Capítulo 25
Cuarta parte. Capítulo V
Crimen y castigo · Fiódor Dostoyevski
Crimen y castigoCuando a la mañana siguiente, a las once en punto, Raskólnikov entró en el edificio de la comisaría del distrito …, en la sección del juez de instrucción, y pidió que lo anunciaran a Porfiri Petróvich, hasta se sorprendió de lo mucho que tardaban en recibirlo: pasaron por lo menos diez minutos antes de que lo llamaran. Y según sus cálculos, le parecía que deberían haberse lanzado sobre él enseguida. Mientras tanto estaba de pie en la sala de espera, y junto a él iba y venía gente a la que, al parecer, no le importaba nada de él. En la habitación siguiente, que parecía una oficina, estaban sentados escribiendo varios escribientes, y era evidente que ninguno tenía la menor idea de quién o qué era Raskólnikov. Con una mirada inquieta y suspicaz observaba alrededor, buscando: ¿no habrá junto a él aunque sea algún guardia, alguna mirada misteriosa encargada de vigilarlo para que no se fuera a ningún lado? Pero no había nada parecido: veía solo caras de oficina, ocupadas en pequeñeces, después a otras personas, y a nadie le hacía ninguna falta: podía irse ahora mismo a donde quisiera. Cada vez se afirmaba más en él la idea de que, si de verdad ese hombre enigmático de la víspera, ese fantasma salido de debajo de la tierra, lo sabía todo y lo había visto todo, ¿acaso lo dejarían a él, a Raskólnikov, estar así de pie y esperar tranquilamente? ¿Y acaso lo esperarían aquí hasta las once, hasta que a él mismo se le ocurriera presentarse? Resultaba que o ese hombre todavía no había denunciado nada, o… o simplemente tampoco sabía nada y él mismo, con sus propios ojos, no había visto nada (¿y cómo podía haberlo visto?), y por lo tanto todo eso, lo de la víspera, lo que le había pasado a él, a Raskólnikov, era otra vez un fantasma, exagerado por su imaginación irritada y enferma. Esa conjetura había empezado a afirmarse en él ya la víspera, en los momentos de mayor alarma y desesperación. Tras pensar todo eso ahora y prepararse para un nuevo combate, sintió de pronto que temblaba, y hasta la indignación hirvió en él al pensar que temblaba de miedo ante el odiado Porfiri Petróvich. Lo más terrible para él era volver a encontrarse con ese hombre: lo odiaba sin medida, infinitamente, y hasta temía delatarse de algún modo con su odio. Y su indignación era tan fuerte que enseguida le detuvo el temblor; se preparó para entrar con un aire frío e insolente y se prometió callar lo más posible, observar y escuchar y, por lo menos esta vez, a toda costa, vencer su naturaleza enfermizamente irritada. En ese mismo momento lo llamaron a ver a Porfiri Petróvich.
Resultó que en ese momento Porfiri Petróvich estaba solo en su despacho. Su despacho era una habitación ni grande ni pequeña; había en ella un gran escritorio delante de un sofá forrado de hule, un buró, un armario en un rincón y unas cuantas sillas, todo mobiliario oficial, de madera amarilla pulida. En un rincón, en la pared del fondo o, mejor dicho, en un tabique, había una puerta cerrada con llave: más allá, detrás del tabique, debían de estar entonces otras habitaciones. Al entrar Raskólnikov, Porfiri Petróvich cerró enseguida la puerta por la que había entrado, y se quedaron a solas. Recibió a su visitante, al parecer, con el aire más alegre y amable, y solo unos minutos después Raskólnikov notó en él, por ciertos indicios, algo así como turbación, como si de pronto lo hubieran desconcertado o lo hubieran sorprendido en algo muy reservado y secreto.
—¡Ah, respetabilísimo! Aquí lo tenemos… por nuestros lares… —empezó Porfiri, tendiéndole las dos manos—. ¡Bueno, siéntese, padrecito! ¿O quizá no le gusta que lo llamen respetabilísimo y… padrecito, así, tout court1? No lo tome, por favor, por familiaridad… Aquí, señor, en el sofacito.
Raskólnikov se sentó, sin quitarle los ojos de encima.
«Por nuestros lares», las disculpas por la familiaridad, la palabrita francesa «tout court», etcétera, etcétera: todo eso eran signos característicos. «Pues me tendió las dos manos, pero no me dio ninguna, las retiró a tiempo», le cruzó con sospecha. Los dos se vigilaban, pero en cuanto se cruzaban sus miradas, los dos, con la rapidez del rayo, las apartaban.
—Le traje este papelito… lo del reloj… aquí está, señor. ¿Está bien escrito o hay que copiarlo otra vez?
—¿Qué? ¿El papelito? Sí, sí… no se preocupe, así está bien, señor —dijo Porfiri Petróvich, como si tuviera prisa por ir a algún lado, y, ya dicho eso, tomó el papel y lo revisó—. Sí, así está bien, señor. No hace falta nada más —dijo con la misma rapidez, y dejó el papel sobre la mesa. Después, al cabo de un minuto, hablando ya de otra cosa, lo volvió a tomar de la mesa y lo pasó a su buró.
—Usted, me parece, dijo ayer que deseaba preguntarme… formalmente… sobre mi relación con esa… asesinada —empezó de nuevo Raskólnikov. «¿Pero para qué metí ese “me parece”? —le cruzó como un rayo—. ¿Pero por qué me inquieto tanto por haber metido ese “me parece”?», le cruzó enseguida otro pensamiento, como un rayo.
Y sintió de pronto que su suspicacia, con el solo contacto con Porfiri, con solo dos palabras, con solo dos miradas, ya había crecido en un instante hasta dimensiones monstruosas… y que eso era terriblemente peligroso: los nervios se irritan, la agitación aumenta. «¡Mal asunto! ¡Mal asunto!… Otra vez me voy a delatar».
—¡Sí, sí, sí! ¡No se preocupe! Hay tiempo, hay tiempo, señor —murmuraba Porfiri Petróvich, paseándose de un lado a otro junto a la mesa, pero de algún modo sin ningún objetivo, como lanzándose ya hacia la ventana, ya hacia el buró, ya otra vez hacia la mesa, ya evitando la mirada suspicaz de Raskólnikov, ya deteniéndose de pronto en el sitio y mirándolo directamente a los ojos. Su figura pequeña, gordita y redonda resultaba al mismo tiempo extraordinariamente extraña, como una pelotita que rodara en distintas direcciones y rebotara enseguida en todas las paredes y los rincones.
—¡Hay tiempo, señor, hay tiempo!… ¿Y usted fuma? ¿Tiene? Aquí tiene, señor, un cigarrillito… —prosiguió, ofreciéndole un cigarrillo al visitante—. Sabe, lo recibo aquí, pero mi vivienda está aquí mismo, detrás del tabique… es oficial, señor, y yo ahora vivo en una particular, por un tiempo. Había que hacer aquí algunos arreglitos. Ahora ya está casi listo… una vivienda oficial, sabe, es una cosa estupenda, ¿eh? ¿Qué le parece?
—Sí, una cosa estupenda —respondió Raskólnikov, mirándolo casi con burla.
—Una cosa estupenda, una cosa estupenda… —repetía Porfiri Petróvich, como si de pronto pensara en algo completamente distinto—. ¡Sí! ¡Una cosa estupenda! —casi gritó al final, levantando de pronto los ojos hacia Raskólnikov y deteniéndose a dos pasos de él. Esa repetición múltiple y tontita de que una vivienda oficial era una cosa estupenda contradecía demasiado, por su vulgaridad, la mirada seria, pensante y enigmática que dirigía ahora a su visitante.
Pero eso calentó todavía más la rabia de Raskólnikov, que ya no pudo de ningún modo contenerse de lanzar un desafío burlón y bastante imprudente.
—¿Y sabe qué? —preguntó de pronto, mirándolo casi con insolencia y como sintiendo placer en su insolencia—. Existe, me parece, una regla jurídica así, un procedimiento jurídico, para todos los jueces de instrucción posibles: empezar primero de lejos, con pequeñeces, o incluso con algo serio, pero completamente ajeno, para, por así decirlo, animar o, mejor dicho, distraer al interrogado, adormecer su prudencia, y después de pronto, de la manera más inesperada, darle en plena coronilla con la pregunta más fatal y peligrosa; ¿no es así? Eso, me parece, se menciona hasta hoy religiosamente en todas las reglas e instrucciones, ¿no?
—Así, así… ¿y qué, usted cree que yo con la vivienda oficial lo estaba… eh? —Y, dicho esto, Porfiri Petróvich entornó los ojos, guiñó uno; algo alegre y astuto le recorrió la cara, las arruguitas de la frente se le alisaron, los ojillos se le achicaron, los rasgos de la cara se le estiraron, y de pronto estalló en una risa nerviosa, prolongada, agitándose y bamboleándose con todo el cuerpo y mirando directamente a los ojos a Raskólnikov. Este se echó a reír también, forzándose un poco; pero cuando Porfiri, al ver que también él se reía, se desternilló con una risa tal que casi se puso morado, la repugnancia de Raskólnikov de pronto rebasó toda prudencia: dejó de reírse, frunció el ceño y estuvo mirando largamente y con odio a Porfiri, sin quitarle los ojos de encima durante toda su risa larga y como intencionadamente interminable. La imprudencia, por lo demás, era evidente por ambas partes: resultaba que Porfiri Petróvich parecía reírse en la cara de su visitante, que recibía esa risa con odio, y que se turbaba muy poco por esa circunstancia. Esto último fue muy significativo para Raskólnikov: comprendió que seguramente Porfiri Petróvich tampoco se había turbado en absoluto hacía un rato, sino que, al contrario, era él mismo, Raskólnikov, el que quizá había caído en una trampa; que allí había evidentemente algo que él no sabía, algún objetivo; que quizá todo estaba ya preparado y ahora, en este mismo minuto, se revelaría y se le vendría encima…
Fue enseguida directo al asunto, se levantó de su sitio y tomó la gorra.
—Porfiri Petróvich —empezó con decisión, pero con una irritación bastante fuerte—, ayer manifestó usted el deseo de que viniera para unos interrogatorios. (Cargó especialmente sobre la palabra «interrogatorios»). Vine, y si necesita algo, pregunte; si no, permítame retirarme. No tengo tiempo, tengo un asunto… Tengo que estar en el entierro de ese funcionario atropellado por unos caballos del que usted… también sabe… —añadió, enojándose enseguida por ese agregado, y por eso irritándose todavía más—. Estoy harto de todo esto, señor, ¿oye?, y desde hace mucho… en parte por eso estuve enfermo… en una palabra —casi gritó, sintiendo que la frase sobre la enfermedad estaba todavía más fuera de lugar—, en una palabra: sírvase o interrogarme o dejarme ir, ahora mismo… ¡y si es interrogarme, no de otro modo que en regla, señor! De otro modo no lo permitiré; y por eso, por ahora, adiós, ya que nosotros dos no tenemos ahora nada que hacer.
—¡Señor! ¿Pero qué dice usted? ¿Pero sobre qué voy a interrogarlo? —cacareó de pronto Porfiri Petróvich, cambiando enseguida de tono y de aire y dejando de reírse en un instante—. Pero no se preocupe, por favor —se afanaba, ya otra vez lanzándose hacia todos lados, ya poniéndose de pronto a hacer sentar a Raskólnikov—, hay tiempo, hay tiempo, señor, ¡y todo esto no son más que pequeñeces, señor! Yo, al contrario, me alegro tanto de que por fin haya venido a vernos… Lo recibo como a un invitado. Y por esta maldita risa, padrecito Rodión Románovich, discúlpeme. ¿Rodión Románovich? Así es, me parece, su patronímico, ¿no?… Soy un hombre nervioso, señor; me hizo reír mucho con lo agudo de su observación; a veces, de verdad, me sacudo como una goma elástica, y así media hora… Soy reidor, señor. Por mi complexión hasta temo la parálisis. ¡Pero siéntese, qué hace!… Por favor, padrecito, que si no pensaré que se enojó…
Raskólnikov callaba, escuchaba y observaba, todavía con el ceño fruncido de ira. Se sentó, sin embargo, pero sin soltar la gorra.
—Le diré una cosa de mí, padrecito Rodión Románovich, por así decirlo, como explicación del carácter —prosiguió Porfiri Petróvich, afanándose por la habitación y, como antes, como evitando encontrarse con los ojos de su visitante—. Yo, sabe, soy soltero, un hombre así, poco mundano y desconocido, y además un hombre acabado, anquilosado, señor, que ya se fue en semilla y… y… y ¿notó usted, Rodión Románovich, que aquí, es decir, aquí en Rusia, señor, y sobre todo en nuestros círculos de Petersburgo, si se juntan dos hombres inteligentes que todavía no se conocen demasiado, pero que, por así decirlo, se respetan mutuamente, como ahora usted y yo, señor, durante media hora entera no pueden de ningún modo encontrar tema de conversación? Se quedan anquilosados uno frente al otro, sentados y turbándose mutuamente. Todos tienen tema de conversación: las damas, por ejemplo… la gente de mundo, por ejemplo, de tono más alto, siempre tiene un tema de conversación, c’est de rigueur2, pero la gente de clase media, como nosotros, es toda tímida y poco conversadora… pensante, quiero decir. ¿De qué viene eso, padrecito? ¿Que no tenemos intereses sociales, o qué, señor? ¿O que somos demasiado honrados y no queremos engañarnos unos a otros? No sé, señor. ¿Eh? ¿Qué le parece? Pero deje la gorrita, señor, como si fuera a irse ya mismo; de verdad, da apuro verlo… Yo, al contrario, me alegro tanto, señor…
Raskólnikov dejó la gorra, sin dejar de callar y de escuchar serio y ceñudo la charla vacía y enredada de Porfiri. «¿Pero qué, de verdad quiere distraer mi atención con su charla estúpida?»
—Café no le ofrezco, señor, no es el lugar; pero ¿por qué no pasar unos cinco minutitos con un amigo, para distraerse? —soltaba Porfiri sin callar—. Y sabe, señor, todas estas obligaciones del servicio… pero no se ofenda, padrecito, de que ande así, de un lado para otro; disculpe, padrecito, temo muchísimo ofenderlo, pero el ejercicio me es simplemente indispensable, señor. Estoy siempre sentado, y me alegro tanto de caminar unos cinco minutos… las hemorroides, señor… sigo pensando en curarme con gimnasia; allí, dicen, los consejeros de Estado, los consejeros de Estado efectivos y hasta los consejeros secretos saltan a la cuerda con gusto, señor; así es la ciencia en nuestro siglo, señor… así es… Y en cuanto a estas obligaciones de aquí, los interrogatorios y todo este formalismo… usted mismo, padrecito, acaba de dignarse mencionar los interrogatorios, señor… pues, sabe, en efecto, padrecito Rodión Románovich, estos interrogatorios a veces desconciertan al interrogador más que al interrogado… Eso, padrecito, acaba usted de dignarse observarlo con toda justicia e ingenio. (Raskólnikov no había observado nada parecido). ¡Uno se enreda, señor! ¡De verdad, uno se enreda! ¡Y siempre lo mismo, siempre lo mismo, como un tambor! Ahí viene la reforma, y por lo menos de nombre nos rebautizarán3, ¡je, je, je! Y en cuanto a nuestros procedimientos jurídicos, como usted se dignó expresar con tanto ingenio, estoy completamente, del todo de acuerdo con usted, señor. Pues dígame, ¿quién de todos los acusados, aun del más tosco campesino, no sabe que, por ejemplo, primero lo adormecerán con preguntas ajenas (según su feliz expresión), y después de pronto le darán en plena coronilla, con el lomo del hacha, señor, ¡je, je, je!, en plena coronilla, según su feliz comparación, ¡je, je!, así que usted de verdad pensó que yo con la vivienda quería… ¡je, je! Qué irónico es usted. ¡Bueno, no lo haré! Ah, sí, a propósito, una palabrita llama a otra, un pensamiento provoca otro: usted mencionó también hace un rato la forma, sabe, en cuanto al interrogatorito, señor… ¡Pero qué es eso de en regla! La forma, sabe, en muchos casos es una tontería, señor. A veces solo con conversar amistosamente uno sale ganando. La forma nunca se va, permítame tranquilizarlo en eso, señor; ¿y qué es en el fondo la forma, le pregunto yo? Con la forma no se puede estorbar a cada paso al juez de instrucción. El oficio del juez de instrucción es, por así decirlo, un arte libre, en su género, señor, o algo así… ¡je, je, je!…
Porfiri Petróvich tomó aliento un minutito. Soltaba sin cansarse ya frases vacías, sin sentido, ya de pronto deslizaba unas palabritas enigmáticas y enseguida volvía a extraviarse en el sinsentido. Por la habitación ya casi corría, moviendo cada vez más rápido sus piernitas gordas, mirando siempre al suelo, con la mano derecha metida a la espalda y agitando sin cesar la izquierda, haciendo distintos gestos, cada vez asombrosamente inadecuados a sus palabras. Raskólnikov notó de pronto que, al correr por la habitación, un par de veces pareció detenerse junto a la puerta, por un instante, y como escuchar… «¿Estará esperando algo?»
—Y en eso, de verdad, tiene usted toda la razón, señor —volvió a empezar Porfiri, mirando alegremente, con una candidez extraordinaria, a Raskólnikov (lo que hizo que este se estremeciera y se preparara en un instante)—, de verdad tiene razón, señor, en haberse burlado con tanto ingenio de las formas jurídicas, ¡je, je! Estos procedimientos nuestros (algunos, desde luego), profundamente psicológicos, son ridículos en extremo, señor, y quizá hasta inútiles, señor, si la forma los estorba mucho. Sí, señor… otra vez hablo de la forma: bueno, supongamos que yo reconociera o, mejor dicho, sospechara de alguien, de este, de aquel, de otro, por así decirlo, como criminal, señor, en algún asuntito que me hubieran encargado… ¿Usted se prepara para jurista, Rodión Románovich?
—Sí, me preparaba…
—Bueno, pues aquí tiene, por así decirlo, un ejemplito para el futuro, es decir, no piense que me atrevo a enseñarle: ¡mire qué artículos publica usted sobre los crímenes! No, señor, sino así, como un hecho, me atrevo a presentarle un ejemplito: pues supongamos que yo considerara a este, a aquel, a otro, como criminal; ¿para qué, le pregunto, voy a molestarlo antes de tiempo, aunque tuviera pruebas contra él, señor? A alguno estoy obligado, por ejemplo, a arrestarlo cuanto antes, pero otro no es de ese carácter, de verdad, señor; ¿entonces por qué no dejarlo pasear por la ciudad, je, je, señor? No, veo que usted no entiende del todo, así que se lo pintaré más claro, señor: si lo encerrara, por ejemplo, demasiado pronto, con eso, quizá, le daría un apoyo moral, por así decirlo, ¡je, je! ¿Se ríe usted? (Raskólnikov ni pensaba reírse: estaba sentado con los labios apretados, sin apartar su mirada inflamada de los ojos de Porfiri Petróvich). Y sin embargo así es, señor, sobre todo con cierto sujeto, porque las personas son muy variadas, señor, y por encima de todo está la práctica, señor. Usted se digna decir ahora: pruebas; pues bien, supongamos que hay pruebas, señor, pero las pruebas, padrecito, tienen dos caras, la mayoría de las veces, señor, y yo soy juez de instrucción, por lo tanto un hombre débil, lo confieso: querría presentar la instrucción, por así decirlo, con claridad matemática, querría conseguir una pruebita tal que se pareciera a dos por dos son cuatro. ¡Que se pareciera a una demostración directa e indiscutible! Pero si lo encierro a destiempo, aunque estuviera seguro de que es él, quizá yo mismo me quite los medios para desenmascararlo después, ¿y por qué? Porque le daré, por así decirlo, una situación determinada, por así decirlo, lo determinaré y lo tranquilizaré psicológicamente, y entonces se me meterá en su caparazón: comprenderá por fin que es un preso. Dicen que en Sebastopol, enseguida después del Alma4, la gente inteligente tenía un miedo terrible de que el enemigo atacara de un momento a otro a viva fuerza y tomara Sebastopol de golpe; pero cuando vieron que el enemigo prefería un asedio en regla y abría la primera paralela, cuánto se alegraron y se tranquilizaron, dicen, los inteligentes, señor: por lo menos dos meses, quiere decir, se alargaba el asunto, ¡porque cuándo la iban a tomar con un asedio en regla! ¿Otra vez se ríe, otra vez no lo cree? Desde luego, también usted tiene razón. ¡Tiene razón, señor, tiene razón! Todos estos son casos particulares, estoy de acuerdo con usted; el caso presentado es, en efecto, particular, señor. Pero hay que observar esto, bonísimo Rodión Románovich: el caso general, señor, aquel al que se aplican todas las formas y reglas jurídicas y del que se calcularon y se escribieron en los libros, no existe en absoluto, señor, por la sencilla razón de que todo asunto, todo, por ejemplo un crimen, en cuanto ocurre en la realidad, se convierte enseguida en un caso completamente particular, señor; y a veces en uno que no se parece en nada a nada anterior. Ocurren a veces casos comiquísimos de este tipo, señor. Pero si dejo a cierto señor completamente solo, si no lo detengo ni lo molesto, pero que sepa cada hora y cada minuto, o por lo menos sospeche, que yo lo sé todo, hasta el último secreto, y que día y noche lo vigilo, lo custodio sin descanso, y que esté conmigo, consciente, bajo una sospecha y un miedo eternos, entonces, palabra de Dios, perderá la cabeza, de verdad, señor; vendrá solo, y quizá hasta haga algo que ya se parecerá a dos por dos, que tendrá, por así decirlo, un aspecto matemático, y eso es agradable, señor. Eso le puede pasar a un campesino patán, y con uno de los nuestros, un hombre inteligente moderno, y además desarrollado en cierta dirección, con más razón todavía. Porque, palomito, es muy importante comprender en qué dirección está desarrollado un hombre. ¡Y los nervios, señor, los nervios, que usted se olvidó de ellos, señor! ¡Si hoy todo es enfermo, flaco e irritado!… ¡Y cuánta bilis, cuánta bilis hay en todos ellos! ¡Si eso, le digo yo, llegado el caso, es una especie de mina, señor! ¡Y qué me inquieta a mí que ande suelto por la ciudad! ¡Que pasee, que pasee por ahora; si ya sé sin eso que es mi victimita y que no se me escapará a ninguna parte! ¿Y adónde se va a escapar, je, je? ¿Al extranjero, o qué? Al extranjero se escapa un polaco, no él, tanto más cuanto que lo vigilo y he tomado medidas. ¿Se escapará al interior de la patria? Pero allí viven campesinos, auténticos, toscos, rusos; un hombre desarrollado a la moderna preferiría la cárcel a vivir con semejantes extranjeros como nuestros campesinos, ¡je, je! Pero todo eso es una tontería y algo exterior. ¡Qué es eso de escapar! Eso es formal; lo principal no es eso; no se me escapará solo porque no tenga adónde escapar: psicológicamente no se me escapará, ¡je, je! ¡Qué expresioncita! No se me escapará por ley de la naturaleza, aunque tuviera adónde escapar. ¿Ha visto una mariposa ante una vela? Bueno, pues así estará él, estará siempre a mi alrededor, como alrededor de la vela, girando; la libertad no le será grata, empezará a ponerse pensativo, a enredarse, se enredará a sí mismo por completo, como en una red, ¡se inquietará hasta la muerte!… Y no solo eso: él mismo me preparará alguna cosita matemática, algo así como dos por dos, con tal de que yo le dé un entreacto más largo… Y estará siempre, siempre dando vueltas a mi alrededor, achicando cada vez más el radio, y… ¡plaf! Se me meterá derecho en la boca, y me lo tragaré, señor, y eso sí que es muy agradable, señor, ¡je, je, je! ¿No lo cree usted?
Raskólnikov no respondía; estaba sentado, pálido e inmóvil, mirando la cara de Porfiri con la misma tensión.
«¡Buena lección! —pensaba, helándose—. Esto ya ni siquiera es el gato con el ratón, como ayer. Y no es que me muestre su fuerza inútilmente y… me la sople: ¡es demasiado inteligente para eso! Aquí hay otro objetivo, ¿cuál? ¡Eh, tonterías, hermano, me asustas y te haces el astuto! ¡No tienes pruebas, y el hombre de ayer no existe! Lo que quieres es desconcertarme, irritarme antes de tiempo, y en ese estado aplastarme, ¡pero mientes, te vas a caer, te vas a caer! ¿Pero por qué, por qué soplarme hasta tal punto?… ¿Contamos con mis nervios enfermos, o qué?… No, hermano, mientes, te vas a caer, aunque hayas preparado algo… Bueno, ya veremos qué es lo que preparaste».
Y se contuvo con todas sus fuerzas, preparándose para una catástrofe terrible y desconocida. Por momentos le daban ganas de lanzarse y estrangular allí mismo a Porfiri. Ya al entrar temía esa rabia. Sentía que se le habían secado los labios, que el corazón le golpeaba, que se le había cuajado espuma en los labios. Pero de todos modos decidió callar y no pronunciar una palabra hasta el momento oportuno. Comprendió que esa era la mejor táctica en su situación, porque no solo no se delataría, sino que, al contrario, con su silencio irritaría al propio enemigo, y quizá fuera este el que se delatara ante él. Por lo menos, eso esperaba.
—No, veo que usted no lo cree, señor, piensa todo el tiempo que le estoy colando bromitas inocentes —repuso Porfiri, cada vez más alegre y riéndose sin cesar de gusto, y empezando otra vez a dar vueltas por la habitación—. Desde luego, tiene razón, señor; yo tengo hasta una figura que el propio Dios hizo así, que solo provoca pensamientos cómicos en los demás; un bufón, señor; pero le diré esto, y otra vez se lo repito, señor: que usted, padrecito Rodión Románovich, disculpe a este viejo, es un hombre todavía joven, señor, por así decirlo, en su primera juventud, y por eso aprecia por encima de todo la inteligencia humana, a ejemplo de toda la juventud. El ingenio juguetón y los argumentos abstractos de la razón lo seducen, señor. Y eso es exactamente como el antiguo Hofkriegsrat austriaco5, por ejemplo, en la medida en que puedo juzgar los acontecimientos militares: en el papel ya habían vencido a Napoleón y lo habían hecho prisionero, y en su despacho lo habían calculado y dispuesto todo del modo más ingenioso, y de pronto mira uno, y el general Mack se rinde con todo su ejército, ¡je, je, je! Ya veo, ya veo, padrecito Rodión Románovich, que se ríe de mí, de que yo, un hombre civil, saque siempre ejemplitos de la historia militar. Pero qué le voy a hacer, es una debilidad, me gusta lo militar, y cuánto me gusta leer todos esos partes militares… decididamente me equivoqué de carrera. Tendría que haber servido en el ejército, señor, de verdad. Napoleón quizá no habría llegado a ser, pero mayor sí que habría sido, señor, ¡je, je, je! Bueno, señor, ahora le diré, mi querido, toda la verdad detallada sobre ese caso particular: la realidad y la naturaleza, mi señor, son algo importante, y cómo cortan a veces el cálculo más perspicaz. ¡Eh, escuche a este viejo, le hablo en serio, Rodión Románovich! (Al decir esto, Porfiri Petróvich, que tendría apenas treinta y cinco años, de verdad pareció de pronto envejecer entero: hasta le cambió la voz, y como que se encogió todo). Además, soy un hombre franco, señor… ¿Soy un hombre franco o no? ¿Qué le parece? Me parece que del todo: le comunico gratis semejantes cosas, y encima no pido recompensa por ello, ¡je, je! Bueno, pues, señor, sigo, señor: el ingenio, a mi parecer, es una cosa magnífica, señor; es, por así decirlo, el adorno de la naturaleza y el consuelo de la vida, y qué trucos puede plantear, parece, de modo que a veces cómo va a adivinarlos algún pobrecito juez de instrucción, que además se deja llevar él mismo por su fantasía, como siempre ocurre, ¡porque también es un ser humano, señor! ¡Pero la naturaleza saca de apuros al pobrecito juez de instrucción, esa es la desgracia! Y en eso no piensa la juventud que se deja llevar por el ingenio, «que pasa por encima de todos los obstáculos» (como usted se dignó expresar del modo más ingenioso y astuto). Él, supongamos, mentirá, es decir, el hombre, señor, el caso particular, señor, el incognito, señor, y mentirá de maravilla, de la manera más astuta; ahí, parecería, el triunfo, y goza de los frutos de tu ingenio, y él… ¡plaf!, en el lugar más interesante, en el más escandaloso, va y se desmaya. Supongamos que es la enfermedad, a veces hay bochorno en las habitaciones, ¡pero de todos modos, señor! ¡De todos modos dio que pensar! Mintió de manera incomparable, pero no supo contar con la naturaleza. ¡Ahí está la perfidia, señor! Otra vez, dejándose llevar por lo juguetón de su ingenio, empezará a tomarle el pelo al que sospecha de él, palidecerá como a propósito, como en un juego, pero palidecerá con demasiada naturalidad, demasiado parecido a la verdad, ¡y otra vez dio que pensar! Aunque engañe la primera vez, durante la noche el otro lo pensará, si no es ningún tonto. ¡Y así a cada paso, señor! Pero qué digo: él mismo empezará a adelantarse, a meterse donde no le preguntan, empezará a hablar sin cesar de lo que, al contrario, debería callar, empezará a soltar distintas alegorías, ¡je, je! Vendrá él mismo y empezará a preguntar: ¿por qué no me detienen de una vez?, ¡je, je, je! ¡Y eso le puede pasar al hombre más ingenioso, a un psicólogo y literato, señor! ¡La naturaleza es un espejo, un espejo, señor, el más transparente, señor! ¡Mírate en él y admírate, eso es lo que hay, señor! ¿Pero por qué se ha puesto tan pálido, Rodión Románovich, no tendrá calor, no quiere que abra la ventanita?
—Oh, no se preocupe, por favor —exclamó Raskólnikov, y de pronto soltó una carcajada—. ¡Por favor, no se preocupe!
Porfiri se detuvo frente a él, esperó y de pronto también él soltó una carcajada, siguiéndolo. Raskólnikov se levantó del sofá, cortando bruscamente de pronto su risa, completamente de ataque.
—¡Porfiri Petróvich! —dijo en voz alta y clara, aunque apenas se tenía sobre las piernas temblorosas—. Por fin veo claramente que usted me sospecha decididamente del asesinato de esa vieja y de su hermana Lizaveta. Por mi parte, le declaro que todo esto me tiene harto desde hace mucho. Si considera que tiene derecho a perseguirme legalmente, persígame; si a arrestarme, arrésteme. Pero que se rían en mi cara y me atormenten, no lo permitiré.
De pronto le temblaron los labios, los ojos se le encendieron de furia, y la voz, contenida hasta entonces, resonó.
—¡No lo permitiré, señor! —gritó de pronto, dando con todas sus fuerzas un puñetazo en la mesa—. ¿Lo oye, Porfiri Petróvich? ¡No lo permitiré!
—¡Ay, Señor, pero qué es esto otra vez! —exclamó, al parecer completamente asustado, Porfiri Petróvich—. ¡Padrecito! ¡Rodión Románovich! ¡Queridito! ¡Padre mío! ¿Pero qué le pasa?
—¡No lo permitiré! —estuvo a punto de gritar otra vez Raskólnikov.
—¡Padrecito, más bajo! ¡Que nos van a oír, van a venir! Bueno, ¿qué les diremos entonces? ¡Piénselo! —susurró horrorizado Porfiri Petróvich, acercando su cara a la cara misma de Raskólnikov.
—¡No lo permitiré, no lo permitiré! —repitió maquinalmente Raskólnikov, pero también de pronto en un susurro completo.
Porfiri se volvió rápidamente y corrió a abrir la ventana.
—¡Que entre aire fresco! ¡Y debería tomar un poco de agua, palomito, que esto es un ataque, señor! —Y se lanzó hacia la puerta para pedir agua, pero allí mismo, en el rincón, por suerte, había una jarra de agua.
—Padrecito, beba —susurraba, lanzándose hacia él con la jarra—, a ver si le ayuda… —El susto y la misma solicitud de Porfiri Petróvich eran tan naturales que Raskólnikov se calló y se puso a examinarlo con una curiosidad salvaje. El agua, sin embargo, no la aceptó.
—¡Rodión Románovich! ¡Queridito! ¡Pero así se va a volver loco, se lo aseguro, ay, ay! ¡Ah, ah! ¡Beba! ¡Pero beba aunque sea un poquito!
Logró hacerle tomar el vaso de agua en las manos. El otro se lo llevó maquinalmente a los labios, pero, volviendo en sí, lo dejó con repugnancia sobre la mesa.
—¡Sí, señor, tuvimos un ataquito, señor! Así, palomito, se va a volver a traer la enfermedad de antes —cacareó Porfiri Petróvich con una solicitud amistosa, aunque todavía con un aire algo desconcertado—. ¡Señor! ¿Pero cómo no cuidarse así? Ahí tiene a Dmitri Prokófich, que vino ayer a verme: estoy de acuerdo, estoy de acuerdo, señor, tengo un carácter mordaz, malo, ¡pero mire lo que sacaron de eso!… ¡Señor! Vino ayer, después de usted, comíamos, habló y habló, y yo no hice más que abrir los brazos; bueno, pienso… ¡ay, Señor! ¿Vino de parte de usted, o qué? ¡Pero siéntese, padrecito, siéntese por amor de Cristo!
—¡No, no de parte mía! Pero sabía que iba a verlo y para qué iba —respondió bruscamente Raskólnikov.
—¿Lo sabía?
—Lo sabía. ¿Y qué hay con eso?
—Pues hay, padrecito Rodión Románovich, que yo conozco hazañas suyas todavía mayores; ¡estoy al tanto de todo, señor! Sé muy bien cómo fue a alquilar la vivienda, casi de noche, cuando había oscurecido, y se puso a tocar la campanilla, y preguntó por la sangre, y desconcertó a los obreros y a los porteros. Comprendo su estado de ánimo, el de entonces… pero de todos modos así se va a volver simplemente loco, ¡palabra de Dios, señor! ¡Va a perder la cabeza! La indignación hierve en usted demasiado fuerte, señor, una indignación noble, señor, por las ofensas recibidas, primero del destino y después de los policías, y entonces usted se lanza de aquí para allá para, por así decirlo, obligar a todos a hablar cuanto antes y terminar así todo de una vez, porque lo tienen harto estas tonterías y todas estas sospechas. ¿No es así? ¿Adiviné el estado de ánimo, señor?… Solo que así no solo usted, sino también Razumíjin me va a perder la cabeza; si es una persona demasiado buena para esto, usted mismo lo sabe. Usted tiene la enfermedad, y él la virtud, y la enfermedad resulta contagiosa para él… Yo, padrecito, cuando se calme, le contaré… ¡pero siéntese, padrecito, por amor de Cristo! Por favor, descanse, tiene una cara que da miedo; pero siéntese.
Raskólnikov se sentó; el temblor se le pasaba, y el calor le subía por todo el cuerpo. Con un asombro profundo, escuchaba con tensión a Porfiri Petróvich, asustado y amistosamente solícito. Pero no creía ni una sola palabra suya, aunque sentía una extraña inclinación a creerle. Las palabras inesperadas de Porfiri sobre la vivienda lo habían dejado completamente estupefacto. «¿Cómo es esto? Entonces sabe lo de la vivienda —pensó de pronto—, ¡y él mismo me lo cuenta!»
—Sí, señor, hubo un caso casi exacto, psicológico, en nuestra práctica judicial, señor, un caso así de enfermizo, señor —prosiguió Porfiri a toda prisa—. También uno se acusó de un asesinato, señor, ¡y cómo se acusó!: armó toda una alucinación, presentó hechos, contó circunstancias, confundió, desconcertó a todos y a cada uno, ¿y qué? Él mismo, completamente sin intención, había sido en parte causa del asesinato, pero solo en parte, y cuando se enteró de que había dado pie a los asesinos, se angustió, se le nubló la mente, empezó a imaginarse cosas, se trastornó del todo, ¡y se convenció a sí mismo de que el asesino era él! Pero el Senado gobernante por fin examinó el asunto, y el desdichado fue absuelto y puesto bajo cuidado. ¡Gracias al Senado gobernante! ¡Ay, ay, ay! ¿Y así qué, padrecito? Así uno puede pescarse una fiebre, cuando le vienen esas ganas de irritarse los nervios, de ir de noche a tocar campanillas y a preguntar por la sangre. Si esa psicología la he estudiado toda en la práctica, señor. Así a veces a un hombre lo tienta tirarse por una ventana o desde un campanario, y la sensación es tan seductora. Y lo mismo las campanillas, señor… ¡Es la enfermedad, Rodión Románovich, la enfermedad! Ha empezado a descuidar demasiado su enfermedad, señor. Debería consultar a un médico experimentado, que ese gordo suyo… ¡Usted delira! ¡Todo esto lo hace usted simplemente delirando!…
Por un instante todo empezó a girar alrededor de Raskólnikov.
«¿Será posible, será posible —le cruzaba— que también ahora mienta? ¡Imposible, imposible!», apartaba de sí ese pensamiento, sintiendo de antemano hasta qué grado de furia y de rabia podía llevarlo, sintiendo que de furia podía volverse loco.
—¡No fue delirando, fue despierto! —exclamó, tensando todas las fuerzas de su razón para penetrar en el juego de Porfiri—. ¡Despierto, despierto! ¿Lo oye?
—¡Sí, entiendo y oigo, señor! ¡También ayer decía que no era delirando, hasta insistía especialmente en que no era delirando! ¡Todo lo que usted puede decir lo entiendo, señor! ¡Ay, ay!… Pero escuche, Rodión Románovich, benefactor mío, bueno, aunque solo fuera esta circunstancia. Si usted fuera de verdad, en realidad, culpable, o estuviera de algún modo mezclado en este maldito asunto, ¿acaso insistiría usted mismo, por favor, en que no lo hizo todo delirando, sino, al contrario, en plena conciencia? Y además insistir especialmente, con una obstinación así, especial, insistir: ¿podría ser, podría ser eso, por favor? Si a mi parecer es completamente al revés. Porque si usted se sintiera culpable de algo, entonces precisamente debería insistir: ¡que sin falta, digamos, fue delirando! ¿No es así? ¿Verdad que sí?
Algo astuto se oyó en esa pregunta. Raskólnikov se echó hacia atrás, hasta el respaldo mismo del sofá, apartándose de Porfiri, que se inclinaba hacia él, y lo examinaba en silencio, fijamente, perplejo.
—O lo del señor Razumíjin, es decir, si vino ayer a hablar por su cuenta o instigado por usted. ¡Pero si precisamente debería usted decir que vino por su cuenta, y ocultar que fue instigado por usted! ¡Y sin embargo usted no lo oculta! ¡Usted insiste precisamente en que fue instigado por usted!
Raskólnikov nunca había insistido en eso. Un escalofrío le recorrió la espalda.
—Usted miente en todo —dijo despacio y débilmente, con los labios torcidos en una sonrisa dolorosa—, quiere otra vez mostrarme que conoce todo mi juego, que conoce de antemano todas mis respuestas —decía, sintiendo casi él mismo que ya no sopesaba como debía las palabras—, quiere asustarme… o simplemente se ríe de mí…
Seguía mirándolo fijamente mientras decía esto, y de pronto otra vez una rabia sin límites brilló en sus ojos.
—¡Usted miente en todo! —exclamó—. Usted mismo sabe muy bien que la mejor treta para un criminal es, en lo posible, no ocultar lo que se puede no ocultar. ¡No le creo!
—¡Pero qué escurridizo es usted! —se rió Porfiri—. Con usted, padrecito, no hay quien pueda; se le ha metido una especie de monomanía. ¿Así que no me cree? Pues yo le digo que ya me cree, ya me creyó un cuarto de arshín, y yo haré que me crea el arshín entero, porque de verdad lo quiero y le deseo sinceramente el bien.
A Raskólnikov le temblaron los labios.
—Sí, señor, se lo deseo, señor, se lo digo definitivamente, señor —prosiguió, tomando levemente, amistosamente, a Raskólnikov del brazo, un poco más arriba del codo—, se lo digo definitivamente, señor: cuide su enfermedad. Además, ahora le ha llegado la familia; acuérdese de ella. Debería darles descanso y mimarlas, y usted no hace más que asustarlas…
—¿Y a usted qué le importa? ¿Cómo lo sabe? ¿Por qué se interesa tanto? ¿Entonces me vigila y quiere mostrármelo?
—¡Padrecito! ¡Pero si todo lo supe de usted, de usted mismo! No se da cuenta de que, en su agitación, usted mismo lo dice todo de antemano, a mí y a otros. Del señor Razumíjin, de Dmitri Prokófich, también supe ayer muchos detalles interesantes. No, señor, usted me interrumpió, pero le diré que por su suspicacia, con todo su ingenio, hasta ha perdido usted la visión sensata de las cosas. Bueno, por ejemplo, aunque sea sobre el mismo tema, lo de las campanillas: ¡semejante tesoro, semejante hecho (¡todo un hecho, señor!) se lo entregué así, con pies y manos, yo, el juez de instrucción! ¿Y usted no ve nada en eso? Si sospechara de usted aunque fuera un poquito, ¿así debería actuar yo? Al contrario, debería primero adormecer sus sospechas, y no dar a entender que ya estoy al tanto de ese hecho; distraerlo así hacia el lado contrario, y de pronto, como con el lomo del hacha en la coronilla (según su propia expresión), dejarlo pasmado: «¿Y qué, señor, se dignó usted hacer en la vivienda de la asesinada a las diez de la noche, y casi a las once? ¿Y por qué tocaba la campanilla? ¿Y por qué preguntaba por la sangre? ¿Y por qué desconcertaba a los porteros y los invitaba a ir a la comisaría, a ver al teniente?». Así debería actuar yo si tuviera aunque fuera una gotita de sospecha contra usted. Debería tomarle declaración en toda regla, hacer un registro, y quizá hasta arrestarlo… ¡Por lo tanto, no alimento sospechas contra usted, si actué de otro modo! ¡Y usted perdió la visión sensata, y no ve nada, se lo repito, señor!
Raskólnikov se estremeció con todo el cuerpo, de modo que Porfiri Petróvich lo notó con demasiada claridad.
—¡Usted miente en todo! —exclamó—. No sé cuáles son sus objetivos, pero usted miente en todo… Hace un rato no hablaba en ese sentido, y no puedo equivocarme… ¡Usted miente!
—¿Que yo miento? —repuso Porfiri, al parecer acalorándose, pero conservando el aire más alegre y burlón y, al parecer, sin inquietarse en lo más mínimo por la opinión que tuviera de él el señor Raskólnikov—. ¿Que yo miento?… ¿Y cómo actué con usted hace un rato (yo, el juez de instrucción), soplándole yo mismo y entregándole todos los medios para la defensa, armándole yo mismo toda esta psicología: «La enfermedad, digamos, el delirio, estaba ofendido; la melancolía y los policías», y todo lo demás? ¿Eh? ¡Je, je, je! Aunque, por lo demás (lo digo de paso), todos estos medios psicológicos para la defensa, estas excusas y tretas, son en extremo endebles, y además tienen dos caras: «La enfermedad, digamos, el delirio, los sueños, me pareció, no recuerdo», todo eso está bien, señor, ¿pero por qué, padrecito, en la enfermedad y en el delirio se aparecen precisamente esos sueños y no otros? Podrían ser también otros, señor, ¿no? ¡Je, je, je, je!
Raskólnikov lo miró con orgullo y desprecio.
—En una palabra —dijo con insistencia y en voz alta, levantándose y empujando un poco a Porfiri al hacerlo—, en una palabra, quiero saber: ¿me reconoce usted definitivamente libre de sospechas o no? Hable, Porfiri Petróvich, hable de manera positiva y definitiva, ¡y rápido, ahora mismo!
—¡Qué comisión! ¡Pues sí que es una comisión usted! —exclamó Porfiri con un aire completamente alegre, astuto y nada inquieto—. ¿Y para qué quiere saber, para qué quiere saber tanto, si todavía ni empezaron a molestarlo en lo más mínimo? ¡Si es usted como un niño: dame, dame el fuego en las manos! ¿Y por qué se inquieta tanto? ¿Por qué se nos ofrece usted mismo de ese modo, por qué razones? ¿Eh? ¡Je, je, je!
—Le repito —exclamó furioso Raskólnikov— que no puedo soportar más…
—¿Qué, señor? ¿La incertidumbre? —lo interrumpió Porfiri.
—¡No me hiera! ¡No quiero!… ¡Le digo que no quiero!… ¡No puedo y no quiero!… ¡Oiga! ¡Oiga! —gritó, volviendo a dar un puñetazo en la mesa.
—¡Pero más bajo, más bajo! ¡Que nos van a oír! Se lo advierto en serio: cuídese. ¡No bromeo, señor! —dijo en un susurro Porfiri, pero esta vez en su cara ya no estaba la expresión de antes, bonachona como de mujer y asustada; al contrario, ahora daba órdenes directamente, con severidad, frunciendo las cejas y como rompiendo de golpe todos los secretos y las ambigüedades. Pero fue solo un instante. Raskólnikov, desconcertado, cayó de pronto en un verdadero frenesí; pero, cosa extraña: otra vez obedeció la orden de hablar más bajo, aunque estaba en el paroxismo más fuerte de la furia.
—¡No dejaré que me atormenten! —se puso a susurrar de pronto como antes, dándose cuenta al instante, con dolor y con odio, de que no podía dejar de someterse a la orden, y poniéndose con ese pensamiento todavía más furioso—. ¡Arrésteme, regístreme, pero sírvase actuar en regla, y no jugar conmigo, señor! No se atreva…
—Pero no se preocupe por la regla —lo interrumpió Porfiri, con la sonrisita astuta de antes y como admirando incluso con deleite a Raskólnikov—. ¡Lo invité ahora, padrecito, en confianza, completamente así, como amigo!
—¡No quiero su amistad y escupo sobre ella! ¿Lo oye? Y ahí tiene: tomo la gorra y me voy. A ver, ¿qué dices ahora, si tienes intención de arrestarme?
Agarró la gorra y fue hacia la puerta.
—¿Y la sorpresita no quiere verla? —se rió Porfiri, agarrándolo otra vez un poco más arriba del codo y deteniéndolo junto a la puerta. Por lo visto, se volvía cada vez más alegre y juguetón, lo que sacaba definitivamente de sí a Raskólnikov.
—¿Qué sorpresita? ¿Qué es eso? —preguntó, deteniéndose de pronto y mirando con susto a Porfiri.
—Una sorpresita, señor, aquí está, detrás de la puerta, sentada en mi casa, ¡je, je, je! (Señaló con el dedo la puerta cerrada del tabique, que daba a su vivienda oficial). La cerré con llave para que no se escapara.
—¿Qué es eso? ¿Dónde? ¿Qué?… —Raskólnikov se acercó a la puerta y quiso abrirla, pero estaba cerrada.
—Está cerrada, señor, ¡aquí está la llave!
Y, en efecto, le mostró la llave, sacándola del bolsillo.
—¡Mientes en todo! —aulló Raskólnikov, ya sin contenerse—. ¡Mientes, maldito polichinela! —Y se lanzó sobre Porfiri, que retrocedía hacia la puerta, pero sin acobardarse en lo más mínimo.
—¡Lo entiendo todo, todo! —saltó hacia él—. Mientes y me provocas para que me delate…
—Pero si ya no se puede uno delatar más, padrecito Rodión Románych. Si está usted frenético. No grite, que llamo a la gente, señor.
—¡Mientes, no pasará nada! ¡Llama a la gente! Sabías que estaba enfermo y querías irritarme hasta la furia para que me delatara: ¡ese es tu objetivo! ¡No, dame hechos! ¡Lo entendí todo! No tienes hechos, no tienes más que conjeturas miserables, insignificantes, ¡de Zamétov!… Conocías mi carácter, querías llevarme al frenesí y después aplastarme de pronto con popes y delegados6… ¿Los esperas? ¿Eh? ¿Qué esperas? ¿Dónde? ¡Tráelos!
—¡Pero qué delegados, padrecito! ¡Lo que se le ocurre a uno! Si así, en regla, ni siquiera se puede actuar, como usted dice; usted, querido, no conoce el oficio… Pero la regla no se va, señor, ¡ya lo verá usted mismo!… —murmuraba Porfiri, escuchando junto a la puerta.
En efecto, en ese momento, justo junto a la puerta, en la otra habitación, se oyó algo así como un ruido.
—¡Ah, ahí vienen! —exclamó Raskólnikov—. ¡Los mandaste a buscar!… ¡Los esperabas! Lo calculaste… ¡Bueno, tráelos a todos aquí: delegados, testigos, lo que quieras… tráelos! ¡Estoy listo! ¡Listo!…
Pero en ese momento ocurrió un suceso extraño, algo tan inesperado, en el curso normal de las cosas, que desde luego ni Raskólnikov ni Porfiri Petróvich podían contar con semejante desenlace.
- «Así, sin más». ↩
- «Es de rigor». ↩
- La reforma judicial de 1864 cambió, entre otras cosas, el nombre del cargo de Porfiri. ↩
- En la guerra de Crimea, tras la batalla del Alma (1854), los aliados sitiaron Sebastopol en lugar de asaltarla. ↩
- El Consejo Áulico de Guerra de Viena. En 1805 el general austriaco Mack se rindió con todo su ejército a Napoleón en Ulm. ↩
- Delegados: testigos oficiales que asistían a los registros y diligencias. ↩