Tomo I · Capítulo 5
Las Nubes
NOTICIA PRELIMINAR.
«El año último dirigió el poeta sus ataques contra esos vampiros que, pálidos abrasados por incesante fiebre, estrangulaban en las tinieblas a vuestros padres y abuelos, y acostados en el lecho de los ciudadanos pacíficos, enemigos de cuestiones, amontonaban sobre ellos procesos, citaciones y testigos, hasta el punto de que muchos acudieron aterrados al polemarca. Y esto no obstante, el año pasado abandonasteis al intrépido defensor que puso todo su ahínco en purgar de tales monstruos a la patria, precisamente cuando sembraba pensamientos de encantadora novedad, cuyo crecimiento impedisteis por no haberlos comprendido bien. Sin embargo, el autor jura a menudo, entre estas libaciones a Baco, que jamás oísteis mejores versos cómicos. Vergonzoso es que no comprendieseis de seguida su intención profunda; pero al poeta le consuela el no haber desmerecido en la opinión de los doctos, aunque se hayan estrellado sus esperanzas por vencer en audacia a sus rivales.»
Así explica Aristófanes, en la Parábasis de Las Avispas, el objeto de Las Nubes, y el elevado concepto que tenía formado de esta comedia, una de las más hermosas creaciones de su fantasía. Las Nubes son, en efecto, una sátira ingeniosa y trascendental de los vicios que en la educación iban introduciéndose merced, especialmente, a la influencia de los sofistas, ídolos entonces de la juventud, que frecuentaba solícita sus escuelas. Los sofistas habían aparecido en Atenas en tiempo de Pericles, y, abusando de la invención de Zenón el eleático, esgrimieron las armas de la dialéctica para satisfacer sus miras interesadas y ambiciosas. En sus discursos, exornados con todas las galas de la oratoria, no se proponían como objeto principal la demostración científica de un sistema de verdades, sino el deslumbrar a sus oyentes, sosteniendo, con aquellos falaces argumentos que de ellos han recibido el nombre de sofismas, las más absurdas conclusiones y extrañas paradojas.
Ensoberbecidos con su ingenio, disputaban atrevidamente de omni re scibili, y sostenían indistintamente el pro y el contra en todas las cuestiones, llegando, por este funesto modo de filosofar, a convertir la varonil elocuencia antigua en un arte de disputar artificiosamente, a llevar las inteligencias al escepticismo y a la negación de los dioses, y a relajar los más fuertes vínculos sociales con la predicación de una moral cuyo único móvil era el carpe diem y el placer. «El talento de hacer justo lo injusto, e injusto lo justo, que orgullosamente se atribuían, debía de ser, dice Schœll, siguiendo a Heeren1, extremadamente peligroso en sus relaciones con la vida civil; pero aún producía un mal mayor, cual es el de echar por tierra el sentimiento de la verdad, que deja de ser respetable desde el momento en que se la considera discutible.»
Aristófanes, que siempre estaba con el látigo levantado contra todo abuso y todo error, lo descargó también sobre estos maestros ateos, vanos e inmorales, impulsado por el noble, levantado y patriótico pensamiento de restaurar aquel sistema de enseñanza que formó los héroes de Maratón e hizo reinar en las costumbres la modestia y la virtud; pero al hacerlo cometió la imperdonable falta de elegir como blanco de sus tiros y personificación de los sofistas la venerable figura de Sócrates, que era precisamente el más declarado de sus enemigos. ¿Qué motivo pudo impulsar a Aristófanes a semejante elección y a acumular sobre la cabeza del virtuoso filósofo los anatemas con que quiere confundir la nueva educación? ¿Por qué acusar de corruptor de la juventud al que solo pretendía dirigirla al bien, de ateísmo al hombre más piadoso, de avaricia al más generoso y desprendido, y de perderse en nebulosas especulaciones al que sentaba toda su filosofía sobre la base práctica de la moral? Digámoslo en dos palabras: por la misma popularidad de Sócrates y su especial manera de enseñar. Sócrates, que no explicaba dentro del recinto de una escuela, sino en los lugares más concurridos; que empleaba todos los recursos de su natural gracejo en la disputa y en la exposición de sus doctrinas, era indudablemente el filósofo más conocido de los atenienses, y sin duda por eso lo eligió Aristófanes para personificar en él toda la filosofía de su tiempo, obedeciendo a la necesidad de dar unidad a su comedia y de no convertirla en una polémica insípida o pedante.
Es preciso, además, tener en cuenta que Sócrates, como todos los genios, quizá no lo apareciera ante los ojos de sus contemporáneos hasta que su muerte depuró en él, por decirlo así, toda aquella especie de imperfección que empequeñece, cuando se las mira de cerca, las más grandes figuras. Desde luego, aun los más furiosos detractores de Aristófanes no podrán menos de confesar que había motivo para engañarse al apreciar las miras del mártir de la cicuta, cuando se le veía discutir con chistes y cuentecillos entre la plebe menos ilustrada, o dar consejos de arte amandi a la bella cortesana Teodota.
Esta singular conducta, cuando sus altos fines no eran bien conocidos, se prestaba indudablemente al ridículo; y por eso Sócrates, que despreciaba las vulgares preocupaciones que acerca de él existían, fue el blanco, como dice Séneca, de las envenenadas burlas de los cómicos. Porque no fue solo Aristófanes quien le escarneció en el teatro; Éupolis y Amipsias le llamaron vanidoso, mendigo y ladrón, y es de creer que también otros, dada la declarada guerra que entre poetas cómicos y filósofos y trágicos existía.
No pretendemos con esto, justificar a Aristófanes, sino hacer constar que, al componer Las Nubes, aparte de lo indisculpable de la sátira personal y calumniosa, procedió de buena fe, aunque con criminal ligereza, por haber confundido a Sócrates con la turba de sofistas cuya peligrosa enseñanza quería desterrar.
De todos modos, sus insultos no hallaron eco, por esta vez, en el público de Atenas, que, acostumbrado a la extremada licencia de los cómicos, tomaba a risa sus ultrajes y calumnias, o los consideraba como grandes exageraciones. Pues solo así se comprende que aplaudiese a un mismo tiempo los ataques de Aristófanes a Eurípides y su sistema dramático, y las tragedias del inspirado poeta. Sócrates, según irrecusables testimonios, continuó después de representadas Las Nubes siendo querido y respetado, y no pareció guardar resentimiento alguno contra su calumniador. Platón y Jenofonte, sus más afectos discípulos, tampoco tienen para él ni una palabra de censura: al contrario, el primero compuso en su honor un lisonjero dístico y le presentó en el Banquete, conversando amigablemente con el maestro sobre las interesantes teorías del arte, la belleza y el amor.
En vista de estos elocuentes hechos y de haber trascurrido nada menos que veinticuatro años entre la primera representación de Las Nubes y la muerte de Sócrates, ha caído ya en descrédito la opinión de que la comedia aristofánica fue la causa principal de la injusta condena del filósofo. Verdad es que sus enemigos presentaron contra él las mismas acusaciones que en Las Nubes se le hacen; pero también es cierto que no pasaron de ser pretextos especiosos acogidos por un tribunal decidido a condenar a muerte al que había osado censurar la tiranía de los Treinta, y los atropellos de Nicias2.
Quitado de Las Nubes el nombre de Sócrates, queda esta comedia como una de las más perfectas de Aristófanes. Muy lisonjeros juicios se han formulado sobre ella; pero como entre los más acertados figura el que mi particular amigo D. Fermín Herrán tuvo la bondad de poner al frente de mi versión en el año 1875, lo inserto a continuación, aprovechando esta oportunidad de agradecerle los amables o inmerecidos elogios de que entonces me colmó.
«El argumento de Las Nubes es sencillísimo; parécese en esto a algunos de nuestros autos sacramentales en que la acción se desenvuelve sin tropiezo, sin incidentes que la compliquen, ni episodios que la armonicen; ligera, sencilla y fácilmente comprensible.
»Estrepsiades, personaje que Aristófanes nos presenta como la personificación del fraude, tipo que excita la repugnancia, sin dejar de interesar por eso, es un hombre que agobiado de deudas y no teniendo con qué pagarlas, discurre los medios de burlar a sus acreedores dejando a salvo su responsabilidad, única cosa que le atemoriza, no por la nota que sobre él podrá echar, sino por la materialidad del pago a que se vería obligado. Y en vez de recurrir a la economía, disminuyendo sus gastos, deshaciéndose de lo superfluo, o arbitrando recursos de cualquiera manera, cree haber resuelto la cuestión enviando a su hijo Fidípides a la escuela de Sócrates, donde debía aprender a convencer con su elocuencia a los más reacios de sus acreedores, logrando de este modo, y en caso de ser citado a juicio, ganar el pleito obteniendo sentencia favorable, para lo cual había de llevar prevenidos dos discursos, uno justo y otro injusto. Pero, en un principio, su hijo Fidípides, que está muy lejos de ser un modelo de respeto y cariño filial, se niega a ir a la escuela, pretextando la antipatía que siente por aquellos sabios, viéndose Estrepsiades obligado a presentarse él mismo en la escuela, donde es admitido, empezando a recibir las lecciones de Sócrates, que renuncia a sacar partido de un discípulo tan estúpido y desmemoriado que solo recuerda de lo que le enseñan aquello que tiene relación con la manía que le ocupa. Viendo que por sí mismo nada consigue, logra, si no convencer, persuadir a su hijo a entrar en la escuela, de donde sale con los conocimientos que deseaba, los cuales emplea, no en salvar a su padre de los rigores de una sentencia inminente, sino en cohonestar con argucias o sofismas su conducta depravada; lo que obliga a Estrepsiades a renegar del talento de su hijo y maldecir la hora en que abrigó la idea de que lo adquiriese. Ansiando tomar venganza de los autores de su mal, quema la casa de Sócrates, y termina la comedia.
»Como se ve, la acción marcha por sí sola, sin que nada la detenga ni precipite; y la moral, aunque un poco tergiversada, es clara y provechosa, y pudiera condensarse en estas palabras: “del mal no puede venir el bien”.
»Por el argumento no podría llamarse a Aristófanes notable dramático, toda vez que el ingenio más mediano es capaz de concebir un asunto tan sencillo; pero hay circunstancias que le avaloran y engrandecen, poniendo a su autor en elevado lugar.
»El diálogo, siempre vivo y animado, se hace notable e interesa por la oportunidad de las réplicas y agudeza de las observaciones. La sátira punzante que encierra, las transparentes alusiones que pone en boca de sus personajes le recomiendan y enaltecen, y los chistes en que abunda hacen la acción amena e interesante, en sumo grado: la intervención del coro podría hacerla pesada y algo monótona, pero es necesaria, toda vez que el comentario puesto en su boca hace las veces de moraleja, ilustración del texto y explicaciones de los pasajes, además de que, dadas las costumbres de entonces en aquel país, no podía prescindirse de él.
»Cuanto de ridículo tienen algunos personajes de la comedia está sacado a luz con tanta gracia, con tal oportunidad, que a pesar de reconocer muchas veces la injusticia y encono de los tiros, se aplaude la puntería en gracia del chiste.
»En los episodios, en ciertas escenas, en determinadas situaciones, luce esplendorosa la habilidad del autor de Las Nubes. El diálogo entre lo Justo y lo Injusto es admirable y verdadera obra maestra de ática ironía. El poner en boca del hijo, niño mimado e insolente, los sofismas que para defender lo contrario, o al menos lo distinto, ha expuesto el padre, bonachón y débil, es de éxito grande y efecto oportuno, como lo es la famosa escena entre el viejo y el filósofo, cuya irónica gracia, cuya petulancia e intención son muy superiores a todo encarecimiento.
»Sintetizando: argumento sencillo, lenguaje selecto, diálogos chispeantes y animados, caracteres bien dibujados y correctos, episodios divertidos o interesantes.»
La representación de Las Nubes tuvo lugar, según la opinión más probable, el año primero de la Olimpiada ochenta y nueve, o sea el 424 a. J. C. El mismo Aristófanes lo indica al lamentarse de su mal éxito en la parábasis de Las Avispas, representadas el 423, y al hablar en aquella comedia de Cleón, como si viviese todavía, siendo así que el célebre demagogo murió en el año décimo de la guerra del Peloponeso, que corresponde al segundo de la Olimpiada ochenta y nueve.
PERSONAJES.
Estrepsiades.
Fidípides.
Un esclavo de Estrepsiades.
Discípulos de Sócrates.
Sócrates.
Coro de Nubes.
El Razonamiento justo.
El Razonamiento injusto.
Pasias, acreedor.
Un testigo de Pasias.
Aminias, acreedor.
Querefonte.
LAS NUBES.
La escena representa el dormitorio de Estrepsiades. Este aparece en su lecho, y próximos a él duermen su hijo, y los esclavos.
ESTREPSIADES.
¡Oh Júpiter supremo! ¿Es acaso interminable la duración de las noches? ¿Nunca se hará de día? Mucho tiempo ha que he oído el canto del gallo, y sin embargo, los esclavos aún están roncando: antes no sucedía esto. Maldita sea la guerra, que me impide hasta el castigar a mis esclavos3. Este buen mozo no despierta en toda la noche, y duerme profundamente4, envuelto en las cinco mantas de su lecho. Pero probemos a imitarle...
¡Pobre de mí! no puedo conciliar el sueño. ¿Cómo he de dormir, si me atormentan los gastos, la caballeriza y las deudas que he contraído por causa de este hijo? Él cuida su cabellera, cabalga, guía un carro y sueña con caballos; y yo me siento morir cuando llega el día veinte del mes, porque se acerca el momento de pagar los intereses...5.
Muchacho, enciende la lámpara y tráeme el libro de cuentas, para que examine los gastos, y averiguando a quiénes debo, calcule los intereses... Ea, veamos, ¿cuánto debo? «Doce minas a Pasias6»: ¿Y por qué doce minas a Pasias? ¿En qué las he gastado? Cuando compré el Coppatia7. ¡Desdichado de mí! ¡Ojalá me hubiesen vaciado antes un ojo de una pedrada!8.
FIDÍPIDES (soñando).
Filón, guías mal: tu carro debe seguir a este.
ESTREPSIADES.
He aquí el mal que me mata: hasta durmiendo sueña con caballos.
FIDÍPIDES (soñando).
¿Cuántas carreras es necesario dar en el certamen?
ESTREPSIADES.
A tu padre sí que le haces dar carreras... ¿Pero qué deuda contraje9 después de la de Pasias? Veamos: «tres minas a Aminias10 por el carro y las ruedas.»
FIDÍPIDES (soñando).
Lleva el caballo a la cuadra y revuélcalo antes en la arena.
ESTREPSIADES.
¡Infeliz! Tú si que das vuelco a mi fortuna; unos me tienen ya citado a los tribunales, otros me piden que les garantice el pago de los intereses11.
FIDÍPIDES (despertando).
Pero, padre, ¿qué te angustia que no haces más que dar vueltas toda la noche?
ESTREPSIADES.
Me muerde cierto demarco12 de las camas.
FIDÍPIDES.
Por favor, querido, déjame dormir un poco.
ESTREPSIADES.
Duerme en hora buena, pero sabe que todas estas deudas caerán sobre tu cabeza... ¡Oh! ¡Así perezca miserablemente aquella casamentera que me impulsó a contraer matrimonio con tu madre! Porque yo tenía una vida dulcísima, sencilla, grosera, descuidada y abundante en panales, ovejas y aceite. Después, aunque era hombre del campo, me casé con la nieta de Megacles hijo de Megacles, ciudadana soberbia, amiga de los placeres, con las mismas costumbres que Cesira13. Después del matrimonio, cuando nos acostábamos, yo no olía más que a mosto, higos y lana de mis ovejas; ella por el contrario, apestaba a pomadas y esencias, y solo deseaba besos amorosos, lujo, comilonas y los placeres de Venus14. No diré que fuese holgazana, sino que tejía; y muchas veces, enseñándola esta capa, le decía con tal pretexto: «Esposa mía, aprietas15 demasiado los hilos.»
UN ESCLAVO.
No tiene aceite la lámpara.
ESTREPSIADES.
¡Ay de mí! ¿Por qué has encendido una lámpara tan bebedora? Acércate para que te haga llorar.
EL ESCLAVO.
Y ¿por qué he de llorar?
ESTREPSIADES.
Por haber puesto una mecha muy gorda... Después, cuando nos nació este hijo, disputamos mi buena mujer y yo acerca del nombre que habríamos de ponerle. Ella le posponía a todos los nombres el de caballo, queriendo que se llamase Jantipo, Caripo o Calípides16. Yo le llamaba Fidónides17, como su abuelo. Tras largo debate, adoptamos, por fin, un término medio y le llamamos Fidípides18. Su madre, tomándole en brazos, solía decirle entre caricias: «¡Cuándo te veré, hecho un hombre, venir a la ciudad, ricamente vestido y dirigiendo tu carro, como tu abuelo Megacles...!» Y yo le decía: «¡Cuándo te veré, vestido de pieles, traer las cabras del Feleo19 como tu padre...!» Pero nunca hizo caso de mis palabras. Y su afición a los caballos20 me ha perdido. Después de haber meditado toda la noche, he encontrado un maravilloso expediente, que me salvará si consigo persuadir a mi hijo. Mas, antes de todo, quiero despertarle. ¿Cómo haré para despertarlo dulcemente? ¿Cómo? ¡Fidípides, querido Fidípides!21.
FIDÍPIDES.
¿Qué, padre mío?
ESTREPSIADES.
Bésame y dame tu mano derecha.
FIDÍPIDES.
Hela aquí. ¿Qué ocurre?
ESTREPSIADES.
Di: ¿me amas?
FIDÍPIDES.
Sí, por Neptuno ecuestre.
ESTREPSIADES.
Por favor, no me recuerdes nunca a ese domador de caballos; es la causa de todos mis males. Si me amas de todo corazón, hijo mío, compláceme.
FIDÍPIDES.
¿Y en qué quieres que te complazca?
ESTREPSIADES.
Cambia pronto de costumbres, y ve a aprender donde yo te mande.
FIDÍPIDES.
Explícate ya: ¿qué quieres?
ESTREPSIADES.
¿Y me obedecerás?
FIDÍPIDES.
Te obedeceré, por Baco.
ESTREPSIADES.
Mira a este lado. ¿Ves esa puertecita y esa casita?
FIDÍPIDES.
Las veo. ¿Pero qué quiere decir esto?
ESTREPSIADES.
Esa es la escuela22 de las almas sabias. Ahí habitan hombres que hacen creer con sus discursos que el cielo es un horno que nos rodea, y que nosotros somos los carbones23. Los mismos enseñan, si se les paga, de qué manera pueden ganarse las buenas y las malas causas.
FIDÍPIDES.
Y ¿quiénes son esos hombres?
ESTREPSIADES.
No sé bien cómo se llaman. Son personas buenas dedicadas a la meditación.
FIDÍPIDES.
¡Ah, los conozco, miserables! ¿Hablas de aquellos charlatanes pálidos y descalzos, entre los cuales se encuentran el perdido Sócrates y Querefonte?24
ESTREPSIADES.
¡Eh! calla: no digas necedades. Antes bien, si te conmueven las aflicciones de tu padre, sé uno de ellos y abandona la equitación.
FIDÍPIDES.
No lo haré, por Baco, aunque me dieses todos los faisanes que cría Leógoras25.
ESTREPSIADES.
¡Oh!, por favor, queridísimo hijo, ve a la escuela.
FIDÍPIDES.
Y ¿qué aprenderé?
ESTREPSIADES.
Dicen que enseñan dos clases de discursos: uno justo, cualquiera que sea, y otro injusto26; con el segundo de estos afirman que pueden ganar hasta las causas más inicuas. Por tanto, si aprendes el discurso injusto, no pagaré ni un óbolo27 de las deudas que tengo por tu causa.
FIDÍPIDES.
No puedo complacerte. Me sería imposible mirar a un jinete si tuviese el color de la cara tan perdido.
ESTREPSIADES.
Por Ceres, no comeréis ya a mis expensas ni tú, ni tu caballo de tiro, ni tu caballo de silla28, sino que te echaré de casa enhoramala29.
FIDÍPIDES.
Mi tío Megacles no me dejará sin caballos. Me voy, y no hago caso de tus amenazas.
(Aquí debe haber mutación de escena, puesto que Estrepsiades va a llamar en la puerta de Sócrates.)
ESTREPSIADES.
Sin embargo, aunque he caído, no he de permanecer en tierra30, sino que invocando a los dioses iré a esa escuela y recibiré yo mismo las lecciones. Pero ¿cómo, siendo viejo, olvidadizo y torpe, podré aprender discursos llenos de exquisitas sutilezas? Marchemos. ¿Por qué me detengo y no llamo a la puerta? ¡Esclavo! ¡Esclavo!
UN DISCÍPULO.
¡Vaya al infierno! ¿Quién golpea la puerta?
ESTREPSIADES.
Estrepsiades, hijo de Fidón, del cantón de Cicinno31.
EL DISCÍPULO.
¡Por Júpiter! Campesino habías de ser para golpear tan brutalmente la puerta y hacerme abortar32 un pensamiento que había concebido.
ESTREPSIADES.
Perdóname, porque habito lejos de aquí, en el campo; pero dime: ¿cuál es el pensamiento que te he hecho abortar?
EL DISCÍPULO.
No me es permitido decirlo más que a los discípulos.
ESTREPSIADES.
Dímelo sin temor, porque vengo a la escuela como discípulo.
EL DISCÍPULO.
Lo diré: pero ten en cuenta que esto debe de ser un misterio. Preguntaba ha poco Querefonte a Sócrates cuántas veces saltaba lo largo de sus patas una pulga que había picado a Querefonte en una ceja y se había lanzado luego a la cabeza de Sócrates33.
ESTREPSIADES.
Y ¿cómo ha podido?...
EL DISCÍPULO.
Muy ingeniosamente. Derritió un poco de cera, y cogiendo la pulga sumergió en ella sus patitas. Cuando se enfrió la cera, quedó la pulga con una especie de borceguíes pérsicos34. Se los descalzó Sócrates y midió con ellos la distancia recorrida por el salto.
ESTREPSIADES.
¡Supremo Júpiter, qué inteligencia tan sutil!
EL DISCÍPULO.
¿Pues qué dirás si te cuento otra invención de Sócrates?
ESTREPSIADES.
¿Cuál? Dímela, te lo ruego.
EL DISCÍPULO.
El mismo Querefonte Esfetiense le preguntó si creía que los mosquitos zumbaban con la trompa o con el trasero.
ESTREPSIADES.
¿Y qué dijo de los mosquitos?
EL DISCÍPULO.
Dijo que el intestino del mosquito es muy angosto, y que a causa de su estrechez el aire pasa con gran violencia hasta el trasero, y como el orificio de este comunica con el intestino, el trasero produce el zumbido por la violencia del aire.
ESTREPSIADES.
Por lo tanto, el trasero de los mosquitos es una trompeta. ¡Oh tres veces bienaventurado el autor de tal descubrimiento! Fácilmente obtendrá la absolución de un reo quien conoce tan bien el intestino del mosquito.
EL DISCÍPULO.
Poco ha una salamandra le hizo perder un gran pensamiento.
ESTREPSIADES.
Dime: ¿de qué manera?
EL DISCÍPULO.
Observando de noche el curso y las revoluciones de la luna, miraba al cielo con la boca abierta, y entonces una salamandra le arrojó su excremento desde el techo.
ESTREPSIADES.
¡Linda salamandra que hace sus necesidades en la boca de Sócrates!
EL DISCÍPULO.
Ayer por la tarde no teníamos cena.
ESTREPSIADES.
¡Hem! ¿Y qué inventó para encontrar comida?
EL DISCÍPULO.
Extendió polvo sobre la mesa, dobló una barrita de hierro35, y recogiendo después el compás, escamoteó un vestido de la palestra.
ESTREPSIADES.
¿Por qué admiramos ya a Tales?36 Abre, abre prontamente la escuela, y preséntame a Sócrates cuanto antes. Me impaciento por ser su discípulo. ¡Vivo! abre la puerta. — ¡Oh Hércules! ¿De qué país son estos animales?37.
EL DISCÍPULO.
¿De qué te admiras? ¿Con quiénes les encuentras semejanza?
ESTREPSIADES.
Con los lacedemonios hechos prisioneros en Pilos38. ¿Pero por qué miran esos a la tierra?
EL DISCÍPULO.
Investigan las cosas subterráneas.
ESTREPSIADES.
Entonces buscan cebollas. No os cuidéis más de eso: yo sé dónde las hay hermosas y grandes. — ¿Y qué hacen esos otros con el cuerpo inclinado?
EL DISCÍPULO.
Investigan los abismos del Tártaro.
ESTREPSIADES.
¿Para qué mira al cielo su trasero?
EL DISCÍPULO.
Es que aprende astronomía por su parte. Pero entrad, no sea que el maestro nos sorprenda.
ESTREPSIADES.
No, todavía no: que estén aquí; tengo que comunicarles un asuntillo mío.
EL DISCÍPULO.
Es que no pueden permanecer largo tiempo al aire y en el exterior.
ESTREPSIADES.
¡En nombre de los dioses! ¿Qué son estas cosas? Decídmelo.
EL DISCÍPULO.
Esa es la astronomía.
ESTREPSIADES.
¿Y esta?
EL DISCÍPULO.
La geometría.
ESTREPSIADES.
¿Para qué sirve la geometría?
EL DISCÍPULO.
Para medir la tierra.
ESTREPSIADES.
¿La que se distribuye a la suerte?
EL DISCÍPULO.
No. Toda la tierra.
ESTREPSIADES.
¡Gracioso dicho! He aquí una idea muy popular y útil39.
EL DISCÍPULO.
He aquí todo el circuito de la tierra. ¿Ves? Aquí está Atenas.
ESTREPSIADES.
¿Qué dices? No te creo. No veo a los jueces en sesión40.
EL DISCÍPULO.
Sin embargo, este es verdaderamente el territorio del Ática.
ESTREPSIADES.
¿Y dónde están los Cicinenses mis compatriotas?
EL DISCÍPULO.
Helos aquí; y mira también la Eubea, que, como ves, es muy larga.
ESTREPSIADES.
Lo sé: Pericles y vosotros la habéis sometido a mil torturas41. Pero, ¿dónde está Lacedemonia?
EL DISCÍPULO.
¿Que dónde está? Hela aquí.
ESTREPSIADES.
¡Cuán cerca de nosotros! Meditad sobre esto y alejadla todo lo que se pueda.
EL DISCÍPULO.
Por Júpiter, eso es imposible.
ESTREPSIADES.
Pues ya os pesará. — ¡Calla! ¿y quién es ese hombre suspendido en el aire en un cesto?
EL DISCÍPULO.
Él.
ESTREPSIADES.
¿Quién es él?
EL DISCÍPULO.
Sócrates.
ESTREPSIADES.
¡Sócrates! Anda y llámale fuerte.
EL DISCÍPULO.
Llámale tú; que yo no tengo tiempo.
ESTREPSIADES.
¡Sócrates! ¡Sócrates!
SÓCRATES.
Mortal42. ¿Por qué me llamas?
ESTREPSIADES.
Ante todo, te ruego que me digas qué es lo que haces ahí.
SÓCRATES.
Camino por los aires y contemplo el Sol.
ESTREPSIADES.
Por tanto, ¿miras43 a los dioses desde tu cesto y no desde la tierra? Si no es que...
SÓCRATES.
Nunca podría investigar con acierto las cosas celestes si no suspendiese mi alma y mezclase mis pensamientos con el aire que se les parece44. Si permaneciera en el suelo, para contemplar las regiones superiores, no podría descubrir nada porque la tierra atrae a sí los jugos del pensamiento: lo mismo exactamente que sucede con los berros.
ESTREPSIADES.
¿Qué hablas? ¿El pensamiento atrae la humedad de los berros? Pero, querido Sócrates, baja, para que me enseñes las cosas que he venido a aprender.
SÓCRATES.
¿Qué es lo que te ha hecho venir?
ESTREPSIADES.
El deseo de aprender a hablar. Los usureros, los acreedores más intratables me persiguen sin descanso y destruyen los bienes que les he dado en prenda.
SÓCRATES.
¿Cómo te has llenado de deudas sin apercibirte?
ESTREPSIADES.
Me ha arruinado la enfermedad de los caballos, cuya voracidad es espantosa. Mas enséñame uno de tus dos discursos, aquel que sirve para no pagar. Sea cual fuere el salario que me pidas, juro por los dioses que te lo he de satisfacer.
SÓCRATES.
¿Por qué dioses juras? En primer lugar, es preciso que sepas que los dioses no son ya moneda corriente entre nosotros.
ESTREPSIADES.
¿Pues por quién juráis? Acaso por las monedas de hierro, como en Bizancio.
SÓCRATES.
¿Quieres conocer perfectamente las cosas divinas y saber sin engaño lo que son?
ESTREPSIADES.
Sí, por Júpiter, a ser posible.
SÓCRATES.
Y ¿hablar con las Nubes, nuestras divinidades?
ESTREPSIADES.
Mucho más.
SÓCRATES.
Siéntate, pues, en el lecho sagrado.
ESTREPSIADES.
Ya estoy sentado.
SÓCRATES.
Coge esta corona.
ESTREPSIADES.
¿Para qué la corona? ¡Ay de mí!, Sócrates, no me sacrificarás como a Atamas45.
SÓCRATES.
No: hacemos todas estas ceremonias con los iniciados.
ESTREPSIADES.
¿Y qué ganaré con esto?
SÓCRATES.
Llegarás a ser un molino de palabras, un verdadero cascabel, fino como la flor de la harina: pero no te muevas.
ESTREPSIADES.
No me engañas, por Júpiter; si continúas empolvándome de ese modo me convertiré pronto en flor de harina46.
SÓCRATES.
Es necesario guardar silencio, anciano, y escuchar atentamente mis súplicas. Soberano señor, Aire inmenso que rodeas la sublime tierra, Éter luminoso, y vosotras, Nubes, diosas venerables, que engendráis los rayos y los truenos, levantaos, soberanas mías, y mostraos al filósofo en las alturas.
ESTREPSIADES.
No, todavía no, hasta que me cubra la cabeza con el manto doblado, no sea que me moje. ¡Pobre de mí! haber salido de casa sin mi montera de piel de perro.
SÓCRATES.
Venid pues, oh Nubes venerables, y mostraos a este, ora ocupéis la sagrada cumbre del nevado Olimpo, ora forméis con las Ninfas la danza sagrada en los jardines del padre Océano, ora recojáis en urnas de oro las aguas del Nilo, ora residáis en la laguna Meotis, o sobre las nevadas rocas del Mimas; oídme, aceptad mi sacrificio y mirad complacidas estas sagradas ceremonias.
CORO DE NUBES.
Del seno mugiente del Océano, nuestro padre, levantémonos, Nubes eternas, ligeras por nuestra naturaleza vaporosa, a las altas cumbres de los montes coronados de árboles seculares. Desde ellas veremos a lo lejos el horizonte montuoso, la tierra sagrada, madre de los frutos, el curso de los ríos divinos, y el mar que murmura profundamente. Puesto que el ojo infatigable del Éter brilla siempre con resplandeciente luz, disipemos la niebla oscura que nos rodea, y mostrémonos a la tierra con todo el esplendor de nuestra belleza inmortal.
SÓCRATES.
Indudablemente, habéis escuchado mis votos, ¡oh Nubes venerables! ¿Has oído tú su voz acompañada de los mugidos del trueno?
ESTREPSIADES.
Yo también os adoro, santas Nubes, y quiero responder a vuestros truenos47; a ello me obligan el miedo y el temblor; así es que, sea o no lícito, quiero desahogarme48.
SÓCRATES.
No te burles, ni hagas lo que esos cómicos miserables49 — ¡Silencio! Una multitud de diosas se adelantan cantando.
CORO.
Vírgenes imbríferas50, vamos a visitar el pingüe territorio de Palas y la amable tierra de Cécrope, patria de tan grandes hombres, donde se celebra el culto de los sagrados misterios, se ven el santuario místico de las santas iniciaciones51 las ofrendas a los habitantes del Olimpo, los elevados templos y las estatuas de los dioses, las procesiones religiosas, los sacrificios a las coronadas divinidades y los festines de todas las estaciones; y, cuando con la primavera vuelve la fiesta de Baco, los certámenes de los resonantes coros, y el grave sonido de las flautas.
ESTREPSIADES.
¡Por Júpiter! Sócrates, dime: ¿Quiénes son aquellas mujeres que han cantado con tanta majestad? ¿Son algunas heroínas?
SÓCRATES.
No; estas son las celestes Nubes, grandes diosas de los hombres ociosos; que nos dan el pensamiento, la palabra y la inteligencia, el charlatanismo, la locuacidad, la astucia y la comprensión.
ESTREPSIADES.
He aquí por qué al oírlas parece que mi alma va a volar, y ya desea discutir sobre sutilezas, hablar del humo, contradecir y oponer argumentos contra argumentos. Así es que desearía, si fuese posible, verlas personalmente.
SÓCRATES.
Mira hacia aquel lado, hacia el monte Parneto. Yo las veo descender con lentitud.
ESTREPSIADES.
¿Dónde? Enséñame.
SÓCRATES.
Míralas; vienen oblicuamente en gran número, a través de los valles y los bosques.
ESTREPSIADES.
Pero ¿qué es esto? Si no las distingo.
SÓCRATES.
Ahí, junto a la entrada.
ESTREPSIADES.
Al fin las entreveo.
SÓCRATES.
Ahora las verás perfectamente si no tienes telarañas en los ojos52.
ESTREPSIADES.
Sí, por Júpiter: ¡oh diosas venerables! ya ocupan toda la escena.
SÓCRATES.
¡Y tú, que ignorabas su existencia y no las tenías por diosas!
ESTREPSIADES.
No por cierto: pero las creía niebla, humo o rocío.
SÓCRATES.
Por Júpiter, ¿no sabes que estas alimentan a multitud de sofistas, a los adivinos de Turium, a los médicos, a los holgazanes que no se ocupan mas que de sus uñas, sortijas y cabellos, a los autores de ditirambos y a los charlatanes de vaciedades sublimes? A todos estos los alimentan porque las celebran en sus cantos.
ESTREPSIADES.
¿Por eso cantan en sus versos el ímpetu veloz de las húmedas Nubes que lanzan deslumbradores relámpagos, los cabellos erizados de Tifón, el de las cien cabezas, y las tempestades furiosas como aves de rapiña, que vuelan por el éter, nadando por el aire y los torrentes de lluvia que derraman las Nubes?53 Y en premio de estos versos se comen los más grandes peces y la carne delicada de los tordos.
SÓCRATES.
¿Por causa de ellas, no es justo?
ESTREPSIADES.
Pero dime, si en realidad son Nubes, ¿en qué consiste que parecen mujeres y sin embargo no lo son?
SÓCRATES.
¿Pues qué son entonces?
ESTREPSIADES.
No lo sé bien: ahora me parecen copos de lana, pero de ninguna manera mujeres. Estas, sin embargo, tienen narices.
SÓCRATES.
Vamos, responde a mis preguntas.
ESTREPSIADES.
Pregunta lo que quieras.
SÓCRATES.
¿No has visto alguna vez, mirando al cielo, una Nube parecida a un centauro, a un leopardo, a un lobo o a un toro?
ESTREPSIADES.
Sí, en verdad; y ¿a qué viene esto?
SÓCRATES.
A probarte que se transforman como quieren. Así, cuando ven a un hombre de larga cabellera y pecho velludo como el hijo de Jenofante, se burlan de su locura, cambiándose en centauros.
ESTREPSIADES.
Y ¿qué hacen cuando ven a Simón, ladrón del tesoro público?
SÓCRATES.
Para poner de manifiesto sus costumbres, se transforman en lobos.
ESTREPSIADES.
Por eso es que ayer al distinguir a Cleónimo, que arrojó su escudo para huir, al verle tan cobarde se cambiaron en ciervos.
SÓCRATES.
Y ¿ves ahora? al mirar a Clístenes se han transformado en mujeres.
ESTREPSIADES.
¡Salud, oh diosas! Si alguna vez lo habéis hecho por un mortal, romped vuestro silencio y dejad oír vuestra celeste voz, reinas omnipotentes.
CORO.
Salud, investigador de la sabiduría: y tú, sacerdote de las vaciedades más inútiles, di para qué nos necesitas. Porque a ningún sofista de los que investigan las cosas del cielo escuchamos con tanto placer como a ti, excepto a Pródico54: a este le atendemos por su ingenio y por su ciencia; a ti por tu andar arrogante, por tu mirar desdeñoso, tu sufrimiento en caminar desnudo, y la majestad que imprimes a tu fisonomía.
ESTREPSIADES.
¡Oh Tierra, qué voz tan sagrada, venerable y prodigiosa!
SÓCRATES.
Es que ellas son las únicas diosas; todas las demás son pura ficción.
ESTREPSIADES.
Pero entonces, dime, por la sagrada Tierra: ¿Júpiter olímpico no es dios?
SÓCRATES.
¿Cuál Júpiter? Tú te burlas. No hay tal Júpiter.
ESTREPSIADES.
¿Qué estas diciendo? ¿Pues quién hace llover? Demuéstrame esto antes de todo.
SÓCRATES.
Ellas: y voy a demostrarlo con grandes razones. ¿Has visto alguna vez que Júpiter haga llover sin Nubes? Si fuese él, sería necesario que lloviese estando el cielo sereno y después de haberlas disipado.
ESTREPSIADES.
Perfectamente: por Apolo, tu argumento me ha convencido. Yo creía antes, como cosa cierta, que Júpiter para hacer llover orinaba en una criba. Pero dime: ¿quién produce el trueno? Esto me hace temblar.
SÓCRATES.
Las Nubes truenan cuando se revuelven sobre si mismas55.
ESTREPSIADES.
¿De qué manera, hombre audaz?
SÓCRATES.
Cuando están muy llenas de agua y se ponen en movimiento arrastradas por su propio peso, al caer se entrechocan y rompen con estrépito.
ESTREPSIADES.
Pero ¿quién las empuja para que se entrechoquen? ¿Acaso Júpiter?
SÓCRATES.
De ningún modo: las empuja el Torbellino etéreo.
ESTREPSIADES.
¿El Torbellino? En verdad, ignoraba que Júpiter no existía y que reinaba por él el Torbellino. Pero nada me has enseñado todavía del fragor de los truenos.
SÓCRATES.
¿No me has oído decir que cuando las Nubes llenas de agua caen unas sobre otras producen ese fragor a causa de su densidad?
ESTREPSIADES.
¿Y cómo he de creer eso?
SÓCRATES.
Observando lo que a ti mismo te sucede, como voy a demostrarte. Cuando en las Panateneas56 cenas tanto que se te desarregla el vientre, ¿no has notado que este produce de repente algunos ruidos?
ESTREPSIADES.
Sí, a fe mía: y en seguida me atormenta, y se revuelve, ruge como el trueno, y después estalla con estrépito. Primero hace, con ruido apenas perceptible, pax; luego papax, en seguida papappax, y cuando hago mis necesidades es un verdadero trueno pappappax, lo mismo que las Nubes.
SÓCRATES.
Considera el gran ruido que haces con tu pequeño vientre; ¿será, pues, inverosímil el que el aire inmenso truene con estrepitoso fragor? Por eso las palabras trueno y ventosidad son semejantes.
ESTREPSIADES.
Pero dime: ¿de dónde provendrá el rayo resplandeciente que a unos los reduce a cenizas y a otros los toca sin matarlos? Evidentemente Júpiter es quien lo lanza contra los perjuros.
SÓCRATES.
¡Pobre tonto, más viejo que el tiempo, la luna y el pan! ¿Cómo, si hiere a los perjuros, no ha abrasado ni a Simón, ni a Cleónimo, ni a Teoro? Estos son no poco perjuros. Sin embargo, vemos que hiere a su propio templo, al promontorio Sunio, y a las gigantescas encinas. ¿Por qué causa? una encina jamás es perjura.
ESTREPSIADES.
No lo sé, pero me parece que discurres bien. Mas dime: ¿qué es el rayo?
SÓCRATES.
Si un viento seco se eleva y se encierra dentro de las Nubes, las hincha como si fueran una vejiga; después cuando su misma fuerza las revienta se escapa violentamente comprimido por su densidad, y el ímpetu terrible con que estalla hace que se encienda a sí mismo.
ESTREPSIADES.
En verdad, lo mismo me sucedió una vez en las fiestas de Júpiter. Asaba para mi familia un vientre sin haber tenido la precaución de hacerle algunas incisiones; se había hinchado mucho, y de repente reventó por medio y me saltó a los ojos su interior quemándome la cara.
CORO.
¡Oh tú que deseas aprender los arcanos de la ciencia, cuán dichoso serás entre los atenienses y los demás griegos, si tienes memoria y aplicación y un alma constante para el sufrimiento; si no te cansas ni de permanecer quieto, ni de caminar; si no te hace mella el frío, ni deseas comer; si te abstienes del vino, de los ejercicios gimnásticos y de otras necedades, y piensas que es lo mejor y lo más propio de un hombre digno el sobresalir en las obras, en los consejos y en los combates de la palabra!
ESTREPSIADES.
Si te hace falta un alma dura e insensible a los desveladores cuidados, y un estómago frugal acostumbrado a las privaciones y capaz de alimentarse con ajedrea, puedes contar conmigo; mi cuerpo es tan duro como un yunque.
SÓCRATES.
Promete también no reconocer ya más dioses que los que nosotros veneramos en concepto de tales; a saber: el Caos, las Nubes y la Lengua; he aquí las tres divinidades.
ESTREPSIADES.
Nunca hablaré de otras aunque me tropezase con ellas, ni las honraré con sacrificios, libaciones ni incienso.
CORO.
Pide ahora confiadamente lo que deseas de nosotras, y lo obtendrás, si nos honras, nos admiras y procuras ser hombre hábil.
ESTREPSIADES.
¡Oh dioses! Lo que os pido es lo menos que puede pedirse; haced tan solo que sea el más elocuente de los griegos.
CORO.
Concedido: ningún hombre de estos tiempos te superará en hacer bellos discursos.
ESTREPSIADES.
No: eso no es lo que deseo, porque a mí jamás se me ocurre pronunciar grandes sentencias. Tan solo quiero resolver en mi favor los pleitos y escapar de las manos de los acreedores.
CORO.
Se cumplirá lo que deseas, pues no apeteces cosas imposibles. Ponte confiadamente en manos de uno de nuestros sacerdotes.
ESTREPSIADES.
Haré lo que me mandáis, pues la necesidad aprieta por causa de los caballos y el matrimonio, que me han perdido. Hagan estos de mí ahora todo cuanto les plazca; yo les entrego mi cuerpo para que lo destrocen a fuerza de golpes, hambre, sed, calor y frío, y si quieren conviertan mi piel en una bota, con tal que no pague mis deudas y pase por hombre atrevido, charlatán, temerario, sin vergüenza, costal de mentiras, inventor de frases, trillado en los pleitos, litigante perpetuo, molino de palabras, zorro astuto, penetrante barreno, correa flexible, disimulado, escurridizo, fanfarrón, insensible como el nudo de las maderas, impuro, veleta, y parásito impudente. Si todos los que me encuentren llegan a saludarme con todos estos calificativos, hagan mis maestros cuanto les agrade de mi persona; y si les gusta, por Ceres, embutan mis intestinos y sírvanselos a los filósofos.
CORO.
Este hombre tiene una voluntad pronta y valiente. Ten entendido que la ciencia que te vamos a enseñar te hará conseguir tal gloria entre los mortales que te levantará hasta el cielo.
ESTREPSIADES.
Y ¿qué me sucederá?
CORO.
Que mientras vivas gozarás con nosotras una existencia extremadamente feliz.
ESTREPSIADES.
¿Acaso llegaré a ver eso?
CORO.
Habrá constantemente muchos sentados a tu puerta, deseando consultarte, hablar contigo y deliberar sobre infinitos pleitos y negocios en los que se cruzarán sumas inmensas. (A Sócrates.) Pero enseña al viejo algunas de tus lecciones, sondea su espíritu y explora los alcances de su ingenio.
SÓCRATES.
Ea, dime qué clase de carácter tienes, para que, una vez conocido, pueda dirigir contra él nuevas máquinas.
ESTREPSIADES.
¡Cómo! ¿Acaso piensas asaltarme como si fuera una muralla?
SÓCRATES.
No: solamente quiero hacerte algunas breves preguntas. En primer lugar, ¿tienes memoria?
ESTREPSIADES.
Sí, por cierto, y de dos clases. Si me deben, tengo una memoria excelente; pero si debo, ¡pobre de mí!, soy muy olvidadizo.
SÓCRATES.
¿Tienes alguna disposición natural para la elocuencia?
ESTREPSIADES.
Para la elocuencia no, pero sí para el fraude.
SÓCRATES.
Entonces, ¿cómo podrás aprender?
ESTREPSIADES.
Perfectamente, no te inquietes por eso.
SÓCRATES.
Ea, manos a la obra; en cuanto yo te proponga alguna cuestión sobre las cosas celestes, te apoderas de ella inmediatamente.
ESTREPSIADES.
¡Qué! ¿Es preciso atrapar la sabiduría como un perro arrebata una tajada?
SÓCRATES.
¡Vaya un hombre ignorante y bárbaro! Me parece, anciano, que vas a necesitar algún correctivo. Vamos a ver, ¿qué haces cuando alguno te apalea?
ESTREPSIADES.
Me dejo apalear; después tomo testigos; en seguida ejercito mi acción ante el tribunal.
SÓCRATES.
Ea, quítate el vestido.
ESTREPSIADES.
¿Te he ofendido en algo?
SÓCRATES.
No; pero la costumbre es entrar desnudo57.
ESTREPSIADES.
Yo no vengo aquí a buscar ninguna cosa robada58.
SÓCRATES.
Abajo el vestido. ¿A qué decir tantas sandeces?
ESTREPSIADES.
Dime solo una cosa. Si soy muy aplicado y estudio con grande afán, ¿a cuál de tus discípulos me pareceré?
SÓCRATES.
Serás enteramente semejante a Querefonte.
ESTREPSIADES.
¡Ay desgraciado de mí! Entonces seré un cadáver ambulante.
SÓCRATES.
No charles tanto. Apresúrate y sígueme hacia ese lado.
ESTREPSIADES.
Dame antes una torta de miel, porque, al entrar ahí, siento tanto miedo como si bajase a la cueva de Trofonio59.
SÓCRATES.
Anda: ¿por qué te detienes en la puerta?
CORO.
Marcha regocijado, sin que disminuya tu valor por eso. Ojalá tenga feliz éxito la empresa de este hombre, que en edad provecta ilustra su inteligencia con ideas nuevas y cultiva la sabiduría60.
Espectadores, os diré francamente la verdad; lo juro por Baco, de quien soy discípulo61. Así salga yo vencedor y sea tenido por sabio, como es cierto que creyéndoos personas de buen gusto, sometí por primera vez a vuestra aprobación esta comedia, la mejor de las mías, trabajada con exquisito esmero. Y, sin embargo, a pesar de no merecer tal desgracia, fui vencido por rivales ineptos62. Por esto me quejo de vosotros, ilustrados jueces, a quienes dediqué mis trabajos. Mas no por tal motivo he de recusar la opinión de los doctos, ante quienes es tan agradable comparecer, y que oyeron, con tanta complacencia a mi Prudente y mi Deshonesto63, cuando yo (virgen aún porque no me era lícito parir)64 expuse el fruto de mi ingenio, que recogido por otra madre65 fue educado liberalmente por vosotros; desde lo cual creía tener asegurada vuestra benevolencia. Ahora, pues, se presenta mi Comedia como una nueva Electra buscando con la vista a aquellos sabios espectadores; y de seguro que reconocerá, en cuanto lo vea, el rizo de su hermano66. Reparad la decencia de sus costumbres. Es la primera que aparece en la escena sin venir armada de un instrumento de cuero, rojo por la punta, grueso y a propósito para hacer reír a los niños67; que no se burla de los calvos ni baila el córdax68; que no introduce un viejo golpeando con su bastón a todos los que encuentra para disimular la grosería de sus chistes, ni asalta la escena agitando una antorcha y gritando ¡Io! ¡Io!, ni confía más que en sí misma sus versos. Y yo, que soy su autor, ciertamente que no me enorgullezco69 por tal cosa, ni procuro engañaros, presentándola dos y tres veces, sino que siempre invento comedias nuevas, que no se parecen entre sí y son todas bellas o ingeniosas. Cuando Cleón estaba en todo su poder yo lo he atacado frente a frente70, pero en cuanto cayó cesé de insultarle. Los demás poetas, desde que Hipérbolo dio el ejemplo, atacan sin cesar al desgraciado sin perdonar ni a su madre. El primero de todos fue Éupolis, el cual presentó en escena su Maricas que no era otra cosa que un mal arreglo de mis Caballeros; solo añadió una vieja embriagada que bailase el córdax; personaje inventado mucho tiempo hace por Frínico71, que la exponía a la voracidad de un monstruo marino. Después Hermipo presentó a Hipérbolo; y todos los demás cayeron sobre Hipérbolo imitando mi comparación de las anguilas. ¡Ojalá los que ríen en sus comedias no se diviertan con las mías! En cuanto a vosotros, que os deleitáis con mi persona e invenciones, seréis considerados en el porvenir como personas de buen gusto.
SEMICORO.
Invoco primeramente en favor de este coro al gran Júpiter, rey del cielo y señor de los dioses; después al prepotente numen cuyo tridente irresistible conmueve la tierra y los salados mares; y a ti, nuestro ilustre padre, venerable Éter, alma de todas las cosas; y a ti, oh Sol, domador de corceles, que vivificas la tierra con tus brillantes rayos, y eres una divinidad poderosa entre los inmortales y los hombres.
CORO.
Sabios espectadores, parad en esto la atención. Nos quejamos de la injusticia con que nos tratáis; puesto que recibiendo de nosotras vuestra ciudad más beneficios que de todos los demás dioses, sin embargo ni sacrificáis ni hacéis libaciones en honor de vuestras conservadoras. Si se decreta alguna expedición insensata, inmediatamente tronamos o llovemos. Cuando elegisteis general al zurrador Paflagonio72, enemigo de los dioses, fruncimos las cejas y dimos muestras de grande indignación; brilló el rayo acompañado de los estallidos del trueno; la luna abandonó su acostumbrado camino; y el sol73, retirando su antorcha, negó sus resplandores a la tierra si Cleón era general. Sin embargo, le elegisteis, y desde entonces dicen que todas vuestras determinaciones son desacertadas, pero que los dioses convierten en buenas las faltas que cometéis. Os enseñaremos fácilmente la manera de aprovecharos de esto: apoderaos de Cleón74, de esa gaviota voraz, y, después de condenarle por ladrón y sobornador, encabrestadlo y ahorcadle contra una viga: de esta manera repararéis vuestra falta y conseguiréis que produzca resultados en favor de la república.
SEMICORO.
Acude tú también, Febo soberano, dios de Delos, habitante de las elevadas y rocallosas cumbres del Cintio; y tú, Diana inmortal, que tienes en Éfeso un templo de oro, donde te sirven magníficamente las hijas de los lidios; y tú, Minerva, diosa de nuestra patria, señora de la égida, patrona de esta ciudad; y tú, alegre Baco, que vagas por la cima del Parnaso, al resplandor de las teas, entre las bacantes de Delfos.
CORO.
Cuando íbamos a marchar, la luna se ha acercado a nosotros y nos ha encargado en primer lugar que saludemos a los atenienses y a sus aliados. Después se ha mostrado enojada por la manera atroz con que la habéis tratado, cuando ella os presta mil servicios no de palabra sino de obra. Primeramente os economiza lo menos un dracma de luz cada mes; puesto que todos los que salen al oscurecer dicen a su criado: «No compres antorchas porque la luz de la luna es muy hermosa.» También dice que os hace otros muchos beneficios. Vosotros, en cambio, alteráis de un modo lamentable el orden de los días75. Así es que en todos ellos tiene que sufrir las quejas de los dioses cuando vuelven a sus palacios, frustradas sus esperanzas de una cena que debía ofrecérseles según el primitivo orden de los días. Cuando es ocasión de hacer sacrificios, os halláis ocupados en los tribunales. Cuando uno ayuna llorando la muerte de Memnón o de Sarpedón76, otros ríen y beben. Por eso nosotras hemos arrebatado su corona a Hipérbolo, cuando, designado por la suerte, acudía este año a la asamblea de los Anfictiones. Así aprenderá a arreglar los días conforme a las revoluciones de la luna.
SÓCRATES.
Juro por la respiración, por el caos y por el aire, no haber visto nunca un hombre tan grosero, tan estúpido y tan olvidadizo. Las sutilezas más sencillas las olvida antes de haberlas aprendido. Sin embargo, le llamaré a la luz del día. ¡Hola, Estrepsiades! Sal aquí y tráete la cama.
ESTREPSIADES.
No me dejan llevarla las chinches.
SÓCRATES.
Colócala pronto y préstame atención.
ESTREPSIADES.
Heme aquí.
SÓCRATES.
Ea, dime: ¿cuál de las cosas que ignoras quieres aprender primero: los versos, la medida o el ritmo?
ESTREPSIADES.
La medida. Precisamente un comerciante de harina me defraudó el otro día dos quénices77.
SÓCRATES.
No te pregunto eso; sino qué medida te parece más hermosa, la de tres o la de cuatro78.
ESTREPSIADES.
Ninguna hay mejor que el semisextario79.
SÓCRATES.
¡Pobre hombre! Solo dices necedades.
ESTREPSIADES.
¿Qué apuestas a que el semisextario es la medida de cuatro?
SÓCRATES.
¡Ve enhoramala! ¡Cuidado que eres díscolo y grosero! Vamos a ver si aprendes con más facilidad algo del ritmo.
ESTREPSIADES.
¿De qué me servirá el ritmo para vivir?
SÓCRATES.
Serás amable y chistoso cuando conozcas el ritmo enoplio80 y el del dáctilo.
ESTREPSIADES.
¿El del dáctilo? Por Júpiter, ya le conozco.
SÓCRATES.
Pues dilo.
ESTREPSIADES.
Este81. Cuando era joven me servía de este otro.
SÓCRATES.
Eres tonto y grosero.
ESTREPSIADES.
Pero, desdichado, ¡si yo no quiero aprender ninguna de esas cosas!
SÓCRATES.
¿Pues cuáles quieres?
ESTREPSIADES.
Aquel, aquel razonamiento injusto.
SÓCRATES.
Pero antes es necesario aprender otras cosas. En primer lugar, tienes que saber cuáles son los cuadrúpedos machos.
ESTREPSIADES.
¿Pues no lo sé, o acaso estoy loco? El carnero, el cabrón, el toro, el perro, el faisán...82
SÓCRATES.
¿Ves lo que haces? Llamas faisán a la hembra lo mismo que al macho.
ESTREPSIADES.
¿Cómo es eso?
SÓCRATES.
¿Cómo? faisán y faisán.
ESTREPSIADES.
Verdad es lo que dices, por Neptuno. Mas ¿de qué modo llamaré a la hembra?
SÓCRATES.
Faisana; y al otro faisán83.
ESTREPSIADES.
Faisana. Tienes razón, por el Aire. Solo por eso he de llenar de trigo tu troj84.
SÓCRATES.
Nueva falta. Haces masculino un nombre femenino.
ESTREPSIADES.
¿Cómo hago masculina la troj?
SÓCRATES.
Lo mismo que diciendo Cleón85.
ESTREPSIADES.
¿Por qué razón? Explícate.
SÓCRATES.
Dices troj lo mismo que Cleón.
ESTREPSIADES.
Pero, querido, si Cleón no tenía troj y amasaba la harina en un mortero redondo. Acabemos. ¿Cómo deberé decir?
SÓCRATES.
¿Cómo? diciendo troja como dices Sóstrata.
ESTREPSIADES.
¡Troja!
SÓCRATES.
Así está bien.
ESTREPSIADES.
De modo que debe decirse troja, Cleona.
SÓCRATES.
También debes aprender a distinguir en los nombres de las personas cuáles son masculinos y cuáles femeninos.
ESTREPSIADES.
Conozco perfectamente los que son femeninos.
SÓCRATES.
Di algunos.
ESTREPSIADES.
Lisila, Filina, Clitágora, Demetria.
SÓCRATES.
¿Y qué nombres son masculinos?
ESTREPSIADES.
Muchísimos. Filóxeno, Melexias, Aminias.
SÓCRATES.
Pero, tonto, esos no son masculinos.
ESTREPSIADES.
¿No son masculinos para vosotros?
SÓCRATES.
De ninguna manera. ¿Cómo dirás para llamar a Aminias?
ESTREPSIADES.
¿Cómo diré? así: ¡Aminia! ¡Aminia!86.
SÓCRATES.
¿Lo ves? Ya llamas a Aminias como si fuera una mujer.
ESTREPSIADES.
¿Y no es justo llamar así al que no va al ejército? Mas, ¿para qué aprendo lo que todos sabemos?
SÓCRATES.
Para nada, en verdad. Pero acuéstate ahí...
ESTREPSIADES.
¿Qué hago?
SÓCRATES.
Pensar un poco en tus asuntos.
ESTREPSIADES.
Por favor, no me mandes tenderme en esa cama. Si es de todo punto preciso el acostarse, déjame meditar sobre el duro suelo.
SÓCRATES.
Eso es imposible.
ESTREPSIADES.
¡Infeliz de mí! ¡Cuánto me van a atormentar hoy las chinches!
SÓCRATES.
Medita y reflexiona; reconcentra tu espíritu, y hazle discurrir en todos sentidos. Cuando tropieces con alguna dificultad, pasa inmediatamente a otro asunto, y así el dulce sueño huirá de tus párpados.
ESTREPSIADES.
¡Ay! ¡Ay! ¡Ay!
SÓCRATES.
¿Qué te pasa? ¿Qué te aflige?
ESTREPSIADES.
Perezco miserablemente; las chinches, que brotan de esta cama, me muerden, me desgarran los costados, me chupan la sangre, me ulceran todo el cuerpo87 y me matan.
SÓCRATES.
No te quejes tan fuerte.
ESTREPSIADES.
¿Cómo no he de gritar si he perdido mis bienes, mi sangre, mi alma y mis zapatos, y para colmo de males, voy a perder aquí lo poco que me queda?
SÓCRATES.
¡He, tú! ¿qué haces? ¿No meditas?
ESTREPSIADES.
Sí, por Neptuno.
SÓCRATES.
Y ¿en qué piensas?
ESTREPSIADES.
Pienso en si dejarán algo de mí las chinches.
SÓCRATES.
Te perderás sin remedio.
ESTREPSIADES.
¡Pero, buen hombre, si ya estoy perdido!
SÓCRATES.
No desfallezcas, y envuélvete bien. Es preciso discurrir algún fraude, algún paliativo.
ESTREPSIADES.
¡Ay! ¿Quién me arrojará como paliativo una piel de carnero?
SÓCRATES.
Ea, veré primeramente lo que hace este. ¡Hola! ¿Duermes?
ESTREPSIADES.
No, por Apolo.
SÓCRATES.
¿Tienes algo?
ESTREPSIADES.
Nada tengo.
SÓCRATES.
¿Nada absolutamente?
ESTREPSIADES.
Nada más que esto.88
SÓCRATES.
Cúbrete y discurre algo.
ESTREPSIADES.
¿Sobre qué? Contesta, Sócrates.
SÓCRATES.
Di tú lo que quieres hallar primeramente.
ESTREPSIADES.
¿No lo has oído mil veces? Quisiera hallar el medio de no pagar los intereses a ningún usurero.
SÓCRATES.
Pues manos a la obra, cúbrete, fija tu inteligencia en un pensamiento sutil y estudia minuciosamente el asunto, distinguiendo bien sus diferentes partes y reflexionando sobre ellas.
ESTREPSIADES.
¡Ay de mí!
SÓCRATES.
Tranquilízate; si tropiezas con alguna dificultad, sepárate de ella; y en seguida vuelve al mismo pensamiento y reflexiona sobre él.
ESTREPSIADES.
¡Ay, queridísimo Sócrates!
SÓCRATES.
¿Qué pasa, anciano?
ESTREPSIADES.
Ya he dado con un medio de no pagar los intereses.
SÓCRATES.
Manifiéstalo.
ESTREPSIADES.
Di: ¿si yo comprase una hechicera de la Tesalia, que hiciera bajar de noche a la luna y la guardase después encerrada en una caja redonda, como si fuera un espejo...?
SÓCRATES.
¿Para qué puede servirte...?
ESTREPSIADES.
¿Para qué? Si la luna no volviese a salir, yo no tendría que pagar más intereses.
SÓCRATES.
¿Cómo?
ESTREPSIADES.
Porque los intereses se pagan cada mes.
SÓCRATES.
Perfectamente. Pero yo voy a proponerte otra astucia. Dime, si se dicta contra ti una sentencia que te condena al pago de cinco talentos, ¿cómo te arreglarás para que desaparezca?
ESTREPSIADES.
¿Cómo? ¿Cómo? No sé: pero es preciso hallar un medio.
SÓCRATES.
No concentres siempre el pensamiento dentro de ti mismo; dale suelta y déjale volar como un escarabajo a quien se ata un hilo al pie para que no se escape.
ESTREPSIADES.
He hallado un medio ingeniosísimo para anular la sentencia; tú vas a ser de mi opinión.
SÓCRATES.
¿Cuál?
ESTREPSIADES.
¿Has visto alguna vez en la tienda de los droguistas una piedra hermosa y diáfana, que sirve para encender fuego?
SÓCRATES.
¿Hablas del cristal?
ESTREPSIADES.
Del mismo.
SÓCRATES.
Y bien, ¿qué harías?
ESTREPSIADES.
Cogería el cristal, y cuando el escribano escribiera la sentencia, yo, permaneciendo bastante separado, derretiría89 al sol el documento que me condenaba.
SÓCRATES.
Ingeniosísimo, por las Gracias.
ESTREPSIADES.
¡Qué placer, borrar una sentencia que me condena al pago de cinco talentos!
SÓCRATES.
Vamos a ver si encuentras pronto esto.
ESTREPSIADES.
¿Qué?
SÓCRATES.
El modo de contradecir la petición del demandante en un juicio, cuando ya vas a ser condenado, por falta de testigos.
ESTREPSIADES.
Eso es sumamente fácil.
SÓCRATES.
Veamos.
ESTREPSIADES.
Cuando no quedase por sentenciar más que un pleito antes del mío, correría a ahorcarme.
SÓCRATES.
Eso nada vale.
ESTREPSIADES.
¿Pues no ha de valer? Por los dioses, ¿quién me pondría pleito después de mi muerte?
SÓCRATES.
Desvarías. Vete de aquí; no quiero enseñarte más.
ESTREPSIADES.
Por los dioses, querido Sócrates, dime la causa.
SÓCRATES.
Porque olvidas al instante todo cuanto se te enseña. Y si no, dime: ¿qué era lo que has aprendido primeramente?
ESTREPSIADES.
Veamos: ¿qué era lo primero? ¿qué era lo primero?... ¿qué era aquello en que guardábamos el trigo?... ¡Ay de mí! ¿qué era?
SÓCRATES.
Vaya enhoramala el más desmemoriado y el más estúpido de todos los viejos.
ESTREPSIADES.
¡Ah desdichado! ¿Qué será de mí? Soy perdido, por no haber aprendido a manejar bien la lengua. Vosotras, oh Nubes, dadme algún buen consejo.
CORO.
Nosotras, anciano, te aconsejamos que si tienes educando a algún hijo, lo envíes para que estudie por ti.
ESTREPSIADES.
Tengo un hijo bueno y hermoso; pero no quiere estudiar. ¿Qué haré?
CORO.
Y ¿tú toleras eso?
ESTREPSIADES.
Es vigoroso y de buena constitución, y desciende por parte de madre de la noble familia de Cesira. Me dirigiré a él, y si se niega, no como pan hasta que no lo eche de casa. Entra, tú, adentro y espérame un poco.
CORO.
¿Reconoces90 que nosotras te proporcionamos más bienes que todos los demás dioses? Porque ese está dispuesto a hacer todo cuanto le mandes. El pobre hombre queda atónito y deslumbrado por tu ingenio; procura sacar de él todo cuanto puedas, y que sea pronto, porque no suelen durar mucho tan buenas disposiciones.
ESTREPSIADES.
No, no permanecerás más en esta casa, lo juro por la Niebla: lárgate, y cómete las columnas91 de tu tío Megacles.
FIDÍPIDES.
¡Desgraciado! ¿Qué te pasa, padre mío? Por Júpiter olímpico, tú has perdido el seso.
ESTREPSIADES.
¡Mira, mira «Júpiter olímpico»! ¡Qué estupidez! ¿A tu edad crees en Júpiter olímpico?
FIDÍPIDES.
¿De qué te ríes?
ESTREPSIADES.
De verte tan chiquillo dando crédito a todas esas vejeces. Acércate y sabrás muchas cosas; y aun te diré alguna que en cuanto la sepas te sentirás convertido en hombre; pero no se la digas a nadie.
FIDÍPIDES.
Heme aquí. ¿Qué es ello?
ESTREPSIADES.
Acabas de jurar por Júpiter.
FIDÍPIDES.
Es cierto.
ESTREPSIADES.
¡Mira qué bueno es estudiar! No existe Júpiter, querido Fidípides.
FIDÍPIDES.
¿Pues quién?
ESTREPSIADES.
Reina el Torbellino, que ha expulsado a Júpiter.
FIDÍPIDES.
¿Qué estás disparatando?
ESTREPSIADES.
Sabe que es como te digo.
FIDÍPIDES.
¿Quién dice eso?
ESTREPSIADES.
Sócrates el Meliense92, y Querefonte, que conoce las huellas de una pulga.
FIDÍPIDES.
¿Tan adelante has ido en tu locura que das crédito a esos atrabiliarios?
ESTREPSIADES.
Contén la lengua, y no murmures de esos hombres hábiles e inteligentes que, por economía, ni se rasuran, ni se perfuman, ni van nunca al baño para lavarse; mientras que tú disipas mis bienes, como si ya hubiese muerto. Pero ve cuanto antes y aprende por mí.
FIDÍPIDES.
¿Qué cosa buena puede aprenderse de ellos?
ESTREPSIADES.
Toda la sabiduría humana. Tú mismo has de conocer lo ignorante y estúpido que eres. Pero espérame aquí un momento93.
FIDÍPIDES.
¡Ah! ¿Qué haré? Mi padre está loco. ¿Le argüiré de demencia en los tribunales, o noticiaré su enfermedad a los confeccionadores de ataúdes?
ESTREPSIADES.
Vamos a ver: ¿cómo llamas a este pájaro?
FIDÍPIDES.
Faisán.
ESTREPSIADES.
Bien, ¿y a esta hembra?
FIDÍPIDES.
Faisán.
ESTREPSIADES.
¿Los dos lo mismo? Eso es ridículo. En adelante no hables. Llama a esta faisana y a aquel faisán.
FIDÍPIDES.
¿Faisana dices? ¿Esas son las grandes cosas que has aprendido de los hijos de la Tierra?
ESTREPSIADES.
Y otras muchas; pero a causa de mis años cuando aprendía algo se me olvidaba en seguida.
FIDÍPIDES.
¿Por eso has perdido tu vestido?
ESTREPSIADES.
No lo he perdido; lo he dejado en la escuela.
FIDÍPIDES.
¿Y qué has hecho de tus zapatos, pobre tonto?
ESTREPSIADES.
Los he perdido, como Pericles94, en lo que era necesario. Ea, anda, marchemos: si obedeces a tu padre, podrás delinquir sin cuidado alguno. No habías cumplido seis años y aún balbuceabas, cuando yo te compré en las fiestas de Júpiter un carrillo con el primer óbolo que gané administrando justicia en el Heliástico.
FIDÍPIDES.
Algún día te pesará lo que haces.
ESTREPSIADES.
Bien, ya me obedeces. ¡He Sócrates, sal aquí pronto! Te traigo a mi hijo, a quien he convencido a duras penas.
SÓCRATES.
Este es un mozo inexperto y no acostumbrado a nuestros cestos colgantes.
FIDÍPIDES.
Más acostumbrado estarías tú si te colgases.
ESTREPSIADES.
¿No te irás al infierno? Estás insultando a tu profesor.
SÓCRATES.
¡Si te colgases, ha dicho! ¡Qué horrible pronunciación! ¡Qué abrir la boca! ¿Cómo podrá aprender este la manera de ganar un pleito, de entablar una demanda y de destruir los argumentos del contrario? Hipérbolo aprendió todo esto por un talento.
ESTREPSIADES.
No te apures y enséñale: porque tiene disposición natural. Cuando era pequeñito, ya construía casas, esculpía naves, fabricaba carritos de cuero y hacía ranas de cáscaras de granada. Enséñale los dos razonamientos, el bueno, cualquiera que sea, y el malo, que triunfa del bueno por medio de la injusticia; o, por lo menos, enséñale el razonamiento injusto.
SÓCRATES.
Lo aprenderá de los mismos razonamientos.
ESTREPSIADES.
Yo me retiro. Acuérdate de ponerle en estado de refutar todos los argumentos justos.
CORO.
(Falta el canto del coro.)
EL RAZONAMIENTO JUSTO95.
Sal aquí y muéstrate a los espectadores, tú que eres tan descarado.
EL RAZONAMIENTO INJUSTO.
Sea como gustes; al fin te derrotaré con más facilidad hablando ante la multitud.
EL JUSTO.
¿Tú derrotarme? ¿Quién eres?
EL INJUSTO.
Un razonamiento.
EL JUSTO.
Sí, pero débil.
EL INJUSTO.
Pues te venceré, aunque te crees más fuerte.
EL JUSTO.
¿De qué modo?
EL INJUSTO.
Inventando pruebas nuevas.
EL JUSTO.
Eso está hoy de moda, gracias a esos necios.
EL INJUSTO.
Di más bien a esos sabios.
EL JUSTO.
Yo te derrotaré vergonzosamente.
EL INJUSTO.
¿Cómo?
EL JUSTO.
Diciendo lo que sea justo.
EL INJUSTO.
Yo lo echaré todo por tierra contradiciéndote. En primer lugar, niego que haya justicia.
EL JUSTO.
¿Dices que no hay...?
EL INJUSTO.
Claro; y si no, ¿dónde está?
EL JUSTO.
Entre los dioses.
EL INJUSTO.
Si la justicia existe, ¿cómo es que Júpiter no pereció cuando encadenó a su padre?
EL JUSTO.
¡Cómo! ¿Hasta ese extremo llega el mal? ¡Qué asco! Traedme una jofaina.
EL INJUSTO.
Eres un viejo chocho e imbécil.
EL JUSTO.
Y tú un bardaje sin vergüenza...
EL INJUSTO.
Como si me cubrieras de rosas.
EL JUSTO.
¡Payaso!...
EL INJUSTO.
Me coronas de lirios.
EL JUSTO.
Y parricida.
EL INJUSTO.
Pero ¿no conoces que me empolvas con oro?
EL JUSTO.
En otro tiempo esto te parecía plomo.
EL INJUSTO.
Pues ahora me sirve de adorno.
EL JUSTO.
¡Qué desvergonzado!
EL INJUSTO.
¡Qué estúpido!
EL JUSTO.
Por ti no frecuenta ningún joven las escuelas: ya conocerán algún día los atenienses lo que enseñas a esos necios.
EL INJUSTO.
Tu suciedad me repugna.
EL JUSTO.
Ahora eres rico, pero no ha mucho pedías limosna, y te comparabas a Telefo de Misia, teniendo por única comida las sentencias de Pandeletes que llevabas en tu alforja.
EL INJUSTO.
¡Qué gran sabiduría...!
EL JUSTO.
¡Qué gran locura...!
EL INJUSTO.
¡Me estás recordando...!
EL JUSTO.
La tuya y la de Atenas que alimenta al corruptor de la juventud.
EL INJUSTO.
¿Pretendes educar a este joven, viejo chocho?
EL JUSTO.
Claro está que sí, a no ser que quiera perderse y ejercitarse solo en la charlatanería.
EL INJUSTO.
Acércate aquí y déjale que delire.
EL JUSTO.
Te arrepentirás si le tiendes la mano.
CORO.
Dejaos de riñas y de injurias; y declarad, tú lo que enseñabas a los hombres de otra época, y tú la nueva doctrina; para que este joven, oído y sentenciado vuestro pleito, se decida por lo que mejor le parezca.
EL JUSTO.
Me place.
EL INJUSTO.
A mí también.
CORO.
Ea, ¿quién hablará primero?
EL INJUSTO.
Concedo que principie este; cuando haya hablado, yo me encargo de destrozar sus dichos con palabras y pensamientos nuevos, agudos como flechas; y por último, si aún se atreve a respirar, los rasgos de mi elocuencia le darán muerte, picándole toda la cara y los ojos, como si fueran tábanos.
CORO.
Vais a demostrar ahora por medio de artificiosas palabras, sutiles pensamientos y profundas sentencias cuál de vosotros es más hábil en el arte oratoria. Hoy se debaten grandes asuntos de la filosofía, por la cual mis amigos libran un gran combate. Tú, que inspiraste a los antiguos tan buenas costumbres, levanta la voz en defensa de tu causa favorita, y danos a conocer tu carácter.
EL JUSTO.
Voy a decir cuál era la educación antigua, en los tiempos florecientes en que yo predicaba la justicia, y la modestia reinaba en las costumbres. En primer lugar, era necesario que ningún niño pronunciase imperfectamente. Los que vivían en un mismo barrio, iban a casa del maestro de música, recorriendo modestamente las calles desnudos y en buen orden, aunque la nieve cayese tan espesa como la harina del cedazo: después se sentaban con las piernas separadas y se les enseñaba o el canto «Temible Palas, destructora de ciudades», o el que principia «Grito resonante a lo lejos», conservándoles el aire que les habían dado sus antepasados. Si alguno de ellos trataba de hacer alguna payasada, o cantar, imitando los modos de Quíos y Sifnos, con las muelles inflexiones inventadas por Frinis96, y que hoy gozan de tanta popularidad, era inmediatamente castigado con sendos azotes por enemigo de las Musas. En el gimnasio debían sentarse con las piernas extendidas para no enseñar ninguna indecencia; y cada cual al levantarse debía remover la arena, cuidando de no dejar a los amantes ninguna huella de su sexo. Ningún niño se ungía entonces más abajo del ombligo, floreciendo en sus vergüenzas un vello suave como el de las manzanas; ni se ofrecía por sí mismo a un amante con dulces inflexiones de voz y miradas lascivas. No les era permitido comer rábanos, ni el anís, reservado a los viejos, ni apio, ni peces, ni tordos97, ni poner una pierna sobre otra98.
EL INJUSTO.
Todo esto es antiquísimo y coetáneo de las fiestas Diipolias99, llenas de cigarras100, del poeta Cécidas101 y de las Bufonias.
EL JUSTO.
Sin embargo, esta fue la educación que formó a los héroes que pelearon en Maratón. Tú en cambio les enseñas a envolverse en seguida en sus vestidos; así es que me indigno, cuando, si les es necesario bailar en las Panateneas, veo a algunos cubriéndose con el escudo, sin cuidarse de Minerva. Por lo tanto, joven, decídete por mí sin vacilar; y aprenderás a aborrecer los pleitos, a no acudir a los baños públicos, a avergonzarte de las cosas torpes, a indignarte cuando se burlen de ti, a ceder tu asiento a los ancianos que se te acerquen, a conducirte bien con tus padres, y a no hacer nada deshonesto, porque debes de ser la imagen del pudor; a no extasiarte ante las bailarinas, no sea que mientras las miras como un papanatas, alguna meretriz te arroje su manzana102, con detrimento de tu reputación; a no contradecir a tu padre, ni, burlándote de su vejez, recordar los defectos del que te ha educado.
EL INJUSTO.
Cree lo que este dice, y, por Baco, te parecerás a los hijos de Hipócrates103, y te llamarán el tonto.
EL JUSTO.
Brillarás en los gimnasios; no charlarás sandeces en la plaza pública, como hacen los jóvenes del día; ni entablarás pleitos por la cosa más pequeña, cuando pueden arruinarte las calumnias de tus adversarios. Sino que, bajando a la Academia, te pasearás con un sabio de tu edad bajo los olivos sagrados, ceñidas las sienes con una corona de caña blanca, respirando en la más deliciosa ociosidad el perfume de los tejos y del follaje del álamo blanco, y gozando de los hermosos días de primavera, en los que el plátano y el olmo confunden sus murmullos. Si haces lo que te digo, y sigues mis consejos, tendrás siempre el pecho robusto, el cutis fresco, anchas las espaldas, corta la lengua, gruesas las nalgas, y proporcionado el vientre104. Pero si te aficionas a las costumbres modernas, tendrás muy pronto color pálido, pecho débil, hombros estrechos, lengua larga, nalgas delgadas, vientre desproporcionado, y serás gran litigante. El otro te educará de tal modo que te parecerá torpe lo honesto, y honesto lo torpe, y por último, serás tan infame como Antímaco.
CORO.
¡Qué grato perfume de virtud exhalan tus palabras, cultivador de la más sólida y elevada filosofía! ¡Dichosos hombres los que vivieron en la época de tu esplendor! Tú, que posees todos los recursos de la oratoria, es preciso que digas algo nuevo contra este, que se ha hecho digno de alabanza. Necesitas ciertamente emplear recursos extraordinarios contra tu adversario, si quieres vencerle y no ser blanco de la burla de todos.
EL INJUSTO.
Hace tiempo que me abrasa la impaciencia, y ardo en deseos de echar por tierra todos sus argumentos. Los filósofos me llaman injusto, porque soy el primero que he descubierto la manera de contradecir las leyes y el derecho; pero ¿no es una habilidad inestimable la de salir vencedor en la causa más débil? Verás cómo refuto su decantado sistema de educación. En primer lugar, te prohíbe los baños calientes. ¿En qué te fundas para vituperar los baños calientes?
EL JUSTO.
En que son perjudiciales y debilitan al hombre.
EL INJUSTO.
Alto: ya estás cogido y no te escaparás. Dime, ¿cuál de los hijos de Júpiter ha sido el más esforzado y ha llevado a cabo más trabajos?
EL JUSTO.
Creo que ninguno sobrepuja a Hércules.
EL INJUSTO.
Y ¿dónde has visto baños fríos bajo la advocación de Hércules?105 Sin embargo, ¿quién era el más esforzado?
EL JUSTO.
Esas son las razones que los jóvenes tienen siempre en la boca, y gracias a ellas los baños están llenos y desiertas las palestras.
EL INJUSTO.
También vituperas la costumbre de hablar en la plaza pública. Yo la alabo. Porque, si eso fuese perjudicial, Homero no hubiera hecho orador a Néstor, ni a todos los demás sabios. Pasemos al ejercicio de la lengua: dice que los jóvenes no deben cultivarla; yo digo lo contrario. También recomienda la modestia. En total, dos malos consejos. Porque ¿a quién has visto que haya conseguido bien alguno por medio de la modestia? Habla, refútame.
EL JUSTO.
He visto muchos: por causa de ella recibió Peleo106 una espada.
EL INJUSTO.
¡Una espada! ¡Linda ganancia tuvo el desdichado! Ahí tienes a Hipérbolo, que gracias a su malicia y no a su espada, ha ganado muchos talentos vendiendo lámparas.
EL JUSTO.
El mismo Peleo, por ser modesto, se casó con la diosa Tetis.
EL INJUSTO.
Que se marchó muy pronto y le dejó solo; porque no era un hombre violento, capaz de pasar toda la noche en dulces luchas de amor, que es lo que agrada a las mujeres. Pero tú eres un viejo chocho.
Considera, joven, todas las contrariedades de la modestia, y de qué placeres te privará; de los muchachos, de las mujeres, de los juegos107, de los pescados, de beber y de reír. ¿Para qué quieres la vida, privada de estos placeres? Basta de esto. Paso ahora a las necesidades de la naturaleza. Has delinquido, has amado, has cometido algún adulterio y eres cogido infraganti; ya eres hombre muerto porque no sabes defender tu causa. Pero, conmigo, goza sin cuidado de la vida, baila, ríe, y nada te avergüence. Si eres sorprendido con la mujer ajena, asegura al marido que no has faltado; echa la culpa a Júpiter, que también fue vencido por el amor y las mujeres. Tú, siendo mortal, ¿cómo puedes ser más fuerte que el padre de los dioses?
EL JUSTO.
Y si siguiendo tus lecciones, es condenado al castigo de los adúlteros108: ¿encontrará entonces algún argumento para demostrar que no es un bardaje?
EL INJUSTO.
Y aunque sea un bardaje, ¿qué mal hay en ello?
EL JUSTO.
¿Puede haber mal mayor?
EL INJUSTO.
¿Qué dirás si también te venzo en este punto?
EL JUSTO.
Me callaré; ¿qué podría hacer?
EL INJUSTO.
Ea, dime, ¿a qué clase pertenecen los oradores?
EL JUSTO.
A la de los bardajes109.
EL INJUSTO.
Lo creo. ¿Y los poetas trágicos?
EL JUSTO.
A la de los bardajes.
EL INJUSTO.
Tienes razón. ¿Y los demagogos?
EL JUSTO.
A la de los bardajes.
EL INJUSTO.
¿Ves cómo yo no hablaba tan neciamente? Mira ahora a qué clase pertenecen la mayoría de los espectadores.
EL JUSTO.
Ya miro.
EL INJUSTO.
¿Qué ves?
EL JUSTO.
Por los dioses, veo que los más son bardajes. Este que yo conozco, ese, y aquel de los largos cabellos.
EL INJUSTO.
¿Qué dices ahora?
EL JUSTO.
Somos vencidos. ¡Bardajes, recibid mi manto; me paso a vosotros!
(Se retiran.)
SÓCRATES.
Y bien, ¿quieres llevarte a tu hijo, o dejarle para que le enseñe el arte de hablar?
ESTREPSIADES.
Enséñale, castígale, y no te olvides de afilar bien su lengua, de modo que uno de sus dos filos le sirva para los negocios de poca monta, y el otro para los de mucha importancia.
SÓCRATES.
Pierde cuidado; te lo enviaré hecho un completo sofista.
FIDÍPIDES.
Bien pálido, me parece, y bien miserable.
CORO.
Id, pues; creo que te arrepentirás algún día. (Entran en la escuela de Sócrates.) Queremos deciros, jueces, lo que ganaréis si nos otorgáis la protección merecida. En primer lugar, al principio de la primavera, cuando queráis labrar vuestras tierras lloveremos antes para vosotros y en seguida para los demás; después, cuando vuestras viñas tengan ya racimos, cuidaremos de que no las perjudiquen ni la sequía ni la excesiva humedad. Pero, si algún mortal nos ofende, piense en los muchos males que le reserva nuestra venganza. No recogerá de su campo vino ni fruto alguno; cuando principien a brotar sus vides y sus olivos, los devastaremos y los destruiremos por medio del huracán; si le vemos fabricar ladrillos, lloveremos y romperemos con redondo granizo las tejas de su casa; cuando él o alguno de sus parientes o amigos contraiga matrimonio, lloveremos a torrentes toda la noche110, de modo que preferirá haber estado en Egipto a haber juzgado injustamente.
(Estrepsiades sale de su casa con un saco de harina y se dirige a la de Sócrates.)
ESTREPSIADES.
Aún faltan cinco días; después cuatro, tres, dos, y por último viene luego a toda prisa el que más temo, detesto y abomino, el día treinta del mes111. Todos mis acreedores hacen el depósito necesario para entablar un pleito y juran arruinarme y perderme: sin embargo, mis proposiciones son moderadas y justas. «Amigo mío, digo a cada uno, no me exijas por ahora esta cantidad; dame prórroga para pagarte esta otra; perdóname aquella.» Pero ellos dicen que así no cobrarán nunca, me insultan llamándome injusto, y dicen que van a procesarme. ¡Que me procesen! Poco me importa si Fidípides aprende el arte de hablar bien. Pronto lo sabré; llamemos a la puerta de la escuela. ¡Esclavo! ¡Hola, esclavo!
SÓCRATES.
Salud a Estrepsiades.
ESTREPSIADES.
Salud a Sócrates. Por lo pronto, toma esto112. Es justo regalar alguna cosa al maestro. Di, ¿ha aprendido mi hijo el famoso razonamiento?
SÓCRATES.
Lo ha aprendido.
ESTREPSIADES.
¡Bien, oh Fraude omnipotente!
SÓCRATES.
Podrás ganar todos los pleitos que quieras.
ESTREPSIADES.
¿Aunque haya habido algún testigo cuando yo tomé el préstamo?
SÓCRATES.
Aunque haya habido mil.
ESTREPSIADES.
De modo que podré gritar en alta voz: «¡Ay de vosotros, usureros! ahora pereceréis con vuestro capital y los intereses de los intereses; no me vejaréis más, porque en esa escuela se educa un hijo mío, armado de una lengua de dos filos, que será mi defensor, el salvador de mi casa, el azote de mis enemigos, el que libertará a su padre de infinitos cuidados y molestias.» Llámale pronto afuera. ¡Hijo mío, hijo mío! ¡Sal de la casa! ¡Atiende a tu padre!
SÓCRATES.
Helo aquí.
ESTREPSIADES.
¡Oh, amigo mío! ¡amigo mío!
SÓCRATES.
Parte, y llévatelo.
(Sócrates entra en su casa.)
ESTREPSIADES.
¡Oh, hijo mío! ¡Ah! ¡Ah! ¡Cuánto me alegro al ver tu color! Tu rostro indica que estás dispuesto primero a negar, después a contradecir, y que te es muy familiar esta frase: «¿Qué dices tú?» y el fingirte injuriado, cuando injurias y maltratas a los demás. Hasta en tu semblante brilla la mirada ática. Ahora date maña a salvarme, ya que me has perdido.
FIDÍPIDES.
¿Qué te atemoriza?
ESTREPSIADES.
El día viejo y nuevo.
FIDÍPIDES.
¿Hay acaso algún día viejo y nuevo?
ESTREPSIADES.
En él dicen que van a hacer sus depósitos para procesarme.
FIDÍPIDES.
Pues perderán los depositantes; porque un día no puede ser dos días.
ESTREPSIADES.
¿Que no puede ser?
FIDÍPIDES.
¿Cómo? A menos que la misma mujer pueda ser a un tiempo vieja y joven.
ESTREPSIADES.
La ley así lo dispone.
FIDÍPIDES.
Indudablemente no comprenden bien el espíritu de la ley.
ESTREPSIADES.
¿Cuál es su espíritu?
FIDÍPIDES.
El viejo Solón era, por carácter, amigo del pueblo.
ESTREPSIADES.
Eso no tiene nada que ver con el día nuevo y viejo.
FIDÍPIDES.
Y fijó dos días para la citación a juicio, el viejo y el nuevo, a fin de que los depósitos fuesen hechos el día del novilunio.
ESTREPSIADES.
¿Y por qué añadió el viejo?
FIDÍPIDES.
¿Preguntas por qué, fatuo? Con objeto de que los que hayan sido citados tengan un día para arreglar amigablemente el asunto; y de lo contrario, para que pueda reclamárseles en la mañana misma del novilunio.
ESTREPSIADES.
Entonces, ¿por qué los magistrados no reciben los depósitos el día primero de mes, sino en el anterior, en el día nuevo y viejo?
FIDÍPIDES.
Me parece a mí que hacen lo que los glotones, adelantan un día para disfrutar más pronto de los depósitos de los litigantes.
ESTREPSIADES.
¡Bien! Pobres tontos que servís de juguete a nosotros los sabios, porque sois como piedras, como un rebaño de imbéciles, como borregos aglomerados al acaso cual si fuerais tinajas. Preciso es que yo entone un himno de alabanza en honor mió y de mi hijo.
«¡Feliz Estrepsiades, cuán sabio eres, y qué hijo has educado!» Tales serán las palabras de mis amigos y conciudadanos cuando me feliciten por haber ganado mis pleitos con tu elocuencia. Pero entra, que antes quiero darte una buena comida.
(Entran en la casa.)
PASIAS (dirigiéndose al testigo que viene con él).
¿Conviene perder alguna vez los bienes propios en provecho de los demás? Nunca seguramente. Yo debí hace tiempo deponer toda vergüenza y me hubiera ahorrado estos disgustos. Ahora, para recobrar mi dinero, tengo que traerte como testigo, y convertir en enemigo un conciudadano. Pero suceda lo que suceda, jamás, mientras viva, me he de mostrar indigno de mi patria113. Citaré a Estrepsiades...
(Sale Estrepsiades.)
ESTREPSIADES.
¿Quién es este?
PASIAS.
Para el día viejo y nuevo.
ESTREPSIADES.
Sed testigos de que ha indicado dos días a la vez. ¿Por qué me citas?
PASIAS.
Por las doce minas que te presté cuando compraste el caballo tordo.
ESTREPSIADES.
¿Un caballo? ¿No le oís todos vosotros que sabéis cuánto aborrezco la equitación?
PASIAS.
Y juraste por los dioses que me las habías de restituir.
ESTREPSIADES.
¡Por Júpiter! Entonces mi hijo Fidípides aún no había aprendido el razonamiento irresistible.
PASIAS.
¿Y piensas por eso negar ahora tu deuda?
ESTREPSIADES.
¿Qué otro provecho he de sacar de aquella enseñanza?
PASIAS.
¿Y te atreverás a negarla ante los dioses cuando yo te exija el juramento?
ESTREPSIADES.
¿Qué dioses?
PASIAS.
Júpiter, Mercurio, Neptuno...
ESTREPSIADES.
Sin duda; y aun añadiré tres óbolos por el gusto de que me hagas prestar juramento.
PASIAS.
¡Ojalá castiguen tu desvergüenza!
ESTREPSIADES.
Si a este hombre le restregasen con sal estaría mejor114.
PASIAS.
¡Ah, te burlas!
ESTREPSIADES.
Caben en él seis congios115.
PASIAS.
¡Por el gran Júpiter y por todos los dioses! No te burlarás de mí impunemente.
ESTREPSIADES.
Me estás dando risa con tus dioses. Júpiter, por quien juras, excita la hilaridad de las personas ilustradas.
PASIAS.
Algún día serán castigadas tus blasfemias. Pero contesta si me pagarás o no; despáchame pronto.
ESTREPSIADES.
Ten paciencia. En seguida te voy a contestar claramente.
(Entra en su casa.)
PASIAS.
¿Qué te parece que hará?
EL TESTIGO.
Me parece que te restituirá lo que le prestaste.
ESTREPSIADES.
¿Dónde está el que reclama el dinero? Di, ¿qué es esto?
PASIAS.
¿Qué es eso? Una pequeña troj.116
ESTREPSIADES.
¿Y te atreves a reclamar tu dinero siendo tan rudo? No; jamás devolveré ni un óbolo a quien llama troj a la troja.
PASIAS.
¿Conque no me pagarás?
ESTREPSIADES.
No, que yo sepa. ¿Pero te marchas, o piensas echar raíces en la puerta?
PASIAS.
Me voy. Mas ten presente que o me muero, o hago el depósito legal para demandarte.
ESTREPSIADES.
Será una nueva pérdida que tendrás que añadir a la de las doce minas. De todas maneras, siento que te suceda eso por haber llamado neciamente troj a la troja.
AMINIAS.
¡Ay, pobre de mí!
ESTREPSIADES.
¡Hola! ¿Quién es este que se queja? ¿Acaso ha hablado alguno de los dioses de Carcino?117
AMINIAS.
¿Quién soy? ¿Quieres saber quién soy? Soy un hombre desgraciado.
ESTREPSIADES.
Signe entonces tu camino.
AMINIAS.
¡Oh, triste suerte mía! ¡Oh fortuna, que has roto las ruedas de mis carros! ¡Oh Palas, tú me has perdido!118
ESTREPSIADES.
¿Pues qué daño te ha causado Tlepólemo?
AMINIAS.
No te burles de mí, amigo mío; manda más bien a tu hijo que me devuelva el dinero que me debe, hoy principalmente que estoy en la desgracia.
ESTREPSIADES.
¿De qué dinero hablas?
AMINIAS.
Del que le presté.
ESTREPSIADES.
Tú no estás bueno, a lo que parece.
AMINIAS.
Es verdad, me he caído al hacer galopar los caballos.
ESTREPSIADES.
Pues no se conoce, porque deliras como si nunca te hubieras caído del asno.119
AMINIAS.
¡Conque deliro porque quiero cobrar lo que se me debe!
ESTREPSIADES.
Es imposible que estés en tu sano juicio.
AMINIAS.
¿Por qué?
ESTREPSIADES.
Me parece que tienes el cerebro algo perturbado.
AMINIAS.
Por Mercurio, te citaré a juicio, si no me devuelves el dinero.
ESTREPSIADES.
Dime: cuando llueve ¿crees tú que Júpiter hace siempre caer agua nueva, o bien que es la misma suspendida en el aire por el calor del sol?
AMINIAS.
No lo sé, ni me importa saberlo.
ESTREPSIADES.
Entonces, ¿cómo ha de ser justo el pagarte si no tienes ninguna noción de meteorología?
AMINIAS.
Si te encuentras apurado, págame al menos el interés.
ESTREPSIADES.
¿El interés? ¿Qué animal es ese?
AMINIAS.
Es el dinero que va creciendo más y más cada día, a medida que trascurre el tiempo.
ESTREPSIADES.
Muy bien dicho. Pero contesta: ¿crees tú que el mar es ahora más grande que antes?
AMINIAS.
No, por Júpiter, siempre es igual: porque el mar no puede aumentarse.
ESTREPSIADES.
¿Y cómo, gran canalla, si el mar no crece a pesar de los ríos que en él desembocan, pretendes tú aumentar incesantemente tu dinero? A ver si te largas pronto de esta casa. ¡Pronto! Un palo120.
AMINIAS.
Sed testigos de esto.
ESTREPSIADES.
¡Largo de aquí! ¿Qué esperas? ¿No te moverás?
AMINIAS.
¿No es esto una injuria?
ESTREPSIADES.
¿Te mueves, o me obligas a que te pinche como a un caballo de tiro? ¿Huirás? (Sale.) Ya iba yo a removerte con tus ruedas y tus carros.
(Estrepsiades entra en la casa.)
CORO.
¡Lo que es aficionarse a las malas obras! Este viejo, que las ama con pasión, quiere defraudar a sus acreedores el dinero que le prestaron; pero es imposible que hoy no le sobrevenga alguna desgracia, y que este sofista, en castigo de sus tramas, no sea víctima de algún mal imprevisto. Creo que muy pronto conseguirá lo que deseaba, y su hijo sabrá oponer hábiles argumentos contra la justicia, y vencerá a todos sus adversarios aun cuando defienda las peores causas. Pero quizá llegue a desear que su hijo sea mudo.
ESTREPSIADES (Saliendo precipitadamente).
¡Ay! ¡Ay! ¡Vecinos, parientes, ciudadanos, socorredme con todas vuestras fuerzas! ¡Me apalean! ¡Ay mis mandíbulas! ¡Infame! ¿No ves que es a tu padre a quien maltratas?
FIDÍPIDES.
Lo confieso, padre mío.
ESTREPSIADES.
¿Oís? confiesa que me maltrata.
FIDÍPIDES.
Sin duda.
ESTREPSIADES.
¡Perverso! ¡Parricida! ¡Horadador de murallas!
FIDÍPIDES.
Dime otra vez esas injurias, y añade otras; ¿sabes que tengo el mayor gusto en escucharlas?
ESTREPSIADES.
¡Infame!
FIDÍPIDES.
Me estás cubriendo de rosas.
ESTREPSIADES.
Maltratas a tu padre.
FIDÍPIDES.
Y, por Júpiter, he de demostrar que tengo razón en pegarte.
ESTREPSIADES.
¡Perversísimo! ¿Acaso puede nunca haber razón para pegar a su padre?
FIDÍPIDES.
Yo te lo demostraré y te convenceré con mis palabras.
ESTREPSIADES.
¿Que me convencerás?
FIDÍPIDES.
Hasta la evidencia y muy fácilmente. Elige cuál de los dos razonamientos he de emplear.
ESTREPSIADES.
¿Cuáles razonamientos?
FIDÍPIDES.
El fuerte o el débil.
ESTREPSIADES.
A la verdad, querido mío, daré por bien empleados mis afanes para enseñarte a contradecir la justicia, si consigues persuadirme que es bueno y justo que los hijos golpeen a sus padres.
FIDÍPIDES.
Pues creo que te persuadiré de tal manera, que en cuanto me hayas oído no tendrás nada que replicarme.
ESTREPSIADES.
Tengo ganas de oírte.
CORO.
A ti te corresponde, anciano, el encontrar un medio de reducirle a la obediencia; porque no estaría tan soberbio si dudase de su triunfo. Por tanto, hay alguna cosa que le hace insolente como hombre confiado en sus propias fuerzas. Pero primeramente conviene que digas al Coro cómo ha tenido lugar vuestra disputa. Esto es lo que debes hacer antes de todo.
ESTREPSIADES.
Os diré cómo comenzó nuestra reyerta. Después que hubimos comido, como sabéis, le mandé en primer lugar tomar su lira y cantar la canción de Simónides «Cuando el carnero fue trasquilado.» Y en seguida me replicó que era una necedad cantar de sobremesa acompañado de la cítara, como una mujer ocupada en moler trigo.
FIDÍPIDES.
¿Y no era motivo para golpearte y patearte el que me hubieses mandado cantar como si tuvieras cigarras convidadas?
ESTREPSIADES.
Ahora no hace más que repetir lo que me dijo en casa: también aseguró que Simónides era un mal poeta. Me contuve al principio, aunque con trabajo, y le mandé que, tomando la rama de mirto, me recitase algún trozo de Esquilo. «¡Está muy bien! me contestó; precisamente yo considero a Esquilo el primero de nuestros poetas, como que es desordenado, enfático, estrepitoso y desigual.» Con estas palabras, considerad como estaría mi corazón; pero reprimiendo la ira, le dije: «Ea, recita si no, algunos pasajes de los poetas modernos que son los más doctos.» Y en seguida cantó un fragmento de Eurípides, en el que un hermano ¡justo cielo! viola a su hermana de madre121. Entonces yo no pude contenerme y le dirigí los más terribles insultos, y después, como suele suceder, acumulamos injurias sobre injurias; y por último, este se lanza sobre mí, me golpea, me maltrata, me sofoca y me mata.
FIDÍPIDES.
Muy justamente. ¿Por qué no elogias al doctísimo Eurípides?
ESTREPSIADES.
¡El doctísimo! ¡Ah!... ¿Cómo diré yo? Pero seré de nuevo maltratado.
FIDÍPIDES.
Sí, por Júpiter, y justísimamente.
ESTREPSIADES.
¡Justísimamente, desvergonzado! ¡A mí que te he educado con tanto cariño, que adivinaba los deseos que manifestabas con voz todavía balbuceante! Si decías «brin», te comprendía, y te daba al punto de beber. Si decías «manman», en seguida te traía pan. Apenas habías dicho «caccan», te sacaba fuera y te sostenía para que hicieras tus necesidades122. Ahora, aunque yo clame y grite, es bien seguro, bribón, que no me sacarás fuera, ni me sostendrás. Al contrario, me sofocas y me obligas a desahogarme aquí mismo.
CORO.
Creo que el corazón de los jóvenes palpita impaciente por escuchar lo que va a decir. Y si logra demostrar que obró justamente al perpetrar tal crimen, no doy un comino123 por la piel de los viejos. Ahora, gran inventor y removedor de palabras, busca argumentos convenientes para justificar tu causa.
FIDÍPIDES.
¡Qué grato es vivir entre cosas nuevas e ingeniosas y poder despreciar las leyes establecidas! Cuando me ocupaba solo de la equitación, no podía pronunciar tres palabras seguidas sin equivocarme; pero desde que este hombre me ha hecho abandonar mis aficiones predilectas, y me he acostumbrado a los pensamientos sutiles, a los discursos y a las meditaciones, me siento capaz de probar que he obrado bien maltratando a mi padre.
ESTREPSIADES.
Sigue con la equitación, por Júpiter. Prefiero mantener cuatro caballos a ser molido a golpes.
FIDÍPIDES.
Reanudo mi discurso en donde tú lo has interrumpido, y principio por preguntarte: ¿Me pegaste cuando era chico?
ESTREPSIADES.
Sí, porque te quería y miraba por tu bien.
FIDÍPIDES.
Dime, ¿no será justo que ahora mire yo igualmente por tu bien, y te pegue, puesto que el pegar a uno es mirar por su bien? ¿Es razonable que tu cuerpo esté exento de palos y el mío no? ¿No nací yo de tan libre condición como tú? Lloran los hijos, y ¿no han de llorar los padres? ¿Crees que los padres no deben llorar?
ESTREPSIADES.
¿Por qué?
FIDÍPIDES.
Tú dirás que la ley tolera que el niño sea castigado, y yo replicaré que los viejos son dos veces niños, y que es más justo castigar a los viejos que a los jóvenes, por cuanto sus faltas son menos excusables.
ESTREPSIADES.
Pero ninguna ley establece que el padre sea castigado.
FIDÍPIDES.
¿No era hombre como tú y como yo el que primeramente presentó aquella ley, y persuadió a los antiguos a que la aprobasen? Pues bien; ¿qué se opone a que yo haga una nueva por la cual los hijos puedan a su vez castigar a los padres? De buen grado os perdonamos los golpes recibidos antes de la promulgación de esta ley, y consentimos el haber sido maltratados impunemente. Mira cómo los gallos y los demás animales se vuelven contra sus padres: sin embargo, ¿se diferencian de nosotros en otra cosa que en no redactar decretos?
ESTREPSIADES.
Ya que imitas a los gallos en todo, ¿por qué no comes estiércol y duermes en un palo?
FIDÍPIDES.
No es lo mismo, querido; Sócrates no admitiría ese argumento.
ESTREPSIADES.
No me pegues, pues te perjudicarás tú mismo.
FIDÍPIDES.
¿Por qué?
ESTREPSIADES.
Porque lo justo es que yo te castigue; y que tú castigues a tu hijo, si alguno te nace.
FIDÍPIDES.
¿Y si no me nace? Habré llorado en vano, y tú morirás burlándote de mí.
ESTREPSIADES.
En verdad, amigos míos, voy creyendo que tiene razón, y que se les debe conceder lo que es equitativo. Justo es que seamos castigados si no andamos derechos.
FIDÍPIDES.
Escucha otro argumento todavía.
ESTREPSIADES.
Soy hombre muerto.
FIDÍPIDES.
Quizá te alegres de haber sido maltratado.
ESTREPSIADES.
¿Cómo? Dime qué ganancia sacaré.
FIDÍPIDES.
Maltrataré también a mi madre.
ESTREPSIADES.
¿Qué dices? ¿Qué dices? ¡Eso es mucho peor!
FIDÍPIDES.
¿Qué dirás, si te pruebo por medio de aquel razonamiento que es necesario maltratar a la madre?
ESTREPSIADES.
Si haces eso, nada se opondrá a que te arrojes al Báratro124 con Sócrates y su maldito razonamiento. Por vosotras, Nubes, me sucede esto; por vosotras a quienes encomendé todos mis asuntos.
CORO.
Tú tienes la culpa de todo por haber seguido la senda del mal.
ESTREPSIADES.
¿Por qué no me lo advertisteis antes, en vez de engañar a un pobre viejo campesino?
CORO.
Siempre obramos de esa manera cuando conocemos que alguno se inclina al mal, basta enviarle una desgracia, para que aprenda a respetar a los dioses125.
ESTREPSIADES.
¡Ay! Doloroso es el castigo, ¡oh Nubes!, pero justo. Pues no debía haber negado a mis acreedores el dinero que me prestaron. Ahora, hijo mío querido, acompáñame para que nos venguemos del infame Querefonte y de Sócrates, que nos han engañado.
FIDÍPIDES.
Nunca maltrataré a mis maestros.
ESTREPSIADES.
Respeta a Júpiter paternal.
FIDÍPIDES.
¡Júpiter paternal! ¡Qué tonto eres! ¿Hay acaso algún Júpiter?
ESTREPSIADES.
Sí.
FIDÍPIDES.
No hay tal; pues reina el Torbellino que ha destronado a Júpiter.
ESTREPSIADES.
No lo ha destronado; pero entonces creía que ese Torbellino era Júpiter. ¡Pobre de mi, que tomé por un dios a un vaso de arcilla!126.
FIDÍPIDES.
Quédate ahí diciendo necedades.
(Se va.)
ESTREPSIADES.
¡Funesto delirio! ¡Qué necio fui al negar los dioses, persuadido por Sócrates! Pero, queridísimo Mercurio, no te encolerices conmigo: no me aniquiles; perdona a un pobre hombre fascinado por la charlatanería de los sofistas; sé mi consejero: ¿qué te parece? ¿entablaré contra ellos un proceso o adoptaré otra resolución?... ¡Excelente consejo!127 Dices que no espere la tardía determinación de una sentencia e incendie cuanto antes la casa de esos habladores. ¡Hola, Jantias! ven acá, trae una escalera y un azadón, sube en seguida al tejado de la escuela; y si amas a tu dueño, sacude de firme hasta que el techo se desplome sobre los habitantes. Dadme también una antorcha encendida; quiero vengarme de esos infames a pesar de toda su arrogancia.
DISCÍPULO PRIMERO.
¡Ay! ¡Ay!
ESTREPSIADES.
Antorcha mía, lanza una llama devoradora.
DISCÍPULO PRIMERO.
¡Eh! tú: ¿qué estás haciendo?
ESTREPSIADES.
¿Qué hago? Disputo sobre sutilezas con las vigas de la casa.
DISCÍPULO SEGUNDO.
¡Ah! ¿Quién incendia nuestra casa?
ESTREPSIADES.
Aquel a quien habéis cogido la capa.
DISCÍPULO SEGUNDO.
¡Que nos vas a matar! ¡Que nos vas a matar!
ESTREPSIADES.
No quiero otra cosa, con tal que el azadón no defraude mis esperanzas o que antes no me desnuque cayéndome de lo alto.
SÓCRATES.
Hola, ¿qué haces en el tejado?
ESTREPSIADES.
Camino por el aire y contemplo el sol.
SÓCRATES.
¡Ay de mí! Intentas asfixiarme.
QUEREFONTE.128
¡Desgraciado! voy a morir quemado vivo.
ESTREPSIADES.
¿Quién os mandaba ultrajar a los dioses, y contemplar el lugar de la luna? Sigue129, arranca, destroza, paguen así todas sus culpas, y principalmente su impiedad.
CORO.
Retirémonos; pues el Coro ha trabajado bastante.
FIN DE LAS NUBES.
- Histoire de la littérature grecque profane, París, 1824, t. II, p. 329. ↩
- Véase sobre Las Nubes, y la multitud de trabajos a que han dado lugar, Müller, Hist. de la litt. grecque, t. II. ↩
- Sin duda por el temor de que evitasen los malos tratamientos pasando al campo enemigo. En La Paz (verso 454) se indica esto mismo con más claridad. La guerra a que alude Aristófanes es la del Peloponeso. ↩
- Verum pedit. ↩
- Los intereses de las cantidades tomadas a préstamo se pagaban a fin de mes. ↩
- Cantidad equivalente a 4179 reales 69 céntimos. ↩
- Nombre de un caballo; derivado del coppa (90), signo de la numeración griega que, marcado en la piel, designaría su precio. ↩
- Porque entonces no lo hubiera comprado. ↩
- Parodia de Eurípides, según el escoliasta. ↩
- Se cree que bajo este nombre Aristófanes alude a Aminias, hijo de Pronapos, autor de un decreto que prohibía a los poetas cómicos burlarse de los magistrados. ↩
- Por medio de prendas o hipotecas. ↩
- Demarco se llamaba al jefe de un demo o cantón del Ática; uno de sus deberes era llevar un registro de las deudas de sus administrados, y apoderarse de los deudores morosos. Estrepsiades alude a ellos al quejarse de las pulgas de su lecho. ↩
- Mujer de Alcmeón, que se hizo famosa por su extraordinario lujo. ↩
- Nos valemos de este rodeo para traducir las palabras Κωλιάδος y Γενετυλλίδος. Ambos son sobrenombres de Venus, tomados, el primero del promontorio Colias, sobre el cual tenía un templo; y el segundo del acto de la generación. Bajo el primero se oculta un equívoco obsceno que autoriza más nuestra versión. ↩
- El verbo σπαθάω significa también prodigar y dilapidar. ↩
- Nombres en cuya composición entran el sustantivo ἵππος (caballo) y los adjetivos ξανθὸς (rubio), χαρίεις (gracioso) y καλὸς (hermoso). ↩
- Significa económico. ↩
- Nombre compuesto de φειδὸς (económico) e ἱππὶς (diminutivo de caballo). ↩
- Monte del Ática. V. Acarnienses, 273. ↩
- Ἵππερος, enfermedad del caballo (morbus equinus), palabra formada por Aristófanes a semejanza de ὕδερος, ἴκτερος. ↩
- Φειδιππίδιον, diminutivo de Fidípides, imposible de formarse bien en nuestra lengua, por lo cual nos valemos de un apelativo cariñoso equivalente: Fidipidillo sería interminable. ↩
- La palabra griega φροντιστήριον tiene una gracia intraducible: literalmente significa un pensadero. ↩
- Doctrina de Hipón de Samos. El escoliasta de Aristófanes dice que esta opinión fue también ridiculizada por el poeta Crates. En Las Aves (v. 101) se pone en boca del geómetra Metón. ↩
- Querefonte era uno de los discípulos más asiduos de Sócrates, según Platón. (Apología.) Diógenes Laercio (lib. II, Sócrates, 16) dice que a él dio la Pitonisa aquel conocido oráculo: Sócrates es el sabio entre los hombres. Aristófanes le llama νυκτερίς, murciélago, (Aves, v. 1296 y 1564.) ↩
- Célebre glotón, padre del orador Andócides. ↩
- Literalmente mejor y peor. ↩
- Valía próximamente tres cuartillos de nuestro real de vellón. ↩
- Σαμφόρας designa un caballo marcado con la letra sigma, circunstancia que parece designar un caballo de lujo. ↩
- Literalmente a los cuervos (ἐς κόρακας). ↩
- Quiere decir que no se da por vencido. ↩
- Uno de los cantones del Ática. ↩
- Alusión al oficio de partera que tenía la madre de Sócrates. Este solía llamarse comadrón de las almas. ↩
- Burla sobre las espesas cejas de Querefonte y la calva de Sócrates. ↩
- Calzado de mujer. Vid. Lisístrata, 229; Las Fiestas de Ceres, 734; Las Junteras, 319. ↩
- Como para hacer una demostración de geometría. ↩
- Célebre filósofo, el primero de los sabios de Grecia y fundador de la escuela jónica. (Vid. Dióg. Laercio, lib. I.) ↩
- Esta transición indica que la puerta se abre y se ve el interior de la escuela. ↩
- Alude al mal aspecto que estos debieron presentar a causa del hambre sufrida durante el sitio de aquella ciudad. Vid. Caballeros, passim. Tucídides, IV, 15, 29-38. ↩
- Plutarco (Vida de Pericles, 34.) asegura que Pericles calmó la irritación del pueblo contra la guerra prometiendo distribuir los campos conquistados. Después de la toma de Mitilene, realizó esta promesa, dividiéndola en tres mil lotes. (Tuc., III, 50.) ↩
- Alusión a la manía de juzgar de los atenienses, criticada en Las Avispas. ↩
- El verbo griego παρατείνω significa extender y torturar. La isla de Eubea (Negro ponto) es de desproporcionada longitud y había sufrido mucho durante la guerra del Peloponeso. ↩
- La palabra griega es mucho más enfática, y literalmente traducida significa efímero. ↩
- Ὑπερφρονέω significa mirar de alto a bajo (despicere) y también menospreciar. ↩
- Alusión a las ideas de Anaxímenes Milesio, que decía eran principio de todas las cosas el aire y el infinito (Diog. Laer., lib. II) y que el alma se parecía a aquel primer elemento. ↩
- Alusión a una tragedia de Sófocles en que Atamas era llevado al sacrificio coronado de flores. Atamas abandonó a su mujer Néfele (la Nube) que se refugió en el Cielo, haciendo sufrir una prolongada sequía al país de su marido. Este, para evitar tamaño azote, se ofreció a sí mismo en sacrificio; pero en el momento de ir a ser inmolado, fue salvado por Hércules. El recuerdo de Atamas, con preferencia a otra víctima, es muy natural en esta comedia por la circunstancia de ser marido de la Nube. ↩
- Sócrates (según el escoliasta) esparcía harina sobre la cabeza de Estrepsiades, como se acostumbraba a hacer con las tortas de los sacrificios. ↩
- Vestrisque volo tonitrubus oppedere. ↩
- Volo cacare. ↩
- Literalmente tiznados con heces de vino. ↩
- Empleamos este adjetivo, que tal vez parecerá demasiado poético, porque ningún otro traduce con tanta exactitud el ὀμβροφόροι del original. ↩
- El templo de Ceres en Eleusis. ↩
- Nisi gramias in oculis habes instar cucurbitæ. ↩
- Parodia del estilo hinchado e incoherente que solían emplear los malos poetas ditirámbicos. ↩
- Sofista de grande ingenio muy elogiado por su alegoría del Vicio y la Virtud disputándose el alma de Hércules. Jenofonte (Memorias de Sócrates, lib. II) hace de ella una magnífica exposición, y San Basilio habla de él con mucho aprecio recomendando a los jóvenes su lectura. ↩
- Epicuro explicaba la formación de la lluvia, el rayo y el trueno con las mismas razones que Aristófanes pone en boca de Sócrates. (Vid. Diog. Laert., lib. X. Epicuro.) ↩
- Fiestas en honor de Minerva. ↩
- Como en los misterios. ↩
- El que penetraba en una casa para buscar un objeto que le había sido robado y que suponía se hallaba escondido, debía, para evitar fraude, despojarse de sus vestidos. ↩
- Con objeto de impedir el que pudieran ser reconocidos los resortes de la cueva de este célebre oráculo, los que penetraban en ella llevaban las manos ocupadas con tortas de miel para evitar, según decían los sacerdotes, las mordeduras de las serpientes. ↩
- Principia la parábasis. ↩
- Tanto la tragedia como la comedia tuvieron su origen en las fiestas de Baco, por lo cual era este considerado como el dios de los poetas dramáticos. En todos los teatros la thymele recordaba el altar donde primitivamente se sacrificó a Baco (V. la Introducción). ↩
- Uno de estos fue Amipsias, del cual nos ha conservado Diógenes Laercio algunos versos (Vida de Sóc., 9). ↩
- Personajes de la primera comedia de Aristófanes, Los Detalenses. ↩
- Era necesario tener treinta o cuarenta años de edad para poder presentar comedias en el teatro. Los autores que no los tenían las presentaban con el nombre de otro. ↩
- Alude a Filónides y Calístrato, que presentaron como suya la primera comedia de Aristófanes. ↩
- Alusión al reconocimiento de Electra y Orestes, en las Coéforas de Esquilo. ↩
- Descripción del falo. (V. Los Acarnienses.) ↩
- Baile lascivo usado en la comedia antigua. ↩
- El verbo κομάω significa enorgullecerse y tener buenos cabellos. Aristófanes era calvo, por lo cual esta palabra es muy graciosa en sus labios. ↩
- Literalmente: «Le he herido en el vientre.» Alude a Los Caballeros. ↩
- El Frínico a quien alude Aristófanes es probablemente un poeta cómico contemporáneo suyo, y no el perfeccionador de la tragedia. Sus comedias carecían de invención, y adolecían de defectos de versificación y lenguaje. ↩
- Cleón, célebre demagogo, objeto de los violentos ataques de Aristófanes en Los Caballeros. Si le llama Paflagonio, no es porque hubiera nacido en esa región del Asia menor, sino aludiendo a su voz fuerte y desentonada. ↩
- Aristófanes parece aludir al eclipse que, según Tucídides, tuvo lugar el año octavo de la guerra del Peloponeso a la hora del medio día. ↩
- Nótese que Aristófanes habla en este pasaje de Cleón como si viviese todavía, cuando poco antes ha hecho mención de su muerte. Esta contradicción hace creer que el texto de Las Nubes está formado con los de varias ediciones de la misma. ↩
- Este pasaje alude probablemente a la confusión que se introdujo en el calendario griego por causa del arreglo hecho por el astrónomo Metón. ↩
- Hijos de Júpiter. ↩
- El quénice ático (χοῖνιξ) valía 1,08 litros. ↩
- Literalmente el trímetro o el tetrámetro. Sócrates habla de la medida de los versos, y Estrepsiades entiende la medida ordinaria. ↩
- El semisextario (ἡμίεκτον) valía cuatro quénices, lo que en sentir del viejo equivale al tetrámetro. ↩
- El ritmo enoplio se componía de dos dáctilos y un espondeo. ↩
- Dáctilo significa dedo. Estrepsiades usa esta palabra en un doble sentido, que debía comprenderse por medio de la acción. ↩
- En griego, ἀλεκτρυὼν (gallo). Hacemos esta variación para que se entienda con más facilidad lo siguiente. ↩
- Ἀλεκτρύαιναν, τὸν δ᾽ ἕτερον ἀλέκτορα. ↩
- Lit.: de harina tu artesa. Como todos los argumentos de Sócrates se fundan en tener κάρδοπος (artesa) terminación masculina no obstante ser del género femenino, hemos tenido que buscar un equivalente, para hacer inteligible el pasaje. ↩
- El texto original dice: Cleónimo. ↩
- El vocativo de Aminias tiene en griego terminación femenina. ↩
- Et testiculos evellunt, et culum perfodiunt. ↩
- Nihil, nisi penem hunc, quem teneo dextera. ↩
- Se escribía sobre tablas cubiertas de una ligera capa de cera. ↩
- Dirigiéndose a Sócrates. ↩
- Por ser lo único que le resta de su antigua opulencia. ↩
- Sócrates era de Atenas; pero Aristófanes le llama Meliense, porque el ateo Diágoras era natural de Melos. ↩
- Entra un momento en la casa, de donde sale con un gallo y una gallina en la mano, que aquí sustituimos por una pareja de faisanes, y repite la lección que antes recibió de Sócrates. ↩
- Alusión a la frase análoga de Pericles al dar cuenta de los diez talentos gastados en sobornar a los generales espartanos. (Plutarco, Vida de Pericles, c. XXII, XXIII.) ↩
- El Razonamiento justo y el injusto eran traídos a la escena en jaulas de mimbre como dos gallos preparados para reñir. ↩
- Tañedor de lira, que obtuvo el primer premio en las Panateneas, siendo arconte Calias. ↩
- Esta prohibición reconocía por causa la virtud afrodisiaca de todos esos alimentos. ↩
- Esta postura era muy indecente entre los griegos. Su prohibición a los niños debía obedecer a motivos análogos al de la anterior. ↩
- Las fiestas Diipolias y Bufonias eran una misma en honor de Júpiter Polieus o protector de la ciudad. ↩
- Alude a una moda antigua de Atenas, que consistía en sujetar los cabellos con una cigarra de oro. ↩
- Poeta ditirámbico muy antiguo. ↩
- Como prenda de amor. ↩
- Eran tres, tan notables por su estupidez, que fueron objeto de la burla de los poetas cómicos. ↩
- Penem. ↩
- Las fuentes de aguas termales se llamaban baños de Hércules. ↩
- Peleo recibió una espada de los dioses cuando fue expuesto sin armas al furor de las fieras, a causa de la calumnia de Hipólita. ↩
- Aristófanes nombra el cótabo, por toda clase de juegos. ↩
- Véase el Escoliasta (Las Nubes, 1083; Pluto, 168). De este castigo, que producía la euriproctia, se libraba el culpable mediante el pago de una multa. ↩
- Ἐξ εὐρυπρώκτων. ↩
- Para apagar las antorchas a cuya luz era conducida la novia a casa de su marido. ↩
- Ἕνη καὶ νέα, significa literalmente el viejo y el nuevo, porque Solón lo consideró común al mes que terminaba y al que daba principio. (Plutarco, Vida de Solón, c. 25.) En este día se pagaban los intereses. ↩
- La harina que le prometió antes. ↩
- Alude a la afición a pleitear de los atenienses. ↩
- Para hacer de él un pellejo de vino. ↩
- El congio (χοῦς) era una medida de capacidad que contenía doce cótilas. La cótila equivale a 27 centilitros. ↩
- Lit: una artesa. ↩
- Poeta que en alguna de sus tragedias introdujo dioses que se lamentaban. ↩
- Parodia de una tragedia de Jenocles, hijo de Carcino, en la que Alcmena lamenta en iguales términos la muerte de su hermano Licimnio a manos de Tlepólemo. ↩
- La frase griega significaba al mismo tiempo caer en demencia, porque en la pronunciación se confundían, ἀπ’ ὄνου y ἀπὸ νοῦ. Hemos tratado de sustituirla con una frase española equivalente. ↩
- Literalmente «un aguijón.» ↩
- Una ley de Solón permitía el matrimonio con los hermanos de padre, pero entre hermanos uterinos estaba prohibido. Estrepsiades alude a una tragedia de Eurípides, El Eolo, en que Macareo viola a su hermana Canace. ↩
- Parodia del admirable discurso de Fénix en la Ilíada. Lib. IX. ↩
- Lit.: un garbanzo. ↩
- Precipicio al que eran arrojados los criminales. ↩
- Este parece ser el fin moral de la Comedia. ↩
- Estrepsiades parece dirigirse a un vaso de arcilla que, según Brunck, debía haber en el teatro, delante de la casa de Sócrates, sustituyendo a la columna en honor de Apolo que los atenienses acostumbraban a colocar en el vestíbulo. ↩
- Se supone inspirado por Mercurio. ↩
- Bergk (Aristophanis Comoedias. Lipsiae, 1867, volumen I, pág. XVII) dice que las palabras de Querefonte deben atribuirse al Discípulo, pues si el poeta hubiera querido que interviniera en la acción, indudablemente hubiera dado también más importancia a su papel. Cree asimismo que los Discípulos de Sócrates debe entenderse que son uno solo. ↩
- Estas palabras van dirigidas a Jantias. ↩