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Comedias

Capítulo 15 de 16

Índice

Tomo III · Capítulo 15

Pluto

Comedias · Aristófanes


NOTICIA PRELIMINAR.


Después de haber combatido en Las Junteras los absurdos de ciertas teorías comunistas, vuelve Aristófanes en el Pluto a tratar por medio de una ingeniosa alegoría la gran cuestión del pauperismo y de la desigual e injusta distribución de las riquezas.

Pluto, el dios del oro, está ciego y distribuye sus bienes al azar, enriqueciendo a todos los bribones e intrigantes, y dejando en la miseria a los hombres virtuosos y trabajadores. Cremilo, honrado labrador, le encuentra en tan lastimoso estado, y, obedeciendo a un oráculo de Apolo, trata de devolverle la vista venciendo la resistencia del dios, a quien tiene atemorizado una amenaza de Júpiter. Después de sostener Cremilo una violenta discusión con la Pobreza, en que esta se presenta como la causa de todos los bienes y la fuente de toda felicidad, lleva a Pluto al templo de Esculapio, donde recobra la vista. Una multitud inmensa se agolpa en derredor del dios, deseosa de conseguir sus favores, pero él los reserva para los hombres de bien, hasta entonces desdeñados. Un delator, una vieja verde, Mercurio y el sacerdote de Júpiter aparecen sucesivamente lamentando la situación a que les ha reducido la curación de Pluto, y la comedia acaba con una procesión para instalar al dios en su antiguo puesto, detrás del templo de Minerva.

Aunque velado por la multitud de sofismas, alegorías, narraciones burlescas, alusiones satíricas y discusiones y chistosos incidentes que constituyen la trama de esta comedia, se ve que el remedio eficaz, en concepto de Aristófanes, para la pobreza pública no era el dejar a todos los ciudadanos en una holgazanería llena de abundancia, ideal de los pueblos antiguos, sino el trabajo, condición necesaria de nuestra naturaleza y cuya conveniente utilidad sostiene la Pobreza para llegar al quod satis est y a la aurea mediocritas, que constituyen nuestra felicidad relativa, demostrando que el oro por sí mismo no constituye la riqueza.

Lo que más llama la atención en el Pluto y le distingue de las otras comedias de Aristófanes, es su lenguaje comedido y casi limpio de las obscenidades y bufonadas que afean el de otras piezas; la sátira es además mucho menos cáustica y mordaz, y el sangriento sarcasmo está sustituido casi siempre por una agradable ironía. El coro desempeña un papel menos importante, y las alusiones personales escasean: falta además la Parábasis, característica, como hemos visto, de la comedia antigua, por lo cual muchos escritores consideran el Pluto como perteneciente a la llamada media. Por esto mismo, hallándose desprovista del interés político, el poeta puso sin duda mayor cuidado en el desarrollo de su plan, desenvolviéndolo con un arte parecido al de Las Nubes, y embelleciéndole con chistes espirituales y de buen gusto.

El Pluto se representó en dos épocas distintas: la primera vez en el año 408 o el 409 antes de Jesucristo; y la segunda en 390, aunque entonces con el nombre de Araros, hijo de nuestro poeta.

La edición que hasta nosotros ha llegado no es, según todas las apariencias, ni la primera ni la segunda, sino una refundición de ambas, hecha quizá por algún gramático, tomando trozos de una y otra. Pues la falta de Parábasis y diferentes alusiones a sucesos políticos posteriores al 409 demuestran que no puede ser la representada en esta fecha, al paso que aquellos pasajes en que se ataca personalmente a varios ciudadanos influyentes no pertenecen a la de 390, en cuya época los Treinta habían prohibido a los cómicos el satirizar a nadie por su nombre.


PERSONAJES.


Carión.

Cremilo.

Pluto.

Coro de Labradores.

Blepsidemo.

La Pobreza.

La mujer de Cremilo.

Un hombre honrado.

Un Delator.

Una Vieja.

Un Joven.

Mercurio.

Un Sacerdote de Júpiter.


La acción pasa delante de la casa de Cremilo.


PLUTO.


CARIÓN.

¡Oh Júpiter! ¡Oh dioses! ¡Qué terrible cosa es servir a un amo demente! Si el esclavo da los mejores consejos y al dueño no se le antoja seguirlos, no por eso deja de participar de su desgracia. Porque la fortuna no nos permite disponer de este cuerpo que es nuestro y muy nuestro, y se lo da al que lo ha comprado. ¡Así anda el mundo! Tengo que dirigir a Apolo, al dios cuya pitonisa profetiza desde el áureo trípode, una justa acusación: siendo médico y hábil adivino, según se asegura, ha dejado salir de su templo a mi amo loco, obstinado en seguir a un ciego y empeñado en oponerse al buen sentido, según el cual quien tiene buenos ojos debe guiar al que carece de ellos; pero a mi señor no hay medio de hacérselo comprender, y se va detrás del ciego, y por añadidura me obliga a ir también, sin responder a mis preguntas. No, dueño mío, yo no puedo callar si no me dices por qué seguimos a ese hombre; te atormentaré, ya que gracias a mi corona1 no puedes castigarme.

CREMILO.

Pero si me fastidias mucho, te quitaré la corona y te sacudiré de lo lindo.

CARIÓN.

¡Como si callaras! No pienso dejarte en paz hasta que me digas quién es ese. Ten presente que te lo pregunto por tu propio interés.

CREMILO.

Bueno, no te lo ocultaré, aunque solo sea porque eres el más fiel y el más ladrón de mis criados.2 Yo, siendo piadoso y justo, era pobre y desgraciado.

CARIÓN.

Lo sé.

CREMILO.

Y otros, sacrílegos, oradores, delatores3 y malvados, se enriquecían.

CARIÓN.

Lo creo.

CREMILO.

En vista de esto fui a consultar al dios, no por mí, que veo ya agotarse mi triste vida, sino por mi único hijo, si convendría que, cambiando de conducta, se hiciese canalla, injusto y malvado, puesto que este parece ser el camino de la fortuna.

CARIÓN.

¿Y qué ha respondido Apolo en medio de sus coronas?

CREMILO.

Vas a saberlo. En términos claros y precisos me mandó seguir al primero que me encontrase al salir del templo, y que no me separase de él hasta llevarlo a mi casa.

CARIÓN.

¿Quién fue el primero que encontraste?

CREMILO.

Ese.

CARIÓN.

¡Imbécil! ¿No has comprendido el espíritu del oráculo que te ordena educar a tu hijo a la usanza del país?

CREMILO.

¿De qué lo infieres?

CARIÓN.

Está claro, hasta para un ciego, que hoy día lo más provechoso es prescindir de todo honrado pensamiento.

CREMILO.

No puede ser ese el espíritu del oráculo, sino otro más noble y elevado. Si ese hombre nos dijera quién es y por qué ha venido, quizá pudiéramos comprender el sentido misterioso del oráculo en cuestión.

CARIÓN. (A Pluto.)

¡Eh, tú! Dinos quién eres, antes de que el efecto siga a la amenaza. ¡Vamos, pronto, pronto!

PLUTO.

¡Vete al infierno!

CARIÓN.

¿Has oído cómo te dice quién es?

CREMILO.

Eso va contigo y no conmigo, porque le preguntas de un modo grosero y brutal. — Amigo mío, si te agrada la conversación de los hombres honrados, respóndeme.

PLUTO.

¡Ahórcate!

CARIÓN.

¡Vaya un hombre y un agüero que te envía el dios!

CREMILO. (A Pluto.)

¡Por Ceres, no has de seguir burlándote!

CARIÓN.

Si no declaras tu nombre, te hago añicos.

PLUTO.

Amigos, dejadme en paz.

CREMILO.

Nunca.

CARIÓN.

No hay medio mejor, dueño mío; voy a matar a ese tunante. Lo llevaré al borde de un abismo, y lo abandonaré allí, para que se precipite y se rompa la cabeza.

CREMILO.

Llévatelo cuanto antes.

PLUTO.

¡No! ¡No!

CREMILO.

¿Responderás?

PLUTO.

Pero cuando os diga quién soy, sé muy bien que me maltrataréis; no me dejaréis marchar.

CREMILO.

¡Por los dioses! En cuanto quieras.

PLUTO.

Principiad por soltarme.

CREMILO.

Ya estás suelto.

PLUTO.

Oíd, pues, ya que es preciso revelaros lo que había resuelto ocultar. — Yo soy Pluto.4

CREMILO.

¡Grandísimo bribón! ¿Eres Pluto y lo callabas?

CARIÓN.

¡Tú Pluto en tan miserable estado!

CREMILO.

¡Oh Apolo! ¡Oh dioses! ¡Oh genios! ¡Oh Júpiter! ¿Qué dices? ¿Es verdad que eres tú?

PLUTO.

Sí.

CREMILO.

¿El mismo?

PLUTO.

El mismísimo.5

CREMILO.

¿Pero de dónde vienes tan puerco?

PLUTO.

De casa de Patroclo,6 que no se ha lavado7 en toda su vida.

CREMILO.

¿Y tu enfermedad de dónde procede? Responde.

PLUTO.

Me la ha producido Júpiter, por odio a los hombres. Yo, desde jovencito, le había amenazado con visitar solamente la casa de las personas justas, sabias y modestas, y él me dejó ciego para que no las conociese. ¡Tanto detesta a las gentes honradas!

CREMILO.

Pues la verdad es que solo los hombres buenos y justos le reverencian.

PLUTO.

Tienes razón.

CREMILO.

Y dime, ¿si recobrases de la vista huirías de los malos?

PLUTO.

Sí, por cierto.

CREMILO.

¿Y visitarías a los buenos?

PLUTO.

Seguramente: ¡hace tanto tiempo que no los he visto!

CREMILO.

No tiene nada de particular; yo tengo buenos ojos y tampoco los veo.

PLUTO.

Ahora dejadme; ya os lo he dicho todo.

CREMILO.

No, por cierto: ahora te retendremos con más motivo.

PLUTO.

¿No decía yo que habíais de atormentarme?

CREMILO.

Vamos, te lo suplico, déjate convencer y no me abandones. No encontrarás, por mucho que busques, un hombre mejor que yo. No, por Júpiter, no hay otro como yo.

PLUTO.

Lo mismo dicen todos; pero en cuanto me poseen y se hacen ricos, su perversidad no tiene límites.

CREMILO.

Es verdad, pero no todos son malos.

PLUTO.

Todos sin excepción.

CARIÓN.

Ya te volveré esa palabrita al cuerpo.

CREMILO.

Pero a lo menos debes saber las ventajas que conseguirás estando con nosotros: préstame atención. Yo espero, con ayuda de los dioses, curarte la ceguera y devolverte la vista.

PLUTO.

No harás tal; no quiero recobrarla.

CREMILO.

¿Qué dices?

CARIÓN.

Este hombre se complace en su infortunio.

PLUTO.

Júpiter (lo sé muy bien), en cuanto supiese que habías hecho esa locura, me pulverizaría.

CREMILO.

¿No lo hace ya, dejándote ir a tientas expuesto a mil peligros?

PLUTO.

Lo ignoro; pero le tengo un miedo cerval.

CREMILO.

Pero dime, ¡oh el más cobarde de todos los dioses! ¿Crees que el poder de Júpiter y sus rayos valdrían un comino si recobrases la vista, aunque solo por poco tiempo?

PLUTO.

¡Oh, no digas eso, desdichado!

CREMILO.

Tranquilízate; yo te demostraré que eres mucho más poderoso que Júpiter.

PLUTO.

¿Yo?

CREMILO.

Sí, por el cielo. ¿Quién da a Júpiter su poder sobre los demás dioses?

PLUTO.

El dinero; porque tiene muchísimo.

CREMILO.

Y bien, ¿quién le suministra ese dinero?

CARIÓN.

Pluto.

CREMILO.

Y el mismo Júpiter, ¿a quién debe los sacrificios que se le ofrecen? ¿No es a Pluto?

CARIÓN.

Es verdad, se le pide sin rebozo la riqueza.

CREMILO.

Por tanto, siendo Pluto la causa de esos sacrificios, ¿no pudiera darles también fin si se le antojara?

PLUTO.

¿Cómo?

CREMILO.

Ningún hombre podría en adelante ofrecer en sacrificio ni un buey, ni una torta, ni nada absolutamente contra tu voluntad.

PLUTO.

¿Cómo?

CREMILO.

¿Cómo? Porque nadie podría comprar nada si tú no le dabas el dinero; por consiguiente, en tu mano está el anular el poder de Júpiter el día en que te incomode.

PLUTO.

¿Qué dices? ¿Por mí le ofrecen sacrificios?

CREMILO.

Y lo repito; cuanto hay de brillante, de gracioso y de bello entre los hombres se te debe a ti; pues todo depende de la riqueza.

CARIÓN.

Yo, por ejemplo, soy esclavo por un poco de dinero; si hubiera sido rico, sería libre.

CREMILO.

¿Y no sabes lo que se cuenta de las cortesanas de Corinto?8 Cuando se les acerca un pobre, ni siquiera le miran; pero como sea un rico, no le hacen esperar un momento.9

CARIÓN.

Lo mismo hacen los muchachos; el interés y no el amor les guía.

CREMILO.

No los honrados, sino los que se prostituyen a cualquiera; los primeros no piden dinero.

CARIÓN.

¿Pues qué piden?

CREMILO.

Uno, un buen caballo; otro, perros de caza.

CARIÓN.

Les da vergüenza exigir dinero, y mudan de nombre a su vileza.

CREMILO.

A ti se debe el nacimiento de todas las artes y de las invenciones más ingeniosas de los hombres. Por ti, y solo por ti, uno corta cueros sentado en su taller; otro forja el bronce; otro trabaja en madera; otro refina el oro que de ti ha recibido; otro roba en las calles; otro horada paredes; otro es batanero; otro lava pieles; otro las curte; otro vende cebollas; otro, sorprendido en adulterio, sufre, por ti también, la depilación.10

PLUTO.

¡Triste de mí! ¡Cuánto tiempo he estado sin saberlo!

CARIÓN.

¿No es él quien ensoberbece al gran rey?11 ¿No es él quien convoca a la asamblea a los ciudadanos?12 ¿No es él quien equipa los trirremes?13 ¿No es él quien mantiene nuestros mercenarios de Corinto?14 ¿No es él quien hará desesperar a Pánfilo,15 y con Pánfilo al comerciante de agujas?16 ¿No es él quien da tantos humos a Agirrio?17 ¿No es él quien incita a Filepsio18 a recitar sus fábulas? ¿No es él quien envía auxiliares al Egipto?19 ¿No es por él por quien Lais20 ama a Filónides?21 ¿No es él por quien la torre de Timoteo?22...

CREMILO. (A Carión.)

Que ojalá te aplaste. — (A Pluto.) En una palabra, por ti se hace todo. Tú eres la causa de todos nuestros males y de todos nuestros bienes; tenlo entendido.

CARIÓN.

En la guerra la victoria se inclina siempre del lado donde tú pesas.

PLUTO.

¿Yo solo puedo hacer tantas cosas?

CREMILO.

Y otras muchas más, ¡por Júpiter! Así es que nadie se cansa de ti. Todas las demás cosas llegan a saciar: el amor...

CARIÓN.

El pan.

CREMILO.

La música.

CARIÓN.

Las golosinas.

CREMILO.

Los honores.

CARIÓN.

Las tortas.

CREMILO.

La virtud.

CARIÓN.

Los higos.

CREMILO.

La ambición.

CARIÓN.

Las puches.

CREMILO.

Los grados militares.

CARIÓN.

Las lentejas.

CREMILO.

Pero de ti nunca se ha saciado nadie. Si se tienen trece talentos.23 se desea con mayor afán reunir dieciséis. ¿Se consignen los dieciséis? Pues se apetecen cuarenta, y se dice que no hay con qué vivir.

PLUTO.

Me parece muy bien todo lo que decís; solo me inquieta una cosa.

CREMILO.

¿Cuál?

PLUTO.

El cómo conseguiré hacerme dueño de ese poder que decís que tengo.

CREMILO.

¡Por Júpiter! Con muchísima razón dice todo el mundo que la riqueza es la cosa más cobarde.

PLUTO.

No, por cierto; me ha calumniado un ladrón. Habiendo penetrado un día en mi casa, no pudo llevarse nada, porque todo lo encontró cerrado; y en despecho llamó cobardía a mi previsión.

CREMILO.

No tengas ningún cuidado; si estás dispuesto a secundar mi empresa, te volveré una vista más penetrante que la de Linceo.24

PLUTO.

¿Cómo podrás hacer eso siendo un simple mortal?

CREMILO.

Tengo buenas esperanzas por lo que me dijo el mismo Apolo agitando el laurel de la pitonisa.

PLUTO.

¿De modo que también aquel lo sabe?

CREMILO.

Seguramente.

PLUTO.

Cuidado no...

CREMILO.

Nada temas, querido mío; yo estoy decidido, tenlo bien presente, a conseguir mi objeto, aunque deba morir en la demanda.

CARIÓN.

Y, si quieres, yo también.

CREMILO.

Además nos ayudarán en nuestra empresa todos los hombres honrados, que carecen hasta de un bocado de pan.

PLUTO.

¡Ay, qué pobres son esos auxiliares!

CREMILO.

No lo serán cuando se hagan ricos. — (A Carión.) Corre a todo correr...

CARIÓN.

¿Qué hago? Di.

CREMILO.

Llama a nuestros compañeros los labradores (estoy seguro de que los hallarás en el campo en su penosa faena), para que vengan a participar con nosotros de los dones de Pluto.

CARIÓN.

Voy; pero es preciso que alguno se encargue de llevar a casa este tasajo de carne.25

CREMILO.

Yo me encargo de eso: corre. — Tú, Pluto, el más poderoso de los dioses, entra conmigo en mi morada. Esa es la casa que hoy has de colmar de riquezas bien o mal adquiridas.

PLUTO.

Pongo por testigos a los dioses de que nunca he entrado a gusto en ninguna casa extraña; porque jamás lo he pasado bien en ninguna. Pues si por casualidad me alojo en la habitación de un avaro, en seguida me mete debajo de tierra, y cuando algún honrado amigo le viene a pedir prestado un poquito de dinero, dice que jamás me ha visto. Si, al contrario, es la de un pródigo sin juicio, me entrega al punto a los juegos de azar y a las cortesanas, y en pocos momentos me veo en la puerta de la calle completamente desnudo.

CREMILO.

Es que nunca has tropezado con un hombre moderado como yo lo soy en todas mis acciones. A mí me gusta como a nadie la economía, pero también el gastar, cuando es necesario. Pero entremos, pues quiero que te vean mi mujer y mi único hijo, el ser a quien más amo después de ti.

PLUTO.

Lo creo.

CREMILO.

¿A qué te había de ocultar la verdad?

(Entran en la casa.)


CORO.

· · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · ·

(Falta.)

CARIÓN.

Amigos y paisanos, laboriosos agricultores que tantas veces habéis comido ajos con mi señor, venid, apresuraos, corred, no hay que perder un instante, acudid en nuestro auxilio.

CORO.

¿No ves que ya nos apresuramos cuanto es posible a unos hombres débiles y viejos? ¿Crees tú que debo de correr antes de haberme dicho por qué nos llama tu amo?

CARIÓN.

¿No te lo he dicho hace un año? Sin duda te has vuelto sordo. Mi dueño quiere anunciaros que en adelante nadaréis todos en la abundancia, libres de esa vida ruda y miserable.

CORO.

Pero ¿de qué se trata, o de dónde procede eso que nos dice?

CARIÓN.

Se ha presentado aquí, mis pobres amigos, con un viejo sucio, encorvado, miserable, calvo, lleno de arrugas, sin dientes, y, por Júpiter, creo que hasta circuncidado.26

CORO.

¡Es una noticia preciosa! ¿Qué nos cuentas? Repítelo. ¿Querrás decir que se ha traído un montón de dinero?

CARIÓN.

Sí, un montón de achaques de la vejez.27

CORO.

¿Crees que si nos engañas te vas a ir impune, teniendo yo un garrote en la mano?

CARIÓN.

¿Por tan desvergonzado me tenéis que me juzgáis incapaz de hablaros formalmente?

CORO.

¡Qué impávido es el gran bellaco! Sus piernas gritan ya: ¡ay!, ¡ay!, y piden a voz en grito los cepos y las cuñas.

CARIÓN.

La letra28 que te ha tocado en suerte te designa para ir a juzgar en el ataúd; ¿por qué no vas? Caronte te dará las insignias.29

CORO.

¡Así revientes! ¡Qué mal intencionado y fastidioso empeño de burlarnos, y de no acabar de decirnos para qué nos llama tu señor! Habla, ya ves que, aunque rendidos de fatiga y escasos de tiempo, hemos acudido a toda prisa, pasando a través de innumerables ajos.30

CARIÓN.

No os lo ocultaré más tiempo: mi amo, amigos míos, ha venido con Pluto en persona, que os enriquecerá.

CORO.

¿De veras? ¿Seremos todos ricos?

CARIÓN.

Seguramente; y también seréis Midas,31 si os salen orejas de asno.

CORO.

¡Qué alegría! ¡Qué placer! Voy a bailar de gusto, si es verdad lo que dices.

CARIÓN.

Yo también, trettanelo,32 quiero, imitando al Cíclope,33 haceros andar a puntapiés. Ea, gritad, hijos míos; dad balidos melodiosos, como las ovejas o las cabras de penetrante olor, y seguidme a guisa de chivos lujuriosos enardecidos de amor.34

CORO.

Nosotros también trettanelo queremos, cuando balando encontremos al Cíclope,35 es decir, a ti mismo, lleno de basura, con una alforja atestada de verdolagas cubiertas de rocío, pastoreando borracho tus ovejas, y dormido en el primer sitio donde el sueño te rinda, coger un inmenso y encendido tizón y dejarte ciego.

CARIÓN.

Yo he de imitar en todo a la hechicera Circe, cuyos mágicos brebajes hicieron en Corinto que los compañeros de Filónides se atracasen, como cerdos, de excrementos por ella preparados. Vosotros, gruñendo de alegría, seguid a vuestra madre, marranillos.36

CORO.

Nosotros, imitando en nuestro júbilo al hijo de Laertes,37 nos apoderaremos de Circe,38 la de los mágicos brebajes, y mal olientes pomadas, y te colgaremos de donde más te duela;39 te untaremos la narices de estiércol como a un chivo; y al relamerte, cual otro Arístilo,40 los entreabiertos labios, exclamarás: «Seguid a vuestra madre, marranillos.»

CARIÓN.

¡Ea, cesen los jocosos insultos! Entonad otro género de versos. Yo voy a entrar en casa y a coger, a escondidas de mi amo, un poco de pan y carne: en cuanto lo coma volveré al trabajo.

CREMILO.

El deciros salud, conciudadanos míos, es una fórmula vieja y muy gastada; prefiero, pues, abrazaros cordialmente por la prontitud y buena voluntad con que habéis acudido. Procurad ayudarme con igual eficacia en todo lo demás, y lograremos entre todos salvar al dios.

CORO.

Pierde cuidado. Verás brillar en mis ojos la mirada de Marte. Sería absurdo, en efecto, que los que por tres óbolos nos estrujamos diariamente en la asamblea, nos dejáramos arrebatar a Pluto en persona.

CREMILO.

Veo a Blepsidemo que se acerca a nosotros. Su andar precipitado me demuestra que ha oído algo de lo que ocurre.


BLEPSIDEMO.

¿Qué sucede? ¿Cómo y cuándo se ha enriquecido Cremilo tan de súbito? Yo no lo creo; sin embargo, los habituales concurrentes a las barberías41 no hablan de otra cosa que de su repentino enriquecimiento. Pero aún me admira más el que, a pesar de su próspera fortuna, mande llamar a los amigos: esto es apartarse de todos los usos y costumbres.

CREMILO.

Por los dioses, todo lo diré sin rebozo. Sí, Blepsidemo, mi situación actual es mejor que la de ayer; quiero hacerte partícipe de mi suerte, como a uno de mis amigos.

BLEPSIDEMO.

¿De veras eres rico como dicen?

CREMILO.

Lo seré muy pronto, si Dios quiere. Pero hay todavía un riesgo que correr.

BLEPSIDEMO.

¿Cuál?

CREMILO.

El de que...

BLEPSIDEMO.

Acaba de decir.

CREMILO.

Si logramos nuestro objeto, seremos perpetuamente felices; pero si no lo conseguimos, nuestra ruina será total.

BLEPSIDEMO.

Me parece que te has metido en un mal negocio; esto me da mala espina. Enriquecerse súbitamente, y andarse después con temores, demuestra que no se ha obrado bien.

CREMILO.

¿Cómo que no he obrado bien?

BLEPSIDEMO.

Tal vez has robado plata u oro en el templo del dios a quien has consultado, y te arrepientes de tu acción.

CREMILO.

Nunca. ¡Apolo me libre de ello!

BLEPSIDEMO.

Déjate de rodeos, amigo mío; está claro como la luz.

CREMILO.

No sospeches de mí semejante cosa.

BLEPSIDEMO.

¡Ah! ¡No hay un solo hombre honrado! Todos son esclavos del dinero.

CREMILO.

¡Por Ceres! ¿Tú has perdido el juicio?

BLEPSIDEMO.

¡Qué cambio de costumbres!

CREMILO.

Pero, amigo mío, tú estás loco.

BLEPSIDEMO.

Su semblante está agitado e intranquilo, prueba evidente de que ha perpetrado algún crimen.

CREMILO.

¡Oh! Ya comprendo adónde van a parar tus declamaciones: supones que he hurtado alguna suma para exigirme una parte.

BLEPSIDEMO.

¿Yo una parte? ¿De qué?

CREMILO.

Pero no es eso, sino cosa muy distinta.

BLEPSIDEMO.

¿Acaso en vez de hurto ha sido robo?

CREMILO.

Decididamente estás dejado de la mano de Dios.

BLEPSIDEMO.

¿Pero no has hecho daño a nadie?

CREMILO.

No.

BLEPSIDEMO.

¡Oh Hércules! ¿Qué medio emplearé? Está visto que no quieres confesar la verdad.

CREMILO.

¡Si me acusas antes de oírme!

BLEPSIDEMO.

Amigo mío, antes de que el asunto se divulgue, yo lo arreglaré a poca costa, tapando la boca a los oradores con algún dinero.

CREMILO.

Tienes toda la traza, querido mío, de gastar tres minas en el negocio y presentarme una cuenta de doce.

BLEPSIDEMO.

Se me figura ver a alguno42 sentado al pie del tribunal con su mujer y sus hijos y el ramo de olivo de los suplicantes en la mano, enteramente parecido a los Heráclidas de Pánfilo.43

CREMILO.

No, pobre hombre, yo enriqueceré solamente a los hombres honrados, ingeniosos y modestos.

BLEPSIDEMO.

¿Qué dices? ¿Tanto has robado?

CREMILO.

¡Oh, me matas con tus injurias!

BLEPSIDEMO.

Tú mismo corres a la muerte, según creo.

CREMILO.

No, por cierto, imbécil: Pluto está en mi casa.

BLEPSIDEMO.

¿Cuál Pluto?

CREMILO.

El mismo dios.

BLEPSIDEMO.

¿Y dónde está?

CREMILO.

Ahí dentro.

BLEPSIDEMO.

¿Dónde?

CREMILO.

En mi casa.

BLEPSIDEMO.

¿En tu casa?

CREMILO.

Sí.

BLEPSIDEMO.

¡Vete al infierno! ¿Pluto en tu casa?

CREMILO.

Te lo juro por los dioses.

BLEPSIDEMO.

¿Pero es verdad?

CREMILO.

Es verdad.

BLEPSIDEMO.

Júralo por Vesta.

CREMILO.

Y por Neptuno.

BLEPSIDEMO.

¿Por el dios del mar?

CREMILO.

Y por otro Neptuno, si hay otro.

BLEPSIDEMO.

¿Y no lo envías a casa de tus buenos amigos?

CREMILO.

Aún no estamos en ese caso.

BLEPSIDEMO.

¿Qué dices? ¿No habrá partición?

CREMILO.

No. Antes es necesario...

BLEPSIDEMO.

¿Qué?

CREMILO.

Devolverle la vista.

BLEPSIDEMO.

¡La vista! ¿A quién?

CREMILO.

A Pluto; es indispensable, sin perdonar medio.

BLEPSIDEMO.

¡Pero está ciego de veras!

CREMILO.

Sí, por el cielo.

BLEPSIDEMO.

Ya no me admira que nunca haya venido a mi casa.

CREMILO.

Ahora ya irá, si place a los dioses.

BLEPSIDEMO.

¿No convendría llamar a algún médico?

CREMILO.

¿Qué médico hay ahora en la ciudad? Donde no hay recompensa no hay talento.44

BLEPSIDEMO.

Sin embargo, veamos.

CREMILO.

No hay ninguno.

BLEPSIDEMO.

Lo mismo creo.

CREMILO.

No, por Júpiter; lo mejor será, como yo había pensado, llevarle a dormir al templo de Esculapio.45

BLEPSIDEMO.

Ese es, sin duda, el más eficaz remedio. ¡Ea!, no tardes; procura concluir pronto.

CREMILO.

Ya voy.

BLEPSIDEMO.

Corre.

CREMILO.

Eso hago.


LA POBREZA.

¡Atrevidos, miserables, sacrílegos! ¿Qué intentáis, débiles y temerarios mortales? ¿Adónde huís? Deteneos.

BLEPSIDEMO.

¡Oh Hércules!

LA POBREZA.

¡Perversos, yo os daré vuestro merecido! Osáis llevar a cabo un proyecto intolerable, un proyecto como nunca lo han intentado los hombres ni los dioses; moriréis sin remedio.

CREMILO.

¿Pero quién eres? ¡Qué espantosa palidez!

BLEPSIDEMO.

Es quizá una furia de teatro;46 hay en su mirada algo de trágico y feroz.

CREMILO.

Pero no tiene antorchas.

BLEPSIDEMO.

Pues pagará su audacia.

LA POBREZA.

¿Quién pensáis que soy?

CREMILO.

Una tabernera o una vendedora de huevos. De otro modo no te hubieras lanzado con tan destempladas voces sobre nosotros, que en nada te hemos ofendido.

LA POBREZA.

¿De veras, eh? ¿Os parece que todavía es poco el tratar de echarme de todas partes?

CREMILO.

¿No te queda el Báratro?47 ¿Pero quién eres? Vamos, dínoslo pronto.

LA POBREZA.

Yo soy quien os castigará hoy mismo por haber pretendido expulsarme de aquí.

BLEPSIDEMO.

¿Si será esa tabernera de la vecindad que siempre me engaña en la medida?

LA POBREZA.

Yo soy la Pobreza, que vivo con vosotros hace muchos años.

BLEPSIDEMO.

¡Soberano Apolo! ¡Dioses inmortales! ¿Adónde me escapo?

CREMILO.

¿Adónde vas? ¡Cobarde! ¿No te quedarás ahí?

BLEPSIDEMO.

Ni por cuanto hay.

CREMILO.

¿No te quedas? ¿Y dos hombres hemos de huir de una mujer?

BLEPSIDEMO.

¡Desventurado! ¡Es la Pobreza! El monstruo más horrendo y pestilente.

CREMILO.

Quédate, por favor; quédate.

BLEPSIDEMO.

No y no.

CREMILO.

Pero, amigo, comprende que cometeremos un crimen infinitamente mayor si huimos, abandonando cobardemente al dios, sin intentar siquiera la lucha.

BLEPSIDEMO.

¿Y con qué armas? ¿Con qué fuerzas? ¿Hay coraza o escudo que esa maldita no haya llevado a empeñar?

CREMILO.

Tranquilízate; el dios sin más que sus propios recursos la vencerá.

LA POBREZA.

¿Aún os atrevéis a chistar, desalmados, después de haber sido cogidos in fraganti del más abominable delito?

CREMILO.

Y tú, mujer que el cielo confunda, ¿por qué nos insultas no habiéndote ofendido en nada?

LA POBREZA.

¿En nada, eh? ¿Se os figura que no me perjudicáis tratando de devolver la vista a Pluto?

CREMILO.

¡Cómo! ¿Es perjudicarte el colmar de bienes a todos los hombres?

LA POBREZA.

¿Qué proyectáis para su felicidad?

CREMILO.

¿Qué? Por de pronto expulsarte de Grecia.

LA POBREZA.

¿Expulsarme? ¿Pudierais hacer un mal mayor a los hombres?

CREMILO.

¿Un mal mayor? Sí... el no realizar nuestro proyecto.

LA POBREZA.

Ea, consiento en explicaros las razones que sobre el particular me asisten: os demostraré que yo soy la causa única de todos vuestros bienes, y el único sostén de vuestra vida: si no consigo probároslo, podréis hacer lo que queráis.

CREMILO.

¿Te atreves a decir eso, desollada?

LA POBREZA.

Déjame hablar; pues creo facilísimo demostrarte que vas por muy errada senda al tratar de enriquecer a los buenos.

CREMILO.

¡Vergas y garrotes! ¿Para cuándo os guardáis?

LA POBREZA.

No te quejes y alborotes antes de escucharme.

CREMILO.

¿Quién puede callar al oír semejantes desatinos?

LA POBREZA.

Todo el que esté en su sano juicio.

CREMILO.

¿Qué multa quieres que te imponga si pierdes tu pleito?

LA POBREZA.

La que te parezca.

CREMILO.

Está bien.

LA POBREZA.

En cambio, vosotros, si sois vencidos, quedaréis sujetos a las mismas condiciones.

BLEPSIDEMO.

¿Crees que bastarán veinte muertes?

CREMILO.

Para ella, sí; para nosotros, con dos sobra.

LA POBREZA.

Vuestra perdición es inevitable. ¿Qué podréis oponerme?

CORO.

Buscad ingeniosas razones; aducid sólidos argumentos que la confundan; no hay que cejar un punto.

CREMILO.

Teniendo por verdad evidente y universalmente reconocida la justicia de que todos los hombres de bien vivan prósperamente y sufran la suerte contraria los impíos y malvados, y anhelando ver cumplido nuestro propósito, hemos hallado, por fin, un bello, generoso y utilísimo modo de realizarlo. En efecto, si Pluto recobra la vista y deja de caminar a tientas, se dirigirá a las personas honradas para no abandonarlas nunca, huyendo siempre de los impíos y malvados. Ahora bien, ¿qué se conseguirá con esto? Se conseguirá que todos los hombres sean buenos, ricos y piadosos. ¿Creéis que pueda encontrarse nada mejor?

BLEPSIDEMO.

Nada; aquí estoy yo para atestiguarlo; no se lo preguntes a esa.

CREMILO.

Estando arreglada de esta suerte la humana vida, ¿quién no creerá que todo es locura, o más bien frenesí? Los más de los hombres, que son los perversos, nadan en las riquezas injustamente acumuladas; mientras muchos otros de intachable honradez, arrastran una vida llena de privaciones y miserias, sin tener en casi todo el decurso de su existencia más compañera que tú. Por tanto, si Pluto recobra la vista y abandona este camino, ¿quién duda que podrá seguir otro infinitamente mejor para los hombres?

LA POBREZA.

Estos dos ancianos se dejan alucinar como nadie en el mundo, y deliran y desbarran al unísono con pasmosa unanimidad. Pero yo os aseguro que, si vuestros deseos se realizan, ningún provecho sacaréis. Porque si Pluto recobra la vista y distribuye sus favores con igualdad, nadie querrá dedicarse a las artes ni a las ciencias. Y una vez suprimidas estas dos condiciones de existencia, ¿habrá quien quiera forjar el hierro, construir naves, coser vestidos, hacer ruedas, cortar cueros, fabricar ladrillos, lavar, curtir, arar los campos, segar los dones de Ceres, pudiendo todos vivir en la holganza y desdeñar el trabajo?

CREMILO.

¡Necedades! Todos esos oficios que acabas de decir los ejercen los esclavos.

LA POBREZA.

¿Y cómo tendrás esclavos?

CREMILO.

Los compraremos.

LA POBREZA.

¿Y quiénes serán los primeros vendedores si todos tienen dinero?

CREMILO.

Cualquier codicioso comerciante a su vuelta de Tesalia, donde hay muchos traficantes en esclavos.

LA POBREZA.

Es que, según tu propio sistema, no habrá ningún mercader de esclavos. ¿Qué hombre rico arriesgará su vida en semejante tráfico? Por consiguiente, viéndote obligado a cavar la tierra y a otros trabajos igualmente penosos, pasarás una vida mucho más angustiada.

CREMILO.

¡Ojalá la pases tú!

LA POBREZA.

No podrás dormir sobre una cama, porque no las habrá; ni sobre colchas, ¿quién querrá tejerlas sobrándole el oro? Cuando te cases con una hermosa joven, no tendrás ni esencias para perfumarla, ni trajes ricos en colores y bordados con que vestirla. ¿De qué servirá, pues, la riqueza, careciendo de todas estas cosas? Por el contrario, gracias a mí, tenéis a mano cuanto os hace falta. Yo soy una adusta señora que con el temor de la indigencia y del hambre obligo al artífice a ganarse la vida.

CREMILO.

¿Qué cosa buena puedes darnos tú, como no sean quemaduras en los baños,48 y turbas de chiquillos, y viejecitas hambrientas, y nubes infinitas de chinches, pulgas y piojos que, pululando con molesto zumbido sobre nuestra cabeza, nos despiertan gritando: «Tendrás hambre, pero levántate»? Y además, por vestido unos jirones; por lecho, un jergón de junco, plagado de chinches, enemigas del sueño; por colcha, una estera podrida; por almohada, una piedra grande; por pan, raíces de malvas; por pasteles, hojas de rábanos secos; por escabel, la tapa de una tinaja rota; por artesa, las costillas de una cuba, y para eso rajada. ¿No quedan perfectamente enumerados los bienes que proporcionas a los hombres?

LA POBREZA.

No has descrito mi vida, sino la de los mendigos.

CREMILO.

La pobreza y la mendicidad son hermanas carnales.

LA POBREZA.

Para vosotros, que tenéis por iguales a Dionisio y Trasíbulo;49 pero mi vida ni es ni será nunca así. La vida del mendigo que acabas de pintar consiste en vivir sin poseer nada; la del pobre en vivir con economía, en trabajar, en no tener nada superfluo ni carecer de lo necesario.

CREMILO.

¡Por Ceres! ¡Deliciosa vida! ¡Economizar y trabajar sin descanso para no dejar a nuestra muerte con qué pagar el entierro!

LA POBREZA.

Te ríes y te burlas en lugar de hablar formalmente, sin comprender que yo perfecciono el espíritu y el cuerpo de los hombres mucho más que Pluto. Con él son gotosos, ventrudos, pesados, extraordinariamente gruesos; conmigo delgados, esbeltos como avispas, terror de sus adversarios.

CREMILO.

Quizá a fuerza de hambre les das esa esbeltez de avispas.

LA POBREZA.

Ahora os hablaré de la templanza, y os demostraré que la modestia vive conmigo y no con Pluto.

CREMILO.

Debe ser muy modesto el hurtar y el horadar paredes.

BLEPSIDEMO.

¿Quién lo duda? Todas esas cosas se hacen escondiéndose. ¿Quieres más modestia?

LA POBREZA.

Fíjate en lo que pasa con los oradores: mientras son pobres, son justos con la república y el pueblo; pero en cuanto se enriquecen a costa del Estado, se hacen injustos, venden a la multitud y atacan al gobierno democrático.

CREMILO.

Tus cargos son exactos, aunque tu lengua sea viperina; pero no te ensoberbezcas por eso, que te has de arrepentir del temerario arrojo con que pretendes probarnos las ventajas de la pobreza.

LA POBREZA.

Como no puedes refutar mis argumentos, alborotas y dices necedades.50

CREMILO.

¿Cómo, pues, huyen todos de ti?

LA POBREZA.

Porque mejoro sus costumbres. Más claramente vemos lo mismo en los muchachos; huyen de sus padres, que solo anhelan su dicha. ¡Tan difícil es distinguir lo que es justo!

CREMILO.

Dirás también que Júpiter no sabe distinguir lo que es bueno, porque tiene riquezas.51

BLEPSIDEMO.

Y nos envía la pobreza.

LA POBREZA.

¡Qué telarañas tenéis en los ojos, carcamales del siglo de Saturno!52 Júpiter también es pobre; y voy a probároslo. Si fuese rico, ¿cómo en los juegos olímpicos por él establecidos, al reunir cada cinco años toda la Grecia, había de contentarse con dar a los vendedores una sencilla corona de olivo? De oro se la daría, si fuese rico.

CREMILO.

Prueba eso mismo la grande estimación en que tiene las riquezas. Por economía, por evitar gastos, regala a los vencedores coronas de ningún valor, y se guarda las riquezas.

LA POBREZA.

Mil veces más vergonzosa que la pobreza es esa avaricia sórdida o insaciable que le supones.

CREMILO.

¡Que Júpiter te confunda con tu corona de olivo!

LA POBREZA.

¡Atreverse a decir que la pobreza no es el manantial de todos los bienes!

CREMILO.

Preguntemos a Hécate53 qué es mejor: ser rico, o indigente; por orden suya, todos los que viven con desahogo ofrecen mensualmente una comida, y los pobres se la arrebatan antes de haberla servido. Así, vete al infierno y no chistes más palabra, porque no me convencerás aunque me hayas convencido.

LA POBREZA.

«¿Oís lo que dice, habitantes de Argos?»54

CREMILO.

Invoca a Pauson, tu comensal.55

LA POBREZA.

¡Triste de mí! ¿Qué haré?

CREMILO.

Irte al infierno, y quitarte pronto de delante.

LA POBREZA.

¿Adónde iré?

CREMILO.

A la horca; pero, ¡pronto, pronto!

LA POBREZA.

Algún día me llamaréis.

CREMILO.

Entonces volverás; ahora márchate. Prefiero ser rico, mal que te pese.

BLEPSIDEMO.

Y yo, por Júpiter, en cuanto me enriquezca quiero comer espléndidamente con mi mujer y mis hijos, salir del baño limpio y reluciente, y reírme en las barbas de los trabajadores y la pobreza.


CREMILO.

Por fin se fue esa condenada. Llevemos al dios cuanto antes al templo de Esculapio, para que se acueste en él.

BLEPSIDEMO.

Sin perder un instante, no venga algún otro a impedirnos hacer todo lo necesario.

CREMILO.

¡Eh!, Carión, es preciso traer las colchas, y llevar a Pluto como el ritual prescribe; no se te olvide nada de lo que hay preparado.56

CORO.

· · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · ·

(Falta.)

CARIÓN.

¡Ancianos que en las fiestas de Teseo57 empapáis mendruguillos de pan en la salsa de los pobres, cuán grande es vuestra felicidad! ¡Qué afortunados sois vosotros y todos los hombres de bien!

CORO.

¿Qué ocurre, buen amigo? Pareces portador de una noticia agradable.

CARIÓN.

¡Qué dicha la de mi amo, o, por mejor decir, la de Pluto! Era ciego y ha recobrado la vista; sus ojos lanzan brillantes destellos, gracias a la solicitud de Esculapio.

CORO.

¡Oh gratísima nueva! ¡Oh colmo de felicidad!

CARIÓN.

Es preciso alegrarse aunque no se quiera.

CORO.

Con resonante voz celebraré al hijo del ilustre Júpiter, a Esculapio, astro que vivifica a los mortales.


LA MUJER DE CREMILO.

¿Qué significan esos gritos? ¿Hay alguna buena noticia? Te esperaba dentro de casa, llena de impaciencia.

CARIÓN.

Pronto, pronto, saca vino, señora mía; también tú beberás: ya sabemos que te gusta. Te traigo en compendio todos los bienes.

LA MUJER.

¿Dónde están?

CARIÓN.

En mis palabras, lo vas a ver.

LA MUJER.

¡Vamos! Acaba de explicarte.

CARIÓN.

Escucha, pues: voy a contarte todo el negocio desde los pies a la cabeza.

LA MUJER.

¿A la cabeza?58 No, cuidado con ella.

CARIÓN.

Luego no aceptas los bienes que se te meten en casa.

LA MUJER.

Lo que no quiero son negocios.59

CARIÓN.

En cuanto llegamos al templo con el dios, entonces tan miserable y ahora dichoso y feliz como ninguno, nuestro primer cuidado fue llevarle al mar y en seguida bañarle.60

LA MUJER.

¡Por Júpiter! ¡Vaya una felicidad! Meter a un viejo en agua fría.61

CARIÓN.

Luego volvimos al santuario de Esculapio, y colocamos sobre el altar tortas y otras ofrendas, entregamos harina de flor a la devoradora llama de Vulcano, acostamos a Pluto con las solemnidades de costumbre, y después cada cual se arregló un lecho de hojas.

LA MUJER.

¿Había más gente implorando al dios?

CARIÓN.

Un tal Neóclides,62 ciego, pero que en robar aventaja a los de mejor vista, y otros muchos atacados de toda clase de enfermedades. Después, el sacerdote apagó las lámparas y nos mandó dormir, encargándonos el silencio, aunque oyésemos cualquier ruido. Todos nos acostamos tranquilamente. Pero yo no podía conciliar el sueño: una olla de puches, colocada a la cabecera de una vieja, me tentaba el apetito, y deseaba ardientemente darle un asalto. En esto, levantando los ojos, veo que el sacerdote despojaba de tortas e higos secos la sagrada mesa. Después giró una visita de inspección a todos los altares, y cuantos panes habían quedado en ellos, se los guardó santamente en un saquito. — Convencido de lo religioso de la ceremonia, depuse ya todo escrúpulo y avancé hacia la olla.

LA MUJER.

¡Ah grandísimo canalla! ¿No temías al dios?

CARIÓN.

Sí, temía que con sus coronas llegase a la olla antes que yo; su sacerdote me había abierto los ojos. La viejecita, al oír un ruido, extendía ya la mano para apartar la olla; entonces yo, imitando a la serpiente pareas,63 di un silbido y la mordí. La vieja retiró vivamente la mano; se acurrucó en su lecho, se tapó con la colcha y lanzó de miedo un flato más pestilente que el de una comadreja. Entonces yo me atraqué de puches, y volví bien repleto a mi cama.

LA MUJER.

Y el dios, ¿no aparecía?

CARIÓN.

Aún no. Luego hice otra de las mías: al acercarse el mismo Esculapio solté una estrepitosa descarga, pues tenía el vientre lleno de aire.

LA MUJER.

¡Sin duda le darías asco!

CARIÓN.

¡Ca! Yaso,64 que le seguía, fue quien se ruborizó, y Panacea65 se apartó tapándose las narices, porque yo no huelo a incienso.

LA MUJER.

¿Y el dios?

CARIÓN.

No hizo caso.

LA MUJER.

De modo que le crees un grosero.

CARIÓN.

No; le creo aficionado a la basura66 y nada más.

LA MUJER.

¡Ah, bellaco!

CARIÓN.

Después me metí en el lecho lleno de temor; el dios giró su visita, examinando con orden e interés a todos los enfermos, y luego un esclavo le trajo un matraz de piedra con su mano correspondiente y una cajita.

LA MUJER.

¿De piedra?

CARIÓN.

¡Por Júpiter! La caja no.

LA MUJER.

Pero, bribón, ¿cómo podías verlo si estabas tapado?

CARIÓN.

Por los agujeros del manto, que no son pocos a fe mía. Lo primero que preparó fue un ungüento para Neóclides; puso en el matraz tres cabezas de ajos de Tenos,67 y las majó mezclándolas goma y cebollas albarranas; humedeció la masa con vinagre de Esfeto,68 y se la aplicó al paciente sobre los ojos, habiéndole vuelto antes los párpados para que fuese el dolor más vivo. Neóclides grita, aúlla, salta del lecho y quiere huir; pero el dios le dijo sonriendo: «Quédate ahí con tu ungüento; así no podrás presentarte en la asamblea y hacerla cómplice de tus perjurios.»

LA MUJER.

¡Qué amante de la república y qué discreto es ese dios!

CARIÓN.

Después se sentó junto al lecho de Pluto: tocole primero la cabeza; luego le limpió los párpados con un lienzo muy fino; Panacea le cubrió el cráneo y toda la cara con un velo de púrpura; por último, Esculapio silbó, y dos inmensas serpientes se lanzaron del fondo del santuario.

LA MUJER.

¡Soberanos dioses!

CARIÓN.

Deslizáronse suavemente bajo el velo de púrpura, y a lo que me pareció, le lamieron los párpados, y en menos tiempo que el que tú necesitas para beberte diez cótilas de vino, Pluto, señora mía, se levantó con vista ya. Loco de júbilo, palmoteé y desperté a mi dueño: el dios y las serpientes se escondieron al punto en el interior del santuario. Pero los que tenían sus lechos junto al de Pluto le abrazaron con indescriptible cariño, y estuvieron despiertos toda la noche hasta que amaneció. Yo daba al dios las gracias más expresivas por haber sanado tan pronto a Pluto y aumentado la ceguera de Neóclides.

LA MUJER.

¡Oh Esculapio, qué grande es tu poder! Pero, dime, ¿dónde está Pluto?

CARIÓN.

Ya viene. Pero le rodeaba una inmensa multitud. Los hombres de bien, reducidos hasta ahora a una existencia mezquina, le abrazaban y le saludaban en la efusión del más completo regocijo: los antes ricos y poseedores de una gran fortuna malamente adquirida, fruncían el ceño y dejaban traslucir su temor en la inquietud de sus miradas. Los primeros le seguían ceñidos de guirnaldas, risueños y decidores, y la tierra resonaba bajo el acompasado andar de los ancianos. Ea, ordenad el baile, saltad, constituid los coros; y nunca volveréis a oír al entrar en vuestra casa la terrible frase: «No hay harina en el saco.»

LA MUJER.

¡Por Hécate! En albricias de tu buena nueva voy a ponerte una corona de pastelillos.

CARIÓN.

No tardes, porque ya se acercan a la puerta.

LA MUJER.

Ea, voy adentro a disponer las oblaciones de costumbre para celebrar la entrada de esos ojos recientemente adquiridos para la luz.69

CARIÓN.

Y yo a salirles al encuentro.


CORO.

· · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · ·

(Falta.)

PLUTO.

¡Yo te saludo, oh sol! ¡Yo te saludo también, ínclita tierra de Palas, generoso país de Cécrope, que me has dado hospitalidad! Me avergüenzo de mi suerte infeliz. ¡Yo, sin saberlo, haber vivido con semejantes hombres! ¡Yo, ignorante de todo, haber huido de los únicos acreedores a mi amistad! ¡Ay, triste! ¡Cuán errados eran mis caminos! Pero cambiaré de conducta, y demostraré a todos los hombres que al entregarme a los perversos lo hice contra mi voluntad.

CREMILO.

¡Idos al infierno! ¡Qué fastidiosos son todos estos amigos que le asedian a uno en cuanto mejora de fortuna! ¡Cómo me codean y me martirizan las piernas a fuerza de querer demostrarme su cariño! ¿Quién ha dejado de saludarme? ¡Qué muchedumbre de ancianos me rodeó en la plaza!

LA MUJER.

¡Salud al más querido de los hombres! ¡Salud también a vosotros! ¡Oh Pluto, permíteme, como es costumbre, ofrecerte estos dones de bienvenida!

PLUTO.

No. Esta casa es la primera que visito después de mi curación, y de ella nada debo llevarme; al contrario, debo traerla mis dones.

LA MUJER.

¿Rehúsas estos regalos?

PLUTO.

Los aceptaré dentro, junto al hogar, como es costumbre. Así evitaremos además una escena ridícula. No está bien que el poeta haga reír a los espectadores arrojándoles golosinas e higos secos.70

LA MUJER.

Tienes razón. Mira, ya se había levantado Dexínico71 para atrapar los higos en el aire.

(Entran todos en la casa.)


CORO.

· · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · ·

(Falta.)

CARIÓN.

¡Qué agradable es, amigos míos, la felicidad, sobre todo cuando nada cuesta! Un montón de bienes se ha colado de rondón en nuestra casa, sin que hayamos hecho mal a nadie. ¡De este modo sí que es buena la abundancia! La artesa está llena de blanca harina, y las tinajas de rojo y perfumado vino; el oro y la plata, ¡parece increíble!, no caben en los cofres; la cisterna se halla atestada de aceite; los frascos, de perfumes, y el frutero, de higos. Las vinagreras, las escudillas y las ollas son todas de bronce; de plata, las fuentes semipodridas en que antes servíamos la pesca; en fin, hasta el sillico72 se ha hecho de marfil, repentinamente. Los esclavos jugamos a pares o nones con monedas de oro, y, ¡oh refinamiento de sensualidad!, usamos para limpiarnos73 tallos de ajo, en vez de piedras. En este instante, mi amo, con su correspondiente corona, está sacrificando un cerdo, un carnero y un chivo; el humo me ha obligado a salir; no podía parar dentro de casa. ¡Tanto me picaban los ojos!

UN HOMBRE HONRADO.

Sígueme, niño; vamos en busca del dios.

CREMILO.

¡Hola! ¿Quién va?

EL HOMBRE HONRADO.

Un hombre, hace poco infeliz y ahora afortunado.

CREMILO.

Tú eres a lo que veo un hombre de bien.

EL HOMBRE HONRADO.

Seguramente.

CREMILO.

¿Y qué deseas?

EL HOMBRE HONRADO.

Dar gracias al dios por sus inmensos beneficios. Habiendo heredado de mi padre una fortuna bastante regular, me dediqué a aliviar las necesidades de mis amigos, creyendo que esto era lo mejor que puede hacerse en la vida.

CREMILO.

¿Y te arruinaste muy pronto?

EL HOMBRE HONRADO.

Por completo.

CREMILO.

¿Y quedaste en la miseria?

EL HOMBRE HONRADO.

Más completa. Yo pensaba que los amigos necesitados, a quienes había socorrido, continuarían siéndolo en la desgracia, pero, ¡ay!, se apartaban de mí, y fingían no verme.

CREMILO.

Y hasta se burlarían de ti; estoy seguro.

EL HOMBRE HONRADO.

Completamente. La pobreza de mi ajuar me ha perdido.

CREMILO.

Pero ya no es así.

EL HOMBRE HONRADO.

Precisamente eso me hace venir a tributar al dios una adoración merecida.

CREMILO.

¿Y qué tiene que ver con el dios el manto agujereado del esclavo que te acompaña?

EL HOMBRE HONRADO.

Lo traigo con intención de dedicárselo.

CREMILO.

¿Es el que llevabas cuando te iniciaste en los grandes misterios?74

EL HOMBRE HONRADO.

No; pero me he helado con él durante trece años.

CREMILO.

¿Y esos borceguíes?

EL HOMBRE HONRADO.

También sufrieron conmigo los rigores del invierno.

CREMILO.

¿Los traes para consagrárselos?

EL HOMBRE HONRADO.

Sí, por cierto.

CREMILO.

¡Magníficas ofrendas vas a presentar al dios!


UN DELATOR.

¡Ay infeliz! ¡Estoy arruinado, perdido! ¡Oh suerte tres y cuatro y cinco y doce y diez mil veces infortunada! ¡Ay, me agobian desdichas sin número!

CREMILO.

¡Oh Apolo preservador! ¡Oh dioses tutelares! ¿Qué desgracia le habrá sucedido a ese hombre?

EL DELATOR.

¿No es insoportable lo que me sucede? ¡Todo lo he perdido! Ese dios me ha despojado de todos mis bienes. ¡Oh, ya volverá a quedarse ciego, si hay justicia en el mundo!

EL HOMBRE HONRADO.

Empiezo a comprender; es sin duda un hombre arruinado; no tiene traza de ser de moneda corriente.

CREMILO.

Tienes razón; pero su ruina es justa.

EL DELATOR.

¿Dónde está, dónde está el dios que había prometido enriquecernos a todos en cuanto recobrase la vista? Lo que ha hecho ha sido arruinar a algunos.

CREMILO.

¿A quién ha maltratado de ese modo?

EL DELATOR.

A mí mismo.

CREMILO.

¿Eras, por tanto, un malhechor, un ladrón?

EL DELATOR.

Vosotros lo seréis, ¡por Júpiter! No me cabe duda de que ambos guardáis mi dinero.

CARIÓN.

¡Por la venerable Ceres, qué insolente se presenta el delator! Debe azuzarle el hambre.

EL DELATOR.

Vas a comparecer sin perder un instante en la plaza pública; la rueda y el tormento te obligarán a confesar tus crímenes.

CARIÓN.

¡Mucho ojo, mala pécora!

EL HOMBRE HONRADO.

¡Oh, por Júpiter salvador, qué agradecidos deberán estar a Pluto todos los griegos, si les libra de esta peste de delatores!

EL DELATOR.

¡Oh rabia! ¿También tú te burlas? ¡Tú eres cómplice de su robo! Y si no, contesta: ¿de dónde has sacado ese vestido nuevo? Ayer te vi hecho un andrajo.

EL HOMBRE HONRADO.

No te temo, gracias a este anillo que le compré a Eudemo75 por un dracma.

CREMILO.

No hay anillo que valga contra la mordedura de un delator.

EL DELATOR.

¿Puede haber mayor ultraje? Os burláis; pero aún no habéis dicho lo que aquí hacéis; seguramente que no es nada bueno.

CREMILO.

Nada bueno para ti; tenlo presente.

EL DELATOR.

Vais a comer a mis expensas, por Júpiter.

CREMILO.

¡Impostor! ¡Ojalá revientes tú y tu testigo sin haberos desayunado!

EL DELATOR.

¿Podéis negarlo, bribones? Hasta aquí llega el olor de los peces y de los asados; ¡hu! ¡hu! ¡hu! ¡hu! ¡hu! ¡hu! (Olfatea.)

CREMILO.

¿Hueles algo, canalla?

EL HOMBRE HONRADO.

Es el frío sin duda. ¡Cómo lleva tan raído el manto!

EL DELATOR.

¡Vive Dios! ¡Esto no puede tolerarse! ¡Burlarse de mí esa gentuza! ¡Qué indignidad! ¡Verse tratado así un hombre honrado, un buen ciudadano!

CREMILO.

¿Tú, hombre honrado y buen ciudadano?

EL DELATOR.

Como ninguno.

CREMILO.

¡Pues bien!, responde a mis preguntas.

EL DELATOR.

¿Cuáles?

CREMILO.

¿Eres labrador?

EL DELATOR.

¿Por tan loco me tienes?

CREMILO.

¿Comerciante?

EL DELATOR.

Paso por tal, cuando me hace falta.76

CREMILO.

Por último, ¿has aprendido algún oficio?

EL DELATOR.

No, por cierto.

CREMILO.

¿Pues de qué vivías si no hacías nada?

EL DELATOR.

Velo sobre todos los asuntos públicos y privados.

CREMILO.

¿Tú? ¿Y por qué?

EL DELATOR.

Porque quiero.

CREMILO.

¿Cómo has de ser un hombre honrado, grandísimo ladrón, haciéndote odioso a todo el mundo por meterte en lo que no se te importa?

EL DELATOR.

¿No ha de importarme, imbécil, el servir a mi patria con todas mis fuerzas?

CREMILO.

¿Pues qué, el meterse en camisa ajena es servir a la patria?

EL DELATOR.

Sí, y el mantener las leyes establecidas y el no permitir que nadie las quebrante.

CREMILO.

¿No tiene para eso la república sus tribunales?

EL DELATOR.

¿Y quién acusa?

CREMILO.

El que quiere.77

EL DELATOR.

Pues bien, ese soy yo; por eso todos los negocios del Estado son de mi competencia.

CREMILO.

¡Buen magistrado, vive Dios! ¿Pero no preferirías vivir tranquilamente sin hacer nada?

EL DELATOR.

No ocuparse de nada es vivir como un borrego.

CREMILO.

¿No quieres mejorar de vida?

EL DELATOR.

No, aun cuando me des a Pluto en persona y el silfio de Bato.78

CREMILO.

Quítate el vestido.

CARIÓN.

¡Eh!, a ti te dice.

CREMILO.

En seguida, descálzate.

CARIÓN.

Todo eso va contigo.

EL DELATOR.

Acérquese quien se atreva.

CARIÓN.

Yo me acerco.

EL DELATOR.

¡Oh, me desnudan en pleno día!

CARIÓN.

Consecuencias de meterse en negocios ajenos y comer a costa del prójimo.

EL DELATOR. (A un testigo.)

¿No ves lo que me hacen? Sé testigo.

CARIÓN.

Tu testigo ha puesto pies en polvorosa.

EL DELATOR.

¡Ay! ¡Estoy solo, y cogido!

CARIÓN.

¿Ahora gritas?

EL DELATOR.

¡Ay de mí!, repito.

CARIÓN.

Alárgame ese manto destrozado y se lo pondré a este delator.

EL HOMBRE HONRADO.

No, no, está hace tiempo consagrado a Pluto.

CARIÓN.

¿Dónde podrá estar mejor que sobre los hombros de este infame bandido? A Pluto es necesario dedicarle vestidos mejores.

EL HOMBRE HONRADO.

Y con los zapatos, ¿qué hacemos?

CARIÓN.

Voy a clavárselos en la frente, como si fuese un acebuche sagrado.79

EL DELATOR.

Me marcho, porque conozco que podéis más que yo; pero como encuentre un auxiliar, siquiera sea débil como una tabla de higuera,80 me he de vengar de ese dios tan poderoso que, por su sola autoridad, sin consultar previamente ni al Senado ni al pueblo, echa por tierra la democracia.

EL HOMBRE HONRADO.

Ahora que vas cubierto con mi armadura,81 corre a los baños, y para calentarte, apodérate del primer puesto, que yo durante tanto tiempo he ocupado.82

CREMILO.

Pero el bañero, agarrándole por donde más le duela,83 le pondrá bonitamente en la calle; pues a la primera ojeada comprenderá que es un bribón. Entremos nosotros, para que adores al dios.


CORO.

· · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · ·

(Falta.)

UNA VIEJA.

Buenos ancianos, ¿he llegado a la casa donde habita el nuevo dios, o he equivocado el camino?

CORO.

Estás a su puerta, hermosa niña,84 tu pregunta es oportunísima.

LA VIEJA.

Voy a llamar a alguno de la casa.

CREMILO.

No es necesario: aquí me tienes; ¿qué es lo que te trae? Habla.

LA VIEJA.

Soy víctima, amigo mío, de la acción más inicua o infame desde que ese dios ha recobrado la vista; mi existencia es insoportable.

CREMILO.

¿Cómo? ¿Serás acaso un delator-hembra?

LA VIEJA.

No, por cierto.

CREMILO.

¿Te habrá correspondido mala letra en el sorteo para beber?

LA VIEJA.

Tú te ríes, y yo, ¡infeliz!, muero devorada por una pasión.

CREMILO.

Vamos, acaba de decir cuál es la pasión que te devora

LA VIEJA.

Escucha: yo amaba a un joven pobre; ¡pero tan hermoso, tan bien formado, tan bueno! Todo cuanto le pedía me lo daba con la mayor solicitud y cariño; yo a mi vez no le negaba nada.

CREMILO.

¿Y qué solía pedirte?

LA VIEJA.

Poca cosa; era conmigo lo más vergonzoso... Unas veces veinte dracmas para comprarse un traje; otras, ocho para unos zapatos; ya me decía que regalase túnicas a sus hermanas y un vestidillo a su madre; ya necesitaba cuatro medimnas de trigo.

CREMILO.

No es mucho a la verdad; su discreción es admirable.

LA VIEJA.

Y aun eso, según solía decirme, no me lo pedía por vil interés, sino por pura amistad. Por ejemplo, un vestido regalado por mí era un constante recuerdo.

CREMILO.

Ese hombre te quería extraordinariamente.

LA VIEJA.

Pero ahora no es así. ¡Cómo se ha cambiado el pérfido! Hoy le había enviado este pastel con otras golosinas que ves en este plato, indicándole que a la noche iría...

CREMILO.

¿Y qué ha hecho?

LA VIEJA.

Me ha devuelto mis regalos, y además este otro pastel, con la condición de que no pusiese los pies en su casa, añadiendo este insulto:

«Eran en otro tiempo los milesios
Varones esforzados...»85

CREMILO.

Pues no es tan malo el muchacho: ahora que es rico no le gustan las lentejas;86 antes la necesidad le obligaba comer de todo.

LA VIEJA.

Por las dos diosas te lo juro, antes estaba continuamente a la puerta de mi casa.

CREMILO.

¿Para llevarte a enterrar?

LA VIEJA.

No, sino por el gusto de escuchar mi voz.

CREMILO.

Ya sería por ver si le dabas algo.

LA VIEJA.

Cuando estaba triste me llamaba con ternura: «patito mío, palomita mía».

CREMILO.

Y después te pediría dinero para unos zapatos.

LA VIEJA.

Habiendo ido en carro87 a la celebración de los grandes misterios, porque me miró por casualidad no sé quién, lo tomó tan a pecho que me estuvo pegando todo el día. ¡Tan celoso era el pobre!

CREMILO.

Sin duda deseaba comer solo.

LA VIEJA.

Solía decirme que mis manos eran hermosísimas.

CREMILO.

Cuando le alargaban veinte dracmas.

LA VIEJA.

Que mi cutis exhalaba un olor suavísimo...

CREMILO.

Cuando le servías vino de Tasos.

LA VIEJA.

Ponderaba la ternura y brillantez de mis ojos.

CREMILO.

No era lerdo el mozo. ¡Qué bien sabía explotar a una impúdica vieja!

LA VIEJA.

Creo, por tanto, querido mío, que Pluto obra muy mal al conducirse así, después de haber prometido su constante ayuda a las víctimas de cualquiera injusticia.

CREMILO.

¿Qué quieres que haga? Dilo, cumplirá tu deseo.

LA VIEJA.

Es muy justo, por Júpiter, obligar al que de mí ha recibido tantos favores, a hacérmelos a su vez: de otro modo, no es digno de disfrutar del bien más pequeño.

CREMILO.

¿No te manifestaba su reconocimiento todas las noches?

LA VIEJA.

Pero me prometía no abandonarme jamás mientras viviera.

CREMILO.

Muy bien; pero creerá que ya no existes.

LA VIEJA.

¡Ay, amigo de mi alma, estoy consumida por el pesar!

CREMILO.

Más aún; me parece que has entrado ya en putrefacción.

LA VIEJA.

Podría pasar por un anillo.88

CREMILO.

Con tal que ese anillo fuese el aro de una criba.

LA VIEJA.

¿Qué veo? ahí viene el joven de quien me estaba quejando: tiene traza de dirigirse a una orgía.

CREMILO.

Está claro: lleva, en efecto, una corona y una tea.


EL JOVEN.

¡Salud!

LA VIEJA.

¿Qué dice?

EL JOVEN.

Mi anciana amiga, ¡qué pronto has encanecido! ¡Es asombroso!

LA VIEJA.

¡Triste de mí! ¡Cuántos insultos!

CREMILO.

Sin duda hace mucho tiempo que no te ha visto.

LA VIEJA.

¡Mucho tiempo! Ayer estuvo conmigo.

CREMILO.

Le pasa lo contrario que a otros muchos: el vino, según parece, le aclara la vista.

LA VIEJA.

No; siempre es un desvergonzado.

EL JOVEN.

¡Oh Neptuno, rey del mar! ¡Oh vetustas divinidades, cuántas arrugas tiene en la cara!

LA VIEJA.

¡Eh! ¡Eh! Aparta la antorcha.

CREMILO.

Tiene razón; si le salta una sola chispa, arderá como un tronco de olivo seco.

EL JOVEN.

¿Quieres jugar un momento conmigo?

LA VIEJA.

¿En dónde, pérfido?

EL JOVEN.

Aquí, con nueces.

LA VIEJA.

¿A qué juego?

EL JOVEN.

A adivinar cuántos dientes conservas.

CREMILO.

Yo adivinaré también; le quedan tres o cuatro.

EL JOVEN.

Has perdido; no tiene más que una muela.

LA VIEJA.

¡Hombre infame! ¿Has perdido el juicio para sacarme los trapos a la colada89 delante de tanta gente?

EL JOVEN.

No te vendría mal una buena jabonadura.

CREMILO.

Te equivocas; ahora está perfectamente pintada, y si la lavases se le quitaría el albayalde y se pondrían de manifiesto todas sus arrugas.

LA VIEJA.

Para ser tan viejo, me pareces muy poco formal.

EL JOVEN.

¡Ah! Te hace carantoñas y te abraza la cintura creyendo que nadie le ve.

LA VIEJA.

¡No, por Venus! ¡No, infame!

CREMILO.

Hécate me preserve de tal locura. Pero, mi joven amigo, yo no puedo consentir que aborrezcas a esta muchacha.

EL JOVEN.

Si la idolatro.

CREMILO.

Sin embargo, te acusa...

EL JOVEN.

¿De qué?

CREMILO.

De que eres un insolente, que le has dicho:

«Eran en otro tiempo los milesios
Varones esforzados...»

EL JOVEN.

Vamos, no quiero disputártela.

CREMILO.

¿Por qué?

EL JOVEN.

Por respeto a tu edad: a otro nunca se lo hubiera consentido. Vete en paz con la muchacha.

CREMILO.

Entiendo, entiendo: no quieres vivir ya con ella.

LA VIEJA.

¿Y quién lo consentirá?

EL JOVEN.

Yo no puedo tener relaciones con una vieja que cuenta trece mil años de amoríos.

CREMILO.

Sin embargo, pues no te desdeñaste de beber el vino, justo es que apures la hez.

EL JOVEN.

Pero esta es sumamente rancia y corrompida.

CREMILO.

Pásala por la manga y se purificará.

EL JOVEN.

Pero entra: yo te sigo para ofrecer al dios estas coronas.

LA VIEJA.

Yo también, porque tengo que decirle una cosa.

EL JOVEN.

Entonces, no entro.

CREMILO.

Tranquilízate: no te violará.

EL JOVEN.

Tienes razón: harto tiempo la he manejado a mi antojo.90

LA VIEJA.

Entra; yo te sigo.

CREMILO.

¡Oh Júpiter! La viejecilla se pega al mozo con la insistencia de una lapa.

(Entran todos.)


CORO.

· · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · ·

(Falta.)

CARIÓN.

¿Quién va? ¿Quién llama? ¿Qué es esto? No distingo a nadie; sin duda la puerta ha rechinado sin que ninguno la toque.

MERCURIO.

¡Hola! Carión: aguarda.

CARIÓN.

¿Eras tú el que tan estrepitosamente golpeaba la puerta?

MERCURIO.

No, pero me disponía a llamar cuando has abierto. Ea, corre y advierte a tu amo que sin perder un instante se me presente con su mujer, sus hijos, sus criados, su perro, tú y su marrano.

CARIÓN.

¿Pues qué ocurre?

MERCURIO.

Júpiter, gran bribón, quiere aderezaros a todos en la misma cazuela y arrojaros al Báratro.

CARIÓN.

¡Cuidado con la lengua, pregonero de desgracias! Mas, ¿por qué piensa tratarnos de ese modo?

MERCURIO.

Porque habéis cometido el crimen más horrendo. Desde que Pluto ha recobrado la vista nadie nos ofrece a los dioses ni incienso, ni laureles, ni tortas, ni víctimas, ni nada, en fin.

CARIÓN.

Ni se os ofrecerán nunca: nos gobernabais muy mal.

MERCURIO.

De los otros dioses poco se me importa; pero yo me siento desfallecer y morir.

CARIÓN.

¡Qué discreción!

MERCURIO.

Antes, de par de mañana, me ofrecían ya en los figones toda clase de deliciosos manjares, sopa en vino, miel, higos secos y, en fin, cuanto es digno de mi paladar; pero ahora, muerto de inanición, me estoy echado todo el día, con los pies en el aire.

CARIÓN.

Y se te está muy bien empleado: ¿por qué dejabas multar a los que te trataban tan a cuerpo de rey?91

MERCURIO.

¡Ay triste de mí! ¡Ay torta querida que me amasaban el cuatro de cada mes!92

CARIÓN.

«Tu amor está ausente; inútilmente le llamas.»

MERCURIO.

¡Ay sabrosa pierna que yo devoraba!

CARIÓN.

Pues bien; salta sobre un pie en ese odre para distraerte.93

MERCURIO.

¡Ay intestinos calientes que yo comía!

CARIÓN.

Sin duda los tuyos están atormentados por un cólico.

MERCURIO.

¡Ay deliciosa copa, mitad vino y mitad agua!

CARIÓN.

Bébete eso,94 y lárgate volando.

MERCURIO.

¿Querrás hacerme un favor, amigo mío?

CARIÓN.

Si puedo, con mucho gusto.

MERCURIO.

¿No podrías darme un pan bien cocido, y una gran tajada, de las víctimas que estáis sacrificando en casa?

CARIÓN.

Pero es un sacrilegio el sacarlas.

MERCURIO.

Ya sabes que cuando le robabas alguna cosa a tu dueño, yo siempre procuraba que no lo supiese.

CARIÓN.

Con la condición de partir los provechos, ladrón redomado; porque casi siempre recibías una exquisita torta.

MERCURIO.

Que te la comías tú solo.

CARIÓN.

¿Acaso participabas tú de mis golpes, cuando yo era sorprendido?

MERCURIO.

Olvida los pasados males, ya que has tomado a File.95 En nombre de los dioses, recibidme en vuestra casa.

CARIÓN.

¿Y abandonarás a los dioses por habitar con nosotros?

MERCURIO.

Vuestra vida es mucho mejor.

CARIÓN.

¿Cómo? ¿Crees honrosa semejante deserción?

MERCURIO.

«Patria es todo país donde se vive bien.»96

CARIÓN.

¿Pero qué ocupación podemos darte aquí?

MERCURIO.

Nombradme portero.97

CARIÓN.

¿Portero? Maldita falta nos hace la chismografía porteril.

MERCURIO.

Comerciante.

CARIÓN.

Si somos ricos, ¿para qué hemos de mantener un Mercurio revendedor?

MERCURIO.

Agente de intrigas.98

CARIÓN.

¿Intrigas? quita allá. Sencillez de costumbres es lo que hace falta.

MERCURIO.

Guía.

CARIÓN.

El dios ve perfectamente, y ya no necesita guía.

MERCURIO.

Pues bien, seré presidente de los juegos. ¿Qué dirás ahora? Pluto debe instituir certámenes escénicos y gímnicos.99

CARIÓN.

¡Qué bueno es tener muchos nombres! Así ha encontrado el medio de ganarse la vida. No sin razón todos los jueces se afanan por ser inscritos en varios tribunales.100

MERCURIO.

¿De modo que me admitiréis para ese empleo?

CARIÓN.

Vete al pozo a lavar estas entrañas de las víctimas, para que sobre la marcha nos demuestres que entiendes de servir.


UN SACERDOTE DE JÚPITER.

¿Quién podrá decirme dónde está Cremilo?

CREMILO.

¿Qué ocurre, buen amigo?

EL SACERDOTE.

Nada de bueno. Desde que Pluto ha recobrado la vista, me muero de hambre; yo, todo un sacerdote de Júpiter salvador, no tengo que comer.

CREMILO.

Por los dioses, ¿cuál es la causa de tu laceria?

EL SACERDOTE.

Nadie ofrece el menor sacrificio.

CREMILO.

¿Por qué?

EL SACERDOTE.

Por que todos son ricos. Antes, cuando nada tenían, el mercader que regresaba sano a su casa, y el reo que conseguía la absolución, nunca dejaban de ofrecer alguna víctima. Cuando alguno ofrecía un sacrificio favorable, era de rigor que el sacerdote asistiese al festín; pero ahora nadie sacrifica, nadie entra en el templo, como no sea millares de personas para atestarlo con sus excrementos.

CREMILO.

¿No tomas también tu parte de esas ofrendas?

EL SACERDOTE.

De modo que espontáneamente me he despedido de Júpiter salvador, para establecerme aquí.

CREMILO.

Tranquilízate; pues, dios mediante, todo saldrá a pedir de boca. Júpiter salvador está aquí; ha venido también espontáneamente.

EL SACERDOTE.

¡Oh, qué buena noticia!

CREMILO.

Aguarda un poco; vamos a colocar a Pluto en el lugar que antes ocupaba, como guardián perpetuo del tesoro de Minerva.101 ¡Eh, vengan las antorchas encendidas! Tú las llevarás delante del dios.

EL SACERDOTE.

Está muy bien dispuesto.

CREMILO.

Llamad a Pluto.

LA VIEJA.

Y yo, ¿qué hago?

CREMILO.

Ponte sobre la cabeza esas ollas102 consagradas al dios, y llévalas con majestad y decoro; precisamente tienes un vestido de diversos colores.103

LA VIEJA.

¿Y el asunto que me ha traído?

CREMILO.

Todo se arreglará. El joven irá a tu casa esta noche.

LA VIEJA.

Si me respondes de que vendrá, llevaré las ollas.

CREMILO.

Sucede en estas ollas lo contrario que en las demás. Ordinariamente la tez arrugada104 se forma encima; pero en estas la tez arrugada va debajo.

CORO.

Tampoco nosotros debemos permanecer aquí; preciso es que nos retiremos y marchemos cantando tras la procesión.

FIN DE PLUTO.



  1. Los que volvían, como Carión, de consultar el oráculo de Apolo en Delfos traían una corona de laurel que les daba una especie de inviolabilidad. ↩
  2. Contraste chistoso. ↩
  3. Sicofantas. Sobre el origen de este nombre, que según su etimología quiere decir denunciadores de higos (συκῆ, higo, φαίνω, denunciar), se dan distintas explicaciones. Plutarco (Vida de Solón), supone que una antigua ley prohibía la exportación de higos, y a los que delataban a los contraventores se les llamaba sicofantas, habiéndose después generalizado esta denominación a cualquier denunciador. El Escoliasta de Aristófanes (Pluto, 31) dice que en tiempo de hambre esta obligó a algunos a robar el fruto de las higueras consagradas a los dioses, concitándose la ira de estos y siendo denunciados los sacrílegos. Ya hemos visto en otra ocasión que muchas gentes no vivían en Atenas de otra cosa que del producto de sus denuncias contra malos e inocentes. ↩
  4. Dios de las riquezas. ↩
  5. Αὐτότατος, lo mismo que Plauto ipsissimus (Trinummus, IV, 2, 146). ↩
  6. Ateniense muy rico, pero tan miserable que la frase «más avaro que Patroclo» se hizo proverbial. Para evitar gastos imitaba a los lacedemonios, comiendo muy frugalmente, dejándose crecer barba y cabellos, y absteniéndose de bañarse. ↩
  7. Los atenienses se lavaban muy a menudo las manos y todo el cuerpo. ↩
  8. Las cortesanas de Corinto eran célebres por su belleza y por lo caros que vendían sus favores, de donde vino el proverbio: Non cuivis homini contigit adire Corinthum. ↩
  9. Clunes ex templo eas huic obvertere. ↩
  10. Sobre el castigo de los adúlteros, que tenía más de ridículo e infamante que de doloroso, véase la nota correspondiente en Las Nubes. ↩
  11. Llamábase así al de Persia, dueño de inmensos tesoros. ↩
  12. Para cobrar el trióbolo. ↩
  13. Este encargo se daba a los ciudadanos más ricos nombrándoles trierarcas. La república solo les proporcionaba el armazón de la nave. ↩
  14. Hicimos mención en Las Junteras de la alianza entre atenienses, beocios, argivos y corintios. Para socorrer a estos últimos, Atenas había enviado una guardia de algunos miles de soldados mercenarios. ↩
  15. Usurero famoso; o, según creen otros, demagogo que habiendo defraudado al Erario fue desterrado, confiscándosele sus bienes. ↩
  16. Parásito de Pánfilo, o cómplice de sus concusiones. ↩
  17. Rico insolente. ↩
  18. Se ganaba la vida refiriendo cuentos en las calles. Se parecía en esto algo a los ciegos que cantan y recitan romances y espeluznantes historias en nuestras plazuelas. ↩
  19. Se tiene por probable que el poeta aluda aquí al socorro de doscientos navíos que los atenienses enviaron a los egipcios cuando estos se sublevaron contra Persia proclamando rey a Inaro. (V. Tucídides, I, 104-112, y el Escoliasta.) ↩
  20. Célebre cortesana siciliana establecida en Corinto. ↩
  21. Rico imbécil. ↩
  22. Ostentoso edificio construido por Timoteo, hijo de Conón. Era un general hábil y afortunado, y muy joven al representarse el Pluto. ↩
  23. El talento valía 5560 pesetas. ↩
  24. Veía a través de los cuerpos opacos, y distinguía hasta lo que pasaba en los infiernos. Fue uno de los argonautas. Se le atribuye el descubrimiento de los metales. ↩
  25. Parte de la víctima que Cremilo había sacrificado a Apolo. Era costumbre obsequiar con ella a los parientes y amigos. ↩
  26. Los griegos despreciaban a los pueblos que practicaban la circuncisión. ↩
  27. Plauto (Mercator, III, esc. IV, V) dice también: Non hominem mihi, sed thesaurum nescio quem memoras mali. ↩
  28. Vimos en Las Junteras que se sorteaban por medio de letras los ciudadanos que debían de formar parte de los tribunales cada año. Carión quiere decir que en vez de pensar en castigarle, el coro debía de pensar en arreglar sus cosas para bien morir. ↩
  29. La insignia del juez era un bastón o vara (σκῆπτρον) que devolvían al Pritáneo al finalizar cada sesión, recibiendo entonces el trióbolo. ↩
  30. Y resistiendo sin duda a la tentación de arrancar algunas cabezas. ↩
  31. Conocida es la fábula que de Midas se refiere. Era este un rey que devolvió a Baco su ayo y pedagogo Sileno; en recompensa de cuyo favor el dios le concedió la merced que le pedía, que era convertir en oro cuanto tocase. Midas hubiera muerto de hambre si Baco no hubiera revocado el funesto don. En otra ocasión, habiendo dicho que la flauta de Pan era más armoniosa que la lira de Apolo, este le castigó haciéndole salir dos soberbias orejas de asno. De suerte que Midas era el prototipo de los avaros y de los pseudo-dilettanti mitológicos. ↩
  32. Palabra onomatopéyica para imitar el sonido de la lira. ↩
  33. Alusión, según el Escoliasta, al Cíclope de Filóxeno, en el cual Polifemo apacentaba sus rebaños al son de la lira. Se conserva un drama satírico de Eurípides con igual título. — Carión se finge el pastor del Etna, y considera al coro como su rebaño. ↩
  34. Arrectis veretris, hircorum instar lascivitate. ↩
  35. Alusión a la aventura de Ulises y Polifemo. (Véase Odisea, IX, y Eurípides, el Cíclope.) ↩
  36. Alusión a las orgías de Lais y Filónides, y a las sucias complacencias de este con aquella cortesana de Corinto, comparada a Circe la hechicera. (V. Homero, Odisea, y Lope de Vega, La Circe.) ↩
  37. Ulises. ↩
  38. Es decir, de Carión. ↩
  39. A testiculis. Castigo dado por Ulises a Melantio, uno de los procos o pretendientes de Penélope. (Odisea, XXII.) ↩
  40. Bardaje del jaez de Arífrades. (V. Los Caballeros.) ↩
  41. Eran el punto de reunión de los desocupados. ↩
  42. A Cremilo. ↩
  43. Célebre pintor, maestro de Apeles. Fundó una escuela de pintura en Sición, donde se hacía pagar honorarios crecidísimos, pues no admitía menos de diez talentos (56.600 pesetas). En un cuadro expuesto en el Pecilo había representado a los Heráclidas acudiendo en demanda de auxilio contra Euristeo a los atenienses. ↩
  44. Los médicos estaban mal pagados en Atenas, y los de notable ciencia se iban a ejercerla a otros países. ↩
  45. Muchos enfermos eran llevados al templo de Esculapio, donde pasaban la noche, suponiendo que el dios les visitaba en la oscuridad y les ponía en el estado de recobrar la salud. ↩
  46. Como las que aparecieron en Las Euménides de Esquilo llenando de terror a los espectadores, entre los cuales hubo un «sálvese el que pueda» general. ↩
  47. Precipicio al cual eran arrojados los criminales. ↩
  48. En el invierno se permitía a los pobres entrar a los baños para calentarse. A veces se acercaban tanto al hornillo que se quemaban, como indica el texto. ↩
  49. Es decir, las cosas más opuestas. Dionisio era tirano de Siracusa, y Trasíbulo libertador de Atenas. ↩
  50. Como decimos nosotros: «Mucho gritas, poca razón tienes.» ↩
  51. Lit.: «porque tiene a Pluto.» ↩
  52. Esto es: «viejos chochos.» ↩
  53. En las encrucijadas de tres calles colocaban los griegos estatuas de Hécate, a causa de la triple advocación de Febea, Diana y Hécate bajo la cual era adorada. Los ricos ofrecían a la diosa cada novilunio el sacrificio de una comida, compuesta generalmente de huevos y queso, que era dejada al pie de sus imágenes. Los pobres se la comían, colgándole el milagro a la diosa. ↩
  54. Verso del Télefo de Eurípides. ↩
  55. Pintor pobrísimo, cuya miseria se había hecho proverbial. ↩
  56. Los manjares para obsequiar al dios a su regreso del templo. ↩
  57. Se celebraban el 8 de cada mes, en memoria de haber reunido a los habitantes dispersos por el campo en la ciudad. En la comida que en ellas se daba, la mesa de los ancianos de que habla Carión estaba muy mal servida a causa de su pobreza, y se veían obligados, faltos de cucharas y escudillas, a comer la salsa del plato común en pedazos de pan. ↩
  58. Juego de palabras: ἐς τὴν κεφαλήν era una especie de maldición. ↩
  59. Es decir, barullos, confusiones. ↩
  60. Para purificarle. ↩
  61. Los griegos tenían sin duda la misma idea, vulgar entre nosotros, de no ser conveniente los baños a los viejos. «De cincuenta para arriba, no te mojes la barriga», dice un refrán. ↩
  62. Orador concusionario y sicofanta, antes citado, y en Las Junteras, 255. ↩
  63. Serpiente no venenosa, consagrada a Esculapio. Había muchas en el templo de este dios. ↩
  64. Hija de Esculapio, diosa de la curación. Yaso viene de ἰᾶσθαι, curarse. ↩
  65. Otra hija de Esculapio. Su nombre está compuesto de πᾶν, todo, y ἀκεῖσθαι, curar. ↩
  66. Merdivorum. Alusión a la inspección de los excrementos que hacían los médicos para enterarse del estado de los enfermos en ciertas dolencias. ↩
  67. Una de las Cícladas. Probablemente sus ajos serían muy cáusticos. ↩
  68. Demo del Ática. El vinagre que en él se fabricaba era sumamente fuerte. ↩
  69. Habla de los ojos de Pluto como si fuesen un esclavo recién comprado que viniese por primera vez a su casa. Entonces era costumbre esparcir en torno del hogar nueces, higos, pasas, etc., emblemas de la abundancia. ↩
  70. Ya censuró esta misma costumbre en Las Avispas, 58; y en La Paz, 962-965. ↩
  71. Hombre sumamente pobre y glotón. ↩
  72. Brunck propone que se lea ἶπος, ratonera, en el texto, en vez de ἰπνός, lección seguida por Dindorf, Bergck, Boissonade y otros. Este ἰπνός se traduce generalmente lámpara o linterna; pero la interpretación que le damos es más cómica. (V. La Paz, 841, y el escolio al verso 813 del Pluto.) ↩
  73. Nates. ↩
  74. Era costumbre consagrar a los dioses, después de haberlos usado, los vestidos que se llevaban al ser iniciado en los misterios de Eleusis. Muchos no los ofrecían hasta que no podían gastarlos ya de puro viejos. ↩
  75. Hechicero que vendía anillos mágicos, especie de amuletos que se creía preservaban de la mordedura de animales venenosos. ↩
  76. Cuando le convenía para librarse de ciertos gravámenes de que los comerciantes estaban exentos. En estas exenciones era la más importante la del servicio militar. ↩
  77. El derecho de acusar era público en asuntos de interés general. ↩
  78. Quiere decir, «la cosa más preciosa.» El silfio era sumamente apreciado y se pagaba a peso de oro. Bato fue el fundador de Cirene, que comerciaba mucho en silfio. ↩
  79. Era costumbre colgar las ofrendas de los árboles que había en los lucus o bosques sagrados. ↩
  80. Σύκινον. Menciona esta madera por su poca consistencia y por tener su nombre la misma raíz que el de sicofanta o delator. ↩
  81. Llama así a su manto y sus zapatos. ↩
  82. Véase la nota al verso 535 de esta comedia. ↩
  83. Prehensum testiculis. ↩
  84. Piropo irónico. ↩
  85. Este verso es atribuido por uno de los Escoliastas a Anacreonte, aunque no se sabe si en boca de este poeta era también cita de un oráculo dado a Polícrates, tirano de Samos. Al aplicárselo a la vieja el joven, le da a entender que su belleza había ya caducado. ↩
  86. Proverbio que se aplicaba a los enriquecidos de repente. ↩
  87. Las mujeres ricas iban en carruaje a Eleusis. ↩
  88. Tan delgada se supone. ↩
  89. Lit.: lavarme la cabeza. ↩
  90. Satis multo tempore eam sublevi. ↩
  91. Se imponían frecuentes mullas a los taberneros por falla en la medida o por mala calidad del vino. ↩
  92. Que estaba consagrado a Mercurio. ↩
  93. Juego usado en las fiestas de Baco. El que lograba mantenerse en pie sobre el odre ganaba el premio. Tenía cierta analogía con algunas de nuestras cucañas. ↩
  94. Hæc dicens, pedit. ↩
  95. Cuando los atenienses, mandados por Trasíbulo, se apoderaron de File, fortaleza que estaba en la frontera del Ática, juraron no acordarse del mal y proclamar una amnistía general (V. Jenofonte, Helénicas, II, 4.). La frase μνησικακεῖν se hizo proverbial. ↩
  96. Verso tomado de alguna tragedia perdida. ↩
  97. Mercurio va mencionando los diferentes cargos que se le atribuían. ↩
  98. Δόλιον astuto. ↩
  99. Como hacían los ciudadanos ricos. ↩
  100. Fraude muy generalizado para cobrar salario doble o triple. ↩
  101. Detrás del templo de Júpiter Poliade había en la Acrópolis un edificio donde se guardaba el tesoro público. Pluto, o sea la riqueza, había dejado de habitarle, porque ge había agotado con los enormes gastos de la guerra. ↩
  102. Era costumbre ofrecer ollas de legumbres cocidas en la inauguración de la estatua de una divinidad. ↩
  103. Vestido usado en las festividades. La vieja se había adornado con otro objeto. ↩
  104. La palabra γραῦς significa vieja, y esa tez rugosa que se forma sobre la leche y otros comestibles sometidos a la cocción. ↩