Saltar al contenido
Crimen y castigo

Capítulo 24 de 41

Índice

Capítulo 24

Cuarta parte. Capítulo IV

Crimen y castigo · Fiódor Dostoyevski

Y Raskólnikov fue directamente a la casa del canal donde vivía Sonia. La casa era de tres pisos, vieja y de color verde. Encontró al portero y obtuvo de él indicaciones vagas de dónde vivía el sastre Kapernaúmov. Tras encontrar en un rincón del patio la entrada a una escalera estrecha y oscura, subió por fin al segundo piso y salió a la galería que lo rodeaba del lado del patio. Mientras vagaba en la oscuridad, sin saber dónde podía estar la entrada a casa de Kapernaúmov, de pronto, a tres pasos de él, se abrió una puerta; la agarró maquinalmente.

—¿Quién es? —preguntó alarmada una voz de mujer.

—Soy yo… vengo a verla —respondió Raskólnikov, y entró en un recibidor diminuto. Allí, en una silla hundida, en un candelero de cobre torcido, había una vela.

—¡Es usted! ¡Señor! —exclamó débilmente Sonia, y se quedó clavada en el sitio.

—¿Dónde está su cuarto? ¿Aquí?

Y Raskólnikov, procurando no mirarla, pasó enseguida a la habitación.

Al cabo de un minuto entró también Sonia con la vela, la dejó y se quedó de pie ante él, completamente perdida, toda en una agitación indecible y, por lo visto, asustada por su visita inesperada. De pronto el color le subió a la cara pálida, y hasta se le asomaron lágrimas a los ojos… Sentía náuseas, y vergüenza, y dulzura… Raskólnikov se volvió rápidamente y se sentó en una silla junto a la mesa. De pasada alcanzó a abarcar con la mirada la habitación.

Era una habitación grande, pero extraordinariamente baja, la única que alquilaban los Kapernaúmov, cuya puerta, cerrada con llave, estaba en la pared de la izquierda. En el lado opuesto, en la pared de la derecha, había además otra puerta, siempre cerrada a cal y canto. Allí ya había otra vivienda vecina, con otro número. La habitación de Sonia parecía un cobertizo, tenía la forma de un cuadrilátero muy irregular, y eso le daba algo deforme. La pared de las tres ventanas, que daba al canal, cortaba la habitación de algún modo en diagonal, por lo que un rincón, terriblemente agudo, se perdía en alguna parte del fondo, de modo que con la luz débil ni siquiera se lo podía distinguir bien; y el otro rincón era ya de un ángulo obtuso demasiado deforme. En toda esa habitación grande casi no había muebles. En el rincón de la derecha estaba la cama; junto a ella, más cerca de la puerta, una silla. Contra la misma pared de la cama, justo junto a la puerta de la vivienda ajena, había una mesa sencilla de tablas, cubierta con un mantelito azul; junto a la mesa, dos sillas de mimbre. Después, contra la pared opuesta, cerca del rincón agudo, había una cómoda pequeña, de madera sencilla, como perdida en el vacío. Eso era todo lo que había en la habitación. El papel de la pared, amarillento, raído y gastado, se había ennegrecido en todos los rincones; debía de haber humedad y humo de carbón en invierno. La pobreza era visible; ni siquiera la cama tenía cortinas.

Sonia miraba en silencio a su visitante, que examinaba su habitación con tanta atención y tan poca ceremonia, e incluso empezó por fin a temblar de miedo, como si estuviera ante un juez y árbitro de su suerte.

—Es tarde… ¿Ya son las once? —preguntó él, todavía sin levantar los ojos hacia ella.

—Sí —murmuró Sonia—. ¡Ah, sí, ya son! —se apresuró de pronto, como si en eso estuviera toda la salida para ella—. Acaba de dar la hora el reloj de los dueños… y yo misma lo oí… Ya son.

—Vine a verla por última vez —prosiguió sombrío Raskólnikov, aunque también ahora era solo la primera—. Quizá no la vuelva a ver…

—¿Usted… se va de viaje?

—No sé… todo mañana…

—¿Entonces no irá mañana a casa de Katerina Ivánovna? —le tembló la voz a Sonia.

—No sé. Todo mañana por la mañana… No se trata de eso: vine a decirle una palabra…

Levantó hacia ella su mirada pensativa y de pronto notó que él estaba sentado y ella seguía de pie ante él.

—¿Por qué está de pie? Siéntese —dijo de pronto con una voz cambiada, baja y cariñosa.

Ella se sentó. Él la miró un minuto con afecto y casi con compasión.

—¡Qué delgadita está usted! ¡Mire qué mano tiene! Completamente transparente. Los dedos como de muerta.

Le tomó la mano. Sonia sonrió débilmente.

—Siempre fui así —dijo.

—¿También cuando vivía en casa?

—Sí.

—¡Bueno, desde luego! —dijo él, cortante, y la expresión de su cara y el sonido de su voz volvieron a cambiar de pronto. Miró una vez más alrededor.

—¿Usted le alquila esto a Kapernaúmov?

—Sí, señor…

—¿Ellos están ahí, detrás de la puerta?

—Sí… Ellos tienen una habitación igual.

—¿Todos en una?

—En una, señor.

—Yo en su habitación tendría miedo de noche —observó sombrío.

—Los dueños son muy buenos, muy cariñosos —respondía Sonia, todavía como sin haber vuelto en sí ni haberse repuesto—, y todos los muebles, y todo… todo es de los dueños. Y son muy buenos, y los niños también vienen a verme a menudo…

—¿Los tartamudos?

—Sí, señor… Él tartamudea y además es cojo. Y la mujer también… No es que tartamudee, sino que como que no pronuncia todo. Ella es buena, mucho. Y él fue siervo de una casa. Y niños son siete… y solo el mayor tartamudea, y los otros simplemente están enfermos… pero no tartamudean… ¿Y usted cómo sabe de ellos? —añadió con cierto asombro.

—Su padre me lo contó todo aquella vez. Me lo contó todo de usted… Y de cómo salió usted a las seis y volvió pasadas las ocho, y de cómo Katerina Ivánovna estuvo de rodillas junto a su cama.

Sonia se turbó.

—Hoy fue como si lo viera —susurró indecisa.

—¿A quién?

—A mi padre. Iba por la calle, ahí cerca, en la esquina, pasadas las nueve, y era como si él fuera delante. Y como si fuera él. Ya quería pasar por casa de Katerina Ivánovna…

—¿Usted estaba paseando?

—Sí —susurró Sonia, cortante, volviendo a turbarse y a bajar los ojos.

—¿Katerina Ivánovna casi le pegaba, en casa de su padre, no?

—¡Ay, no, qué dice, qué dice, no! —Sonia lo miró hasta con una especie de susto.

—¿Así que usted la quiere?

—¿A ella? ¡Pero cla-a-aro! —dijo Sonia, arrastrando la voz, lastimera, y juntando de pronto las manos con sufrimiento—. ¡Ay! Usted a ella… Si supiera. Si es completamente como una niña… Si tiene la cabeza como trastornada… de pena. Y qué inteligente era… qué generosa… ¡qué buena! Usted no sabe nada, nada… ¡ay!

Sonia dijo esto como desesperada, agitándose y sufriendo, y retorciéndose las manos. Sus mejillas pálidas volvieron a encenderse, en sus ojos se expresó el tormento. Se veía que habían tocado en ella algo terriblemente hondo, que tenía unas ganas terribles de expresar algo, de decir, de defender. Una especie de compasión insaciable, si se puede decir así, se pintó de pronto en todos los rasgos de su cara.

—¡Pegarme! ¡Pero qué dice! ¡Señor, pegarme! Y aunque me pegara, ¿qué? ¿Y qué? Usted no sabe nada, nada… Es tan desdichada, ¡ay, tan desdichada! Y enferma… Busca la justicia… Es pura. Cree tanto en que en todo tiene que haber justicia, y la exige… Y aunque la torturen, no hará nada injusto. Ella misma no se da cuenta de que es imposible que haya justicia entre la gente, y se irrita… ¡Como una niña, como una niña! ¡Es justa, justa!

—¿Y qué será de usted?

Sonia lo miró con aire interrogante.

—Porque quedaron a su cargo. Es verdad que también antes todo estaba a su cargo, y el difunto iba a pedirle a usted para la resaca. Bueno, ¿y ahora qué será?

—No sé —dijo tristemente Sonia.

—¿Se quedarán allí?

—No sé; deben en esa vivienda; solo que la casera, dicen, dijo hoy que quiere echarlos, y Katerina Ivánovna dice que ella misma no se quedará ni un minuto.

—¿Y de dónde saca tanto valor? ¿Cuenta con usted?

—¡Ay, no, no diga eso!… Somos una sola cosa, vivimos juntas —se agitó otra vez de pronto Sonia, y hasta se irritó, exactamente como si se enojara un canario o algún otro pajarito—. ¿Y qué va a hacer ella? ¿Qué, qué va a hacer? —preguntaba, acalorándose y agitándose—. ¡Y cuánto, cuánto lloró hoy! Se le trastorna la cabeza, ¿no lo notó? Se le trastorna; ya se inquieta, como una niña, de que mañana todo esté decoroso, que haya comida y todo… ya se retuerce las manos, escupe sangre, llora, de pronto se pone a golpear la cabeza contra la pared, como desesperada. Y después vuelve a consolarse, cuenta con usted: dice que usted ahora es su ayuda, y que pedirá un poco de dinero prestado en algún lado y se irá a su ciudad, conmigo, y abrirá un pensionado para señoritas nobles, y a mí me tomará de celadora, y empezará para nosotras una vida completamente nueva, hermosa, y me besa, me abraza, me consuela, ¡y cree tanto! ¡Cree tanto en sus fantasías! ¿Acaso se le puede contradecir? Y ella misma hoy se pasó todo el día lavando, limpiando, arreglando, ella misma metió la tina en la habitación, con sus pocas fuerzas, se quedó sin aliento y cayó en la cama; y por la mañana todavía fuimos con ella a las tiendas a comprarles zapatitos a Pólechka y a Lionia, porque se les rompieron todos, solo que no nos alcanzó el dinero según la cuenta, faltó muchísimo, y ella eligió unos botincitos tan lindos, porque tiene gusto, usted no sabe… Allí mismo en la tienda se echó a llorar, delante de los comerciantes, porque no alcanzaba… Ay, qué lástima daba verla.

—Bueno, después de eso se entiende que usted… viva así —dijo Raskólnikov con una sonrisa amarga.

—¿Y a usted no le da lástima? ¿No le da lástima? —volvió a saltar Sonia—. Si usted, lo sé, dio lo último que tenía sin haber visto nada todavía. ¡Y si lo hubiera visto todo, oh, Señor! ¡Y cuántas, cuántas veces la hice llorar! ¡Si todavía la semana pasada! ¡Ay, yo! Apenas una semana antes de que él muriera. ¡Actué con crueldad! ¡Y cuántas, cuántas veces lo hice! ¡Ay, qué doloroso fue recordarlo hoy todo el día!

Sonia hasta se retorcía las manos al hablar, por el dolor del recuerdo.

—¿Usted, cruel?

—¡Sí, yo, yo! Fui aquella vez —prosiguió, llorando—, y el difunto me dice: «Léeme, Sonia, me duele un poco la cabeza, léeme… aquí tienes un librito»; tenía un librito, se lo había conseguido de Andréi Semiónych, de Lebeziátnikov, que vive aquí, siempre conseguía unos libritos tan graciosos. Y yo le digo: «Tengo que irme», y así no quise leerle, y había pasado por su casa sobre todo para mostrarle unos cuellitos a Katerina Ivánovna; Lizaveta, la revendedora, me había traído barato unos cuellitos y unos puñitos, bonitos, nuevitos y con dibujo. Y a Katerina Ivánovna le gustaron mucho, se los puso y se miró en el espejo, y le gustaron mucho, mucho: «Regálamelos, Sonia —dice—, por favor». Por favor me lo pidió, y tenía tantas ganas. ¿Y adónde se los iba a poner? Así: ¡solo se acordó del tiempo de antes, del tiempo feliz! Se mira en el espejo, se admira, y no tiene ningún, ningún vestido, ninguna cosa, ¡desde hace tantos años! Y nunca le pide nada a nadie; es orgullosa, antes da ella lo último, y esta vez pidió: ¡tanto le gustaron! Y a mí me dio pena darlos: «¿Para qué los quiere, Katerina Ivánovna?», le digo. Así le dije: «para qué». ¡Eso sí que no tendría que habérselo dicho! Me miró de un modo, y le dolió tanto, tanto que me negara, y daba tanta lástima verla… Y no le dolió por los cuellitos, sino porque me negué, lo vi. ¡Ay, cómo devolvería ahora todo, cómo lo reharía todo, todas esas palabras de antes!… Ay, yo… ¡pero qué digo!… ¡a usted le da lo mismo!

—¿Usted conocía a esa Lizaveta, la revendedora?

—Sí… ¿Y usted la conocía? —preguntó a su vez Sonia, con cierto asombro.

—Katerina Ivánovna tiene tisis, galopante; morirá pronto —dijo Raskólnikov tras un silencio, sin responder a la pregunta.

—¡Ay, no, no, no! —Y Sonia, con un gesto inconsciente, lo agarró de las dos manos, como suplicándole que no.

—Pero si es mejor que muera.

—¡No, no es mejor, no es mejor, para nada es mejor! —repetía ella asustada e inconscientemente.

—¿Y los niños? ¿Adónde los llevará entonces, si no es a su casa?

—¡Ay, ya no sé! —exclamó Sonia casi desesperada, y se agarró la cabeza. Se veía que ese pensamiento ya le había cruzado a ella misma muchas, muchas veces, y él no había hecho más que espantarlo de nuevo.

—¿Y si usted, todavía en vida de Katerina Ivánovna, ahora, se enferma y la llevan al hospital, qué pasará entonces? —insistía él sin piedad.

—¡Ay, qué dice, qué dice! ¡Eso sí que no puede ser! —Y la cara de Sonia se torció de un susto terrible.

—¿Cómo que no puede ser? —prosiguió Raskólnikov con una sonrisa dura—. ¿No estará usted asegurada, no? ¿Entonces qué será de ellos? Saldrán a la calle todos en tropel; ella toserá y pedirá limosna, y golpeará la cabeza contra alguna pared, como hoy, y los niños llorarán… Y después se caerá, la llevarán a la comisaría, al hospital, morirá, y los niños…

—¡Ay, no!… ¡Dios no lo permitirá! —le salió por fin a Sonia del pecho oprimido. Escuchaba mirándolo suplicante y juntando las manos en un ruego mudo, como si todo dependiera de él.

Raskólnikov se levantó y empezó a andar por la habitación. Pasó como un minuto. Sonia estaba de pie, con los brazos caídos y la cabeza gacha, en una angustia terrible.

—¿Y ahorrar no se puede? ¿Guardar para un día negro? —preguntó él, deteniéndose de pronto ante ella.

—No —susurró Sonia.

—¡Desde luego que no! ¿Y lo intentó? —añadió casi con burla.

—Lo intenté.

—¡Y fracasó! ¡Bueno, desde luego! ¡Para qué preguntar!

Y otra vez echó a andar por la habitación. Pasó otro minuto.

—¿No recibe dinero todos los días?

Sonia se turbó todavía más que antes, y el color le volvió a subir a la cara.

—No —susurró con un esfuerzo torturante.

—Con Pólechka seguramente pasará lo mismo —dijo él de pronto.

—¡No! ¡No! ¡No puede ser, no! —gritó Sonia en voz alta, como desesperada, como si de pronto la hubieran herido con un cuchillo—. ¡Dios, Dios no permitirá semejante horror!…

—A otras sí se lo permite.

—¡No, no! ¡A ella la protegerá Dios, Dios!… —repetía, fuera de sí.

—Pero quizá Dios ni siquiera existe —respondió Raskólnikov, hasta con una especie de malicia; se echó a reír y la miró.

La cara de Sonia cambió de pronto terriblemente: la recorrieron convulsiones. Lo miró con un reproche indecible, quiso decir algo, pero no pudo pronunciar nada y solo de pronto se echó a sollozar amarga, amargamente, tapándose la cara con las manos.

—Usted dice que a Katerina Ivánovna se le trastorna la cabeza; a usted misma se le trastorna la cabeza —dijo él tras un silencio.

Pasaron unos cinco minutos. Él seguía andando de un lado a otro, en silencio y sin mirarla. Por fin se acercó a ella; le centelleaban los ojos. La tomó con las dos manos de los hombros y miró directamente su cara llorosa. Su mirada era seca, inflamada, aguda; los labios le temblaban con fuerza… De pronto se inclinó entero rápidamente y, echándose al suelo, le besó el pie. Sonia se apartó de él horrorizada, como de un loco. Y en efecto, él miraba como un completo loco.

—¿Qué hace, qué hace? ¡Ante mí! —murmuró ella, palideciendo, y el corazón se le encogió de pronto con un dolor terrible.

Él se levantó enseguida.

—No me incliné ante ti, me incliné ante todo el sufrimiento humano —dijo de un modo algo salvaje, y se apartó hacia la ventana—. Escucha —añadió, volviendo junto a ella al cabo de un minuto—, hace un rato le dije a un ofensor que no valía tu dedo meñique… y que hoy le hice a mi hermana el honor de sentarla a tu lado.

—¡Ay, qué les dijo! ¿Y delante de ella? —exclamó asustada Sonia—. ¡Sentarse conmigo! ¡Un honor! Pero si yo… soy una deshonrada… ¡una gran, gran pecadora! ¡Ay, qué dijo usted!

—No lo dije de ti por la deshonra y el pecado, sino por tu gran sufrimiento. Y que eres una gran pecadora, eso es así —añadió casi con entusiasmo—, y sobre todo eres pecadora porque te has mortificado y te has entregado en vano. ¡Cómo no va a ser un horror! ¡Cómo no va a ser un horror que vivas en esta inmundicia que tanto odias, y al mismo tiempo sepas tú misma (no hace falta más que abrir los ojos) que con eso no ayudas a nadie ni salvas a nadie de nada! Pero dime por fin —dijo, casi frenético—: ¿cómo pueden convivir en ti semejante vergüenza y semejante bajeza al lado de otros sentimientos opuestos y santos? ¡Sería más justo, mil veces más justo y más razonable, tirarse de cabeza al agua y terminar de una vez!

—¿Y qué será de ellos? —preguntó débilmente Sonia, mirándolo con sufrimiento, pero al mismo tiempo como sin sorprenderse en absoluto de su propuesta. Raskólnikov la miró de un modo extraño.

Lo leyó todo en una sola mirada de ella. Entonces era verdad que ella misma ya había tenido ese pensamiento. Quizá muchas veces y en serio había pensado, desesperada, cómo terminar de una vez, y tan en serio que ahora casi no se sorprendió de su propuesta. Ni siquiera notó la crueldad de sus palabras (el sentido de sus reproches y de su mirada particular sobre su vergüenza, desde luego, tampoco lo notó, y eso era visible para él). Pero comprendió por completo hasta qué dolor monstruoso la había desgarrado, y desde hacía mucho, el pensamiento de su situación deshonrosa y vergonzosa. ¿Qué, qué podía haber detenido hasta ahora, pensaba él, su decisión de terminar de una vez? Y solo entonces comprendió del todo lo que significaban para ella esos pobres niños pequeños, huérfanos, y esa lastimosa Katerina Ivánovna, medio loca, con su tisis y sus golpes de cabeza contra la pared.

Pero no obstante le resultaba otra vez claro que Sonia, con su carácter y con la instrucción que de todos modos había recibido, de ningún modo podía seguir así. De todos modos, para él era una pregunta: ¿por qué había podido seguir tanto tiempo, demasiado ya, en esa situación sin volverse loca, si no tenía fuerzas para tirarse al agua? Desde luego, comprendía que la situación de Sonia era un fenómeno casual en la sociedad, aunque, por desgracia, ni mucho menos aislado ni excepcional. Pero esa misma casualidad, cierta instrucción y toda su vida anterior podrían, parece, haberla matado de golpe en el primer paso por ese camino repugnante. ¿Qué la sostenía? ¿No sería el libertinaje? Toda esa vergüenza, evidentemente, la había tocado solo de un modo mecánico; el verdadero libertinaje todavía no había penetrado ni una gota en su corazón: él lo veía; ella estaba de pie ante él, real…

«Tiene tres caminos —pensaba—: tirarse al canal, ir a parar a un manicomio, o… o, por último, lanzarse al libertinaje, que embota la mente y petrifica el corazón». Este último pensamiento era el que más le repugnaba; pero él ya era escéptico, era joven, abstracto y, por lo tanto, cruel, y por eso no podía dejar de creer que la última salida, es decir, el libertinaje, era la más probable.

«¿Pero será verdad? —exclamó para sí—. ¿Será posible que también esta criatura, que todavía conserva la pureza de espíritu, termine arrastrada conscientemente a ese pozo inmundo y hediondo? ¿Será que ese arrastre ya empezó, y que solo por eso pudo aguantar hasta ahora, porque el vicio ya no le parece tan repugnante? ¡No, no, no puede ser! —exclamaba, como Sonia hacía un rato—. No, del canal la ha retenido hasta ahora el pensamiento del pecado, y ellos, esos… Y si hasta ahora no se ha vuelto loca… ¿Pero quién dijo que no se ha vuelto loca ya? ¿Acaso está en su sano juicio? ¿Acaso se puede hablar como habla ella? ¿Acaso en su sano juicio se puede razonar como razona ella? ¿Acaso se puede estar así, sentada sobre la perdición, justo sobre el pozo hediondo que ya la está arrastrando, y agitar las manos, y taparse los oídos cuando le hablan del peligro? ¿Qué, no estará esperando un milagro? Seguro que sí. ¿Acaso todo esto no son señales de locura?»

Se detuvo con obstinación en ese pensamiento. Esa salida hasta le gustaba más que cualquier otra. Empezó a mirarla con más fijeza.

—¿Así que rezas mucho a Dios, Sonia? —le preguntó.

Sonia callaba; él estaba de pie junto a ella y esperaba la respuesta.

—¿Qué sería yo sin Dios? —susurró ella rápida, enérgicamente, levantando de pasada hacia él los ojos, que de pronto centellearon, y le apretó con fuerza la mano.

«¡Así es, entonces!», pensó él.

—¿Y qué hace Dios por ti a cambio? —preguntó, sondeándola más.

Sonia calló mucho rato, como si no pudiera responder. Su pecho débil se agitaba todo de emoción.

—¡Cállese! ¡No pregunte! ¡Usted no es digno!… —exclamó de pronto, mirándolo con severidad e ira.

«¡Así es! ¡Así es!», se repetía él con insistencia.

—¡Lo hace todo! —susurró ella rápidamente, volviendo a bajar los ojos.

«¡Ahí está la salida! ¡Ahí está la explicación de la salida!», decidió para sí, examinándola con una curiosidad ávida.

Con un sentimiento nuevo, extraño, casi enfermizo, miraba esa carita pálida, delgada e irregular, angulosa, esos ojos azules mansos, capaces de centellear con semejante fuego, con un sentimiento tan severo y enérgico, ese cuerpo pequeño, que todavía temblaba de indignación y de ira, y todo eso le parecía cada vez más extraño, casi imposible. «¡Una loca de Dios1! ¡Una loca de Dios!», se repetía.

Sobre la cómoda había un libro. Cada vez, al ir y venir, lo notaba; ahora lo tomó y lo miró. Era el Nuevo Testamento en traducción rusa. El libro era viejo, usado, con encuadernación de cuero.

—¿Esto de dónde salió? —le gritó desde el otro lado de la habitación. Ella seguía en el mismo lugar, a tres pasos de la mesa.

—Me lo trajeron —respondió ella, como de mala gana y sin mirarlo.

—¿Quién lo trajo?

—Lizaveta lo trajo; yo se lo pedí.

«¡Lizaveta! ¡Qué extraño!», pensó él. Todo en Sonia se le volvía a cada minuto más extraño y más maravilloso. Llevó el libro junto a la vela y se puso a hojearlo.

—¿Dónde está lo de Lázaro? —preguntó de pronto.

Sonia miraba obstinadamente al suelo y no respondía. Estaba de pie un poco de costado a la mesa.

—¿Dónde está la resurrección de Lázaro? Búscamela, Sonia.

Ella lo miró de reojo.

—No mira donde es… en el cuarto evangelio… —susurró con severidad, sin acercarse a él.

—Búscalo y léemelo —dijo él; se sentó, apoyó el codo en la mesa, se sostuvo la cabeza con la mano y clavó sombrío la vista a un costado, preparándose para escuchar.

«Dentro de unas tres semanas, a la séptima versta2, ¡bienvenido! Me parece que yo mismo estaré allí, si no pasa algo peor», murmuraba para sí.

Sonia dio un paso indeciso hacia la mesa, tras haber escuchado con desconfianza el extraño deseo de Raskólnikov. Aun así, tomó el libro.

—¿Acaso no lo leyó? —preguntó, mirándolo por encima de la mesa, de soslayo. Su voz se volvía cada vez más severa.

—Hace mucho… Cuando estudiaba. ¡Lee!

—¿Y en la iglesia no lo oyó?

—Yo… no iba. ¿Y tú vas a menudo?

—N-no —susurró Sonia.

Raskólnikov sonrió.

—Entiendo… ¿Entonces mañana tampoco irás al entierro de tu padre?

—Iré. Y la semana pasada también fui… mandé decir un responso.

—¿Por quién?

—Por Lizaveta. La mataron con un hacha.

Sus nervios se irritaban cada vez más. La cabeza empezó a darle vueltas.

—¿Eras amiga de Lizaveta?

—Sí… Era justa… venía… pocas veces… no se podía. Leíamos juntas y… hablábamos. Ella verá a Dios.

Le sonaban extrañas esas palabras de libro, y otra vez una novedad: unos encuentros misteriosos con Lizaveta, y las dos, locas de Dios.

«¡Aquí uno mismo termina volviéndose loco de Dios! ¡Es contagioso!», pensó. —¡Lee! —exclamó de pronto con insistencia e irritación.

Sonia seguía vacilando. El corazón le golpeaba. No sé cómo, no se atrevía a leerle. Casi con tormento miraba él a la «desdichada loca».

—¿Para qué lo quiere? Si usted no cree… —susurró ella en voz baja y como ahogándose.

—¡Lee! ¡Así lo quiero! —insistía él—. ¡Si a Lizaveta se lo leías!

Sonia abrió el libro y buscó el lugar. Le temblaban las manos, le faltaba la voz. Empezó dos veces, y no le salía la primera sílaba.

«Estaba entonces enfermo uno llamado Lázaro, de Betania…», pronunció por fin, con esfuerzo, pero de pronto, a la tercera palabra, la voz resonó y se quebró, como una cuerda demasiado tensa. Se le cortó el aliento, y se le oprimió el pecho.

Raskólnikov comprendía en parte por qué Sonia no se decidía a leerle, y cuanto más lo comprendía, con más grosería e irritación parecía insistir en la lectura. Comprendía demasiado bien lo penoso que le resultaba ahora entregar y poner al descubierto todo lo suyo. Comprendió que esos sentimientos constituían en efecto su verdadero secreto, y ya antiguo, quizá desde la adolescencia, todavía en la familia, junto al padre desdichado y a la madrastra enloquecida de pena, en medio de los niños hambrientos, de los gritos monstruosos y de los reproches. Pero al mismo tiempo supo ahora, y supo con seguridad, que, aunque estaba angustiada y temía algo terriblemente al ponerse ahora a leer, al mismo tiempo ella misma tenía unas ganas torturantes de leer, a pesar de toda la angustia y de todos los temores, y precisamente a él, para que él lo oyera, y sin falta ahora, «¡pase lo que pase después!»… Lo leyó en sus ojos, lo comprendió por su agitación exaltada… Ella se dominó, reprimió el espasmo de la garganta que le había cortado la voz al comienzo del versículo, y siguió leyendo el capítulo undécimo del Evangelio de Juan. Así llegó hasta el versículo 19:

«Y muchos de los judíos habían venido a Marta y a María, a consolarlas por su hermano. Marta, cuando oyó que Jesús venía, salió a encontrarlo; pero María se quedó en casa. Y Marta dijo a Jesús: Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto. Mas también sé ahora que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo dará».

Aquí se detuvo otra vez, presintiendo con pudor que la voz volvería a temblarle y a quebrársele…

«Jesús le dijo: Tu hermano resucitará. Marta le dijo: Yo sé que resucitará en la resurrección, en el último día. Le dijo Jesús: Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá. Y todo aquel que vive y cree en mí no morirá eternamente. ¿Crees esto? Ella le dijo:

(y como recobrando el aliento con dolor, Sonia leyó separando las palabras y con fuerza, como si ella misma confesara su fe en voz alta ante todos:)

Sí, Señor; yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, que has venido al mundo».

Estuvo a punto de detenerse, levantó rápidamente los ojos hacia él, pero enseguida se dominó y siguió leyendo. Raskólnikov estaba sentado y escuchaba inmóvil, sin volverse, con el codo apoyado en la mesa y mirando a un costado. Llegaron hasta el versículo 32.

«Y María, cuando llegó adonde estaba Jesús, al verlo, se postró a sus pies, diciéndole: Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto. Jesús entonces, cuando la vio llorando, y a los judíos que habían venido con ella también llorando, se estremeció en espíritu y se conmovió, y dijo: ¿Dónde lo pusieron? Le dijeron: Señor, ven y ve. Jesús lloró. Dijeron entonces los judíos: Miren cómo lo amaba. Y algunos de ellos dijeron: ¿No podía este, que abrió los ojos al ciego, hacer también que este no muriera?».

Raskólnikov se volvió hacia ella y la miraba con agitación: ¡sí, así es! Ella ya temblaba toda con una fiebre real, verdadera. Él lo esperaba. Se acercaba a la palabra sobre el milagro más grande e inaudito, y la invadía un sentimiento de gran triunfo. Su voz se había vuelto sonora como el metal; el triunfo y la alegría resonaban en ella y la fortalecían. Las líneas se le mezclaban ante los ojos, porque la vista se le oscurecía, pero sabía de memoria lo que leía. En el último versículo, «¿No podía este, que abrió los ojos al ciego…?», ella, bajando la voz, transmitió con ardor y pasión la duda, el reproche y la blasfemia de los judíos incrédulos, ciegos, que dentro de un momento, al cabo de un minuto, caerían como fulminados por un rayo, sollozarían y creerían… «Y él, él, también cegado e incrédulo, él también oirá ahora, él también creerá, ¡sí, sí! ahora mismo, ya mismo», soñaba ella, y temblaba de una espera gozosa.

«Jesús, profundamente conmovido otra vez, vino al sepulcro. Era una cueva, y tenía una piedra puesta encima. Dijo Jesús: Quiten la piedra. Marta, la hermana del que había muerto, le dijo: Señor, hiede ya, porque hace cuatro días que está en el sepulcro».

Ella cargó con energía sobre la palabra: cuatro.

«Jesús le dijo: ¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios? Entonces quitaron la piedra de donde había sido puesto el muerto. Y Jesús, alzando los ojos al cielo, dijo: Padre, gracias te doy por haberme oído. Yo sabía que siempre me oyes; pero lo dije por causa de la multitud que está alrededor, para que crean que tú me has enviado. Y habiendo dicho esto, clamó a gran voz: ¡Lázaro, ven fuera! Y el que había muerto salió,

(leyó en voz alta y con entusiasmo, temblando y helándose, como si ella misma lo viera con sus propios ojos):

atadas las manos y los pies con vendas, y el rostro envuelto en un sudario. Jesús les dijo: Desátenlo y déjenlo ir.

Entonces muchos de los judíos que habían venido a María, y habían visto lo que hizo Jesús, creyeron en él».

Más no leyó, ni podía leer; cerró el librito y se levantó rápidamente de la silla.

—Eso es todo sobre la resurrección de Lázaro —susurró, cortante y severa, y se quedó inmóvil, vuelta hacia un lado, sin atreverse, como avergonzada, a levantar los ojos hacia él. Su temblor febril continuaba todavía. El cabo de vela ya hacía rato que se iba apagando en el candelero torcido, iluminando débilmente, en esa habitación miserable, al asesino y a la ramera, extrañamente reunidos en la lectura del libro eterno. Pasaron unos cinco minutos o más.

—Vine a hablar de un asunto —dijo de pronto Raskólnikov en voz alta y frunciendo el ceño; se levantó y se acercó a Sonia. Ella levantó los ojos hacia él en silencio. Su mirada era especialmente severa, y en ella se expresaba una especie de decisión salvaje.

—Hoy abandoné a los míos —dijo—, a mi madre y a mi hermana. No iré a verlas ahora. Allí lo rompí todo.

—¿Para qué? —preguntó Sonia, como aturdida. El encuentro de hacía un rato con su madre y su hermana le había dejado una impresión extraordinaria, aunque poco clara para ella misma. Escuchó la noticia de la ruptura casi con horror.

—Ahora solo te tengo a ti —añadió él—. Vámonos juntos… Vine a verte a ti. ¡Juntos estamos malditos, juntos iremos!

Le centelleaban los ojos. «¡Como un loco!», pensó a su vez Sonia.

—¿Ir adónde? —preguntó con miedo, y retrocedió sin querer.

—¿Y yo qué sé? Solo sé que por el mismo camino, lo sé con seguridad, y nada más. ¡Un solo fin!

Ella lo miraba y no entendía nada. Solo entendía que él era terrible, infinitamente desdichado.

—Ninguno de ellos entenderá nada si les hablas —prosiguió él—, pero yo entendí. Te necesito, por eso vine a verte.

—No entiendo… —susurró Sonia.

—Después lo entenderás. ¿Acaso no hiciste lo mismo? También tú pasaste por encima… pudiste pasar por encima. Pusiste las manos sobre ti misma, destruiste una vida… la tuya (¡da lo mismo!). Podrías vivir con el espíritu y la razón, y terminarás en la Sennaia… Pero no puedes aguantar, y si te quedas sola, te volverás loca, como yo. Ya ahora estás como loca; ¡por lo tanto tenemos que ir juntos, por el mismo camino! ¡Vámonos!

—¿Para qué? ¿Para qué dice esto? —dijo Sonia, extraña y tumultuosamente agitada por sus palabras.

—¿Para qué? Porque así no se puede seguir: ¡para eso! Hay que razonar por fin en serio y directamente, y no llorar como una niña y gritar que Dios no lo permitirá. ¿Y qué pasará si de verdad mañana te llevan al hospital? Aquella no está en sus cabales y está tísica, morirá pronto, ¿y los niños? ¿Acaso Pólechka no se perderá? ¿Acaso no has visto aquí niños, por los rincones, a los que sus madres mandan a pedir limosna? Me informé de dónde viven esas madres y en qué ambiente. Allí los niños no pueden seguir siendo niños. Allí uno de siete años es depravado y ladrón. Y los niños son la imagen de Cristo: «De los tales es el reino de Dios». Él mandó honrarlos y amarlos; son la humanidad futura…

—¿Y qué, qué hacer? —repetía Sonia, llorando histéricamente y retorciéndose las manos.

—¿Qué hacer? Romper lo que haya que romper, de una vez para siempre, y nada más: ¡y tomar el sufrimiento sobre sí! ¿Qué? ¿No entiendes? Después lo entenderás… ¡La libertad y el poder, y sobre todo el poder! ¡Sobre toda la criatura temblorosa y sobre todo el hormiguero!… ¡Ese es el fin! ¡Recuérdalo! ¡Esta es mi despedida para ti! Quizá sea la última vez que hablo contigo. Si no vengo mañana, te enterarás de todo tú misma, y entonces recuerda estas palabras de ahora. Y alguna vez, después, dentro de años, con la vida, quizá entiendas lo que significaban. Y si vengo mañana, te diré quién mató a Lizaveta. ¡Adiós!

Sonia se estremeció entera de susto.

—¿Pero acaso usted sabe quién la mató? —preguntó, helándose de horror y mirándolo con extravío.

—Lo sé y te lo diré… ¡A ti, solo a ti! Te elegí a ti. No vendré a pedirte perdón, simplemente te lo diré. Hace mucho que te elegí para decírtelo, ya entonces, cuando tu padre hablaba de ti y cuando Lizaveta estaba viva, lo pensé. Adiós. No me des la mano. ¡Mañana!

Salió. Sonia lo miraba como a un loco; pero ella misma estaba como fuera de sí, y lo sentía. La cabeza le daba vueltas. «¡Señor! ¿Cómo sabe quién mató a Lizaveta? ¿Qué significaban esas palabras? ¡Esto da miedo!» Pero al mismo tiempo el pensamiento no le venía a la cabeza. ¡De ningún modo! ¡De ningún modo!… «¡Oh, debe de ser terriblemente desdichado!… Abandonó a su madre y a su hermana. ¿Para qué? ¿Qué pasó? ¿Y qué intenciones tiene? ¿Qué era lo que le decía? Le besó el pie y le decía… le decía (sí, lo dijo claramente) que sin ella ya no puede vivir… ¡Oh, Señor!»

Sonia pasó toda la noche con fiebre y delirando. A veces se levantaba de un salto, lloraba, se retorcía las manos, ya volvía a caer en un sueño febril, y soñaba con Pólechka, con Katerina Ivánovna, con Lizaveta, con la lectura del Evangelio y con él… él, con su cara pálida, con los ojos ardientes… Él le besa los pies, llora… ¡Oh, Señor!

Detrás de la puerta de la derecha, detrás de aquella misma puerta que separaba la vivienda de Sonia de la vivienda de Gertruda Kárlovna Resslich, había una habitación intermedia, vacía desde hacía tiempo, que pertenecía a la vivienda de la señora Resslich y que esta alquilaba, para lo cual había puesto letreritos en el portón y había pegado papelitos en los vidrios de las ventanas que daban al canal. Sonia hacía tiempo que se había acostumbrado a considerar esa habitación deshabitada. Y sin embargo, todo ese tiempo, junto a la puerta de la habitación vacía, había estado de pie el señor Svidrigáilov, escondido, escuchando. Cuando Raskólnikov salió, se quedó parado, pensó, fue de puntillas a su habitación, contigua a la vacía, tomó una silla y la llevó sin ruido justo hasta la puerta que daba a la habitación de Sonia. La conversación le había parecido entretenida y significativa, y le había gustado muchísimo, muchísimo; tanto le había gustado que hasta llevó la silla, para no tener que soportar en adelante, por ejemplo ya mañana, la molestia de estar de pie una hora entera, sino instalarse más cómodamente, para obtener en todos los sentidos un placer completo.


  1. En el original, iuródivaia: en Rusia, la persona simple o trastornada a la que el pueblo tenía por santa, «loca por Cristo». ↩
  2. En la séptima versta del camino de Peterhof estaba el manicomio de Petersburgo. ↩