Capítulo 17
Tercera parte. Capítulo III
Crimen y castigo · Fiódor Dostoyevski
Crimen y castigo—¡Está sano, está sano! —gritó alegremente Zosímov al recibir a los que entraban. Había llegado hacía unos diez minutos y estaba sentado en su rincón de la víspera, en el sofá. Raskólnikov estaba sentado en el rincón de enfrente, completamente vestido e incluso cuidadosamente lavado y peinado, cosa que hacía mucho que no le ocurría. La habitación se llenó de golpe, pero aun así Nastasia alcanzó a pasar detrás de los visitantes y se quedó a escuchar.
En efecto, Raskólnikov estaba casi sano, sobre todo en comparación con la víspera, solo que estaba muy pálido, distraído y sombrío. Por fuera parecía un hombre herido o que soporta algún fuerte dolor físico: tenía las cejas fruncidas, los labios apretados, la mirada inflamada. Hablaba poco y de mala gana, como haciendo un esfuerzo o cumpliendo una obligación, y una especie de inquietud aparecía de vez en cuando en sus movimientos.
Solo le faltaba alguna venda en la mano o un dedil de tafetán en un dedo para parecerse por completo a un hombre al que, por ejemplo, le duele mucho un dedo con un absceso, o se ha lastimado una mano, o algo por el estilo.
Por lo demás, también esa cara pálida y sombría se iluminó por un instante como con una luz cuando entraron la madre y la hermana, pero eso solo añadió a su expresión, en lugar de la anterior distracción angustiada, como un tormento más concentrado. La luz se apagó pronto, pero el tormento quedó, y Zosímov, que observaba y estudiaba a su paciente con todo el ardor juvenil de un médico que acaba de empezar a curar, notó con asombro en él, con la llegada de los suyos, en lugar de alegría, como una pesada decisión oculta de soportar una o dos horas de tortura que ya no se podía evitar. Vio después cómo casi cada palabra de la conversación que siguió parecía tocar alguna herida de su paciente y hurgar en ella; pero al mismo tiempo se asombró en parte de la habilidad que tenía hoy para dominarse y ocultar sus sentimientos el monomaníaco de la víspera, que por la menor palabra caía la víspera casi en la furia.
—Sí, ahora yo mismo veo que estoy casi sano —dijo Raskólnikov, besando cariñosamente a su madre y a su hermana, con lo que Pulqueria Aleksándrovna resplandeció enseguida—, y ya no lo digo como ayer —añadió, dirigiéndose a Razumíjin y estrechándole amistosamente la mano.
—Pues yo hasta me he asombrado de él hoy —empezó Zosímov, muy contento de que hubieran llegado, porque en diez minutos ya había perdido el hilo de la conversación con su enfermo—. Dentro de tres o cuatro días, si sigue así, estará completamente como antes, es decir, como estaba hace un mes, o dos… ¿o quizá tres? Porque esto empezó de lejos y se venía preparando… ¿eh? ¿Reconoce ahora que quizá usted mismo tuvo la culpa? —añadió con una sonrisa cautelosa, como si todavía temiera irritarlo con algo.
—Es muy posible —respondió fríamente Raskólnikov.
—Lo digo porque —prosiguió Zosímov, entusiasmado— su completa curación depende ahora, en lo principal, únicamente de usted mismo. Ahora que ya se puede hablar con usted, quisiera inculcarle que es necesario eliminar las causas primeras, por así decirlo, las causas de raíz que influyeron en el nacimiento de su estado enfermizo; entonces se curará; si no, hasta será peor. Esas causas primeras no las conozco, pero usted tiene que conocerlas. Usted es un hombre inteligente y, desde luego, se ha observado a sí mismo. Me parece que el comienzo de su trastorno coincide en parte con su salida de la universidad. Usted no puede quedarse sin ocupación, y por eso el trabajo y una meta firmemente fijada, me parece, podrían ayudarle mucho.
—Sí, sí, tiene usted toda la razón… volveré cuanto antes a la universidad, y entonces todo irá… sobre ruedas…
Zosímov, que había empezado sus sabios consejos en parte también por el efecto ante las señoras, quedó desde luego algo desconcertado cuando, al terminar su discurso y mirar a su oyente, notó en su cara una burla decidida. Por lo demás, eso duró un instante. Pulqueria Aleksándrovna se puso enseguida a agradecerle a Zosímov, en especial la visita nocturna de la víspera en la posada.
—¿Cómo, fue a verlas también de noche? —preguntó Raskólnikov, como alarmándose—. ¿Entonces tampoco ustedes durmieron después del viaje?
—Ay, Rodia, si todo eso fue solo hasta las dos. Dunia y yo, en casa, nunca nos acostábamos antes de las dos.
—Yo tampoco sé cómo agradecérselo —prosiguió Raskólnikov, frunciendo de pronto el ceño y bajando los ojos—. Dejando de lado la cuestión del dinero (perdone que lo mencione —se dirigió a Zosímov—), ya no sé con qué me he merecido de usted una atención tan especial. Sencillamente no lo entiendo… y… y hasta me pesa, porque es incomprensible: se lo digo con franqueza.
—Pero no se irrite —se rió Zosímov con esfuerzo—. Suponga que es usted mi primer paciente; bueno, y los de nuestro oficio, que acabamos de empezar a ejercer, queremos a nuestros primeros pacientes como a hijos propios, y algunos casi se enamoran de ellos. Y yo no ando sobrado de pacientes.
—Y no hablo ya de este —añadió Raskólnikov, señalando a Razumíjin—, que tampoco ha recibido de mí más que ofensas y molestias.
—¡Mira cómo miente! ¿Pero qué, hoy estás sentimental? —gritó Razumíjin.
Si hubiera sido más perspicaz, habría visto que allí no había ningún estado sentimental, sino incluso algo completamente contrario. Pero Avdotia Románovna lo notó. Seguía a su hermano con la mirada fija e inquieta.
—De usted, mamá, ni me atrevo a hablar —prosiguió él, como si recitara una lección aprendida desde la mañana—. Solo hoy he podido darme cuenta un poco de cómo debieron de atormentarse ayer aquí esperando que yo volviera. —Dicho esto, le tendió de pronto la mano a su hermana, en silencio y con una sonrisa. Pero en esa sonrisa asomó esta vez un sentimiento verdadero, auténtico. Dunia agarró enseguida la mano que le tendía y la estrechó con ardor, contenta y agradecida. Era la primera vez que se dirigía a ella después de la pelea de la víspera. La cara de la madre se iluminó de entusiasmo y felicidad al ver esa reconciliación definitiva y sin palabras entre el hermano y la hermana.
—¡Por esto es que lo quiero! —susurró Razumíjin, que todo lo exageraba, volviéndose enérgicamente en la silla—. ¡Tiene estos arranques!…
«Y qué bien le sale todo —pensaba la madre para sí—, qué arranques nobles tiene, y con qué sencillez, con qué delicadeza terminó todo ese malentendido de ayer con su hermana: solo con tenderle la mano en un momento así y mirarla bien… Y qué ojos tan hermosos tiene, y qué hermosa toda la cara… Es hasta más guapo que Dúniechka… Pero, Dios mío, qué ropa lleva, qué espantosamente vestido está. ¡Vasia, el recadero de la tienda de Afanasi Ivánovich, va mejor vestido!… Y así, así, me parece, me lanzaría hacia él y lo abrazaría, y… lloraría, pero tengo miedo… cómo está, ¡Señor!… Si habla con cariño, y tengo miedo. ¿De qué tengo miedo?…»
—¡Ay, Rodia, no lo vas a creer —repuso de pronto, apresurándose a responder a su observación— lo… desdichadas que estábamos ayer Dúniechka y yo! Ahora que ya todo pasó y terminó y todos somos otra vez felices, se puede contar. Imagínate: venimos corriendo aquí para abrazarte, casi directamente desde el vagón, y esa mujer… ¡ah, si aquí está! ¡Buenos días, Nastasia!… nos dice de pronto que estás en cama con delirium tremens y que acabas de escaparte a escondidas del médico, delirando, a la calle, y que habían salido a buscarte. ¡No vas a creer lo que nos pasó! Me acordé justo de cómo murió trágicamente el teniente Potánchikov, un conocido nuestro, amigo de tu padre (tú no te acuerdas de él, Rodia), también con delirium tremens, que salió corriendo del mismo modo y se cayó a un pozo en el patio; solo al día siguiente pudieron sacarlo. Y nosotras, desde luego, lo exageramos todavía más. Quisimos salir corriendo a buscar a Piotr Petróvich, para que al menos con su ayuda… porque estábamos solas, completamente solas —dijo arrastrando la voz, lastimera, y de pronto se cortó del todo, recordando que hablar de Piotr Petróvich todavía era bastante peligroso, a pesar de que «ya todos eran otra vez completamente felices».
—Sí, sí… todo eso, desde luego, es fastidioso… —murmuró en respuesta Raskólnikov, pero con un aire tan distraído y casi desatento que Dúniechka lo miró asombrada.
—¿Qué era lo que quería decir? —prosiguió él, recordando con esfuerzo—. Ah, sí: por favor, mamá, y tú, Dúniechka, no piensen que yo no quería ir a verlas primero hoy y que esperaba que vinieran ustedes primero.
—¡Pero qué dices, Rodia! —exclamó Pulqueria Aleksándrovna, también asombrada.
«¿Qué, nos responde por obligación? —pensó Dúniechka—. Y se reconcilia, y pide perdón, como si cumpliera un servicio o recitara una lección».
—Acabo de despertarme y ya quería ir, pero me retuvo la ropa; ayer me olvidé de decirle a ella… a Nastasia… que lavara esa sangre… Solo ahora alcancé a vestirme.
—¡Sangre! ¿Qué sangre? —se alarmó Pulqueria Aleksándrovna.
—No es nada… no se preocupe. Es sangre porque ayer, cuando andaba algo delirando, me encontré con un hombre atropellado… un funcionario…
—¿Delirando? Pero si te acuerdas de todo —interrumpió Razumíjin.
—Es verdad —respondió Raskólnikov con una solicitud algo especial—, me acuerdo de todo, hasta del menor detalle, pero vaya: ¿por qué hice eso, y fui allí, y dije aquello? Ya no puedo explicarlo bien.
—Un fenómeno demasiado conocido —intervino Zosímov—: la ejecución del acto es a veces magistral, astutísima, pero el gobierno de los actos, el origen de los actos, está trastornado y depende de distintas impresiones enfermizas. Se parece a un sueño.
«Pues quizá hasta sea bueno que me tome casi por loco», pensó Raskólnikov.
—Pero así, quizá, también les pasa a los sanos —observó Dúniechka, mirando con inquietud a Zosímov.
—Una observación bastante acertada —respondió este—. En ese sentido, en efecto, todos nosotros, y muy a menudo, somos casi como locos, con la pequeña diferencia de que los «enfermos» están algo más locos que nosotros, y por eso aquí es necesario distinguir un límite. Y un hombre armónico, es verdad, casi no existe; por decenas, y quizá por muchos cientos de miles, se encuentra uno, y eso en ejemplares bastante endebles…
Ante la palabra «loco», que se le escapó imprudentemente a Zosímov, que se había ido de la lengua con su tema favorito, todos fruncieron el ceño. Raskólnikov estaba sentado como si no prestara atención, pensativo y con una sonrisa extraña en los labios pálidos. Seguía calculando algo.
—Bueno, ¿y qué pasó con ese atropellado? ¡Te interrumpí! —gritó enseguida Razumíjin.
—¿Qué? —pareció despertar este—. Sí… bueno, me manché de sangre cuando ayudaba a llevarlo a su vivienda… A propósito, mamá, ayer hice algo imperdonable; de verdad no estaba en mis cabales. Ayer di todo el dinero que ustedes me mandaron… a su mujer… para el entierro. Ahora es viuda, tísica, una mujer lastimosa… tres huérfanos pequeños, hambrientos… la casa vacía… y hay además una hija… Quizá ustedes mismas lo habrían dado, si lo hubieran visto… Aunque no tenía ningún derecho, lo reconozco, sobre todo sabiendo cómo les costó a ustedes ese dinero. Para ayudar, primero hay que tener ese derecho; si no: «Crevez chiens, si vous n’êtes pas contents!»1 —Se echó a reír—. ¿No es así, Dunia?
—No, no es así —respondió Dunia con firmeza.
—¡Vaya! También tú… ¡con intenciones!… —murmuró él, mirándola casi con odio y sonriendo con burla—. Debí darme cuenta… Bueno, y es loable; mejor para ti… y llegarás a un límite tal que, si no lo cruzas, serás desdichada, y si lo cruzas, quizá serás todavía más desdichada… ¡Aunque todo esto es una tontería! —añadió irritado, fastidiado por haberse dejado llevar sin querer—. Solo quería decir que le pido perdón a usted, mamá —concluyó, brusco y entrecortado.
—Basta, Rodia, ¡estoy segura de que todo lo que haces está bien! —dijo la madre, contenta.
—No esté tan segura —respondió él, torciendo la boca en una sonrisa. Siguió un silencio. Había algo tenso en toda esa conversación, y en el silencio, y en la reconciliación, y en el perdón, y todos lo sentían.
«Pues parece que de verdad me tienen miedo», pensaba Raskólnikov para sí, mirando de soslayo a su madre y a su hermana. Pulqueria Aleksándrovna, en efecto, cuanto más callaba, más se intimidaba.
«De lejos, parece, sí que las quería», le cruzó por la cabeza.
—¿Sabes, Rodia? ¡Marfa Petróvna murió! —soltó de pronto Pulqueria Aleksándrovna.
—¿Qué Marfa Petróvna?
—¡Ay, Dios mío, pues Marfa Petróvna, la de Svidrigáilov! Te escribí tanto sobre ella.
—Ah, ah, sí, me acuerdo… ¿Así que murió? ¿Ah, de verdad? —se sobresaltó de pronto, como despertando—. ¿De verdad murió? ¿Y de qué?
—¡Imagínate, de repente! —se apresuró Pulqueria Aleksándrovna, animada por su curiosidad—. ¡Y justo en el mismo tiempo en que te mandé aquella carta, hasta el mismo día! Imagínate, ese hombre horrible parece que fue la causa de su muerte. ¡Dicen que le dio una paliza terrible!
—¿Acaso vivían así? —preguntó él, dirigiéndose a su hermana.
—No, al contrario. Con ella siempre era muy paciente, hasta cortés. En muchos casos era incluso demasiado indulgente con su carácter, siete años enteros… De pronto, no sé cómo, perdió la paciencia.
—¿Entonces no es tan horrible, si aguantó siete años? Dúniechka, parece que lo justificas.
—¡No, no, es un hombre horrible! No puedo imaginar nada más horrible —respondió Dunia casi con un estremecimiento, frunció las cejas y se quedó pensativa.
—Les pasó por la mañana —prosiguió, apresurándose, Pulqueria Aleksándrovna—. Después de eso ella mandó enseguida enganchar los caballos para ir a la ciudad justo después de comer, porque en esos casos siempre iba a la ciudad; comió en la comida, dicen, con mucho apetito…
—¿Apaleada y todo?
—… Por lo demás, siempre tuvo esa… costumbre, y en cuanto comió, para no atrasarse en salir, se fue enseguida a la casa de baños… Verás, ella se curaba de algo con baños; allí tienen un manantial frío, y se bañaba en él regularmente todos los días, ¡y en cuanto entró en el agua, de pronto le dio un ataque!
—¡Claro! —dijo Zosímov.
—¿Y le pegó muy fuerte?
—Eso da lo mismo —respondió Dunia.
—¡Hm! Aunque, qué ganas tiene usted, mamá, de contar semejantes tonterías —dijo de pronto Raskólnikov, irritado y como sin querer.
—Ay, querido, es que ya no sabía de qué hablar —se le escapó a Pulqueria Aleksándrovna.
—¿Pero qué, todos me tienen miedo, o qué? —dijo él con una sonrisa torcida.
—Eso es verdad —dijo Dunia, mirando directa y severamente a su hermano—. Mamá, al subir la escalera, hasta se santiguó de miedo.
Su cara se torció como por una convulsión.
—¡Ay, qué dices, Dunia! No te enojes, por favor, Rodia… ¿Para qué dices eso, Dunia? —empezó turbada Pulqueria Aleksándrovna—. Es que yo, de verdad, viniendo aquí, todo el camino soñaba, en el vagón, con cómo nos veríamos, con cómo nos contaríamos todo… ¡y era tan feliz que ni vi el camino! ¡Pero qué digo! También ahora soy feliz… No tenías por qué, Dunia… Yo ya soy feliz solo con verte, Rodia…
—Basta, mamá —murmuró él turbado, sin mirarla, y le apretó la mano—. ¡Tendremos tiempo de hablar!
Al decir esto, de pronto se turbó y palideció: otra vez una sensación terrible de hacía poco le recorrió el alma con un frío de muerte; otra vez le resultó de pronto completamente claro y comprensible que acababa de decir una mentira horrible, que no solo ya nunca tendría tiempo de hablar, sino que ya no podía hablar de nada más, nunca y con nadie. La impresión de ese pensamiento torturante fue tan fuerte que, por un instante, casi perdió por completo la conciencia, se levantó y, sin mirar a nadie, fue hacia la puerta.
—¿Qué te pasa? —gritó Razumíjin, agarrándolo del brazo.
Él volvió a sentarse y se puso a mirar alrededor en silencio; todos lo miraban perplejos.
—¡Pero por qué están todos tan aburridos! —exclamó de pronto, de manera completamente inesperada—. ¡Digan algo! ¿Para qué estar así sentados? ¡Vamos, hablen! Pongámonos a conversar… Nos reunimos y nos callamos… ¡Vamos, algo!
—¡Gracias a Dios! Y yo que pensaba que empezaba algo como lo de ayer —dijo Pulqueria Aleksándrovna, santiguándose.
—¿Qué te pasa, Rodia? —preguntó con desconfianza Avdotia Románovna.
—Nada, me acordé de una cosa —respondió él, y de pronto se echó a reír.
—Bueno, si es una cosa, está bien. Porque yo mismo estaba pensando… —murmuró Zosímov, levantándose del sofá—. Pero ya es hora de irme; quizá vuelva… si lo encuentro…
Se despidió y salió.
—¡Qué hombre tan excelente! —observó Pulqueria Aleksándrovna.
—Sí, excelente, magnífico, culto, inteligente… —empezó de pronto Raskólnikov con una precipitación inesperada y con una animación hasta entonces extraordinaria—. Ya no recuerdo dónde lo conocí antes de la enfermedad… Me parece que lo conocí en algún lado… ¡Y este también es una buena persona! —señaló con la cabeza a Razumíjin—. ¿Te gusta, Dunia? —le preguntó, y de pronto, no se sabe por qué, se echó a reír.
—Mucho —respondió Dunia.
—¡Uf, qué… cerdito eres! —dijo Razumíjin, terriblemente turbado y colorado, y se levantó de la silla. Pulqueria Aleksándrovna sonrió levemente, y Raskólnikov soltó una carcajada.
—¿Pero adónde vas?
—Yo también… tengo que irme.
—No tienes ninguna necesidad, ¡quédate! Zosímov se fue, y entonces tú también tienes que irte. No te vayas… ¿Y qué hora es? ¿Son las doce? ¡Qué relojito tan bonito tienes, Dunia! ¿Pero por qué otra vez se callan? ¡Solo hablo yo, yo!…
—Es un regalo de Marfa Petróvna —respondió Dunia.
—Y carísimo —añadió Pulqueria Aleksándrovna.
—¡Ah, ah! Qué grande, casi no es de señora.
—A mí me gustan así —dijo Dunia.
«Entonces no es regalo del novio», pensó Razumíjin, y se alegró no se sabe por qué.
—Y yo que pensaba que era regalo de Luzhin —observó Raskólnikov.
—No, él todavía no le ha regalado nada a Dúniechka.
—¡Ah, ah! ¿Y se acuerda, mamá, de que yo estuve enamorado y quería casarme? —dijo de pronto, mirando a su madre, sorprendida por el giro inesperado y por el tono con que se puso a hablar de eso.
—¡Ay, querido, sí! —Pulqueria Aleksándrovna intercambió una mirada con Dúniechka y con Razumíjin.
—¡Hm! ¡Sí! ¿Y qué les voy a contar? Hasta me acuerdo poco. Era una muchacha tan enfermiza —prosiguió, como si de pronto volviera a quedarse pensativo y bajara los ojos—, muy enferma; le gustaba dar limosna a los pobres, y soñaba siempre con el convento, y una vez se deshizo en lágrimas cuando empezó a hablarme de eso; sí, sí… me acuerdo… me acuerdo bien. Tan feúcha… de cara. De verdad, no sé por qué me encariñé entonces con ella; me parece que porque siempre estaba enferma… Si encima hubiera sido coja o jorobada, me parece que la habría querido todavía más… (Sonrió pensativo). Así… fue una especie de delirio de primavera…
—No, aquí no hay solo un delirio de primavera —dijo con vehemencia Dúniechka.
Él miró con atención y tensión a su hermana, pero no oyó, o incluso no entendió, sus palabras. Después, profundamente pensativo, se levantó, se acercó a su madre, la besó, volvió a su sitio y se sentó.
—¡Todavía la quieres! —dijo conmovida Pulqueria Aleksándrovna.
—¿A ella? ¿Ahora? Ah, sí… ¡habla usted de ella! No. Ahora todo eso está como en el otro mundo… y hace tanto. Y todo alrededor es como si no pasara aquí…
La miró con atención.
—Y también a ustedes… es como si las mirara desde mil verstas… ¡Y el diablo sabrá para qué hablamos de esto! ¿Y para qué preguntar? —añadió con fastidio, y se calló, mordiéndose las uñas y volviendo a quedarse pensativo.
—Qué mala vivienda tienes, Rodia, parece un ataúd —dijo de pronto Pulqueria Aleksándrovna, interrumpiendo el penoso silencio—. Estoy segura de que te has vuelto tan melancólico en parte por la vivienda.
—¿La vivienda?… —respondió él distraído—. Sí, la vivienda contribuyó mucho… yo también lo pensé… Pero si supiera usted, mamá, qué idea tan extraña acaba de decir —añadió de pronto, con una sonrisa extraña.
Un poco más y esa compañía, esos parientes, después de tres años de separación, ese tono familiar de la conversación en medio de la imposibilidad completa de hablar de nada, se le habrían vuelto por fin decididamente insoportables. Había, sin embargo, un asunto impostergable que de un modo o de otro había que resolver sin falta ese día: así lo había decidido ya por la mañana, al despertarse. Ahora se alegró del asunto, como de una salida.
—Mira, Dunia —empezó serio y seco—, desde luego te pido perdón por lo de ayer, pero considero mi deber recordarte otra vez que no renuncio a lo principal. O yo, o Luzhin. Que yo sea un canalla, pero tú no debes serlo. Uno de los dos. Y si te casas con Luzhin, dejo enseguida de considerarte mi hermana.
—¡Rodia, Rodia! Pero si es lo mismo que ayer —exclamó apenada Pulqueria Aleksándrovna—. ¿Y por qué te llamas siempre canalla? ¡No puedo soportarlo! Y ayer lo mismo…
—Hermano —respondió Dunia con firmeza y también con sequedad—, en todo esto hay un error de tu parte. Lo pensé durante la noche y encontré el error. Todo está en que tú, al parecer, supones que yo me sacrifico por alguien y para alguien. No es así en absoluto. Me caso simplemente por mí, porque a mí misma me resulta penoso; y después, desde luego, me alegraré si consigo ser útil a los míos, pero en mi decisión ese no es el motivo principal…
«¡Miente! —pensaba él para sí, mordiéndose las uñas de rabia—. ¡Orgullosa! ¡No quiere reconocer que quiere hacer el bien! ¡Oh, caracteres bajos! Aman como si odiaran… ¡Oh, cómo… los odio a todos!»
—En una palabra, me caso con Piotr Petróvich —prosiguió Dúniechka— porque de dos males elijo el menor. Tengo la intención de cumplir honradamente todo lo que él espera de mí, y por lo tanto no lo engaño… ¿Por qué sonreíste así hace un momento?
También ella se encendió, y en sus ojos brilló la ira.
—¿Lo cumplirás todo? —preguntó él, sonriendo con veneno.
—Hasta cierto límite. La manera y la forma en que Piotr Petróvich pidió mi mano me mostraron enseguida lo que necesita. Desde luego, se tiene en mucho, quizá demasiado, pero espero que también me tenga en mucho a mí… ¿Por qué te ríes otra vez?
—¿Y por qué te pones colorada otra vez? Mientes, hermana, mientes a propósito, solo por terquedad de mujer, solo para salirte con la tuya delante de mí… No puedes respetar a Luzhin: yo lo vi y hablé con él. Entonces te vendes por dinero, y entonces, en todo caso, actúas con bajeza, ¡y me alegro de que por lo menos puedas ponerte colorada!
—¡No es verdad, no miento!… —exclamó Dúniechka, perdiendo toda la sangre fría—. No me casaré con él sin estar convencida de que me aprecia y me valora; no me casaré con él sin estar firmemente convencida de que yo misma puedo respetarlo. Por suerte, puedo convencerme de eso con seguridad, y hoy mismo. ¡Y un matrimonio así no es una vileza, como dices! Y aunque tuvieras razón, aunque de verdad me hubiera decidido a una vileza, ¿no es despiadado de tu parte hablarme así? ¿Por qué me exiges un heroísmo que quizá ni tú tienes? ¡Eso es despotismo, eso es violencia! Si pierdo a alguien, será solo a mí misma… ¡Todavía no he degollado a nadie!… ¿Por qué me miras así? ¿Por qué te pusiste tan pálido? Rodia, ¿qué te pasa? ¡Rodia, querido!…
—¡Señor! ¡Lo hizo desmayar! —exclamó Pulqueria Aleksándrovna.
—No, no… tonterías… ¡no es nada!… Me dio un poco vueltas la cabeza. No es para nada un desmayo… ¡Qué manía con esos desmayos!… ¡Hm! Sí… ¿qué era lo que quería decir? Ah, sí: ¿cómo vas a convencerte hoy mismo de que puedes respetarlo y de que él… te valora, o cómo dijiste? ¿Dijiste hoy, me parece? ¿O oí mal?
—Mamá, muéstrele a mi hermano la carta de Piotr Petróvich —dijo Dúniechka.
Pulqueria Aleksándrovna le entregó la carta con manos temblorosas. Él la tomó con mucha curiosidad. Pero antes de desplegarla, miró de pronto con una especie de asombro a Dúniechka.
—Qué extraño —dijo despacio, como golpeado de pronto por una idea nueva—, ¿pero por qué me afano tanto? ¿Por qué todo este griterío? ¡Cásate con quien quieras!
Hablaba como para sí, pero lo dijo en voz alta y durante un rato miró a su hermana, como desconcertado.
Desplegó por fin la carta, conservando todavía un aire de extraño asombro; después empezó a leer despacio y con atención, y la leyó dos veces. Pulqueria Aleksándrovna estaba especialmente inquieta; y todos esperaban algo especial.
—Esto me asombra —empezó tras pensar un poco, devolviéndole la carta a su madre, pero sin dirigirse a nadie en particular—: si se ocupa de asuntos, es abogado, y hasta su conversación es así… con pretensiones, y en cambio qué mal escribe.
Todos se movieron; no esperaban para nada eso.
—Pero si todos ellos escriben así —observó Razumíjin, cortante.
—¿Acaso la leíste?
—Sí.
—Se la mostramos, Rodia, nosotras… le pedimos consejo hace un rato —empezó turbada Pulqueria Aleksándrovna.
—Es, propiamente, el estilo de los tribunales —interrumpió Razumíjin—: los papeles judiciales todavía se escriben así.
—¿Judicial? Sí, justamente judicial, de oficina… No es que esté muy mal escrito, ni tampoco que sea muy literario: ¡de oficina!
—Piotr Petróvich no oculta que estudió con lo justo y hasta se enorgullece de haberse abierto camino solo —observó Avdotia Románovna, algo ofendida por el tono nuevo de su hermano.
—Bueno, si se enorgullece, será que tiene de qué; no lo contradigo. Tú, hermana, parece que te ofendiste de que de toda la carta yo sacara una observación tan frívola, y crees que hablé a propósito de semejantes pequeñeces para burlarme de ti por despecho. Al contrario: a propósito del estilo se me ocurrió una observación nada superflua en el caso presente. Hay ahí una expresión, «cúlpese usted misma», puesta de un modo muy significativo y claro, y además está la amenaza de que se irá enseguida si yo vengo. Esa amenaza de irse es lo mismo que amenazar con abandonarlas a las dos si son desobedientes, y abandonarlas ahora, cuando ya las ha hecho venir a Petersburgo. Bueno, ¿qué te parece: puede uno ofenderse de una expresión así viniendo de Luzhin del mismo modo que si la hubiera escrito este (señaló a Razumíjin), o Zosímov, o alguno de nosotros?
—N-no —respondió Dúniechka, animándose—, entendí muy bien que está expresado con demasiada ingenuidad y que quizá él simplemente no es un maestro de la escritura… Eso lo razonaste bien, hermano. Ni siquiera lo esperaba…
—Está expresado al estilo judicial, y al estilo judicial no se puede escribir de otro modo, y resultó más grosero de lo que quizá él quería. Por lo demás, debo desilusionarte un poco: en esta carta hay otra expresión, una calumnia sobre mí, y bastante vilecita. Ayer di el dinero a la viuda, tísica y aniquilada, y no «con el pretexto del entierro», sino directamente para el entierro, y no en manos de la hija, muchacha, como él escribe, «de conducta notoria» (y a la que ayer vi por primera vez en mi vida), sino precisamente a la viuda. En todo esto veo un deseo demasiado apresurado de ensuciarme y de enemistarme con ustedes. Y otra vez está expresado al estilo judicial, es decir, con el propósito demasiado a la vista y con una prisa muy ingenua. Es un hombre inteligente, pero para actuar con inteligencia no basta con la inteligencia. Todo esto retrata al hombre y… no creo que te tenga en mucho. Te lo comunico únicamente para tu edificación, porque te deseo sinceramente el bien…
Dúniechka no respondió; su decisión ya estaba tomada desde hacía un rato; solo esperaba la noche.
—¿Y entonces qué decides, Rodia? —preguntó Pulqueria Aleksándrovna, todavía más inquieta que antes por su tono repentino, nuevo, de hombre de negocios.
—¿Qué es eso de «decides»?
—Pues que Piotr Petróvich escribe que no estés en nuestra casa esta noche y que se irá… si vienes. ¿Y entonces tú… vendrás?
—Eso, desde luego, no me toca decidirlo a mí, sino, en primer lugar, a usted, si semejante exigencia de Piotr Petróvich no la ofende, y en segundo lugar, a Dunia, si tampoco se ofende. Y yo haré lo que sea mejor para ustedes —añadió con sequedad.
—Dúniechka ya lo decidió, y yo estoy completamente de acuerdo con ella —se apresuró a intercalar Pulqueria Aleksándrovna.
—Decidí pedirte, Rodia, pedirte con insistencia, que estés sin falta en nuestra casa en ese encuentro —dijo Dunia—. ¿Vendrás?
—Vendré.
—Y a usted también le pido que esté en nuestra casa a las ocho —se dirigió a Razumíjin—. Mamá, también lo invito a él.
—Muy bien, Dúniechka. Bueno, como ustedes lo hayan decidido —añadió Pulqueria Aleksándrovna—, que así sea. Y para mí también es más fácil; no me gusta fingir ni mentir; mejor digamos toda la verdad… ¡Que se enoje o no se enoje ahora Piotr Petróvich!
- «¡Revienten, perros, si no están contentos!». ↩