Capítulo 18
Tercera parte. Capítulo IV
Crimen y castigo · Fiódor Dostoyevski
Crimen y castigoEn ese momento la puerta se abrió despacio y en la habitación, mirando tímidamente alrededor, entró una muchacha. Todos se volvieron hacia ella con asombro y curiosidad. Raskólnikov no la reconoció a primera vista. Era Sofía Semiónovna Marmeládova. La había visto la víspera por primera vez, pero en un momento tal, en semejante ambiente y con semejante vestimenta, que en su memoria se había grabado la imagen de una persona completamente distinta. Ahora era una muchacha vestida con modestia e incluso con pobreza, todavía muy jovencita, casi parecida a una niña, de maneras modestas y decorosas, con una cara clara, pero como algo asustada. Llevaba un vestidito de casa muy sencillo, en la cabeza un sombrerito viejo, de moda pasada; solo en las manos llevaba, como la víspera, la sombrilla. Al ver de pronto la habitación llena de gente, no es que se turbara, sino que perdió del todo la cabeza, se intimidó como una niña pequeña y hasta hizo un movimiento para volverse.
—Ah… ¿es usted?… —dijo Raskólnikov, extraordinariamente asombrado, y de pronto él mismo se turbó.
Enseguida se le ocurrió que su madre y su hermana ya sabían de pasada, por la carta de Luzhin, de cierta muchacha de conducta «notoria». Hacía un momento él había protestado contra la calumnia de Luzhin y había mencionado que veía a esa muchacha por primera vez, y de pronto entraba ella misma. Recordó también que no había protestado en absoluto contra la expresión «de conducta notoria». Todo eso le pasó por la cabeza de manera confusa y en un instante. Pero, al mirarla con más atención, vio de pronto que ese ser humillado estaba ya tan humillado que de pronto le dio lástima. Y cuando ella hizo un movimiento para huir de miedo, en él algo pareció darse la vuelta.
—No la esperaba en absoluto —se apresuró, deteniéndola con la mirada—. Hágame el favor, siéntese. Seguramente viene de parte de Katerina Ivánovna. Permítame, aquí no, siéntese aquí…
Al entrar Sonia, Razumíjin, que estaba sentado en una de las tres sillas de Raskólnikov, justo junto a la puerta, se incorporó para dejarla entrar. Al principio Raskólnikov le señaló un lugar en el rincón del sofá donde había estado sentado Zosímov, pero, recordando que ese sofá era un lugar demasiado familiar y le servía de cama, se apresuró a indicarle la silla de Razumíjin.
—Y tú siéntate aquí —le dijo a Razumíjin, sentándolo en el rincón donde había estado Zosímov.
Sonia se sentó, casi temblando de miedo, y miró tímidamente a las dos señoras. Se veía que ni ella misma entendía cómo había podido sentarse a su lado. Al darse cuenta, se asustó tanto que de pronto volvió a levantarse y, completamente turbada, se dirigió a Raskólnikov.
—Yo… yo… pasé solo un minuto, perdone que lo haya molestado —empezó, balbuceando—. Vengo de parte de Katerina Ivánovna, y ella no tenía a quién mandar… Y Katerina Ivánovna me encargó que le rogara mucho que viniera mañana al funeral, por la mañana… en la misa… en el Mitrofánievski1, y después a casa… a su casa… a comer… Que le haga el honor… Me mandó rogárselo.
Sonia se trabó y se calló.
—Haré lo posible sin falta… sin falta —respondió Raskólnikov, incorporándose también, también balbuceando y sin terminar las frases…—. Hágame el favor, siéntese —dijo de pronto—, tengo que hablar con usted. Por favor… quizá tiene prisa… hágame el favor, regáleme dos minutos…
Y le acercó la silla. Sonia volvió a sentarse y otra vez, tímida, perdida, echó una mirada rápida a las dos señoras y de pronto bajó los ojos.
La cara pálida de Raskólnikov se encendió; fue como si lo recorriera una sacudida; le ardieron los ojos.
—Mamá —dijo con firmeza e insistencia—, esta es Sofía Semiónovna Marmeládova, la hija de aquel desdichado señor Marmeládov al que ayer atropellaron los caballos delante de mis ojos y del que ya les hablé…
Pulqueria Aleksándrovna miró a Sonia y entornó levemente los ojos. A pesar de toda su turbación ante la mirada insistente y desafiante de Rodia, no pudo negarse ese placer. Dúniechka clavó la vista, seria y fijamente, en la cara de la pobre muchacha y la examinaba perpleja. Sonia, al oír la presentación, levantó otra vez los ojos, pero se turbó todavía más que antes.
—Quería preguntarle —se dirigió a ella enseguida Raskólnikov— cómo se arregló todo hoy. ¿No las molestaron?… por ejemplo, la policía.
—No, señor, todo pasó… Si se ve demasiado de qué fue la muerte; no nos molestaron; solo que los inquilinos se enojan.
—¿Por qué?
—Porque el cuerpo está mucho tiempo… como ahora hace calor, el olor… así que hoy, para las vísperas, lo llevarán al cementerio, hasta mañana, a la capilla. Katerina Ivánovna al principio no quería, pero ahora ella misma ve que no se puede…
—¿Así que hoy?
—Ella le ruega que nos haga el honor de estar mañana en el funeral en la iglesia, y después ir a su casa, a la comida de difuntos.
—¿Va a dar una comida de difuntos?
—Sí, señor, algo de comer; le manda agradecerle mucho que ayer nos ayudara… sin usted no habríamos tenido con qué enterrarlo. —Y de pronto le temblaron los labios y la barbilla, pero se contuvo y se dominó, bajando enseguida otra vez los ojos al suelo.
Mientras hablaban, Raskólnikov la examinaba con fijeza. Era una carita delgada, muy delgada y pálida, bastante irregular, algo puntiaguda, con una naricita pequeña y puntiaguda, y lo mismo el mentón. Ni siquiera se la podía llamar bonita, pero en cambio sus ojos azules eran tan claros, y, cuando se animaban, la expresión de su cara se volvía tan bondadosa y tan cándida, que atraía hacia ella sin querer. En su cara, y en toda su figura, había además un rasgo característico especial: a pesar de sus dieciocho años, parecía casi todavía una niña, mucho más joven de lo que era, casi una criatura, y eso a veces se manifestaba hasta de un modo gracioso en algunos de sus movimientos.
—¿Pero es posible que Katerina Ivánovna haya podido arreglarse con medios tan escasos, y que encima piense dar de comer?… —preguntó Raskólnikov, prosiguiendo con insistencia la conversación.
—El ataúd va a ser sencillo, señor… y todo va a ser sencillo, así que no es caro… hace un rato Katerina Ivánovna y yo lo calculamos todo, así que quedará para la comida de difuntos… y Katerina Ivánovna tiene muchas ganas de que sea así. Porque no se puede, señor… para ella es un consuelo… ella es así, usted ya sabe…
—Entiendo, entiendo… desde luego… ¿Por qué mira así mi habitación? Mamá también dice que parece un ataúd.
—¡Usted nos dio todo ayer! —dijo de pronto en respuesta Sóniechka, con una especie de susurro fuerte y rápido, volviendo a bajar mucho los ojos de pronto. Los labios y la barbilla le volvieron a temblar. Hacía rato que la impresionaba el ambiente pobre de Raskólnikov, y ahora esas palabras le salieron de pronto solas. Siguió un silencio. Los ojos de Dúniechka parecieron aclararse, y Pulqueria Aleksándrovna hasta miró con amabilidad a Sonia.
—Rodia —dijo, levantándose—, desde luego comemos juntos. Dúniechka, vamos… Y tú, Rodia, podrías salir, pasear un poco, y después descansar, acostarte un rato, y después ven pronto… Porque te hemos cansado, me temo…
—Sí, sí, iré —respondió él, levantándose y apresurándose…—. Aunque tengo un asunto…
—¿Pero es posible que vayan a comer por separado? —gritó Razumíjin, mirando asombrado a Raskólnikov—. ¿Qué te pasa?
—Sí, sí, iré, claro, claro… Y tú quédate un minuto. ¿No lo necesitan ahora, mamá? ¿O quizá se lo quito?
—¡Oh, no, no! ¿Y usted, Dmitri Prokófich, vendrá a comer? ¿Será tan amable?
—Por favor, venga —le pidió Dunia.
Razumíjin se despidió con una inclinación y se puso radiante. Por un instante todos se turbaron de pronto de un modo algo extraño.
—Adiós, Rodia, es decir, hasta luego; no me gusta decir «adiós». Adiós, Nastasia… ¡ay, otra vez dije «adiós»!…
Pulqueria Aleksándrovna quiso saludar también a Sóniechka, pero no sé cómo no le salió, y, apresurándose, salió de la habitación.
Pero Avdotia Románovna pareció esperar su turno y, al pasar detrás de su madre junto a Sonia, la saludó con una reverencia atenta, cortés y completa. Sóniechka se turbó, respondió con una reverencia apresurada y asustada, y en su cara se reflejó hasta una sensación dolorosa, como si la cortesía y la atención de Avdotia Románovna le resultaran penosas y torturantes.
—¡Dunia, adiós! —gritó Raskólnikov, ya en el zaguán—. ¡Dame la mano!
—Pero si ya te la di, ¿te olvidaste? —respondió Dunia, volviéndose hacia él con cariño y torpeza.
—¡Pues dámela otra vez!
Y le apretó con fuerza los deditos. Dúniechka le sonrió, se ruborizó, retiró enseguida la mano y se fue detrás de su madre, también, por algún motivo, toda feliz.
—¡Bueno, qué bien! —le dijo a Sonia, volviendo a su cuarto y mirándola con claridad—. Que Dios dé descanso a los muertos, ¡y los vivos todavía tienen que vivir! ¿No es así? ¿No es así? ¿Verdad que sí?
Sonia hasta miraba con asombro su cara, que se había iluminado de pronto; él la estuvo mirando unos instantes en silencio y con fijeza: todo el relato que le había hecho de ella su difunto padre le pasó de pronto en ese momento por la memoria…
—¡Señor, Dúniechka! —empezó enseguida Pulqueria Aleksándrovna, en cuanto salieron a la calle—. Fíjate que ahora yo misma me alegro de habernos ido: es como un alivio. ¡Quién me iba a decir ayer, en el vagón, que hasta de esto me iba a alegrar!
—Otra vez se lo digo, mamá, todavía está muy enfermo. ¿No lo ve? Quizá se trastornó sufriendo por nosotras. Hay que ser indulgente, y mucho, mucho se puede perdonar.
—¡Pues tú no fuiste indulgente! —la interrumpió enseguida, con ardor y celos, Pulqueria Aleksándrovna—. ¿Sabes, Dunia?, los miraba a los dos, y eres su retrato exacto, y no tanto de cara como de alma: los dos son melancólicos, los dos sombríos y vehementes, los dos altivos y los dos generosos… Porque no puede ser que sea un egoísta, Dúniechka, ¿no?… ¿Eh?… ¡Y cuando pienso en lo que va a pasar esta noche en casa, se me para el corazón!
—No se preocupe, mamá, pasará lo que tenga que pasar.
—¡Dúniechka! ¡Pero piensa nada más en qué situación estamos ahora! ¿Y si Piotr Petróvich se echa atrás? —dijo de pronto, imprudentemente, la pobre Pulqueria Aleksándrovna.
—¡Pues qué valdrá él después de eso! —respondió Dúniechka con brusquedad y desprecio.
—Hicimos bien en irnos ahora —se apresuró a interrumpir Pulqueria Aleksándrovna—. Él tenía prisa por ir a algún lado por un asunto: que camine, que respire aunque sea un poco de aire… allí hay un bochorno espantoso… ¿pero dónde se puede respirar aire aquí? Aquí, hasta en las calles, es como en habitaciones sin ventanillas. ¡Señor, qué ciudad!… Espera, hazte a un lado, que nos aplastan, ¡llevan algo! Si es un piano lo que pasaron, de verdad… cómo empujan… A esa muchacha también le tengo mucho miedo…
—¿A qué muchacha, mamá?
—Pues a esa, a Sofía Semiónovna, la que estaba hace un momento…
—¿Y por qué?
—Tengo un presentimiento, Dunia. Bueno, créelo o no, en cuanto entró, en ese mismo instante pensé que ahí está lo principal…
—¡No está nada! —exclamó Dunia con fastidio—. ¡Qué cosas tiene usted con sus presentimientos, mamá! Él la conoce solo desde ayer, y ahora, cuando entró, no la reconoció.
—¡Bueno, ya verás!… Me turba, ya verás, ¡ya verás! Y me asusté tanto: me mira, me mira, con unos ojos… casi no podía quedarme sentada en la silla, ¿te acuerdas, cuando él empezó a presentarla? Y me parece raro: Piotr Petróvich escribe eso de ella, y él nos la presenta, ¡y encima a ti! ¡Entonces la tiene en mucho!
—¡Lo que importa lo que escriba! También de nosotras hablaron, y escribieron, ¿lo olvidó? Y yo estoy segura de que ella es… excelente, ¡y de que todo eso son tonterías!
—¡Dios lo quiera!
—Y Piotr Petróvich es un chismoso despreciable —cortó de pronto Dúniechka.
Pulqueria Aleksándrovna se encogió. La conversación se interrumpió.
—Mira, este es el asunto que tengo contigo… —dijo Raskólnikov, llevando a Razumíjin hacia la ventana…
—Entonces le diré a Katerina Ivánovna que usted vendrá… —se apresuró Sonia, despidiéndose con una inclinación para irse.
—Enseguida, Sofía Semiónovna, no tenemos secretos, usted no molesta… Querría decirle dos palabras más… Mira —se dirigió de pronto, sin terminar, como arrancándoselo, a Razumíjin—. Tú conoces a ese… ¿Cómo se llama?… ¿A Porfiri Petróvich?
—¡Claro! Es pariente. ¿Por qué? —añadió este en una especie de estallido de curiosidad.
—Él lleva ahora ese asunto… bueno, el de ese asesinato… del que hablaban ayer… ¿no?
—Sí… ¿y? —Razumíjin abrió de pronto mucho los ojos.
—Interrogaba a los que empeñaban, y yo también tengo allí prendas, así, unas porquerías, pero el anillito de mi hermana, que me regaló de recuerdo cuando me vine para acá, y el reloj de plata de mi padre. Todo vale unos cinco o seis rublos, pero para mí es valioso: es un recuerdo. ¿Qué hago ahora? No quiero que se pierdan las cosas, sobre todo el reloj. Hace un rato temblaba de que mi madre pidiera verlo cuando hablaron del reloj de Dúniechka. Es lo único que quedó de mi padre. ¡Se enfermará si se pierde! ¡Las mujeres! Así que, ¿qué hago? ¡Enséñame! Sé que habría que declararlo en la comisaría. ¿Pero no sería mejor ir directamente a Porfiri? ¿Eh? ¿Qué te parece? Que el asunto se arregle cuanto antes. ¡Ya verás que antes de la comida mamá preguntará!
—¡De ningún modo a la comisaría, y sin falta a Porfiri! —gritó Razumíjin con una agitación extraordinaria—. ¡Ay, cuánto me alegro! ¡Pero qué esperamos, vamos ahora mismo, está a dos pasos, seguro que lo encontramos!
—Bueno… vamos…
—¡Y él se va a alegrar muchísimo, muchísimo, muchísimo de conocerte! Le he hablado mucho de ti, en distintas ocasiones… Y ayer le hablé. ¡Vamos!… ¿Así que conocías a la vieja? ¡Ahí está!… ¡Esto se dio de una manera mag-ní-fi-ca!… Ah, sí… Sofía Ivánovna…
—Sofía Semiónovna —corrigió Raskólnikov—. Sofía Semiónovna, este es mi amigo, Razumíjin, y es una buena persona…
—Si ustedes tienen que irse ahora… —empezó Sonia, sin mirar siquiera a Razumíjin, y por eso turbándose todavía más.
—¡Pues vámonos! —decidió Raskólnikov—. Pasaré a verla hoy mismo, Sofía Semiónovna, solo dígame dónde vive.
No es que se confundiera, sino que parecía apresurarse y evitar sus miradas. Sonia le dio su dirección y al hacerlo se puso colorada. Salieron todos juntos.
—¿No cierras con llave? —preguntó Razumíjin, bajando la escalera detrás de ellos.
—¡Nunca!… Aunque hace ya dos años que quiero comprar una cerradura —añadió con indiferencia—. ¿Felices las personas que no tienen nada que guardar bajo llave, no? —se dirigió, riéndose, a Sonia.
En la calle se detuvieron junto al portón.
—¿Usted va a la derecha, Sofía Semiónovna? A propósito: ¿cómo me encontró? —preguntó, como si quisiera decirle algo completamente distinto. No dejaba de querer mirarla a los ojos, tranquilos y claros, y de algún modo no lo lograba…
—Pero si usted le dio ayer la dirección a Pólechka.
—¿Polia? Ah, sí… ¡Pólechka! Esa… la pequeña… ¿es su hermana? ¿Así que le di la dirección?
—¿Pero se olvidó?
—No… me acuerdo…
—Y yo ya había oído hablar de usted al difunto entonces… Solo que todavía no sabía su apellido, y él tampoco lo sabía… Y ahora vine… y como ayer supe su apellido… pregunté hoy: ¿dónde vive aquí el señor Raskólnikov?… Y no sabía que usted también vivía de subinquilino… Adiós, señor… Yo a Katerina Ivánovna…
Se alegraba terriblemente de irse por fin; se fue con los ojos bajos, apresurándose, para perderse de vista cuanto antes, para recorrer cuanto antes esos veinte pasos hasta la esquina de la derecha y quedarse por fin sola, y allí, caminando, apresurándose, sin mirar a nadie, sin notar nada, pensar, recordar, examinar cada palabra dicha, cada circunstancia. Nunca, nunca había sentido nada parecido. Todo un mundo nuevo había descendido a su alma, de un modo ignorado y confuso. Recordó de pronto que Raskólnikov quería venir a verla ese mismo día, quizá esa misma mañana, ¡quizá ahora mismo!
—Pero que no sea hoy, por favor, que no sea hoy —murmuraba con el corazón en suspenso, como suplicando a alguien, como una niña asustada—. ¡Señor! A mi casa… a esa habitación… lo va a ver… ¡oh, Señor!
Y, desde luego, en ese momento no podía notar a un señor desconocido para ella que la seguía con empeño, pisándole los talones. La seguía desde que había salido del portón. En el momento en que los tres, Razumíjin, Raskólnikov y ella, se detuvieron a decir dos palabras en la acera, ese transeúnte, al rodearlos, pareció estremecerse de pronto, al atrapar al vuelo, por casualidad, las palabras de Sonia: «y pregunté: ¿dónde vive el señor Raskólnikov?». Echó una mirada rápida pero atenta a los tres, y sobre todo a Raskólnikov, al que se dirigía Sonia; después miró la casa y se fijó en ella. Todo eso lo hizo en un instante, al pasar, y el transeúnte, procurando no dar a entender nada, siguió adelante, aflojando el paso y como esperando. Esperaba a Sonia; había visto que se despedían y que Sonia iría ahora a alguna parte, a su casa.
«¿Y adónde, a su casa? Esa cara la he visto en algún lado —pensaba, recordando la cara de Sonia…—. Hay que averiguarlo».
Al llegar a la esquina, cruzó a la acera de enfrente, se volvió y vio que Sonia ya venía detrás de él, por el mismo camino, sin notar nada. Al llegar a la esquina, también ella dobló justo por esa calle. Él la siguió, sin quitarle los ojos de encima desde la acera de enfrente; tras recorrer unos cincuenta pasos, volvió a cruzar al lado por el que iba Sonia, la alcanzó y la siguió, manteniéndose a cinco pasos de distancia.
Era un hombre de unos cincuenta años, de estatura algo más que mediana, corpulento, de hombros anchos y altos, lo que le daba un aspecto algo cargado de espaldas. Iba vestido con elegancia y comodidad y tenía el aspecto de un señor imponente. Llevaba en las manos un bastón bonito, con el que golpeaba la acera a cada paso, y las manos con guantes nuevos. Su cara ancha, de pómulos marcados, era bastante agradable, y el color de la cara era fresco, no de Petersburgo. Su pelo, todavía muy espeso, era completamente rubio, apenas con alguna cana, y la barba ancha, espesa, que le bajaba en forma de pala, era todavía más clara que el pelo de la cabeza. Tenía los ojos azules, y miraban con una fijeza fría y pensativa; los labios, encarnados. En general era un hombre muy bien conservado, que parecía mucho más joven de lo que era.
Cuando Sonia salió al canal, se encontraron los dos solos en la acera. Observándola, él alcanzó a notar su ensimismamiento y su distracción. Al llegar a su casa, Sonia entró por el portón; él detrás, como algo sorprendido. Al entrar en el patio, ella fue a la derecha, al rincón donde estaba la escalera de su vivienda. «¡Vaya!», murmuró el señor desconocido, y empezó a subir detrás de ella por los escalones. Solo entonces lo notó Sonia. Subió al tercer piso, dobló hacia la galería y llamó al número nueve, en cuya puerta estaba escrito con tiza: «Kapernaúmov, sastre». «¡Vaya!», repitió el desconocido, sorprendido por la extraña coincidencia, y llamó al lado, al número ocho. Las dos puertas estaban a unos seis pasos una de otra.
—¡Usted vive en casa de Kapernaúmov! —dijo, mirando a Sonia y riéndose—. Ayer me arregló un chaleco. Y yo estoy aquí, al lado suyo, en casa de madame Resslich, Gertruda Kárlovna. ¡Qué coincidencia!
Sonia lo miró con atención.
—Vecinos —prosiguió él con una alegría especial—. Es que llevo apenas tres días en la ciudad. Bueno, señora, hasta la vista.
Sonia no respondió; le abrieron la puerta y se escabulló adentro. Por algún motivo sintió vergüenza, y como si se hubiera intimidado…
Razumíjin, camino de la casa de Porfiri, estaba especialmente excitado.
—Esto, hermano, es estupendo —repetía varias veces—, ¡y me alegro! ¡Me alegro!
«¿Y de qué te alegras?», pensaba Raskólnikov para sí.
—Es que yo no sabía que tú también empeñabas cosas en casa de la vieja. Y… y… ¿hace mucho de eso? Es decir, ¿hace mucho que estuviste en su casa?
«¡Qué tonto ingenuo!»
—¿Cuándo?… —Raskólnikov se detuvo, recordando—. Pues estuve en su casa unos tres días antes de su muerte, me parece. Aunque no voy ahora a desempeñar las cosas —repuso con una preocupación apresurada y especial por las cosas—: si otra vez tengo solo un rublo de plata… ¡por ese maldito delirio de ayer!…
Lo del delirio lo dijo de manera especialmente enfática.
—Bueno, sí, sí, sí —asentía Razumíjin, apresurado y no se sabía a qué—. Así que por eso te… impresionó en parte aquella vez… ¿y sabes?, en el delirio no hacías más que mencionar unos anillitos y unas cadenitas… ¡Bueno, sí, sí… Está claro, ahora todo está claro.
«¡Vaya! ¡Cómo se les ha extendido esa idea! Este hombre iría a la cruz por mí, y está contentísimo de que se haya aclarado por qué mencionaba anillitos en el delirio. ¡Cómo se les ha afirmado a todos!…»
—¿Y lo encontraremos? —preguntó en voz alta.
—Lo encontraremos, lo encontraremos —se apresuraba Razumíjin—. Es un muchacho estupendo, hermano, ¡ya verás! Un poco torpe, es decir, es hombre de mundo, pero digo torpe en otro sentido. Un muchacho inteligente, inteligente, nada tonto, solo que tiene una manera de pensar especial… Desconfiado, escéptico, cínico… le gusta engañar, es decir, no engañar, sino tomar el pelo… Bueno, y el viejo método material… Pero conoce su oficio, lo conoce… ¡El año pasado descubrió un asunto de asesinato en el que casi todas las pistas se habían perdido! ¡Tiene muchísimas, muchísimas, muchísimas ganas de conocerte!
—¿Y por qué tantas ganas?
—Es decir, no es que… verás, en los últimos tiempos, desde que te enfermaste, a menudo y mucho me tocó hablar de ti… Bueno, él escuchaba… y cuando supo que estudiabas Derecho y que no podías terminar la carrera, por las circunstancias, dijo: «¡Qué lástima!». Y yo saqué la conclusión… es decir, todo eso junto, no solo eso; ayer Zamétov… Mira, Rodia, ayer te dije algo estando borracho, cuando volvíamos a casa… y tengo miedo, hermano, de que lo exageres, ¿sabes?…
—¿Qué? ¿Que me consideran loco? Sí, quizá sea verdad.
Sonrió con tensión.
—Sí… sí… es decir, ¡bah, no!… Bueno, todo lo que dije (y también lo otro), todo eso eran tonterías y efectos de la borrachera.
—¿Pero por qué te disculpas? ¡Qué harto estoy de todo esto! —gritó Raskólnikov con una irritación exagerada. Aunque en parte fingía.
—Ya sé, ya sé, entiendo. Ten la seguridad de que entiendo. Da vergüenza hasta hablar de eso…
—¡Pues si da vergüenza, no hables!
Los dos se callaron. Razumíjin estaba más que entusiasmado, y Raskólnikov lo sentía con repugnancia. Lo inquietaba además lo que Razumíjin acababa de decir de Porfiri.
«A este también habrá que hacerle el pobrecito —pensaba, palideciendo y con el corazón golpeándole—, y hacerlo con más naturalidad. Lo más natural sería no hacer nada. ¡No hacer nada, con empeño! No, con empeño otra vez no sería natural… Bueno, ya veremos cómo sale… veremos… ahora… ¿está bien o no está bien que vaya? La mariposa vuela sola hacia la vela. El corazón golpea, ¡eso es lo malo!…»
—En esa casa gris —dijo Razumíjin.
«Lo más importante es si Porfiri sabe o no sabe que ayer estuve en la vivienda de esa bruja… y pregunté por la sangre. Hay que saberlo en un instante, desde el primer paso, en cuanto entre, saberlo por su cara; si-no… ¡aunque me pierda, lo sabré!»
—¿Y sabes qué? —se dirigió de pronto a Razumíjin con una sonrisa pícara—. Yo, hermano, noté hoy que desde la mañana estás en una agitación extraordinaria. ¿Es verdad?
—¿Qué agitación? No estoy en ninguna agitación —se sobresaltó Razumíjin.
—No, hermano, de verdad, se nota. Hace un rato estabas sentado en la silla como nunca te sientas, en la puntita, y te daban sacudidas todo el tiempo. Te levantabas sin ton ni son. Ya enojado, ya de pronto la jeta se te ponía no se sabe por qué como un caramelo dulcísimo. Hasta te ponías colorado; sobre todo cuando te invitaron a comer, te pusiste terriblemente colorado.
—¡Pero si no me pasa nada; mientes!… ¿De qué hablas?
—¿Pero por qué te escurres como un colegial? ¡Uf, diablos, si otra vez se puso colorado!
—¡Pero qué cerdo eres!
—¿Y por qué te turbas? ¡Romeo! Espera, que hoy lo voy a contar en algún lado, ¡ja, ja, ja! Voy a hacer reír a mamá… y a alguien más…
—Escucha, escucha, escucha, que esto es en serio, que esto es… ¡Qué será esto después, diablos! —se confundió por completo Razumíjin, helándose de horror—. ¿Qué les vas a contar? Yo, hermano… ¡Uf, qué cerdo eres!
—¡Una verdadera rosa de primavera! ¡Y qué bien te sienta, si supieras; un Romeo de diez vershkí de estatura! Y cómo te lavaste hoy, si hasta te limpiaste las uñas, ¿eh? ¿Cuándo se ha visto? ¡Si hasta te pusiste pomada, palabra! ¡Agáchate!
—¡¡¡Cerdo!!!
Raskólnikov se reía tanto que parecía que ya no podía contenerse, y así, riéndose, entraron en la vivienda de Porfiri Petróvich. Eso era lo que Raskólnikov necesitaba: desde las habitaciones se podía oír que habían entrado riéndose y que todavía se reían a carcajadas en el recibidor.
—Ni una palabra aquí, o te… ¡te aplasto! —susurró furioso Razumíjin, agarrando a Raskólnikov del hombro.
- El cementerio Mitrofánievski, donde se enterraba a los pobres de Petersburgo. ↩