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Crimen y castigo

Capítulo 39 de 41

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Capítulo 39

Sexta parte. Capítulo VIII

Crimen y castigo · Fiódor Dostoyevski

Cuando entró en casa de Sonia, ya empezaba el crepúsculo. Todo el día Sonia lo había esperado con una agitación terrible. Lo habían esperado juntas con Dunia. Esta había venido a verla ya desde la mañana, al recordar las palabras de Svidrigáilov de la víspera, de que Sonia «sabe de esto». No vamos a transmitir los detalles de la conversación y de las lágrimas de las dos mujeres, ni hasta qué punto se unieron entre sí. Dunia, por lo menos, sacó de ese encuentro un consuelo: que su hermano no estaría solo; a ella, a Sonia, había ido primero con su confesión; en ella había buscado un ser humano cuando le hizo falta un ser humano; ella también lo seguiría adonde lo mandara el destino. Dunia ni siquiera lo preguntó, pero sabía que así sería. Miraba a Sonia incluso con una especie de veneración y al principio casi la turbaba con ese sentimiento de veneración con que la trataba. Sonia estuvo a punto incluso de echarse a llorar: ella, al contrario, se consideraba indigna hasta de mirar a Dunia. La hermosa imagen de Dunia, cuando esta se había despedido de ella con tanta atención y respeto en su primer encuentro en casa de Raskólnikov, había quedado desde entonces para siempre en su alma como una de las visiones más hermosas e inalcanzables de su vida.

Dúniechka por fin no aguantó más y dejó a Sonia para esperar a su hermano en su vivienda; todo el tiempo le parecía que él iría allí primero. Al quedarse sola, Sonia enseguida empezó a atormentarse de miedo ante la idea de que quizá de verdad él se suicidara. Lo mismo temía Dunia. Pero las dos, durante todo el día, se habían disuadido una a otra a porfía, con todos los argumentos, de que eso no podía ser, y habían estado más tranquilas mientras estuvieron juntas. Ahora, en cambio, apenas se separaron, una y otra empezaron a pensar solo en eso. Sonia recordaba cómo el día anterior Svidrigáilov le había dicho que Raskólnikov tenía dos caminos: la Vladímirka o… Conocía además su vanidad, su arrogancia, su amor propio y su incredulidad. «¿Será posible que solo la pusilanimidad y el miedo a la muerte puedan obligarlo a vivir?», pensó por fin con desesperación. El sol, entretanto, ya se ponía. Estaba de pie, triste, ante la ventana y miraba fijamente por ella; pero por esa ventana solo se veía la pared maestra sin blanquear de la casa vecina. Por fin, cuando ya había llegado al pleno convencimiento de la muerte del desdichado, él entró en su habitación.

Un grito de alegría se le escapó del pecho. Pero, al mirarle atentamente la cara, de pronto palideció.

—¡Pues sí! —dijo Raskólnikov, sonriendo—. Vengo por tus cruces, Sonia. Tú misma me mandabas a la encrucijada; ¿y ahora, cuando se llegó a los hechos, te acobardaste?

Sonia lo miraba con asombro. Le pareció extraño ese tono; un escalofrío le recorrió el cuerpo, pero al cabo de un minuto adivinó que tanto el tono como esas palabras, todo era fingido. Él hablaba con ella mirando de algún modo hacia un rincón y como evitando mirarla directamente a la cara.

—Mira, Sonia, pensé que así quizá sea también más ventajoso. Hay una circunstancia… Bueno, es largo de contar, y además no hace falta. ¿Sabes qué es lo único que me enfurece? Me fastidia que todas esas jetas estúpidas, bestiales, me vayan a rodear enseguida, me vayan a clavar directamente sus ojazos, a hacerme sus preguntas estúpidas, a las que hay que responder, me vayan a señalar con el dedo… ¡Puaj! Sabes, no voy a ver a Porfiri; me harté de él. Mejor iré a ver a mi amigo Pólvora; cómo lo voy a sorprender, qué efecto voy a lograr, a su manera. Pero habría que tener más sangre fría; me he vuelto demasiado bilioso en los últimos tiempos. ¿Creerás que hace un momento amenacé a mi hermana casi con el puño, solo porque se volvió a mirarme por última vez? ¡Una cerdada, semejante estado! ¡Eh, adónde he llegado! Bueno, ¿y dónde están las cruces?

Estaba como fuera de sí. Ni siquiera podía quedarse quieto en un lugar un solo minuto, no podía concentrar la atención en ningún objeto; sus pensamientos saltaban uno sobre otro, se le iba la lengua; las manos le temblaban levemente.

Sonia sacó en silencio del cajón dos cruces, la de ciprés y la de cobre, se persignó ella misma, lo persignó a él y le colgó en el pecho la crucecita de ciprés.

—Esto, entonces, es el símbolo de que tomo la cruz sobre mí, ¡je, je! ¡Y es cierto, hasta ahora sufrí poco! De ciprés, es decir, del pueblo llano; la de cobre es la de Lizaveta, te la quedas tú; ¿a ver, muéstramela? ¿Así que la llevaba ella… en aquel momento? Yo también conozco dos cruces parecidas, una de plata y una imagen. Se las tiré entonces sobre el pecho a la viejecilla. Esas sí que vendrían bien ahora, de verdad, esas son las que tendría que ponerme… Aunque, por lo demás, no digo más que mentiras, me voy a olvidar del asunto; ¡estoy como distraído!… Mira, Sonia, propiamente vine para avisarte, para que lo supieras… Bueno, eso es todo… Solo para eso vine. (Hm, aunque pensaba que diría más.) Si tú misma querías que fuera, bueno, pues estaré preso en la cárcel, y se cumplirá tu deseo; ¿y por qué lloras? ¿Tú también? Basta, déjalo; ¡ay, qué pesado me resulta todo esto!

Sin embargo, nació en él un sentimiento; se le oprimió el corazón al mirarla. «¿Y esta, esta por qué?», pensaba para sí. «¿Qué soy yo para ella? ¿Por qué llora, por qué me prepara como mi madre o Dunia? ¡Va a ser mi niñera!»

—Persígnate, reza aunque sea una vez —le pidió Sonia con voz temblorosa y tímida.

—¡Oh, como quieras, cuanto quieras! Y de corazón, Sonia, de corazón…

Aunque, por lo demás, quería decir otra cosa.

Se persignó varias veces. Sonia agarró su chal y se lo echó sobre la cabeza. Era el chal verde de drap de dames, probablemente el mismo del que había hablado entonces Marmeládov, el «de la familia». A Raskólnikov se le cruzó ese pensamiento, pero no preguntó. En efecto, él mismo ya empezaba a sentir que estaba terriblemente distraído y como monstruosamente alterado. Eso lo asustó. Lo impresionó de pronto también que Sonia quisiera ir con él.

—¡Pero qué haces! ¿Adónde vas? ¡Quédate, quédate! Voy solo —gritó con un fastidio pusilánime y, casi enfurecido, fue hacia la puerta—. ¡Y para qué todo un séquito! —mascullaba al salir.

Sonia se quedó en medio de la habitación. Él ni siquiera se despidió de ella; ya la había olvidado; una duda corrosiva y rebelde le hervía en el alma.

«¿Pero es así, es así todo esto? —volvió a pensar, bajando la escalera—. ¿Será posible que no se pueda todavía detenerse y volver a arreglarlo todo… y no ir?»

Pero de todos modos iba. De pronto sintió definitivamente que no tenía sentido hacerse preguntas. Al salir a la calle recordó que no se había despedido de Sonia, que ella se había quedado en medio de la habitación, con su chal verde, sin atreverse a moverse por su grito, y se detuvo un instante. En ese mismo momento un pensamiento lo iluminó de pronto vivamente, como si esperara para golpearlo definitivamente.

«¿Y para qué, para qué fui a verla ahora? Le dije: por un asunto; ¿pero por qué asunto? ¡No había ningún asunto en absoluto! ¿Para anunciarle que voy? ¿Y qué? ¡Qué necesidad! ¿La amo, acaso? ¿No, verdad que no? Si acabo de echarla como a un perro. ¿Necesitaba de verdad sus cruces? ¡Oh, qué bajo he caído! No: ¡necesitaba sus lágrimas, necesitaba ver su susto, mirar cómo le duele y se le desgarra el corazón! ¡Había que aferrarse a algo, demorarse, mirar a un ser humano! ¡Y me atrevía a confiar tanto en mí, a soñar tanto conmigo mismo, mendigo de mí, insignificante de mí, canalla, canalla!»

Iba por el malecón del canal, y ya le quedaba poco. Pero al llegar al puente se detuvo y de pronto dobló hacia el puente, a un costado, y se fue a la Sennaia.

Miraba con avidez a derecha e izquierda, se fijaba con tensión en cada objeto y no podía concentrar la atención en nada; todo se le escurría. «Dentro de una semana, dentro de un mes, me llevarán a alguna parte en uno de esos coches de presos por este puente; ¿cómo miraré entonces este canal? ¿Habría que recordar esto? —le cruzó por la cabeza—. Este letrero: ¿cómo leeré entonces estas mismas letras? Aquí dice: “Campañía”; bueno, pues hay que recordar esta a, la letra a, y mirarla dentro de un mes, esta misma a: ¿cómo la miraré entonces? ¿Qué sentiré y pensaré entonces?… Dios, qué bajo debe de ser todo esto, todas estas… preocupaciones mías de ahora. Desde luego, todo esto debe de ser curioso… a su manera… (¡ja, ja, ja! ¡en qué estoy pensando!) me estoy volviendo un niño, fanfarroneo ante mí mismo; ¿y por qué me avergüenzo? ¡Puaj, cómo empujan! Este gordo (un alemán, seguramente) que me empujó: ¿sabrá a quién empujó? Una mujer con una criatura pide limosna; es curioso que me considere más feliz que ella. ¿Y si le diera algo, por curiosidad? ¡Bah, me quedó una moneda de cinco kopeks en el bolsillo!, ¿de dónde? Toma, toma… ¡tómala, madrecita!»

—¡Que Dios te guarde! —se oyó la voz lastimera de la mendiga.

Entró en la Sennaia. Le resultaba desagradable, muy desagradable, chocar con la gente, pero iba precisamente adonde se veía más gente. Habría dado todo en el mundo por quedarse solo; pero él mismo sentía que no estaría solo ni un minuto. En la multitud armaba escándalo un borracho: no hacía más que querer bailar, pero se caía todo el tiempo de costado. Lo habían rodeado. Raskólnikov se abrió paso entre la multitud, miró unos minutos al borracho y de pronto soltó una carcajada breve y entrecortada. Al cabo de un minuto ya se había olvidado de él, ni siquiera lo veía, aunque lo miraba. Por fin se apartó, sin recordar siquiera dónde se encontraba; pero cuando llegó al medio de la plaza, de pronto le sucedió un movimiento, una sensación se apoderó de él de golpe, lo agarró entero, con el cuerpo y con el pensamiento.

De pronto recordó las palabras de Sonia: «Ve a la encrucijada, inclínate ante la gente, besa la tierra, porque también ante ella pecaste, y dile en voz alta a todo el mundo: “¡Soy un asesino!”». Se echó a temblar todo al recordarlo. Y la angustia y la inquietud sin salida de todo ese tiempo, pero sobre todo de las últimas horas, lo habían aplastado ya hasta tal punto que se lanzó sin más a la posibilidad de esa sensación íntegra, nueva, plena. Le llegó de pronto como en un ataque: se encendió en el alma como una chispa y de pronto, como un fuego, lo abarcó entero. Todo se ablandó en él de golpe, y brotaron las lágrimas. Tal como estaba, cayó al suelo…

Se arrodilló en medio de la plaza, se inclinó hasta el suelo y besó esa tierra sucia, con deleite y felicidad. Se levantó y se inclinó por segunda vez.

—¡Mira cómo se emborrachó! —observó a su lado un muchacho.

Se oyeron risas.

—Es que va a Jerusalén, hermanos, se despide de sus hijos, de la patria, se inclina ante todo el mundo, besa la ciudad capital de San Petersburgo y su suelo —añadió un borrachito de los mieshchanín.

—¡Todavía es un muchacho joven! —intercaló un tercero.

—¡Es de los nobles! —observó alguien con voz grave.

—Hoy en día no se sabe quién es noble y quién no.

Todos esos comentarios y conversaciones contuvieron a Raskólnikov, y las palabras «yo maté», que quizá se disponían a escapársele de la lengua, se le helaron por dentro. Sin embargo, soportó con calma todos esos gritos y, sin mirar alrededor, se fue derecho por un callejón en dirección a la comisaría. Una visión le pasó por delante en el camino, pero no se asombró; ya presentía que así tenía que ser. En el momento en que, en la Sennaia, se inclinó hasta el suelo por segunda vez, al volverse hacia la izquierda, a unos cincuenta pasos de sí, vio a Sonia. Ella se escondía de él detrás de una de las barracas de madera que había en la plaza; ¡por lo tanto, había acompañado toda su procesión dolorosa! Raskólnikov sintió y comprendió en ese momento, de una vez para siempre, que Sonia ahora estaba con él para siempre y lo seguiría aunque fuera al fin del mundo, adondequiera que lo llevara el destino. Todo el corazón se le revolvió… pero ya había llegado al lugar fatal…

Entró en el patio con bastante ánimo. Había que subir al tercer piso. «Todavía me falta subir», pensó. En general le parecía que hasta el momento fatal todavía faltaba mucho, que todavía quedaba mucho tiempo, que todavía se podía pensar en muchas cosas.

Otra vez la misma basura, las mismas cáscaras en la escalera de caracol, otra vez las puertas de las viviendas abiertas de par en par, otra vez las mismas cocinas, de las que salían humo y hedor. Raskólnikov no había vuelto allí desde entonces. Las piernas se le entumecían y se le doblaban, pero caminaban. Se detuvo un instante para recobrar el aliento, para recomponerse, para entrar como un ser humano. «¿Y para qué? ¿Por qué? —pensó de pronto, tomando conciencia de su gesto—. Si hay que beber este cáliz, ¿no da todo igual? Cuanto más feo, mejor». En su imaginación pasó en ese instante la figura de Iliá Petróvich Pólvora. «¿Será posible que de verdad vaya a verlo a él? ¿Y no se puede ir a otro? ¿No se puede ir a Nikodim Fomich? ¿Dar la vuelta ahora mismo e ir a la vivienda del propio comisario? Por lo menos sería de un modo casero… ¡No, no! ¡A Pólvora, a Pólvora! Si hay que beber, beberlo todo de una vez…»

Helado y casi fuera de sí, abrió la puerta de la comisaría. Esta vez había muy poca gente; había un portero y otro hombre del pueblo. El guardia ni siquiera se asomaba de su tabique. Raskólnikov pasó a la habitación siguiente. «Quizá todavía se pueda no decirlo», le cruzó. Allí un individuo, de los escribientes, con levita particular, se disponía a escribir algo en un escritorio. En un rincón se acomodaba otro escribiente. Zamétov no estaba. Nikodim Fomich, desde luego, tampoco.

—¿No hay nadie? —preguntó Raskólnikov, dirigiéndose al individuo del escritorio.

—¿Y a quién busca usted?

—¡A-a-ah! Ni se lo oía ni se lo veía, y huele a espíritu ruso… cómo es en ese cuento… ¡lo olvidé! ¡M-mis r-respetos! —exclamó de pronto una voz conocida.

Raskólnikov se echó a temblar. Ante él estaba Pólvora, que había salido de pronto de la tercera habitación. «Es el destino mismo —pensó Raskólnikov—. ¿Por qué está aquí?»

—¿Viene a vernos? ¿Por qué asunto? —exclamaba Iliá Petróvich. (Estaba, al parecer, de un humor excelentísimo e incluso una gotita excitado.) —Si es por un asunto, vino demasiado temprano. Yo mismo estoy por casualidad… Aunque, por lo demás, en lo que pueda. Le confieso… ¿cómo? ¿cómo? Perdone…

—Raskólnikov.

—¡Pues claro: Raskólnikov! ¿Y será posible que haya podido suponer que lo olvidé? No me tenga, por favor, por alguien así… Rodión Ro… Ro… Rodiónich, ¿así, me parece?

—Rodión Románich.

—¡Sí, sí, sí! ¡Rodión Románich, Rodión Románich! Eso precisamente era lo que buscaba. Hasta pregunté muchas veces. Le confieso que desde entonces lamenté sinceramente que aquella vez usted y yo… después me explicaron, me enteré de que es un joven literato y hasta un sabio… y, por así decirlo, los primeros pasos… ¡Oh, Señor! ¡Si cuál de los literatos y sabios no dio al principio pasos originales! Mi mujer y yo, los dos respetamos la literatura, y mi mujer, ¡hasta la pasión!… ¡La literatura y lo artístico! Que uno sea noble, y todo lo demás se puede adquirir con talento, conocimiento, razón, ¡genio! El sombrero, bueno, ¿qué significa, por ejemplo, un sombrero? Un sombrero es una tortita, lo compro en la tienda de Zimmermann; pero lo que se guarda bajo el sombrero y se cubre con el sombrero, ¡eso sí que no lo compro, señor!… Le confieso que hasta quería ir a verlo para explicarme, pero pensé que quizá usted… Pero no le preguntaré: ¿de verdad necesita algo? ¿Dicen que vino su familia?

—Sí, mi madre y mi hermana.

—Hasta tuve el honor y la dicha de encontrarme con su hermana: una persona instruida y encantadora. Le confieso que lamenté que nos acaloráramos tanto aquella vez. ¡Qué caso! Y si aquella vez, con motivo de su desmayo, le eché cierta mirada, después eso se explicó del modo más brillante. ¡Fanatismo y cerrazón! Comprendo su indignación. ¿Quizá con motivo de la llegada de su familia se cambia de vivienda?

—N-no, solo así… Vine a preguntar… pensé que encontraría aquí a Zamétov.

—¡Ah, sí! Porque ustedes se hicieron amigos; lo oí, señor. Bueno, Zamétov no está aquí; no lo encontró. ¡Sí, señor, perdimos a Aleksandr Grigórievich! Desde ayer no está disponible; se trasladó… y, al trasladarse, hasta se peleó con todos… de un modo tan descortés… Un muchacho atolondrado, nada más; hasta podía dar esperanzas; ¡pero vaya uno a entenderse con ellos, con nuestra brillante juventud! Quiere dar no sé qué examen, pero entre nosotros basta con hablar y fanfarronear un poco, y con eso termina el examen. ¡No es lo mismo que usted, por ejemplo, o el señor Razumíjin, su amigo! Su carrera es la parte científica, ¡y a usted ya no lo desviarán los fracasos! Para usted todas estas bellezas de la vida, se puede decir, nihil est: ¡asceta, monje, ermitaño!… Para usted el libro, la pluma detrás de la oreja, las investigaciones científicas: ¡ahí es donde planea su espíritu! Yo mismo en parte… ¿Tuvo a bien leer las memorias de Livingstone?

—No.

—Yo sí las leí. Hoy en día, por lo demás, se han extendido muchísimos nihilistas; bueno, eso también se entiende; ¿qué tiempos son estos, le pregunto yo? Aunque, por lo demás, con usted… porque usted, desde luego, no es nihilista. ¡Responda con franqueza, con franqueza!

—N-no…

—No, sabe, usted conmigo con franqueza, no se cohíba, ¡como si estuviera a solas consigo mismo! Una cosa es el servicio, otra cosa es… usted pensó que iba a decir la amistad; no, señor, ¡no adivinó! No la amistad, sino el sentimiento del ciudadano y del hombre, el sentimiento de humanidad y de amor al Altísimo. Puedo ser una persona oficial, y estar en funciones, pero estoy obligado a sentir siempre en mí al ciudadano y al hombre y a rendir cuentas… Usted tuvo a bien mencionar a Zamétov. Zamétov es capaz de armar un escándalo a la francesa en un establecimiento indecente, con un vaso de champaña o de vino del Don: ¡eso es su Zamétov! Y yo, quizá, por así decirlo, ardí de devoción y de sentimientos elevados, y además tengo importancia, rango, ocupo un puesto. Estoy casado y tengo hijos. Cumplo el deber de ciudadano y de hombre, ¿y él quién es, permítame preguntarle? Lo trato a usted como a un hombre ennoblecido por la instrucción. Otra cosa: se han extendido desmesuradamente estas comadronas.

Raskólnikov levantó interrogativamente las cejas. Las palabras de Iliá Petróvich, que evidentemente acababa de levantarse de la mesa, golpeaban y se desparramaban ante él en su mayor parte como sonidos vacíos. Pero una parte de ellas de todos modos la entendía de algún modo; miraba interrogativamente y no sabía en qué terminaría todo esto.

—Hablo de esas muchachas de pelo corto —prosiguió el locuaz Iliá Petróvich—; yo mismo, por mi cuenta, las apodé comadronas, y encuentro que el apodo es completamente satisfactorio. ¡Je, je! Se meten en la academia, estudian anatomía; bueno, dígame: si me enfermo, ¿voy a llamar a una señorita para que me cure? ¡Je, je!

Iliá Petróvich se reía a carcajadas, completamente satisfecho de sus agudezas.

—Supongamos que es una sed desmedida de instrucción; pero uno se instruyó, y basta. ¿Para qué abusar? ¿Para qué ofender a las personas nobles, como hace el sinvergüenza de Zamétov? ¿Por qué me ofendió, le pregunto yo? Otra cosa: cuántos suicidios se han extendido, no se lo puede imaginar. Todos gastan el último dinero y se matan. Chiquillas, chiquillos, viejos… Esta misma mañana se informó de un señor recién llegado. ¡Nil Pávlich, eh, Nil Pávlich! ¿Cómo se llamaba el caballero del que se informó hace un rato, el que se pegó un tiro en el Lado de Petersburgo?

—Svidrigáilov —respondió con voz ronca e indiferente alguien desde la otra habitación.

Raskólnikov se estremeció.

—¡Svidrigáilov! ¡Svidrigáilov se pegó un tiro! —exclamó.

—¡Cómo! ¿Usted conoce a Svidrigáilov?

—Sí… lo conozco… Llegó hace poco…

—Pues sí, llegó hace poco, había perdido a su mujer, un hombre de conducta disoluta, y de pronto se pegó un tiro, y de un modo tan escandaloso que no se lo puede imaginar… dejó en su libreta unas palabras de que muere en su sano juicio y pide que no se culpe a nadie de su muerte. Dicen que este tenía dinero. ¿Y usted cómo es que lo conoce?

—Yo… lo conocía… mi hermana vivía en su casa como institutriz…

—Vaya, vaya, vaya… Entonces usted puede informarnos sobre él. ¿Y no sospechaba nada?

—Lo vi ayer… él… bebía vino… yo no sabía nada.

Raskólnikov sentía que algo había caído sobre él y lo había aplastado.

—Usted parece haber palidecido otra vez. Aquí hay un aire tan cargado…

—Sí, tengo que irme, señor —balbuceó Raskólnikov—; perdone la molestia…

—¡Oh, por favor, cuando quiera! Me dio un placer, y me alegro de declarar…

Iliá Petróvich hasta le tendió la mano.

—Solo quería… venía por Zamétov…

—Entiendo, entiendo, y me dio un placer.

—Yo… me alegro mucho… hasta la vista, señor… —sonreía Raskólnikov.

Salió; se tambaleaba. La cabeza le daba vueltas. No sentía si se sostenía sobre las piernas. Empezó a bajar la escalera, apoyándose con la mano derecha en la pared. Le pareció que un portero, con un libro en la mano, lo empujaba al subir hacia la comisaría a su encuentro; que un perrito ladraba y ladraba en algún lado en el piso de abajo y que una mujer le tiraba un palo de amasar y gritaba. Bajó y salió al patio. Allí, en el patio, no lejos de la salida, estaba Sonia, pálida, mortalmente pálida, y lo miró de un modo salvaje, salvaje. Él se detuvo ante ella. Algo enfermizo y torturado se expresó en su cara, algo desesperado. Ella juntó las manos. Una sonrisa deforme, perdida, le asomó forzada a los labios. Se quedó un momento, sonrió y se volvió hacia arriba, otra vez a la comisaría.

Iliá Petróvich se había sentado y revolvía unos papeles. Ante él estaba aquel mismo mujik que acababa de empujar a Raskólnikov al subir por la escalera.

—¿A-a-ah? ¡Usted otra vez! ¿Se olvidó algo?… ¿Pero qué le pasa?

Raskólnikov, con los labios pálidos, con la mirada inmóvil, se le acercó despacio, llegó hasta la misma mesa, se apoyó en ella con la mano, quiso decir algo, pero no pudo; solo se oían unos sonidos incoherentes.

—¡Se siente mal, una silla! ¡Aquí, siéntese en la silla, siéntese! ¡Agua!

Raskólnikov se dejó caer en la silla, pero no apartaba los ojos de la cara de Iliá Petróvich, muy desagradablemente sorprendido. Los dos se miraron un minuto y esperaron. Trajeron agua.

—Fui yo… —empezó Raskólnikov.

—Tome agua.

Raskólnikov apartó el agua con la mano y en voz baja, pausadamente, pero con claridad, pronunció:

—Fui yo quien mató entonces a la vieja viuda del funcionario y a su hermana Lizaveta con un hacha, y las robó.

Iliá Petróvich abrió la boca. De todos lados acudieron corriendo.

Raskólnikov repitió su declaración. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .