Saltar al contenido
Crimen y castigo

Capítulo 20 de 41

Índice

Capítulo 20

Tercera parte. Capítulo VI

Crimen y castigo · Fiódor Dostoyevski

—…¡No lo creo! ¡No puedo creerlo! —repetía, desconcertado, Razumíjin, esforzándose con todas sus fuerzas por refutar los argumentos de Raskólnikov. Ya se acercaban a los cuartos de Bakaléiev, donde hacía rato que los esperaban Pulqueria Aleksándrovna y Dunia. Razumíjin se detenía a cada momento por el camino, en el calor de la conversación, turbado y agitado ya solo porque era la primera vez que hablaban de eso con claridad.

—¡Pues no lo creas! —respondía Raskólnikov con una sonrisa fría e indiferente—. Tú, según tu costumbre, no notabas nada, y yo sopesaba cada palabra.

—Eres suspicaz, por eso las sopesabas… Hm… en efecto, lo admito, el tono de Porfiri era bastante extraño, ¡y sobre todo ese canalla de Zamétov!… Tienes razón, había algo en él… ¿pero por qué? ¿Por qué?

—Cambió de idea durante la noche.

—¡Pero al contrario, al contrario! Si tuvieran esa idea descabellada, habrían hecho todo lo posible por esconderla y ocultar sus cartas, para atraparte después… ¡Y ahora eso es insolente e imprudente!

—Si tuvieran hechos, es decir, hechos verdaderos, o por lo menos sospechas algo fundadas, entonces de verdad habrían procurado ocultar el juego con la esperanza de ganar todavía más (¡aunque hace rato que habrían hecho un registro!). Pero no tienen ningún hecho, ni uno: todo es un espejismo, todo tiene dos caras, una idea volátil y nada más; por eso procuran desconcertarme con insolencia. Y quizá él mismo se enfureció porque no hay hechos, y estalló por despecho. Y quizá tiene alguna intención… Parece un hombre inteligente… Quizá quería asustarme con que sabe… Aquí, hermano, hay una psicología propia… Aunque es repugnante explicar todo esto. ¡Déjalo!

—¡Y ofensivo, ofensivo! ¡Te entiendo! Pero… ya que ahora hablamos claro (¡y es estupendo que por fin hablemos claro, me alegro!), te confieso francamente que hace tiempo que les notaba esa idea, en todo este tiempo, desde luego solo en una forma pequeñita, rastrera, ¿pero por qué aunque sea rastrera? ¿Cómo se atreven? ¿Dónde, dónde se esconden en ellos esas raíces? ¡Si supieras cómo me enfurecía! Cómo: porque un estudiante pobre, desfigurado por la miseria y la hipocondría, en vísperas de una enfermedad grave con delirio, que quizá ya empezaba en él (¡fíjate bien!), suspicaz, orgulloso, que conoce su valor, y que en seis meses no vio a nadie en su rincón, con harapos y botas sin suelas, está de pie ante unos polizontes de barrio y soporta sus ultrajes; y ahí una deuda inesperada ante las narices, un pagaré vencido con el consejero de corte Chebárov, pintura podrida, treinta grados Réaumur1, aire viciado, un montón de gente, el relato del asesinato de una persona a cuya casa había ido la víspera, ¡y todo eso con el estómago vacío! ¡Cómo no va a desmayarse uno! ¡Y en eso, en eso basarlo todo! ¡Diablos! Entiendo que es fastidioso, pero en tu lugar, Rodka, yo me les reiría a todos en la cara, o mejor: les escu-pi-ría a todos en la jeta, y bien espeso, y repartiría para todos lados un par de docenas de bofetadas, con inteligencia, como siempre hay que darlas, y con eso terminaría. ¡Escupe sobre todo eso! ¡Anímate! ¡Qué vergüenza!

«Pues lo expuso bien», pensó Raskólnikov.

—¿Escupir? ¡Y mañana otra vez el interrogatorio! —dijo con amargura—. ¿Será que tengo que ponerme a dar explicaciones con ellos? Ya me fastidia haberme rebajado ayer en la taberna hasta Zamétov…

—¡Diablos! ¡Iré yo mismo a ver a Porfiri! Y lo voy a apretar, como pariente que soy; ¡que me lo suelte todo hasta las raíces! Y a Zamétov…

«¡Por fin se dio cuenta!», pensó Raskólnikov.

—¡Espera! —gritó Razumíjin, agarrándolo de pronto del hombro—. ¡Espera! ¡Mentiste! Lo pensé: ¡mentiste! ¿Qué trampa es esa? ¿Dices que la pregunta de los obreros era una trampa? Piénsalo: si hubieras sido tú, ¿podrías haberte delatado diciendo que viste cómo pintaban la vivienda… y a los obreros? Al contrario: ¡no habrías visto nada, aunque los hubieras visto! ¿Quién va a confesar en su contra?

—Si yo hubiera hecho aquello, sin duda habría dicho que vi a los obreros y la vivienda —siguió respondiendo Raskólnikov de mala gana y con visible repugnancia.

—¿Pero para qué hablar en tu contra?

—Porque solo los campesinos, o los novatos más inexpertos, en los interrogatorios lo niegan todo de plano y de una vez. Un hombre apenas un poco desarrollado y experimentado procura sin falta, en lo posible, reconocer todos los hechos externos e inevitables; solo que les busca otras causas, mete un rasgo suyo, especial e inesperado, que les da un significado completamente distinto y los presenta bajo otra luz. Porfiri podía calcular precisamente que yo respondería así sin falta y diría sin falta que los vi, para que fuera verosímil, y que al mismo tiempo metería algo como explicación…

—Pero entonces él te habría dicho enseguida que dos días antes los obreros no podían estar allí y que, por lo tanto, tú estuviste precisamente el día del asesinato, pasadas las siete. ¡Te habría hecho caer con una nadería!

—Precisamente con eso contaba: que yo no alcanzaría a pensarlo, que me apresuraría a responder de manera más verosímil y olvidaría que dos días antes los obreros no podían estar.

—¿Pero cómo se va a olvidar eso?

—¡Nada más fácil! Con las cosas más insignificantes es como más fácilmente caen los astutos. Cuanto más astuto es un hombre, menos sospecha que lo harán caer con algo simple. Al hombre más astuto hay que hacerlo caer precisamente con lo más simple. Porfiri no es para nada tan tonto como crees…

—¡Entonces es un canalla!

Raskólnikov no pudo menos que reírse. Pero en ese mismo momento le parecieron extraños su propio entusiasmo y las ganas con que había dicho esa última explicación, cuando toda la conversación anterior la había sostenido con una repugnancia sombría, evidentemente por algún fin, por necesidad.

«¡En algunos puntos le estoy tomando el gusto!», pensó para sí.

Pero casi en ese mismo momento se puso de pronto inquieto, como si una idea inesperada y alarmante lo hubiera golpeado. Su inquietud aumentaba. Ya habían llegado a la entrada de los cuartos de Bakaléiev.

—Ve tú solo —dijo de pronto Raskólnikov—, enseguida vuelvo.

—¿Adónde vas? ¡Si ya llegamos!

—Tengo que ir, tengo que ir; un asunto… vengo en media hora… Diles.

—Como quieras, ¡yo voy contigo!

—¿Qué, tú también quieres atormentarme? —exclamó él con una irritación tan amarga, con tanta desesperación en la mirada, que a Razumíjin se le cayeron los brazos. Se quedó un rato en la escalinata mirando sombrío cómo el otro se alejaba a paso rápido en dirección a su callejón. Por fin, apretando los dientes y cerrando los puños, y jurándose allí mismo que ese mismo día exprimiría a Porfiri como un limón, subió para tranquilizar a Pulqueria Aleksándrovna, ya alarmada por lo mucho que tardaban.

Cuando Raskólnikov llegó a su casa, tenía las sienes empapadas de sudor y respiraba con dificultad. Subió deprisa la escalera, entró en su vivienda, que no estaba cerrada, y enseguida se encerró con el gancho. Después, asustado y como loco, se lanzó al rincón, a aquel mismo agujero del papel de la pared donde habían estado entonces las cosas, metió la mano y durante unos minutos estuvo tanteando con cuidado el agujero, revisando todos los recovecos y todos los pliegues del papel. Al no encontrar nada, se levantó y respiró hondo. Hacía un momento, al acercarse ya a la escalinata de Bakaléiev, se le había ocurrido de pronto que algún objeto, alguna cadenita, un gemelo, o incluso el papel en que estaban envueltos, con una anotación de puño y letra de la vieja, podía haberse escurrido entonces de algún modo y haberse perdido en alguna rendija, para aparecer después de pronto ante él como una prueba inesperada e irrefutable.

Estaba de pie como pensativo, y una sonrisa extraña, humillada, medio sin sentido, le vagaba por los labios. Por fin tomó la gorra y salió despacio de la habitación. Sus pensamientos se enredaban. Pensativo, bajó hasta el portón.

—¡Pues ahí está él! —gritó una voz fuerte; levantó la cabeza.

El portero estaba de pie junto a la puerta de su cuartucho y lo señalaba directamente a un hombre bajo, con aspecto de mieshchanín, vestido con algo así como una bata, con chaleco, y que de lejos se parecía mucho a una mujer. La cabeza, con una gorra grasienta, le colgaba hacia abajo, y todo él estaba como encorvado. Su cara flácida, arrugada, mostraba más de cincuenta años; los ojillos pequeños, hundidos en grasa, miraban sombríos, severos y con disgusto.

—¿Qué pasa? —preguntó Raskólnikov, acercándose al portero.

El mieshchanín lo miró de reojo, por debajo de las cejas, y lo examinó con fijeza y atención, sin prisa; después se dio la vuelta despacio y, sin decir una palabra, salió por el portón a la calle.

—¿Pero qué pasa? —exclamó Raskólnikov.

—Pues ese preguntaba si aquí vivía un estudiante, dijo su nombre, en casa de quién vive. Usted bajó justo, se lo mostré, y él se fue. Ya ve.

También el portero estaba algo perplejo, aunque no mucho, y, pensándolo una gotita más, se dio la vuelta y se metió de nuevo en su cuartucho.

Raskólnikov se lanzó tras el mieshchanín y enseguida lo vio, yendo por la otra acera, con el mismo paso regular y sin prisa, los ojos clavados en el suelo y como pensando algo. Pronto lo alcanzó, pero durante un rato fue detrás de él; por fin se puso a su altura y le miró la cara de costado. El otro lo notó enseguida, le echó una mirada rápida, pero volvió a bajar los ojos, y así anduvieron como un minuto, uno junto al otro y sin decir palabra.

—¿Usted preguntó por mí… al portero? —dijo por fin Raskólnikov, pero en voz muy baja.

El mieshchanín no dio ninguna respuesta y ni siquiera lo miró. Volvieron a callar.

—¿Pero qué… viene usted a preguntar… y se calla… pero qué es esto? —A Raskólnikov se le cortaba la voz, y las palabras no querían salirle con claridad.

El mieshchanín esta vez levantó los ojos y miró a Raskólnikov con una mirada siniestra, sombría.

—¡Asesino! —dijo de pronto con voz baja, pero clara y nítida…

Raskólnikov iba a su lado. Las piernas se le debilitaron de pronto terriblemente, la espalda se le heló, y el corazón por un instante pareció detenerse; después de pronto empezó a golpear, como si se hubiera soltado de un gancho. Así anduvieron unos cien pasos, uno al lado del otro y otra vez en completo silencio.

El mieshchanín no lo miraba.

—¿Pero qué… qué… quién es un asesino? —murmuró Raskólnikov con voz apenas audible.

—Tú eres un asesino —dijo el otro, todavía más claro e imponente, y como con una sonrisa de triunfo lleno de odio, y otra vez miró directamente la cara pálida de Raskólnikov y sus ojos sin vida. Llegaron entonces los dos a un cruce. El mieshchanín dobló por la calle de la izquierda y siguió sin volverse. Raskólnikov se quedó en el sitio y lo siguió largo rato con la mirada. Vio cómo el otro, ya a unos cincuenta pasos, se volvió y lo miró, a él, que seguía inmóvil en el mismo lugar. No se podía distinguir, pero a Raskólnikov le pareció que también esta vez sonreía con su sonrisa fría, llena de odio y triunfante.

Con un paso lento, debilitado, con las rodillas temblorosas y como terriblemente helado, Raskólnikov volvió atrás y subió a su cuartucho. Se quitó la gorra, la dejó en la mesa y se quedó unos diez minutos de pie a su lado, inmóvil. Después, sin fuerzas, se acostó en el sofá y se estiró en él con dolor, con un gemido débil; tenía los ojos cerrados. Así estuvo acostado como media hora.

No pensaba en nada. Había, así, unos pensamientos o jirones de pensamientos, unas imágenes, sin orden ni relación: caras de personas que había visto todavía en la infancia o con las que se había cruzado alguna vez una sola vez y de las que nunca se habría acordado; el campanario de la iglesia de V…; un billar en una taberna y un oficial junto al billar, el olor de los cigarros en una tabaquería de un sótano, una taberna, una escalera de servicio, completamente oscura, toda cubierta de aguas sucias y sembrada de cáscaras de huevo, y desde algún lugar llega el tañido dominical de las campanas… Los objetos se sucedían y giraban como un torbellino. Algunos hasta le gustaban, y se aferraba a ellos, pero se apagaban, y en general algo lo oprimía por dentro, pero no mucho. A veces hasta se sentía bien… Un escalofrío leve no se le pasaba, y también eso era casi agradable de sentir.

Oyó los pasos apresurados de Razumíjin y su voz, cerró los ojos y fingió dormir. Razumíjin abrió la puerta y se quedó un rato en el umbral, como pensando. Después entró despacio en la habitación y se acercó con cuidado al sofá. Se oyó el susurro de Nastasia:

—No lo toques; deja que duerma; después comerá.

—Es verdad —respondió Razumíjin.

Los dos salieron con cuidado y entornaron la puerta. Pasó otra media hora. Raskólnikov abrió los ojos y volvió a echarse de espaldas, con las manos cruzadas detrás de la cabeza…

«¿Quién es? ¿Quién es ese hombre salido de debajo de la tierra? ¿Dónde estaba y qué vio? Lo vio todo, eso es indudable. ¿Dónde estaba entonces y desde dónde miraba? ¿Por qué sale de debajo del suelo solo ahora? ¿Y cómo pudo ver? ¿Acaso es posible?… Hm… —prosiguió Raskólnikov, helándose y estremeciéndose—, ¿y el estuche que encontró Nikolái detrás de la puerta? ¿Acaso eso también es posible? ¿Pruebas? Se te pasa por alto un rasguito de una cienmilésima, ¡y ahí está la prueba, del tamaño de una pirámide de Egipto! Una mosca volaba, ¡ella lo vio! ¿Acaso es posible así?»

Y de pronto sintió con repugnancia cuánto se había debilitado, debilitado físicamente.

«Debía saberlo —pensaba con una sonrisa amarga—, ¡y cómo me atreví, conociéndome, presintiéndome, a tomar el hacha y a ensangrentarme! Estaba obligado a saberlo de antemano… ¡Eh! ¡Pero si ya lo sabía de antemano!…», susurró desesperado.

A ratos se detenía inmóvil ante algún pensamiento:

«No, esos hombres no están hechos así; el verdadero soberano, al que todo le está permitido, bombardea Tolón, hace una matanza en París, olvida un ejército en Egipto, gasta medio millón de hombres en la campaña de Moscú y sale del paso con un juego de palabras en Vilna2; y a él mismo, después de muerto, le levantan ídolos; entonces todo está permitido. ¡No, esos hombres, se ve, no están hechos de carne, sino de bronce!»

Un pensamiento ajeno, repentino, casi lo hizo reír:

«Napoleón, las pirámides, Waterloo, y una viuda de registrador flaca y asquerosa, una viejecilla, una usurera, con un baúl rojo debajo de la cama: ¡a ver cómo digiere eso aunque sea Porfiri Petróvich!… ¡Cómo lo van a digerir!… Se lo impedirá la estética: ¿se va a meter Napoleón, dirán, debajo de la cama de una “viejecilla”? ¡Eh, qué porquería!…»

Por momentos sentía que estaba como delirando: caía en un estado de entusiasmo febril.

«¡La viejecilla es una tontería! —pensaba con ardor e impetuosamente—. La vieja quizá fue un error, ¡no se trata de ella! La vieja fue solo una enfermedad… yo quería pasar por encima cuanto antes… ¡no maté a un ser humano, maté un principio! El principio sí lo maté, pero pasar por encima no pasé, me quedé de este lado… Lo único que supe fue matar. Y ni siquiera eso supe, por lo que se ve… ¿Un principio? ¿Por qué el tontito de Razumíjin insultaba hace un rato a los socialistas? Gente trabajadora y comerciante, que se ocupa de la “felicidad común”… No, a mí la vida se me da una sola vez, y nunca más la tendré; no quiero esperar a la “felicidad universal”. Yo también quiero vivir, y si no, mejor no vivir. ¿Y qué? Solo no quise pasar junto a una madre hambrienta apretando en el bolsillo mi rublo, en espera de la “felicidad universal”. “Llevo, digamos, un ladrillito para la felicidad universal, y por eso siento la paz en el corazón”. ¡Ja, ja! ¿Y por qué se olvidaron de mí? Si yo vivo una sola vez, si yo también quiero… Eh, soy un piojo estético, y nada más —añadió de pronto, riéndose como un loco—. Sí, de verdad soy un piojo —prosiguió, aferrándose con malicia al pensamiento, hurgando en él, jugando y divirtiéndose con él—, y aunque solo fuera porque, en primer lugar, ahora razono sobre que soy un piojo; porque, en segundo lugar, durante un mes entero molesté a la providencia bienaventurada, poniéndola por testigo de que no lo emprendía, digamos, por mi carne y mi lujuria, sino que tenía en vista un fin magnífico y agradable, ¡ja, ja! Porque, en tercer lugar, resolví observar en la ejecución toda la justicia posible, el peso y la medida, y la aritmética: de todos los piojos elegí el más inútil de todos y, después de matarlo, resolví tomarle exactamente lo que necesitaba para el primer paso, ni más ni menos (y el resto, entonces, iría a parar al monasterio, según el testamento, ¡ja, ja!)… Por eso, por eso soy definitivamente un piojo —añadió, rechinando los dientes—, ¡porque yo mismo soy quizá todavía más vil y más asqueroso que el piojo muerto, y presentía de antemano que me lo diría después de matar! ¿Acaso hay algo que se pueda comparar con semejante horror? ¡Oh, vulgaridad! ¡Oh, vileza!… ¡Oh, cómo entiendo al “profeta”, con el sable, a caballo! Lo manda Alá, ¡y obedece, criatura “temblorosa”! ¡Tiene razón, tiene razón el “profeta” cuando planta en algún lugar, atravesada en la calle, una bue-e-ena batería y dispara contra justos y culpables, sin dignarse siquiera a explicarse! ¡Obedece, criatura temblorosa, y no desees, porque eso no es asunto tuyo!… ¡Oh, por nada, por nada del mundo le perdonaré a la viejecilla!»

Tenía el pelo empapado de sudor; los labios temblorosos, resecos; la mirada inmóvil, clavada en el techo.

«Mi madre, mi hermana, ¡cómo las quería! ¿Por qué ahora las odio? Sí, las odio, las odio físicamente, no puedo soportarlas a mi lado… Hace un rato me acerqué y besé a mi madre, me acuerdo… Abrazarla y pensar que si supiera… ¿y si se lo digo entonces? Soy capaz… ¡Hm! Ella tiene que ser igual que yo —añadió, pensando con esfuerzo, como luchando contra el delirio que lo invadía—. ¡Oh, cómo odio ahora a la viejecilla! ¡Creo que la mataría otra vez si volviera en sí! ¡Pobre Lizaveta! ¡Por qué se cruzó ahí!… Es extraño, sin embargo, por qué casi no pienso en ella, como si no la hubiera matado… ¡Lizaveta! ¡Sonia! Pobres, mansas, de ojos mansos… ¡Queridas!… ¿Por qué no lloran? ¿Por qué no gimen?… Lo dan todo… miran mansas y calladas… ¡Sonia, Sonia! ¡Callada Sonia!…»

Perdió el conocimiento; le pareció extraño no recordar cómo había podido ir a parar a la calle. Ya era muy entrada la tarde. El crepúsculo se espesaba, la luna llena brillaba cada vez más clara; pero en el aire había un bochorno especial. La gente andaba en multitud por las calles; los artesanos y la gente ocupada volvían a sus casas, otros paseaban; olía a cal, a polvo, a agua estancada. Raskólnikov caminaba triste y preocupado: recordaba muy bien que había salido de casa con alguna intención, que había que hacer algo y apresurarse, pero qué exactamente, lo había olvidado. De pronto se detuvo y vio que del otro lado de la calle, en la acera, había un hombre que le hacía señas con la mano. Fue hacia él cruzando la calle, pero de pronto ese hombre se dio la vuelta y se fue como si nada, con la cabeza gacha, sin volverse y sin dar a entender que lo había llamado. «¿Pero de verdad me llamó?», pensó Raskólnikov, y sin embargo se puso a alcanzarlo. A unos diez pasos de él, de pronto lo reconoció y… se asustó: era el mieshchanín de antes, con la misma bata e igual de encorvado. Raskólnikov iba de lejos; el corazón le golpeaba; doblaron por un callejón: el otro no se volvía. «¿Sabrá que lo sigo?», pensaba Raskólnikov. El mieshchanín entró por el portón de una casa grande. Raskólnikov se acercó enseguida al portón y se puso a mirar: ¿no se volverá, no lo llamará? En efecto, después de cruzar todo el pasaje y al salir ya al patio, el otro se volvió de pronto y otra vez pareció hacerle una seña. Raskólnikov cruzó enseguida el pasaje, pero en el patio ya no estaba el mieshchanín. Entonces había entrado ahí mismo, por la primera escalera. Raskólnikov se lanzó tras él. En efecto, dos pisos más arriba todavía se oían los pasos regulares, sin prisa, de alguien. ¡Qué extraño, la escalera parecía conocida! Ahí está la ventana del primer piso; triste y misteriosa pasaba por los vidrios la luz de la luna; ahí está el segundo piso. ¡Vaya! Es aquella misma vivienda donde pintaban los obreros… ¿Cómo no la reconoció enseguida? Los pasos del hombre que iba delante se apagaron: «Entonces se detuvo o se escondió en algún lado». Ahí está el tercer piso; ¿seguir subiendo? Y qué silencio hay allí, hasta da miedo… Pero siguió. El ruido de sus propios pasos lo asustaba y lo inquietaba. ¡Dios, qué oscuro está! El mieshchanín seguramente está escondido por aquí en algún rincón. ¡Ah! La vivienda está abierta de par en par a la escalera; lo pensó y entró. En el recibidor estaba muy oscuro y vacío, ni un alma, como si se lo hubieran llevado todo; despacio, de puntillas, pasó a la sala: toda la habitación estaba bañada por una luz de luna intensa; todo está como antes: las sillas, el espejo, el sofá amarillo y los cuadritos con marco. Una luna enorme, redonda, de un rojo cobrizo, miraba directamente por las ventanas. «Es por la luna que hay tanto silencio —pensó Raskólnikov—, seguramente ahora está proponiendo una adivinanza». Estaba de pie y esperaba, esperó mucho, y cuanto más callada estaba la luna, más fuerte le golpeaba el corazón, hasta le dolía. Y todo silencio. De pronto se oyó un crujido seco, instantáneo, como si alguien hubiera roto una astilla, y todo volvió a quedarse inmóvil. Una mosca que se había despertado chocó de pronto en pleno vuelo contra el vidrio y zumbó lastimera. En ese mismo momento, en el rincón, entre un pequeño armario y la ventana, distinguió algo así como un abrigo de mujer colgado en la pared. «¿Para qué está aquí ese abrigo? —pensó—. Antes no estaba…» Se acercó despacio y adivinó que detrás del abrigo parecía esconderse alguien. Con cuidado apartó el abrigo con la mano y vio que allí había una silla, y en la silla, en el rinconcito, estaba sentada la viejecilla, toda encogida y con la cabeza inclinada, de modo que no podía de ningún modo distinguirle la cara, pero era ella. Se quedó de pie junto a ella: «¡Tiene miedo!», pensó, liberó despacio el hacha de la presilla y golpeó a la vieja en la coronilla, una vez y otra. Pero, cosa extraña: ella ni siquiera se movió con los golpes, como si fuera de madera. Se asustó, se inclinó más cerca y se puso a examinarla; pero también ella inclinó todavía más la cabeza. Entonces él se agachó hasta el suelo del todo y le miró la cara desde abajo, la miró y se quedó helado: la viejecilla estaba sentada y se reía, se deshacía en una risa callada, inaudible, conteniéndose con todas sus fuerzas para que él no la oyera. De pronto le pareció que la puerta del dormitorio se había entreabierto apenas y que allí también parecía que se reían y cuchicheaban. La furia lo dominó: con todas sus fuerzas empezó a pegarle a la vieja en la cabeza, pero a cada golpe del hacha la risa y los cuchicheos del dormitorio se oían cada vez más fuertes, y la viejecilla se sacudía entera de risa. Se lanzó a huir, pero todo el recibidor ya está lleno de gente, las puertas de la escalera están abiertas de par en par, y en el rellano, en la escalera y hacia abajo, todo gente, cabeza con cabeza, todos miran, pero todos están agazapados y esperan, callan… Se le encogió el corazón, los pies no se mueven, se le quedaron clavados… Quiso gritar y… se despertó.

Respiró hondo, con dificultad; pero, cosa extraña, el sueño parecía seguir todavía: su puerta estaba abierta de par en par, y en el umbral había un hombre completamente desconocido para él que lo examinaba con fijeza.

Raskólnikov no había alcanzado todavía a abrir del todo los ojos y en un instante volvió a cerrarlos. Estaba acostado de espaldas y no se movió. «¿Sigue el sueño o no?», pensaba, y levantó otra vez apenas, sin que se notara, las pestañas para mirar: el desconocido seguía en el mismo lugar y continuaba mirándolo. De pronto cruzó con cuidado el umbral, entornó cuidadosamente la puerta detrás de sí, se acercó a la mesa, esperó como un minuto, sin quitarle todo ese tiempo los ojos de encima, y despacio, sin ruido, se sentó en la silla junto al sofá; dejó el sombrero a un costado, en el suelo, y apoyó las dos manos en el bastón, bajando el mentón sobre las manos. Se veía que se había preparado para esperar mucho tiempo. Por lo que se podía distinguir a través de las pestañas que parpadeaban, ese hombre ya no era joven, era robusto y tenía una barba espesa, clara, casi blanca…

Pasaron unos diez minutos. Todavía había luz, pero ya anochecía. En la habitación había un silencio completo. Ni siquiera llegaba un solo sonido desde la escalera. Solo zumbaba y se debatía una mosca grande, chocando en pleno vuelo contra el vidrio. Por fin eso se volvió insoportable: Raskólnikov se incorporó de pronto y se sentó en el sofá.

—Bueno, hable, ¿qué quiere?

—Ya sabía yo que usted no dormía, sino que solo lo fingía —respondió de un modo extraño el desconocido, riéndose con calma—. Arkadi Ivánovich Svidrigáilov, permítame presentarme…


  1. Treinta grados en la escala Réaumur equivalen a unos treinta y ocho grados centígrados. ↩
  2. Se atribuye a Napoleón, en Vilna, durante la retirada de Rusia, la frase «De lo sublime a lo ridículo no hay más que un paso». ↩