Capítulo 6
Primera parte. Capítulo VI
Crimen y castigo · Fiódor Dostoyevski
Crimen y castigoMás adelante Raskólnikov llegó a enterarse de por qué exactamente el mieshchanín y su mujer habían invitado a Lizaveta a su casa. El asunto era de lo más corriente y no tenía nada de particular. Una familia forastera y empobrecida vendía cosas, ropa, etcétera, todo de mujer. Como vender en el mercado no convenía, buscaban una revendedora, y Lizaveta se dedicaba a eso: aceptaba encargos, se ocupaba de negocios y tenía mucha clientela, porque era muy honrada y siempre decía el precio último: el precio que decía, ese era. Hablaba poco, en general, y, como ya se ha dicho, era tan sumisa y asustadiza…
Pero Raskólnikov se había vuelto supersticioso en los últimos tiempos. Las huellas de esa superstición le quedaron todavía mucho tiempo después, casi imborrables. Y en todo este asunto siempre se inclinó después a ver como una especie de rareza, de misterio, como la presencia de ciertas influencias y coincidencias especiales. Todavía en invierno, un estudiante conocido suyo, Pókorev, al irse a Járkov, le había dado en una conversación la dirección de la vieja Aliona Ivánovna, por si alguna vez tenía que empeñar algo. Durante mucho tiempo no fue a verla, porque tenía clases y se las arreglaba de algún modo. Hacía mes y medio se había acordado de la dirección; tenía dos objetos que se podían empeñar: el viejo reloj de plata de su padre y un pequeño anillo de oro con tres piedrecitas rojas, que su hermana le había regalado de recuerdo al despedirse. Decidió llevar el anillo; tras dar con la vieja, desde la primera mirada, sin saber todavía nada especial de ella, sintió hacia ella una repulsión invencible, le sacó dos «billetitos» y por el camino entró en una tabernucha de mala muerte. Pidió té, se sentó y se quedó muy pensativo. Una idea extraña se le estaba incubando en la cabeza, como un pollito en el huevo, y lo ocupaba mucho, muchísimo.
Casi a su lado, en otra mesita, estaban sentados un estudiante, al que no conocía ni recordaba en absoluto, y un joven oficial. Habían jugado al billar y se habían puesto a tomar té. De pronto oyó que el estudiante le hablaba al oficial de la prestamista Aliona Ivánovna, viuda de un secretario colegiado, y le daba su dirección. Eso solo ya le pareció a Raskólnikov algo extraño: él venía en ese momento de allí, y justo aquí se hablaba de ella. Desde luego, una casualidad, pero ahí estaba él, que no podía librarse de una impresión muy extraordinaria, y justo entonces fue como si alguien le hiciera un favor: el estudiante se pone de pronto a contarle a su compañero distintos detalles sobre esa Aliona Ivánovna.
—Es estupenda —decía—, con ella siempre se puede conseguir dinero. Es rica como un judío, puede soltar cinco mil de golpe, y tampoco le hace ascos a una prenda de un rublo. Muchos de los nuestros han pasado por su casa. Solo que es una bruja terrible…
Y se puso a contar lo mala y caprichosa que era, que bastaba con retrasarse un solo día con una prenda para que el objeto se perdiera. Daba cuatro veces menos de lo que valía el objeto y cobraba un interés del cinco y hasta del siete por ciento al mes, etcétera. El estudiante se fue de la lengua y contó, además, que la vieja tenía una hermana, Lizaveta, a la que ella, tan chiquita y tan asquerosa, le pegaba a cada momento y tenía en completa esclavitud, como a una niña pequeña, mientras que Lizaveta medía por lo menos ocho vershkí…
—¡Eso sí que es un fenómeno! —exclamó el estudiante, y soltó una carcajada.
Se pusieron a hablar de Lizaveta. El estudiante hablaba de ella con un placer especial y no paraba de reírse, y el oficial escuchaba con mucho interés y le pedía al estudiante que le mandara a esa Lizaveta para que le remendara la ropa blanca. Raskólnikov no perdió ni una palabra y se enteró de todo de una vez: Lizaveta era la hermana menor de la vieja, hermanastra (de madres distintas), y tenía ya treinta y cinco años. Trabajaba para su hermana día y noche, hacía en la casa de cocinera y de lavandera, y además cosía para vender, hasta se empleaba para fregar suelos, y todo se lo entregaba a la hermana. No se atrevía a aceptar ningún encargo ni ningún trabajo sin permiso de la vieja. La vieja ya había hecho testamento, cosa que sabía la propia Lizaveta, a quien por ese testamento no le tocaba ni un centavo, salvo los muebles, las sillas y demás; todo el dinero se destinaba a un monasterio de la provincia de N…, para misas perpetuas por su alma. Lizaveta era del estamento de los mieshchane y no de familia de funcionarios, soltera, y terriblemente desgarbada, de estatura notablemente alta, con unos pies enormes, como torcidos hacia afuera, siempre con zapatos de cabritilla gastados, y era muy limpia. Y lo principal, lo que asombraba y hacía reír al estudiante, era que Lizaveta estaba embarazada a cada rato…
—¿Pero no dices que es un adefesio? —observó el oficial.
—Sí, es tan morena, como un soldado disfrazado, pero ¿sabes?, no es ningún adefesio. Tiene una cara y unos ojos tan buenos. Muchísimo. La prueba es que les gusta a muchos. Es tan callada, tan mansa, tan sumisa, tan complaciente, complaciente con todo. Y la sonrisa la tiene hasta muy linda.
—¿Así que también a ti te gusta? —se rió el oficial.
—Por lo rara. No, mira lo que te voy a decir. Yo a esa vieja maldita la mataría y la robaría, y te aseguro que sin el menor remordimiento de conciencia —añadió el estudiante con ardor.
El oficial volvió a soltar una carcajada, y Raskólnikov se estremeció. ¡Qué extraño era aquello!
—Permíteme, quiero hacerte una pregunta seria —se acaloró el estudiante—. Yo, desde luego, hace un momento bromeaba, pero mira: por un lado, una viejecilla estúpida, sin sentido, insignificante, mala, enferma, que no le sirve a nadie y al contrario les hace daño a todos, que ella misma no sabe para qué vive y que mañana mismo se va a morir sola. ¿Entiendes? ¿Entiendes?
—Bueno, entiendo —respondió el oficial, mirando fijamente con atención a su compañero acalorado.
—Escucha más. Por otro lado, fuerzas jóvenes, frescas, que se pierden en vano por falta de apoyo, ¡y eso por millares, y eso en todas partes! ¡Cien, mil buenas obras y empresas que se podrían organizar y enderezar con el dinero de la vieja, condenado al monasterio! Cientos, miles quizá de existencias encaminadas; decenas de familias salvadas de la miseria, de la descomposición, de la ruina, del libertinaje, de los hospitales venéreos, y todo eso con su dinero. Mátala y toma su dinero, para dedicarte después con su ayuda al servicio de toda la humanidad y de la causa común: ¿qué te parece, no se borrará un solo crimencito diminuto con miles de buenas obras? Por una vida, miles de vidas salvadas de la podredumbre y la descomposición. Una muerte y cien vidas a cambio: ¡pero si eso es aritmética! ¿Y qué significa, en la balanza común, la vida de esa viejecilla tísica, estúpida y mala? No más que la vida de un piojo, de una cucaracha, y ni siquiera eso vale, porque la viejecilla es dañina. Se come la vida ajena: el otro día le mordió a Lizaveta un dedo por pura maldad; ¡por poco no se lo cortan!
—Desde luego, no es digna de vivir —observó el oficial—, pero ahí está la naturaleza.
—Eh, hermano, pero a la naturaleza se la corrige y se la encamina, y sin eso habría que ahogarse en los prejuicios. Sin eso no habría habido ni un solo gran hombre. Dicen: «el deber, la conciencia»; yo no quiero decir nada contra el deber y la conciencia, ¿pero cómo los entendemos? Espera, te voy a hacer otra pregunta. ¡Escucha!
—No, espera tú; yo te voy a hacer una pregunta. ¡Escucha!
—¡A ver!
—Ahí estás hablando y haciendo discursos, pero dime una cosa: ¿matarías tú mismo a la vieja o no?
—¡Claro que no! Yo, por la justicia… No se trata de mí…
—¡Pues a mi parecer, si tú mismo no te decides, entonces aquí no hay ninguna justicia! ¡Vamos a jugar otra partida!
Raskólnikov estaba extraordinariamente agitado. Desde luego, todas esas eran las conversaciones y las ideas juveniles más corrientes y más frecuentes, que él ya había oído más de una vez, solo que en otras formas y sobre otros temas. ¿Pero por qué precisamente ahora le había tocado oír precisamente esa conversación y esas ideas, cuando en su propia cabeza acababan de nacer… exactamente las mismas ideas? ¿Y por qué precisamente ahora, en cuanto se llevaba el germen de su idea de casa de la vieja, iba a dar justo con una conversación sobre la vieja?… Esa coincidencia siempre le pareció extraña. Esa conversación insignificante, de taberna, tuvo una influencia extraordinaria sobre él en el desarrollo posterior del asunto: como si de verdad hubiera habido allí una especie de predestinación, de indicación… . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Al volver de la Sennaia, se dejó caer en el sofá y se quedó una hora entera sentado sin moverse. Mientras tanto oscureció; no tenía vela, y tampoco se le ocurría encender una. Nunca pudo recordar si pensaba en algo en ese tiempo. Por fin sintió la fiebre de antes, los escalofríos, y con deleite se dio cuenta de que en el sofá también se podía acostar. Pronto un sueño pesado, de plomo, cayó sobre él, como si lo aplastara.
Durmió un tiempo extraordinariamente largo y sin sueños. Nastasia, que entró en su cuarto a las diez de la mañana del día siguiente, a duras penas logró despertarlo a empujones. Le trajo té y pan. El té era otra vez de hojas usadas, y otra vez en su propia tetera.
—¡Mira cómo duerme! —exclamó indignada—. ¡Y se pasa la vida durmiendo!
Él se incorporó con esfuerzo. Le dolía la cabeza; se puso de pie, dio una vuelta por su cuartucho y volvió a caer en el sofá.
—¡Otra vez a dormir! —exclamó Nastasia—. ¿Pero qué, estás enfermo?
Él no respondió nada.
—¿Quieres té?
—Después —dijo él con esfuerzo, cerrando otra vez los ojos y volviéndose hacia la pared. Nastasia se quedó de pie junto a él.
—Quizá sí que esté enfermo —dijo, se dio la vuelta y se fue.
Volvió a entrar a las dos, con sopa. Él estaba acostado como antes. El té seguía sin tocar. Nastasia hasta se ofendió y, furiosa, empezó a sacudirlo.
—¿Qué haces roncando? —exclamó, mirándolo con repugnancia. Él se incorporó y se sentó, pero no le dijo nada y miraba al suelo.
—¿Estás enfermo o no? —preguntó Nastasia, y otra vez no obtuvo respuesta.
—Por lo menos podrías salir a la calle —dijo ella tras un silencio—, que te diera un poco el aire. ¿Vas a comer o qué?
—Después —dijo él débilmente—. ¡Vete! —E hizo un gesto con la mano.
Ella se quedó todavía un momento, lo miró con compasión y salió.
Al cabo de unos minutos él levantó los ojos y estuvo mucho rato mirando el té y la sopa. Después tomó el pan, tomó la cuchara y se puso a comer.
Comió poco, sin apetito, tres o cuatro cucharadas, como maquinalmente. La cabeza le dolía menos. Después de comer, se volvió a tender en el sofá, pero ya no podía dormirse, y estaba acostado sin moverse, boca abajo, con la cara hundida en la almohada. No dejaba de soñar despierto, y eran unas ensoñaciones muy extrañas: lo que más a menudo se le aparecía era que estaba en algún lugar de África, en Egipto, en una especie de oasis. La caravana descansa, los camellos están echados tranquilos; alrededor crecen palmeras formando todo un círculo; todos comen. Y él no hace más que beber agua, directamente del arroyo, que corre y murmura allí mismo, a un costado. Y hace tanto fresco, y el agua es tan maravillosa, tan maravillosa, tan azul, fría, que corre sobre piedras de colores y sobre una arena tan limpia, con destellos de oro… De pronto oyó claramente que un reloj daba la hora. Se estremeció, volvió en sí, levantó la cabeza, miró por la ventana, calculó la hora y de pronto se levantó de un salto, completamente despejado, como si alguien lo hubiera arrancado del sofá. De puntillas se acercó a la puerta, la entreabrió despacio y se puso a escuchar hacia abajo, por la escalera. El corazón le latía terriblemente. Pero en la escalera todo estaba en silencio, como si todos durmieran… Le pareció absurdo y extraño haber podido dormir en semejante sopor desde el día anterior sin haber hecho todavía nada, sin haber preparado nada… Y mientras tanto quizá ya habían dado las seis… Y en lugar del sueño y el embotamiento, lo invadió de pronto un ajetreo extraordinario, febril y como desconcertado. Por lo demás, los preparativos eran pocos. Ponía todo su empeño en calcularlo todo y no olvidar nada; y el corazón seguía latiendo, golpeándole tanto que le costaba respirar. En primer lugar, había que hacer una presilla y coserla al abrigo: cosa de un minuto. Metió la mano debajo de la almohada y, entre la ropa blanca amontonada allí, encontró una camisa suya vieja, completamente deshecha, sin lavar. De sus jirones arrancó una tira de un vershok de ancho y unos ocho de largo. Dobló la tira en dos, se quitó su abrigo de verano ancho y resistente, de una tela gruesa de algodón (su única prenda de abrigo), y empezó a coser los dos extremos de la tira bajo la axila izquierda, por dentro. Le temblaban las manos mientras cosía, pero lo logró, y de modo que por fuera no se veía nada cuando volvió a ponerse el abrigo. La aguja y el hilo los tenía preparados desde hacía mucho y estaban en la mesita, envueltos en un papel. En cuanto a la presilla, era una invención suya muy ingeniosa: la presilla estaba destinada al hacha. No se podía llevar un hacha por la calle en la mano. Y si la escondía bajo el abrigo, de todos modos habría tenido que sostenerla con la mano, cosa que se notaría. Ahora, en cambio, con la presilla, bastaba con meter en ella la hoja del hacha, y colgaría tranquilamente, por dentro, bajo la axila, todo el camino. Y metiendo la mano en el bolsillo lateral del abrigo podía sostener también el extremo del mango del hacha, para que no se bamboleara; y como el abrigo era muy ancho, un verdadero saco, no se podía notar por fuera que sostenía algo con la mano a través del bolsillo. Esa presilla también la había ideado ya dos semanas antes.
Terminado esto, metió los dedos en una pequeña rendija entre su sofá «turco» y el suelo, tanteó junto al rincón izquierdo y sacó la prenda que tenía preparada y escondida allí desde hacía mucho. Esa prenda, por lo demás, no era ninguna prenda, sino simplemente una tablita de madera, bien cepillada, no más grande ni más gruesa de lo que podría ser una pitillera de plata. Había encontrado esa tablita por casualidad, en uno de sus paseos, en un patio donde, en un ala del edificio, había una especie de taller. Después le había agregado a la tablita una plaquita de hierro lisa y delgada, seguramente un trozo roto de algo, que también había encontrado en la calle entonces. Juntó las dos tablitas, de las cuales la de hierro era más pequeña que la de madera, y las ató con fuerza, en cruz, con hilo; después las envolvió con cuidado y elegancia en un papel blanco limpio y las ató con un cordoncito fino, también en cruz, y dispuso el nudo de manera que fuera bastante complicado de desatar. Eso era para distraer por un momento la atención de la vieja, cuando se pusiera a pelear con el nudo, y aprovechar así un minuto. La plaquita de hierro estaba agregada para el peso, para que la vieja, por lo menos en el primer momento, no adivinara que el «objeto» era de madera. Todo eso lo guardaba hasta el momento debajo del sofá. Apenas había sacado la prenda cuando, de pronto, en algún lugar del patio, alguien gritó:
—¡Hace rato que pasaron las seis!
—¡Hace rato! ¡Dios mío!
Se lanzó hacia la puerta, escuchó, agarró el sombrero y empezó a bajar sus trece escalones, con cuidado, sin ruido, como un gato. Le esperaba lo más importante: robar el hacha de la cocina. Que el asunto había que hacerlo con un hacha, lo tenía decidido desde hacía mucho. Tenía además una navaja de jardín plegable; pero no confiaba en la navaja, y sobre todo no confiaba en sus fuerzas, y por eso se había quedado definitivamente con el hacha. Señalemos, de paso, una particularidad de todas las decisiones definitivas que ya había tomado en este asunto. Tenían una propiedad extraña: cuanto más definitivas se volvían, más monstruosas, más absurdas se volvían enseguida también a sus ojos. A pesar de toda su torturante lucha interior, nunca, ni por un instante, en todo ese tiempo, pudo creer que sus planes fueran realizables.
Y aunque alguna vez hubiera ocurrido que ya todo, hasta el último punto, lo hubiera analizado y decidido definitivamente, y que ya no le quedara ninguna duda, entonces, precisamente, parece que habría renunciado a todo como a un absurdo, a una monstruosidad y a una imposibilidad. Pero quedaba todavía un abismo de puntos sin resolver y de dudas. En cuanto a dónde conseguir el hacha, esa pequeñez no lo inquietaba en lo más mínimo, porque no había nada más fácil. El caso era que Nastasia, sobre todo por las tardes, a cada momento no estaba en casa: o salía corriendo a casa de los vecinos, o a la tienda, y siempre dejaba la puerta abierta de par en par. La casera solo por eso se peleaba con ella. Así que bastaba con entrar sin ruido en la cocina, cuando llegara el momento, y tomar el hacha, y después, al cabo de una hora (cuando todo hubiera terminado), entrar y dejarla en su lugar. Pero se le presentaban también dudas: supongamos que vuelve al cabo de una hora para dejarla en su lugar, y Nastasia está allí, ha vuelto. Desde luego, habría que pasar de largo y esperar a que volviera a salir. ¿Y si en ese tiempo echa en falta el hacha, se pone a buscarla, arma un escándalo? Ahí estaría la sospecha o, por lo menos, un motivo de sospecha.
Pero esas eran todavía pequeñeces, en las que ni había empezado a pensar, y además no tenía tiempo. Pensaba en lo principal, y las pequeñeces las dejaba para cuando él mismo estuviera convencido de todo. Pero esto último le parecía decididamente irrealizable. Así, por lo menos, le parecía a él mismo. No podía de ningún modo imaginarse, por ejemplo, que alguna vez terminaría de pensar, se levantaría y simplemente iría allí… Incluso su reciente ensayo (es decir, la visita con la intención de examinar definitivamente el lugar) solo lo había intentado, pero ni mucho menos en serio, sino así: «Vamos, iré a probar, ¡para qué soñar tanto!», y enseguida no pudo más, escupió y huyó, furioso consigo mismo. Y sin embargo, parecía que todo el análisis, en el sentido de la solución moral de la cuestión, ya lo había terminado: su casuística se había afilado como una navaja de afeitar, y ya no encontraba en sí mismo objeciones conscientes. Pero en este último punto sencillamente no se creía a sí mismo, y con obstinación, servilmente, buscaba objeciones a los costados y a tientas, como si alguien lo obligara y lo arrastrara a eso. Y el último día, que llegó de manera tan imprevista y lo decidió todo de golpe, actuó sobre él de un modo casi completamente mecánico: como si alguien lo hubiera tomado de la mano y lo arrastrara tras de sí, irresistiblemente, a ciegas, con una fuerza antinatural, sin objeciones. Como si un jirón de su ropa se hubiera enganchado en la rueda de una máquina y esta empezara a arrastrarlo hacia adentro.
Al principio (aunque ya mucho antes) le interesaba una pregunta: ¿por qué casi todos los crímenes se descubren y se delatan con tanta facilidad, y se marcan con tanta evidencia las huellas de casi todos los criminales? Poco a poco llegó a conclusiones variadas y curiosas, y, a su juicio, la causa principal no estaba tanto en la imposibilidad material de ocultar el crimen como en el propio criminal; el propio criminal, y casi cualquiera, en el momento del crimen sufre una especie de desfallecimiento de la voluntad y de la razón, que son reemplazadas, por el contrario, por una ligereza infantil fenomenal, y precisamente en el momento en que más necesarias son la razón y la prudencia. Según su convicción, resultaba que ese eclipse de la razón y ese desfallecimiento de la voluntad se apoderan del hombre como una enfermedad, se desarrollan poco a poco y llegan a su punto más alto poco antes de cometerse el crimen; continúan de la misma forma en el momento mismo del crimen y todavía algún tiempo después, según el individuo; después pasan, igual que pasa cualquier enfermedad. Pero la pregunta de si es la enfermedad la que engendra el crimen o si el crimen mismo, por alguna naturaleza particular suya, va siempre acompañado de algo parecido a una enfermedad, todavía no se sentía capaz de resolverla.
Al llegar a esas conclusiones, decidió que a él personalmente, en su asunto, no podían ocurrirle semejantes trastornos enfermizos, que la razón y la voluntad permanecerían con él, inseparables, durante toda la ejecución de lo planeado, por la única razón de que lo que él había planeado «no era un crimen»… Omitimos todo el proceso por el cual llegó a esta última decisión; ya nos hemos adelantado demasiado… Añadiremos solo que las dificultades fácticas, puramente materiales, del asunto, en general desempeñaban en su mente el papel más secundario. «Basta con conservar sobre ellas toda la voluntad y toda la razón, y todas serán vencidas, a su debido tiempo, cuando haya que conocer hasta en sus más mínimos detalles todas las circunstancias del asunto…» Pero el asunto no empezaba. En sus decisiones definitivas era en lo que menos seguía creyendo, y cuando sonó la hora, todo salió de un modo completamente distinto, como por casualidad, incluso casi inesperadamente.
Una circunstancia de lo más insignificante lo dejó en un callejón sin salida antes incluso de que bajara la escalera. Al llegar a la altura de la cocina de la casera, abierta de par en par como siempre, miró de reojo con cuidado hacia adentro para comprobar de antemano si no estaría allí, en ausencia de Nastasia, la propia casera, y, si no estaba, si las puertas de su habitación estaban bien cerradas, para que tampoco ella se asomara de algún modo cuando él entrara por el hacha. ¡Pero cuál no sería su asombro cuando vio de pronto que Nastasia no solo estaba esta vez en casa, en su cocina, sino que además estaba ocupada: sacaba ropa blanca de un cesto y la colgaba en las cuerdas! Al verlo, dejó de colgar, se volvió hacia él y lo estuvo mirando todo el tiempo mientras pasaba. Él apartó los ojos y pasó como si no notara nada. Pero el asunto estaba terminado: ¡no había hacha! Quedó terriblemente impresionado.
«¿Y de dónde saqué yo —pensaba, mientras bajaba hacia el portón—, de dónde saqué que precisamente en ese momento ella no iba a estar en casa? ¿Por qué, por qué, por qué lo di por tan seguro?» Estaba aplastado, incluso como humillado. Tenía ganas de reírse de sí mismo, de rabia… Una rabia sorda, bestial, hervía en él.
Se detuvo pensativo bajo el portón. Salir a la calle, así, para disimular, a pasear, le repugnaba; volver a casa, todavía más. «¡Y qué ocasión he perdido para siempre!», murmuró, de pie sin objeto bajo el portón, justo enfrente del cuartucho oscuro del portero, también abierto. De pronto se estremeció. Del cuartucho del portero, que estaba a dos pasos de él, de debajo del banco, a la derecha, algo le brilló en los ojos… Miró alrededor: nadie. De puntillas se acercó a la portería, bajó los dos escalones y con voz débil llamó al portero. «¡Así es, no está! Anda cerca, de todos modos, en el patio, porque la puerta está abierta de par en par». Se lanzó de cabeza sobre el hacha (era un hacha) y la sacó de debajo del banco, donde estaba entre dos leños; ahí mismo, sin salir, la sujetó en la presilla, metió las dos manos en los bolsillos y salió de la portería; ¡nadie lo vio! «¡Si no es la razón, es el diablo!», pensó, con una sonrisa extraña. Esa casualidad lo animó extraordinariamente.
Iba por el camino despacio y con aplomo, sin apresurarse, para no despertar ninguna sospecha. Miraba poco a los transeúntes, procuraba incluso no mirarles la cara en absoluto y pasar lo más inadvertido posible. Entonces se acordó del sombrero. «¡Dios mío! ¡Y anteayer tenía dinero, y no fui capaz de cambiarlo por una gorra!» Una maldición le salió del alma.
Al echar por casualidad un vistazo, con un ojo, dentro de una tienda, vio que allí, en el reloj de pared, eran ya las siete y diez. Había que apresurarse y al mismo tiempo dar un rodeo: acercarse a la casa dando la vuelta, por el otro lado…
Antes, cuando se imaginaba todo esto, a veces pensaba que iba a tener mucho miedo. Pero ahora no tenía mucho miedo, incluso no tenía ningún miedo. En ese momento lo ocupaban incluso ciertos pensamientos ajenos al asunto, aunque ninguno por mucho tiempo. Al pasar junto al jardín Yusúpov, hasta se entretuvo bastante pensando en la instalación de fuentes altas y en lo bien que refrescarían el aire en todas las plazas. Poco a poco llegó a la convicción de que, si se extendiera el Jardín de Verano a todo el Campo de Marte y hasta se lo uniera con el jardín del palacio Mijáilovski, sería algo hermoso y utilísimo para la ciudad. Entonces le interesó de pronto por qué precisamente en todas las grandes ciudades el hombre, no solo por necesidad, sino como por una inclinación especial, tiende a vivir y a instalarse precisamente en esas partes de la ciudad donde no hay jardines ni fuentes, donde hay suciedad y hedor y toda clase de porquerías. Entonces se acordó de sus propios paseos por la Sennaia, y por un momento volvió en sí. «Qué disparate —pensó—. ¡No, mejor no pensar en nada!»
«Así, seguramente, los que llevan al patíbulo se aferran con el pensamiento a todos los objetos que encuentran por el camino», le cruzó por la cabeza, pero solo le cruzó como un relámpago; él mismo apagó enseguida ese pensamiento… Pero ya está cerca, ya está la casa, ya está el portón. En algún lugar, de pronto, un reloj dio una campanada.
«¿Qué es eso? ¿Serán las siete y media? ¡No puede ser, seguro que adelanta!»
Por suerte para él, en el portón todo salió bien otra vez. Más aún: como hecho a propósito, en ese mismo instante, justo delante de él, entró por el portón una enorme carreta de heno, que lo tapó por completo todo el tiempo que tardó en cruzar el pasaje, y apenas la carreta salió del portón al patio, él se deslizó en un instante a la derecha. Allí, del otro lado de la carreta, se oía que varias voces gritaban y discutían, pero nadie lo vio, y no se cruzó con nadie. Muchas ventanas que daban a ese enorme patio cuadrado estaban abiertas en ese momento, pero él no levantó la cabeza: no tenía fuerzas. La escalera de la vieja estaba cerca, enseguida, a la derecha del portón. Ya estaba en la escalera…
Recobrando el aliento y apretándose con la mano el corazón que golpeaba, palpando y ajustando una vez más el hacha, empezó a subir la escalera con cuidado y en silencio, escuchando a cada momento. Pero también la escalera estaba en ese momento completamente vacía; todas las puertas estaban cerradas; no se cruzó con nadie. En el segundo piso, es verdad, una vivienda vacía estaba abierta de par en par, y en ella trabajaban unos pintores, pero ni lo miraron. Se detuvo, pensó y siguió subiendo. «Desde luego, sería mejor que no estuvieran aquí, pero… por encima de ellos hay todavía dos pisos».
Pero ya está el cuarto piso, ya está la puerta, ya está la vivienda de enfrente, la vacía. En el tercer piso, por todos los indicios, la vivienda que está justo debajo de la de la vieja también está vacía: la tarjeta de visita, clavada a la puerta con clavitos, ha sido retirada: ¡se han mudado!… Se ahogaba. Por un instante le cruzó por la mente un pensamiento: «¿Y si me voy?». Pero no se dio respuesta y se puso a escuchar hacia la vivienda de la vieja: un silencio de muerte. Después escuchó una vez más hacia abajo, por la escalera; escuchó mucho rato, con atención… Después miró alrededor por última vez, se recompuso, se arregló y probó una vez más el hacha en la presilla. «¿No estaré pálido… demasiado? —pensaba—. ¿No estaré especialmente agitado? Ella es desconfiada… ¿Y si espero un poco más… a que se calme el corazón?…»
Pero el corazón no se calmaba. Al contrario, como a propósito, golpeaba más fuerte, más fuerte, más fuerte… No pudo más, extendió despacio la mano hacia la campanilla y llamó. Al cabo de medio minuto volvió a llamar, más fuerte.
No hubo respuesta. Llamar sin sentido no tenía por qué, y además no le iba a su papel. La vieja, desde luego, estaba en casa, pero era desconfiada y estaba sola. Él conocía en parte sus costumbres… y una vez más pegó con fuerza la oreja a la puerta. Ya fuera que sus sentidos estuvieran tan aguzados (cosa que en general es difícil suponer), o que de verdad se oyera mucho, de pronto distinguió como un roce cauteloso de una mano en el picaporte y como el frufrú de un vestido contra la puerta misma. Alguien estaba de pie, sin hacerse notar, justo junto a la cerradura, y exactamente igual que él aquí, afuera, escuchaba, escondido adentro y, al parecer, también con la oreja pegada a la puerta…
Él se movió a propósito y murmuró algo en voz más alta, para no dejar ver que se escondía; después llamó por tercera vez, pero despacio, con aplomo y sin ninguna impaciencia. Al recordarlo después, de manera vívida, clara (ese minuto quedó grabado en él para siempre), no podía entender de dónde había sacado tanta astucia, tanto más cuanto que su mente parecía apagarse por momentos y su propio cuerpo casi no lo sentía… Un instante después se oyó que quitaban el cerrojo.