Tomo III · Capítulo 24
Notas
Sed quid Typhoeus et validus Mimas,
Aut quid minaci Porphyrion statu,
Quid Rhoetus evulsisque truncis
Enceladus, jaculator audax,
Contra sonantem Palladis aegida
Possent ruentes?
Y nuestro divino Herrera, en su oda a don Juan de Austria:
—¡Oh duro y no cansado pecho!
Por quien cayó vencido,
Y en peligroso estrecho
Mimante pavoroso fue deshecho.
ὡς δεινὸν ἔχθρα, μῆτερ, οἰκείων φίλων,
καὶ δυσλύτους ἔχουσα τὰς διαλλαγάς.
Hanc et Pallas amat, patrio quae vertice nata
Terrarum primam Libyen... tetigit, stagnique quieta
Vultus vidit aqua, posuitque in margine plantas,
Et se dilecta Tritonida dixit ab unda.
Araque gramineo viridis de caespite fiat,
Et velet tepidos nexa corona focos.
Se ha llegado hasta el extremo de suponer que Eurípides sublimó tanto su abandono y su negligencia, que habiendo incurrido al escribirla en contradicciones tan absurdas como estúpidas, las dejó después sin corregirlas ni enmendarlas. Si se tratara de un articulo de periódico de nuestro tiempo, escrito, impreso y publicado de prisa, quizá pudiera pasar, no como regla general, sino como excepción, porque así y todo se corrigen con frecuencia no una sola vez; pero de una obra dramática del fuste de estas de Eurípides, no ya el pensarlo, el decirlo solo nos parece archimayúsculo desatino. Nadie ha escrito más a la ligera que nuestro Lope de Vega, y, sin embargo, subsiste y en manos de todos se halla el manuscrito de El Bastardo Mudarra, lleno de correcciones y mudanzas. Suponer ni por un instante que habiendo de escribir los trágicos griegos para un certamen público en el cual habían de encontrar temibles rivales; que sus obras habían de ser leídas y examinadas por jueces competentes; que después habían de ser revisadas y releídas por su autor, encargado de ponerlas en escena, y que el público, al fin, había de escucharlas; y que después de todo esto sea razonable sospechar siquiera tan incomprensible negligencia, se nos antoja el colmo de la credulidad.
En toda la escena entre Alcmena y Euristeo no hay contradicción alguna imputable al poeta, sino a los personajes, efecto natural de las diversas y contradictorias pasiones que los mueven, advirtiéndose que son justamente esos efectos los que debían sentir, y en esa forma contradictoria.
Alcmena, al contemplar en su presencia a Euristeo vencido y prisionero, ciega de ira, de sed de venganza y de rencor por tantos años acumulado, solo piensa en matarlo; cuando se entera de las leyes y costumbres humanas de Atenas, se contenta con matarlo sin privarlo de la sepultura; pero cuando después oye de los mismos labios de su aborrecido enemigo que desde su sepulcro perseguirá y dañará a los heráclidas, se deja arrebatar de nuevo de su ira y manda que lo maten y que echen a los perros su cadáver. Téngase en cuenta que Alcmena es de regio abolengo, y ha sido esposa de Zeus y madre de Heracles, y es abuela de los heráclidas; anciana harta de sufrir persecuciones, afrentas y males de Euristeo, y que cuanto hace, dice, siente y manda es lo más natural, humano y verdadero en su situación, antecedentes y circunstancias. Alguna cristiana en su lugar, acaso no perdonaría a sus deudores, como dice el Padrenuestro, y nunca una pagana.
... ut hocce in erectum excites,
mammasque contrectes, et obumbratum
manibus tangam hortum...