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Crimen y castigo

Capítulo 31 de 41

Índice

Capítulo 31

Quinta parte. Capítulo V

Crimen y castigo · Fiódor Dostoyevski

Lebeziátnikov tenía un aire alarmado.

—Vengo a verla, Sofía Semiónovna. Disculpe… Ya pensaba que lo encontraría aquí —se dirigió de pronto a Raskólnikov—, es decir, no pensaba nada… de ese tipo… pero precisamente pensaba… Allá, en casa, Katerina Ivánovna se volvió loca —le espetó de pronto a Sonia, dejando a Raskólnikov.

Sonia gritó.

—Es decir, por lo menos eso parece. Por lo demás… Allá no sabemos qué hacer, ¡eso es, señora! Volvió… parece que la echaron de algún lado, quizá hasta le pegaron… por lo menos eso parece… Fue corriendo a ver al jefe de Semión Zajárich, no lo encontró en casa; comía en casa de otro general… Imagínense: se fue para allá, adonde estaban comiendo… a casa de ese otro general, e, imagínense, insistió hasta conseguirlo, hizo salir al jefe de Semión Zajárich, y parece que hasta de la mesa. Pueden imaginarse lo que pasó allí. Desde luego, la echaron; y ella cuenta que fue ella la que lo insultó y que le tiró algo. Eso hasta se puede suponer… cómo no la detuvieron, ¡no lo entiendo! Ahora se lo cuenta a todo el mundo, también a Amalia Ivánovna, solo que es difícil entenderla, grita y se golpea… Ah, sí: dice y grita que, como ahora todos la abandonaron, tomará a los niños y saldrá a la calle a llevar un organillo, y los niños cantarán y bailarán, y ella también, y juntarán dinero, y todos los días irán bajo la ventana del general… «Que vean, dice, cómo los niños nobles de un padre funcionario andan por las calles mendigando». A los niños les pega a todos, ellos lloran. A Lionia le enseña a cantar «La granjita»1, al niño a bailar, a Polina Mijáilovna también, rompe todos los vestidos; les hace unos gorritos, como de actores; ella misma quiere llevar una palangana para golpearla, en lugar de música… No escucha nada… Imagínense, ¿cómo puede ser? ¡Esto ya es sencillamente imposible!

Lebeziátnikov habría seguido todavía, pero Sonia, que lo escuchaba casi sin respirar, agarró de pronto la mantilla y el sombrerito y salió corriendo de la habitación, vistiéndose por el camino. Raskólnikov salió detrás de ella, Lebeziátnikov detrás de él.

—¡Enloqueció sin duda! —le decía este a Raskólnikov, saliendo con él a la calle—. Yo solo no quería asustar a Sofía Semiónovna y dije «parece», pero no hay ninguna duda. Dicen que son unos tubérculos que, en la tisis, saltan en el cerebro; lástima que no sé medicina. Por lo demás, intenté convencerla, pero no escucha nada.

—¿Le habló usted de los tubérculos?

—Es decir, no exactamente de los tubérculos. Además, ella no habría entendido nada. Pero lo que digo es esto: si se convence a una persona lógicamente de que, en el fondo, no tiene motivo para llorar, dejará de llorar. Eso está claro. ¿Y usted está convencido de que no dejará?

—Sería demasiado fácil vivir entonces —respondió Raskólnikov.

—Permítame, permítame; desde luego, para Katerina Ivánovna es bastante difícil entenderlo; ¿pero sabe usted que en París ya se hicieron experimentos serios sobre la posibilidad de curar a los locos actuando solo por medio de la persuasión lógica? Un profesor de allí, muerto hace poco, un sabio serio, se imaginó que se podía curar así. Su idea fundamental es que en los locos no hay ningún trastorno particular en el organismo, sino que la locura es, por así decirlo, un error lógico, un error de juicio, una visión incorrecta de las cosas. Refutaba al enfermo gradualmente y, imagínese, ¡dicen que obtenía resultados! Pero como al mismo tiempo usaba también las duchas, los resultados de ese tratamiento quedan, desde luego, en duda… Por lo menos, eso parece…

Raskólnikov hacía rato que no escuchaba. Al llegar a la altura de su casa, le hizo un gesto con la cabeza a Lebeziátnikov y entró por el portón. Lebeziátnikov volvió en sí, miró alrededor y siguió corriendo.

Raskólnikov entró en su cuartucho y se detuvo en medio. «¿Para qué había vuelto aquí?». Miró ese papel amarillento, gastado, ese polvo, su sofá… Desde el patio llegaba un golpeteo agudo, incesante; algo, en algún lado, era como si lo estuvieran clavando, algún clavo… Se acercó a la ventana, se puso de puntillas y durante largo rato, con aire de extraordinaria atención, escudriñó el patio. Pero el patio estaba vacío, y no se veía a los que golpeaban. A la izquierda, en el pabellón, se veían aquí y allá ventanas abiertas; en los alféizares había macetitas con geranios raquíticos. Detrás de las ventanas había ropa colgada… Todo eso lo sabía de memoria. Se apartó y se sentó en el sofá.

¡Nunca, nunca se había sentido tan terriblemente solo!

Sí, sintió una vez más que quizá de verdad llegaría a odiar a Sonia, y precisamente ahora, cuando la había hecho más desdichada. «¿Para qué había ido a verla a pedirle sus lágrimas? ¿Por qué le era tan necesario devorarle la vida? ¡Oh, vileza!».

—¡Me quedaré solo! —pronunció de pronto con decisión—. ¡Y ella no irá a verme a la cárcel!

Al cabo de unos cinco minutos levantó la cabeza y sonrió de un modo extraño. Era un pensamiento extraño: «Quizá en el presidio de verdad sea mejor», se le ocurrió de pronto.

No recordaba cuánto tiempo estuvo sentado en su cuarto, con pensamientos indefinidos que se le agolpaban en la cabeza. De pronto la puerta se abrió y entró Avdotia Románovna. Primero se detuvo y lo miró desde el umbral, como él hacía un rato a Sonia; después pasó y se sentó frente a él en la silla, en su lugar del día anterior. Él la miró en silencio y como sin pensamiento.

—No te enojes, hermano, solo vengo por un minuto —dijo Dunia. La expresión de su cara era pensativa, pero no severa. La mirada era clara y serena. Él vio que también esta había venido a verlo con amor.

—Hermano, ahora lo sé todo, todo. Dmitri Prokófich me lo explicó y me lo contó todo. Te persiguen y te atormentan por una sospecha estúpida e infame… Dmitri Prokófich me dijo que no hay ningún peligro y que haces mal en tomarlo con tanto horror. Yo no pienso así y comprendo perfectamente cómo se ha sublevado todo en ti y que esa indignación puede dejar huellas para siempre. Eso es lo que temo. Por habernos abandonado no te juzgo ni me atrevo a juzgarte, y perdóname por habértelo reprochado antes. Siento en mí misma que, si tuviera una pena tan grande, yo también me alejaría de todos. A mamá no le contaré nada de esto, pero le hablaré de ti sin cesar y le diré de tu parte que vendrás muy pronto. No te atormentes por ella; yo la calmaré; pero tú tampoco la atormentes: ven aunque sea una vez; ¡recuerda que es tu madre! Y ahora solo vine a decirte (Dunia empezó a levantarse) que si por casualidad me necesitas para algo, o necesitas… toda mi vida, o lo que sea… llámame y vendré. ¡Adiós!

Dio media vuelta bruscamente y fue hacia la puerta.

—¡Dunia! —la detuvo Raskólnikov, se levantó y se acercó a ella—. Ese Razumíjin, Dmitri Prokófich, es un hombre muy bueno.

Dunia se ruborizó apenas.

—¿Y? —preguntó, tras esperar un minuto.

—Es un hombre práctico, trabajador, honrado y capaz de amar con fuerza… Adiós, Dunia.

Dunia se encendió toda, y después de pronto se alarmó:

—¿Pero qué es esto, hermano? ¿Acaso de verdad nos separamos para siempre, que me haces… semejantes testamentos?

—Da lo mismo… adiós…

Se apartó y se alejó de ella hacia la ventana. Ella se quedó un momento, lo miró con inquietud y salió alarmada.

No, él no era frío con ella. Hubo un instante (el último de todos) en que tuvo unas ganas terribles de abrazarla con fuerza y despedirse de ella, e incluso decírselo, pero ni siquiera se atrevió a darle la mano:

«Después quizá se estremezca al recordar que ahora la abracé, dirá que le robé el beso».

«¿Y esta lo aguantará o no lo aguantará? —añadió para sí al cabo de unos minutos—. No, no lo aguantará; ¡las de esa clase no aguantan! Las de esa clase nunca aguantan…»

Y pensó en Sonia.

De la ventana llegó un soplo de frescura. En el patio la luz ya no brillaba tanto. De pronto tomó la gorra y salió.

Desde luego, no podía, ni quería, ocuparse de su estado enfermizo. Pero toda esa inquietud incesante y todo ese horror del alma no podían pasar sin consecuencias. Y si todavía no estaba en cama con una verdadera fiebre, quizá era precisamente porque esa inquietud interior, incesante, todavía lo mantenía en pie y consciente, pero de un modo como artificial, por un tiempo.

Vagaba sin rumbo. El sol se ponía. Una angustia particular había empezado a manifestársele en los últimos tiempos. No había en ella nada especialmente corrosivo, ardiente; pero de ella emanaba algo constante, eterno; se presentían años sin salida de esa angustia fría, mortecina; se presentía una especie de eternidad en «un arshín de espacio». A la hora del atardecer esa sensación solía empezar a torturarlo todavía más.

—¡Con estas debilidades estupidísimas, puramente físicas, que dependen de alguna puesta de sol, a ver quién se contiene de hacer una estupidez! ¡No ya a casa de Sonia, a casa de Dunia irá uno! —masculló con odio.

Lo llamaron. Se volvió; Lebeziátnikov se lanzó hacia él.

—Imagínese, estuve en su casa, lo estoy buscando. Imagínese, ¡cumplió su intención y se llevó a los niños! Sofía Semiónovna y yo a duras penas los encontramos. Ella misma golpea una sartén, obliga a los niños a cantar y bailar. Los niños lloran. Se detienen en las encrucijadas y junto a las tiendas. Detrás de ellos corre la gente estúpida. Vamos.

—¿Y Sonia?… —preguntó con inquietud Raskólnikov, apresurándose detrás de Lebeziátnikov.

—Sencillamente fuera de sí. Es decir, no es Sofía Semiónovna la que está fuera de sí, sino Katerina Ivánovna; aunque, por lo demás, también Sofía Semiónovna está fuera de sí. Y Katerina Ivánovna está completamente fuera de sí. Le digo que enloqueció definitivamente. Las va a llevar la policía. Puede imaginarse cómo va a influir eso… Ahora están en el canal, junto al puente …ski, muy cerca de la casa de Sofía Semiónovna. Cerca.

En el canal, no muy lejos del puente y a dos casas de la casa donde vivía Sonia, se había juntado un montón de gente. Sobre todo acudían corriendo chicos y chicas. La voz ronca, desgarrada, de Katerina Ivánovna se oía ya desde el puente. Y en efecto era un espectáculo extraño, capaz de interesar al público de la calle. Katerina Ivánovna, con su vestido viejito, con el chal de drap de dames y con el sombrerito de paja roto, caído de lado en un bollo deforme, estaba en efecto en un verdadero frenesí. Estaba cansada y se ahogaba. Su cara tísica y extenuada parecía más sufriente que nunca (además, en la calle, al sol, un tísico parece siempre más enfermo y más desfigurado que en casa); pero su estado de excitación no cesaba, y a cada minuto se volvía todavía más irritable. Se lanzaba hacia los niños, les gritaba, los persuadía, les enseñaba allí mismo, delante de la gente, cómo bailar y cantar, empezaba a explicarles para qué hacía falta, se desesperaba por su torpeza, les pegaba… Después, sin terminar, se lanzaba hacia el público; si notaba a una persona apenas bien vestida que se detenía a mirar, enseguida se ponía a explicarle que a esto, miren, habían llegado los niños «de una casa noble, y hasta se puede decir aristocrática». Si oía risas en la multitud o alguna palabrita provocadora, enseguida se echaba encima de los insolentes y empezaba a pelearse con ellos. Unos, en efecto, se reían; otros meneaban la cabeza; a todos en general les daba curiosidad mirar a la loca con los niños asustados. La sartén de la que había hablado Lebeziátnikov no estaba; por lo menos, Raskólnikov no la vio; pero en lugar de golpear la sartén, Katerina Ivánovna se ponía a dar palmadas al compás con sus palmas resecas cuando hacía cantar a Pólechka y bailar a Lionia y a Kolia; y hasta se ponía ella misma a cantar con ellos, pero cada vez se cortaba en la segunda nota por una tos torturante, con lo que volvía a desesperarse, maldecía su tos y hasta lloraba. Lo que más la sacaba de quicio era el llanto y el miedo de Kolia y de Lionia. En efecto, había habido un intento de disfrazar a los niños como se disfrazan los cantores y las cantoras callejeros. Al niño le habían puesto un turbante de algo rojo con blanco, para que hiciera de turco. Para Lionia no habían alcanzado los disfraces; solo le habían puesto en la cabeza el gorrito rojo de estambre tejido (o mejor dicho, el gorro de dormir) del difunto Semión Zajárich, y en el gorro habían clavado un pedazo de pluma blanca de avestruz que había pertenecido a la abuela de Katerina Ivánovna y que se había conservado hasta entonces en el baúl, como rareza de familia. Pólechka llevaba su vestidito de siempre. Miraba a su madre con timidez y desconcierto, no se apartaba de ella, escondía sus lágrimas, adivinaba la locura de su madre y miraba alrededor con inquietud. La calle y la multitud la habían asustado terriblemente. Sonia seguía sin descanso a Katerina Ivánovna, llorando y rogándole a cada minuto que volviera a casa. Pero Katerina Ivánovna era inexorable.

—¡Basta, Sonia, basta! —gritaba atropelladamente, apresurándose, ahogándose y tosiendo—. ¡No sabes lo que pides, como una criatura! Ya te dije que no volveré a casa de esa alemana borracha. Que vean todos, todo Petersburgo, cómo piden limosna los hijos de un padre noble, que sirvió toda la vida con fidelidad y lealtad y, se puede decir, murió en el servicio. (Katerina Ivánovna ya había alcanzado a crearse esa fantasía y a creer en ella ciegamente.) Que lo vea, que lo vea ese generalucho inútil. Y además eres tonta, Sonia: ¿qué vamos a comer ahora, dime? Bastante te hemos torturado, ¡no quiero más! ¡Ah, Rodión Románich, es usted! —gritó, al ver a Raskólnikov y lanzándose hacia él—. ¡Explíquele usted, por favor, a esta tontita que no se puede hacer nada más inteligente! Hasta los organilleros ganan algo, y a nosotros enseguida todos nos distinguirán, sabrán que somos una familia noble y pobre de huérfanos reducidos a la miseria, y ese generalucho perderá su puesto, ¡ya verá! Todos los días iremos bajo sus ventanas, y cuando pase el soberano, me pondré de rodillas, pondré a todos estos delante y los señalaré: «¡Protégenos, padre!». Él es el padre de todos los huérfanos, es misericordioso, nos protegerá, ya verá, y a ese generalucho… ¡Lionia! Tenez-vous droite!2 Tú, Kolia, enseguida vas a bailar otra vez. ¿Por qué lloriqueas? ¡Otra vez lloriquea! ¿Pero qué, de qué tienes miedo, tontito? ¡Señor! ¡Qué hago con él, Rodión Románich! ¡Si supiera qué torpes son! ¡Qué se puede hacer con semejantes criaturas!…

Y ella, casi llorando también (lo que no le impedía seguir su parloteo incesante e ininterrumpido), le señalaba a los niños que lloriqueaban. Raskólnikov intentó convencerla de que volviera e incluso le dijo, pensando influir en su amor propio, que no era decoroso para ella andar por las calles como andan los organilleros, porque se estaba preparando para ser directora de un pensionado noble para señoritas…

—¡Un pensionado, ja, ja, ja! ¡De lejos todo suena hermoso! —exclamó Katerina Ivánovna, y enseguida después de la risa se ahogó en un acceso de tos—. No, Rodión Románich, ¡el sueño se acabó! ¡Todos nos abandonaron!… Y ese generalucho… Sabe, Rodión Románich, le tiré un tintero; allí, en la antesala de los lacayos, justo estaba sobre la mesa, al lado de la hoja en la que firmaban, y yo firmé, se lo tiré y salí corriendo. Oh, viles, viles. Pero me da igual; ahora yo misma voy a alimentar a estos, ¡no me voy a inclinar ante nadie! ¡Bastante la hemos atormentado! (Señaló a Sonia.) Pólechka, ¿cuánto juntaron, a ver? ¿Cómo? ¿Solo dos kopeks? ¡Oh, infames! ¡No dan nada, solo corren detrás de nosotros con la lengua afuera! ¿Y de qué se ríe ese zoquete? (señaló a uno de la multitud). ¡Todo esto es porque este Kolka es tan torpe, con él no hay más que trabajo! ¿Qué quieres, Pólechka? Háblame en francés, parlez-moi français. ¡Si yo te enseñé, si sabes algunas frases!… ¿Si no, cómo van a distinguir que ustedes son de familia noble, niños bien educados y no como todos los organilleros? No vamos a representar por las calles algún «Petrushka»3, sino que cantaremos una romanza noble… ¡Ah, sí! ¿Pero qué vamos a cantar? Todos ustedes me interrumpen, y nosotros… mire, Rodión Románich, nos detuvimos aquí para elegir qué cantar, algo que Kolia también pueda bailar… porque todo esto, ya puede imaginárselo, lo hacemos sin preparación; hay que ponerse de acuerdo para ensayarlo todo por completo, y después nos iremos a la avenida Nevski, donde hay mucha más gente de la alta sociedad y enseguida se fijarán en nosotros: Lionia sabe «La granjita»… ¡Pero siempre «La granjita» y «La granjita», y todos la cantan! Tenemos que cantar algo mucho más noble… Bueno, ¿qué se te ocurrió, Polia? ¡Si al menos ayudaras a tu madre! ¡La memoria, no tengo memoria, si no, me acordaría! ¡No vamos a cantar «El húsar, apoyado en su sable», de verdad! ¡Ah, cantemos en francés «Cinq sous»4! Si yo les enseñé, les enseñé. Y lo principal, como es en francés, enseguida verán que ustedes son hijos de nobles, y será mucho más conmovedor… Hasta se podría: «Malborough s’en va-t-en guerre»5, ya que es una cancioncita completamente infantil y se usa en todas las casas aristocráticas para hacer dormir a los niños.

Malborough s’en va-t-en guerre, Ne sait quand reviendra…

empezó a cantar… —Pero no, ¡mejor «Cinq sous»! Vamos, Kolia, las manitos en la cintura, rápido, y tú, Lionia, gira también hacia el lado contrario, y Pólechka y yo vamos a acompañar cantando y dando palmadas.

Cinq sous, cinq sous, Pour monter notre ménage…

¡Ejem, ejem, ejem! (Y se ahogó de tos.) Arréglate el vestidito, Pólechka, se te bajaron los hombritos —observó entre la tos, recobrando el aliento—. Ahora tienen que comportarse con especial decoro y finura, para que todos vean que son hijos de nobles. Yo dije entonces que el corpiño había que cortarlo más largo y además en dos paños. Fuiste tú, Sonia, con tus consejos: «Más corto, más corto», y así salió, que desfiguramos por completo a la criatura… ¡Bueno, otra vez lloran todos! ¿Pero qué les pasa, tontos? Vamos, Kolia, empieza rápido, rápido, rápido… ¡ay, qué criatura insoportable!…

Cinq sous, cinq sous…

¡Otra vez el soldado! ¿Y tú qué quieres?

En efecto, entre la multitud se abría paso un guardia. Pero al mismo tiempo un señor de uniforme y capote, un funcionario respetable de unos cincuenta años, con una condecoración al cuello (esto último le resultó muy agradable a Katerina Ivánovna e influyó en el guardia), se acercó y en silencio le dio a Katerina Ivánovna un billetito verde de tres rublos. En su cara se expresaba una compasión sincera. Katerina Ivánovna lo aceptó y le hizo una reverencia cortés, incluso ceremoniosa.

—Le agradezco, muy señor mío —empezó con altivez—, las causas que nos movieron… toma el dinero, Pólechka. ¿Ves? Sí que hay personas nobles y generosas, siempre dispuestas a ayudar a una pobre noble en la desgracia. Usted ve, muy señor mío, a unos huérfanos nobles, se puede decir incluso que con las relaciones más aristocráticas… Y ese generalucho estaba sentado comiendo perdices… se puso a patalear porque lo molesté… «Excelencia, le digo, proteja a los huérfanos, ya que conocía muy bien, le digo, al difunto Semión Zajárich, y como a su propia hija el más vil de los viles la calumnió el día de su muerte…». ¡Otra vez ese soldado! ¡Protéjame! —le gritó al funcionario—. ¿Por qué se me viene encima este soldado? Ya escapamos aquí de otro, de la Meshchánskaia… ¡y a ti qué te importa, imbécil!

—Porque en las calles está prohibido, señora. No haga escándalos.

—¡El escandaloso eres tú! Es lo mismo que si anduviera con un organillo, ¿a ti qué te importa?

—Para el organillo hay que tener permiso, y usted va por su cuenta, señora, y de esta manera junta a la gente. ¿Dónde vive usted?

—¡Cómo, permiso! —vociferó Katerina Ivánovna—. ¡Hoy enterré a mi marido, qué permiso ni qué nada!

—Señora, señora, cálmese —empezó el funcionario—, vamos, la acompaño… Aquí, en medio de la multitud, no es decoroso… usted no está bien…

—¡Muy señor mío, muy señor mío, usted no sabe nada! —gritaba Katerina Ivánovna—. Nos iremos a la Nevski… ¡Sonia, Sonia! ¿Pero dónde está? ¡También llora! ¡Pero qué les pasa a todos ustedes!… Kolia, Lionia, ¿adónde van? —gritó de pronto, asustada—. ¡Oh, niños tontos! ¡Kolia, Lionia, pero adónde se van!…

Sucedió que Kolia y Lionia, asustados hasta el último extremo por la multitud de la calle y por las ocurrencias de su madre enloquecida, al ver por fin al soldado, que quería llevárselos a alguna parte, de pronto, como si se hubieran puesto de acuerdo, se agarraron de las manitos y echaron a correr. Con alaridos y llanto se lanzó la pobre Katerina Ivánovna a alcanzarlos. Era deforme y lastimoso verla correr, llorando, ahogándose. Sonia y Pólechka se lanzaron detrás de ella.

—¡Hazlos volver, hazlos volver, Sonia! ¡Oh, niños tontos, ingratos!… ¡Polia! Atrápalos… Si es por ustedes que yo…

Tropezó en plena carrera y cayó.

—¡Se lastimó y está sangrando! ¡Oh, Señor! —gritó Sonia, inclinándose sobre ella.

Todos acudieron corriendo, todos se apretujaron alrededor. Raskólnikov y Lebeziátnikov llegaron corriendo de los primeros; el funcionario también se apresuró, y detrás de él el guardia, que refunfuñó «¡Vaya, vaya!» con un gesto de la mano, presintiendo que el asunto iba a traer complicaciones.

—¡Circulen! ¡Circulen! —dispersaba a la gente que se apretujaba alrededor.

—¡Se está muriendo! —gritó alguien.

—¡Se volvió loca! —pronunció otro.

—¡Dios nos libre! —pronunció una mujer, santiguándose—. ¿Y a la chiquilla y al chico, los agarraron? Mírala, ahí los traen, la mayorcita los atrapó… ¡Mira qué alocados!

Pero cuando miraron bien a Katerina Ivánovna, vieron que no se había lastimado en absoluto contra una piedra, como había pensado Sonia, sino que la sangre que había enrojecido el empedrado le había brotado del pecho por la garganta.

—Esto lo conozco, lo he visto —le balbuceaba el funcionario a Raskólnikov y a Lebeziátnikov—, es la tisis, señores; brota así la sangre y ahoga. Con una pariente mía, hace poco fui testigo, y así, como vaso y medio… de pronto, señor… ¿Pero qué hacer, sin embargo? ¿Se va a morir ahora mismo?

—¡Aquí, aquí, a mi casa! —suplicaba Sonia—. ¡Aquí vivo yo!… Esta casa, la segunda desde aquí… ¡A mi casa, rápido, rápido!… —se lanzaba hacia todos—. Manden a buscar un médico… ¡Oh, Señor!

Gracias a los esfuerzos del funcionario el asunto se arregló; hasta el guardia ayudó a trasladar a Katerina Ivánovna. La llevaron a casa de Sonia casi muerta y la acostaron en la cama. La hemorragia todavía continuaba, pero ella parecía empezar a volver en sí. En la habitación entraron a la vez, además de Sonia, Raskólnikov y Lebeziátnikov, el funcionario y el guardia, que antes había dispersado a la multitud, de la que algunos los acompañaron hasta la misma puerta. Pólechka hizo entrar, llevándolos de la mano, a Kolia y a Lionia, que temblaban y lloraban. Vinieron también los de los Kapernaúmov: él mismo, cojo y tuerto, un hombre de aspecto extraño, con el pelo y las patillas erizados como cerdas; su mujer, que tenía un aire asustado de una vez para siempre, y algunos de sus hijos, con caras de madera por el asombro constante y con la boca abierta. Entre todo ese público apareció de pronto también Svidrigáilov. Raskólnikov lo miró con asombro, sin entender de dónde había salido y sin recordarlo en la multitud.

Se hablaba del médico y del sacerdote. El funcionario, aunque le susurró a Raskólnikov que, al parecer, el médico ya estaba de más, dispuso que se lo mandara buscar. Fue corriendo el propio Kapernaúmov.

Entretanto Katerina Ivánovna recobró el aliento; por un tiempo la sangre se detuvo. Miraba con una mirada enfermiza, pero fija y penetrante, a Sonia, pálida y temblorosa, que le secaba con un pañuelo las gotas de sudor de la frente; por fin pidió que la incorporaran. La sentaron en la cama, sosteniéndola de los dos lados.

—¿Dónde están los niños? —preguntó con voz débil—. ¿Los trajiste, Polia? ¡Oh, tontos!… ¿Pero por qué echaron a correr?… ¡Ay!

La sangre todavía le cubría los labios resecos. Paseó los ojos alrededor, examinando:

—¡Así que así vives, Sonia! Ni una sola vez vine a tu casa… y me tocó…

La miró con sufrimiento:

—Te hemos chupado la sangre, Sonia… Polia, Lionia, Kolia, vengan aquí… Bueno, aquí los tienes, Sonia, a todos, tómalos… de mis manos a las tuyas… ¡y yo ya tuve bastante!… ¡Se acabó el baile! ¡Ja!… Acuéstenme, déjenme al menos morir en paz…

La volvieron a acostar sobre la almohada.

—¿Qué? ¿Un sacerdote?… No hace falta… ¿De dónde van a sacar ustedes un rublo de sobra?… ¡No tengo pecados!… Dios tiene que perdonar igual… ¡Él sabe cuánto sufrí!… ¡Y si no perdona, tampoco hace falta!…

Un delirio inquieto se apoderaba de ella cada vez más. A veces se estremecía, paseaba los ojos alrededor, reconocía a todos por un minuto; pero enseguida la conciencia volvía a dejar paso al delirio. Respiraba ronca y trabajosamente; algo parecía borbotearle en la garganta.

—Yo le digo: «¡Excelencia!…» —gritaba, recobrando el aliento después de cada palabra—. Esa Amalia Liúdvigovna… ¡ah! ¡Lionia, Kolia! Las manitos en la cintura, rápido, rápido, glissé-glissé, pas de basque! Golpea con los piecitos… Sé una criatura graciosa.

Du hast Diamanten und Perlen…6

¿Cómo sigue? Eso es lo que habría que cantar…

Du hast die schönsten Augen, Mädchen, was willst du mehr?

¡Sí, cómo no! Was willst du mehr… ¡qué cosas inventa el zoquete!… Ah, sí, también esta:

En el calor del mediodía, en un valle del Daguestán…7

Ah, cómo la amaba… ¡Yo adoraba esta romanza, Pólechka!… Sabes, tu padre… la cantaba cuando todavía era mi novio… ¡Oh, aquellos días!… ¡Esa, esa es la que tendríamos que cantar! Bueno, cómo era, cómo era… ya me olvidé… ¡pero recuérdenmela!, ¿cómo era? —Estaba en una agitación extraordinaria y se esforzaba por incorporarse. Por fin, con una voz terrible, ronca, desgarrada, empezó, gritando y ahogándose en cada palabra, con aire de un susto que iba en aumento:

¡En el calor del mediodía!… ¡En un valle!… ¡Del Daguestán!… ¡Con plomo en el pecho!…

¡Excelencia! —vociferó de pronto con un alarido desgarrador, deshecha en lágrimas—. ¡Proteja a los huérfanos! ¡Conociendo el pan y la sal del difunto Semión Zajárich!… ¡Se puede decir incluso aristocrático!… ¡Ja! —se estremeció de pronto, volviendo en sí y mirando a todos con una especie de horror, pero enseguida reconoció a Sonia—. ¡Sonia, Sonia! —pronunció mansa y cariñosamente, como asombrada de verla ante sí—. Sonia, querida, ¿tú también estás aquí?

La volvieron a incorporar.

—¡Basta!… ¡Es hora!… ¡Adiós, pobrecita!… ¡Reventaron al jamelgo!… ¡Me deslomé-é-é! —gritó con desesperación y con odio, y se desplomó con la cabeza sobre la almohada.

Volvió a perder el conocimiento, pero ese último desvanecimiento no duró mucho. Su cara amarillo pálido, reseca, cayó hacia atrás, la boca se le abrió, las piernas se estiraron convulsivamente. Suspiró hondo, muy hondo, y murió.

Sonia cayó sobre su cadáver, la rodeó con los brazos y se quedó inmóvil, con la cabeza apretada contra el pecho reseco de la difunta. Pólechka se echó a los pies de su madre y se los besaba, llorando a gritos. Kolia y Lionia, sin entender todavía lo que había pasado, pero presintiendo algo muy terrible, se agarraron uno al otro de los hombritos con las dos manos y, con los ojos clavados uno en el otro, de pronto, juntos, a la vez, abrieron la boca y se pusieron a gritar. Los dos todavía estaban disfrazados: uno con el turbante, la otra con el gorrito y la pluma de avestruz.

¿Y cómo había ido a parar de pronto ese «diploma de honor» a la cama, al lado de Katerina Ivánovna? Estaba allí mismo, junto a la almohada; Raskólnikov lo vio.

Se apartó hacia la ventana. Lebeziátnikov se le acercó de un salto.

—¡Murió! —dijo Lebeziátnikov.

—Rodión Románovich, tengo que transmitirle dos palabritas necesarias —se acercó Svidrigáilov. Lebeziátnikov enseguida le cedió el lugar y se esfumó delicadamente. Svidrigáilov llevó al asombrado Raskólnikov todavía más lejos, a un rincón.

—Todo este trajín, es decir, el entierro y lo demás, lo tomo a mi cargo. Sabe, con tal de que haya dinero, y ya le dije que a mí me sobra. A estos dos pichones y a esta Pólechka los colocaré en algunos orfanatos de los mejores y depositaré para cada uno, hasta la mayoría de edad, mil quinientos rublos de capital, para que Sofía Semiónovna esté completamente tranquila. Y a ella también la sacaré del pantano, porque es una buena muchacha, ¿no es así? Bueno, señor, entonces transmítale a Avdotia Románovna que sus diez mil los empleé así.

—¿Con qué fines se ha vuelto usted tan caritativo? —preguntó Raskólnikov.

—¡E-eh! ¡Hombre desconfiado! —se rio Svidrigáilov—. Si ya le dije que ese dinero me sobra. ¿Y simplemente por humanidad, no lo admite, o qué? Porque ella no era un «piojo» (señaló con el dedo el rincón donde estaba la difunta), como alguna viejecilla usurera. Bueno, convenga, bueno: «¿que viva Luzhin, de verdad, y cometa infamias, o que muera ella?». Y si yo no ayudo, «Pólechka, por ejemplo, irá allí también, por el mismo camino…».

Pronunció esto con aire de una especie de picardía alegre, guiñando el ojo, sin apartar los ojos de Raskólnikov. Raskólnikov palideció y se quedó helado, al oír sus propias expresiones, dichas a Sonia. Se echó rápidamente hacia atrás y miró a Svidrigáilov con ojos desorbitados.

—¿Có-cómo… lo sabe usted? —susurró, respirando a duras penas.

—Pero si yo vivo aquí, detrás de la pared, en casa de madame Resslich. Aquí está Kapernaúmov, y allí madame Resslich, una vieja y devotísima amiga. Vecino, señor.

—¿Usted?

—Yo —prosiguió Svidrigáilov, sacudiéndose de risa—, y puedo asegurarle por mi honor, queridísimo Rodión Románovich, que me ha interesado usted de un modo asombroso. Ya le dije que nos entenderíamos, se lo predije, y mire, nos entendimos. Y verá qué hombre tan acomodaticio soy. Verá que conmigo todavía se puede vivir…


  1. Romanza popular de la época, con letra del poeta Alekséi Koltsov. ↩
  2. «¡Ponte derecha!». ↩
  3. El títere de las funciones callejeras rusas, parecido a Polichinela. ↩
  4. «Cinco centavos», canción francesa: «Cinco centavos para armar nuestro hogar…». ↩
  5. Canción infantil francesa: «Mambrú se fue a la guerra, no sé cuándo vendrá…». ↩
  6. Canción sobre un poema de Heine: «Tienes diamantes y perlas… tienes los ojos más hermosos, muchacha, ¿qué más quieres?». ↩
  7. Primer verso de «El sueño», de Lermontov, sobre un hombre que agoniza herido en un valle del Cáucaso. ↩