Saltar al contenido
Crimen y castigo

Capítulo 11 de 41

Índice

Capítulo 11

Segunda parte. Capítulo IV

Crimen y castigo · Fiódor Dostoyevski

Zosímov era un hombre alto y gordo, de cara abotagada, de una palidez descolorida y bien afeitada, de pelo lacio rubio desvaído, con anteojos y un gran anillo de oro en un dedo hinchado de grasa. Tenía unos veintisiete años. Vestía un abrigo liviano, amplio y elegante, pantalones claros de verano, y en general todo en él era amplio, elegante y flamante; la ropa blanca, impecable; la cadena del reloj, maciza. Sus maneras eran lentas, como desganadas, y al mismo tiempo de una desenvoltura estudiada; una pretensión, aunque disimulada con empeño, asomaba a cada momento. Todos los que lo conocían lo consideraban un hombre pesado, pero decían que conocía su oficio.

—Yo, hermano, fui dos veces a tu casa… ¡Mira, volvió en sí! —gritó Razumíjin.

—Ya veo, ya veo; bueno, ¿y cómo nos sentimos ahora, eh? —se dirigió Zosímov a Raskólnikov, mirándolo con fijeza y sentándose en el sofá, a sus pies, donde enseguida se repantigó todo lo que pudo.

—Pues sigue de mal humor —prosiguió Razumíjin—. Le cambiamos la ropa blanca hace un momento y casi se echa a llorar.

—Es comprensible; la ropa blanca se podía cambiar después, si él no quiere… El pulso está estupendo. ¿La cabeza todavía le duele un poco, eh?

—¡Estoy sano, estoy completamente sano! —dijo Raskólnikov con insistencia e irritación, incorporándose de pronto en el sofá y con un destello en los ojos, pero enseguida volvió a dejarse caer sobre la almohada y se volvió hacia la pared. Zosímov lo observaba con fijeza.

—Muy bien… todo como debe ser —dijo con desgana—. ¿Ha comido algo?

Se lo contaron y le preguntaron qué se le podía dar.

—Pues se le puede dar de todo… Sopa, té… Hongos y pepinos, desde luego, no, y tampoco carne de vaca, y… bueno, ¡para qué hablar tanto!… —Intercambió una mirada con Razumíjin—. Fuera el jarabe y fuera todo; y mañana lo veré… Aunque hoy también… bueno, en fin…

—¡Mañana por la tarde lo llevo a pasear! —decidió Razumíjin—. Al jardín Yusúpov, y después pasaremos por el «Palais de Cristal».

—Mañana yo ni lo movería, aunque… un poco… bueno, ya veremos.

—¡Qué fastidio! Justo hoy celebro la mudanza, a dos pasos de aquí; ojalá viniera él. ¡Aunque fuera para quedarse acostado en el sofá entre nosotros! ¿Tú vienes? —se dirigió de pronto Razumíjin a Zosímov—. No te olvides, eh, lo prometiste.

—Quizá, más tarde. ¿Qué has organizado?

—Nada, té, vodka, arenque. Servirán una empanada: vendrán los amigos.

—¿Quiénes exactamente?

—Todos de aquí, y casi todos nuevos, de verdad; salvo quizá mi viejo tío, y ese también es nuevo: llegó ayer a Petersburgo por unos asuntillos; nos vemos una vez cada cinco años.

—¿Quién es?

—Pues se pasó la vida vegetando como jefe de correos de distrito… cobra una pensioncita, sesenta y cinco años, no vale la pena hablar de él… Aunque lo quiero. Vendrá Porfiri Petróvich: el juez de instrucción de aquí… un jurista. Sí, si tú lo conoces…

—¿También es pariente tuyo, o algo así?

—Lejanísimo, de algún modo; ¿pero por qué frunces el ceño? ¿Porque una vez se pelearon, quizá no vas a venir?

—Me importa un comino…

—Mejor que mejor. Bueno, y además, estudiantes, un maestro, un funcionario, un músico, un oficial, Zamétov…

—Dime, por favor, ¿qué puedes tener en común tú, o este —Zosímov señaló con la cabeza a Raskólnikov—, con un Zamétov cualquiera?

—¡Ay, estos gruñones! ¡Principios!… Todo tú estás sobre principios, como sobre resortes; no te atreves a darte la vuelta por tu propia voluntad; y para mí, si es buena persona, ese es el principio, y no quiero saber nada más. Zamétov es una persona maravillosa.

—Y se llena los bolsillos.

—¡Bueno, se llena los bolsillos, y qué! ¿Y qué tiene que se los llene? —gritó de pronto Razumíjin, irritándose de un modo algo antinatural—. ¿Acaso te lo alabé por llenarse los bolsillos? ¡Dije que solo en su género es bueno! Y si se mira a todos de frente, en todos los géneros, ¿cuántas buenas personas quedarían? ¡Si estoy seguro de que por mí, con tripas y todo, darían una sola cebolla asada, y eso si te dan a ti de propina!…

—Es poco; yo por ti daría dos…

—¡Y yo por ti solo una! ¡Sigue haciéndote el gracioso! Zamétov todavía es un chiquillo, todavía le voy a tirar de las mechas, porque hay que atraerlo y no rechazarlo. Rechazando a un hombre no lo corriges, y menos a un chiquillo. Con un chiquillo hay que tener el doble de cuidado. ¡Eh, ustedes, cabezas duras progresistas, no entienden nada! No respetan al hombre, se ofenden a sí mismos… Y si quieres saberlo, entre nosotros, quizá, hasta ha nacido un asunto en común.

—Me gustaría saberlo.

—Pues todo es por el asunto del pintor, es decir, del pintor de paredes… ¡Ya lo sacaremos de esta! Aunque ahora no hay ningún peligro. ¡El asunto ahora es completamente, completamente evidente! Solo vamos a echarle más leña.

—¿Pero qué pintor es ese?

—¿Cómo, no te lo conté? ¿O no? Ah, es verdad, solo te conté el principio… lo del asesinato de la vieja prestamista, viuda de un funcionario… bueno, y ahora está metido también un pintor…

—Pues de ese asesinato ya había oído yo antes que tú, y hasta me interesa el asunto… en parte… por cierta razón… ¡y lo leí en los periódicos! Pero…

—¡A Lizaveta también la mataron! —soltó de pronto Nastasia, dirigiéndose a Raskólnikov. Había estado todo el tiempo en la habitación, pegada a la puerta, escuchando.

—¿A Lizaveta? —murmuró Raskólnikov con voz apenas audible.

—Pues sí, a Lizaveta, la revendedora, ¿no la conoces? Venía aquí abajo. Hasta te remendó una camisa.

Raskólnikov se volvió hacia la pared, donde, en el papel sucio y amarillo con florecitas blancas, eligió una flor blanca desgarbada, con unas rayitas marrones, y se puso a examinarla: cuántas hojitas tenía, qué dientecitos había en las hojitas y cuántas rayitas. Sentía que se le habían entumecido los brazos y las piernas, como si se le hubieran paralizado, pero ni intentó moverse y miraba obstinadamente la flor.

—¿Y entonces qué hay del pintor? —interrumpió Zosímov con un disgusto especial la charla de Nastasia. Esta suspiró y se calló.

—¡Que también lo anotaron como asesino! —prosiguió con ardor Razumíjin.

—¿Hay alguna prueba, o qué?

—¡Qué diablos de prueba! Aunque, sí, justamente por una prueba, pero esa prueba no es una prueba, ¡eso es lo que hay que demostrar! Es exactamente como al principio, cuando detuvieron y sospecharon de esos, cómo se llaman… Koch y Pestriakov. ¡Bah! ¡Qué estúpidamente se hace todo esto, hasta da asco aunque a uno no le toque! Pestriakov quizá venga hoy a mi casa… A propósito, Rodia, tú ya conoces este asunto, pasó antes de tu enfermedad, justo la víspera de que te desmayaras en la comisaría, cuando allí se hablaba de eso…

Zosímov miró con curiosidad a Raskólnikov; este no se movía.

—¿Sabes qué, Razumíjin? Te miro y pienso: qué metido en todo eres, sin embargo —observó Zosímov.

—Será, ¡pero de todos modos lo sacaremos! —gritó Razumíjin, dando un puñetazo en la mesa—. ¿Porque qué es lo más indignante aquí? No es que mientan; la mentira siempre se puede perdonar; la mentira es algo simpático, porque lleva a la verdad. No, lo que fastidia es que mienten y encima adoran su propia mentira. Yo respeto a Porfiri, pero… ¿Qué es, por ejemplo, lo que los desconcertó primero? La puerta estaba cerrada, y cuando llegaron con el portero, estaba abierta: ¡entonces Koch y Pestriakov la mataron! Esa es su lógica.

—No te acalores; simplemente los detuvieron; no se puede… A propósito: yo me he cruzado con ese Koch; resultó que le compraba a la vieja las prendas vencidas, ¿no? ¿Eh?

—¡Sí, un estafador de algún tipo! También compra pagarés. Un negociante. ¡Pero al diablo con él! ¿Sabes con qué me enojo yo, lo entiendes? Me enojo con su rutina decrépita, vulgarísima, anquilosada… Y aquí, en este solo asunto, se podría abrir todo un camino nuevo. Con solo los datos psicológicos se puede mostrar cómo hay que dar con la verdadera pista. «¡Nosotros tenemos hechos!», dicen. ¡Pero los hechos no son todo; por lo menos la mitad del asunto está en cómo sabes manejar los hechos!

—¿Y tú sabes manejar los hechos?

—Es que no se puede callar cuando sientes, sientes a tientas, que podrías ayudar en el asunto, si… ¡Eh!… ¿Conoces el asunto en detalle?

—Pues estoy esperando lo del pintor.

—¡Ah, es verdad! Bueno, escucha la historia: justo al tercer día después del asesinato, por la mañana, cuando todavía andaban mimando a Koch y a Pestriakov, aunque ellos demostraron cada uno de sus pasos, ¡la evidencia salta a la vista!, se presenta de pronto el hecho más inesperado. Un tal campesino Dushkin, dueño de una taberna justo enfrente de aquella casa, se presenta en la comisaría y trae un estuche de joyería con unos aretes de oro y cuenta toda una novela: «Anteayer al atardecer, dice, a eso de las ocho y pico (¡el día y la hora!, ¿te das cuenta?), vino corriendo a verme un obrero pintor, que ya ese día había pasado por mi casa, Mikolái, y me trajo esta cajita con unos aretitos de oro con piedritas, y me pidió por ellos dos rublos en prenda, y a mi pregunta de dónde los había sacado, declaró que los había recogido en la acera. Yo no le pregunté más —esto lo dice Dushkin—, y le saqué un billetito, es decir, un rublo, porque pensé que si no me los empeñaba a mí, se los empeñaría a otro, y de todos modos se lo bebería, y mejor que el objeto estuviera en mi casa: lo que guardas lejos lo tienes más cerca, y si aparece algo o corren rumores, lo presento». Bueno, desde luego, cuenta cuentos de vieja, miente como respira, porque yo conozco a ese Dushkin, él mismo presta sobre prendas y esconde lo robado, y un objeto de treinta rublos no se lo birló a Mikolái para «presentarlo». Simplemente se asustó. Bueno, al diablo, escucha; sigue Dushkin: «Y a ese campesino, a Mikolái Deméntiev, lo conozco desde chico, es de nuestra provincia y de nuestro distrito, el de Zaraisk, porque nosotros mismos somos de Riazán. Y Mikolái, aunque no es un borracho, bebe, y sabíamos que trabajaba en esa misma casa, pintando, junto con Mitréi, y Mitréi y él son de la misma tierra. Y cuando recibió el billetito, lo cambió enseguida, se tomó de una vez dos vasitos, recogió el cambio y se fue, y a Mitréi no lo vi con él a esa hora. Y al día siguiente oímos que a Aliona Ivánovna y a su hermana Lizaveta Ivánovna las habían matado con un hacha, y nosotros las conocíamos, señor, y me entró recelo por los aretes, porque sabíamos que la difunta prestaba dinero sobre objetos. Fui a la casa de ellas y empecé a averiguar con cuidado por mi cuenta, a pasitos callados, y lo primero que pregunté fue si estaba Mikolái. Y me dijo Mitréi que Mikolái se había ido de juerga, que había llegado a casa al amanecer, borracho, que había estado en casa unos diez minutos y se había vuelto a ir, y que Mitréi ya no lo había visto después y estaba terminando solo el trabajo. Y el trabajo de ellos está en la misma escalera que las asesinadas, en el segundo piso. Oído todo eso, nosotros entonces no le dijimos nada a nadie —esto lo dice Dushkin—, y averiguamos todo lo que pudimos del asesinato y volvimos a casa con el mismo recelo de antes. Y hoy por la mañana, a las ocho —es decir, al tercer día, ¿entiendes?—, veo que entra Mikolái, no sobrio, pero tampoco muy borracho, que podía entender una conversación. Se sentó en el banco, callado. Y aparte de él, en la taberna había en ese momento un solo forastero, y otro dormía en un banco, un conocido, y dos de nuestros muchachos, señor. “¿Viste a Mitréi?”, le pregunto. “No, dice, no lo vi”. “¿Y aquí no estuvo?” “No estuvo, dice, desde anteayer”. “¿Y hoy dónde pasaste la noche?” “En Peskí, dice, con unos de Kolomna”. “¿Y de dónde sacaste, digo, aquella vez los aretes?” “Los encontré en la acera”, y lo dice como sin ganas, y sin mirar. “¿Y oíste, digo, que pasó esto y aquello aquella misma tarde y a esa hora, en aquella escalera?” “No, dice, no lo oí”, y escucha con los ojos desorbitados, y de pronto se puso blanco como la tiza. Yo le voy contando, miro, y él agarra la gorra y empieza a levantarse. Entonces quise retenerlo: “Espera, Mikolái, digo, ¿no te tomas algo?”. Y le hice una seña al muchacho para que sujetara la puerta, y salgo de detrás del mostrador: y él entonces se me escapa como un rayo, y a la calle, y corriendo, y al callejón, y no lo vi más. Ahí se me acabó el recelo, porque el pecado es suyo, así como lo digo…»

—¡Claro!… —dijo Zosímov.

—¡Espera! ¡Escucha el final! Se lanzaron, desde luego, a toda prisa a buscar a Mikolái: detuvieron a Dushkin y le hicieron un registro, a Mitréi también; les revolvieron todo también a los de Kolomna; y de pronto, anteayer, traen al propio Mikolái: lo detuvieron cerca de la barrera de …ski, en una posada. Llegó allí, se quitó la cruz, de plata, y pidió por la cruz una copita de vodka. Se la dieron. Al cabo de unos minutos, una mujer fue al establo y ve por una rendija: él, al lado, en el cobertizo, había atado la faja a una viga, había hecho un lazo; se había subido a un tronco y quería ponerse el lazo al cuello; la mujer pegó un grito con todas sus fuerzas, acudieron corriendo: «¡Así que eres de esos!». «Llévenme, dice, a tal comisaría; lo confesaré todo». Bueno, con los honores debidos lo presentaron en tal comisaría, aquí, es decir. Bueno, esto y aquello, quién, cómo, cuántos años, «veintidós», etcétera, etcétera. Pregunta: «Cuando trabajaban con Mitréi, ¿no vieron a nadie en la escalera a tal y tal hora?». Respuesta: «Se sabe que pasaba gente, quizá, pero no nos fijamos». «¿Y no oyeron nada, algún ruido o algo?» «No oímos nada así especial». «¿Y sabías tú, Mikolái, ese mismo día, que a tal viuda, en tal día y a tal hora, la habían matado y robado junto con su hermana?» «No sé nada ni de nada me entero. La primera vez lo oí de Afanasi Pávlych, al tercer día, en la taberna». «¿Y de dónde sacaste los aretes?» «Los encontré en la acera». «¿Por qué al día siguiente no fuiste al trabajo con Mitréi?» «Porque me fui de juerga». «¿Y dónde anduviste de juerga?» «Pues aquí y allá». «¿Por qué huiste de Dushkin?» «Porque nos asustamos mucho entonces». «¿De qué te asustaste?» «De que me condenaran». «¿Y cómo pudiste asustarte de eso, si no te sientes culpable de nada?…» Bueno, créelo o no, Zosímov, esa pregunta se le hizo, y literalmente con esas palabras, lo sé con certeza, ¡me lo contaron fielmente! ¿Qué tal? ¿Qué tal?

—Bueno, no, pero las pruebas existen.

—¡No hablo ahora de las pruebas, hablo de la pregunta, de cómo entienden ellos su propia esencia! ¡Bueno, diablos!… Bueno, lo apretaron y apretaron, lo presionaron y presionaron, y confesó: «No los encontré en la acera, dice, sino en la vivienda donde pintábamos con Mitréi». «¿De qué manera?» «Pues de esta misma manera: estuvimos pintando con Mitréi todo el día, hasta las ocho, y ya nos íbamos a ir, y Mitréi agarró la brocha y me pasó pintura por la cara, me embadurnó la cara con pintura, y salió corriendo, y yo detrás. Y yo corro detrás de él y grito con todas mis fuerzas; y al salir de la escalera al pasaje, me choqué de golpe con el portero y con unos señores, y cuántos señores había con él no me acuerdo, y el portero me insultó por eso, y el otro portero también me insultó, y salió la mujer del portero y también nos insultó, y un señor entraba al pasaje con una señora y también nos insultó, porque Mitka y yo quedamos tirados atravesados en el camino: yo agarré a Mitka de los pelos y lo tiré y me puse a darle golpes, y Mitka también, desde abajo, me agarró de los pelos y se puso a darme golpes, y no lo hacíamos por rabia, sino por puro cariño, jugando. Y después Mitka se soltó y salió corriendo a la calle, y yo detrás, pero no lo alcancé y volví solo a la vivienda, porque había que recoger. Me puse a recoger y espero a Mitréi, a ver si viene. Y junto a la puerta del recibidor, detrás de la pared, en el rincón, pisé la cajita. Miro: ahí está, envuelta en papel. Le saqué el papel, veo unos ganchitos así de chiquitos, soltamos los ganchitos, y en la cajita, unos aretes…»

—¿Detrás de la puerta? ¿Estaba detrás de la puerta? ¿Detrás de la puerta? —exclamó de pronto Raskólnikov, mirando a Razumíjin con ojos turbios y asustados, y se incorporó despacio, apoyándose en la mano, en el sofá.

—Sí… ¿y qué? ¿Qué te pasa? ¿Por qué te pones así? —También Razumíjin se levantó de su sitio.

—¡Nada!… —respondió Raskólnikov con voz apenas audible, volviendo a dejarse caer sobre la almohada y volviéndose otra vez hacia la pared. Todos callaron un rato.

—Se habrá adormilado, debe de estar medio dormido —dijo por fin Razumíjin, mirando con aire interrogante a Zosímov; este hizo un leve gesto negativo con la cabeza.

—Bueno, sigue —dijo Zosímov—, ¿qué más?

—¿Qué más? En cuanto vio los aretes, enseguida, olvidándose de la vivienda y de Mitka, agarró la gorra y corrió a casa de Dushkin y, como se sabe, recibió de él un rublo, y le mintió que los había encontrado en la acera, y enseguida se fue de juerga. Y sobre el asesinato confirma lo de antes: «No sé nada ni de nada me entero, solo al tercer día lo oí». «¿Y por qué no te presentaste hasta ahora?» «De miedo». «¿Y para qué quisiste ahorcarte?» «Por darle vueltas». «¿Vueltas a qué?» «A que me condenarían». Bueno, esa es toda la historia. Ahora, ¿qué crees que sacaron de esto?

—Pero qué hay que pensar, hay una pista, sea la que sea, pero la hay. Un hecho. ¿No van a soltar a tu pintor, no?

—¡Pero si ahora lo anotaron directamente como asesino! Ya no tienen ninguna duda…

—Mentira; te acaloras. ¿Y los aretes? Reconoce tú mismo que si ese mismo día y a esa misma hora van a parar a manos de Nikolái unos aretes del baúl de la vieja, reconoce tú mismo que de algún modo tuvieron que ir a parar allí. Eso no es poco en una investigación así.

—¡Cómo fueron a parar! ¿Cómo fueron a parar? —exclamó Razumíjin—. ¿Y es posible que tú, médico, tú que, antes que nada, tienes la obligación de estudiar al hombre y tienes la oportunidad, antes que ningún otro, de estudiar la naturaleza humana, es posible que no veas, por todos estos datos, qué naturaleza es la de este Nikolái? ¿Es posible que no veas desde el primer momento que todo lo que declaró en los interrogatorios es la verdad más santa? Fueron a parar a sus manos exactamente como él declaró. ¡Pisó la cajita y la recogió!

—¡La verdad más santa! ¿Pero él mismo no confesó que la primera vez mintió?

—Escúchame, escucha con atención: el portero, y Koch, y Pestriakov, y el otro portero, y la mujer del primer portero, y una mieshchanka que estaba sentada en ese momento con ella en la portería, y el consejero de corte Kriúkov, que en ese mismo momento bajaba de un coche y entraba al pasaje del brazo de una señora, todos, es decir, ocho o diez testigos, declaran unánimemente que Nikolái tenía aplastado a Dmitri contra el suelo, estaba encima de él y le daba golpes, y el otro se le había prendido de los pelos y también le daba golpes. Están tirados atravesados en el camino y cierran el paso; los insultan desde todos lados, y ellos, «como niños chicos» (expresión literal de los testigos), están uno encima del otro, chillan, se pelean y se ríen a carcajadas, los dos se ríen a cual más, con las caras más graciosas, y salen corriendo a la calle uno detrás del otro, persiguiéndose, como niños. ¿Lo oíste? Ahora fíjate bien: los cuerpos arriba todavía estaban tibios, ¿oyes?, tibios, ¡así los encontraron! Si los mataron ellos, o solo Nikolái, y además robaron los baúles forzándolos, o si solo participaron de algún modo en el robo, permíteme hacerte una sola pregunta: ¿cuadra semejante estado de ánimo, es decir, los chillidos, las carcajadas, la pelea infantil bajo el portón, con hachas, con sangre, con astucia criminal, con prudencia, con robo? Los mataron en ese mismo momento, apenas cinco o diez minutos antes (porque así resulta, los cuerpos todavía están tibios), y de pronto, abandonando los cuerpos y la vivienda abierta, y sabiendo que acababa de pasar gente hacia allí, y abandonando el botín, se revuelcan como niños chicos en el camino, se ríen a carcajadas, atraen la atención de todos, ¡y de eso hay diez testigos unánimes!

—¡Desde luego, es extraño! Por supuesto, es imposible, pero…

—No, hermano, nada de pero, y si los aretes, que ese mismo día y a esa misma hora aparecieron en manos de Nikolái, constituyen de verdad una prueba material importante en su contra, aunque explicada directamente por sus declaraciones, y por lo tanto una prueba todavía discutible, entonces hay que tomar en consideración también los hechos que lo justifican, tanto más cuanto que son hechos irrefutables. ¿Y qué te parece, por el carácter de nuestra jurisprudencia, aceptarán, o son capaces de aceptar, un hecho así, basado únicamente en una sola imposibilidad psicológica, en un solo estado de ánimo, como un hecho irrefutable que destruye todos los hechos acusatorios y materiales, sean los que sean? No, no lo aceptarán, no lo aceptarán por nada del mundo, porque, dicen, encontraron la cajita y el hombre quiso ahorcarse, «¡lo que no podría haber pasado si no se sintiera culpable!». ¡Esa es la cuestión capital, por eso me acaloro! ¡Entiéndelo!

—Ya veo que te acaloras. Espera, me olvidé de preguntar: ¿qué prueba que la cajita con los aretes es realmente del baúl de la vieja?

—Eso está probado —respondió Razumíjin, frunciendo el ceño y como de mala gana—. Koch reconoció el objeto e indicó quién lo había empeñado, y este demostró con certeza que el objeto era efectivamente suyo.

—Mal. Ahora otra cosa: ¿no vio nadie a Nikolái en el momento en que Koch y Pestriakov subieron, y no se puede probar eso de algún modo?

—Eso es lo malo, que nadie lo vio —respondió Razumíjin con fastidio—, eso es lo peor; ni siquiera Koch y Pestriakov los vieron cuando subían, aunque su testimonio tampoco valdría ahora gran cosa. «Vimos, dicen, que la vivienda estaba abierta, que en ella debían de estar trabajando, pero al pasar no prestamos atención y no recordamos con exactitud si en ese momento había obreros o no».

—Hm. Entonces toda la justificación que hay es que se daban golpes y se reían. Supongamos que es una prueba fuerte, pero… Permíteme ahora: ¿cómo explicas tú todo el hecho? ¿Cómo explicas el hallazgo de los aretes, si de verdad los encontró como declara?

—¿Cómo lo explico? ¿Pero qué hay que explicar? ¡El asunto está claro! Por lo menos, el camino por el que hay que llevar el asunto está claro y probado, y lo probó precisamente la cajita. El verdadero asesino dejó caer esos aretes. El asesino estaba arriba cuando Koch y Pestriakov golpeaban, y se había encerrado con el cerrojo. Koch hizo la tontería de bajar; entonces el asesino salió y bajó corriendo también, porque no tenía ninguna otra salida. En la escalera se escondió de Koch, de Pestriakov y del portero en la vivienda vacía, justo en el momento en que Dmitri y Nikolái salían de ella corriendo; se quedó detrás de la puerta mientras el portero y los otros subían, esperó a que se apagaran los pasos y bajó tranquilísimo, justo en el mismo momento en que Dmitri y Nikolái salían corriendo a la calle, y todos se habían dispersado, y no quedaba nadie bajo el portón. Quizá lo vieron, pero no se fijaron; ¿acaso pasa poca gente? Y la cajita se le cayó del bolsillo mientras estaba detrás de la puerta, y no notó que se le había caído, porque no estaba para eso. Y la cajita prueba claramente que estuvo precisamente allí. ¡Ese es todo el truco!

—¡Ingenioso! No, hermano, eso es ingenioso. ¡Es lo más ingenioso de todo!

—¿Pero por qué, por qué?

—Pues porque todo coincidió con demasiada suerte… y se entrelazó… exactamente como en el teatro.

—¡Eh, eh! —estuvo a punto de exclamar Razumíjin, pero en ese momento se abrió la puerta y entró una persona nueva, que no conocía ninguno de los presentes.