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Crimen y castigo

Capítulo 29 de 41

Índice

Capítulo 29

Quinta parte. Capítulo III

Crimen y castigo · Fiódor Dostoyevski

—¡Piotr Petróvich! —gritó—. ¡Defiéndame usted al menos! Hágale entender a esta criatura estúpida que no se atreve a tratar así a una dama noble en la desgracia, que para eso hay tribunales… iré a ver al mismísimo gobernador general… Ella me las pagará… En recuerdo del pan y la sal de mi padre, defienda a los huérfanos.

—Permítame, señora… Permítame, permítame, señora —la rechazaba con la mano Piotr Petróvich—. A su papá, como usted sabe, nunca tuve el honor de conocerlo… ¡permítame, señora! (alguien soltó una sonora carcajada), y en sus incesantes disputas con Amalia Ivánovna no tengo intención de participar, señora… Vengo por un asunto mío… y deseo tener una explicación, de inmediato, con su hijastra, Sofía… Ivánovna… ¿Así es, me parece? Permítame pasar, señora…

Y Piotr Petróvich, rodeando de costado a Katerina Ivánovna, se dirigió al rincón opuesto, donde estaba Sonia.

Katerina Ivánovna se quedó en el lugar en que estaba, como fulminada por un rayo. No podía entender cómo Piotr Petróvich había podido renegar del pan y la sal de su papá. Una vez inventados ese pan y esa sal, ya creía en ellos religiosamente. La impresionó también el tono práctico, seco, lleno incluso de una especie de amenaza despectiva, de Piotr Petróvich. Y todos, además, se fueron callando poco a poco ante su aparición. Además de que ese hombre «práctico y serio» desentonaba demasiado bruscamente con toda la concurrencia, además de eso se veía que había venido por algo importante, que probablemente alguna causa extraordinaria podía haberlo atraído a semejante compañía y que, por lo tanto, algo iba a suceder enseguida, algo iba a pasar. Raskólnikov, que estaba al lado de Sonia, se apartó para dejarlo pasar; Piotr Petróvich, al parecer, no lo notó en absoluto. Al cabo de un minuto apareció en el umbral también Lebeziátnikov; no entró en la habitación, sino que se detuvo también con una especie de curiosidad particular, casi con asombro; escuchaba, pero al parecer durante largo rato no conseguía entender algo.

—Disculpen que quizá los interrumpa, pero el asunto es bastante importante, señores —observó Piotr Petróvich, sin dirigirse a nadie en particular—. Hasta me alegro de que haya público. Amalia Ivánovna, le ruego encarecidamente que, en su calidad de dueña de la vivienda, preste atención a mi conversación siguiente con Sofía Ivánovna. Sofía Ivánovna —prosiguió, dirigiéndose directamente a Sonia, extraordinariamente asombrada y ya asustada de antemano—, de mi mesa, en la habitación de mi amigo Andréi Semiónovich Lebeziátnikov, inmediatamente después de su visita, desapareció un billete de crédito del Estado de cien rublos que me pertenecía. Si de un modo u otro usted sabe dónde se encuentra ahora y nos lo indica, le aseguro bajo palabra de honor, y tomo a todos por testigos, que el asunto terminará ahí. En caso contrario, me veré obligado a recurrir a medidas muy serias, y entonces… ¡échese la culpa a sí misma, señora!

Un silencio completo reinó en la habitación. Hasta los niños que lloraban se callaron. Sonia estaba de pie, mortalmente pálida, miraba a Luzhin y no podía responder nada. Era como si todavía no entendiera. Pasaron algunos segundos.

—Y bien, señora, ¿cómo es? —preguntó Luzhin, mirándola fijamente.

—No sé… No sé nada… —pronunció por fin Sonia con voz débil.

—¿No? ¿No sabe? —volvió a preguntar Luzhin, y calló todavía algunos segundos—. Piénselo, mademoiselle —empezó con severidad, pero todavía como exhortándola—, considérelo; estoy dispuesto a darle todavía tiempo para reflexionar. Tenga a bien ver, señora: si no estuviera tan seguro, desde luego, con mi experiencia, no me habría arriesgado a acusarla tan directamente; pues por una acusación semejante, directa y pública, pero falsa o incluso solo equivocada, yo mismo, en cierto sentido, respondo. Eso lo sé. Esta mañana cambié, para mis necesidades, unos cuantos bonos al cinco por ciento por la suma, nominalmente, de tres mil rublos. La cuenta la tengo anotada en la billetera. Al llegar a casa, yo (testigo de ello es Andréi Semiónovich) me puse a contar el dinero y, después de contar dos mil trescientos rublos, los guardé en la billetera, y la billetera en el bolsillo lateral de la levita. Sobre la mesa quedaban unos quinientos rublos en billetes de crédito, y entre ellos tres billetes de cien rublos cada uno. En ese momento llegó usted (llamada por mí), y todo el tiempo que estuvo después en mi casa se mostró extraordinariamente turbada, tanto que hasta tres veces, en medio de la conversación, se levantó y se apresuró, por algún motivo, a irse, aunque nuestra conversación todavía no había terminado. Andréi Semiónovich puede atestiguar todo esto. Probablemente usted misma, mademoiselle, no se negará a confirmar y declarar que yo la llamé, por medio de Andréi Semiónovich, únicamente para hablar con usted de la situación desamparada y huérfana de su pariente, Katerina Ivánovna (a cuya comida de difuntos yo no podía asistir), y de lo útil que sería organizar en su favor algo así como una colecta, una lotería o algo parecido. Usted me agradeció y hasta derramó unas lágrimas (lo cuento todo tal como fue, en primer lugar para recordárselo, y en segundo lugar para mostrarle que de mi memoria no se ha borrado ni el menor rasgo). Después tomé de la mesa un billete de crédito de diez rublos y se lo di, en mi nombre, en interés de su pariente y a modo de primera ayuda. Todo eso lo vio Andréi Semiónovich. Después la acompañé hasta la puerta (siempre con la misma turbación por parte de usted), tras lo cual, habiéndome quedado a solas con Andréi Semiónovich y habiendo hablado con él unos diez minutos, Andréi Semiónovich salió, y yo volví a la mesa, con el dinero que estaba encima, con el fin de contarlo y apartarlo, como me había propuesto antes. Para mi asombro, un billete de cien rublos, entre los demás, no estaba. Tenga a bien juzgar: sospechar de Andréi Semiónovich de ningún modo puedo, señora; hasta la suposición me avergüenza. Equivocarme en la cuenta tampoco pude, porque un minuto antes de su llegada, al terminar todas las cuentas, encontré el total exacto. Convenga usted misma en que, recordando su turbación, su prisa por irse y el hecho de que tuvo las manos, durante un tiempo, sobre la mesa; tomando en consideración, por último, su posición social y los hábitos que conlleva, yo, por así decirlo, con horror y hasta contra mi voluntad, me vi obligado a detenerme en una sospecha, desde luego cruel, pero ¡justa, señora! Agregaré además, y repito, que a pesar de toda mi evidente seguridad, comprendo que de todos modos en mi acusación actual hay cierto riesgo para mí. Pero, como ve, no lo dejé pasar; me levanté y le diré por qué: ¡únicamente, señora, únicamente a causa de su negrísima ingratitud! ¿Cómo? Yo mismo la invito en interés de su pobrísima pariente, yo mismo le entrego mi limosna, en la medida de mis fuerzas, de diez rublos, ¡y usted misma, allí mismo, enseguida, me paga todo eso con semejante acto! No, señora, ¡eso ya no está bien, señora! Hace falta una lección. Juzgue usted; más aún, como verdadero amigo suyo, le ruego (pues en este momento no puede tener mejor amigo), ¡vuelva en sí! ¡De lo contrario, seré inexorable! Y bien, señora, ¿entonces?

—Yo no le saqué nada —susurró Sonia con horror—. Usted me dio diez rublos, aquí están, tómelos. —Sonia sacó del bolsillo el pañuelo, buscó el nudito, lo desató, sacó el billete de diez rublos y le tendió la mano a Luzhin.

—¿Y los otros cien rublos no los va a confesar? —pronunció él con reproche e insistencia, sin aceptar el billete.

Sonia miró alrededor. Todos la miraban con unas caras tan terribles, severas, burlonas, llenas de odio. Miró a Raskólnikov… él estaba de pie junto a la pared, con los brazos cruzados, y la miraba con una mirada de fuego.

—¡Oh, Señor! —se le escapó a Sonia.

—Amalia Ivánovna, habrá que avisar a la policía, y por eso le ruego encarecidamente que mande entretanto a buscar al portero —pronunció Luzhin en voz baja y hasta con cariño.

—¡Gott der Barmherzige1! ¡Yo ya sabía que ella robaba! —juntó las manos Amalia Ivánovna.

—¿Usted ya lo sabía? —recogió Luzhin—. Por lo tanto, ya antes tenía al menos algunos fundamentos para llegar a esa conclusión. Le ruego, respetabilísima Amalia Ivánovna, que recuerde sus palabras, pronunciadas, por lo demás, ante testigos.

De todos lados se levantó de pronto un ruidoso murmullo. Todos se agitaron.

—¡Có-o-mo! —gritó de pronto Katerina Ivánovna, volviendo en sí, y, como si se soltara, se lanzó hacia Luzhin—. ¡Cómo! ¿La acusa de robo? ¿A Sonia? ¡Ah, canallas, canallas! —Y, lanzándose hacia Sonia, la abrazó como en un torno con sus brazos resecos.

—¡Sonia! ¡Cómo te atreviste a aceptarle diez rublos! ¡Oh, tonta! ¡Dámelos! ¡Dame ahora mismo esos diez rublos! ¡Así!

Y, arrancándole a Sonia el billete, Katerina Ivánovna lo estrujó en las manos y se lo tiró con todo el brazo directamente a la cara de Luzhin. La bolita le dio en el ojo y rebotó al suelo. Amalia Ivánovna se lanzó a recoger el dinero. Piotr Petróvich se enojó.

—¡Sujeten a esta loca! —gritó.

En la puerta, en ese momento, junto a Lebeziátnikov, aparecieron algunas personas más, entre las que asomaban también las dos señoras forasteras.

—¡Cómo! ¿Loca? ¿Yo, loca? ¡Imbécil! —chilló Katerina Ivánovna—. ¡Imbécil eres tú, picapleitos, hombre vil! ¡Sonia, Sonia le va a sacar dinero! ¡Sonia, ladrona! ¡Si encima te lo daría ella a ti, imbécil! —Y Katerina Ivánovna soltó una carcajada histérica—. ¿Han visto alguna vez un imbécil así? —se lanzaba hacia todos lados, señalándoles a todos a Luzhin—. ¡Cómo! ¿Y tú también? —vio a la casera—. ¿Y tú también, salchichera, confirmas que ella «robaba», vil pata de gallina prusiana con miriñaque? ¡Ah, ustedes! ¡Ah, ustedes! ¡Si ni siquiera salió de la habitación, y en cuanto volvió de tu casa, canalla, se sentó aquí mismo al lado de Rodión Románovich!… ¡Regístrenla! ¡Si no salió a ninguna parte, el dinero tiene que estar encima de ella! ¡Busca, pues, busca, busca! ¡Pero si no lo encuentras, entonces, perdona, querido, me las vas a pagar! ¡Al soberano, al soberano, al mismísimo zar misericordioso correré, me echaré a sus pies, ahora mismo, hoy mismo! ¡Yo soy huérfana! ¡Me dejarán entrar! ¿Crees que no me dejarán? ¡Mientes, llegaré! ¡Llegaré-é! ¿Contabas con que ella es mansa? ¿En eso confiaste? ¡Pues yo, hermano, en cambio, tengo agallas! ¡Te vas a estrellar! ¡Busca, pues! ¡Busca, busca, vamos, busca!

Y Katerina Ivánovna, en pleno frenesí, zarandeaba a Luzhin, arrastrándolo hacia Sonia.

—Estoy dispuesto, señora, y respondo… ¡pero cálmese, señora, cálmese! ¡Ya veo de sobra que tiene agallas!… Esto… esto… ¿esto cómo es, señora? —balbuceaba Luzhin—. Esto debe hacerse ante la policía, señora… aunque, por lo demás, ahora también hay testigos de sobra… Estoy dispuesto, señora… Pero en todo caso es difícil para un hombre… por razón del sexo… Si fuera con ayuda de Amalia Ivánovna… aunque, por lo demás, las cosas no se hacen así… ¿Esto cómo es, señora?

—¡Que sea quien usted quiera! ¡Que la registre el que quiera! —gritaba Katerina Ivánovna—. ¡Sonia, vuelve los bolsillos del revés! ¡Así, así! ¡Mira, monstruo, este está vacío, aquí estaba el pañuelo, el bolsillo está vacío, ¿ves?! ¡Aquí está el otro bolsillo, así, así! ¡¿Ves?, ¿ves?!

Y Katerina Ivánovna no es que volvió del revés, sino que directamente arrancó hacia afuera los dos bolsillos, uno tras otro. Pero del segundo, el derecho, saltó de pronto un papel y, describiendo una parábola en el aire, cayó a los pies de Luzhin. Todos lo vieron; muchos gritaron. Piotr Petróvich se agachó, tomó el papel del suelo con dos dedos, lo levantó a la vista de todos y lo desplegó. Era un billete de crédito de cien rublos, doblado en ocho. Piotr Petróvich hizo girar la mano alrededor, mostrándoles a todos el billete.

—¡Ladrona! ¡Fuera de vivienda! ¡Polizei, Polizei! —vociferó Amalia Ivánovna—. ¡A ellos hay que Siberia mandar! ¡Fuera!

De todos lados volaron exclamaciones. Raskólnikov callaba, sin apartar los ojos de Sonia, desviándolos de vez en cuando, pero con rapidez, hacia Luzhin. Sonia estaba en el mismo lugar, como sin sentido: casi ni siquiera estaba asombrada. De pronto el rubor le inundó toda la cara; gritó y se cubrió con las manos.

—¡No, no fui yo! ¡Yo no lo saqué! ¡No sé! —gritó con un alarido desgarrador, y se lanzó hacia Katerina Ivánovna. Esta la agarró y la apretó con fuerza contra sí, como si quisiera defenderla con su pecho de todos.

—¡Sonia! ¡Sonia! ¡No lo creo! ¡Mira, no lo creo! —gritaba (a pesar de toda la evidencia) Katerina Ivánovna, sacudiéndola en sus brazos como a una criatura, besándola innumerables veces, atrapándole las manos y, como clavándose en ellas, besándoselas—. ¡Que tú lo hayas sacado! ¡Pero qué gente tan estúpida! ¡Oh, Señor! ¡Estúpidos, estúpidos ustedes! —gritaba, dirigiéndose a todos—. ¡Si todavía no saben, no saben qué corazón es este, qué muchacha es esta! ¡Ella va a sacar, ella! ¡Si es capaz de quitarse su último vestido, venderlo, andar descalza y dárselo a ustedes, si lo necesitan, así es ella! ¡Hasta la cartilla amarilla la sacó porque mis propios hijos se morían de hambre, se vendió por nosotros!… ¡Ay, difunto, difunto! ¡Ay, difunto, difunto! ¿Ves? ¿Ves? ¡Aquí tienes tu comida de difuntos! ¡Señor! ¡Pero defiéndanla, qué hacen todos ahí parados! ¡Rodión Románovich! ¿Y usted por qué no la defiende? ¿Usted también lo cree, o qué? ¡No valen ni su dedo meñique, todos, todos, todos, todos! ¡Señor! ¡Defiéndela, por fin!

El llanto de la pobre Katerina Ivánovna, tísica y desamparada, pareció producir un fuerte efecto en el público. Había tanto de lastimoso, tanto de sufriente en esa cara tísica, reseca, torcida por el dolor, en esos labios resecos, con sangre coagulada, en esa voz que gritaba ronca, en ese llanto a gritos, parecido al llanto de un niño, en esa súplica confiada, infantil y al mismo tiempo desesperada de que la defendieran, que, al parecer, todos se compadecieron de la desdichada. Por lo menos Piotr Petróvich se compadeció enseguida.

—¡Señora! ¡Señora! —exclamaba con voz imponente—. ¡Este hecho no le concierne a usted! Nadie se atreverá a acusarla de intención ni de complicidad, tanto más cuanto que fue usted misma la que lo descubrió, al volver del revés el bolsillo: por lo tanto, no sospechaba nada. Estoy muy, muy dispuesto a lamentarlo si, por así decirlo, la miseria empujó también a Sofía Semiónovna, pero ¿por qué, mademoiselle, no quiso confesar? ¿Temió la vergüenza? ¿El primer paso? ¿Perdió quizá la cabeza? Es comprensible, señora; muy comprensible, señora… Pero, sin embargo, ¿para qué lanzarse a semejantes cosas? ¡Señores! —se dirigió a todos los presentes—. ¡Señores! Lamentándolo y, por así decirlo, compadeciéndolo, estoy dispuesto, si quieren, a perdonar, incluso ahora, a pesar de las ofensas personales recibidas. Que la vergüenza de ahora le sirva, mademoiselle, de lección para el futuro —se dirigió a Sonia—, y yo dejaré pasar lo demás y, qué se le va a hacer, lo doy por terminado. ¡Basta!

Piotr Petróvich miró de reojo a Raskólnikov. Sus miradas se cruzaron. La mirada ardiente de Raskólnikov estaba dispuesta a reducirlo a cenizas. Entretanto Katerina Ivánovna, al parecer, ya no oía nada más: abrazaba y besaba a Sonia como una loca. También los niños rodeaban a Sonia por todos lados con sus manitas, y Pólechka (que, por lo demás, no entendía del todo de qué se trataba) parecía ahogarse por completo en lágrimas, deshecha en sollozos y con su linda carita hinchada por el llanto escondida en el hombro de Sonia.

—¡Qué bajeza! —resonó de pronto una voz fuerte en la puerta.

Piotr Petróvich se volvió rápidamente.

—¡Qué vileza! —repitió Lebeziátnikov, mirándolo fijamente a los ojos.

Piotr Petróvich hasta pareció estremecerse. Todos lo notaron. (Después lo recordaban.) Lebeziátnikov dio un paso dentro de la habitación.

—¿Y usted se atrevió a ponerme de testigo? —dijo, acercándose a Piotr Petróvich.

—¿Qué significa esto, Andréi Semiónovich? ¿De qué está hablando? —balbuceó Luzhin.

—¡Significa que usted es… un calumniador, eso es lo que significan mis palabras! —pronunció con ardor Lebeziátnikov, mirándolo con severidad con sus ojitos miopes. Estaba terriblemente enojado. Raskólnikov clavó en él los ojos, como recogiendo y sopesando cada palabra. Volvió a reinar el silencio. Piotr Petróvich casi perdió la compostura, sobre todo en el primer instante.

—Si eso me lo dice a mí… —empezó, tartamudeando—, ¿pero qué le pasa? ¿Está en su sano juicio?

—Yo sí estoy en mi sano juicio, señor, ¡pero usted es… un estafador! ¡Ah, qué bajeza! Lo estuve escuchando todo, esperé a propósito todo el tiempo para entenderlo todo, porque, lo confieso, hasta ahora no es del todo lógico… Pero para qué hizo usted todo esto, no lo entiendo.

—¡Pero qué es lo que hice! ¡¿Va a dejar de hablar con sus acertijos disparatados?! ¿O es que quizá bebió?

—¡Usted es el que quizá bebe, hombre vil, y no yo! ¡Yo nunca bebo ni vodka, porque no está en mis convicciones! Imagínense: ¡él, él mismo, con sus propias manos, le dio ese billete de cien rublos a Sofía Semiónovna! ¡Yo lo vi, yo soy testigo, lo juraré! ¡Él, él! —repetía Lebeziátnikov, dirigiéndose a todos y a cada uno.

—¿Pero se volvió loco o no, mocoso? —chilló Luzhin—. Ella está aquí misma delante de usted, en persona; ella misma, aquí, hace un momento, delante de todos, confirmó que, aparte de diez rublos, no recibió nada de mí. ¿De qué modo pude dárselo, después de eso?

—¡Lo vi, lo vi! —gritaba y confirmaba Lebeziátnikov—. ¡Y aunque esté en contra de mis convicciones, estoy dispuesto a prestar ahora mismo ante el tribunal el juramento que sea, porque vi cómo usted se lo deslizó a escondidas! ¡Solo que yo, tonto de mí, pensé que se lo deslizaba por beneficencia! En la puerta, al despedirse de ella, cuando ella se volvió y usted le estrechaba la mano con una mano, con la otra, la izquierda, usted le metió a escondidas el billete en el bolsillo. ¡Lo vi! ¡Lo vi!

Luzhin palideció.

—¡Qué está mintiendo! —exclamó con insolencia—. ¿Y cómo pudo usted, desde la ventana, distinguir el billete? Le pareció… con esos ojos cegatos. ¡Usted delira!

—¡No, no me pareció! Y aunque estaba lejos, lo vi todo, todo, y aunque desde la ventana en efecto es difícil distinguir el billete (en eso tiene razón), yo, por un motivo especial, sabía con seguridad que era precisamente un billete de cien rublos, porque cuando usted se puso a darle a Sofía Semiónovna el billete de diez rublos (lo vi yo mismo), en ese mismo momento tomó de la mesa un billete de cien rublos (eso lo vi porque entonces estaba cerca, y como enseguida se me ocurrió una idea, por eso no olvidé que usted tenía el billete en la mano). Usted lo dobló y lo tuvo apretado en la mano todo el tiempo. Después yo me olvidé otra vez, pero cuando usted empezó a levantarse, lo pasó de la derecha a la izquierda y casi se le cae; ahí volví a acordarme, porque ahí volvió a ocurrírseme la misma idea, precisamente que usted quería, a escondidas de mí, hacerle un favor. Ya puede imaginarse cómo me puse a observar, y bueno, vi cómo logró metérselo en el bolsillo. ¡Lo vi, lo vi, lo juraré!

Lebeziátnikov casi se ahogaba. De todos lados empezaron a oírse exclamaciones diversas, que expresaban sobre todo asombro; pero se oyeron también exclamaciones que tomaban un tono amenazador. Todos se apretujaron alrededor de Piotr Petróvich. Katerina Ivánovna se lanzó hacia Lebeziátnikov.

—¡Andréi Semiónovich! ¡Me equivoqué con usted! ¡Defiéndala! ¡Solo usted está de su lado! ¡Es huérfana, a usted lo mandó Dios! ¡Andréi Semiónovich, querido, padrecito!

Y Katerina Ivánovna, casi sin saber lo que hacía, se arrojó de rodillas ante él.

—¡Disparates! —vociferó Luzhin, enfurecido hasta la rabia—. Disparates es lo que dice usted, señor. «Me olvidé, me acordé, me olvidé»: ¡qué es eso! ¿Por lo tanto, yo se lo metí a propósito? ¿Para qué? ¿Con qué fin? ¿Qué tengo yo en común con esta…?

—¿Para qué? ¡Eso es precisamente lo que yo tampoco entiendo, pero que lo que cuento es un hecho verdadero, eso es seguro! ¡Me equivoco tan poco, hombre repugnante y criminal, que recuerdo precisamente cómo en ese momento se me vino enseguida a la cabeza una pregunta al respecto, precisamente mientras le agradecía y le estrechaba la mano! ¿Para qué se lo metió a escondidas en el bolsillo? Es decir, ¿por qué precisamente a escondidas? ¿Será solo porque quería ocultármelo, sabiendo que tengo convicciones contrarias y niego la beneficencia privada, que no cura nada de raíz? Y bueno, decidí que de verdad le daba vergüenza delante de mí dar semejantes sumas, y además, quizá, pensé, quiere darle una sorpresa, asombrarla cuando encuentre en su bolsillo cien rublos enteros. (Porque a ciertos benefactores les encanta adornar así sus beneficios; lo sé.) Después se me ocurrió también que usted quería ponerla a prueba, es decir, ver si, al encontrarlo, vendría a agradecer. Después, que quería evitar el agradecimiento y que, bueno, cómo se dice: que la mano derecha, o algo así, no sepa… en una palabra, así… ¡Bueno, cuántas ideas no se me vinieron entonces a la cabeza!, de modo que resolví pensarlo todo después, pero de todos modos consideré poco delicado revelarle que conocía el secreto. Pero, sin embargo, enseguida se me ocurrió además otra pregunta: que Sofía Semiónovna, antes de notarlo, a lo mejor, quién sabe, perdería el dinero; por eso resolví venir aquí, llamarla aparte y avisarle que le habían metido cien rublos en el bolsillo. Y de paso pasé antes por el cuarto de las señoras Kobyliátnikov para llevarles la Conclusión general del método positivo2 y recomendarles especialmente el artículo de Piderit (y, por lo demás, también el de Wagner); después vengo aquí, ¡y miren qué historia! ¿Y acaso podía, podía yo tener todas esas ideas y razonamientos si de verdad no hubiera visto que usted le metió en el bolsillo cien rublos?

Cuando Andréi Semiónovich terminó sus prolijos razonamientos, con semejante conclusión lógica al final del discurso, estaba terriblemente cansado, y hasta le corría el sudor por la cara. Por desgracia, ni en ruso sabía expresarse como es debido (aunque, por lo demás, no sabía ninguna otra lengua), de modo que de algún modo se agotó por completo, de golpe, y hasta pareció adelgazar después de su hazaña de abogado. Sin embargo, su discurso produjo un efecto extraordinario. Había hablado con tal ardor, con tal convicción, que evidentemente todos le creyeron. Piotr Petróvich sintió que la cosa iba mal.

—¡Qué me importa a mí que se le hayan venido a la cabeza no sé qué preguntas estúpidas! —exclamó—. ¡Eso no es una prueba, señor! ¡Usted pudo haber delirado todo eso en sueños, eso es todo, señor! ¡Y yo le digo que miente, señor! ¡Miente y calumnia por algún rencor contra mí, y precisamente por despecho porque no acepté sus propuestas sociales librepensadoras e impías, eso es, señor!

Pero esa salida no le sirvió de nada a Piotr Petróvich. Al contrario, de todos lados se oyó un murmullo.

—¡Ah, conque adónde fuiste a parar! —gritó Lebeziátnikov—. ¡Mientes! ¡Llama a la policía, que yo voy a jurar! ¡Solo una cosa no puedo entender: para qué se arriesgó a un acto tan bajo! ¡Oh, hombre lastimoso y vil!

—Yo puedo explicar para qué se arriesgó a semejante acto y, si hace falta, yo mismo voy a jurar —pronunció por fin con voz firme Raskólnikov, y dio un paso adelante.

Estaba, al parecer, firme y tranquilo. A todos les quedó de algún modo claro, con solo mirarlo, que él sabía en efecto de qué se trataba y que se había llegado al desenlace.

—Ahora lo entiendo todo completamente —prosiguió Raskólnikov, dirigiéndose directamente a Lebeziátnikov—. Desde el principio de la historia empecé a sospechar que aquí había una trampa repugnante; empecé a sospechar a causa de ciertas circunstancias particulares, conocidas solo por mí, que voy a explicarles ahora a todos: ¡en ellas está todo el asunto! Y usted, Andréi Semiónovich, con su valiosísimo testimonio, me lo aclaró todo definitivamente. Les pido a todos, a todos, que escuchen: este señor (señaló a Luzhin) pidió hace poco la mano de una señorita, y precisamente de mi hermana, Avdotia Románovna Raskólnikova. Pero al llegar a Petersburgo, anteayer, en nuestro primer encuentro, se peleó conmigo, y yo lo eché de mi casa, de lo que hay dos testigos. Este hombre es muy malo… Anteayer yo todavía no sabía que se alojaba aquí, en los cuartos, en su casa, Andréi Semiónovich, y que, por lo tanto, el mismo día en que nos peleamos, es decir, anteayer mismo, fue testigo de cómo yo le entregué, como amigo del difunto señor Marmeládov, a su esposa Katerina Ivánovna algo de dinero para el entierro. Enseguida le escribió una nota a mi madre y le informó que yo había dado todo el dinero no a Katerina Ivánovna, sino a Sofía Semiónovna, y al mismo tiempo, en las expresiones más viles, mencionó… el carácter de Sofía Semiónovna, es decir, insinuó el carácter de mis relaciones con Sofía Semiónovna. Todo esto, como ustedes entienden, con el fin de enemistarme con mi madre y mi hermana, haciéndoles creer que yo despilfarro, con fines innobles, el último dinero con que ellas me ayudan. Ayer por la noche, delante de mi madre y de mi hermana, y en su presencia, restablecí la verdad, demostrando que había dado el dinero a Katerina Ivánovna para el entierro, y no a Sofía Semiónovna, y que anteayer todavía ni siquiera conocía a Sofía Semiónovna y ni siquiera la había visto todavía en persona. Añadí además que él, Piotr Petróvich Luzhin, con todos sus méritos, no vale ni el dedo meñique de Sofía Semiónovna, de quien habla tan mal. A su pregunta de si sentaría a Sofía Semiónovna al lado de mi hermana, respondí que ya lo había hecho, ese mismo día. Enfurecido porque mi madre y mi hermana no querían, por sus calumnias, pelearse conmigo, él, de palabra en palabra, empezó a decirles insolencias imperdonables. Se produjo la ruptura definitiva, y lo echaron de la casa. Todo eso ocurrió ayer por la noche. Ahora les pido una atención especial: imagínense que si ahora él hubiera logrado demostrar que Sofía Semiónovna es una ladrona, en primer lugar les habría demostrado a mi hermana y a mi madre que tenía casi razón en sus sospechas; que se había enojado con justicia porque yo había puesto en el mismo plano a mi hermana y a Sofía Semiónovna; que, al atacarme a mí, defendía, por lo tanto, y protegía el honor de mi hermana, su novia. En una palabra, con todo eso hasta podía volver a enemistarme con mi familia y, desde luego, esperaba volver a ganarse su favor. Por no hablar de que se vengaba de mí personalmente, porque tiene motivos para suponer que el honor y la felicidad de Sofía Semiónovna me son muy queridos. ¡Ese es todo su cálculo! ¡Así es como entiendo yo este asunto! ¡Esa es toda la causa, y no puede haber otra!

Así, o casi así, terminó Raskólnikov su discurso, interrumpido a menudo por las exclamaciones del público, que, por lo demás, escuchaba con mucha atención. Pero, a pesar de todas las interrupciones, habló con dureza, con calma, con precisión, con claridad, con firmeza. Su voz dura, su tono convencido y su cara severa produjeron en todos un efecto extraordinario.

—¡Así es, así es, así es! —confirmaba con entusiasmo Lebeziátnikov—. Tiene que ser así, porque precisamente me preguntó, en cuanto Sofía Semiónovna entró en nuestra habitación, si estaba usted aquí, si no lo había visto yo entre los invitados de Katerina Ivánovna. Para eso me llevó aparte a la ventana y allí me lo preguntó en voz baja. ¡Por lo tanto, necesitaba sin falta que usted estuviera aquí! ¡Así es, todo es así!

Luzhin callaba y sonreía con desprecio. Por lo demás, estaba muy pálido. Parecía que estaba pensando cómo zafarse. Quizá con gusto lo habría dejado todo y se habría ido, pero en ese momento eso era casi imposible; eso significaba reconocer abiertamente la justicia de las acusaciones que se le hacían y que en efecto había calumniado a Sofía Semiónovna. Además, el público, que ya de por sí había bebido, estaba demasiado agitado. El de intendencia, aunque, por lo demás, no lo entendía todo, gritaba más que nadie y proponía ciertas medidas muy desagradables para Luzhin. Pero también había quienes no estaban borrachos; habían venido y se habían reunido de todas las habitaciones. Los tres polaquitos se acaloraban terriblemente y le gritaban sin cesar: «¡Pane łajdak3!», y además mascullaban no sé qué amenazas en polaco. Sonia escuchaba con tensión, pero como si tampoco entendiera todo, como si despertara de un desmayo. Solo no apartaba los ojos de Raskólnikov, sintiendo que en él estaba toda su defensa. Katerina Ivánovna respiraba con dificultad y ronquera y parecía estar en un agotamiento terrible. La más tonta de todos era Amalia Ivánovna, que estaba ahí con la boca abierta, sin entender absolutamente nada. Solo veía que a Piotr Petróvich de algún modo lo habían pescado. Raskólnikov pidió hablar de nuevo, pero ya no lo dejaron terminar: todos gritaban y se apretujaban alrededor de Luzhin con insultos y amenazas. Pero Piotr Petróvich no se acobardó. Viendo que el asunto de la acusación contra Sonia estaba ya completamente perdido, recurrió directamente a la insolencia.

—Permítanme, señores, permítanme; no se amontonen, ¡déjenme pasar! —decía, abriéndose paso entre la multitud—. Y háganme el favor de no amenazar; les aseguro que no pasará nada, no harán nada, no soy de los cobardes, señores, sino que, al contrario, serán ustedes, señores, los que responderán por haber encubierto con la violencia un asunto criminal. La ladrona está más que desenmascarada, y la voy a perseguir, señores. En el tribunal no son tan ciegos y… no están borrachos, señores, y no les creerán a dos ateos declarados, agitadores y librepensadores, que me acusan por venganza personal, cosa que ellos mismos, por su estupidez, reconocen… ¡Sí, señores, permítanme, señores!

—¡Que ahora mismo no quede ni rastro de usted en mi habitación; tenga a bien mudarse, y todo terminó entre nosotros! ¡Y pensar que yo me desvivía, le exponía… dos semanas enteras!…

—Pero si yo mismo, Andréi Semiónovich, le dije hace un rato que me mudaba, cuando usted todavía me retenía; ahora solo añadiré que usted es un imbécil, señor. Le deseo que se cure el juicio y esos ojos cegatos. ¡Permítanme, pues, señores!

Se abrió paso; pero al de intendencia no le daba la gana dejarlo ir tan fácilmente, solo con insultos: agarró un vaso de la mesa, tomó impulso y se lo lanzó a Piotr Petróvich; pero el vaso voló derecho hacia Amalia Ivánovna. Ella chilló, y el de intendencia, perdiendo el equilibrio por el impulso, se desplomó pesadamente bajo la mesa. Piotr Petróvich pasó a su habitación, y al cabo de media hora ya no estaba en la casa. Sonia, tímida por naturaleza, ya sabía de antes que a ella era más fácil perderla que a cualquier otra persona, y que ofenderla podía cualquiera casi impunemente. Pero de todos modos, hasta ese mismo momento, le había parecido que de algún modo se podía evitar la desgracia: con cautela, con mansedumbre, con sumisión ante todos y cada uno. Su desengaño fue demasiado duro. Desde luego, ella podía soportarlo todo con paciencia y casi sin queja, incluso esto. Pero en el primer momento le resultó demasiado duro. A pesar de su triunfo y de su justificación, cuando pasaron el primer susto y el primer estupor, cuando lo entendió y lo comprendió todo con claridad, un sentimiento de desamparo y de ofensa le oprimió el corazón de un modo torturante. Le dio un ataque de nervios. Por fin, sin poder más, salió corriendo de la habitación y corrió a su casa. Fue casi inmediatamente después de que se fuera Luzhin. Amalia Ivánovna, cuando el vaso le dio a ella, entre las sonoras risas de los presentes, tampoco aguantó pagar los platos rotos de un banquete ajeno. Con un chillido, como enloquecida, se lanzó hacia Katerina Ivánovna, considerándola culpable de todo:

—¡Fuera de vivienda! ¡Ahora mismo! ¡Marsch! —Y con estas palabras empezó a agarrar todo lo que le caía en las manos de las cosas de Katerina Ivánovna y a tirarlo al suelo. Casi deshecha ya, a punto de desmayarse, sofocada, pálida, Katerina Ivánovna se levantó de un salto de la cama (en la que había caído agotada) y se lanzó sobre Amalia Ivánovna. Pero la lucha era demasiado desigual; esta la apartó como a una plumita.

—¡Cómo! ¡No bastaba con calumniarnos impíamente, y esta criatura se me viene encima a mí! ¡Cómo! ¡El día del entierro de mi marido me echan de la vivienda, después de mi pan y mi sal, a la calle, con los huérfanos! ¡Pero adónde voy a ir! —vociferaba, sollozando y ahogándose, la pobre mujer—. ¡Señor! —gritó de pronto, con los ojos centelleantes—, ¿será posible que no haya justicia? ¿A quién vas a defender, si no es a nosotros, los huérfanos? ¡Pero ya veremos! ¡Hay en el mundo tribunales y justicia, los hay, los encontraré! ¡Enseguida, espera, criatura impía! Pólechka, quédate con los niños, ya vuelvo. ¡Espérenme, aunque sea en la calle! ¡Veremos si hay justicia en el mundo!

Y, echándose sobre la cabeza aquel mismo chal verde de drap de dames del que había hablado en su relato el difunto Marmeládov, Katerina Ivánovna se abrió paso entre la multitud desordenada y borracha de inquilinos, que todavía se agolpaban en la habitación, y con alaridos y lágrimas salió corriendo a la calle, con el propósito indefinido de encontrar en algún lugar, ahora mismo, inmediatamente y a toda costa, justicia. Pólechka, asustada, se acurrucó con los niños en el rincón, sobre el baúl, donde, abrazando a los dos pequeños, temblando toda, se puso a esperar la llegada de su madre. Amalia Ivánovna corría por la habitación, chillaba, se lamentaba, tiraba al suelo todo lo que le caía en las manos y armaba alboroto. Los inquilinos vociferaban cada uno por su lado: unos terminaban de contar, como podían, el suceso ocurrido; otros se peleaban e insultaban; otros entonaron canciones…

«¡Y ahora es hora de que vaya yo! —pensó Raskólnikov—. ¡A ver, Sofía Semiónovna, veremos qué dice usted ahora!»

Y se fue a la vivienda de Sonia.


  1. «¡Dios misericordioso!», en alemán. ↩
  2. Compilación rusa de divulgación positivista. Piderit y Wagner, autores alemanes de fisiología y ciencias naturales leídos por los jóvenes radicales. ↩
  3. «¡Señor canalla!», en polaco. ↩