Capítulo 16
Tercera parte. Capítulo II
Crimen y castigo · Fiódor Dostoyevski
Crimen y castigoPreocupado y serio se despertó Razumíjin al día siguiente, pasadas las siete. Esa mañana le habían surgido de pronto muchas perplejidades nuevas e imprevistas. Nunca antes se había imaginado que alguna vez se despertaría así. Recordaba hasta los últimos detalles todo lo de la víspera y comprendía que le había ocurrido algo fuera de lo común, que había recibido en sí una impresión hasta entonces completamente desconocida para él y distinta de todas las anteriores. Al mismo tiempo era claramente consciente de que el sueño que se le había encendido en la cabeza era irrealizable en el más alto grado, tan irrealizable que hasta le dio vergüenza, y pasó enseguida a otras preocupaciones y perplejidades más urgentes que le había dejado en herencia «el tres veces maldito día de ayer».
El recuerdo más espantoso era cómo se había mostrado la víspera «bajo y repugnante», no solo porque estaba borracho, sino porque había insultado delante de la muchacha, aprovechándose de su situación, por unos celos estúpidamente precipitados, a su novio, sin conocer no solo las relaciones y los compromisos que había entre ellos, sino ni siquiera al hombre como es debido. ¿Y qué derecho tenía él a juzgarlo de manera tan precipitada e imprudente? ¡Y quién lo había llamado a ser juez! ¿Y acaso una criatura como Avdotia Románovna puede entregarse a un hombre indigno por dinero? Entonces él también tendrá sus méritos. ¿Los cuartos? ¿Pero cómo podía él saber, en realidad, que eran semejantes cuartos? Si está preparando una vivienda… ¡uf, qué bajo es todo esto! ¿Y qué justificación es que estaba borracho? ¡Una excusa estúpida, que lo humilla todavía más! En el vino está la verdad, y la verdad entera se dejó ver, «es decir, ¡se dejó ver toda la suciedad de su corazón envidioso y grosero!». ¿Y acaso le está permitido, aunque sea en lo más mínimo, semejante sueño a él, a Razumíjin? ¿Quién es él al lado de semejante muchacha, él, un alborotador borracho y el fanfarrón de anoche? «¿Acaso es posible una comparación tan cínica y ridícula?» Razumíjin se puso desesperadamente colorado ante esa idea, y de pronto, como a propósito, en ese mismo instante recordó con claridad cómo les había dicho la víspera, de pie en la escalera, que la casera se pondría celosa de él por Avdotia Románovna… eso ya era insoportable. Con todas sus fuerzas dio un puñetazo contra la estufa de la cocina, se lastimó la mano y arrancó un ladrillo.
«Desde luego —murmuró para sí al cabo de un minuto, con una especie de sentimiento de autohumillación—, desde luego, todas estas porquerías ya no se pueden tapar ni borrar nunca… y por lo tanto ni hay que pensar en eso, y por eso hay que presentarse en silencio y… cumplir con sus obligaciones… también en silencio, y… y no pedir perdón, y no decir nada, y… y, desde luego, ¡ahora todo está perdido!»
Y sin embargo, al vestirse, examinó su ropa con más cuidado que de costumbre. No tenía otra ropa, y aunque la hubiera tenido, quizá no se la habría puesto: «así, a propósito no me la pondría». Pero en todo caso no se puede seguir siendo un cínico y un sucio desaliñado: no tiene derecho a ofender los sentimientos de los demás, tanto más cuanto que esos otros lo necesitan y lo llaman a su casa. Cepilló su ropa con cuidado. La ropa blanca que llevaba siempre era aceptable; en ese aspecto era especialmente limpio.
Esa mañana se lavó con esmero (Nastasia tenía jabón), se lavó el pelo, el cuello y sobre todo las manos. Pero cuando llegó la cuestión de si afeitarse o no la barba de varios días (Praskovia Pávlovna tenía unas navajas excelentes, que le habían quedado del difunto señor Zarnitsyn), la cuestión fue resuelta incluso con encarnizamiento por la negativa: «¡Que se quede así! ¿Y si piensan que me afeité para…? ¡Seguro que lo pensarán! ¡Por nada del mundo!
»Y… y lo principal: él es tan grosero, tan sucio, tiene modales de tasca; y… y, supongamos que sabe que también él es, aunque sea un poco, una persona decente… ¿Y de qué hay que enorgullecerse por ser una persona decente? Todo el mundo tiene que ser una persona decente, y más todavía, y… y de todos modos (lo recuerda) también él tuvo algunos asuntillos… no es que fueran deshonestos, pero aun así… ¡Y qué pensamientos ha tenido! Hm… ¡y poner todo esto al lado de Avdotia Románovna! ¡Bueno, diablos! ¡Que sea así! Pues a propósito seré así de sucio, grasiento, de tasca, ¡y me importa un comino! ¡Todavía más lo seré!…»
En esos monólogos lo encontró Zosímov, que había pasado la noche en la sala de Praskovia Pávlovna.
Se iba a su casa y, al irse, se apresuraba a ver al enfermo. Razumíjin le informó que dormía como una marmota. Zosímov ordenó que no lo despertaran hasta que se despertara solo. Él prometió pasar pasadas las diez.
—Si es que está en casa —añadió—. ¡Uf, diablos! No manda uno sobre su propio enfermo, ¡y cúralo! ¿No sabes si él irá a verlas a ellas o ellas vendrán aquí?
—Ellas, creo —respondió Razumíjin, comprendiendo el objeto de la pregunta—, y desde luego hablarán de sus asuntos de familia. Yo me iré. Tú, como médico, desde luego, tienes más derechos que yo.
—Tampoco soy un confesor; vendré y me iré; tengo mucho que hacer sin ellas.
—Me inquieta una cosa —lo interrumpió, frunciendo el ceño, Razumíjin—: anoche, borracho, se me escaparon, por el camino, distintas tonterías… distintas… entre otras, que tú temías que él… tuviera inclinación a la locura…
—Anoche también a las señoras se te escapó lo mismo.
—¡Ya sé que fue estúpido! ¡Pégame si quieres! ¿Pero de verdad tenías alguna idea firme?
—Te digo que son tonterías; ¡qué idea firme! Tú mismo me lo describiste como un monomaníaco cuando me llevaste a verlo… Bueno, y anoche todavía echamos más leña, es decir, tú, con esos relatos… lo del pintor; ¡linda conversación, cuando quizá él mismo se ha vuelto loco con eso! Si yo hubiera sabido con exactitud lo que pasó entonces en la comisaría y que allí algún canalla lo había… ofendido con esa sospecha… ¡Hm!… no habría permitido anoche semejante conversación. Porque estos monomaníacos hacen de una gota un océano, ven despiertos fantasías en carne y hueso… Por lo que recuerdo, anoche, con ese relato de Zamétov, se me aclaró la mitad del asunto. ¡Pero qué digo! Conozco un caso de un hipocondríaco, de cuarenta años, que, incapaz de soportar las burlas diarias en la mesa de un chiquillo de ocho años, ¡lo degolló! Y aquí: todo en harapos, un comisario insolente, una enfermedad que empezaba, ¡y semejante sospecha! ¡A un hipocondríaco exaltado! ¡Con una vanidad rabiosa, excepcional! ¡Quizá ahí mismo está todo el punto de partida de la enfermedad! ¡Bueno, diablos!… Y a propósito, ese Zamétov de verdad es un chiquillo simpático, solo que, hm… hizo mal en contar todo eso anoche. ¡Es un charlatán terrible!
—¿Pero a quién se lo contó? ¿A mí y a ti?
—Y a Porfiri.
—¿Y qué tiene que se lo haya contado a Porfiri?
—A propósito, ¿tienes alguna influencia sobre ellas, sobre la madre y la hermana? Que tengan cuidado con él hoy…
—¡Ya se arreglarán! —respondió Razumíjin de mala gana.
—¿Y por qué la tiene tomada así con ese Luzhin? Un hombre con dinero, a ella no parece desagradarle… ¿y ellos no tienen ni un centavo, eh?
—¿Pero por qué me sonsacas tú? —gritó Razumíjin, irritado—. ¿Qué sé yo si tienen o no tienen un centavo? Pregúntaselo tú mismo, quizá te enteres…
—¡Uf, qué estúpido eres a veces! Te dura la borrachera de anoche… Hasta luego; dale las gracias de mi parte a tu Praskovia Pávlovna por el alojamiento. Se encerró, no respondió a través de la puerta a mi bonjour, y eso que se levantó a las siete, le llevaron el samovar desde la cocina por el pasillo… No fui digno de contemplarla…
A las nueve en punto Razumíjin se presentó en los cuartos de Bakaléiev. Las dos señoras lo esperaban desde hacía muchísimo tiempo con una impaciencia histérica. Se habían levantado a eso de las siete o incluso antes. Entró sombrío como la noche y saludó con torpeza, por lo que enseguida se enojó; consigo mismo, desde luego. Había echado las cuentas sin la huéspeda: Pulqueria Aleksándrovna se lanzó hacia él, lo agarró de las dos manos y casi se las besó. Él miró tímidamente a Avdotia Románovna; pero también en esa cara altiva había en ese momento una expresión tal de gratitud y de amistad, un respeto tan completo e inesperado para él (¡en lugar de las miradas burlonas y del desprecio involuntario, mal disimulado!), que de verdad le habría resultado más fácil si lo hubieran recibido con insultos, porque así se sentía demasiado turbado. Por suerte había un tema de conversación preparado, y se aferró a él enseguida.
Al oír que «todavía no se había despertado», pero que «todo iba de maravilla», Pulqueria Aleksándrovna declaró que eso era lo mejor, «porque ella necesitaba mucho, mucho, mucho hablar antes». Siguió la pregunta del té y la invitación a tomarlo juntos; ellas todavía no lo habían tomado, esperando a Razumíjin. Avdotia Románovna llamó; a la llamada se presentó un andrajoso sucio, y se le encargó el té, que por fin sirvieron, pero tan sucio y de un modo tan indecoroso que a las señoras les dio vergüenza. Razumíjin empezó a insultar enérgicamente el cuarto, pero, acordándose de Luzhin, se calló, se turbó y se alegró terriblemente cuando las preguntas de Pulqueria Aleksándrovna empezaron por fin a llover una tras otra sin interrupción.
Respondiéndolas, estuvo hablando tres cuartos de hora, interrumpido sin cesar y obligado a repetir, y alcanzó a contar todos los hechos más importantes y necesarios que conocía del último año de la vida de Rodión Románovich, terminando con un relato detallado de su enfermedad. Por lo demás, omitió muchas cosas, que había que omitir, entre otras la escena de la comisaría con todas sus consecuencias. Escuchaban su relato con avidez; pero cuando él pensó que ya había terminado y satisfecho a sus oyentes, resultó que para ellas era como si todavía no hubiera empezado.
—Dígame, dígame qué piensa… ¡ay, perdone, todavía no sé su nombre! —se apresuraba Pulqueria Aleksándrovna.
—Dmitri Prokófich.
—Pues bien, Dmitri Prokófich, yo querría muchísimo saber… cómo, en general… mira él ahora las cosas, es decir, entiéndame, cómo decírselo, es decir, mejor dicho: ¿qué le gusta y qué no le gusta? ¿Está siempre tan irritable? ¿Qué deseos tiene y, por así decirlo, qué sueños, si se puede? ¿Qué es lo que ahora tiene especial influencia sobre él? En una palabra, yo desearía…
—¡Ay, mamá, cómo se puede responder a todo eso así, de golpe! —observó Dunia.
—¡Ay, Dios mío, si yo no esperaba para nada, para nada, para nada encontrarlo así, Dmitri Prokófich!
—Es muy natural, señora —respondió Dmitri Prokófich—. Yo no tengo madre, pero mi tío viene aquí todos los años y casi todas las veces no me reconoce, ni siquiera por fuera, y es un hombre inteligente; y en tres años de separación ha corrido mucha agua. ¿Y qué le voy a decir? Conozco a Rodión desde hace año y medio: taciturno, sombrío, altivo y orgulloso; en los últimos tiempos (y quizá desde mucho antes), suspicaz e hipocondríaco. Generoso y bueno. No le gusta expresar sus sentimientos, y antes cometerá una crueldad que expresar con palabras lo que tiene en el corazón. A veces, por lo demás, no es para nada hipocondríaco, sino simplemente frío e insensible hasta la inhumanidad, de verdad, como si en él se turnaran dos caracteres opuestos. ¡A veces es terriblemente callado! Nunca tiene tiempo, todos lo molestan, y él está acostado sin hacer nada. No es burlón, y no porque le falte ingenio, sino como si no tuviera tiempo para semejantes pequeñeces. No escucha hasta el final lo que le dicen. Nunca se interesa por lo que a todos interesa en ese momento. Se tiene en terriblemente alta estima y, al parecer, no sin cierto derecho. Bueno, ¿qué más?… Me parece que la llegada de ustedes tendrá sobre él una influencia saludabilísima.
—¡Ay, Dios lo quiera! —exclamó Pulqueria Aleksándrovna, atormentada por lo que Razumíjin decía de su Rodia.
Y Razumíjin miró por fin con más ánimo a Avdotia Románovna. La había mirado a menudo durante la conversación, pero de pasada, solo un instante, y enseguida apartaba los ojos. Avdotia Románovna ya se sentaba a la mesa y escuchaba con atención, ya se levantaba de nuevo y se ponía a andar, según su costumbre, de un rincón a otro, con los brazos cruzados, los labios apretados, haciendo de vez en cuando una pregunta, sin interrumpir su ir y venir, pensativa. También ella tenía la costumbre de no escuchar hasta el final lo que le decían. Llevaba un vestidito oscuro de tela liviana, y al cuello tenía atado un pañuelito blanco transparente. Por muchos indicios Razumíjin notó enseguida que la situación de las dos mujeres era extremadamente pobre. Si Avdotia Románovna hubiera estado vestida como una reina, parece que él no le habría tenido miedo en absoluto; pero ahora, quizá precisamente porque iba tan pobremente vestida y porque él había notado todo ese ambiente mezquino, en su corazón se instaló el miedo, y empezó a temer por cada una de sus palabras, por cada gesto, cosa que, desde luego, resultaba incómoda para un hombre que ya de por sí no confiaba en sí mismo.
—Usted ha dicho muchas cosas curiosas sobre el carácter de mi hermano y… las ha dicho con imparcialidad. Eso está bien; yo pensaba que usted lo veneraba —observó Avdotia Románovna con una sonrisa—. Parece también cierto que a su lado debería haber una mujer —añadió, pensativa.
—Yo no dije eso, aunque quizá también en eso tenga usted razón, solo que…
—¿Qué?
—Es que él no quiere a nadie; quizá nunca llegue a querer a nadie —cortó Razumíjin.
—¿Es decir, que no es capaz de amar?
—¿Y sabe una cosa, Avdotia Románovna? ¡Usted misma se parece terriblemente a su hermano, hasta en todo! —soltó de pronto, sin esperarlo él mismo, pero enseguida, recordando lo que acababa de decirle de su hermano, se puso rojo como un cangrejo y se turbó terriblemente. Avdotia Románovna no pudo menos que echarse a reír al mirarlo.
—Sobre Rodia pueden equivocarse los dos —repuso Pulqueria Aleksándrovna, algo picada—. No hablo de lo de ahora, Dúniechka. Lo que escribe Piotr Petróvich en esta carta… y lo que suponíamos tú y yo… quizá no sea verdad, pero usted no puede imaginarse, Dmitri Prokófich, qué fantasioso es y, cómo decirlo, qué caprichoso. Nunca pude fiarme de su carácter, ni siquiera cuando tenía solo quince años. Estoy segura de que también ahora puede hacer de pronto consigo mismo algo que a ningún ser humano se le ocurriría nunca hacer… Pero no hay que ir lejos: ¿sabe usted cómo, hace año y medio, me asombró, me conmocionó y casi me mata cuando se le ocurrió casarse con esa, cómo se llama, con la hija de esa Zarnítsyna, su casera?
—¿Sabe usted algo en detalle de esa historia? —preguntó Avdotia Románovna.
—¿Cree usted —prosiguió con ardor Pulqueria Aleksándrovna— que lo habrían detenido entonces mis lágrimas, mis ruegos, mi enfermedad, mi muerte, quizá, de pena, nuestra miseria? Habría pasado tranquilísimo por encima de todos los obstáculos. ¿Y es posible, es posible que no nos quiera?
—Él mismo nunca me contó nada de esa historia —respondió con cautela Razumíjin—, pero algo sí oí de la propia señora Zarnítsyna, que tampoco es, en su género, de las que cuentan cosas, y lo que oí es quizá hasta algo extraño…
—¿Y qué, qué oyó usted? —preguntaron a la vez las dos mujeres.
—Aunque, nada demasiado especial. Supe solo que esa boda, ya completamente arreglada y que no se celebró solo por la muerte de la novia, no le gustaba nada a la propia señora Zarnítsyna… Además, dicen que la novia ni siquiera era bonita, es decir, dicen que hasta era fea… y tan enfermiza, y… y extraña… aunque, al parecer, con algunos méritos. Sin duda tenía que tener algunos méritos; si no, no se entiende nada… Tampoco tenía dote, y él no habría contado con la dote… En general, en un asunto así es difícil juzgar.
—Estoy segura de que era una muchacha digna —observó brevemente Avdotia Románovna.
—Dios me perdone, pero yo entonces me alegré de su muerte, aunque no sé cuál de los dos habría perdido al otro: ¿él a ella, o ella a él? —concluyó Pulqueria Aleksándrovna; después, con cautela, con interrupciones y mirando sin cesar a Dunia, cosa que evidentemente a esta le desagradaba, se puso otra vez a preguntar por la escena de la víspera entre Rodia y Luzhin. Ese suceso, por lo visto, la inquietaba más que nada, hasta el miedo y el temblor. Razumíjin volvió a contarlo todo, en detalle, pero esta vez añadió también su conclusión: acusó directamente a Raskólnikov de haber ofendido premeditadamente a Piotr Petróvich, disculpándolo esta vez muy poco por la enfermedad.
—Lo tenía pensado ya antes de la enfermedad —añadió.
—Yo también lo creo —dijo Pulqueria Aleksándrovna con aire abatido. Pero le impresionó mucho que esta vez Razumíjin se expresara de Piotr Petróvich con tanta cautela e incluso como con respeto. También a Avdotia Románovna le impresionó.
—¿Así que esa es su opinión de Piotr Petróvich? —no pudo contenerse de preguntar Pulqueria Aleksándrovna.
—Del futuro marido de su hija no puedo tener otra opinión —respondió con firmeza y ardor Razumíjin—, y no lo digo solo por una cortesía vulgar, sino porque… porque… bueno, aunque solo fuera porque la propia Avdotia Románovna, voluntariamente, se dignó elegir a ese hombre. Y si ayer lo vilipendié así, fue porque ayer estaba borracho como un cerdo y además… loco; sí, loco, sin cabeza, había perdido el juicio por completo… ¡y hoy me avergüenzo de ello!… —Se puso colorado y se calló. Avdotia Románovna se encendió, pero no rompió el silencio. No había pronunciado una sola palabra desde el momento mismo en que habían empezado a hablar de Luzhin.
Y mientras tanto Pulqueria Aleksándrovna, sin su apoyo, estaba visiblemente indecisa. Por fin, balbuceando y mirando sin cesar a su hija, declaró que una circunstancia la preocupaba ahora extraordinariamente.
—Verá, Dmitri Prokófich… —empezó—. ¿Seré completamente franca con Dmitri Prokófich, Dúniechka?
—Desde luego, mamá —observó Avdotia Románovna con aire imponente.
—De esto se trata —se apresuró aquella, como si le hubieran quitado una montaña de encima al permitirle comunicar su pena—. Hoy, muy temprano, recibimos una nota de Piotr Petróvich en respuesta a nuestro aviso de ayer sobre nuestra llegada. Verá, ayer él tenía que esperarnos, como había prometido, en la estación misma. En lugar de eso, a la estación mandaron a recibirnos a un lacayo con la dirección de estos cuartos y para mostrarnos el camino, y Piotr Petróvich mandaba decir que vendría él mismo a vernos aquí hoy por la mañana. En lugar de eso, hoy por la mañana llegó de su parte esta nota… Lo mejor es que la lea usted mismo; aquí hay un punto que me inquieta mucho… ya verá usted mismo qué punto es, y… ¡dígame su opinión franca, Dmitri Prokófich! Usted conoce mejor que nadie el carácter de Rodia y puede aconsejarnos mejor que nadie. Le prevengo que Dúniechka ya lo decidió todo desde el primer momento, pero yo, yo todavía no sé cómo actuar, y… y lo estaba esperando a usted.
Razumíjin desplegó la nota, fechada el día anterior, y leyó lo siguiente:
«Muy señora mía, Pulqueria Aleksándrovna: Tengo el honor de comunicarle que, a causa de demoras repentinas acaecidas, no pude recibirla en el andén, habiendo enviado con tal fin a un hombre muy diligente. Igualmente me privaré del honor de verla mañana por la mañana, por asuntos impostergables del Senado y para no estorbar el encuentro familiar de usted con su hijo y de Avdotia Románovna con su hermano. Tendré, pues, el honor de visitarla y presentarle mis respetos en su vivienda no antes de mañana, a las ocho en punto de la tarde, y me atrevo a añadir mi ruego convincente y, agregaré, insistente, de que en nuestro encuentro común Rodión Románovich ya no esté presente, ya que me ofendió de manera inaudita y descortés en mi visita de ayer a su lecho de enfermo, y, además, teniendo yo personalmente con usted una explicación necesaria y detallada sobre cierto punto, acerca del cual deseo conocer la interpretación de usted misma. Tengo el honor de advertirle de antemano que si, contra mi ruego, encuentro a Rodión Románovich, me veré obligado a retirarme de inmediato, y entonces cúlpese usted misma. Escribo en la suposición de que Rodión Románovich, que en mi visita parecía tan enfermo, dos horas después se curó de pronto, y por lo tanto, saliendo de casa, puede presentarse también en la de usted. Me confirmé en ello con mis propios ojos, en la vivienda de un borracho atropellado por unos caballos, que murió a causa de ello, a cuya hija, muchacha de conducta notoria, entregó ayer hasta veinticinco rublos, con el pretexto del entierro, lo que mucho me asombró, sabiendo con cuántos trabajos reunieron ustedes esa suma. Con lo cual, testimoniando mi especial consideración a la respetada Avdotia Románovna, le ruego acepte los sentimientos de respetuosa devoción
de su humilde servidor,
P. Luzhin».
—¿Qué hago ahora, Dmitri Prokófich? —empezó Pulqueria Aleksándrovna, casi llorando—. ¿Cómo le voy a proponer a Rodia que no venga? Exigió con tanta insistencia ayer que rechazáramos a Piotr Petróvich, ¡y ahora nos mandan no recibirlo a él! Pero si viene a propósito en cuanto se entere, y… ¿qué pasará entonces?
—Haga lo que decidió Avdotia Románovna —respondió Razumíjin, tranquilo y sin vacilar.
—¡Ay, Dios mío! Ella dice… ella dice Dios sabe qué y no me explica el propósito. Dice que será mejor, es decir, no que será mejor, sino que por algún motivo es absolutamente necesario que también Rodia venga a propósito hoy a las ocho y que se encuentren sin falta… Y yo ni siquiera quería mostrarle la carta, y arreglarlo de algún modo con astucia, por medio de usted, para que no viniera… porque es tan irritable… Y además no entiendo nada: qué borracho murió, y qué hija, y cómo pudo darle a esa hija todo el último dinero… que…
—Que tanto le costó a usted, mamá —añadió Avdotia Románovna.
—Ayer no estaba en sí —dijo pensativo Razumíjin—. Si supieran lo que dijo ayer en la taberna, aunque con inteligencia… ¡hm! De un muerto y de una muchacha, en efecto, me dijo algo ayer cuando volvíamos a casa, pero no entendí una palabra… Aunque, yo mismo ayer…
—Lo mejor, mamá, es que vayamos nosotras a verlo, y allí, se lo aseguro, enseguida veremos qué hacer. Y además ya es hora… ¡Señor! ¡Son más de las diez! —exclamó, mirando su magnífico reloj de oro esmaltado, que le colgaba del cuello en una finísima cadenita veneciana y que no armonizaba en absoluto con el resto de su atuendo. «Regalo del novio», pensó Razumíjin.
—¡Ay, ya es hora!… Es hora, Dúniechka, es hora —se puso a afanarse inquieta Pulqueria Aleksándrovna—. Todavía va a pensar que estamos enojadas por lo de ayer, que tardamos tanto en ir. ¡Ay, Dios mío!
Mientras decía esto, se echaba encima apresuradamente la manteleta y se ponía el sombrerito; Dúniechka también se vistió. Llevaba unos guantes no solo gastados, sino incluso rotos, cosa que notó Razumíjin, y sin embargo esa evidente pobreza de la ropa hasta les daba a las dos señoras un aire de dignidad especial, como siempre les ocurre a quienes saben llevar ropa pobre. Razumíjin miraba con veneración a Dúniechka y se enorgullecía de acompañarla. «Aquella reina —pensaba para sí— que zurcía sus medias en la prisión, desde luego en ese momento parecía una verdadera reina, y hasta más que en las ceremonias y las recepciones más suntuosas».
—¡Dios mío! —exclamó Pulqueria Aleksándrovna—. ¿Cómo iba a pensar que tendría miedo de ver a mi hijo, a mi querido, querido Rodia, como ahora tengo miedo?… ¡Tengo miedo, Dmitri Prokófich! —añadió, mirándolo tímidamente.
—No tenga miedo, mamá —dijo Dunia, besándola—, mejor crea en él. Yo creo.
—¡Ay, Dios mío! ¡Yo también creo, y no dormí en toda la noche! —exclamó la pobre mujer.
Salieron a la calle.
—¿Sabes, Dúniechka?, en cuanto me dormí un poco hacia la mañana, soñé de pronto con la difunta Marfa Petróvna… toda de blanco… se me acercó, me tomó de la mano, y me meneaba la cabeza, y con tanta severidad, tanta severidad, como si me reprochara algo… ¿Será de buen agüero? ¡Ay, Dios mío, Dmitri Prokófich, usted todavía no lo sabe: Marfa Petróvna murió!
—No, no lo sé; ¿qué Marfa Petróvna?
—¡De repente! E imagínese…
—Después, mamá —intervino Dunia—, si él todavía no sabe quién es Marfa Petróvna.
—Ah, ¿no lo sabe? Y yo que pensaba que usted ya lo sabía todo. Perdóneme, Dmitri Prokófich, en estos días se me va la cabeza. De verdad, lo considero a usted como nuestra providencia, y por eso estaba convencida de que ya lo sabía todo. Lo considero como de la familia… No se enoje porque le hable así. ¡Ay, Dios mío, qué tiene en la mano derecha! ¿Se lastimó?
—Sí, me lastimé —murmuró Razumíjin, feliz.
—A veces hablo demasiado con el corazón, de modo que Dunia me corrige… ¡Pero, Dios mío, en qué cuartucho vive! ¿Se habrá despertado, sin embargo? ¿Y esa mujer, su casera, considera eso una habitación? Oiga, usted dice que no le gusta mostrar lo que siente, así que quizá yo lo canse con mis… ¿debilidades?… ¿No me enseñaría usted, Dmitri Prokófich? ¿Cómo debo tratarlo? Yo, sabe, ando completamente perdida.
—No le pregunte mucho por nada si ve que frunce el ceño; sobre todo no le pregunte mucho por la salud; no le gusta.
—¡Ay, Dmitri Prokófich, qué difícil es ser madre! Pero aquí está esta escalera… ¡Qué escalera tan horrible!
—Mamá, hasta está pálida, cálmese, palomita mía —dijo Dunia, acariciándola—. Él tendría que ser feliz de verla, y usted se atormenta así —añadió, con un destello en los ojos.
—Esperen, me adelanto a ver si se despertó.
Las señoras siguieron despacio a Razumíjin, que se había adelantado por la escalera, y cuando llegaron, en el cuarto piso, a la altura de la puerta de la casera, notaron que la puerta estaba entreabierta una rendijita y que dos ojos negros y rápidos las examinaban a las dos desde la oscuridad. Y cuando las miradas se cruzaron, la puerta se cerró de pronto de golpe, y con tal estruendo que Pulqueria Aleksándrovna casi gritó del susto.