Tomo I · Capítulo 3
Los acarnienses
NOTICIA PRELIMINAR.
Cuando se representaron Los Acarnienses, hacía ya seis años que la guerra llamada del Peloponeso tenía en conflagración toda la Grecia, y, sembrando por doquiera la discordia, la desolación y la muerte, anulaba el resultado de los épicos combates de Maratón, Salamina y las Termópilas, y preparaba sensiblemente la ruina de la nacionalidad helena. No siendo preciso a nuestro propósito el entrar en minuciosos detalles sobre el particular, remitimos a los que deseen conocerlos a las obras de Tucídides, Diodoro Sículo, Plutarco y otros1, donde podrán satisfacer su curiosidad cumplidamente, y nos limitaremos a espigar en el vasto campo de sus escritos las noticias más necesarias para la ilustración de Los Acarnienses.
Algunos jóvenes de Atenas, después de haberse embriagado jugando al cótabo, se dirigieron a Megara y robaron a la cortesana Simeta. Los Megarenses, en revancha, arrebataron a Aspasia dos de sus más íntimas amigas2. Entonces Pericles, cediendo a las instigaciones de la hermosa y discreta hetaira, y más que todo, a la necesidad de sostenerse en el poder por medio de una guerra que le hiciese indispensable y distrajera a los atenienses, hizo aprobar el célebre decreto que castigaba con la pena capital a todo ciudadano de Megara que fuese cogido dentro del territorio del Ática. Los megarenses solicitaron, pero inútilmente, la derogación de este decreto, y vanas fueron también las reclamaciones hechas por los lacedemonios. Pericles se opuso con toda su influencia, y el decreto no se derogó. Tal fue el pretexto de aquella guerra funesta; pretexto decimos, porque la verdadera causa que la hizo completamente inevitable fue, como apunta el perspicaz Tucídides3, el recelo y justificado temor que a los lacedemonios inspiraba el siempre creciente poderío de Atenas. No dejaba de haber, sin embargo, entre ambas repúblicas otros poderosos motivos de resentimiento; pero Plutarco4 da por seguro que los espartanos jamás se hubieran puesto a la cabeza de la liga, si el decreto contra Megara hubiera sido revocado, estando acorde en este punto con lo que Aristófanes dice en su comedia.
La mayoría de los atenienses, acostumbrados a vivir hasta entonces en el campo con esa independencia, abundancia y libertad que hacen la vida rústica tan agradable, viéronse obligados a buscar un refugio en la capital con sus mujeres e hijos, enviando sus ganados a la Eubea, y abandonando sus hogares y tierras cuando apenas habían concluido de repararse los estragos causados por las recientes guerras médicas. «Desamparaban llenos de dolor, dice Tucídides5, las habitaciones y los templos a los cuales una larga posesión parecía ligarles; y al renunciar a su modo de vivir, creían dar un adiós eterno a su pueblo nativo.» La pena que naturalmente les hizo experimentar la concentración se exacerbaba cada día por lo incómodo de los alojamientos que en Atenas pudieron proporcionarse. «Muy pocos, dice el historiador citado6, hallaron acogida en las casas de sus amigos y parientes; los más se establecieron en los sitios deshabitados de la ciudad, en los lugares consagrados a los dioses y a los héroes, en todas partes, en fin, excepto en la acrópolis, el Eleusinion7, y otros recintos sólidamente cerrados. El mismo Pelasgicón8, a pesar del oráculo que a su ocupación se oponía, fue también invadido, e igualmente las torres de las murallas.» Todo esto no era suficiente, sin embargo, para la inmensa afluencia de refugiados, y la mayor parte vivían mezquina y desastrosamente faltos de aire y de luz, sujetos a todo género de privaciones y miserias9, y expuestos más tarde al furor de la espantosa peste que repetidas veces desoló a Atenas durante el decurso de la guerra. La influencia de esta, como no podía menos, dejose muy pronto sentir, introduciendo perturbaciones en el orden político y social. La discordia tiranizaba las ciudades; todo eran disensiones y atroces venganzas; las ambiciones más bajas y viles tenían espacio abierto donde tender las alas; la codicia era causa y ocasión de enriquecerse en los frecuentes tumultos; la calumnia estaba segura de ser oída y aceptada, no menos que la audacia irreflexiva o criminal de conseguir el favor de la desenfrenada muchedumbre; y a tal extremo llegaron el desorden y la perversión, que se cambió arbitrariamente la acepción de las cosas y palabras. «La inconsiderada temeridad se tuvo por valor a toda prueba; la calma prudente por hipócrita cobardía; la moderación por pretexto de timidez; y una inteligencia poco común por una grande inercia. El ciego arrojo fue el distintivo del valiente; la circunspección, un especioso subterfugio. Al hombre violento se le consideraba como el más seguro; y al que se le oponía, como sospechoso. El colmo de la habilidad era tender asechanzas a sus enemigos, y sobre todo el eludirlas, y en cambio, al que rehuía tan bajos medios se le acusaba de traidor y pusilánime. Los vínculos de la sangre eran más débiles que el espíritu de partido, este, en efecto, ligaba más fuertemente a los hombres, por lo mismo que sus asociaciones no se pactaban bajo el amparo de la ley sino con miras culpables, y en vez de estar sancionadas por el santo temor de los dioses, tenían su sola salvaguardia en la participación del crimen. Se estimaba en más el vengar una ofensa que el no haberla recibido. Los juramentos de paz solo tenían una fuerza transitoria que duraba lo que la necesidad que los había arrancado; en cuanto se ofrecía ocasión no había reparo en atacar al enemigo indefenso, prefiriéndose la vil traición al noble y descubierto combate. Manantial de todos estos males fue el afán de dominar instigado por la codicia y la ambición, envenenado después por las pasiones, despertadas al grito de la rivalidad. Los jefes de partido ostentaban en sus banderas, unos la igualdad de derechos, otros una aristocracia moderada; pero, bajo la máscara del bien general, solo trataban de suplantarse mutuamente. Daban rienda suelta a sus deseos y rencores, y sin más ley que el propio arbitrio, menospreciaban la justicia y el bien común. Llegados al poder, satisfacían sus odios personales a fuerza de sentencias inicuas y descaradas violencias. Ninguno respetaba la buena fe: el dios éxito era el único en cuyos altares se sacrificaba; y el perpetrador de algún negro delito, como supiera encubrirlo con apariencias de honradez, podía estar seguro de la pública estimación. En cambio, los ciudadanos que se mantenían apartados de la política, sucumbían al furor de ambos partidos, ya por negarse a tomar parte en la lucha, ya por envidia a su tranquilidad10.»
Tan aflictiva situación veíase además sobremanera agravada, de un lado por la escasez y carestía que se dejaba sentir como era natural después de la devastación del territorio del Ática y el consiguiente abandono de las tareas agrícolas, y de otro por una segunda invasión de la peste que debilitó extraordinariamente a Atenas, arrebatándole cuatro mil cuatrocientos hoplitas, trescientos caballeros, e incalculable número de los demás habitantes11. Además, las esperanzas fundadas en alianzas con reyes extranjeros habían menguado mucho, y aun no pocas se habían desvanecido por completo, visto el ningún resultado práctico de las negociaciones entabladas con Sitalces, rey de Tracia, casado con una hermana de Ninfodoro de Abdera, y con los monarcas de Persia y Macedonia. Y para colmo de males, la sabia y moderada influencia de Pericles, víctima de la peste a los dos años y medio de la guerra, se veía sustituida por la del demagogo Cleón, hombre de baja estofa, orador violento y audaz, ídolo entonces del populacho ateniense, cuyos bélicos instintos halagaba incesantemente, excitándole además contra todos aquellos ciudadanos que podían oponerse legítimamente a su poder.
En tal estado de cosas, las gentes honradas y pudientes, hartas de ser juguete de ambiciosos e intrigantes, compadecidas de la miseria pública, previendo el desastroso efecto de la guerra, cualquiera que fuese el vencedor, desconfiando del envío de auxilios extranjeros, anhelando la tranquilidad y el sosiego, se pronunciaron abiertamente por la paz. Aristófanes, haciéndose eco de tales sentimientos, compuso entonces Los Acarnienses, comedia cuyo objeto es demostrar las ventajas de la paz, y la conveniencia de reconciliarse con Lacedemonia.
El título de esta pieza, Ἀχαρνῆς, viene de Acarna (Ἀχάρνα), demo del Ática, cuyos moradores, toscos y robustos, ejercían en su mayor parte el oficio de carboneros. No sin razón escogió Aristófanes el coro entre los ancianos de aquella comarca, pues además de estar dotados del belicoso humor que le convenía para el contraste, el territorio de Acarna fue de los primeros invadidos, hasta el punto que Arquidamo, rey de Lacedemonia, contaba con la exasperación de sus habitantes para obligar a los atenienses a una decisiva batalla en los principios de la guerra del Peloponeso. «Creía, en efecto, al tomar posiciones junto a Acarna, que suministrando sus moradores al Estado hasta tres mil hoplitas, no dejarían asolar impunemente su territorio y arrastrarían a todos al combate, o que una vez tolerada la devastación no pondrían igual empeño en defender las haciendas ajenas después de la ruina de las propias12.» El plan de Arquidamo era acertadísimo. Solo el tacto exquisito de Pericles pudo contener a los acarnienses y evitar el que en una sola partida se decidiese la suerte de Atenas.
Los acarnienses, pues, habían sido los más castigados por la guerra: seis años hacía que habían abandonado sus fértiles campos cubiertos de viñedos y los frondosos bosques donde ejercían la industria carbonera. No fue sin motivo, por consiguiente, el elegirlos para formar el coro en una comedia cuyo fin era aconsejar la paz, y el sacar de entre ellos el protagonista.
Diceópolis, identificado, como indica su nombre (δíκαιος, justo, πóλις, ciudad), con la idea de lo que debe ser una república bien administrada, acude al lugar de la Asamblea decidido a promover una discusión sobre la conveniencia de la paz. A pesar de lo grave de la situación de Atenas, encuentra el Pnix desierto, y distingue a los ciudadanos y a los pritáneos muy distraídos en la ágora con pláticas insustanciales. El buen viejo recuerda con amargura su vida pasada y su situación presente, y se confirma más y más en sus proyectos pacíficos. Ábrese al fin la sesión, y Anfiteo, que usa el primero la palabra, en cuanto propone la paz con Lacedemonia es arrojado de la Asamblea. Preséntanse después los embajadores de Atenas al rey de Persia, acompañados de Pseudartabas, el Ojo del Rey, y luego Teoro, enviado a la corte de Sitalces, rey de Tracia. Diceópolis descubre sus farsas y mentiras, y exasperado por el robo de su frugal desayuno y la ineficacia de sus esfuerzos, hace levantar la sesión y encarga a Anfiteo que pacte para él y su familia una tregua particular con los lacedemonios.
A su vuelta de Esparta, Anfiteo es sorprendido y perseguido por un grupo de ancianos acarnienses, y sin tiempo más que para entregar a Diceópolis su tratado, huye precipitadamente. El furioso tropel encuentra a Diceópolis cuando se disponía a solemnizar con un sacrificio su regreso al campo. La bilis acarniense, inflamable como una encina seca, se desata contra él y tratan de matarle a pedradas; pero el astuto viejo les contiene amenazando hundir su puñal en el seno de un inocente saco de carbón. Los acarnienses, enternecidos por la desgracia que amenaza a un compañero querido, admiten parlamento. Diceópolis, comprendiendo lo apurado del trance, acude a Eurípides en busca de un traje a propósito para producir el patético. El poeta trágico accede benévolo a las súplicas del viejo socarrón, y le da a elegir los andrajos de Eneo, Fénix, Filoctetes y Belerofonte. Diceópolis escoge por último los de Telefo, que en el guardarropa de Eurípides se hallaban entre los de Ino y Tiestes. Con su disfraz de mendigo heroico, arenga al coro Diceópolis y logra convencer a varios de sus compatriotas de que no todas las injusticias han sido cometidas por los lacedemonios. El resto del coro, indignado, llama en su auxilio a Lámaco, general ateniense, que es también blanco de las burlas de Diceópolis. Este acaba por abrir su mercado a megarenses y beocios, con los cuales estaba entonces prohibida toda relación mercantil. Llega un megarense y da a conocer la espantosa miseria a que su país estaba reducido. Obligado por el hambre, se propone vender sus dos hijas disfrazándolas al efecto de puercos, lo cual da lugar a una multitud de equívocos maliciosos. Un sicofanta o delator sobreviene durante la corta ausencia del protagonista, que al fin le obliga a callarse. Acude luego un beocio, inundando el mercado de todo género de comestibles, legumbres, caza, aves, anguilas y otros deliciosos manjares de que hacía tiempo estaba privada Atenas. La venta es interrumpida por Nicarco, otro delator, que acaba por ser empaquetado como una vasija en castigo de su insolencia. Diceópolis, hechas sus provisiones, se prepara a celebrar alegremente la fiesta de las Copas. Un sirviente de Lámaco, que se presenta a comprar para su dueño algunos tordos y anguilas, es rechazado entre graciosas burlas; pero la petición de una recién casada es benévolamente acogida. El coro pondera las ventajas de la paz y la felicidad de Diceópolis, y un afligido labrador contribuye a ponerlas de relieve con la relación de sus miserias. En esto, una repentina invasión obliga a Lámaco a partir, no obstante lo crudo del temporal. Con tal motivo hay una graciosísima escena abundante en contrastes cómicos entre los preparativos guerreros de Lámaco y los aprestos culinarios de Diceópolis. Parten por fin ambos y vuelven a poco, el primero herido y magullado, arrojando lastimeros gritos, y el segundo sostenido por dos lindas muchachas, bien comido y bien bebido. Por último, las lamentaciones del asendereado general son ahogadas por las aclamaciones del coro en honra de Diceópolis, dichoso vencedor en la fiesta de las Copas.
Esta comedia es una de las más notables de Aristófanes y la tercera que compuso, según la más acreditada opinión que la coloca después de Los Detalenses y Los Babilonios13. En toda ella se observa una alegría siempre creciente, y verdadera plétora de aquellas sales áticas que tan sabrosa hacen la poesía aristofánica. Las escenas entre Eurípides y Diceópolis y este y Lámaco son de mano maestra en su género, como el lector podrá juzgar por sí mismo, a pesar de lo mucho que con la traducción se desfigura. La pintura viva y animada de las ventajas de la paz debió sin duda hacerla apetecible a los más belicosos. Pero el carácter inconstante y voluble, que Aristófanes echa en cara a los atenienses, hizo sin duda ineficaces sus saludables consejos. ¡Tanta influencia ejercía entonces hasta sobre ciudadanos víctimas de los horrores de la guerra la audaz y arrebatada oratoria de los demagogos!
Esta comedia se representó el año 425 antes de Jesucristo, como lo indican varios pasajes de la misma14. Calístrato estuvo encargado del papel de Diceópolis, y la representación tuvo lugar en las fiestas Leneas, que se celebraban en el mes Gamelión (enero-febrero) y ofrecían la particularidad de no admitirse extranjeros a sus espectáculos.
PERSONAJES.
Diceópolis.
Un Heraldo.
Anfiteo.
Un Pritáneo.
Embajadores de Atenas, de regreso de Persia.
Pseudartabas.
Teoro.
Coro de Acarnienses.
Una Mujer, esposa de Diceópolis.
Una Joven, hija de Diceópolis.
Un Criado de Eurípides.
Eurípides.
Lámaco.
Un Megarense.
Muchachas, hijas del Megarense.
Un Delator.
Un Beocio.
Nicarco.
Un Criado de Lámaco.
Un Labrador.
Un Paraninfo.
Mensajeros.15
LOS ACARNIENSES.
DICEÓPOLIS16.
¡Cuántos pesares me han roído el corazón! ¡Qué pocas, poquísimas veces, cuatro a lo más, he sentido placer! Pero mis penas son innumerables como las arenas del mar; veamos, si no, qué cosas me han causado verdadero júbilo. Nunca recuerdo haber gozado tanto como cuando Cleón17 vomitó aquellos cinco talentos. ¡Qué alegría! Desde entonces amo a los caballeros, autores de esta acción, digna de Grecia18. En cambio, experimenté un dolor verdaderamente trágico, cuando después de esperar con tanta boca abierta la aparición de Esquilo19, oí gritar al Heraldo: «Teognis20, introduce tu coro.» ¡Golpe mortal para mi corazón! Otra vez gocé mucho cuando a seguida de Mosco21, ejecutó Doxiteo22 un aire beocio; pero este año pensó morir víctima del más cruel martirio, viendo a Queris23 disponerse a cantar al modo ortio24.
Mas nunca, desde que me es permitido lavarme en los públicos baños25, me ha picado tanto el polvo en los ojos como hoy, día de la asamblea ordinaria26, en este Pnix27, todavía desierto. Allí se están charlando mis conciudadanos en la plaza, corriendo arriba y abajo para evitar la cuerda teñida de rojo28. Ni aun los pritáneos29 vienen; eso sí, en cuanto lleguen, aunque tarde, los veremos empujarse sin consideración, disputarse los primeros bancos de madera30 y tomarlos como por asalto. De los medios de conseguir la paz, no hay temor de que se ocupen ¡Ah, ciudadanos, ciudadanos! Yo soy el primero que acudo a la asamblea y tomo en ella asiento; y al verme solo, suspiro, bostezo, me desperezo y desahogo a mi gusto31; no sabiendo qué hacer, me entretengo en escribir con el bastón en la arena, en arrancarme pelillos, en hacer cálculos; y, mirando al campo, amante de la paz y aborrecedor de la ciudad, echo de menos mi aldea, que nunca me decía: «compra carbón, compra vinagre, compra aceite»; esta palabra «compra» le era desconocida; ella misma lo producía todo, sin este eterno «compra»32 que me sierra las entrañas. Así es que vengo completamente decidido a gritar, a interrumpir, a insultar a los oradores si hablan de otra cosa que de la paz. Pero ya llegan, aunque al mediodía, los pritáneos. ¿No lo decía yo? Como me figuraba, todos se precipitan sobre los primeros bancos.
UN HERALDO.
Más adelante, más adelante, para que estéis dentro del recinto purificado33.
ANFITEO34.
¿Ha hablado ya alguno?
EL HERALDO.
¿Quién pide la palabra?
ANFITEO.
Yo.
EL HERALDO.
¿Quién eres?
ANFITEO.
Anfiteo.
EL PRITÁNEO.
¿No eres hombre?
ANFITEO.
No; soy un inmortal. Anfiteo fue hijo de Ceres y Triptólemo; de él nació Celeo; Celeo se casó con Fenáreta35, mi abuela, de esta nació Licino, que me engendró inmortal. Únicamente a mi permitieron los dioses que pactase una tregua con los lacedemonios. Pero yo, ciudadanos, a pesar de mi inmortalidad, carezco de los víveres necesarios para el viaje; porque no me los dan los pritáneos36.
EL PRITÁNEO.
¡Hola, Arqueros!
ANFITEO.
¡Oh Triptólemo! ¡Oh Celeo! ¿Lo consentiréis?
DICEÓPOLIS.
Pritáneos, inferís una injuria a la asamblea mandando expulsar a un hombre que trata de proporcionaros una tregua y el placer de colgar nuestros escudos.
EL PRITÁNEO.
Siéntate y calla.
DICEÓPOLIS.
No, por Apolo; no callaré hasta que propongáis que se trate de la paz.
EL HERALDO.
Los embajadores enviados al Rey...
DICEÓPOLIS.
¿A qué rey? Ya estoy harto de embajadores, y pavos reales37 y fanfarronerías.
EL HERALDO.
¡Silencio!
DICEÓPOLIS.
¡Ah! ¡Ah! ¡Oh Ecbatana38, qué traje!
UN EMBAJADOR.
Siendo arconte Eutímenes39, nos enviasteis al gran Rey con un sueldo de dos dracmas diarios.
DICEÓPOLIS.
¡Cuántos dracmas, gran Júpiter!
EL EMBAJADOR.
Hemos padecido muchísimo vagando por las orillas del Caistro40, viviendo bajo nuestras tiendas blandamente acostados en los carros; ¡muertos de fatiga!
DICEÓPOLIS.
¿Y yo? ¿Lo pasaba muy bien durmiendo sobre paja para guardar las murallas?
EL EMBAJADOR.
Adonde quiera que llegábamos nos obligaban a beber en copas de oro y cristal un vino dulce y exquisito.
DICEÓPOLIS.
¿No conoces, ciudad de Cranao41, que se burlan de ti tus embajadores?
EL EMBAJADOR.
Aquellos bárbaros solo tienen por hombres a los grandes glotones y borrachos.
DICEÓPOLIS.
Y nosotros a los libertinos e infames.
EL EMBAJADOR.
A los cuatro años llegamos al palacio; pero el rey, a la cabeza del ejército, había marchado a hacer sus necesidades, y semejante operación le entretuvo ocho eternos meses en las Montañas de Oro42.
DICEÓPOLIS.
¿Y cuánto tardó en terminarla definitivamente?
EL EMBAJADOR.
Todo el plenilunio; después regresó a su alcázar y nos recibió admirablemente, obsequiándonos con bueyes enteros asados en horno.
DICEÓPOLIS.
¿Se han visto nunca bueyes asados en horno?43 ¡Qué exageración!
EL EMBAJADOR.
También, os lo juro, hizo que nos sirviesen un ave tres veces mayor que Cleónimo44; se llamaba el Engañador.
DICEÓPOLIS.
Por eso nos engañas tú cobrando los dos dracmas.
EL EMBAJADOR.
Y ahora os traemos a Pseudartabas45, el Ojo del Rey.
DICEÓPOLIS (a Pseudartabas).
¡Hércules poderoso! ¿Qué te pasa, buen hombre? ¿Ves una línea de navíos dispuestos al ataque, o costeas un accidentado promontorio? Tu ojo está guarnecido de cuero como los agujeros de los remos en las naves46.
EL EMBAJADOR.
Manifiesta ahora, Pseudartabas, lo que el Rey te encargó que anunciases a los atenienses.
PSEUDARTABAS.
Iartaman exarx anapissonai satra47.
EL EMBAJADOR.
¿Has entendido lo que ha dicho?
DICEÓPOLIS.
No, por mi vida.
EL EMBAJADOR.
Dice que el Rey os enviará oro.
PSEUDARTABAS.
No se te dará oro, Jonio infame48.
DICEÓPOLIS.
¡Desdichado de mí! ¡Eso sí que lo ha dicho claro!
EL EMBAJADOR.
¿Pues qué ha dicho?
DICEÓPOLIS.
Nada: que son unos asnos los atenienses si cuentan con el oro de los Persas.
EL EMBAJADOR.
No hay tal: habla de darnos el oro por fanegas.
DICEÓPOLIS.
¡Por fanegas! Eres el fanfarrón más grande que se ha visto. Pero vete, les preguntaré yo solo. (A Pseudartabas.) Ea, respóndeme con claridad, si no quieres que te tiña en púrpura de Sardes49. ¿Nos enviará dinero el gran Rey? (Pseudartabas hace señas negativas.) ¿Por consiguiente nos engañan los embajadores? (Pseudartabas hace señas afirmativas.) Pero estos hombres hacen para contestar las mismas señas que los griegos: me parece imposible que no lo sean. ¡Justamente! Ya he conocido a uno de estos eunucos; es Clístenes50, el hijo de Sibirtio. ¡Qué invención la del infame! ¿Cómo, teniendo barba, quieres pasar por eunuco, mico desvergonzado? Y ese otro, ¿quién es? ¿Acaso Estratón?
EL HERALDO.
Calla y siéntate. El Senado invita a Ojo del Rey a pasar al Pritaneo51.
DICEÓPOLIS.
¡Hay para ahorcarse! ¿Qué hago aquí ya? Las puertas del Pritaneo siempre están abiertas para tales huéspedes. Mas voy a llevar a cabo un proyecto grande y asombroso. ¿Dónde está Anfiteo?
ANFITEO.
Heme aquí.
DICEÓPOLIS.
Toma estos ocho dracmas, y páctame con los lacedemonios una tregua para mí solo, mi mujer y mis hijos. Vosotros, papanatas, continuad enviando embajadores.
EL HERALDO.
Preséntese Teoro52, embajador en la corte de Sitalces.
TEORO.
Aquí estoy.
DICEÓPOLIS.
Ya sale otro charlatán a la palestra.
TEORO.
No hubiéramos permanecido tanto tiempo en Tracia...
DICEÓPOLIS.
Es verdad, si no hubieras percibido tan crecido sueldo.
TEORO.
Si toda la Tracia no hubiera estado cubierta de nieve y helados sus ríos, precisamente cuando Teognis53 hacía representar aquí sus tragedias. Mientras tanto, pasé el tiempo en beber con Sitalces54, que es aficionadísimo a los atenienses y nos quiere de veras; a tal punto llega su afecto que ha escrito en la muralla: «Hermosos atenienses.» Su hijo55, a quien nombramos ciudadano, deseaba comer salchichas en las Apaturias56, y rogaba a su padre que os auxiliase; este, atendiendo su súplica, ha jurado en un sacrificio, que había de venir a socorrernos con tan numeroso ejército, que los atenienses exclamarían al verlo: «¡Qué nube de langostas!»
DICEÓPOLIS.
¡Que muera desastrosamente si creo una sola palabra de cuanto has dicho, excepto lo de las langostas!
TEORO.
Por de pronto os envía el pueblo más belicoso de la Tracia.
DICEÓPOLIS.
Ya empieza a verse claro.
EL HERALDO.
Presentaos, tracios de Teoro.
DICEÓPOLIS.
¿Qué plaga es esta?
TEORO.
El ejército de los odomantas57.
DICEÓPOLIS.
¿Qué odomantas? Dime, ¿qué es esto? ¿quién los ha circuncidado?58.
TEORO.
Si les dais dos dracmas de sueldo, asolarán toda la Beocia.59.
DICEÓPOLIS.
¡Dos dracmas a esos hombres incompletos! Con razón se quejarían todos nuestros marinos, bravos defensores de la ciudad... ¡Ah, qué desgracia!... Los odomantas me han robado los ajos60; devolvédmelos pronto.
TEORO.
¡Desdichado! Guárdate de acercarte a unos hombres que han comido ajos61.
DICEÓPOLIS.
¿Consentís, oh pritáneos, que en mi propio país me traten los extranjeros de esta manera? Me opongo a que la Asamblea delibere sobre el sueldo de los tracios: os aseguro que acaba de manifestarse un augurio: me ha caído una gota de agua62.
EL HERALDO.
Retírense los tracios y comparezcan dentro de tres días; pues los pritáneos disuelven la Asamblea.
DICEÓPOLIS.
¡Pobre de mí! he perdido casi todo el almuerzo. ¡Hola! aquí está Anfiteo de vuelta de Lacedemonia. Salud, amigo.
ANFITEO.
Déjame, déjame correr y huir de los acarnienses que me persiguen.
DICEÓPOLIS.
¿Qué sucede?
ANFITEO.
Venía apresuradamente con tu tratado de paz: pero lo olieron63 unos de esos viejos acarnienses, duros como el roble, intratables, feroces, veteranos de Maratón, y gritaron unánimes: «Infame, ¿traes la paz, y el enemigo ha talado nuestras viñas?» y al mismo tiempo recogían piedras en los mantos: yo eché a correr, y ellos me persiguen vociferando.
DICEÓPOLIS.
Que griten cuanto quieran; ¿traes el tratado de paz?
ANFITEO.
Los traigo de tres clases: a elección. Este es por cinco años. Toma y gústale.
DICEÓPOLIS.
¡Puf!
ANFITEO.
¿Qué?
DICEÓPOLIS.
No me gusta: huele a brea y a equipo de naves64.
ANFITEO.
Toma este de diez años, y prueba a ver.
DICEÓPOLIS.
Tampoco; este huele a los embajadores enviados a las ciudades para quejarse de la morosidad de los aliados.
ANFITEO.
En este se pacta por treinta años una tregua en mar y tierra.
DICEÓPOLIS.
¡Oh placer! este sí que huele a ambrosía y a néctar: este no me manda aprovisionarme para tres días65, sino que me dice bien claro: «Ve a donde quieras.» Por eso lo acepto y ratifico con entusiasmo, deseando mil felicidades a los acarnienses. Libre de la guerra y de sus males, iré al campo a celebrar las fiestas de Baco66.
ANFITEO.
Yo huyo de los acarnienses67.
CORO.
Por aquí todos, seguidle, perseguidle, preguntad a los transeúntes por él: la captura de ese hombre interesa a la república. El que sepa a dónde ha huido ese porta-tratados, dígamelo.
¡Ha escapado, ha desaparecido! ¡Triste peso de los años! ¡En mis buenos tiempos, cuando cargado de carbón seguía sin dificultad a Failo68 el andarín, no se me hubiera escurrido ese negociante de treguas, a pesar de toda su agilidad!
Las rodillas del viejo Lacrátides69 se han endurecido: los años pesan sobre sus piernas; por eso se escapó el bribón. Persigámosle: que jamás pueda burlarse de nosotros, aunque viejos, gloriándose de haberse librado de los acarnienses, él, ¡oh Júpiter y dioses soberanos! él que se ha atrevido a pactar treguas con mis enemigos, contra los cuales mis campos devastados me obligarán a combatir cada día más encarnizadamente. ¡Oh! no cesaré de perseguirlos hasta clavarme en su costado como acerado junco; ni dejaré de hostigarlos para que nunca vuelvan a talar mis viñas.
Pero busquemos a ese hombre: dirijámonos hacia Balena70, y persigámosle de lugar en lugar: jamás me cansaré de apedrearle.
DICEÓPOLIS.
Guardad, guardad el silencio religioso71.
CORO.
Callad. ¿Habéis oído? Se nos pide que guardemos el silencio religioso. Es el mismo a quien buscamos. Venid todos aquí. Separaos: parece que va a ofrecer un sacrificio.
DICEÓPOLIS.
Silencio, silencio. — Adelántate un poco, joven canéfora72. — Jantias, ten el falo73 derecho.
LA MUJER.
Deja la cesta, hija mía, para que principiemos el sacrificio.
LA HIJA.
Madre, dame la cuchara, y verteré la salsa sobre esta torta.
DICEÓPOLIS.
Todo está bien preparado. — ¡Baco poderoso, ya que lleno de gratitud te dedico con mi familia esta fiesta y solemne sacrificio, concédeme que, libre de las faenas militares, celebre con alegría las Dionisíacas campestres, y que me sean para bien estos treinta años de tregua!
LA MUJER.
Vamos, hija mía, procura llevar con gracia el canastillo; ve seria y con el avinagrado gesto del que mastica ajedrea. Feliz quien se case contigo y fecunde tu seno al salir el sol74. Anda y cuida de que entre la multitud no te roben las alhajas de oro75.
DICEÓPOLIS.
Jantias, lleva el falo derecho detrás de la canéfora: yo te seguiré cantando el himno fálico. — Tú, esposa mía, puedes mirarnos desde el terrado de casa76. — Adelante.
¡Oh Falo77, amigo y compañero de Baco, nocturno rondador, adúltero y pederasta, al cabo de seis años78 te saludo al fin, volviendo regocijado a mi aldea, libre de miserias, combates y Lámacos79, después de haber pactado una tregua para mí solo y mi familia! ¡Cuánto más delicioso es, amable Fales, encontrarse una linda leñadora como Trata, la esclava de Estrimodoro, robando troncos en el monte Feleo80, y estrechar su talle gentil, y gozar allí mismo de sus encantos! ¡Oh Fales, amable Fales, si hoy bebieres con nosotros, trastornado aún por el vino de la víspera, devorarás mañana el plato de la paz, y yo colgaré mi escudo al humo!
CORO.
Ese es, ese mismo. Tirad, tirad. Apedreemos todos a ese infame. ¿Por qué no tiráis? ¿Por qué no tiráis?
DICEÓPOLIS.
¡Por Hércules! ¿Qué es esto? Me vais a romper la olla81.
CORO.
Tu cabeza, traidor, es lo que vamos a romper a pedradas.
DICEÓPOLIS.
¿Qué motivo hay, venerables Acarnienses?
CORO.
¿Y lo preguntas, bribón desvergonzado, traidor a tu patria? ¿Y aún te atreves a mirarme a la cara después de haber pactado treguas con los enemigos?
DICEÓPOLIS.
Ignoráis por qué he hecho ese tratado. Escuchad.
CORO.
¡Escucharte! Matémosle a pedradas.
DICEÓPOLIS.
Nunca antes de oírme. Calmaos, mis buenos amigos.
CORO.
Ni yo me calmaré, ni tú hablarás otra palabra. Porque te aborrezco más que a Cleón, a quien pienso desollar para hacer con su piel sandalias a los caballeros82. Amigo de los lacedemonios, no pienses que yo escuche tus largos discursos. Vas a llevar tu merecido.
DICEÓPOLIS.
Mis buenos convecinos, dejad en paz a los lacedemonios. Oíd las razones que he tenido para pactar esta tregua.
CORO.
¿Qué razones puede haber para pactar con esos hombres sin fe, sin religión, sin juramento?
DICEÓPOLIS.
Es que creo también que los lacedemonios, a quienes tanto aborrecemos, no son la causa de todos nuestros males.
CORO.
¿Que no son la causa de todos nuestros males, grandísimo bribón? ¿Y te atreves a decirlo delante de nosotros? ¿Y aun pretenderás que te perdone?
DICEÓPOLIS.
No de todos, no de todos. Yo mismo podría demostraros que ellos han sido víctimas de más de una injusticia.
CORO.
Solo faltaba que te atrevieses a defender delante de nosotros a nuestros enemigos: tus palabras me irritan y exasperan.
DICEÓPOLIS.
Si lo que digo no es justo, y si el pueblo no lo reconoce por tal, me comprometo a hablar con la cabeza sobre un tajo.
CORO.
Ea, compañeros, ¿por qué no le apedreamos? ¿Por qué no le cardamos como a la lana que va a teñirse de púrpura?
DICEÓPOLIS.
¿Qué negro tizón enciende de nuevo vuestra ira? ¿No me escucharéis, acarnienses? ¿No me escucharéis?
CORO.
No te escucharemos.
DICEÓPOLIS.
¿Y me trataréis tan indignamente?
CORO.
¡Que me muera si te escucho!
DICEÓPOLIS.
De ningún modo, acarnienses.
CORO.
Sabe que vas a morir ahora.
DICEÓPOLIS.
También yo os daré que sentir; también yo mataré a vuestros más queridos amigos; porque tengo rehenes vuestros y los degollaré sin piedad.
CORO.
Decidme, conciudadanos, ¿qué amenaza contra los acarnienses envuelven sus palabras? ¿Tendrá acaso encerrado a alguno de nuestros hijos? ¿Cómo está tan atrevido?
DICEÓPOLIS.
Tirad, tirad si queréis; yo destrozaré a este: así sabré pronto el cariño que tenéis a los carbones83.
CORO.
¡Perdidos somos! Ese cesto es conciudadano mío. No realices, ¡ah! no realices tu intento.
DICEÓPOLIS.
Lo mataré, gritad cuanto queráis; yo no os escucharé.
CORO.
¿Será posible qué mates a ese pobre carbonero, nuestro amigo e igual?
DICEÓPOLIS.
¿Atendíais vosotros hace un instante a lo que os decía?
CORO.
Di, pues, lo que quieras de esos lacedemonios que te son tan queridos. Jamás abandonaré a ese pobre cestillo.
DICEÓPOLIS.
Dejad primero las piedras.
CORO.
Ya están en el suelo; deja tú también la espada.
DICEÓPOLIS.
Cuidado con esconder piedras en los mantos.
CORO.
Las hemos tirado todas. Mira cómo sacudimos los mantos; pero no pongas pretexto, deja la espada; ya ves cómo sacudo mi manto al pasar de un lado a otro.
DICEÓPOLIS.
Debíais de gritar todos a porfía. Si continuáis un poco más, hubierais visto perecer los carbones del Parneto84 por la imprudencia de sus conciudadanos. A fe que este cesto ha tenido un miedo terrible; pues me ha manchado de negro, como el calamar al verse perseguido. Ya veis cuán dañoso es ese vuestro carácter intratable, que os arrastra en seguida a dar golpes y gritos, y no os deja escuchar las equitativas proposiciones que sobre los lacedemonios pensaba haceros con la cabeza sobre un tajo: y cuenta que estimo la vida como el que más.
CORO.
¿Por qué no traes, hombre audaz, tu decantado tajo, y dices sobre él esas cosas de tanta importancia? Tengo vivos deseos de saber lo que piensas. Pero ya que tú mismo te has comprometido, venga el tajo, y habla en seguida.
DICEÓPOLIS.
Está bien, mirad. Este es el tajo, el orador este, es decir, yo, así, pequeñito. No me cubriré con un escudo; pero diré de los lacedemonios lo que me parezca conveniente. Y no es que no tenga por que temer: conozco perfectamente el flaco de los labradores, y sé que, con tal que un charlatán colme de elogios justos o injustos a ellos y a su ciudad, ya no caben en sí de gozo, ni ven que les está vendiendo. También conozco el carácter de los viejos: solo piensan en fulminar sentencias condenatorias. Y sé por experiencia propia lo que me hizo sufrir Cleón85 por mi comedia del año pasado, haciéndome comparecer ante el Senado, calumniándome, acumulándome supuestos crímenes, tratando de confundirme con sus ultrajes y declamaciones, y poniéndome a pique de morir, manchado por sus infames calumnias. Pero antes de principiar mi discurso, permitidme que me vista los andrajos de un hombre miserable.
CORO.
¿Qué engaños estás fraguando? ¿A qué tales dilaciones? Por mí, si quieres, ya puedes pedir a Hierónimo86 el casco tenebroso y erizado de Plutón, y emplear después todas las astucias de Sísifo87; pero el negocio no admite demora.
DICEÓPOLIS.
Ya es tiempo de adoptar una resolución enérgica; no tengo más remedio que dirigirme a Eurípides. (Llamando a la puerta de Eurípides.) ¡Esclavo, esclavo!
EL CRIADO DE EURÍPIDES88.
¿Quién?
DICEÓPOLIS.
¿Está en casa Eurípides?
EL CRIADO.
Está y no está, ¿lo entiendes?
DICEÓPOLIS.
¿Cómo puede estar y no estar al mismo tiempo?
EL CRIADO.
Muy fácilmente, anciano. Su espíritu, que anda por fuera recogiendo versitos, no está en casa; pero él está en casa, colgado del techo, y componiendo una tragedia89.
DICEÓPOLIS.
¡Oh bienaventurado Eurípides! ¡Qué felicidad tener un criado que responda con tanta discreción!90 — Llámale.
EL CRIADO.
Es imposible.
DICEÓPOLIS.
Sin embargo... yo no puedo marcharme. Llamaré a su puerta. ¡Eurípides, mi querido Eurípides! Escúchame, si alguna vez has escuchado a alguien. Te llamo yo, Diceópolis el de Cólides91.
EURÍPIDES.
No tengo tiempo.
DICEÓPOLIS.
Haz que te traigan aquí.
EURÍPIDES.
Es imposible.
DICEÓPOLIS.
Sin embargo...
EURÍPIDES.
Sea, haré que me lleven92; pero no tengo tiempo de bajar.
DICEÓPOLIS.
¡Eurípides!
EURÍPIDES.
¿Por qué gritas?
DICEÓPOLIS.
¡Ah, compones tus tragedias suspendido en el aire, pudiéndolas hacer en tierra! Ya no me asombra que sean cojos tus personajes93. ¿Qué miserables andrajos guardas ahí? Ya no me extraña que tus héroes sean mendigos94. De rodillas te lo pido, Eurípides: dame los harapos de algún drama antiguo. Tengo que pronunciar ante el coro un largo discurso; y, si lo declamo mal, me va en ello la vida.
EURÍPIDES.
¿Qué vestidos te daré? ¿Los que llevaba Eneo95, anciano infeliz, al presentarse a la lucha?
DICEÓPOLIS.
Los de Eneo, no; otros más derrotados.
EURÍPIDES.
¿Los de el ciego Fénix?96
DICEÓPOLIS.
Los de Fénix, no: otros más miserables todavía.
EURÍPIDES.
¿Qué andrajos serán los que pide este hombre? ¿Quieres los del mendigo Filoctetes?97
DICEÓPOLIS.
No, no: los de otro héroe muchísimo más miserable.
EURÍPIDES.
¿Quieres aquel manto sucio que sacó el cojo Belerofonte?98
DICEÓPOLIS.
No quiero el de Belerofonte, sino el de aquel que era cojo, mendigo, charlatán e infatigable hablador.
EURÍPIDES.
Ya sé quién dices; Telefo de Misia99.
DICEÓPOLIS.
El mismo; por favor, préstame su vestido.
EURÍPIDES.
Esclavo, dale los harapos de Telefo; están encima de los de Tiestes y entre los de Ino100.
EL CRIADO.
Tómalos.
DICEÓPOLIS.
¡Oh Júpiter, que todo lo ves con perspicaz mirada, permíteme cubrirme hoy con el vestido de la miseria!101 — Eurípides, ya que me has concedido este favor, no me niegues los accesorios correspondientes a estos jirones; dame el gorrillo misio para la cabeza. «Pues hoy me conviene, para fingirme mendigo, ser quien soy y no parecerlo102.» Es preciso que los espectadores sepan quién soy, y que yo hurle al coro estúpido con mi palabrería.
EURÍPIDES.
Te lo daré: a tu sutil ingenio nada puede negarse.
DICEÓPOLIS.
«La bendición de los inmortales descienda sobre ti y tu Telefo103.» ¡Magnífico! Me siento henchido de bellas frases. Pero necesito también un bastón de mendigo.
EURÍPIDES.
Toma, y «retírate de estos pórticos de piedra.»
DICEÓPOLIS.
¿Ves, alma mía, cómo me despide, cuando aún me faltan tantas cosas para completar mi atavío? No hay que desistir; pidamos, supliquemos, porfiemos. Eurípides, dame un farolillo de mimbre ya medio quemado104.
EURÍPIDES.
Pero, desdichado, ¿para qué lo quieres?
DICEÓPOLIS.
Para nada; pero quiero tenerlo.
EURÍPIDES.
Eres excesivamente fastidioso. Vete.
DICEÓPOLIS.
¡Ah! los dioses te bendigan como ya bendijeron a tu madre.
EURÍPIDES.
¡Ea, vete!
DICEÓPOLIS.
Aún no; dame también un jarrillo desportillado.
EURÍPIDES.
Toma y márchate; ya estás de más aquí.
DICEÓPOLIS.
No sabes, por Júpiter, todo el mal que me causas. Ea, dulcísimo Eurípides, otra cosa tan solo; dame un puchero cuyo fondo esté cerrado por una esponja105.
EURÍPIDES.
Hombre, te me llevas una tragedia entera. Toma y lárgate.
DICEÓPOLIS.
Me marcho; ¿mas qué hago? Aún me falta una cosa, de cuya adquisición pende mi vida. Oye, dulcísimo Eurípides; si me das lo que te voy a pedir, me marcho para no volver: por favor, unas hojitas de verdura para la cesta.
EURÍPIDES.
¡Me asesinas! Ahí las tienes. Mis tragedias quedan reducidas a nada.
DICEÓPOLIS.
Basta; me retiro: soy demasiado molesto «sin mirar que me hago odioso a los reyes.» ¡Infeliz de mí, soy perdido; he olvidado lo principal! Dulcísimo, queridísimo Eurípides, permita Júpiter que muera desastrosamente, si te pido otra cosa fuera de esta sola, de esta sola; dame un poco de aquel perifollo que vende tu madre106.
EURÍPIDES.
Ese hombre me insulta. Cierra la puerta.
DICEÓPOLIS.
No tengo más remedio que presentarme sin el perifollo. (A sí mismo.) ¿Sabes la lucha que vas a emprender atreviéndote a hablar en favor de los lacedemonios? Adelante, corazón mío: he aquí la línea enemiga. ¿Te detienes? ¿No estás empapado en el espíritu de Eurípides? ¡Valor! Adelante, corazón angustiado; presenta sin miedo tu cabeza, y di cuanto te agrade. Atrévete, anda, acércate. Mi denuedo me regocija.
CORO.
¿Qué hará? ¿Qué dirá? Solo un hombre impudente y de férreo corazón se atrevería a exponer su cabeza contra toda la ciudad, y a ponerse en contradicción con ella. Ya se presenta ese hombre intrépido. Ea, habla, pues tal es tu deseo.
DICEÓPOLIS.
No os ofendáis107, espectadores, de que siendo un mendigo, me atreva a hablar de política en una comedia; pues también la comedia conoce lo que es justo. Yo os diré palabras amargas, pero verdaderas. No me acusará hoy Cleón de que hablo mal de la ciudad en presencia de los extranjeros; estamos solos; las fiestas se celebran en el Leneo108; no hay extranjeros, ni han venido de las ciudades los pagadores de tributos, ni los aliados; estamos solos y limpios de toda paja: porque yo llamo paja de la ciudad a los metecos109.
Yo aborrezco como el que más a los lacedemonios; ojalá el mismo Neptuno, dios del Ténaro110, reduzca a escombros su ciudad111: pues también talaron mis viñas. Sin embargo, y esto lo digo porque sois amigos míos los que escucháis, ¿a qué creerles la causa de todos nuestros males? Algunos conciudadanos nuestros, no digo toda la república, notadlo bien, no digo toda la república, sino algunos hombres perdidos, falsos, sin honra ni pudor, y extraños a la ciudad, acusaron de contrabando a los megarenses. En cuanto veían un melón, o un lebratillo, o un cochinillo de leche, o un ajo, o un grano de sal, decían que eran de Megara, y los arrebataban y vendían inmediatamente. Todo esto no tenía grande importancia, ni trascendía fuera de la ciudad; pero algunos mozuelos, que se habían embriagado jugando al cótabo, fueron a Megara y robaron a la cortesana Simeta112; los megarenses, irritados, se apoderaron en revancha de dos hetairas amigas de Aspasia113, y por esto, por tres meretrices, la guerra se encendió en todos los pueblos griegos. Por esto Pericles el Olímpico114 tronó y relampagueó, conturbó toda la Grecia con sus discursos, e hizo aprobar una ley en la cual, como dice la canción115, se prohibía a los megarenses permanecer en el territorio del Ática, en el mercado, en el mar y en el continente. Pronto estos, al verse acosados por el hambre, rogaron a los lacedemonios que interpusieran su influencia para que revocásemos el decreto, motivado por las cortesanas. Nosotros desatendimos sus repetidas súplicas. Empezaba ya a oírse el entrechocar de los escudos. «Alguno dirá: no convenía; decid, pues, ¿qué convenía?»116. Si contra un lacedemonio se hubiera presentado la acusación de haber ido embarcado a Serifos117, y robado allí un perrillo, ¿hubierais permanecido tranquilos en vuestras moradas? Me parece que no: en seguida hubierais puesto a flote vuestras trescientas naves, y nos hubieran ensordecido el rumor de los soldados, las voces de los electores de trierarcas118, y los gritos de los que venían a cobrar su paga: se hubieran dorado las estatuas de Palas119; la multitud hubiera invadido los pórticos donde se distribuye el trigo; y la ciudad se hubiera llenado de odres, de correas para remos, de compradores de toneles, de ristras de ajos, de aceitunas, de horcas de cebollas, de coronas, de sardinas, de tañedoras de flauta, y de contusiones: el arsenal también se hubiera visto atestado de maderas para remos, y atronado por el ruido de las clavijas que se ajustan y por el de los remos sujetos a las clavijas, por los gritos de los marineros, y por los silbidos de las flautas y pitos, que los animan al trabajo. «Sé que hubierais hecho esto»; pero, ¿no pensamos en Telefo? «Nos falta el sentido común.»120.
SEMICORO.
¡Perdido, infame, mendigo harapiento! ¿Cómo te atreves a decirnos eso, y a echarnos en rostro que hemos sido delatores?
SEMICORO.
Tiene razón. Por Neptuno, cuanto ha dicho es la pura verdad.
SEMICORO.
¿Y aunque sea verdad, es necesario decirlo? Pero ya le costará caro su atrevimiento.
SEMICORO.
¡Eh, tú! ¿A dónde vas? Detente. Si tocas a ese hombre, yo me encargaré de ti.
SEMICORO.
¡Oh Lámaco de fulminante mirada, socórrenos: preséntate, amigo Lámaco, ciudadano de mi tribu; preséntate y atérralos con tu terrible penacho!121 Generales y capitanes, acudid todos en mi auxilio. Me tienen agarrado por medio del cuerpo.
LÁMACO.
¿De dónde salen esos gritos de guerra? ¿A dónde es menester prestar mi auxilio y armar alborotos? ¿Quién me obliga a sacar de su caja mi terrible Gorgona?122
DICEÓPOLIS.
¡Oh Lámaco, héroe sin rival en penachos y batallones!
CORO.
¡Oh Lámaco, este hombre hace tiempo que está ultrajando a toda la ciudad!
LÁMACO.
¿Tú, vil mendigo, te atreves a tanto?
DICEÓPOLIS.
Heroico Lámaco, perdona que un mendigo, al empeñarse en hablar, haya dicho algunas necedades.
LÁMACO.
¿Qué has dicho contra nosotros? Habla.
DICEÓPOLIS.
No me acuerdo ya; el miedo a tu armadura me marea; por piedad, aparta de mi vista ese espantajo de tu escudo.
LÁMACO.
Sea.
DICEÓPOLIS.
Déjalo ahora en el suelo.
LÁMACO.
Ya está.
DICEÓPOLIS.
Ahora dame una pluma de tu casco.
LÁMACO.
Toma la pluma.
DICEÓPOLIS.
Ahora sostenme la cabeza para que vomite: tu penacho me da náuseas.
LÁMACO.
¿Qué intentas? ¿quieres provocar el vómito con esa pluma?
DICEÓPOLIS.
¡Ah! ¿es una pluma? Y dime, ¿de qué pájaro? ¿Acaso del Fanfarrón?123
LÁMACO.
¡Me las vas a pagar!
DICEÓPOLIS.
De ningún modo, Lámaco; esto no se decide por la fuerza; ya que tanta fuerza tienes, ¿por qué no me circuncidas? Armas no te faltan.
LÁMACO.
¿Así te insolentas con todo un general, vil mendigo?
DICEÓPOLIS.
¡Yo mendigo!
LÁMACO.
¿Pues quién eres?
DICEÓPOLIS.
¿Quién soy? Un buen ciudadano, exento de ambición; y, desde que hay guerra, un soldado voluntario; y tú, desde que hay guerra, un soldado mercenario.
LÁMACO.
Fui elegido por los votos de...
DICEÓPOLIS.
Tres petates124. Eso es lo que me ha indignado y movido a pactar esta tregua, no menos que el ver en las filas a hombres encanecidos, mientras otros jóvenes como tú, escurriendo el bulto, se iban con embajadas, unos a Tracia, ganándose tres dracmas, como los Tisámenes125, los Fenipos y los Hipárquidas, todos a cual peores; otros, con Cares126, a la Caonia127, como los Geres y Teodoros, y los Diomeos, tan pagados de sí mismos; otros a Camarina, Gela y Catágela128.
LÁMACO.
Fueron elegidos por el sufragio popular.
DICEÓPOLIS.
Entonces, ¿por qué todas las recompensas son para vosotros y para estos ninguna?129 Di, Marílades, tú que tienes la cabeza encanecida por la edad, ¿has ido alguna vez en embajada? Dice que no, y sin embargo es prudente y laborioso. Y vosotros, Dracilo, Eufórides y Prínides130, ¿conocéis a Ecbatana o la Caonia? Tampoco. Sin embargo, las han visitado el hijo de Cesira131 y Lámaco, de quienes, por no poder pagar su escote, ni sus deudas, decían hace poco sus amigos: «¡Agua va!» como los que al anochecer vierten por las ventanas el líquido con que se han lavado los pies.
LÁMACO.
¡Pueblo insolente! ¿Habrá que tolerar tales insultos?
DICEÓPOLIS.
No; si Lámaco no cobrase sueldo.
LÁMACO.
Pues yo haré siempre la guerra a todos los peloponesios; los hostilizaré cuanto pueda, y los perseguiré con todas mis fuerzas terrestres y marítimas.
DICEÓPOLIS.
Pues yo anuncio a todos los peloponesios, megarenses y beocios, que pueden acudir a comprar y vender en mi mercado; solo exceptúo a Lámaco.
(Queda solo el CORO.)
CORO.
Este hombre aduce argumentos convincentes y va a cambiar la opinión del pueblo, inclinándole a la paz. Pero dispongámonos a recitar los anapestos132.
Desde que nuestro poeta dirige los coros cómicos nunca se ha presentado a hacer su propio panegírico133; pero hoy que ante los atenienses, tan precipitados en sus decisiones, sus enemigos le acusan falsamente de que se burla de la república e insulta al pueblo, preciso le es justificarse con sus volubles conciudadanos. El poeta pretende haberos hecho mucho bien, impidiendo que os dejéis sorprender por las palabras de los extranjeros y que os hechicen los aduladores y seáis unos chorlitos. Antes los diputados de las ciudades, cuando os querían engañar, principiaban por llamaros: «Coronados de violetas»134, y al oír la palabra coronas, era de ver cómo no cabíais ya en vuestros asientos135. Si otro adulándoos decía: «La espléndida Atenas»136, conseguía al punto cuanto deseaba, por haberos untado los labios con el elogio, como si fueseis anchoas. Desengañándoos, pues, os ha prestado el poeta eminentes servicios, y ha difundido por las ciudades aliadas el régimen democrático. Por eso los pagadores de tributos de esas mismas ciudades acudirán deseosos de conocer al excelente poeta que no ha temido decir la verdad a los atenienses. La fama de su atrevimiento ha llegado tan lejos, que el gran Rey, interrogando a la embajada de los lacedemonios, preguntó primero cuál era la armada más poderosa, y después cuáles eran los más atacados por nuestro vate, y les aseguró que sería más feliz y conseguiría señaladísimas victorias la república que siguiese sus consejos. Por eso los lacedemonios os brindan con la paz, y reclaman a Egina137; no porque den gran importancia a aquella isla, sino por despojar de sus bienes al poeta; pero vosotros no le abandonéis jamás; en sus comedias brillará siempre la justicia, y abogará siempre por vuestra felicidad, no con adulaciones ni vanas promesas, fraudes, bajezas ni intrigas, sino dándoos buenos consejos y proponiéndoos lo que sea mejor.
Después de esto, ya puede Cleón urdir y maquinar contra mí cuanto se le antoje. La honradez y la justicia estarán de mi lado, y nunca la república verá en mí, como en él, un cobarde e inmundo bardaje.
¡Ven, infatigable musa acarniense, brillante y devoradora como el fuego! Semejante a la chispa que, sostenida por un suave viento, salta de los tizones de encina mientras unos asan sobre ellos sabrosos pececillos, y otros preparan la salmuera fresca de Tasos o amasan la blanca harina, ¡ven, musa impetuosa, intencionada y agreste, y presta inspiración a tu conciudadano!
Nosotros, decrépitos ancianos, acusamos a la ciudad. Vemos desamparada nuestra vejez, sin que se nos alimente en recompensa digna de los méritos que en las batallas navales contrajimos; en cambio, sufrimos mil vejámenes; nos enredáis en litigiosas contiendas, y luego permitís que sirvamos de juguete a oradores jovenzuelos: ya nada somos; mudos e inservibles, como flautas rajadas, un bastón es nuestro único apoyo, o nuestro Neptuno, por decirlo así. En pie ante el tribunal, balbuceando algunas palabras inconexas, solo vemos de la justicia la bruma que la rodea, mientras el abogado contrario, deseando captarse las simpatías de la juventud, lanza sobre el demandado un diluvio de palabras precisas y seguras; y luego de haberlo rendido, le interroga, le dirige preguntas insidiosas, y le turba, le aflige y despedaza, como le sucedió al anciano Titón.
El pobre calla; se retira castigado con una pena pecuniaria; llora y solloza, y dice a sus amigos: «El dinero con que pensaba comprar mi ataúd, tengo que darlo para pagar esta multa.»
¿Es justo arruinar de ese modo a un anciano, a un hombre encanecido, que sobrellevó con sus compañeros tantas fatigas, que vertió por la república sudores ardientes, varoniles y copiosos, y que en Maratón peleó como un héroe? Nosotros, que de jóvenes perseguimos en Maratón a los enemigos, somos ahora perseguidos por hombres malvados, y condenados al fin. ¿Que responderá a esto Marpsias?138 ¿Es justo que un hombre encorvado por la edad, como Tucídides139, cual si se hubiera perdido en los desiertos de Escitia, sucumba en sus litigios con Cefisodemo140, abogado locuaz? Os aseguro que sentí la más viva compasión y hasta lloré, viendo maltratado por un arquero a ese anciano, a Tucídides digo, que, por Ceres, cuando estaba en la plenitud de sus fuerzas no hubiera tolerado fácilmente que se le atreviese nadie, ni aun la misma Ceres, pues primero hubiera derribado a diez Evatlos141, y luego aterrado con sus gritos a los tres mil arqueros, y matado con sus flechas a toda la parentela de ese mercenario. Mas, ya que no queréis dejar descansar a los viejos, decretad, a lo menos, la división de las causas: que el viejo desdentado litigue contra los viejos; el bardaje contra los jóvenes, y el charlatán contra el hijo de Clinias142. Es necesario, no lo niego, perseguir a los malvados; pero en todos los procesos sea el anciano quien condene al anciano, y el joven al joven.
DICEÓPOLIS.
Estos son los límites de mi mercado. Todos los peloponesios, megarenses y beocios pueden concurrir a él, con la condición de que me vendan a mí sus mercancías y no a Lámaco. Nombro agoránomos143 de mi mercader, elegidos a suerte, estos tres zurriagos del Lepreo144. Que no entre aquí ningún delator, ni ningún habitante de Fasos145. Voy a traer la columna146 sobre la cual está escrito el tratado, para colocarla a la vista de todos.
(Entra un megarense con dos muchachas.)
EL MEGARENSE147.
¡Salud, mercado de Atenas, grato a los megarenses! Juro por Júpiter, protector de la amistad, que deseaba verte como el hijo a su madre. Hijas desdichadas de un padre infortunado, mirad si encontráis alguna torta. Escuchadme, por favor, y hagan eco mis palabras en vuestro famélico vientre. ¿Qué queréis? ¿Ser vendidas o moriros de hambre?
LAS MUCHACHAS.
¡Ser vendidas, ser vendidas!
EL MEGARENSE.
También me parece lo mejor. ¿Mas habrá algún tonto que os compre siendo una carga manifiesta? Pero se me ocurre un ardid digno de Megara. Os voy a disfrazar de cerdos, y diré que os traigo al mercado. Poneos estas pezuñas y procurad parecer de buena casta, pues si volvéis a casa, ya sabéis, por el tonante Júpiter, que sufriréis los horrores del hambre. Ea, colocaos estos hocicos de puerco y meteos en este saco. Procurad gruñir bien y hacer coi, gritando como los cerdos que van a ser sacrificados a Ceres148. Yo voy a llamar a Diceópolis: ¡Diceópolis! ¿Quieres comprar cerdos?
DICEÓPOLIS.
¿Qué es ello? ¡Un megarense!
EL MEGARENSE.
Venimos al mercado.
DICEÓPOLIS.
¿Cómo lo pasáis?
EL MEGARENSE.
Sentados siempre junto al fuego y muertos de hambre.
DICEÓPOLIS.
Por Júpiter, eso es muy agradable, teniendo al lado un flautista.149 ¿Y qué más hacéis los megarenses?
EL MEGARENSE.
¿Y lo preguntas? Cuando yo salí para venir al mercado, nuestras autoridades dictaban las medidas oportunas para que la ciudad se arruine lo más pronto y desastrosamente posible.
DICEÓPOLIS.
Entonces no tardaréis en veros libres de apuros.
EL MEGARENSE.
¿Por qué no?
DICEÓPOLIS.
¿Qué más ocurre en Megara? ¿Qué precio tiene el trigo?
EL MEGARENSE.
Tiene tanta estimación y precio como los dioses.
DICEÓPOLIS.
¿Traes sal?
EL MEGARENSE.
¿Cómo, si os habéis apoderado de nuestras salinas?
DICEÓPOLIS.
¿Y ajos?150
EL MEGARENSE.
¿Qué ajos? Si siempre que invadís nuestras tierras arrancáis todas las plantas como si fueseis ratones de campo.
DICEÓPOLIS.
¿Pues qué traes?
EL MEGARENSE.
Puercas para los sacrificios.
DICEÓPOLIS.
¡Que me place! A verlas.
EL MEGARENSE.
¡Mira qué hermosas! Tómalas a peso si quieres. ¿Qué gorda y qué hermosa está esta?
DICEÓPOLIS.
¿Pero qué es esto?
EL MEGARENSE.
Una cerda, por vida mía.
DICEÓPOLIS.
¿Qué dices? ¿De dónde es?
EL MEGARENSE.
De Megara. ¿No es puerca o qué?
DICEÓPOLIS.
A mí no me lo parece.
EL MEGARENSE.
¡Que no! ¡Tu incredulidad es asombrosa! ¡Decir que no es una puerca! Apostemos, si quieres, un celemín de sal mezclada con tomillo a que entre los griegos pasa esta por puerca.
DICEÓPOLIS.
Sí que es puerca151; pero de hombre.
EL MEGARENSE.
Sí, por Diocles,152 y mía, ¿qué crees tú que son? ¿Quieres oírlas gruñir?
DICEÓPOLIS.
Bueno; no hay inconveniente.
EL MEGARENSE.
Gruñe pronto, puerquecilla. ¿A qué te callas, desdichada? Te volveré a casa, por Mercurio.
UNA MUCHACHA.
¡Coi! ¡Coi!
EL MEGARENSE.
¿Es o no puerca?
DICEÓPOLIS.
Ahora lo parece; pero bien alimentada será otra cosa153.
EL MEGARENSE.
Dentro de cinco años, te lo aseguro, será como su madre.
DICEÓPOLIS.
Pero no sirve para el sacrificio.
EL MEGARENSE.
¿Por qué razón?
DICEÓPOLIS.
Porque no tiene cola154.
EL MEGARENSE.
Aún es muy joven; cuando crezca tendrá una cola grande, gorda y colorada. Si quieres alimentarla, será una puerca magnífica.
DICEÓPOLIS.
¡Qué parecida es a esta otra!155.
EL MEGARENSE.
Las dos son hijas del mismo padre y de la misma madre. Cuando se engorde y se cubra de pelos será la mejor víctima que pueda ofrecerse a Venus.
DICEÓPOLIS.
A Venus no se le sacrifican puercas.
EL MEGARENSE.
¿Que no se sacrifican puercas a Venus? Precisamente es la única deidad a quien le agradan. La carne de estos animales es riquísima, sobre todo cuando se la clava en el asador.
DICEÓPOLIS.
¿Comen ya solas, sin necesitar de su madre?
EL MEGARENSE.
Ni de su padre, por Neptuno.
DICEÓPOLIS.
¿Qué comida les gusta más?
EL MEGARENSE.
La que les des. Pregúntaselo a ellas
DICEÓPOLIS.
¡Gorrín! ¡Gorrín!
LAS MUCHACHAS.
¡Coi! ¡Coi!
DICEÓPOLIS.
¿Comerás nabos?156.
LAS MUCHACHAS.
¡Coi! ¡Coi! ¡Coi!
DICEÓPOLIS.
¿Comerás higos?
LAS MUCHACHAS.
¡Coi! ¡Coi!
DICEÓPOLIS.
¡Con qué furia han pedido los higos! Traedles algunos a estas puerquecillas. ¿Los comerán? ¡Sopla! ¡Con qué afán los devoran, Hércules venerando! Parece que son de Tragacia157. Pero es imposible que se hayan comido todos los higos.
EL MEGARENSE.
Todos, menos uno que he cogido yo.
DICEÓPOLIS.
Son hermosos animales, a fe mía. ¿Por cuánto me los vendes?
EL MEGARENSE.
Este, por una ristra de ajos, y el otro, si te gusta, por un quénice158 de sal.
DICEÓPOLIS.
Trato hecho. Espérame aquí.
EL MEGARENSE.
¡Bueno va! ¡Mercurio protector del comercio, concédeme que pueda vender lo mismo a mi mujer y a mi madre!159.
UN DELATOR.
¡Buen hombre! ¿De dónde eres?
EL MEGARENSE.
Soy un megarense, vendedor de cerdos.
EL DELATOR.
Pues yo denuncio como enemigos a tus lechoncillos y a ti.
EL MEGARENSE.
¡Otra vez! Este renueva la fuente de todos nuestros males.
EL DELATOR.
Ya te arrepentirás de tu venida. Deja pronto ese saco.
EL MEGARENSE.
¡Diceópolis! ¡Diceópolis! Me denuncia un no sé quién.
DICEÓPOLIS.
¿Quién te denuncia? Agoránomos, ¿por qué no arrojáis del mercado a los delatores? — ¿Cómo quieres alumbrarnos sin linterna?160.
EL DELATOR.
¿No puedo denunciar a los enemigos?
DICEÓPOLIS.
A costa de tu pellejo, si no te largas a otro sitio con tus delaciones.
EL MEGARENSE.
¡Qué peste para Atenas!
DICEÓPOLIS.
Ánimo, megarense; aquí tienes el precio de tus lechoncillos; toma los ajos y la sal. Y pásalo bien.
EL MEGARENSE.
Ya no es costumbre entre nosotros.
DICEÓPOLIS.
Cierto, he dicho una tontería. ¡Caiga la culpa sobre mí!
EL MEGARENSE.
Id, lechoncillos míos, y, lejos de vuestro padre, ved si hay quien os dé de comer tortas con sal.
(Vanse los dos.)
CORO.
Este hombre161 es muy feliz. ¿No has oído cuán provechosa le ha sido su determinación? Se gana la vida sentado tranquilamente en la plaza; y si se presenta Ctesias o algún otro delator, les obligará a tomar asiento doloridos. Nadie te engañará en la compra de comestibles; Prepis162 no te manchará con su inmundo contacto; Cleónimo no te dará empellones; cruzarás por entre la multitud vestido de fiesta sin temor de que te salga al encuentro el pleitista Hipérbolo, ni de que, al pasear por el mercado, se te acerque Cratino163, pelado a la manera de los libertinos, o aquel perversísimo Artemón164, en cuyas axilas se esconden chivos apestados165. Tampoco se burlarán de ti en la plaza ni el perdido Pausón166 ni Lisístrato167, oprobio de los colargienses; ese que impregnado de todos los vicios, como el paño en la púrpura que le tiñe, padece hambre y frío más de treinta días al mes.
UN BEOCIO.
¡Por Hércules! ¡Cómo me duele el hombro! — Isménico, descarga con cuidado el poleo168; y vosotros, flautistas tebanos, soplad con vuestras flautas de hueso por el agujero mayor de esta piel de perro169.
DICEÓPOLIS.
¡Callad, malditos! ¿Si habrán echado raíces en mi puerta semejantes moscones? ¿De dónde vendrán esos discordantes flautistas, dignos discípulos de Queris?170.
EL BEOCIO.
Por Iolao171, ¡con qué placer les vería irse al infierno! Desde Tebas vienen soplando detrás de mí, y me han arrancado todas las flores del poleo. Extranjero, ¿quieres comprarme pollos o langostas?
DICEÓPOLIS.
Salud, amigo beocio, gran comedor de panecillos. ¿Qué traes?
EL BEOCIO.
Cuanto de bueno hay en Beocia: orégano, poleo, esterillas, mechas para lámparas, ánades, grajos, francolines, pollas de agua, reyezuelos, mergos...
DICEÓPOLIS.
De modo que entras en el mercado a manera de huracán que abate las aves contra el suelo.
EL BEOCIO.
También traigo gansos, liebres, zorras, topos, erizos, gatos, píctidas, nutrias, anguilas del Copais...172
DICEÓPOLIS.
¡Oh qué deliciosísimo bocado acabas de nombrar! Sí traes anguilas, déjame que las salude.
EL BEOCIO.
Sal, tú, la mayor de las cincuenta vírgenes Copaidas, a regocijar con tu presencia a este extranjero173.
DICEÓPOLIS.
¡Querida mía, por tanto tiempo deseada, al fin has venido a satisfacer los deseos de los coros cómicos, y los del mismo Moricos!174. — Esclavos, traedme el fuego y el aventador. Mirad, muchachos, esta hermosa anguila, que al fin viene a visitarnos después de seis años de espera175. Saludadla, hijos míos. Llevadla adentro. — Ni aun la muerte podrá separarme de ti176, como te cuezan con acelgas.
EL BEOCIO.
¿Y cuánto me vas a pagar por ella?
DICEÓPOLIS.
Esta me la darás por derechos de entrada. ¿Quieres vender alguna otra cosa?
EL BEOCIO.
Sí, por cierto; todo.
DICEÓPOLIS.
Vamos a ver, ¿cuánto pides? ¿O prefieres cambiar por otras tus mercancías?
EL BEOCIO.
Bien, me llevaré de Atenas lo que no hay en Beocia.
DICEÓPOLIS.
Entonces querrás anchoas del Falero177 y cacharros.
EL BEOCIO.
¡Anchoas! ¡Cacharros! De sobra los tenemos. Solo quiero llevarme cosas que no hay allí, y aquí se encuentran en abundancia.
DICEÓPOLIS.
Ahora caigo en la cuenta: llévate un delator perfectamente empaquetado como si fuese una vasija.
EL BEOCIO.
¡Por los Dioscuros!178 Ese sí que sería un negocio redondo: cargar con un mico lleno de malicias.
DICEÓPOLIS.
Muy oportunamente llega Nicarco a delatar alguno.
EL BEOCIO.
¡Qué pequeño es!
DICEÓPOLIS.
Pero todo veneno.
NICARCO.
¿De quién son estas mercancías?
EL BEOCIO.
Mías; traídas de Beocia: por Júpiter lo juro.
NICARCO.
Pues yo las denuncio por enemigas.
EL BEOCIO.
¿Qué furia te mueve a declarar la guerra a las aves?
NICARCO.
También a ti te denunciaré.
EL BEOCIO.
¿Qué daño te he hecho yo?
NICARCO.
Te lo diré en obsequio de los presentes: tú traes mechas del país enemigo.
EL BEOCIO.
¿Eres por tanto un denunciador de mechas?
NICARCO.
Una sola puede incendiar la flota.
EL BEOCIO.
¡Una mecha incendiar la flota! ¿Cómo? ¡Soberano Júpiter!
NICARCO.
Cualquier beocio enciende una mecha, la ata a un insecto alado, y, aprovechando un momento en que el Bóreas sople con más violencia, la lanza sobre la flota por medio de un tubo; si el fuego prende en cualquier navío, es seguro que se abrasará en seguida toda la flota.
DICEÓPOLIS.
¡Canalla sin vergüenza! ¿De modo que para reducir a cenizas la escuadra, bastan una mecha y un insecto? (Le pega).
NICARCO.
¡Sed testigos! ¡Favor!
DICEÓPOLIS.
Tápale la boca: dame bálago y mimbres para envolverle y podérmelo llevar como una vasija sin que se rompa.
CORO.
Buen hombre, ata bien tan delicada mercancía, no se te quiebre en el camino.
DICEÓPOLIS.
Eso a mi cargo queda; aunque deja oír un crujido como si se hubiera rajado en el horno. ¡Crujido odioso a los inmortales!
CORO.
¿Qué hará con él?
DICEÓPOLIS.
Me servirá para todo: de recipiente de los males; de mortero para majar pleitos; de linterna para espiar a los recaudadores, y de barreño donde se enturbien todas las cosas.
CORO.
¿Pero quién se atreverá a usar un vaso cuyos crujidos resuenan incesantemente en la casa?
DICEÓPOLIS.
Es sólido, amigo mío, y no se quebrará fácilmente si se le cuelga de los pies, cabeza abajo.
CORO.
Ya está bien embalado.
EL BEOCIO.
Voy a segar mi cosecha.
CORO.
Excelente forastero, carga con ese paquete, llévate a ese delator, bueno para cualquier cosa, y arrójalo donde te agrade.
DICEÓPOLIS.
Trabajo me ha costado el empaquetar a ese perdido. Ea, amigo, toma tu vasija y llévatela.
EL BEOCIO.
Isménico, cárgatela sobre tus duros hombros.
DICEÓPOLIS.
Procura llevarla con cuidado. Aunque no llevas nada de bueno, sin embargo, es fácil que salgas ganancioso con tu carga: serás feliz por gracia de los delatores.
(Vase el Beocio.)
UN CRIADO DE LÁMACO.
¡Diceópolis!
DICEÓPOLIS.
¿Quién va? ¿Qué me quieres?
EL CRIADO.
Lámaco te suplica que le des, mediante este dracma, algunos tordos, para celebrar la fiesta de las Copas179; y que por otros tres le vendas una anguila del Copais.
DICEÓPOLIS.
¿Quién es ese Lámaco que desea la anguila?
EL CRIADO.
Aquel terrible sufridor de trabajos, que lleva una Gorgona en el escudo, y sobre cuyo casco se agita un penacho triple.
DICEÓPOLIS.
No le venderé nada, por Júpiter, aunque me dé su escudo: en vez de comer pescado, entreténgase en agitar su penachos. Si se alborota, llamaré a los agoránomos. Ahora, recogiendo mis compras, entraré en mi casa «sobre las alas de los mirlos y los tordos.»180
CORO.
¿No veis, ciudadanos, no veis la extremada prudencia y discreción de ese hombre, que, después de haber pactado sus treguas, puede comprar cuantas cosas suelen traer los mercaderes, útiles unas a la casa, y gratísimas otras al paladar?
Todos los bienes penetran por sí mismos en su morada.
Nunca admitiré en mi casa al belicoso Marte; jamás cantará en mi mesa el himno de Harmodio181, porque es un ser cuya embriaguez es temible. Arrojándose sobre nuestros bienes, descargó sobre nosotros todos los males, la ruina, la destrucción y la muerte; en vano le decíamos amablemente: «Bebe, acompáñanos en la mesa, acepta esta copa de amistad», porque entonces atizaba con más violencia el incendio de nuestros rodrigones, y derramaba el vino de nuestras cepas.
Abundante mesa es la de Diceópolis; envanecido con su suerte, arroja en los umbrales de su casa esas plumas, indicio de su regalada vida.
¡Oh Paz, compañera de la hermosa Venus y de sus amigas las Gracias! ¿Cómo he podido desconocer tanto tiempo tu sin par belleza?
¡Ojalá me despose contigo un Amor coronado de rosas como el que está allí pintado!182 ¿Me crees acaso demasiado viejo? Pues si me enlazo a ti podré, aunque anciano, hacer tres cosas en obsequio tuyo: abrir en primer lugar un largo surco para la vid183; poner después junto a él tiernos retoños de higuera, y plantar luego el vigoroso sarmiento; cercando, por fin, todo mi campo de olivos, con cuyo aceite podamos mutuamente ungirnos en las Neomenias.
UN HERALDO.
Pueblos, escuchad: conforme a la costumbre patria, bebed en vuestras copas, al son de las trompetas; el que primero haya apurado su vaso recibirá en premio un odre de Ctesifonte184.
DICEÓPOLIS.
Muchachos, mujeres, ¿no habéis oído? ¿Qué hacéis? ¿No habéis oído el pregón? Coced las viandas, asadlas; retirad pronto las liebres de los asadores; tejed las coronas; dadme asadorcillos para los tordos185.
CORO.
Celebro tu suerte, amigo mío, y más que todo esa tu discreción admirable por la cual gozas de tan delicioso banquete.
DICEÓPOLIS.
¿Pues qué diréis cuando veáis cómo se asan mis tordos?
CORO.
También creo que tienes razón en eso.
DICEÓPOLIS.
Atizad el fuego.
CORO.
¿Veis cómo dispone su comida, a modo de un cocinero hábil y experimentado?
UN LABRADOR.
¡Infeliz de mí!
DICEÓPOLIS.
Por Hércules, ¿quién es este?
EL LABRADOR.
Un hombre desgraciado.
DICEÓPOLIS.
Pues sigue tu camino.
EL LABRADOR.
Queridísimo amigo, ya que las treguas se han pactado solo para ti, cédeme un poco de tu paz, aunque no sea más que por cinco años.
DICEÓPOLIS.
¿Qué te aflige?
EL LABRADOR.
Estoy arruinado; he perdido una pareja de bueyes.
DICEÓPOLIS.
¿Cómo?
EL LABRADOR.
Los beocios me los quitaron en la toma de Fila186.
DICEÓPOLIS.
¡Oh tres veces mísero! ¿Y aún vas vestido de blanco?
EL LABRADOR.
Ellos, ¡oh poderoso Júpiter!, me mantenían en la más deliciosa abundancia187.
DICEÓPOLIS.
¿Qué necesitas ahora?
EL LABRADOR.
Me he estropeado los ojos llorando aquellos bueyes. Si algún interés te merece Derceles de Fila, frótame pronto los ojos con el bálsamo de la paz.
DICEÓPOLIS.
Pero, desdichado, yo no soy médico público188.
EL LABRADOR.
Por piedad, hazlo, para ver si puedo recobrar mis bueyes.
DICEÓPOLIS.
Me es imposible; vete con tus lágrimas a los discípulos de Pítalo189.
EL LABRADOR.
Ponme siquiera una gota de paz en esta cañita.
DICEÓPOLIS.
Ni el átomo más imperceptible. Vete a llorar donde quieras.
EL LABRADOR.
¡Desdichado de mí! ¡Sin bueyes para la labranza!
CORO.
Este hombre ha conseguido con su tratado muchas ventajas, de las cuales, al parecer, no quiere hacer partícipe a nadie.
DICEÓPOLIS.
Pon esos callos con miel: asa los calamares.
CORO.
¿Oís cómo levanta la voz?
DICEÓPOLIS.
Asad las anguilas.
CORO.
Nos vas a matar de hambre; y a tus vecinos con el humo y las voces.
DICEÓPOLIS.
Asad esa con cuidado; que quede doradita.
UN PARANINFO190.
¡Diceópolis! ¡Diceópolis!
DICEÓPOLIS.
¿Quién llama?
EL PARANINFO.
Un recién casado te envía esta parte de su convite de boda.
DICEÓPOLIS.
Es muy amable, sea quien quiera.
EL PARANINFO.
Te suplica que en cambio de estas viandas, le eches en este vaso de alabastro una copita de paz, para que pueda eximirse de la milicia y quedarse en casa disfrutando de los placeres del amor.
DICEÓPOLIS.
Llévate, llévate tus viandas, y nada me des, pues no le cedería una gota por mil dracmas. — ¿Pero quién es esa mujer?
EL PARANINFO.
Es la madrina de la boda. Quiere hablarte a ti solo, de parte de la novia.
DICEÓPOLIS.
Vamos, ¿qué tienes que decirme?... — ¡Dioses inmortales! Qué ridícula es la pretensión de la novia... Me pide que haga de modo que permanezca en la casa una parte del cuerpo de su esposo191. Ea, venga aquí el tratado; a ella sola le daré parte, en consideración a que siendo mujer no debe sufrir las molestias de la guerra. Tú (A la madrina.), buena mujer, acerca el frasco... ¿Sabes cómo se ha de usar? Dile a la desposada que cuando se haga la leva de los soldados, unte con esto esa parte del cuerpo de su marido que desea conservar. Llévate el tratado. Traed el cacillo para que llene de vino las copas.
CORO.
Ahí se acerca uno con el entrecejo fruncido, como si nos fuera a anunciar alguna desgracia.
MENSAJERO 1.º
¡Oh trabajos y combates! ¡Oh Lámacos!192
LÁMACO.
¿Quién mueve tanto estrépito en torno de esta casa hermoseada por ornamentos de bronce?193.
MENSAJERO 1.º
Los estrategas ordenan que, reuniendo a toda prisa tus batallones y penachos, partas hoy mismo, a pesar de la nieve, a custodiar la frontera. Han sabido que los bandidos beocios pensaban invadir nuestro territorio, en ocasión de estarse celebrando la fiesta de las copas y las ollas194.
LÁMACO.
¡Oh estrategas, cuantos más sois peores! ¿No es terrible el no poder ni siquiera celebrar esta fiesta?
DICEÓPOLIS.
¡Oh ejército bélico-lamacaico!195.
LÁMACO.
¡Oh desgracia! ¿Ya te burlas de mí?
DICEÓPOLIS.
¿Quieres luchar con este Gerión de cuádruple penacho?196.
LÁMACO.
¡Ay! ¡Ay! ¡Qué noticia tan triste me ha traído este mensajero!
DICEÓPOLIS.
¡Oh! ¡Oh! ¡Qué agradable es la que me trae este otro!
MENSAJERO 2.º
¡Diceópolis!
DICEÓPOLIS.
¿Qué hay?
MENSAJERO 2.º
Corre al festín y lleva una cesta y una copa, pues te invita el sacerdote de Baco197: pero apresúrate: los convidados te esperan. Ya está todo preparado, los triclinios, los cojines, los tapetes, las coronas, los perfumes y los postres: hay allí cortesanas y galletas, pasteles, tortas de sésamo, rosquillas y hermosas bailarinas, delicias de Harmodio198; pero corre, corre cuanto puedas.
LÁMACO.
¡Infeliz de mí!
DICEÓPOLIS.
¡Infeliz tú, cuando te pavoneas con la gran Gorgona de tu escudo! Cerrad la puerta y preparad la comida.
LÁMACO.
¡Esclavo, esclavo! Tráeme la maleta.
DICEÓPOLIS.
¡Esclavo, esclavo! Tráeme la cesta.
LÁMACO.
Trae sal mezclada con tomillo, y cebollas.
DICEÓPOLIS.
Y a mí peces; me cansan las cebollas.
LÁMACO.
Tráeme aquel rancio guiso envuelto en su hoja de higuera.
DICEÓPOLIS.
Y a mí aquel recién hecho199: ya lo coceré yo.
LÁMACO.
Tráeme las plumas de mi casco.
DICEÓPOLIS.
Tráeme pichones y tordos.
LÁMACO.
¡Qué hermosa y qué blanca es esta pluma de avestruz!
DICEÓPOLIS.
¡Qué hermosa y qué dorada está la carne de este pichón!
LÁMACO.
Amigo, deja de burlarte de mi armadura.
DICEÓPOLIS.
Amigo, deja, si puedes, de mirar mis tordos.
LÁMACO.
Dame la caja de mi triple cimera.
DICEÓPOLIS.
Dame ese embutido de carne de liebre.
LÁMACO.
¡Cómo han devorado las polillas mis penachos!
DICEÓPOLIS.
¡Cómo voy a devorar embutidos de liebre antes del banquete!
LÁMACO.
Amigo, ¿no puedes dejar de hablarme?
DICEÓPOLIS.
No te hablo; disputo hace tiempo con mi esclavo. — ¿Quieres apostar (Lámaco decidirá la cuestión) si son más sabrosos los tordos que las langostas?
LÁMACO.
Estás muy insolente.
DICEÓPOLIS.
Dice que son más sabrosas las langostas.
LÁMACO.
Esclavo, esclavo, saca la lanza y tráemela.
DICEÓPOLIS.
Esclavo, esclavo, saca aquella morcilla del fuego y tráemela.
LÁMACO.
Ea, sujeta bien la lanza mientras yo tiro de la vaina.
DICEÓPOLIS.
Ten tú también firme y no lo sueltes200.
LÁMACO.
Saca las abrazaderas de mi escudo.
DICEÓPOLIS.
Saca del horno los panes, abrazaderas de mi estómago.
LÁMACO.
Tráeme el disco del escudo que tiene una Gorgona.
DICEÓPOLIS.
Tráeme el disco de aquel pastel que tiene un queso.
LÁMACO.
¿No es este un burlón sin gracia?
DICEÓPOLIS.
¿No es este un pastel delicioso?
LÁMACO.
Echa aceite en el escudo. Veo en él la imagen de un viejo que será acusado de cobardía201.
DICEÓPOLIS.
Echa miel al pastel. Veo en él la imagen de un viejo que hace rabiar al penachudo Lámaco.
LÁMACO.
Esclavo, tráeme la coraza de batalla.
DICEÓPOLIS.
Esclavo, tráeme mi coraza, es decir, mi copa.
LÁMACO.
Con esto defenderé mi pecho contra los enemigos.
DICEÓPOLIS.
Con esto defenderé mi pecho contra los bebedores202.
LÁMACO.
Sujeta esas correas a mi escudo.
DICEÓPOLIS.
Sujeta los platos a la cesta.
LÁMACO.
Cogeré esta maleta y la llevaré yo mismo.
DICEÓPOLIS.
Yo cogeré este vestido y me marcharé.
LÁMACO.
Toma el escudo y anda. — ¡Oh Júpiter! ¡Está nevando! Tengo que hacer una campaña de invierno.
DICEÓPOLIS.
Recoge las viandas. Tengo que cenar.
(Salen ambos.)
CORO.
Id alegremente a la guerra. ¡Qué caminos tan diversos seguís! Aquel beberá, coronado de flores; tú harás centinela medio helado; aquel dormirá con una hermosísima joven... Lo digo de veras: ¡ojalá Júpiter confunda al hijo de Psacas, a Antímaco, poetastro infeliz, que, siendo corega203 en las fiestas Leneas, me mandó a mi casa sin cenar! ¡Ojalá le vea yo algún día deseoso de comer un calamar, y cuando esté ya frito, chirriando en la sartén, servido en la mesa, y aderezado con sal, en el momento de llevarlo a la boca, un perro se lo arrebate y escape con él!
Además de ese mal, le deseo otra aventura nocturna. ¡Ojalá al volver febril a su casa, después de la equitación, se tropiece con Orestes204 borracho, y este enfurecido le rompa la cabeza; y que pensando tirarle una piedra, coja en la oscuridad un excremento reciente, y al lanzarlo con ímpetu como si fuera un guijarro, yerre el golpe y le pegue a Cratino!205.
UN CRIADO DE LÁMACO.
¡Esclavos de Lámaco, pronto, pronto, calentad agua en un pucherillo! Preparad trapos, ungüento, lana virgen y vendas, para atarle el tobillo. Al saltar una zanja se ha herido con una estaca, se ha dislocado un pie y se ha roto la cabeza contra una peña; la Gorgona saltó del escudo, y al ver el héroe su formidable penacho caído entre las piedras, entonó estos versos terribles:
Por la postrera vez, astro brillante,
Te ven mis ojos; desfallezco y muero.206
Dicho esto, cae en una zanja, levántase, se arroja sobre los fugitivos, persigue a los bandoleros, los hostiliza con su lanza. Pero helo aquí; abrid pronto la puerta.
LÁMACO.
¡Ay, ay, ay! ¡Qué agudos dolores! ¡Qué frío! ¡Yo muero, triste de mí, herido por una lanza enemiga! Pero aun será mas terrible mi desgracia si Diceópolis viéndome en este estado, se burla de mi infortunio.
DICEÓPOLIS (Con dos cortesanas del brazo).
¡Ay! ¡ay! ¡ay! ¡Vuestro turgente seno tiene la dureza del membrillo! Dadme un beso, tesoro mío, un beso dulce y voluptuoso. Pues yo he sido el que he bebido la primera copa.
LÁMACO.
¡Oh suerte funesta! ¡Oh dolorosísimas heridas!
DICEÓPOLIS.
¡Ah! ¡Ah! Salud, caballero Lámaco.
LÁMACO.
¡Infeliz de mí!
DICEÓPOLIS.
¡Qué desdichado soy!
LÁMACO.
¿Por qué me besas?
DICEÓPOLIS.
¿Por qué me muerdes?
LÁMACO.
¡Infortunado! ¡Qué duro escote he pagado en el combate!
DICEÓPOLIS.
Pues qué, ¿se paga escote en la fiesta de las copas?207
LÁMACO.
¡Oh Peán! ¡Peán!208
DICEÓPOLIS.
Hoy no se celebran las fiestas de Peán.
LÁMACO.
Levantadme, levantadme esta pierna. ¡Ay, amigos míos, sostenedme!
DICEÓPOLIS.
Vosotras, amigas mías, sostenedme también209.
LÁMACO.
La herida de la cabeza me da vértigos y me turba la vista.
DICEÓPOLIS.
Yo quiero acostarme; no puedo más: necesito descanso210.
LÁMACO.
Llevadme a casa de Pítalo, cuyas manos son émulas de las de Peán211.
DICEÓPOLIS.
Llevadme ante los jueces. ¿Dónde está el rey? Dadme el odre señalado como premio.
LÁMACO.
Una lanza terrible se ha clavado en mis huesos.
DICEÓPOLIS.
Mirad esta copa vacía. ¡Victoria! ¡Victoria!
CORO.
¡Victoria! Anciano, pues así lo deseas, clamemos ¡victoria!
DICEÓPOLIS.
He llenado mi copa de vino y la he apurado sin respirar.
CORO.
¡Victoria! recoge tu odre, ilustre vencedor.
DICEÓPOLIS.
Seguidme cantando: ¡Victoria! ¡Victoria!
CORO.
Te seguiremos cantando ¡victoria! ¡victoria! a ti y a tu odre.
FIN DE LOS ACARNIENSES.
- Historia de la Guerra del Peloponeso; Diodoro Sículo, Bibliotheca historica, Lib. XII; Plutarco, Vitæ Parallelæ, Pericles; Dodwell (Henr.) Annales Thucydidei et Xenophontei ad calcem operis ejusdem de cyclis. Oxonii, 1710. ↩
- Aristófanes, Los Acarnienses, v. 524 y sig. ↩
- Historia de la Guerra del Peloponeso, I, 23. ↩
- Vida de Pericles. ↩
- Historia de la Guerra del Peloponeso, II, 16. ↩
- Hist., II, 17. ↩
- Templo de Ceres Eleusinia, situado al norte de la acrópolis, cerca de la ágora. ↩
- Espacio situado a lo largo del muro septentrional de la acrópolis, construido por los Pelasgos (Heródoto, Historia, VI, 137). A semejanza del pomœrium romano, debía permanecer deshabitado y vacío. ↩
- Aristófanes, Los Caballeros, v. 780. ↩
- Historia de la Guerra del Peloponeso, lib. III. ↩
- Tucídides, III, 87. ↩
- Tucídides, II, 20. ↩
- V. Aristoph. comœdiæ, ed. Firmin Didot, p. 445. — Schol. Nub., 529. ↩
- Versos 266, 890; 504-508. ↩
- La edición de Dindorf, publicada por Fermín Didot, que es la que seguimos, no incluye entre los personajes de esta comedia a los Mensajeros, sin razón para ello, pues intervienen en la acción y hablan tanto como cualquiera de los otros secundarios. En la lista no se ponen los personajes mudos, que son: Jantias, esclavo de Diceópolis, y la Madrina de las bodas que aparece en una de las últimas escenas. ↩
- El nombre de Diceópolis se compone de dos palabras, δíκαιος y πóλις, que significan ciudadano justo, o ciudad justa. Píndaro da este epíteto a la isla de Egina. ↩
- Demagogo ateniense, enemigo encarnizado de Aristófanes, contra el cual lanza este en sus comedias todo género de acusaciones. Es uno de los personajes principales de Los Caballeros. Habiendo recibido en una ocasión cinco talentos de las islas tributarias de Atenas, para conseguir rebaja en la contribución que debían de pagar, los caballeros le obligaron a devolverlos. Y este es el hecho que causó tanta alegría a Diceópolis. ↩
- Hemistiquio del Telefo de Eurípides, al decir del Escoliasta. ↩
- Esquilo murió el 436 a. d. C., es decir, 30 años antes de la representación de Los Acarnienses. Mas en consideración a su mérito, los atenienses permitieron a los poetas modernos concurrir a los certámenes trágicos con sus tragedias corregidas y arregladas. Suidas dice que Euformión, hijo de Esquilo, ganó cuatro premios con tragedias de su padre, que aun no habían sido representadas. ↩
- Poeta trágico, de cuya frialdad se burla más adelante Aristófanes, suponiendo que al representarse sus dramas se helaron todos los ríos de Tracia (v. 140). Los atenienses le llamaron por lo mismo χίων, la Nieve. Llegó a ser uno de los treinta tiranos. ↩
- Músico detestable. ↩
- Excelente citarista, vencedor en los juegos píticos. ↩
- Flautista y citarista, sin mérito alguno. Aristófanes se burla también de él en otros pasajes de sus comedias (Las Aves, 858; La Paz, 951). Entre otros defectos, le echa en cara el de hallarse siempre donde sus amigos se reunían a comer. ↩
- Era un modo vivo y guerrero y que, según indica su nombre, se cantaba en los tonos más elevados. Arión (Herod., Clio, XXIV), antes de arrojarse al mar, cantó un nomo ortio, cuya deliciosa melodía le valió el ser salvado por un delfín. ↩
- Es decir, desde la pubertad, porque antes de esa edad no se permitía la entrada en los baños públicos. ↩
- Las asambleas ordinarias (κύριαι) tenían lugar los días once, veinte y treinta de cada mes. A las extraordinarias (συγκλήτοι) se convocaba cuando había asuntos urgentes e interesantes. ↩
- Plaza próxima a la ciudadela, donde tenían lugar las asambleas del pueblo. La palabra Pnix se deriva de πυκνῶσθαι, apretarse, habiéndosele dado este nombre, tal vez, por la multitud que en él se aglomeraba en algunos días de sesión. ↩
- Para obligar a los ciudadanos a entrar en el Pnix, se teñía de rojo una cuerda, que se llevaba a lo ancho de la ágora o mercado. La cuerda manchaba el vestido de los morosos, pudiendo así ser reconocidos y obligados a pagar la mulla de un trióbolo (medio dracma), en que consistía el sueldo de los asistentes a la asamblea. ↩
- Magistrados entre cuyas atribuciones estaba la de convocar y presidir las asambleas populares y levantar sus sesiones. ↩
- Los asientos del Pnix eran de piedra (V. Los Caballeros, 734); pero debía de haber algunos de madera, cuya posesión se disputaban los pritáneos por ser sin duda más distinguidos y cómodos. ↩
- Πέρδομαι, pedo. ↩
- Hay en el texto un juego de palabras intraducible, basado en la semejanza de las palabras πρίων, sierra, y πρίω, comprar. ↩
- Poco antes de reunirse la asamblea se purificaba el local, vertiendo sobre los bancos de los pritáneos algunas gotas de sangre de cerdo. Este sacrificio se ofrecía a Ceres. ↩
- La palabra θεός, dios, entra en la composición de este nombre. ↩
- Aristófanes parodia los prólogos de Eurípides, en los cuales uno de los personajes principales solía exponer fríamente toda su genealogía. Ifigenia, por ejemplo, presentándose sola en escena decía, (Vid. Eurip. Ifig. in Tauride): «Pélope hijo de Tántalo, cuando vino de Nisa se casó con la hija de Enomao, de la cual nació Atreo; de Atreo nacieron Menelao y Agamenón; este se casó con la hija de Tíndaro; y yo, Ifigenia, fui el fruto de este himeneo.» ↩
- Los pritáneos estaban encargados de proveer a las necesidades de los ciudadanos pobres que habían servido a la república. ↩
- Los pavos reales eran muy raros entonces en Atenas y se exponían todos los meses a la curiosidad pública. Tal vez los embajadores se presentarían en escena con plumas de pavo real, lo cual explica la exclamación de Diceópolis. ↩
- Residencia de invierno del gran Rey; en el verano la corte residía en Susa. En Ecbatana se hacía la especie de vestido llamado pérsida, que sin duda traían los embajadores atenienses. ↩
- Eutímenes fue arconte el 423 a. d. C., de modo que la embajada había durado trece años. ↩
- Río de Lidia, que desemboca en el Egeo, junto a Éfeso. ↩
- Antiguo rey de Atenas, sucedió a Cécrope en 1506. ↩
- Censura de la ostentación de la corte de Persia. Luciano (Hermótimo, al fin) habla de las Montañas de Oro como de un país imaginario. ↩
- Los griegos solo conocían los panes cocidos en el horno. Heródoto (I, 133) hablando de los Persas dice: «El aniversario de su nacimiento es de todos los días el que celebran con preferencia, debiendo dar en él un convite, en el cual la gente más rica y principal suele sacar a la mesa bueyes enteros, caballos, camellos y asnos asados en el horno.» (Tr. de Pou). ↩
- General ateniense, de elevada estatura y muy vil y cobarde. Aristófanes lanza contra él sus invectivas en casi todas sus comedias. El hecho más escandaloso de su vida pública fue el haber huido arrojando el escudo. (V. Las Nubes, 673; Los Caballeros, 958; Las Aves, 1473 y 1480; Las Fiestas de Ceres, 829, etc.) ↩
- La palabra ψεῦδος, mentira, entra en la composición de este nombre. Recibían el título de Ojo del Rey ciertos ministros de la confianza particular del monarca persa. Eran, como si dijéramos, su brazo derecho. ↩
- Este agujero se llamaba ὀφθαλμὸς, ojo. El actor que desempeñaba el papel de Pseudartabas tenía una máscara con un solo ojo enormemente grande, de donde la comparación de Diceópolis. ↩
- Jerga incomprensible que probablemente no tiene significado en lengua alguna. Algunos sabios orientalistas han creído encontrar en ella ciertos vestigios de la lengua persa, pero sumamente alterados e ininteligibles (Anquetil-Duperron y Sacy). Hotibius supone que es una frase griega, ligeramente alterada y que pudiera reconstruirse así: ↩
- Hianti podice. ↩
- Es decir, «que te apalee hasta dejarte bañado en sangre.» ↩
- Hombre de relajadas costumbres citado muchas veces en las comedias de Aristófanes (V. Las Aves, 831; Los Caballeros, 1374; Las Nubes, 355; Las Ranas, 48; Lisístrata, 1092, etc.) Cratino también se ocupó de él en la Botella de Mimbres. ↩
- Los embajadores se alojaban en el Pritaneo, donde eran mantenidos por cuenta del Estado. ↩
- Embajador, que es preciso no confundir con otro Teoro, poeta de mala reputación, que vivía en Corinto para satisfacer sus crapulosas aficiones. Aristófanes le acusa de adulador, impío, adúltero y ladrón (Las Avisp. 42, 43; Las Nubes, 309). ↩
- Alusión a la frialdad de sus dramas. ↩
- Rey de Tracia, aliado de Atenas y muy poderoso. Murió algunos años después de la representación de Los Acarnienses en una expedición contra los Tríbalos. (Véase Tucid., II, 368, 369; IV, 101.) ↩
- Teres o Sitalces, llamado Sadoco por Tucídides (IV, 101.) ↩
- Fiestas que duraban tres días y se celebraban en el mes Pianepsion (noviembre). Fueron establecidas en conmemoración de un combate entre atenienses y tebanos, en el cual cada pueblo estuvo representado por dos campeones. El ateniense derribó a su adversario por medio de un ardid, y salvó a su patria. La palabra encierra la idea de engaño (ἀπάτη), y por eso sin duda el hijo de Sitalces prefería estas fiestas a otras más solemnes. ↩
- Pueblo de Tracia que habitaba en la orilla del Estrimón. Practicaban la circuncisión, por lo cual se les creyó judíos. ↩
- Quisnam ei mutilavit penem? ↩
- Entonces en guerra con los atenienses. ↩
- Diceópolis había traído a la Asamblea su frugal desayuno. En Las Junteras, v. 306, se hace referencia a la misma costumbre. ↩
- Los ajos les hacían más terribles en el combate, como a los gallos, a quienes se obligaba a comerlos antes de entrar en riña. ↩
- La Asamblea se disolvía cuando se manifestaba algún augurio desfavorable. ↩
- Para la inteligencia de esta frase y las siguientes es preciso tener en cuenta que la palabra griega σπονδαὶ, treguas, significa también libaciones. ↩
- Alusión a los aprestos marítimos que entonces se hacían. ↩
- Los soldados al partir a una expedición militar debían llevar víveres para tres días. (V. La Paz, 312; Las Avispas, 243.) ↩
- Había en Atenas cuatro fiestas de Baco: 1.ª, las Dionisíacas, llamadas de los campos, se celebran en todo el Ática en el mes Posideón (diciembre-enero); 2.ª, las Leneas (fiesta de los lagares) peculiares a Atenas, en el mes Gamelión (enero-febrero); 3.ª, las Antesterias (febrero-marzo); 4.ª, las Grandes Dionisíacas en el 12 de Elafebolión (marzo-abril). Las fiestas a que se refiere Diceópolis, son las segundas. En ellas fueron representadas Los Acarnienses y Los Caballeros. ↩
- Al terminar esta escena debía de haber necesariamente un cambio de decoración. ↩
- Célebre andarín, natural de Crotona, que obtuvo tres veces el primer premio en los juegos Pitios. (Herod., VIII, 47). ↩
- Arconte de Atenas en tiempo de Darío. Durante su mando nevó tanto y se sintieron tan intensos fríos, que las gentes viéronse obligadas a encerrarse en sus casas. De ahí que su nombre se hubiese hecho proverbial para designar toda cosa fría en sentido propio o figurado. ↩
- Juego de palabras intraducible. Palena era un demo del Ática donde los atenienses lucharon contra Pisístrato cuando quiso apoderarse de la Tracia. Cambiando la P en B, resulta Balena, palabra que significa lapidación. ↩
- Εὐφημεῖτε (ore favete), fórmula sacramental que pronunciaba el sacerdote antes de ofrecer el sacrificio. ↩
- Llamábase así la joven que llevaba la cesta mística en las ceremonias religiosas. Solían ser de las más distinguidas familias. ↩
- El Falo figuraba en las procesiones de las fiestas de Baco, en memoria de una enfermedad de los órganos de la generación que Baco, irritado por la mala acogida hecha a su imagen importada por Pegaso, envió contra los atenienses. La enfermedad solo cesó por la institución de las Dionisíacas, en las cuales figuró en primera línea una representación de las partes atacadas por la epidemia. El Falo se imitaba con un pedazo de cuero pendiente de la punta de un báculo o cayado. Los poetas cómicos abusaron de las imágenes del Falo para hacer reír a la parte más grosera del público, como censura Aristófanes en Las Nubes, v. 542, por más que después, con notable inconsecuencia, lo empleó él mismo en la Lisístrata. ↩
- Tempus ἀφρωδισίον, dice el Escoliasta. ↩
- Sin duda se corría en escena peligro de ser robado. (V. La Paz, 734.) ↩
- Las mujeres no formaban parte de las procesiones. ↩
- Dios de la generación, adorado bajo el emblema del falo. ↩
- Este pasaje no deja duda sobre la fecha en que se representaron Los Acarnienses. ↩
- General ateniense, contemporáneo de Nicias y Alcibíades. ↩
- Monte del Ática donde crecía en abundancia la planta acuática llamada Fleos. ↩
- En las Dionisíacas rurales se llevaba una olla llena de legumbres. Por lo mismo uno de los tres días de las Antesterias se llamaba la fiesta de las ollas. ↩
- Cleón había sido curtidor. Los caballeros eran sus más acérrimos enemigos. ↩
- Parodia de la escena en que Telefo se apodera de Orestes, niño todavía, y amenaza matarle si Agamenón no le da audiencia. ↩
- Monte del Ática, en el demo de Acarna. ↩
- Alusión a Los Babilonios. Cleón, que era muy mal tratado en esta comedia, acusó a Calístrato de haber injuriado en ella a los principales magistrados de Atenas, con la circunstancia agravante de haberlo hecho en presencia de los muchos extranjeros que, por haberse puesto en escena durante las Dionisíacas, asistieron a la representación. ↩
- Poeta lírico y trágico que escogía para sus dramas los asuntos más terribles, sin saber sacar partido de ellos; el éxito de sus piezas lo fiaba mucho en las extrañas máscaras que daba a sus personajes. Tal vez el erizado casco de Plutón, de que habla Aristófanes, es una alusión a la crespa y abundante cabellera que cubría el ardiente cráneo del melenudo poeta, o quizá a alguna de las piezas del mismo, en que Perseo se presentaba cubierto del casco infernal, para cortar la cabeza de Medusa. (V. Suidas, Αἴδος κυνῆ.) ↩
- Se dio maña hasta para escaparse del Infierno. ↩
- Otras ediciones sustituyen el nombre apelativo por el propio Cefisofón, criado de quien habrá ocasión de hablar más adelante. ↩
- Crítica de las sutilezas que abundan en las tragedias de Eurípides. ↩
- Estas palabras envuelven quizá una censura a Eurípides por haber dado gran importancia en sus tragedias a los papeles de esclavo, lo cual debió escandalizar a los clasicistas de su tiempo. ↩
- Demo del Ática. ↩
- Como los dioses y los héroes, que aparecían en escena por medio de la máquina llamada ekkyklema, de donde vino el haberse hecho proverbial el Deus ex machina. En Las Fiestas de Ceres, Agatón se presenta con igual aparato. ↩
- Porque se rompen las piernas al caer de la máquina donde está colgado. Alusión a varios personajes de las tragedias de Eurípides que eran cojos, como Telefo, Filoctetes, Belerofonte. En Las Ranas, Esquilo le llama graciosamente χωλοποιόν (Lit.: factor de cojos). ↩
- Eurípides se complacía en presentar a sus héroes cubiertos de andrajos y en la última miseria, acudiendo a este medio, un poco de mala ley, para producir efecto. ↩
- Héroe de una tragedia perdida. Después de la muerte de Tideo, mientras Diomedes hacía una expedición contra los tebanos, Eneo, ya anciano, fue destronado por los hijos de Agrio y reducido a andar errante en la mayor miseria. Diomedes, a su regreso, arrojó al usurpador y volvió a colocar en el trono a Eneo. En Las Ranas, v. 1238, cita Eurípides dos versos de la tragedia aquí aludida. ↩
- Protagonista de otro drama de Eurípides, también perdido. Atendiendo a las calumnias de una concubina, su padre Amíntor le condenó a perder la vista; pero el centauro Quirón se la devolvió al encomendarle la educación de Aquiles. ↩
- Eurípides lo presentó mendigando en la isla de Lemnos, donde le abandonaron los griegos a causa de la fetidez de su herida. ↩
- Belerofonte quedó cojo a consecuencia de una caída del caballo Pegaso, sobre el cual tenía la pretensión de subir al cielo. ↩
- Cuando los griegos se dirigieron contra Troya, creyendo al llegar a Misia encontrarse ya en país enemigo, la devastaron por completo. Telefo, rey de aquel país, que quiso oponerse, fue herido por Aquiles, y no consiguió curarse hasta hacer un viaje a Tesalia. Telefo fue más tarde muy infeliz, llegando hasta mendigar el sustento, en cuya situación lo presentó Eurípides en una tragedia perdida. ↩
- Tragedias perdidas. ↩
- Versos tomados del Telefo de Eurípides. ↩
- Nueva parodia. ↩
- Este verso es probablemente parodia de otro de Eurípides. ↩
- Los faroles se llevaban en cestitas de mimbre para preservarlos del viento. ↩
- O para servirse de ella a modo de casco, cuyo fondo solía rellenarse de esponjas o lana con objeto de amortiguar los golpes; o para excitar la compasión mostrando el mal estado de su batería de cocina. Crítica mordaz de los recursos dramáticos de Eurípides para producir el patético. ↩
- La madre de Eurípides había sido verdulera. Aristófanes no se contenta con echar en cara a su enemigo lo humilde de su nacimiento, sino que parece acusar a su madre de no vender legítima hortaliza, sino perifollo o scandix. (Vid. Plin. Hist. nat., XXII.) ↩
- Parodia del Telefo. ↩
- Véase la nota al verso 378. ↩
- Los metecos eran los extranjeros domiciliados en Atenas. ↩
- Ciudad de Laconia, junto al cabo del mismo nombre (hoy de Matapán). Neptuno tenía en ella un magnífico templo. ↩
- Alusión a un terremoto que se sintió en Esparta (468), después de haber quebrantado los lacedemonios el derecho de asilo de que gozaba el templo de Neptuno, para apoderarse de los hilotas refugiados al pie de sus altares. En el invierno anterior y en el verano siguiente se observaron otros temblores de tierra en toda Grecia. (Tuc. III, 87, 89.) ↩
- El Escoliasta se hace eco de la especie de que Alcibíades, enamorado de Simeta, indujo a unos marineros atenienses a que la robaran. (Acar., 524.) ↩
- Célebre cortesana, amiga y consejera de Sócrates, amante y más tarde esposa de Pericles, y rival de los más elocuentes oradores. Según Platón, la oración fúnebre de los atenienses muertos por la patria, que Tucídides nos ha conservado, es obra de Aspasia. Su influencia era extraordinaria. (Vid. Philarète Chasles, Études sur l’Antiquité, p. 320 y siguientes. París, 1847.) ↩
- Acerca de este sobrenombre de Pericles dice Plutarco en su biografía: «El nombre de Olímpico creen unos que se le dio por los soberbios monumentos con que embelleció la ciudad, y otros por su acierto en el gobierno de la república y el mando de los ejércitos; nada impide, sin embargo, que varias causas hayan contribuido a su gloria. Los poetas cómicos de su tiempo, al asestar contra él los dardos de la sátira, dan a entender que su elocuencia le valió ese sobrenombre, pues dice que tronaba y relampagueaba desde la tribuna.» ↩
- Una canción de Timocreonte de Rodas, entonces muy popular, principiaba con las mismas palabras que el decreto contra los megarenses. ↩
- Verso del Telefo de Eurípides. ↩
- Isla pequeña perteneciente al grupo de las Cícladas. Estaba bajo la dependencia de Atenas. ↩
- El nombramiento de trierarca, traía consigo cuantiosos gastos, pues estaba obligado el electo a mantener por su cuenta la tripulación de una galera, y a tenerla siempre en disposición de darse a la vela en servicio del Estado. Este cargo durante las revueltas políticas era conferido a ciertos ciudadanos con ánimo de arruinarles. Así es que muchos se fingían pobres para excusarse de aceptarlo. ↩
- Las galeras atenienses llevaban en la proa una imagen dorada de Minerva, que se restauraba a cada nueva expedición. ↩
- Versos del Telefo. ↩
- La elección de Lámaco, como representante del partido que deseaba la guerra, es acertada, no solo por el humor belicoso que caracterizaba a aquel general, sino hasta por su nombre, perfectamente adecuado a las circunstancias: la etimología de Λάμαχος es, en efecto, λῶ, quiero, μάχη, guerra. ↩
- Era bastante frecuente esculpir en los escudos una cabeza de Gorgona. ↩
- Nombre de pájaro, fingido por Aristófanes para pintar el carácter de Lámaco. ↩
- Lit.: de tres cucos. Alude quizá a alguna elección hecha por sorpresa. ↩
- Atenienses de mala reputación. ↩
- El escoliasta de Aristófanes, en Los Caballeros, habla de un «Cares general que tomó a Mitilene», sin duda confundiéndole con Paques. (Tuc., III, 18, 28, 34 y sigs.). ↩
- País de Tracia. Este nombre tiene en su acepción etimológica un significado obsceno, por lo cual lo emplea Aristófanes para indicar la depravación de costumbres de Geres y Teodoro. ↩
- Camarina y Gela, ciudades de Sicilia. Catágela, nombre imaginario que significa cosa ridícula. El poeta parece aludir a Laques, que había mandado por entonces la escuadra enviada contra Sicilia. ↩
- Señalando al Coro. ↩
- Marílades, Prínides, Eufórides, nombres perfectamente adecuados a unos carboneros; vienen, en efecto, de μαρίλη, brasa; πρίνος, encina; εὖ φέρω, que lleva con facilidad su carga. ↩
- Joven orador desconocido. Algunos suponen que es una alusión a Alcibíades. ↩
- Metro empleado en las Parábasis. La Parábasis (de παραβαινῶ, mudar de sitio) era la parte más principal del coro en la comedia antigua ateniense. En ella, reunido aquel frente a los espectadores, les dirigía la palabra, en el primer entreacto, como diríamos nosotros, pues la Parábasis se declamaba cuando los actores abandonaban por primera vez la escena. Los poetas aprovechaban esta oportunidad para dirigir la palabra al pueblo, dando explicaciones sobre sus actos y obras, o discurriendo sobre los negocios públicos, como se observa en esta de Los Acarnienses. La Parábasis, a lo menos con el carácter político que aquí tiene, desapareció en la comedia media y moderna. El Pluto, última de las piezas de Aristófanes que se han conservado, no tiene Parábasis. ↩
- Aristófanes había presentado sus dos primeras comedias con los nombres de Calístrato y Filónides, actores encargados de la representación de sus fábulas dramáticas. ↩
- Los atenienses hacían un gran consumo de coronas, especialmente de violetas. En El Banquete de Platón, Alcibíades se presenta con varias coronas de aquella deliciosa flor. ↩
- La frase griega es mucho más gráfica: in primoribus natibus sedebatis. ↩
- Lit.: grasienta y lustrosa, como lo que se unta de aceite; por eso viene después la comparación de las anchoas. El Escoliasta cita con este motivo el siguiente verso de una oda de Píndaro: ↩
- Isla dependiente de Atenas. De este pasaje han deducido algunos que Aristófanes tenía propiedades en Egina; otros creen que no se trata del poeta, sino del actor Calístrato. De todos modos, la toma de Egina fue una de las principales causas de la guerra (V. Tuc., I, 139). ↩
- Orador sumamente verboso y siempre pronto a disputar. ↩
- Uno de los adversarios políticos de Pericles. Acusado de traición, no pudo pronunciar una sola palabra, a pesar de ser un orador distinguido, y fue condenado, según unos, al ostracismo por diez años, y, según otros, a destierro perpetuo y confiscación de bienes. ↩
- Mal orador y gran pleitista. Su abuela era natural de Escitia, lo cual le echa en cara Aristófanes. Para comprender lo que sigue conviene tener presente que la mayor parte de los arqueros, que constituían la guardia municipal de Atenas, procedían de Escitia. ↩
- Orador de mala reputación. Era hijo de un arquero o de otra persona de baja extracción. ↩
- Alcibíades. ↩
- Magistrados que, como su nombre indica, tenían a su cargo la inspección de los mercados. Iban armados de azotes formados de correas. ↩
- Lepros era un sitio extramuros de Atenas, donde estaba el mercado de cueros. ↩
- Es decir, todo delator, porque fasos en griego tiene la misma raíz que sicofanta o delator. Fasos es el nombre de una ciudad y de un río de Escitia. ↩
- Era costumbre grabar en una columna de piedra o de madera las leyes y decretos para darlos a conocer. ↩
- El megarense se expresa en dialecto dórico. ↩
- Cada iniciado ofrecía a Ceres el sacrificio de un cerdo. ↩
- Juego de palabras. El megarense dice πεινῶμεν, tenemos hambre, y Diceópolis entiende πίνωμεν, bebemos, por la semejanza de ambos vocablos, que en la pronunciación casi debían confundirse. ↩
- El ajo puede decirse que constituía la base de la alimentación de los campesinos y del pueblo bajo. En Megara se recogía mucho. ↩
- La palabra χοῖρος significa porcus y cunnus; de aquí una infinidad de equívocos que no hacemos más que dejar traslucir. ↩
- Diocles era un héroe por el cual juraban los megarenses como en otros pueblos por Hércules o los Dioscuros. En su honor se celebraban juegos llamados Dioclenses. ↩
- Cunnus fiet. ↩
- Solo se sacrificaban víctimas perfectas. ↩
- Quam germanus est hujus cunni alteri! ↩
- Lit.: garbanzos. Vox græca penem etiam significat. ↩
- Ciudad imaginaria, cuyo nombro se deriva de τραγεῖν, tragar o devorar. ↩
- Medida de capacidad equivalente a un litro, ocho centilitros. ↩
- Esta súplica indica el extremo a que había llegado en Megara la miseria. ↩
- La voz griega significa alumbrar y delatar. ↩
- Diceópolis. ↩
- Alusión a sus prácticas infames. ↩
- El Escoliasta dice que este Cratino, poeta lírico de costumbres depravadas, no debe confundirse con el poeta cómico de igual nombre, atacado también por Aristófanes en varias de sus comedias. ↩
- Anacreonte, en un fragmento conservado por Ateneo (XII, 434. e. f.), habla de un Artemón, al cual llama περιφόρητος (circunvectitius), adjetivo cambiado por Aristófanes en περιπόνηρος (como si dijéramos archibibrón). Plutarco (Vida de Pericles, 27) habla de otro Artemón, hábil mecánico que ayudó a Pericles en el sitio de Samos, empleando máquinas de guerra. ↩
- Los poetas latinos usan también esta perífrasis para indicar el mal olor vulgarmente llamado a sobaquina. ↩
- Pintor extremadamente pobre y desvergonzado. ↩
- Parásito, natural del demo de Colargos; su pobreza y descaro eran extraordinarios. (Vid. Los Caballeros, 1265; Las Avispas, 787; y el frag. 1 de Los Detalenses.) ↩
- Hierba tónica y astringente, muy abundante en Beocia. ↩
- Osseis tibiis inflate canis culum. Las flautas a que alude eran parecidas a nuestras gaitas gallegas. ↩
- Mal flautista, ya citado. ↩
- Héroe muy respetado en Beocia. Ayudó a Hércules en su combate con la hidra de Lerna. (V. Pausanias, l. IX, 23.) ↩
- Lago de Beocia, cuyas anguilas eran muy grandes y apreciadas. ↩
- Parodia de Esquilo y Eurípides. ↩
- Poeta trágico, fue embajador en la corte de Persia, y gastrónomo famoso, una especie de Lúculo ateniense. ↩
- Porque durante la guerra del Peloponeso estuvieron interrumpidas las relaciones mercantiles con Beocia, y no podían presentarse en el mercado ateniense sus renombradas anguilas. ↩
- Verso 367 de la Alcestes de Eurípides. ↩
- Puerto de Atenas. Barthélemy, apoyado en autores antiguos, dice que las sardinas que en sus inmediaciones se pescaban merecían presentarse en la mesa de los dioses. (V. Voyage du jeune Anacharsis, t. II, cap. 25). ↩
- Juramento muy usado por los espartanos, entre los cuales Cástor y Pólux recibían culto especial. (V. La Paz, 214, 285; Lisíst., 81, 86.) ↩
- Fiesta que se celebraba el segundo día de las Antesterias. He aquí su origen, según el Escoliasta: cuando Orestes vino a Atenas, después de haber vengado el asesinato de su padre Agamenón con el de su madre Clitemnestra, Pandión, rey entonces del Ática, hallábase presidiendo un banquete en honor de Baco. No queriendo ni excluir a Orestes ni que sus convidados se contaminasen bebiendo en el mismo vaso que el parricida, distribuyó a cada uno una copa, de modo que al hacer las libaciones no hubiese necesidad de pasarla de mano, como era costumbre. ↩
- Parodia de alguna canción popular. ↩
- En honor de Harmodio, que, unido a Aristogitón, mató al tirano Hiparco, se compuso un Escolio o canto de sobremesa, conservado por Ateneo (lib. 15, c. 15). Cantar el Harmodio con alguno, significaba lo mismo que comer en su compañía. La canción aludida principiaba: ↩
- Se cree que Aristófanes alude a un Amor coronado de rosas y radiante de hermosura que Zeuxis había pintado en el templo de Venus, en Atenas. ↩
- In his turpiuscula latent (Boissonade.). ↩
- Epigrama contra Ctesifonte, que era muy grueso y panzudo. ↩
- Los tordos eran muy estimados en Atenas, como lo prueban varios pasajes del mismo Aristófanes. ↩
- Demo del Ática. ↩
- Lit.: alebant me fume bovino; para significar que los abonos constituyen una parte muy principal de la riqueza agrícola. ↩
- Había en Atenas médicos encargados de prestar gratuitamente sus servicios a los pobres. ↩
- Médico de Atenas. ↩
- Dábase este nombre al mozo que acompañaba al recién casado cuando se dirigía a su casa con su esposa. ↩
- Τὸ πέος. ↩
- Juego de palabras sobre μάχαι y Λάμαχοι. ↩
- Parodia del estilo trágico. ↩
- El tercer día de las Antesterias se llamaba la fiesta de las ollas. ↩
- Expresión burlesca. ↩
- El Escoliasta supone que el nombre de Gerión se lo da burlescamente Diceópolis a un insecto de cuatro alas que revolotea sobre la cabeza de Lámaco. ↩
- Que solía dar un gran festín para celebrar la fiesta del dios. ↩
- Es decir del banquete. ↩
- Este guiso recibía el nombre de θρῖον, hoja de higuera. Los había de muchas clases; vayan por muestra dos recetas para confeccionar este sabroso plato. Se mezclaba manteca de cerdo derretida con leche, hasta formar una masa espesa; añadíase queso fresco, yemas de huevos, y sesos; envolvíase la pasta en una hoja de higuera, y se ponía a cocer en un caldo de aves o de cabrito. Después se retiraba del fuego, se separaba la hoja y se sumergía en una cazuela llena de miel hirviendo. El manjar se servía después de cuajada la mezcla. Otra menos complicada: se mezclaban un trozo de tocino, harina de trigo común, leche, y una yema de huevo, y se envolvía la pasta en hojas de higuera. ↩
- Se supone que para sacar las carnes del asador. ↩
- Era una de las acusaciones públicas, lo mismo que la deserción. ↩
- El verbo θωρήσσω significa: ponerse una coraza, y embriagarse. ↩
- El corega tenía a su cargo ordenar por su cuenta los gastos teatrales. Parece que Antímaco trató mezquinamente a los artistas. Además hizo aprobar un decreto en que se prohibía a los poetas cómicos poner en escena con su propio nombre a los ciudadanos atenienses; por lo cual hubieron de retirarse muchas comedias, y quedaron reducidos a la mendicidad gran parte de los coristas. ↩
- Ladrón de vestidos. ↩
- Este Cratino es el mismo del verso 849, y no el poeta cómico. ↩
- Parodia de algún poeta trágico. ↩
- Los invitados a las fiestas solemnes no pagaban escote. ↩
- Sobrenombre de Apolo, honrado como dios de la medicina. ↩
- Meum penem ambæ medium prehendite. ↩
- Tentigine rumpor, et in tenebris futuere gestio. ↩
- Dios de la medicina. ↩