, ¡oh Atenea!, mi dueña, que nunca viste a Ilitía34 en los dolores del parto, y naciste, por obra del titán Prometeo, de la cabeza de Zeus,35 y a ti, ¡oh Victoria36 veneranda!, ven al templo Pítico volando desde los dorados tálamos del Olimpo, adonde, en su mansión divina, situada en el centro de la tierra, Febo pronuncia oráculos en el trípode tan visitado de coros; tú y la hija de Leto sois dos diosas, dos vírgenes castas, hermanas de Febo. Pedid, ¡oh doncellas!, que al antiguo linaje de Erecteo concedan oráculos explícitos larga, aunque tardía descendencia.

Antístrofa. — Firme base de la mayor felicidad es para los mortales contemplar en el hogar paterno juventud florida y brillante, bellos hijos que recibirán después de sus padres riquezas hereditarias para transmitirlas a los suyos. En la adversidad nos protegen y en la prosperidad nos llenan de alegría, y con sus armas sirven a su patria y la salvan en sus peligros. Yo prefiero educar buenos hijos a las riquezas y a los regios palacios. Odio la vida sin ellos, y reprendo a quienes la desean; con fortuna modesta vivo yo feliz en su compañía.

Epodo. — ¡Oh morada de Pan37 y peñasco vecino a la cavernosa Macra, en donde, formando coros y en el verde prado, delante del templo de Palas, danzan las tres hijas de Aglauro al compás, ¡oh Pan!, de tu melodiosa flauta cuando la haces sonar en tu gruta, en la cual cierta doncella desventurada dio a luz un hijo de Febo, abandonándolo a la voracidad de las aves y al sanguinario apetito de las fieras, triste prenda de amor infausto! Ni vi en tejido alguno, ni la tradición dice tampoco que fueran afortunados los hijos de los dioses.

ION

Esclavas que cercáis los umbrales de este santo templo aguardando a vuestro señor, ¿dejó ya Juto el sagrado trípode, sabido el oráculo, o continúa ansioso de remediar allí su orfandad?

EL CORO

Dentro está, ¡oh extranjero!; aún no ha salido; pero suenan las puertas como si saliese, y, en efecto, ya lo veo fuera del templo.

JUTO (transportado de alegría, saluda a Ion al dejar el templo).

Salve, ¡oh hijo!, que tales deben ser mis primeras palabras.

ION

En salvo estamos; que la sabiduría os ilumine, y así nos irá bien a los dos.

JUTO

Trae tu mano para que la bese, y tu cuerpo para que lo abrace.

ION

¿Estás, ¡oh extranjero!, en tu juicio, o dios te hace delirar?

JUTO

Bien sé lo que hago deseando besarte y habiéndose realizado mis votos más fervientes.

ION

Apártate; no ajen tus manos, al tocarme, las coronas del dios.

JUTO

Te abrazaré, y no a la fuerza, que al fin encuentro lo que más anhelo.

ION (arrancándose de los brazos de Juto).

¿No te retirarás, si no quieres que mis flechas atraviesen tu pecho?

JUTO

¿Por qué me huyes, cuando encuentras a quien tanto amas?

ION

No me agrada devolver el juicio a extranjeros ineptos e insensatos.

JUTO

Mata y abrasa; asesinarás a tu padre si así lo haces.

ION

¿Cómo has de ser mi padre? ¿No es esto ridículo?

JUTO

De ningún modo; lo que voy a decirte te lo probará.

ION

Pero ¿qué dices?

JUTO

Soy tu padre, y tú mi hijo.

ION

¿Quién lo ha asegurado?

JUTO

Apolo, que te crio siendo tú mío.

ION

Tú solo afirmas, no otro testigo.

JUTO

Solo refiero el oráculo del dios después de conocido.

ION

Te engaña algún enigma.

JUTO

¿No oí acaso bien?

ION

¿Cuáles fueron las palabras de Febo?

JUTO

Que aquel que saliese a mi encuentro...

ION

¿En dónde?

JUTO

Al salir del templo del dios...

ION

¿Qué le ha de suceder?

JUTO

Es mi hijo.

ION

¿Verdaderamente, o solo como don que te hacía?

JUTO

Como don suyo y fruto, además, de mi matrimonio.

ION

¿Y yo he sido el primero que encontraste al paso?

JUTO

No otro, hijo.

ION

Y al cabo, ¿de dónde viene esta dicha?

JUTO

Igual es nuestra sorpresa.

ION

Vamos, ¿cuál fue mi madre?

JUTO

No puedo afirmarlo.

ION

¿Ni tampoco Febo?

JUTO

Gozoso con lo que ya sabes, no le pregunté más.

ION

¿La tierra ha sido, pues, mi madre?

JUTO

No engendra hijos.38

ION

¿Y cómo lo sería yo?

JUTO

No lo sé, pero el dios lo dice.

ION

Vaya; hablemos de otra cosa.

JUTO

Mejor es hablar de esto, ¡oh hijo!

ION

¿Te deslizaste acaso en algún lecho ilegítimo?

JUTO

Quizá en la época de mis extravíos juveniles.

ION

¿Antes de casarte con la hija de Erecteo?

JUTO

Nunca después.

ION

¿Me engendrarías acaso entonces?

JUTO

Según parece, debió ser hacia ese tiempo.

ION

Si fue así, ¿cómo vine aquí?

JUTO

Lo ignoro.

ION

¿Andando un trayecto tan largo?

JUTO

Esto me hace también dudar.

ION

¿Has estado antes en la roca Pítica?

JUTO

Sí; para celebrar las orgías de Dioniso.

ION

¿Y quién te dio hospitalidad?

JUTO

El que a las doncellas de Delfos...39

ION

¿Te hizo acompañar? ¿Qué dices?

JUTO

Sí, a las Ménades de Dioniso.

ION

¿Sobrio o ebrio?

JUTO

Entregado a los placeres de Dioniso.

ION

¿Entonces, sin duda, lo engendraste?

JUTO

Lo reveló el Destino, ¡oh hijo!

ION

Pero ¿cómo vine a parar a este templo?

JUTO

Quizá exponiéndote esa doncella.

ION

Librémonos de la esclavitud.

JUTO

Abraza ahora a tu padre, ¡oh hijo!

ION

Conviene no desobedecer al dios.

JUTO

Bien piensas.

ION

¿Y que más puedo desear...

JUTO

Ahora discurres como debes.

ION

Que haber nacido del hijo de Zeus?

JUTO

Tal es tu suerte.

ION

¿Abrazaré, pues, al que me engendró?

JUTO

Sí, obedeciendo al dios.

ION (abrazando a Juto).

Salve, pues, ¡oh padre!

JUTO

Acepto tan dulce nombre.

ION

Y este día...

JUTO

También me ha hecho feliz.

ION

¡Oh madre amada!, ¿nunca he ver tu faz? Más deseo conocerte ahora que antes, quienquiera que seas. Pero quizás hayas muerto, y no será posible.

EL CORO

También participamos nosotros de la dicha de la familia;40 pero quisiera que mi señora fuese feliz con sus hijos y todos los descendientes de Erecteo.

JUTO

Insigne favor del dios ha sido encontrarte, ¡oh hijo!, y consentir que nos juntáramos, y no menos señalado el que te hizo dándote lo que más anhelabas, cuando nada sabías. Tu razonable deseo es también el mío, ¡oh hijo!: que logres ver a tu madre, y yo a la mujer en quien te engendré. Dejémoslo, pues, al tiempo, que acaso nos lo conceda. Ahora dejarás la tierra del dios y tu incierta vida, y vendrás a Atenas dócil a los ruegos de tu padre, en donde te aguardan cetro venturoso y grandes riquezas; no sufrirás ya dos males a un tiempo, ni te llamarán villano y miserable, sino noble y opulento. ¿Callas? ¿Por qué fijas en tierra tus ojos y te abandonas a profundas meditaciones, y renunciando a tu anterior alegría inspiras a tu padre serios temores?

ION

No es lo mismo contemplar las cosas desde lejos que tocarlas. Pláceme la fortuna de encontrarte; pero oye lo que pienso: dicen que los ilustres atenienses son indígenas,41 y no han venido de otro país, por cuya razón sufriré dos males, que me miren como hijo bastardo y de padre extranjero. Y así deshonrado, si valgo poco, me despreciarán, y si obtengo los cargos más elevados y quiero darme importancia, me odiará el pueblo; aborrecidos son siempre los poderosos, los buenos y los prudentes, que no acuden en tropel a tomar parte en el gobierno de la república; callarán y se reirán de mí, y me tendrán por necio, reprobando mi inquieta ambición en una ciudad tan tumultuosa; y si me confieren las mayores dignidades y llego a manejar los negocios de la república, más maligno me espiará el pueblo. Así suele suceder, ¡oh padre!: los que mandan y desempeñan los primeros puestos tienen ardentísimos rivales. Y cuando yo, extranjero, penetre en un palacio que no es el mío, y viva con una mujer que no tiene hijos, heredera de tu anterior desdicha, y cuyas esperanzas se verán ahora frustradas, no podrá mirarme con buenos ojos; y ¿cómo, con razón, no ha de aborrecerme, cuando me siente a tu lado y ella se vea huérfana? Y ¿cómo no ha de contemplar a tu hijo con dolor? ¿Y si después me desprecias por ella, o me honras más de lo justo, y siembras en tu palacio la discordia? ¡Cuánto linaje de muertes y letales venenos no han empleado las mujeres para librarse de sus maridos! Además, me compadezco de tu esposa, ¡oh padre!, que envejece sin descendencia, no mereciéndolo, cuando tanta es su nobleza. En vano me celebras lo que vale reinar, grato en la apariencia, pero triste en realidad; ¿cómo ha de disfrutar de ventura, cómo ha de ser feliz el que arrastra la vida siempre receloso, esperando que le den muerte violenta? Más quisiera vivir contento como simple ciudadano, que ser el primero y gozar en compañía de malos amigos, mientras odio a los buenos temiendo que me asesinen. Acaso digas que el oro triunfa de todo y que es dulce nadar en la opulencia. No me place oír los vanos rumores del vulgo y atesorar riquezas, ni sufrir trabajos. Tóqueme en suerte grata medianía para vivir tranquilo. Oye ahora, ¡oh padre!, los bienes que aquí poseo: el primero es el descanso, tan amado de los mortales; pocos cuidados me inquietan; ningún criminal me estorbará el paso, que no es tolerable cederlo a los que valen menos que nosotros. Pasaba mi vida orando a los dioses o hablando con los hombres, y servía a los alegres, no a los llorosos. Cuando despedía a unos extranjeros, otros venían, y amable y nuevo era yo para ellos, como ellos para mí. El respeto a la ley y mi índole bondadosa me han conservado justo ante el dios, la mayor dicha entre los hombres, aunque lo sean sin quererlo. Habiendo reflexionado en todo esto, ¡oh padre!, prefiero lo que aquí tengo a lo que allí me espera. Déjame, pues, que viva a mi gusto, que igual es el deleite de los que nadan en la opulencia y el de los que se contentan con poco.42

EL CORO

Bien has dicho, si los que amo aprueban tus palabras y son felices.

JUTO

No hables más así, y no desprecies la ocasión que te ofrece la fortuna. Ya que te he encontrado, ¡oh hijo!, quiero celebrarlo, y sentados a la mesa en público banquete y con sacrificios festejaré tu natalicio, ya que antes no lo he hecho. Y ahora gozaré en el convite como si llevase algún huésped a mi palacio; en este concepto vendrás conmigo a visitar el Ática, más bien que como hijo. Ya que soy dichoso, no quiero afligir a mi esposa, recordándole su esterilidad. Cuando se presente favorable coyuntura, le rogaré que consienta en que yo te deje el cetro de mi reino. Y te llamo Ion,43 nombre adecuado a tu suerte, porque fuiste el primero que encontré al salir del templo. Convoca, pues, a tus amigos, e invítalos a este sacrificio y grato banquete, y despídete de ellos, puesto que abandonarás la ciudad de Delfos. Os ordeno, esclavas, que nada de esto digáis, que la muerte os aguarda si lo participáis a mi esposa.

ION

Iré; solo falta a mi ventura que encuentre, ¡oh padre!, a la madre que me dio a luz, porque de otro modo será triste nuestra vida; y si algo podemos desear es que sea ateniense, para que pueda hablar libremente. Porque si algún extranjero llega a una ciudad en que no los hay, aun cuando sea ciudadano en el nombre, es servil su lengua y no tiene suficiente libertad para hablar. (Vanse los dos).

EL CORO

Estrofa. — Presumo que ha de haber lágrimas y luto y lamentos cuando sepa mi señora que su marido tiene un hijo hermoso, y ella es estéril y huérfana. ¿Qué oráculo has pronunciado, ¡oh hijo!, profeta de Leto? ¿De dónde vino este adolescente, criado en tu templo? ¿Cuál fue su madre? No me satisfacen tus palabras, no encubran algún engaño. No puedo adivinar cuál será el término de todo esto. Maravilloso es Apolo, y prodigios son estos, sí, si son propicios. Algún fraude, algún siniestro artificio44 creo descubrir en este niño de sangre extranjera. ¿Quién no pensará como yo?

Antístrofa. — ¿Diremos a mi señora, ¡oh amigas!, lo que ha sucedido aquí, declarándole cuanto ha hecho su marido, en quien confiaba, y de cuyas esperanzas participó siempre la desdichada? Los males la acabarán cuando llegare a la cara vejez, mientras él es dichoso; su marido desprecia a los que la aman, mientras que él, mísero extranjero, fue admitido en nuestra familia y le sonrió la suerte, y no se contentó con ella. Muera, muera el que engañó a mi señora, y que la alegre llama no consuma nunca la libación que ofrezca a los dioses. Sabrá, en cuanto de mí depende...

... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...

amiga del reino.

Epodo. — Ya el hijo y el padre, de reciente data, vienen al banquete que se prepara en las cumbres del Parnaso, de encrespados peñascos que se pierden en el aire, y en donde Dioniso, agitando antorchas ardientes, danza con ligereza, acompañado de las Bacantes que vagan durante la noche. Que nunca vaya este niño a mi ciudad; muera en sus floridos años, y mi patria no gemirá justamente víctima de esta irrupción extranjera.45 Bástale Erecteo, nuestro antiguo rey.

CREÚSA (que vuelve con su anciano pedagogo).

¡Oh anciano, ayo de Erecteo, mi difunto padre!; anímate a llegarte al oráculo del dios, para que te regocijes conmigo si el rey Apolo ha declarado que tendré hijos. Dulce es la felicidad en compañía de los que amamos; al contrario, si nos sucede algún infortunio (lo que Dios no permita), es dulce también mirar los ojos de un hombre benévolo. Yo, aunque reina, te respeto como a un padre, de igual manera que tú respetaste al mío en otro tiempo.

EL PEDAGOGO

¡Oh hija! Dignas son las costumbres de tus ilustres antepasados, y no deshonrarás con ellas a tus viejos progenitores, hijos de la tierra. Llévame, llévame al templo y sírveme de guía; molesto es para mí llegar hasta el oráculo;46 ayúdame, y que tú seas quien me asista en las enfermedades en mi vejez.

CREÚSA (sosteniéndolo).

Sígueme, y mira por dónde andas.

EL PEDAGOGO

Vamos; tardos son mis pasos, vivo mi ánimo.

CREÚSA

Cuidado con esa senda; apóyate con firmeza en el báculo.

EL PEDAGOGO

Ciego es también mi báculo, que mi vista de poco sirve ya.

CREÚSA

Bien me parece lo que dices, pero no te dejes dominar del cansancio.

EL PEDAGOGO

No es ese mi deseo; poro no está en mi mano adquirir lo que me falta.

CREÚSA (al llegar arriba).

¡Oh mujeres!, fieles esclavas que me ayudáis con vuestras lanzaderas a tejer mis telas, ¿qué sabe mi marido de nuestros hijos, única causa de su venida? Hablad, si son alegres vuestras nuevas; no diréis que soy una dueña ingrata.

EL CORO

¡Ay de mí, oh Fortuna!

EL PEDAGOGO

No es de buen agüero tu exordio.

EL CORO

¡Ay de mí, desventurada!

EL PEDAGOGO

¿Me harán acaso infeliz los oráculos de mis señores?

EL CORO

Paciencia; ¿qué hemos de hacer cuando nos amenacen de muerte?

CREÚSA

¿Qué significa esto? ¿Qué les infunde miedo?

EL CORO

¿Hablaremos, o nos callaremos? ¿Qué hacemos?

CREÚSA

Hablad; sin duda sabéis algo siniestro que me interesa.

EL CORO

Lo diremos, pues, aunque perezcamos dos veces.47 No tomarás en tus brazos a tus hijos, ¡oh señora!, ni los alimentarán tus pechos.

CREÚSA (horrorizada en extremo).

¡Ay de mí! ¡Que yo muera!

EL PEDAGOGO (consolándola).

¡Hija!

CREÚSA

¡Cuán desdichada soy! ¡Grande es mi infortunio, intolerable el dolor que sufro, oh, amigas!

EL PEDAGOGO

Perecimos, hija mía.

CREÚSA

¡Ay, ay de mí! ¡Ay, ay de mí! ¡Dolor agudo ha penetrado en mi corazón!

EL PEDAGOGO

No solloces todavía...

CREÚSA

Deplorable es nuestra suerte.

EL PEDAGOGO

Hasta no saber...

CREÚSA

¿Qué nueva?

EL PEDAGOGO

Si mi dueño es tan desventurado como tú, o tú sola la infeliz.

EL CORO

Diole Apolo un hijo, ¡oh anciano!; él solo es venturoso.

CREÚSA

Lo que has dicho, lo que has dicho pone el colmo a mi pena y a mi extrema aflicción.

EL PEDAGOGO

Ese hijo de que has hablado, ¿ha de nacer, o, según el oráculo, ha nacido ya?

EL CORO

Febo le ha devuelto uno, que vivía, ya en la pubertad; presente estuve yo.

CREÚSA

¿Que dices? Infausto, infausto, inaudito es lo que me cuentas.

EL PEDAGOGO

Y también para mí. Acábame de decir más claramente el oráculo, y quién es ese hijo.

EL CORO

El dios declaró que era el primero que encontrase al salir del templo.

CREÚSA (sollozando).

¡Ay, ay de mí! ¡Pero yo he de vivir sin hijos, sin hijos he de vivir, y solitaria y sin ellos habitaré en mi palacio!

EL PEDAGOGO

¿Y a quién aludió el oráculo? ¿Con quién tropezó el marido de esta desdichada? ¿Cómo, en dónde lo vio?

EL CORO

¿Te acuerdas, ¡oh señora amada!, del joven que cuidaba de este templo? Ese es su hijo.

CREÚSA

¡Ojalá que yo vuele por el húmedo aire,48 lejos de la Grecia, hasta llegar a los luceros vespertinos: que tan grande es mi dolor, ¡ay!, que tan grande es mi dolor!

EL PEDAGOGO

¿Y qué nombre le puso su padre? ¿Lo sabéis, o también lo ignoráis?

EL CORO

Ion, por ser el primero que encontró.

EL PEDAGOGO

¿Y quién es su madre?

EL CORO

No puedo decírtelo; pero el esposo de esta, sin que ella lo sepa, para decírtelo todo, ¡oh anciano!, ha ido a sacrificar en acción de gracias, por el hallazgo de su hijo y por la hospitalidad que le dio, a los sagrados tabernáculos y a celebrar con él un banquete.

EL PEDAGOGO

Tu esposo nos hace traición, ¡oh señora!, y, como tú, lo deploro. Estamos llenos de oprobio, y nos arrojarán del palacio de Erecteo; no me inspira el odio a tu marido, sino el afecto que te profeso, porque habiéndose casado contigo, aunque solo era en la ciudad un extranjero intruso, y habitado en tu palacio y poseído todo tu patrimonio, engendró hijos en otra mujer. Yo te explicaré lo que ha hecho sin tu consentimiento: cuando supo que eras estéril, no contento ya con que fuese igual vuestra desgracia, compartió el lecho de alguna esclava, de quien tuvo a ese niño; lo alejó de ella, dándolo a educar en Delfos, y sin obstáculo ha crecido ocultamente en el templo del dios. Ya hombre, te persuadió que vinieras aquí pretextando que no tenías hijos tú; el dios no te ha engañado; él sí, criando hace tiempo al suyo y tramando tales engaños; si se averiguaban, los atribuiría a Apolo;49 si permanecían ignorados, se aprovecharía de ellos para darle el reino de Atenas. Tranquilo forjó, pues, el nuevo nombre de Ion, por haber sido el que encontró al salir del templo. ¡Ay de mí! ¡Cómo he aborrecido siempre a los malvados que maquinan injusticias o iniquidades y después las engalanan artificiosamente! Prefiero un amigo sencillo y bueno a otro más sagaz si es malo. Y sufrirás el colmo de los males si un hombre oscuro, hijo de madre incierta, de una esclava cualquiera, ha de mandar en tu palacio. Más tolerable sería que habiendo nacido de noble ciudadana, te hubiese persuadido, viéndote sin descendencia, que lo adoptaras, llevándolo a tu palacio; y si te desagradaba, contraer nuevo himeneo con alguna de las nietas de Eolo. Deber tuyo es, pues, ahora, acometer alguna hazaña mujeril, o empuñando el acero, o armándole alguna celada, o matando con veneno a tu marido y a tu hijo antes que ellos lo hagan contigo. Y si no lo intentas, perderás la vida, que cuando dos enemigos viven bajo un mismo techo, amenaza grave peligro al uno o al otro.50 Yo te ayudaré, y nos presentaremos en el festín, mataremos juntos a su hijo, y pagaré así a mis dueños cuanto han gastado en sustentarme, y moriré o viviré con ellos. Solo el nombre de esclavo es deshonroso, que en todo lo demás, ningún siervo, siendo bueno, vale menos que los hombres libres.

EL CORO

Y yo, dueña querida, quiero compartir contigo esta desdicha, y morir o vivir sin oprobio.

CREÚSA (que de repente sale de un doloroso estupor).

¡Oh alma mía! ¿Cómo he de callar? Y por otra parte, ¿cómo publicar mis ignoradas aventuras amorosas desoyendo los consejos del pudor? Ya, ¿qué obstáculo me lo impide? ¿Con quién rivalizaré en virtud? ¿No es un traidor mi marido? Usúrpanme mi palacio, quédome sin hijos, y se desvanecieron esperanzas que ya no puedo abrigar, a pesar de mis deseos, callando mis amores, callando mi deplorable pasado. Pero no; por el solio estrellado de Zeus, por la diosa que habita en mis peñascos y por la sagrada orilla de la pantanosa laguna Tritónide,51 no ocultaré mi falta, y me consolaré abriendo mi pecho. Lágrimas destilan mis pupilas, y duélese mi corazón, víctima de las asechanzas de los dioses y los hombres, cuya ingrata traición a mi lecho probará mi esfuerzo.

Proodo o canto preliminar. — ¡Oh tú!, que acompañas tu canto con la cítara de siete cuerdas, que en sus rústicos e inanimados cuernos52 haces oír los suaves himnos de las Musas; tu crimen, ¡oh hijo de Leto!, por mí será publicado.

Estrofa. — Brillaba tu cabellera y me buscaste cuando yo cogía en mi falda bellas flores que emulaban el esplendor del sol, y, sujetando mis blancas manos, sin pudor me llevaste, ¡oh dios enamorado!, a la gruta que me sirvió de lecho, a pesar de los gritos con que llamaba a mi madre, cediendo a sus deshonestos deseos.

Antístrofa. — Doite a luz un hijo, ¡oh desventurada!, y temerosa de mi madre arrojelo a tu gruta, en donde en mísero maridaje te uniste a esta desdichada. ¡Ay de mí, ay de mí!, y ya murió el infortunado, sirviendo de pasto a las aves y despedazado por ellas, mientras tú, tañendo la cítara, cantas himnos. ¡Hola! A ti me dirijo, ¡oh hijo de Leto!, que por suerte pronuncias tus oráculos a todos en dorado asiento y en el centro de la tierra, y a tus oídos llegarán estas voces.

Epodo. — ¡Ay de ti, punible estuprador!, que en tu templo das un hijo a mi marido, no habiendo recibido antes de él beneficio alguno; mi hijo y el tuyo, que nada sabe, perece arrebatado por las aves, perdidas las fajas en que lo envolvió su madre. Delos te odia, y las ramas de laurel y la palma de suelto follaje, bajo la cual Leto le dio a luz en parto venerando, fruto de su unión con Zeus.

EL CORO

¡Ay de mí! Gran cúmulo de males nos amenaza, capaz de arrancar lágrimas a los más indiferentes.

EL PEDAGOGO

¡Oh hija!, no me canso de mirar tu rostro hasta perder el juicio. Cuando apuraba la amarga copa de estos infortunios, tus palabras, como nueva ola que me arroja de la popa, otra vez me acomete y trueca los males presentes en otros más graves. ¿Qué dices? ¿De qué crimen acusas a Febo? ¿Auguras haber dado vida a un hijo? ¿En qué parte de la ciudad expusiste ese parto de tu vientre, grato a las fieras? Repítelo, explícate.

CREÚSA

Respeto me infundes, ¡oh anciano!; pero lo declararé, no obstante.

EL PEDAGOGO

Sí, que honroso es llorar con los amigos.

CREÚSA

Oye, pues: ¿sabes en dónde está la gruta septentrional de la roca de Cécrope, que llamamos Macra?

EL PEDAGOGO

Sí, allí se ve el templo de Pan, cerca del ara.

CREÚSA

Pues en ese paraje luchamos tan tristemente.

EL PEDAGOGO

¿Cómo? ¡Cuántas lágrimas me haces derramar!

CREÚSA

Contra mi voluntad tuve con Febo infausto ayuntamiento.

EL PEDAGOGO

¡Oh hija! ¿Es esto acaso lo que yo sospechaba?

CREÚSA

Lo ignoro; pero si dices verdad, la confirmaré.

EL PEDAGOGO

¿Cuando ocultamente te quejabas de enfermedad misteriosa?

CREÚSA

Así era; y ahora confieso mi desventura.

EL PEDAGOGO

¿Y cómo ocultaste después tus nupcias con Apolo?

CREÚSA

Di a luz el fruto de nuestro amor; óyeme con paciencia, anciano.

EL PEDAGOGO

¿En dónde? ¿Quién te ayudó en tu parto? ¿Acaso tú sola sufriste sus dolores?

CREÚSA

Sola en la gruta, en donde celebré mi himeneo.

EL PEDAGOGO

¿Y en dónde está ese niño, para que no vivas sin hijos?

CREÚSA

Murió, ¡oh anciano!, habiendo sido expuesto a las fieras.

EL PEDAGOGO

¿Murió? ¿Y osó Apolo abandonarlo?

CREÚSA

No quiso socorrerlo; críase en el palacio de Hades.

EL PEDAGOGO

¿Y quién lo expuso? ¿No serías tú, sin duda?

CREÚSA

Yo, en una noche oscura, envuelto en sus pañales.

EL PEDAGOGO

¿Y nadie lo supo?

CREÚSA

Tan solo mi desdicha, tan solo el misterio.

EL PEDAGOGO

¿Y cómo osaste dejar a tu hijo en la gruta?

CREÚSA

¿Cómo? Después de exhalar tristes quejas.

EL PEDAGOGO

¡Qué horror! ¡Oh, tú, corazón de hierro, que a tanto te atreviste, y aún más cruel el dios!

CREÚSA

¡Si hubieses visto al niño extendiendo hacia mí sus manecitas!

EL PEDAGOGO

¿Porque tenía hambre, o para que lo tomases en tus brazos?

CREÚSA

Por gustar la leche de mis pechos, que no lo alimentaron, víctima de mi injusticia.

EL PEDAGOGO

¿Y cuál fue tu objeto al exponer a tu hijo?

CREÚSA

Creí que el dios lo salvaría por ser también suyo.

EL PEDAGOGO

¡Qué furiosa borrasca azota a tu familia!

CREÚSA

¿Por qué lloras ocultando tu cabeza, ¡oh anciano!?

EL PEDAGOGO

Pensando en tu aflicción y en la que sentirá tu padre.

CREÚSA

Tal es la suerte reservada a los mortales; nada hay constante en ellos.

EL PEDAGOGO

Dejémonos ya de lamentos, ¡oh hija!

CREÚSA

¿Y que haré? Desdicha grande es la irresolución.

EL PEDAGOGO

Véngate del dios, que te injurió primero.

CREÚSA

¿Y cómo yo, simple mortal, venceré a deidades más poderosas?

EL PEDAGOGO

Incendia el venerando templo de Febo.

CREÚSA

Tengo miedo; bastantes males me atormentan.

EL PEDAGOGO

Mata, pues, a tu marido, que esto es posible.

CREÚSA

Me acuerdo de nuestra unión, cuando era bueno.

EL PEDAGOGO

Mata, al menos, al niño, que nació para tu daño.

CREÚSA

¿Cómo? ¡Si pudiera! ¡Cuánto lo anhelo!

EL PEDAGOGO

Arma a tus satélites, que llevan espada.

CREÚSA

Pronta estoy; pero ¿adónde iremos?

EL PEDAGOGO

A los sagrados tabernáculos, en donde celebra el banquete, con sus amigos.

CREÚSA

Hazaña es asesinar, y los esclavos valen poco.

EL PEDAGOGO

¡Ay de mí! Tu ánimo desfallece. Vamos, decídete.

CREÚSA

Dolorosa y eficaz es la venganza que medito.

EL PEDAGOGO

Lo mismo te serviré.

CREÚSA

Oye, pues: ¿te acuerdas de la batalla de los gigantes?

EL PEDAGOGO

Sí, la trabaron en Flegra53 con los dioses.

CREÚSA

Allí la tierra dio a luz a la Gorgona,54 monstruo horrible.

EL PEDAGOGO

¿Para auxiliar a sus hijos y combatir con los dioses?

CREÚSA

Sí, y la mató Palas, hija de Zeus.

EL PEDAGOGO

¿Y cuál era su forma, espantosa sin duda?

CREÚSA

Armado estaba su pecho de víboras entrelazadas.

EL PEDAGOGO

¿No es esta la misma tradición que oí en otro tiempo?

CREÚSA

Atenea ostenta la piel de ella en su seno.

EL PEDAGOGO

¿No la llaman la Égida, atributo de Palas?

CREÚSA

Así la nombraron cuando peleó a favor de los dioses.

EL PEDAGOGO

¿Y cómo, ¡oh hija!, ofenderá a tus enemigos?

CREÚSA

Conociste, sin duda, a Erictonio, ¡oh anciano! ¿No es así?

EL PEDAGOGO

¿El primero de tus antepasados que dio a luz la tierra?

CREÚSA

A poco de nacer le concedió Palas...

EL PEDAGOGO

¿Qué? Parece que temes hablar.

CREÚSA

Dos gotas de sangre de la Gorgona.

EL PEDAGOGO

¿Y qué efecto harán en los hombres?

CREÚSA

Una da la muerte, otra cura las enfermedades.

EL PEDAGOGO

¿Y las suspendió del cuerpo del niño?

CREÚSA

Con ligaduras doradas; él las dio a mi padre.

EL PEDAGOGO

¿Y a su muerte las heredaste?

CREÚSA

Así fue, y las traigo ocultas en mi mano.

EL PEDAGOGO

¿Y de dónde proviene este doble presente de la diosa?

CREÚSA

Es la sangre que derramó la vena cava.55

EL PEDAGOGO

¿Y para qué sirve? ¿Cuál es su virtud?

CREÚSA

Ahuyenta las enfermedades e infunde nueva vida.

EL PEDAGOGO

¿Y cuál dijiste que era el efecto de la otra?

CREÚSA

Mata, porque es veneno de los dragones de la Gorgona.

EL PEDAGOGO

¿Y están juntas las dos, o separadas?

CREÚSA

Separadas; la buena no se mezcla con la mala.

EL PEDAGOGO

¡Oh hija muy amada!, posees cuanto necesitas.

CREÚSA

Así morirá a tus manos el hijo de Juto.

EL PEDAGOGO

¿En dónde y cómo? Manda tú, y yo obedeceré.

CREÚSA

En Atenas, cuando habite en mi palacio.

EL PEDAGOGO

No has dicho bien; hace poco reprobaste mi consejo.

CREÚSA

¿Cómo? ¿No tienes confianza en mi proyecto?

EL PEDAGOGO

Se creerá que tú misma has envenenado al hijo de Juto, aunque su muerte no sea obra tuya.

CREÚSA

Bien está; dicen que las madrastras aborrecen a los hijastros.

EL PEDAGOGO

Mátalo, pues, aquí, en donde negarás el crimen.

CREÚSA

De antemano saboreo ya este deleite.

EL PEDAGOGO

Y ocultarás a tu esposo lo que él quiere callarte.56

CREÚSA

¿Sabes lo que has de hacer? Después que recibas de mi mano este antiguo vaso dorado, presente de Palas, irás adonde mi marido sacrifica a escondidas, y cuando acaben de cenar y vayan a ofrecer libaciones a los dioses, ocultándolo bajo tu vestido, derrámalo en la copa del joven, pero solo en la suya, no en todas, para que la beba el futuro señor de mi palacio, que si llega a humedecer su garanta, nunca irá a la ínclita Atenas, y se quedará aquí.

EL PEDAGOGO

Vete ahora tú a las habitaciones destinadas a los peregrinos, que yo haré cuanto me has ordenado. ¡Vamos, pies trémulos, manteneos firmes a pesar de mis años y encaminaos hacia el enemigo, como ordena mi dueña, y dadle muerte, y librad el palacio de su presencia! Buena es la piedad cuando la fortuna se muestra propicia; pero ninguna ley prohíbe que hagamos daño a nuestros enemigos.57 (Retíranse los dos en dirección opuesta).

EL CORO

Estrofa. — ¡Oh Trivia!,58 hija de Ceres, que presides a los crímenes nocturnos; lleva también de día a feliz término el que ha de perpetrar esta copa mortífera, como desea mi venerable, mi venerable señora, y que beba estas gotas de la garganta de Medusa, hija de la Tierra, el que intenta penetrar en el palacio de los hijos de Erecteo; que ningún otro de distinto linaje domine en mi ciudad, excepto los nobles Erecteidas.

Antístrofa. — Pero si se frustra el asesinato que osa mi dueña y pasa la ocasión de cometerlo, y se desvanece su esperanza, o herirá su pecho afilada cuchilla, o ceñirá un lazo su cuello, y acabando sus dolores, vivirá con otra forma. Mientras exista, no verán sus ojos, brillantes luceros, que dominen en su morada señores extranjeros, siendo ella de noble estirpe.

Estrofa. — Me avergozaré, por el dios que alaban los cantos, si, junto a las fuentes de Calícoro, y al celebrarse con antorchas las Vigésimas,59 hemos de contemplar a Ion vigilando durante la noche, cuando los coros conmueven el aire a la luz del cielo estrellado y de la Luna, y las cincuenta hijas de Nereo danzan en la mar y en el fondo de los ríos perennes en honor de Perséfone, la de corona de oro, y de su madre veneranda, si allí quiere reinar un vagabundo, esclavo de Febo, y disfrutar de riquezas que otros ganaron.

Antístrofa. — Vosotros los que satirizáis a las mujeres en vuestros versos y reveláis en vuestros himnos nuestras faltas conyugales y nuestros amores adulterinos e impíos, observad cuán superior es nuestra piedad al desordenado apetito de los hombres. Componed, pues, contra ellos y mis adulterios vuestras mordaces canciones. Juto, descendiente de Zeus, ha probado su ingratitud, puesto que participando de la desgracia de mi dueña y no teniendo hijos de ella, los buscó en otras, y ha logrado uno espurio.

EL CRIADO

¿En dónde estará, ¡oh mujeres!, mi señora, la ínclita hija de Erecteo? He corrido toda la ciudad sin poder encontrarla.

EL CORO

¿Qué sucede, ¡oh consiervo!, que te trae tan azorado? ¿Cuál es tu mensaje?

EL CRIADO

Nos persiguen, y los magistrados de Delfos la precipitarán desde una roca si la hallan.

EL CORO

¡Ay de mí! ¿Qué dices? ¿Se ha averiguado acaso que maquinábamos la muerte de ese joven?

EL CRIADO

Me has entendido, y no serás la última que lo pague.

EL CORO

¿Y cómo se ha descubierto ese crimen misterioso?

EL CRIADO

El dios, no queriendo contaminarse, ha hecho triunfar la justicia.

EL CORO

¿Cómo? Suplicándote te ruego que lo digas; cuando te hayamos oído, si nos conviene morir, moriremos de mejor grado, o viviremos si preferimos ver la luz del sol.

EL CRIADO

Después que se ausentó Juto, el marido de Creúsa, conocido el oráculo del dios, en compañía de su hijo, para llevarlo al banquete y al sacrificio que a los dioses preparaba, se dirigió adonde brilla el fuego dionisíaco60 para que la sangre de las víctimas regase ambas cumbres en acción de gracias por tan feliz hallazgo, hablándole así: «Quédate tú aquí, ¡oh hijo!, para levantar muchos tabernáculos, ayudado de trabajadores. Cuando yo sacrifique a los dioses que presiden al nacimiento, invita, si tardo, a los amigos que han de acompañarnos». Y se alejó llevándose los novillos. El adolescente levantó con cuidado los pilares del tabernáculo, huyendo de los rayos del sol de mediodía y de poniente, y midió un espacio rectangular de 100 pies de largo por cada lado, cuya superficie era de 10.000 pies cuadrados, según dicen los peritos, para convidar a todo el pueblo de Delfos. Y con los sagrados tapices del tesoro cerró sus costados, que era una maravilla. Primero colocó en el techo uno, trofeo de la derrota de las Amazonas, don que ofreció al dios Heracles, el hijo de Zeus. Tales eran los asuntos que sus tejidos representaban: el cielo convocando a las estrellas en los aires; el Sol guiando a sus caballos poco antes de su ocaso, llevando en pos el brillante lucero vespertino, y la Noche, de negras vestiduras, rigiendo su carro de dos caballos, rodeada de espléndidos luminares. Las Pléyades y Orión61 con su espada hendían el firmamento, y encima la Osa, envolviéndose en su cola de oro, y opuesta al polo; más alta, resplandecía la Luna llena, que divide los meses; las Híades, señal muy conocida de los navegantes, y la rosada Aurora ahuyentando a los astros. Añadió en los costados otros tapices de bárbaros dibujos, como de naves enemigas de los griegos, bien armadas de remos y de hombres semifieras, y de cacerías a caballo, y de ciervos y feroces leones ya encadenados. Inmediato a la puerta estaba Cécrope, envolviéndose en espirales, junto a sus hijas,62 ofrenda de algún ateniense. Después que trajeron los vasos de oro, un heraldo, sobre las puntas de los pies, invitó al banquete a todos los ciudadanos que quisiesen asistir. Llena la copa, se adornaron de coronas y gustaron deleitosos manjares. A la mitad del festín se adelantó hasta la mesa un anciano, y excitó gran risa entre los convidados, sirviéndoles oficiosamente. De las urnas les ofrecía agua para lavarse, y los perfumaba con mirra,63 y a todos presentaba doradas copas, encargándose él solo de este ministerio. Cuando sonaron las flautas y circuló la copa común, dijo el anciano: «Tiempo es ya de llevarse las copas pequeñas de vino y traer los vasos grandes,64 para que más pronto la alegría penetre en los ánimos de todos». Entonces trajeron vasos cincelados de oro y plata. Él, tomando uno de los más bellos, como para congraciarse con su nuevo señor, se lo dio lleno, echando en el vino un veneno activo que, según dicen, le había dado su señora para que el nuevo hijo dejase de ver la luz, sin excitar sospechas; pero cuando este tenía en su mano la libación, como los demás, uno de los servidores profirió una palabra de mal agüero,65 y como criado en el templo y entre sabios adivinos, pudo apreciar su valor y mandó que le llenasen otra copa, y derramó la primera en honor de la Tierra, y ordenó a todos que lo imitaran. Reinó entonces el silencio, y volvimos a verter en los vasos sagrados agua y vino biblino.66 Al mismo tiempo penetró en la tienda una bandada de ligeras palomas, que vivían seguras en el templo de Apolo. Y después que derramaron el vino...

... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...

sedientas bebieron de él, y lo tragaron con sus cuellos cubiertos de pluma. Y las demás apuraron sin peligro la libación divina; pero la que se posó en la tierra, en el lugar en donde el hijo recién hallado vertió la suya, y sació allí su sed, comenzó a temblar y a estremecerse toda, y, como si gimiera, arrulló confusamente; todos los convidados quedaron maravillados contemplando sus sufrimientos, y murió presa de convulsiones y se estiraron sus pies purpúreos. Entonces, el hijo declarado por el oráculo, arrollando su manto y descubriendo sus hombros y su brazo,67 exclamó así: «¿Quién ha intentado envenenarme? Dilo, anciano; tú has sido, y de tu mano recibí la copa». Y cogiéndolo de sus viejos brazos, comenzó a interrogarle, para que no se le escapase, siendo tan manifiesto su delito. Descubriose, pues, y a la fuerza declaró el crimen de Creúsa y su propósito de envenenarlo. El joven designado por el oráculo salió entonces presuroso al frente de sus compañeros, y habiendo buscado a los próceres de esta ciudad de Apolo, Pitia les dijo: «¡Oh santa tierra!, la mujer extranjera, hija de Erecteo, ha intentado envenenarme». Enterados los notables de Delfos, decretaron unánimes que mi señora fuese precipitada desde la roca, por haber osado dar muerte a un varón tan santo y cometer este crimen en el templo. Todos los ciudadanos persiguen ahora a la que emprendió anhelosa tan malhadada peregrinación, pues deseando que Febo le conceda hijos, perderá su vida juntamente con la esperanza de tenerlos.

EL CORO

No hay medio de que yo, infortunada, evite mi suerte; todo se sabe, todo se sabe por la muerte de la paloma al beber la libación compuesta del jugo de los racimos de Dioniso, y de las gotas del activo veneno de las víboras; inevitable es el sacrificio mortífero, la calamidad que amenaza a mi vida y el suplicio de mi dueña, despeñada desde la roca. ¿Cómo huiré volando, o me refugiaré en tenebrosas cavernas, para librarme de las piedras que han de darme la muerte, o llevada por los ligeros cascos de los caballos uncidos a la cuadriga, o en la popa de alguna nave? No es posible ocultarme, a no ser que algún dios quiera salvarnos. ¿Qué sufrimientos, ¡oh desdichada señora!, te esperan? ¿Por ventura seremos víctimas nosotras del mal que intentamos hacer a otros, como exige la justicia?

CREÚSA (que llega azorada).

Búscanme, ¡oh esclavas!, para darme funesta muerte, condenada por los sufragios délficos;68 dispuesta estoy a sufrir el suplicio.

EL CORO

Conocemos tus desdichas, ¡oh infortunada!, y la pena que te aguarda.

CREÚSA

¿Adónde huiré, pues? Con trabajo he podido escaparme del edificio en que estaba, huyendo de mi ruina, y callada llego aquí burlando a mis enemigos.

EL CORO

¿Adónde mejor que al ara?

CREÚSA

¿Pero de qué me servirá?

EL CORO

No es lícito matar al suplicante.

CREÚSA

Pero la ley lo manda.

EL CORO

Si hubieses caído en sus manos...

CREÚSA

Ya vienen mis crueles ejecutores con las espadas desenvainadas.

EL CORO

Siéntate, pues, junto al ara. Porque si ahí mueres, tus verdugos expiarán tu muerte; menester es sufrir resignados nuestro destino.

ION (con séquito de guerreros).

¡Oh padre Céfiro de faz taurina!69 ¿Cómo engendraste esta víbora o dragón, y de cuyos ojos brota letal llama? Todo lo osa, y no es menos cruel que el veneno de las Gorgonas con que quiso matarme. Apoderaos de ella para que sus rizos, no humedecidos por las libaciones, sean desgarrados por los peñascos del Parnaso, desde los cuales será precipitada. Fortuna tuve antes de llegar a Atenas y caer bajo la férula de mi madrastra, pues entre mis compañeros he podido conocer tu malevolencia y el odio que me profesas. Es seguro que al pisar tu palacio me hubieras lanzado a la morada de Hades. Pero ni el ara ni el templo de Apolo te salvarán. Yo y mi madre somos más dignos de lástima que tú, pues aunque no la conozca invoco su nombre con frecuencia. Contemplad a esta mujer malvada, maestra de engaños, que se sienta trémula junto al ara del dios, como si no hubiese de expiar su delito.

CREÚSA

Ordénote que no me mates, en mi propio nombre y en el del dios, junto a cuya ara estamos.

ION

¿Qué tienes tú de común con Febo?

CREÚSA

Consagro a este dios mi cuerpo.

ION

Y, sin embargo, intentabas envenenarme cuando yo era suyo.

CREÚSA

No suyo, sino de tu padre.

ION

Pero me adoptó por hijo y ha sido conmigo un verdadero padre.

CREÚSA

Eras antes servidor de Apolo; ahora yo, y tú no.

ION

Impía es tu consagración, y piadosa fue la mía.

CREÚSA

Pero quise matarte porque eras enemigo de mi familia.

ION

No fui armado a tu país.

CREÚSA

Sí, sin duda alguna; e incendiabas además el palacio de Erecteo.

ION

¿Con qué teas incendiarias, o con qué otro linaje de fuego?

CREÚSA

Arrebatándome mis bienes, habías de poseerlos contra mi voluntad.

ION

Sí, mi padre me cedía el país que ganó con sus armas.

CREÚSA

¿Qué derecho podían tener los descendientes de Eolo a la ciudad de Palas?

ION

Con sus armas la salvó, no con vanas palabras.

CREÚSA

El auxiliar no es poseedor del país que socorre.

ION

¿Luego querías matarme para no temer nada en adelante?

CREÚSA

Para no morir si tú perecías antes.

ION

Me odias porque mi padre me encontró, y tú no tienes hijos.

CREÚSA

¿Tú usurparás acaso la herencia de los huérfanos de ellos?

ION

¿Pues qué, no había de heredar parte de los de mi padre?

CREÚSA

Solo una lanza y un escudo; he aquí tu patrimonio.

ION

Deja el ara y el templo consagrado al dios.

CREÚSA

Aconseja a tu madre en dondequiera que esté.

ION

¿Pero no serás castigada por haber intentado envenenarme?

CREÚSA

Sí, si te atreves a hacerlo en este templo.

ION

¿Y por qué te agrada morir entre las guirnaldas de Febo?70

CREÚSA

Así padecerá alguno que nos hizo sufrir.

ION

¡Válganme los dioses! Lastimoso es que Apolo no estableciese leyes justas y prudentes para los hombres; los criminales no debían refugiarse en el ara, sino ser lanzados de ella; ni es honroso acercarse a los dioses con las manos manchadas, y solo los justos debían acogerse a los lugares consagrados si se los hacía injusticia, y nunca consentir que disfrutaran del mismo privilegio el sacrílego y el delincuente.

LA PITIA (que sale del templo).

Detente, hijo mío; yo, la sacerdotisa de Febo, acabo de dejar mi sagrado asiento, y vengo aquí encargada de la custodia del antiguo trípode, elegida entre todas las mujeres délficas.

ION

Salve, madre amada, aunque no me dieras a luz.

LA PITIA

Pero llámame madre tuya, que este nombre no me desagrada.

ION

¿Has sabido que esta mujer quería darme muerte con malas artes?

LA PITIA

Sí, y tú pecas también y eres cruel.

ION

¿No debo acaso castigar a mis asesinos?

LA PITIA

Las madrastras odian siempre a sus hijastros.

ION

Y nosotros a nuestras madrastras, cuando intentan ofendernos.

LA PITIA

Déjate de esto; al abandonar el templo para encaminarte a tu patria...

ION

¿Qué he de hacer, obediente a tus consejos?

LA PITIA

Vete puro a Atenas, y con auspicios favorables.

ION

Puro es, sin duda, el que se venga de sus enemigos.

LA PITIA

No lo hagas tú así; oye lo que voy a decirte.

ION

Habla, que tus palabras serán benévolas.

LA PITIA

¿Ves este cestillo que traigo debajo de los brazos?

ION

Veo un viejo cesto, ceñido de larga banda.

LA PITIA

Tal fue tu cuna, que te acogió al nacer.

ION

¿Qué dices? Nuevo es para mí esto.

LA PITIA

Oculto lo tenía; pero ahora lo descubro.

ION

¿Por qué lo has callado tanto tiempo?

LA PITIA

Quiso el dios que le sirvieses en su templo.

ION

¿Y ya no? ¿Cómo puedo saberlo?

LA PITIA

Obra suya es tu reconocimiento por Juto, y señal de que consiente que abandones este país.

ION

¿Lo guardaste porque te lo ordenó, o por qué motivo?

LA PITIA

Me dio a entender Apolo...

ION

¿Qué? Acaba.

LA PITIA

Que reservase hasta ahora este hallazgo.

ION

¿Y en qué puede servirme o perjudicarme?

LA PITIA

También contiene las fajas que te ceñían.

ION

Quizá me den alguna luz para buscar a mi madre.

LA PITIA

Cuando el dios lo quiere, nunca antes.

ION

¡Oh fausto día!

LA PITIA

Acéptalo, pues, y busca con diligencia a tu madre. Recorre todo el Asia y los confines de la Europa. Te crié por orden del dios, ¡oh hijo!, y te devuelvo lo que le plugo confiarme en deposito, sin que ningún mortal me lo mandase; pero no puedo adivinar el objeto que se propuso. Nadie sabía que yo lo poseyese, ni en dónde lo guardaba. Y adiós; te amo como una madre. Así, averigua cuanto antes si alguna mujer de Delfos, después de darte a luz, te expuso en este templo, o si ha sido otra griega. Febo y yo, que lo sabíamos, te lo anunciamos. (Entra en el templo).

ION

¡Ay, ay de mí! ¡Cómo derraman mis ojos copiosas lágrimas, pensando en mi madre, que se casó clandestinamente y me vendió a hurtadillas! Y no me dio su pecho, antes bien vivía como un esclavo en el templo del dios. Bueno ha sido él conmigo, y mala mi suerte, que me privó de los cuidados de una madre amantísima, cuando debí gozar de sus abrazos, plácido deleite de la vida. ¡Desventurada también la que me dio el ser, ya que su infortunio fue igual al mío, careciendo de los goces que ofrecen los hijos! Y ahora, cuando reciba este cesto, me lo llevaré como presente de Apolo, para buscar vanamente lo que deseo encontrar. Si me concibió alguna sierva, peor es hallarla. ¡Oh Febo!, yo lo consagro a tu templo.71 Pero ¿qué hago? ¿Me rebelaré contra la voluntad del dios, que me suministra esos indicios para hallar a mi madre? Abriremos el cestillo y acometeremos la empresa, que nunca podrá triunfar de mi destino. ¡Oh sagrada banda! ¿Por qué has estado oculta, y vosotras, fajas que me ceñisteis? Ved cómo este redondo cestillo no ha sufrido en su cubierta injuria ninguna del tiempo, sin duda por obra del dios, ni tampoco sus mimbres, y eso que larga es la fecha de tal tesoro.

CREÚSA

¿Qué inesperado objeto contemplo?

ION

Calla; bien sabes que antes fuiste reservada hasta el exceso.

CREÚSA

No puedo callar ahora; no me lo aconsejes; veo el cesto que sirvió para exponerte, ¡oh hijo!, en tus más tiernos años, en la gruta de Cécrope y en las peñascosas bóvedas de Macra. Abandonaré, pues, esta ara, aunque haya de morir.

ION (a los de su séquito).

Prendedla; por decreto de Febo deja precipitadamente el ara en que se ha refugiado; sujetadla.

CREÚSA (que se apodera mientras tanto del cesto).

¿Todavía persistís en matarme? A la fuerza retendré este cesto y a ti y a cuanto contiene.

ION

¿No es esto intolerable? Fingido es lo que hace.

CREÚSA

No; ya tus amigos encontraron a quien aman.

ION

¿Me amas acaso, y querías ha poco envenenarme?

CREÚSA

Eres mi hijo, prenda la más cara de los padres.

ION

No recurras a tales artificios; fácilmente te los probaré.

CREÚSA

Pruébalo, hijo; ese es mi mayor deseo.

ION

¿Está vacío este cesto, o contiene alguna cosa?

CREÚSA

Los vestidos con que te expuse.

ION

¿Y dirás cuáles son antes de pasar adelante?

CREÚSA

Y si no lo acierto, moriré gustosa.

ION

Dilo, que es algo extraña tu confianza.

CREÚSA

Mirad la tela que tejí en mi juventud.

ION

¿Cuál? Muchas clases de tela tejen las jóvenes.

CREÚSA

No está bien acabada, y se conoce que era inexperta la lanzadera que la tejió.

ION

¿Y qué representa? Ahora no podrás engañarme.

CREÚSA

A la Gorgona, figurada con el estambre del manto.

ION

¡Oh Zeus, qué destino es el mío!

CREÚSA

Y su cabeza, a modo de égida, está coronada de serpientes.

ION (que enseña la tela).

Vedla; esta es la tela y las fajas que hemos encontrado.

CREÚSA (examinándola).

¡Oh, paños, antigua obra de mis manos virginales!

ION

¿Hay alguna señal además, o basta lo dicho?

CREÚSA

Dos brillantes dragones de oro macizo, ofrenda a Atenea, destinados a guardar niños, en recuerdo del viejo Erictonio.

ION

Mas ¿para qué sirven estas alhajas de oro? Dímelo.

CREÚSA

Para adornar el cuello del recién nacido, ¡oh hijo!

ION

Aquí está, en efecto; deseo que me reveles la tercera señal.

CREÚSA

Púsete entonces una corona de olivas, primera que plantó Atenea en la ciudadela, la cual, si existe, no pierde nunca el verdor de sus hojas, porque es inmortal.

ION

¡Oh madre muy querida!, contento miro tus ojos gozosos y beso tus mejillas.

CREÚSA

¡Hijo mío!, luz más grata a una madre que la del sol (con perdón sea dicho de él); en mis brazos te estrecho encontrándote cuando menos lo esperaba y cuando creía que habitabas con los manes debajo de la Tierra, en el reino de Perséfone.

ION

¡Oh madre amada!, en tus brazos me ves; vivo cuando me creías muerto.

CREÚSA

¡Cuán grande es mi alegría! ¿Qué diré, cómo la expresaré, llenando los espacios del aire resplandeciente? ¿A quién debo este gozo inesperado? ¿A quién esta dicha?

ION

¡Oh madre!, todo lo hubiese pensado, menos que yo era tu hijo.

CREÚSA

Todavía tiemblo de miedo.

ION

Temes acaso perderme, cuando me estrechas en tus brazos.

CREÚSA

Ya no lo esperaba. ¿Cómo, ¡oh mujer! (a la Pitia), vino este niño a tus manos? ¿Quién le trajo al templo de Apolo?

ION

Orden divina; seamos felices desde ahora con los dones de la fortuna, antes tan adversa.

CREÚSA

¡Oh hijo!, no viniste al mundo sin lágrimas, ni te arrancaron sin lamentos del pecho de tu madre; pero en este instante disfruta de dulcísimo deleite respirando cerca de tus mejillas.

ION

Al recordar mi destino, recuerdas también el tuyo.

CREÚSA

Ya no soy huérfana, ya no carezco de hijos; ya mi linaje será respetado, y mi país tendrá rey, y Erecteo se rejuvenece, y mi estirpe, hija de la Tierra, no quedará envuelta en oscuras tinieblas y verá otra vez las antorchas del sol.

ION

¡Oh madre!, que mi padre participe también de este deleite.

CREÚSA

¿Qué palabras pronuncias? ¡Cómo, cómo me reconoces!

ION

¿Qué has dicho?

CREÚSA

¡Otro, otro fue tu padre!

ION

¡Ay de mí! ¿Sin haber contraído himeneo diste la vida a un bastardo?

CREÚSA

Ni antorchas ni danzas celebraron el mío, ¡oh hijo!, cuyo fruto fuiste.

ION

¡Ay, ay de mí! Innoble es mi nacimiento, ¡oh madre! ¿Quién me engendró?

CREÚSA

Sábelo la que dio muerte a la Gorgona...

ION

¿Por qué te expresas así?

CREÚSA

La que habita en mis peñascos y plantó la oliva en la roca.

ION

No te entiendo, no te entiendo; no puedo adivinar el sentido de tus palabras.

CREÚSA

En el monte frecuentado por ruiseñores con Febo...

ION

¿Qué dices de Febo?

CREÚSA

Me uní en furtivo lecho.

ION

Explícate, que me es grato y placentero.

CREÚSA

Y en la décima revolución del mes te di a luz ocultamente, y fue tu padre Febo.

ION

¡Cuánto me place lo que dices, si es verdad!

CREÚSA

Mis manos virginales te envolvieron en estas telas, obra de mi lanzadera. No te acerqué a mi pecho, ni te alimentó mi leche maternal, ni mis manos te lavaron, sino que te expuse a la muerte en una gruta desierta, para que te despedazaran las garras de las aves.

ION

¡Oh madre!, cruel fue tu resolución.

CREÚSA

Vencida por el miedo, te entregué a la muerte, ¡oh hijo!, aunque lo hice contra mi voluntad.

ION

¡Y estuviste a punto de perecer a mis manos impías!

CREÚSA

Deplorable, ¡ay de mí!, fue todo aquello; deplorable también esto; juguete somos de penas y placeres, y pronto cambió el viento; sea constante el aura propicia que ahora sopla, después de tantos males, ¡oh hijo!

EL CORO

Ningún mortal, en vista de lo que nos sucede, debe extrañar nada.

ION

¡Oh, Fortuna, que todo lo trastornas, y haces a unos desdichados y a otros felices!; en mortal peligro estuvimos de matar a nuestra madre y de sufrir nosotros mismos muerte indigna. ¡Ay de mí! ¿Por ventura nada nos enseñan cada día las brillantes revoluciones del Sol? Deseado hallazgo es el tuyo, ¡oh madre!, y no me quejaré de mi linaje; lo demás debes tú saberlo. Acércate, quiero hablarte al oído, y dejemos eso envuelto en las tinieblas. Cuida, madre mía, de no achacar al dios tu falta, como suele suceder a las vírgenes, y guárdate, deseosa por mi causa de evitar tu deshonra, de afirmar falsamente que fue mi padre Febo.

CREÚSA

No; por la Victoria que acompañó a Atenea al socorrer en su carro a Zeus contra los hijos de la Tierra, ningún mortal es tu padre, ¡oh hijo!, sino el rey Apolo, que te conservó.

ION

¿Cómo, pues, da un hijo a otro, y dice que me engendró Juto?

CREÚSA

No dijo que te engendrara Juto, sino que, siendo suyo, te entregó a Juto; como amigo le ofrece su hijo, para que él lo herede.

ION

Con razón me inquietas, ¡oh madre!, si será veraz el dios, o si vaticina erradamente.

CREÚSA

Oye lo que me ocurre, ¡oh hijo!: Apolo, deseoso de protegerte, te hace miembro de su noble familia; pero si dices que eres su hijo, no serás nunca su heredero ni llevarás su nombre. ¿Cómo había de ser así, cuando oculté yo misma ese himeneo y quise matarte en secreto? Él te socorrió y te da ahora otro padre.72

ION

No me satisfacen tus razones; entraré, pues, en el templo y preguntaré a Febo si he nacido de padre mortal, o de él mismo. (Cuando va a entrar en el templo, se aparece Atenea en resplandeciente carro). ¿Qué es esto? ¿Qué deidad muestra su faz brillante como el sol sobre el sagrado templo? Huyamos, madre; no miremos a los dioses cuando no conviene verlos.

ATENEA (a Ion).

No huyáis, que no soy vuestra enemiga, sino la que os ama, y también a Atenas. Yo soy Palas, que me llamo como vuestra ciudad, y vengo aquí ligera a ruego de Apolo, que no osa presentarse, arrepentido de su falta. Nos envía para deciros que Creúsa te dio a luz y Apolo fue tu padre, haciéndote adoptar por los que no te engendraron, para que pertenezcas a nobilísima familia. Ya que todo se sabe claramente, disipó la borrasca que te amenazaba, temiendo que murieses a manos de tu madre, o ella a las tuyas. Deseaba el rey Apolo callarlo y declarar a Atenas que Creúsa era tu madre, y tú hijo de ambos. Para que se cumpla el oráculo y terminar mi misión, os diré el motivo que me obligó a uncir al carro mis caballos; ve, ¡oh Creúsa!, con tu hijo a la tierra de Cécrope y colócalo en el trono, porque es justo que reine en mi país el descendiente de Erecteo. Será famoso en la Grecia; cuatro ramas brotarán de este tronco, que darán tu nombre al territorio y a las tribus que habitan en mi alcázar.73 Geleón será el primero; a esta tribu seguirán las de los Hopletes, Argades y Egícores, del mismo nombre de mi égida, que formarán la cuarta. Cuando llegue la época fijada por el destino, sus descendientes fundarán las ciudades insulares de las Cícladas y colonizarán las orillas de la mar, principal nervio de un estado, y poblarán los campos de ambos continentes, así del Asia como de Europa; y perpetuando el nombre de Ion, serán famosos los jonios.74 Pero Juto y tú tendréis otros hijos; a saber: Doro,75 estirpe de los preclaros dorios, y Aqueo,76 en el país de Pélope, que dominará en la costa del mar, cerca de Río,77 y será padre de un pueblo insigne, que se llamará como él. (A Creúsa). Muchos beneficios debes a Apolo; primeramente te libró en tu parto de dolores, para que tus amigos no lo sospecharan, y después que diste a luz este hijo y lo fajaste, ordenó a Hermes que lo trajese aquí en sus brazos, y lo educó y le conservó la vida. Calla, pues, ahora, y no digas que es tu hijo, para que Juto, engañado, se deleite, y tú, mujer, puedas gozar tranquila de su compañía. Y sed felices, que os prometo suerte venturosa y alivio en vuestros malos.

ION

¡Oh Palas!, hija de Zeus Máximo, no incrédulo te escucho, que convencido estoy ya de ser hijo de Apolo y de Creúsa, y aun antes no era para mí increíble.

CREÚSA

Óyeme ahora: alabo a Febo, aunque no lo hiciera antes, porque me ha devuelto el hijo que despreció en otro tiempo. Bendigo, pues, ahora las puertas de este santuario y los oráculos del dios, hasta aquí adversos. De buen grado oprimirán ya mis manos las argollas de estas puertas, y las saludaré con amor.

ATENEA

Celebro que honres al dios, variando de parecer; hasta cierto punto podrá ser tarda la voluntad divina, pero se cumplirá al fin siempre.

CREÚSA

¡Oh hijo!, vamos a nuestra patria.

ATENEA

Andad, y yo os seguiré.

ION

Digna patrona, en verdad, de nuestro viaje.

CREÚSA

Y amante de nuestra ciudad.

ATENEA

Y siéntate en el antiguo trono.

CREÚSA

¡Bien inestimable para mí!

EL CORO

Adiós, Apolo, hijo de Zeus y de Leto; nunca desconfíe el desdichado si honra a los dioses. Al fin, los buenos obtienen justa recompensa, que los malos nunca serán felices.



  1. «Atlas —dice Hesíodo— sostiene en sus hombros el cielo en los confines de la tierra, allá en el país de las Hespérides». Era hijo de Jápeto y de Clímene, hija del Océano y hermana de Menecio, Prometeo y Epimeteo. ↩
  2. Esta diosa fue Pléyone, madre de las siete Pléyades, hijas suyas y de Atlas. ↩
  3. Maya, una de las Pléyades. ↩
  4. Delfos, famosa ciudad de la antigua Grecia, junto al Parnaso y las riberas del golfo Criseo. Creían los griegos que era el centro de la tierra. ↩
  5. Atenas. ↩
  6. Erecteo o Erictonio, cuarto rey de Atenas, era hijo de la Tierra y de Hefesto, y reinó en aquella ciudad hacia el año 1489. Dicese que Atenea, al verlo cojo y contrahecho, como su padre, lo encerró en un cesto y lo dio a guardar a Aglauro, prohibiéndole mirarlo; pero esta no la obedeció, y encontró en el cesto un niño, cuyas piernas eran dos serpientes. ↩
  7. Aglauro, hija de Cécrope, que, según unos, fue atormentada por las Furias por haber desobedecido la orden de Atenea de no mirar el cestillo en que le dio a guardar a Erictonio; según otros, fue convertida en roca por Hermes, por entrometerse indiscretamente en los amores de este dios y de su hermana Herse, y, por último, según otros, se sacrificó voluntariamente por su patria en una guerra. ↩
  8. Collares de esta forma. ↩
  9. De Calcodonte, rey de la Eubea, padre de Elefénor, uno de los héroes griegos del sitio de Troya. Calcodonte murió en una batalla que le dio Anfitrión y los tebanos. (V. el Heracles Furioso). ↩
  10. De la Jonia, región del Asia Menor, separada de la Eolia por el río Hermo, y regada por el Meandro y el Caistro. ↩
  11. Castalia, fuente de la Fócida, entre Delfos y el Parnaso, muy celebrada de los poetas, así llamada de la virgen Castalia que, huyendo de Apolo, fue convertida en fuente. Virgilio, en sus Geórgicas, dice así: Castaliam molli divertitur orbita clivo. ↩
  12. Peán, himno religioso, especialmente el que se cantaba a Apolo. Virgilio, en su Eneida, VI. 657, dice así: laetumque choro paeana canentis; y Claud., in Ruf., praef. n. 11, Omnis, io paean, regio sonat. ↩
  13. El águila, que, como se sabe, era mensajera de Zeus, consagrada a él por ser la reina de las aves, como él era rey del cielo. ↩
  14. La voz del cisne. ↩
  15. En el istmo de Corinto. ↩
  16. Advocación de Apolo como guardián de las calles. (V. nuestra nota a Las Fenicias). ↩
  17. Heracles. ↩
  18. Vanagloriábanse las mujeres griegas de su habilidad en esta clase de labores, especialmente las atenienses, que las ofrecían primorosas a Atenea en la fiesta de las Panateneas. ↩
  19. Yolao, su escudero, que cauteriza las heridas de la hidra. ↩
  20. Belerofonte, que montado en el caballo Pegaso dio muerte a la Quimera. ↩
  21. Famoso gigante, de quien Horacio (III, od. IV) dice: ↩
  22. Especie de junco con que hacían los tirsos. ↩
  23. Según dice Estrabón (IX, pág. 420), en el centro de la Tierra había dos palomas que, por orden de Zeus, vinieron a él de los extremos de la Tierra. Eurípides, como se ve en la réplica de Ion, dice que eran las gorgonas quizá para asustar a las mujeres, o para expresar el terror con que los mortales debían visitarlo. ↩
  24. Nació, como hemos dicho, de la Tierra y de Hefesto, esto es, ex Vulcani semine, Minervam appetentis. (Véanse las notas que van al principio de esta tragedia). ↩
  25. Eurípides alude aquí a la guerra de Erecteo con Eumolpo, rey tracio que con numeroso ejército vino a devastar el Ática. Consultado entonces el oráculo, ordenó que fuesen sacrificadas las hijas de Erecteo. Este las atrajo a su campamento e inmoló a Ctonia, una de ellas, y las demás se precipitaron desde unos peñascos, por haber jurado antes que si moría una, las demás la seguirían. Erecteo venció a Eumolpo, hijo de Poseidón, y su padre, por vengarlo, lo hirió con su tridente. ↩
  26. Los mitólogos no dicen que Eolo fuese padre de Juto, sino Helén. Apolod. Bibliot., lib. I, cap. 7. dice así: Ἕλληνος δὲ καὶ Νύμφης Ὀρσηΐδος, Δῶρος, Ξοῦθος, Αἴολος. De Helén y de la ninfa Orseida fueron hijos Doro, Juto y Eolo. Doro fue el tronco de los dorios; Juto, de los aqueos; Eolo, de los eolios, e Ion, el protagonista de esta tragedia, de los jonios, los cuales pasaron al Asia Menor y fundaron Éfeso, Mileto, Miunte, Lébedos, Colofón, Priene, Teos, Eritras, Focea, Clazomene, Quíos y Samos. Así lo contaba la tradición, aunque la historia diga que todo esto sucedió dos siglos antes, cuando los heráclidas invadieron el Peloponeso y arrojaron de allí a los aqueos, los cuales expulsaron a su vez a los jonios, que fundaron las doce colonias mencionadas. ↩
  27. Trofonio y Agamedes fueron dos hermanos, famosos arquitectos que edificaron el templo de Apolo en Delfos. Hirieo, rey de Orcómeno, los llamó para que construyesen su tesoro. Así lo hicieron, en efecto, aunque con tanta malicia que, de noche, por una puerta secreta, entraban en él y robaban a Hirieo. Súpolo este, que los cogió en un lazo, y Trofonio, para que su hermano no le descubriese, le cortó la cabeza y pudo huir con tan sangriento despojo, muriendo a poco en una caverna cerca de Lebadea (Beocia). Apolo, agradecido porque le había edificado su templo, le concedió el don de profetizar lo futuro. Pausanias cuenta (Beot., IX, 39) que cuando alguno quería consultarlo debía pasar muchos días purificándose en el templete o capilla de la Buena Dicha (δαίμονος ἀγαθοῦ καὶ τύχης). Bañábase en el arroyo llamado Hercina y solo comía carne consagrada de la que se sacrificaba a unos seis dioses, probada por un sacerdote para declarar si Trofonio lo recibiría benévola o agriamente. El ánimo y más solemne sacrificio era el de un carnero, que se inmolaba en un hoyo llamado Agamedes. Si los augurios eran favorables, llevábanlo a las aguas de Hercina, en donde dos muchachos de trece a catorce años lo ungían y lavaban; de allí lo llevaban los sacerdotes al nacimiento de dicho arroyo, en donde bebía nuevamente el agua del olvido y el de la memoria; después le enseñaban la estatua de Trofonio, obra de Dédalo, y la adoraba. Poníanle un saco de lino y le daban su calzado. El oráculo estaba en una montaña, y la caverna no era natural, sino obra de los hombres y regular su figura. Para bajar a ella tenía que valerse de una estrecha escalera y había de llevar en cada mano una torta hecha con miel. En esta caverna había un hoyo de una braza de alto y dos de ancho en donde se colocaba el curioso para conocer las respuestas de Trofonio, que consistían en visiones o en voces articuladas e inteligibles. Las tortas estaban destinadas a las culebras que se criaban allí. Recibíanlo los sacerdotes a la salida, que tardaba más o menos tiempo, y lo sentaban en la silla del recuerdo, preguntándole lo que había visto u oído. Entregábanlo luego al cuidado de sus servidores, los cuales le transportaban a la capilla de la Buena Dicha, en donde volvía en sí al cabo de algún tiempo. ↩
  28. Como el oráculo de Delfos era tan célebre en toda Grecia, de aquí también que se le hiciesen ricas ofrendas y presentes de todo género, como esclavos, vasos sagrados, obras de arte, etc. El respeto y la veneración que le profesaban todos los griegos hizo que depositasen en él sus tesoros, cuya posesión más tarde, cuando las creencias religiosas no eran tan vivas, produjeron la guerra sagrada (355 a 345 antes de Jesucristo) y la invasión de los galos, mandados por Breno (278 antes de Jesucristo). ↩
  29. Nosotros decimos, al contrario, que mal de muchos es consuelo de tontos. Pensando cristianamente, no debemos nunca regocijarnos de las desdichas ajenas, aunque sean semejantes a las nuestras, pero como no todos piensan así, lo más común es sentir y expresar lo contrario, ya porque la soledad de los males nos horroriza, ya porque así creemos que de este modo apreciarán los demás en su justo valor nuestros sufrimientos, experimentándolos en propia cabeza. Tal parece ser el sentido de estas palabras de Ion. ↩
  30. Este principio desenvuelve el poeta en La Andrómaca, pues Neoptólemo, el hijo de Aquiles, muere en Delfos por haber osado acusar a Febo como autor del asesinato de su padre. ↩
  31. Rasgo de benevolencia hacia el bello sexo, rarísimo en Eurípides, pues ya dice que hay mujeres buenas, lo cual para él es mucho decir. ↩
  32. Esto es, con Apolo, porque la invocación es a Leto. Estas palabras envuelven dos sentidos: el uno se refiere al anterior agravio que Creúsa recibió de Febo y a la esperanza de que lo repare, y el otro es el de significar un vago deseo, cuyo fundamento no pueden penetrar los demás interlocutores. ↩
  33. Sin duda la pena del estuprador era una multa pecuniaria, y por esto dice Ion que estos dioses, para pagarlas, tendrían necesidad de desprenderse de las riquezas acumuladas en sus templos. ↩
  34. Ilitía, genialis tori custos, como le llama Séneca, diosa que presidía a los partos. Según unos, era advocación de Artemisa o Hera, y según otros, una deidad, distinta de ellas, hija de esta última. ↩
  35. Según algunos mitólogos, Atenea salió armada de la cabeza de Zeus, con la cooperación de Hefesto; según otros, del titán Prometeo. ↩
  36. Νίκη, Victoria, sobrenombre de Atenea, bajo cuya advocación tenía un santuario en la ciudadela de Atenas. ↩
  37. «Cuando se baja de la ciudadela (dice Pausanias, cap. I, 28, 4), antes de llegar a la ciudad que yace a su falda, en dirección de los Propileos, se encuentra una fuente, y, junto a la eminencia, un santuario consagrado a Pan y Apolo. En él, según se dice, se unieron Apolo y Creúsa, la hija de Erecteo». Esta capilla o santuario (Herod., VI, 105) se edificó después de la batalla de Maratón, cuando el dios llamó al correo Fidípides, encargado de pedir socorro a los espartanos, al monte Partenio, y reprendió a los atenienses porque descuidaban su culto, prometiéndoles ayudarle en la guerra. Desde entonces se le honró allí con sacrificios cotidianos y con antorchas. Así es que su culto y el de las hijas de Aglauro se celebraba al mismo tiempo, ya en razón al lugar en donde estaban sus templos, ya porque estas otras divinidades locales protegían, como Pléyades, los campos y ganados. Sus capillas estaban, sin duda, hacia el mismo paraje de la ciudadela, en su parte más elevada, y como a la mitad de ella (Herod., VIII, 53). Su fiesta (según Hesiquio) se denominaba πλυντήρια, pues se confundían con las Pléyades, como hemos dicho, y sus nombres Ἕρση y Πάνδροσος, aludían al rocío; de aquí que su culto se trueque con el de Atenea, pues en el templo de esta, en lo alto del alcázar, se hallaba la oliva sagrada, apellidada (Apolod., III, 14, 1-2) πανδρόσιον. Las hijas de Aglauro formaban una especie de trinidad, como las Gracias; y así como estas bailaban con las Musas y las Ninfas (Horac., 88, I, 4, 6) y las Nereidas en la mar, y las Sílfides del norte al claro de la luna, y Dioniso con las Ménades todas las noches en el Parnaso, así también estas tres hermanas bailaban con Pan, que las acompañaba tocando la flauta, como Apolo acompañaba a las Musas con la lira. ↩
  38. El texto dice οὐ πέδον τίκτει τέκνα, la tierra no engendra hijos, negación de muchas fábulas que aseguran lo contrario, y que contradice las creencias de algunos pueblos que se miraban como autóctonos, contándose entre ellos los atenienses. Eurípides ha dicho antes también que Erecteo era hijo de la Tierra. ↩
  39. Esto mismo viene a decir Aristófanes en Las Nubes, 603, cuando exclama: Παρνασσίαν θ᾽ ὃς κατέχων πέτραν σὺν πεύκαις σελαγεῖ Βάκχαις Δελφίσιν ἐμπρέπων, κωμαστὴς Διόνυσος. ↩
  40. Recuérdese que el coro está compuesto de esclavas de Creúsa. ↩
  41. Sabido es que los pueblos gentílicos se enorgullecían mucho de esta cualidad, y que los atenienses no eran de los menos vanos en esta parte. Tal empeño provenía en parte del deseo que han mostrado casi todos los pueblos de hacer creer a los demás en su antigua existencia, causa de infinitos errores, así cronológicos como históricos, en el natural anhelo de alegar un título más legítimo de posesión y dominio que los venidos después al mismo lugar, y por último, en el carácter egoísta y exclusivo de esos antiguos estados. La historia y las sagradas letras a un tiempo niegan terminantemente la verdad de tales asertos. ↩
  42. Este discurso de Ion es notable en más de un concepto, así por la dulce serenidad que todo él respira, cuanto por lo apropiado a su situación y a su carácter. Diríase que ha sido la fuente en donde bebió el maestro León el aromático néctar que perfuma a algunas de sus más celebradas odas, si no supiéramos que en ellas se advierte ese descontento de todo lo mundano, esa eterna e inextinguible aspiración a algo más elevado que no se puede encontrar en la tierra, diferencia capital y característica entre la poesía gentílica y la cristiana. ↩
  43. En griego, Ἰών, participio de aor. 2, del verbo εἶμι, voy. ↩
  44. El texto griego vulgar dice así: Ἔχει δόλον τύχαν θ᾽ ὁ παῖς, cuya traducción literal es esta: habet dolum fortunamque hic puer. Tyrwhitt vierte así la frase: fortunam dolo et astutia comparatam; Theobaldo Fix, dolum et sinistri aliquid; pero el primero supone que el texto no escribe δόλον, sino δόλιον, lo cual no es cierto, y el segundo no justifica su versión, puesto que la de su texto es la que nosotros damos más arriba. En esta duda apelamos, como de ordinario, al sentido y a los antecedentes y consiguientes del verso, que pueden explicárnoslo, y no vacilamos en adoptar la corrección de Hartung y, por grande que sea el respeto que el texto deba merecernos, el cual, a nuestro juicio, debe posponerse cuando no sea inteligible, como ahora sucede. El coro, llevado de ese espíritu de exclusivismo que distingue a los ciudadanos de los antiguos estados, habla una y otra vez de extranjeros, y parece temer que, además de Juto, entre algún otro en la real familia, que mañana pueda ser su soberano. A nuestro parecer, este verso alude a ese temor, y en su consecuencia aceptamos la sustitución de κρύφιον por τύχαν. ↩
  45. Porque Juto era también extranjero, según antes hemos visto, cuya circunstancia concurre también en Ion. ↩
  46. Según dice Estrabón (IX, 3, pág. 288, 17, El Parnaso), en su parte meridional forma con sus peñascos una especie de anfiteatro; en una de sus cimas estaba el oráculo y la ciudad, abrazando el espacio de una media legua. Allí yacía también Licorea, en cuyo lugar se edificó después Delfos y el templo de Apolo. Cerca estaba la fuente Castalia. ↩
  47. Como las mujeres no son de ordinario fieles guardadoras de secretos, y Eurípides tenía formada de ellas idea bien poco favorable, no es extraño que revelen el misterio a su dueña, no obstante las amenazas de Juto. Adviértase además que para ellas es extranjero, y Creúsa ateniense y del linaje de Erecteo, y, por último, que de ordinario la mejor manera de difundir un secreto es encargar que se guarde. ↩
  48. Ya antes de ahora hemos visto repetidas veces que los personajes de Eurípides expresan este deseo en situaciones análogas. Suelen añadir que anhelan hundirse en las entrañas de la tierra, o precipitarse desde empinada roca. Así lo leemos en Hécuba, Orestes, Las Fenicias, Heracles furioso y en Helena. ↩
  49. Alude aquí Eurípides, en boca del Pedagogo, a la frecuencia con que los mortales cohonestaban sus maldades invocando la intervención de los dioses. Ya hemos visto en Orestes que Helena atribuye a Afrodita toda la culpa de sus escándalos, y que los dioses, especialmente Zeus, sirvieron no poco a muchas mujeres griegas para santificar sus adulterios y liviandades. ↩
  50. En Las Fenicias, versos 363 y 364, dice también Polinices, hablando con Yocasta: ↩
  51. Esta laguna Tritónide se halla en el África propiamente dicha (hoy llamada Farooun o El Laudeah) hacia el sur, y en comunicación con otro lago denominado Palus Lybica. Heródoto dice que en la laguna Tritónide desagua el caudaloso río Tritón. Píndaro apellida Tritón a un golfo desconocido; en la Beocia había un arroyuelo de este mismo nombre; y Apolonio, en sus Argonautas, llama así al Nilo. Esta voz Τρíτων parece derivada de τρέω, tremo, y a Atenea se le daba el nombre de Τριτογένεια, según cierto mito, acaso de origen egipcio, que la hacía hija de Poseidón y de la ninfa Tritónide. Lucano, en su Fars., IX, 350-4, se expresa de este modo: ↩
  52. Alude aquí Eurípides a la lira primitiva, compuesta de dos cuernos unidos por la base y sujetos a cierta distancia por la extremidad, desde la cual hasta la primera bajaban cuatro, seis o siete cuerdas, de donde el nombre de tetracordon o hexacordon con que se le distingue. Tal es la forma con que se representa la lira en algunas urnas funerarias. ↩
  53. Llamose Flegra cierto paraje de Palene, península de la Macedonia, en donde se suponía que pelearon dioses y gigantes, y otro cerca de Bayas y de Cumas, en Italia. ↩
  54. El adjetivo γοργὸς, ὴ, ὸν, terrible, vivo, activo, ardiente, violento, rápido, parece derivatio de ὀργὴ, ῆς, pasión, orgullo, crueldad, sed de venganza. Todos saben que Γοργώ era un atributo esencial de Atenea, cuyo escudo αἰγίς (de ἀΐσσω) hace temblar el orbe. Hesiquio dice que γοργόνις y αἰγίδες significan lo mismo. Γοργωπός indica una mirada ceñuda, como el torvus o trux latino. Ahora bien: si γοργίδες equivale a ἰοκεανίδες, y γοργάδες a ἁλιάδης (Hesiquio), indudablemente aluden a cierta propiedad de la mar, a su cólera y violentas tempestades. Adviértase que Forcis, el padre de las Gorgonas, habitaba en la extremidad de la tierra, en el profundo mar, y que Ceto, su madre, era una de las nereidas. ↩
  55. Se da en Anatomía el nombre de vena cava (de cavus, cóncavo), sin duda a causa de su diámetro considerable, a dos venas por las cuales vuelve al corazón la sangre del cuerpo; una es la vena cava torácica, llamada también superior o descendente, y otra la vena cava abdominal, inferior o ascendente. ↩
  56. El hallazgo del hijo, que para Juto no es de Creúsa, y a quien le conviene ocultárselo. ↩
  57. Estas máximas son inmorales en alto grado, porque si solo hemos de ser piadosos mientras nos favorezca la fortuna, debemos ser impíos cuando nos aflija, esto es, casi siempre. Tampoco se puede asentar de una manera tan absoluta que podemos hacer daño a nuestros enemigos. Nuestra religión no solo lo prohíbe terminantemente, sino que nos manda amarlos; y entre los gentiles no eran lícitos todos los medios de ofensa, ni en todos los casos. ↩
  58. Esta es la Hécate, invocada por los mágicos y por los criminales, de quien hablamos ya en Las Fenicias, al verso 108. ↩
  59. El 20 del mes βοηδρομιών (septiembre y octubre) salía de Atenas una procesión hacia Eleusis llevando la estatua de Dioniso, y en la fuente Calícoro las mujeres de Eleusis danzaban en coros y alababan al dios con sus cantos. Plut. Phoc., c. 28, pág. 754; Pausan., I, 38, 6, página 93. El escol. a las Ran. de Aristófanes, v. 323. Llamábanse las Vigésimas porque se celebraban el 20 de dicho mes, y, según indica el coro, los extranjeros no podían tomar parte en ellas. ↩
  60. Ya hemos dicho que el Parnaso tenía dos cumbres, y que en una de ellas brillaban de noche las antorchas que alumbraban a los devotos de Dioniso. ↩
  61. Orión, hijo de Hirieo, nació de la piel de un buey, con cuya carne obsequió aquel a Zeus, Poseidón y Hermes en una de sus correrías, por cuya razón los dioses le premiaron concediéndole un hijo en su vejez. Astuto e infatigable cazador, desafió a Artemisa, o según otros, desdeñó su amor. Ella se vengó suscitándole un escorpión, que lo mordió, de cuyas resultas falleció. A sus ruegos, sin embargo, debió después ser trasladado al cielo, en donde forma una constelación de las más brillantes. ↩
  62. Se le adoraba bajo la figura de una serpiente. ↩
  63. El árbol de la mirra es descrito por Plinio, XII, 15, 16, Sect. 33-35. Crecía en la Arabia y en las islas, ya espontáneamente, ya merced al cultivo humano, y llegaba hasta la altura de cinco varas. Dos veces al año se le hacía una hendidura a lo largo del tronco, y de ella manaba el perfume. Plinio afirma que la mejor manaba naturalmente del árbol. ↩
  64. Tal era la costumbre de los griegos, según dice Dióg. Laerc. Anach. (1, 8, 5, 104): καὶ θαυμάζειν φησὶ, πῶς Ἕλληνες ἀρχόμενοι μὲν ἐν μικροῖς πίνουσι, πλησθέντες δὲ ἐν μεγάλοις. ↩
  65. Cualquier ruido que se oyese al celebrar un sacrificio, como el de escupir, toser, quejarse, respirar, etcétera, se miraba como de mal agüero. Por esto se imponía silencio antes de comenzar, y si involuntariamente se rompía, los romanos le llamaban dirae, y los griegos, βλασφημίαι. Teofrasto, al trazar el carácter del imprudente, dice que cuando su madre quiere consultar las aves, las interrumpe con sonidos de mal agüero: εἰς ὀρνιθοσκόπον τῆς μητρὸς ἐξελθούσης, βλασφημῆσαι. ↩
  66. Había dos ciudades con el nombre de Biblos, una en Fenicia, a la orilla del mar, entre Trípoli y Beirut, célebre por el culto que se tributaba en ella a Tammuz (el Adonis griego); y la otra en el bajo Egipto, a igual distancia de los brazos de mar Artabequico y Termatiaco. Es probable, sin embargo, que el poeta aluda aquí a cierto paraje de la Tracia llamado βιβλίνη, celebrado por sus vinos, Aten. I. 31. B., o a un arroyuelo de Naxos citado por Delio en Steph. Byz., y Simo en Etym. M., pág. 197. ↩
  67. El texto griego dice así: γυμνὰ δ᾽ ἐκ πέπλων μέλη ὑπὲρ τραπέζης ἧχ᾽ ὁ μαντευτὸς γόνος, cuya traducción latina es la siguiente: nuda tum ex pallio membra supra mensam proyecit vaticinio declaratus filius. Musgrave, sin asustarse de lo ridículo que parece su versión, asegura que Ion se sube desnudo sobre la mesa y habla después con los convidados. M. Artaud se expresa de esta manera: Alors le fils désigné par l’oracle dechire ses vêtements, il se roule sur la table, et s’écrie. Nosotros, aunque desconfiamos del acierto, nos limitamos a decir que, descubriendo su pecho, arengó a los convidados, omitiendo su ascensión a la mesa, por parecernos ridículo, innecesario y no autorizado por el texto, que, usando de la palabra μέλη, no dice que desnudo se subiera en la mesa, sino que solo ciertas partes del cuerpo, esto es, sus brazos al hablar. ↩
  68. Recuérdese que Creúsa había ido a la hospedería del templo de Delfos. ↩
  69. Apolod., III, 15, 1, dice así: Γήμας δὲ Ἐρεχθεὺς Πραξιθέαν τὴν Φρασίμου καὶ Διογενείας τῆς Κηφισοῦ, ἔσχε παῖδας Κέκροπα, Πάνδωρον, Μητίονα, θυγατέρας δὲ, Πρόκριν, Κρέουσαν, Χθονίαν, Ὠρείθυιαν, ἣν ἥρπασε Βορέας. «Erecteo se casó con Praxitea, hija de Fráximo y de Diogenía, la hija del Cefiso, y engendró a Cécrope, Pandoro y Metión, varones, y a Procris, Creúsa, Ctonia y Oritía, a la cual robó Bóreas». Sabido es que el Cefiso es un riachuelo que nacía en el monte Parnés, bañaba los muros de Atenas, y atravesando el Pireo, desembocaba en el golfo Sarónico. Ion lo llama padre, como de ordinario se hace siempre con los ríos. ↩
  70. Las aras y altares consagrados a los dioses solían estar adornados de guirnaldas del árbol especial que cada uno amaba. Así es probable que estas fuesen de laurel. A veces el mismo escultor las representaba en la piedra. Ovid., Trist., V. eleg. 5, v. 9, dice: ↩
  71. El cestillo y las envolturas. ↩
  72. Esta ἀναγνώρισις, o reconocimiento, está perfectamente trazada y desenvuelta, y bastaría para dar a Eurípides preciada palma de poeta dramático. No hemos querido interrumpir la lectura con notas impertinentes, ya por ser innecesarias, ya para dejar libre al lector de saborear sus clásicas bellezas. Todo camina naturalmente, sin afectación ni violencia, y al mismo tiempo que recrea nuestro ánimo y nos interesa, pinta dulcísimos afectos perdurables y eternos para el hombre. La ansiedad de Creúsa, viéndose amenazada de muerte; la ira su hijo, la esperanza que agita a aquella al ver el cestillo, su resolución de dejar el ara, sin acordarse ya del peligro; la sorpresa de Ion, los tiernos abrazos de ambos al reconocerse, el deseo legítimo del hijo de que su padre participe también de su dicha, el dolor de la madre, obligada a revelar su falta a su propio hijo; las dudas de este y la delicadeza con que las expone, sin faltar al respeto de su madre, todo esto es bello en sumo grado y digno de nuestro estudio. ↩
  73. Heródoto, lib. V, c. 66, dice así: μετὰ δὲ (Κλεισθένης), τετραφύλους ἐόντας Ἀθηναίους δεκαφύλους ἐποίησε, τῶν Ἴωνος παίδων Γελέοντος καὶ Αἰγικόρεος καὶ Ἀργάδεω καὶ Ὅπλητος ἀπαλλάξας τὰς ἐπωνυμίας, ἐξευρὼν δὲ ἑτέρων ἡρώων ἐπωνυμίας ἐπιχωρίων...; pero después Clístenes dividió en diez las cuatro tribus atenienses, mudando sus nombres, que eran los de los hijos de Ion, Geleón, Egícoro, Argadeo y Hoples, e inventó otros en su lugar alusivos a héroes indígenas. ↩
  74. Hacia el año 1440 los jonios invadieron la Ogigia occidental y la Egialea, y dieron a estos dos países su nombre (después el Ática y la Acaya). Cuando los dorios penetraron en el Peloponeso (1190), los jonios de la Egialea, expulsados por los aqueos, se refugiaron en el país de sus hermanos del Ática; pero como esta hallábase ya muy poblada de eolios, corintios y epidauros, se dirigieron, al mando de Neleo y de otros hijos de Codro, a las Cícladas y a la costa occidental del Asia Menor y a las islas vecinas, y fundaron las doce ciudades de la Jonia. Fue un pueblo muy civilizado, y dejó su nombre a un dialecto, a un modo de la música, y a un orden arquitectónico. ↩
  75. Los dorios habitaban primero al pie del Eta; apoderáronse después de la Histiótide; y cuando los arrojaron de ella los cadmeos, se fijaron a la falda del Pindo y se llamaron macedones. Unidos después con los melieos de Traquinia, se posesionaron de la Driópide, que tomó el nombre de Dórida. Subyugaron luego la Hemonia, abandonándola en seguida, y atacando dos veces vanamente el Peloponeso, del cual se apoderaron al fin, unidos con los Heráclidas y los eolios. Conquistaron también a Mégara y la isla de Creta, y fundaron diversas colonias, como Rodas, Bizancio, Siracusa, etc. ↩
  76. La Acaya fue una región del Peloponeso habitada desde 1184 por los aqueos ftióticos, que le dieron su nombre, expulsando de ella a los jonios. Formaban una federación de doce ciudades. ↩
  77. Río, promontorio de la Acaya, a la entrada del golfo de Corinto. ↩