Capítulo 35
Sexta parte. Capítulo IV
Crimen y castigo · Fiódor Dostoyevski
Crimen y castigo—Usted sabe quizá (y además yo mismo se lo conté) —empezó Svidrigáilov— que estuve aquí preso en la cárcel de deudores, por una cuenta enorme y sin tener en perspectiva el menor medio para pagarla. No hace falta detallar cómo me rescató entonces Marfa Petróvna; ¿sabe hasta qué grado de embriaguez puede a veces amar una mujer? Era una mujer honrada, nada tonta (aunque completamente inculta). Imagínese que esa misma mujer, celosa y honrada, decidió condescender, después de muchos arrebatos y reproches terribles, a una especie de contrato conmigo, que cumplió durante todo nuestro matrimonio. El caso es que era bastante mayor que yo y además llevaba siempre en la boca un clavito de olor. Yo tenía en el alma suficiente cerdada y una especie de honradez como para declararle directamente que no podía serle completamente fiel. Esa confesión la sacó de quicio, pero, al parecer, mi franqueza grosera en cierto modo le gustó: «Entonces, como quien dice, él mismo no quiere engañarme, ya que lo declara así de antemano», y para una mujer celosa eso es lo primero. Después de largas lágrimas se estableció entre nosotros un contrato verbal de este tipo: primero, nunca abandonaré a Marfa Petróvna y siempre seguiré siendo su marido; segundo, sin su permiso no me ausentaré a ninguna parte; tercero, nunca tendré una amante fija; cuarto, a cambio, Marfa Petróvna me permite echarles el ojo de vez en cuando a las criadas de la casa, pero no de otro modo que con su conocimiento secreto; quinto, Dios me libre de enamorarme de una mujer de nuestra clase; sexto, si por casualidad, Dios no lo quiera, me visitara alguna pasión, grande y seria, debo revelárselo a Marfa Petróvna. Respecto de este último punto, Marfa Petróvna estuvo, por lo demás, bastante tranquila todo el tiempo; era una mujer inteligente y, por consiguiente, no podía mirarme de otro modo que como a un libertino y un mujeriego incapaz de amar en serio. Pero una mujer inteligente y una mujer celosa son dos cosas distintas, y ahí precisamente está la desgracia. Por lo demás, para juzgar con imparcialidad a ciertas personas, hay que renunciar de antemano a algunas opiniones preconcebidas y a la costumbre cotidiana respecto de las personas y los objetos que habitualmente nos rodean. En su juicio, más que en el de nadie, tengo derecho a confiar. Quizá usted ya oyó contar muchas cosas ridículas y absurdas de Marfa Petróvna. En efecto, tenía algunas costumbres muy ridículas; pero le diré directamente que lamento sinceramente las innumerables penas de las que fui causa. Bueno, y me parece que basta para una oraison funèbre1 muy decente de la más tierna esposa por el más tierno marido. En nuestras peleas, yo la mayor parte de las veces callaba y no me irritaba, y esa caballerosidad casi siempre alcanzaba su fin; influía en ella, y hasta le gustaba; hubo casos en que hasta se enorgullecía de mí. Pero a su hermanita, de todos modos, no la soportó. ¡Y cómo sucedió que se arriesgara a llevar a su casa, como institutriz, a semejante belleza! Yo lo explico por el hecho de que Marfa Petróvna era una mujer ardiente y receptiva y que, simple y llanamente, ella misma se enamoró (literalmente se enamoró) de su hermanita. ¡Y bueno, también Avdotia Románovna! Comprendí muy bien, desde la primera mirada, que la cosa iba mal, y, ¿qué cree?, resolví ni siquiera levantar los ojos hacia ella. Pero Avdotia Románovna misma dio el primer paso, ¿lo creerá o no? ¿Creerá también que Marfa Petróvna llegaba al punto de enojarse al principio conmigo por mi silencio constante sobre su hermana, por mostrarme tan indiferente ante sus incesantes y enamorados elogios de Avdotia Románovna? ¡Yo mismo no entiendo qué quería! Bueno, desde luego, Marfa Petróvna le contó a Avdotia Románovna todo sobre mí, hasta lo más íntimo. Tenía el rasgo desdichado de contarles decididamente a todos todos nuestros secretos de familia y de quejarse de mí incesantemente ante todos; ¿cómo iba a dejar pasar a una amiga nueva y tan hermosa? Supongo que no tenían otro tema de conversación que yo, y sin duda Avdotia Románovna llegó a conocer todos esos cuentos sombríos y misteriosos que me atribuyen… ¿Apuesto a que usted también ya oyó algo de ese tipo?
—Lo oí. Luzhin lo acusó a usted de haber sido incluso causa de la muerte de una criatura. ¿Es verdad?
—Hágame el favor de dejar en paz todas esas vulgaridades —se excusó Svidrigáilov con repugnancia y gruñón—. Si quiere sin falta enterarse de todo ese sinsentido, alguna vez se lo contaré aparte, pero ahora…
—Se hablaba también de un lacayo suyo en el campo y de que usted supuestamente también había sido causa de algo.
—¡Hágame el favor, basta! —volvió a interrumpir Svidrigáilov con evidente impaciencia.
—¿No será ese el lacayo que después de muerto venía a cargarle la pipa… como usted mismo me contó? —se irritaba cada vez más Raskólnikov.
Svidrigáilov miraba atentamente a Raskólnikov, y a este le pareció que en esa mirada brillaba un instante, como un relámpago, una sonrisa maligna; pero Svidrigáilov se contuvo y respondió con mucha cortesía:
—Ese mismo. Veo que a usted también todo esto le interesa extraordinariamente, y consideraré un deber, en la primera ocasión oportuna, satisfacer su curiosidad en todos los puntos. ¡Diablos! ¡Veo que de verdad puedo parecerle a alguien un personaje novelesco! Juzgue, pues, hasta qué punto debo agradecer después de eso a la difunta Marfa Petróvna por haberle contado a su hermanita tantas cosas misteriosas y curiosas sobre mí. No me atrevo a juzgar la impresión; pero, en todo caso, eso me resultó ventajoso. A pesar de toda la repulsión natural de Avdotia Románovna hacia mí y a pesar de mi aspecto siempre sombrío y repelente, por fin ella tuvo lástima de mí, lástima de un hombre perdido. Y cuando el corazón de una muchacha siente lástima, eso, desde luego, es lo más peligroso para ella. Enseguida le darán sin falta ganas de «salvar», y de hacer entrar en razón, y de resucitar, y de llamar a fines más nobles, y de hacer renacer a una nueva vida y actividad; bueno, ya se sabe lo que se puede soñar en ese sentido. Enseguida me di cuenta de que el pajarito volaba solo a la red, y a mi vez me preparé. ¿Usted, al parecer, frunce el ceño, Rodión Románich? No es nada, señor; el asunto, como sabe, terminó en nada. (¡Diablos, cuánto vino bebo!) Sabe, siempre lamenté, desde el principio, que el destino no hubiera hecho nacer a su hermana en el siglo segundo o tercero de nuestra era, en algún lado, como hija de un principillo reinante o de algún gobernante, o de un procónsul en Asia Menor. Sin duda habría sido una de las que sufrieron el martirio, y desde luego habría sonreído cuando le quemaran el pecho con tenazas al rojo. Habría ido a eso a propósito, ella misma, y en los siglos cuarto y quinto se habría ido al desierto de Egipto y habría vivido allí treinta años, alimentándose de raíces, de éxtasis y de visiones. Ella misma no hace más que tener sed de eso y exigir que se le permita aceptar cuanto antes algún tormento por alguien, y si no se le da ese tormento, quizá hasta se tire por la ventana. Oí algo de un tal señor Razumíjin. Dicen que es un muchacho sensato (como lo indica su apellido2; seminarista, seguramente), pues que cuide a su hermana. En una palabra, creo que la entendí, y lo considero un honor. Pero entonces, es decir, al principio del trato, ya sabe usted, uno siempre es de algún modo más frívolo y más tonto, mira equivocadamente, ve lo que no es. ¡Diablos!, ¿por qué es tan hermosa? ¡Yo no tengo la culpa! En una palabra, en mí empezó con el impulso voluptuoso más incontenible. Avdotia Románovna es casta de un modo terrible, inaudito y nunca visto. (Fíjese que le comunico esto de su hermana como un hecho. Es casta quizá hasta lo enfermizo, a pesar de toda su amplia inteligencia, y eso la perjudicará.) Entonces tuvimos allí a una muchacha, Parasha, Parasha la de los ojos negros, a la que acababan de traer de otra aldea, una criada de la casa, y a la que yo nunca había visto; muy bonita, pero tonta hasta lo increíble: se echó a llorar, armó un aullido que se oyó en toda la finca, y se produjo un escándalo. Una vez, después de la comida, Avdotia Románovna me buscó a propósito, solo, en una alameda del jardín y, con los ojos centelleantes, me exigió que dejara en paz a la pobre Parasha. Fue casi nuestra primera conversación a solas. Yo, desde luego, consideré un honor satisfacer su deseo, procuré fingirme impresionado, turbado; bueno, en una palabra, no representé mal el papel. Empezaron los tratos, las conversaciones misteriosas, las moralejas, las enseñanzas, los ruegos, las súplicas, hasta las lágrimas, ¡créame, hasta las lágrimas! ¡Hasta ese punto llega en ciertas muchachas la pasión por la propaganda! Yo, desde luego, se lo eché todo a mi destino, me fingí hambriento y sediento de luz, y por fin puse en marcha el medio más grande e inquebrantable para conquistar el corazón femenino, un medio que nunca engaña a nadie y que actúa decididamente sobre todas sin excepción. Ese medio es conocido: la adulación. No hay nada en el mundo más difícil que la sinceridad, y no hay nada más fácil que la adulación. Si en la sinceridad hay aunque sea una centésima parte de nota falsa, se produce enseguida una disonancia, y tras ella, el escándalo. Pero si en la adulación incluso todo es falso, hasta la última nota, aun así resulta agradable y se escucha no sin placer; aunque sea con un placer grosero, pero de todos modos con placer. Y por grosera que sea la adulación, en ella sin falta por lo menos la mitad parece verdad. Y eso para todos los grados de desarrollo y capas de la sociedad. Hasta a una vestal se la puede seducir con la adulación. Y de la gente común ni hablar. No puedo recordar sin reírme cómo una vez seduje a una señora entregada a su marido, a sus hijos y a sus virtudes. ¡Qué divertido fue y qué poco trabajo dio! Y la señora era en efecto virtuosa, por lo menos a su manera. Toda mi táctica consistía en que sencillamente a cada minuto estaba aplastado y me postraba ante su castidad. Adulaba sin piedad, y apenas conseguía un apretón de manos, incluso una mirada, me reprochaba habérselo arrancado por la fuerza, que ella se había resistido, que se había resistido tanto que seguramente yo nunca habría obtenido nada si no fuera yo mismo tan vicioso; que ella, en su inocencia, no había previsto la perfidia y había cedido sin querer, sin saberlo ella misma, sin darse cuenta, etcétera, etcétera. En una palabra, obtuve todo, y mi señora seguía convencida en el más alto grado de que era inocente y casta y de que cumplía todos los deberes y obligaciones, y de que se había perdido completamente por casualidad. ¡Y cómo se enojó conmigo cuando le declaré al final que, según mi sincera convicción, ella había buscado los placeres exactamente igual que yo! La pobre Marfa Petróvna también se dejaba llevar terriblemente por la adulación, y si yo solo hubiera querido, desde luego habría puesto toda la finca a mi nombre ya en vida de ella. (Pero bebo terriblemente mucho vino y charlo demasiado.) Espero que no se enoje si menciono ahora que el mismo efecto empezó a cumplirse también con Avdotia Románovna. Pero yo mismo fui tonto e impaciente y eché a perder todo el asunto. A Avdotia Románovna ya algunas veces antes (y una vez de un modo especial) no le gustó nada la expresión de mis ojos, ¿lo creerá? En una palabra, en ellos se encendía cada vez con más fuerza e imprudencia cierto fuego que la asustaba y que terminó por resultarle odioso. No hace falta contar detalles, pero nos separamos. Entonces volví a hacer una tontería. Me puse a burlarme del modo más grosero de todas esas propagandas y conversiones; Parasha volvió a salir a escena, y no solo ella; en una palabra, empezó un Sodoma. ¡Ay, si usted hubiera visto, Rodión Románich, aunque fuera una vez en la vida, los ojitos de su hermanita como a veces saben centellear! No importa que yo ahora esté borracho y que ya me haya bebido un vaso entero de vino; digo la verdad; le aseguro que esa mirada la soñaba; el susurro de su vestido terminé por no poder soportarlo. De verdad, pensé que me iba a dar un ataque de epilepsia; nunca me imaginé que pudiera llegar a semejante frenesí. En una palabra, era necesario reconciliarse; pero eso ya era imposible. ¿E imagínese lo que hice entonces? ¡Hasta qué grado de embrutecimiento puede llevar la rabia a un hombre! Nunca emprenda nada con rabia, Rodión Románich. Calculando que Avdotia Románovna, en el fondo, era una mendiga (ah, perdóneme, no quería decir eso… ¿pero acaso no da lo mismo, si se expresa la misma idea?), en una palabra, que vive del trabajo de sus manos, que mantiene a su madre y a usted (¡ah, diablos, otra vez frunce el ceño!…), resolví ofrecerle todo mi dinero (unos treinta mil podía reunir ya entonces) con tal de que huyera conmigo, aunque fuera aquí, a Petersburgo. Desde luego, le habría jurado amor eterno, dicha, etcétera, etcétera. ¿Creerá que entonces estaba tan prendado que si ella me hubiera dicho: degüella o envenena a Marfa Petróvna y cásate conmigo, lo habría hecho enseguida? Pero todo terminó con la catástrofe que usted ya conoce, y usted mismo puede juzgar a qué rabia pude llegar al enterarme de que Marfa Petróvna había conseguido entonces a ese chupatintas vilísimo, a Luzhin, y casi había armado la boda, lo que, en el fondo, habría sido lo mismo que yo proponía. ¿No es así? ¿No es así? ¿Verdad que sí? Noto que usted se ha puesto a escuchar con mucha atención… joven interesante…
Svidrigáilov dio con impaciencia un puñetazo en la mesa. Se había puesto colorado. Raskólnikov veía claramente que el vaso o vaso y medio de champaña que había bebido, a sorbos, sin que se notara, le había hecho un efecto enfermizo, y decidió aprovechar la ocasión. Svidrigáilov le resultaba muy sospechoso.
—Bueno, después de esto estoy completamente convencido de que usted también vino aquí con la vista puesta en mi hermana —le dijo a Svidrigáilov directamente y sin ocultarse, para irritarlo todavía más.
—Eh, déjelo —pareció recapacitar de pronto Svidrigáilov—. Ya se lo dije… y además su hermana no me puede ver.
—De eso precisamente estoy convencido, de que no puede, pero ahora no se trata de eso.
—¿Y usted está convencido de que no puede? (Svidrigáilov entornó los ojos y sonrió burlonamente.) Tiene razón, no me ama; pero nunca responda de las cosas que hubo entre marido y mujer o entre amante y amada. Ahí siempre hay un rinconcito que siempre queda desconocido para todo el mundo y que solo conocen ellos dos. ¿Responde usted de que Avdotia Románovna me miraba con repulsión?
—Por algunas palabras y palabritas suyas durante su relato, noto que usted también ahora tiene sus planes, y los más urgentes, respecto de Dunia, desde luego viles.
—¡Cómo! ¿Se me escaparon semejantes palabras y palabritas? —se asustó de pronto Svidrigáilov con mucha ingenuidad, sin prestar la menor atención al epíteto dado a sus intenciones.
—Y también ahora se le escapan. ¿Por qué, por ejemplo, tiene tanto miedo? ¿De qué se asustó ahora de pronto?
—¿Yo tengo miedo y me asusto? ¿Me asusto de usted? Más bien es usted quien tiene que temerme, cher ami3. Pero qué disparate, sin embargo… Por lo demás, me emborraché, lo veo; casi se me volvió a escapar. ¡Al diablo el vino! ¡Eh, agua!
Agarró la botella y sin ceremonias la tiró por la ventanita. Filipp trajo agua.
—Todo esto son tonterías —dijo Svidrigáilov, mojando una toalla y aplicándosela a la cabeza—, y yo con una sola palabra puedo pararlo y reducir a polvo todas sus sospechas. ¿Sabe usted, por ejemplo, que me caso?
—Ya me lo había dicho antes.
—¿Se lo dije? Lo olvidé. Pero entonces no podía afirmarlo, porque ni siquiera había visto todavía a la novia; solo tenía la intención. Pero ahora tengo novia, y el asunto está hecho, y si no fuera por unos asuntos urgentes, sin falta lo llevaría ahora mismo a verlos, porque quiero pedirle consejo. ¡Eh, diablos! Solo quedan diez minutos. Mire, mire el reloj; aunque, por lo demás, se lo contaré, porque es una cosita interesante, mi casamiento, a su manera, quiero decir; ¿adónde va? ¿Otra vez se va?
—No, ahora ya no me voy.
—¿No se va en absoluto? ¡Veremos! Lo llevaré allí, es verdad, le mostraré a la novia, pero no ahora, porque ahora pronto será hora de que se vaya. Usted a la derecha, yo a la izquierda. ¿Conoce a esa Resslich? Esa misma Resslich en cuya casa vivo ahora, ¿eh? ¿Oye? No, usted qué cree: esa misma de la que dicen que la chiquilla, en el agua, en invierno… bueno, ¿oye? ¿Oye? Pues ella me lo cocinó todo; a ti, dice, se te ve aburrido, distráete un tiempo. Porque yo soy un hombre sombrío, aburrido. ¿Usted cree que alegre? No, sombrío: no hago daño y me quedo en un rincón; a veces en tres días no me sacan una palabra. Y esa Resslich es una pícara, le diré, ¿sabe lo que tiene en mente?: que yo me aburra, abandone a la mujer y me vaya, y la mujer le quede a ella, y ella la ponga en circulación; en nuestro ambiente, quiero decir, y más arriba. Hay, dice, un padre así, inválido, funcionario retirado, sentado en un sillón, que hace dos años que no mueve las piernas. Hay, dice, también una madre, una señora sensata, la mamá. El hijo sirve en algún lado en una provincia, no ayuda. La hija se casó y no los visita, y tienen a su cargo dos sobrinos pequeños (como si los propios fueran pocos), y sacaron del gimnasio, sin terminar el curso, a una niña, su hija menor, que dentro de un mes cumple dieciséis años, así que dentro de un mes ya se la puede casar. Conmigo. Fuimos; qué gracioso es todo en su casa; me presento: terrateniente, viudo, de apellido conocido, con tales relaciones, con capital; ¿y qué, que yo tenga cincuenta y ella no llegue a dieciséis? ¿Quién se fija en eso? Pero es tentador, ¿eh? Es tentador, ¡ja, ja! ¡Tendría que haber visto cómo me puse a conversar con el papá y la mamá! Habría que pagar solo por verme en ese momento. Sale ella, hace una reverencia; puede imaginárselo, todavía con un vestidito corto, un capullito sin abrir, se ruboriza, se enciende como la aurora (le habían dicho, desde luego). No sé qué piensa usted de las caritas de mujer, pero a mi parecer esos dieciséis años, esos ojitos todavía infantiles, esa timidez y esas lagrimitas de pudor, a mi parecer, eso es mejor que la belleza, y ella además es un cuadro. Cabellitos claritos, en ricitos pequeños como de corderito, labiecitos carnosos, encarnados, piececitos… ¡una maravilla!… Bueno, nos conocimos, anuncié que tenía prisa por asuntos de familia, y al día siguiente, es decir, anteayer, nos bendijeron. Desde entonces, en cuanto llego, enseguida la siento en mis rodillas, y así no la bajo… Bueno, se enciende como la aurora, y yo la beso a cada minuto; la mamá, desde luego, le inculca que, como quien dice, este es tu marido y que así debe ser; en una palabra, ¡una delicia! Y este estado actual, de novio, de verdad, quizá es mejor que el de marido. Aquí está lo que se llama la nature et la vérité4! ¡Ja, ja! Hablé con ella un par de veces: la chiquilla no tiene nada de tonta; a veces me echa una mirada a escondidas que hasta me quema. Y sabe, tiene una carita como la Madonna de Rafael. Porque la Madonna Sixtina tiene una cara fantástica, la cara de una loca de Dios dolorida, ¿no le llamó la atención? Bueno, pues algo de ese tipo. Apenas nos bendijeron, al día siguiente le llevé regalos por mil quinientos: un aderezo de brillantes, otro de perlas y un neceser de plata de señora, así de grande, con toda clase de cosas, de modo que hasta a ella, a la madonna, se le encendió la carita. Ayer la senté en mis rodillas, y seguramente de un modo demasiado poco ceremonioso: se encendió toda y le saltaron lagrimitas, pero no quiere mostrarlo, ella misma arde toda. Se fueron todos un minuto, nos quedamos ella y yo completamente solos, de pronto se me echa al cuello (por primera vez ella misma), me abraza con las dos manitas, me besa y jura que será para mí una esposa obediente, fiel y buena, que me hará feliz, que empleará toda la vida, cada minuto de su vida, que lo sacrificará todo, y que a cambio de todo eso solo desea tener de mí mi respeto, y que no necesita, dice, «¡nada, nada más, ningún regalo!». Convenga usted mismo en que oír una confesión semejante a solas de un angelito así, de dieciséis años, con vestidito de tul, con los ricitos ahuecados, con el rubor del pudor virginal y con lagrimitas de entusiasmo en los ojos, convenga usted mismo en que es bastante tentador. ¿Verdad que es tentador? ¿Verdad que vale algo, eh? ¿Verdad que vale? Bueno… bueno, escuche… bueno, vamos a ver a mi novia… ¡solo que no ahora!
—¡En una palabra, en usted esta monstruosa diferencia de edad y de desarrollo es lo que excita la voluptuosidad! ¿Y será posible que de verdad se case así?
—¿Y por qué no? Sin falta. Cada uno se las arregla para sí mismo, y vive más alegre que nadie el que mejor sabe engañarse a sí mismo. ¡Ja, ja! ¿Pero por qué se ha metido con tanta fuerza en la virtud? Tenga piedad, padrecito, soy un hombre pecador. ¡Je, je, je!
—Usted, sin embargo, colocó a los hijos de Katerina Ivánovna. Aunque… aunque usted tenía para eso sus razones… ahora lo entiendo todo.
—A los niños en general los quiero, quiero mucho a los niños —soltó una carcajada Svidrigáilov—. A este respecto hasta puedo contarle un episodio curiosísimo, que todavía continúa. El primer día después de llegar me fui por todas esas cloacas; bueno, después de siete años, me les eché encima. Usted probablemente nota que no me apresuro a juntarme con mi compañía, con los amigos y camaradas de antes. Y me las arreglaré sin ellos todo lo que pueda. Sabe, en el campo, en casa de Marfa Petróvna, me torturaba hasta la muerte el recuerdo de todos los lugares y lugarcitos misteriosos en los que, el que sabe, puede encontrar mucho. ¡Diablos! La gente se emborracha, la juventud instruida se consume por la inacción en sueños y ensoñaciones irrealizables, se deforma en teorías; de algún lado llegaron judíos, esconden el dinero, y todo lo demás se entrega al libertinaje. Así me sopló esta ciudad desde las primeras horas su olor conocido. Fui a parar a una de esas llamadas veladas de baile, una cloaca terrible (y a mí me gustan precisamente las cloacas con un poco de mugre); bueno, desde luego, un cancán como no los hay y como no los hubo en mis tiempos. Sí, señor, en eso está el progreso. De pronto, miro: una niña, de unos trece años, vestida de un modo encantador, baila con un virtuoso; otro frente a ella, vis à vis. Junto a la pared, en una silla, está sentada la madre. ¡Bueno, puede imaginarse qué cancán! La niña se turba, se ruboriza, por fin se ofende y se echa a llorar. El virtuoso la agarra y empieza a hacerla girar y a hacer piruetas delante de ella; todos alrededor se ríen a carcajadas y (me encanta nuestro público en momentos así, aunque sea de cancán) se ríen y gritan: «¡Bien hecho, así se hace! ¡Que no traigan niños!». Bueno, a mí me da igual, y no es asunto mío, ¡que se consuelen de modo lógico o ilógico! Enseguida elegí mi lugar, me senté junto a la madre y empecé con que yo también era forastero, que qué ignorantes eran todos aquí, que no sabían distinguir los verdaderos méritos ni tener el debido respeto; di a entender que tenía mucho dinero; las invité a llevarlas en mi coche; las llevé a casa, las conocí (viven en un cuartucho subalquilado, acababan de llegar). Me declararon que mi amistad tanto ella como su hija no podían recibirla sino como un honor; me entero de que no tienen ni casa ni hogar, y que vinieron a gestionar algo en alguna oficina; les ofrezco mis servicios, dinero; me entero de que fueron a la velada por error, pensando que de verdad allí enseñaban a bailar; me ofrezco a contribuir por mi parte a la educación de la jovencita, al francés y al baile. Lo aceptan con entusiasmo, lo consideran un honor, y todavía hoy las trato… ¿Quiere que vayamos? Solo que no ahora.
—¡Basta, basta de sus anécdotas viles y bajas, hombre depravado, bajo, voluptuoso!
—¡Schiller, nuestro Schiller, Schiller! Où va-t-elle la vertu se nicher?5 Y sabe, voy a contarle a propósito cosas así, para oír sus gritos. ¡Un placer!
—¡Claro! ¿Acaso no soy ridículo para mí mismo en este momento? —masculló con rabia Raskólnikov.
Svidrigáilov se reía a carcajadas a todo pulmón; por fin llamó a Filipp, pagó y empezó a levantarse.
—¡Pero qué borracho estoy, assez causé6! —dijo—. ¡Un placer!
—¡Claro que usted siente placer! —gritó Raskólnikov, levantándose también—. ¿Acaso para un libertino gastado contar semejantes aventuras, con la vista puesta en alguna intención monstruosa de ese mismo tipo, no es un placer, y además en estas circunstancias y a un hombre como yo…? Eso excita.
—Bueno, si es así —respondió Svidrigáilov incluso con cierto asombro, examinando a Raskólnikov—, si es así, entonces usted mismo es un cínico considerable. Material, por lo menos, encierra en sí enorme. Puede tomar conciencia de mucho, de mucho… bueno, y también puede hacer mucho. Pero, sin embargo, basta. Lamento sinceramente haber hablado poco con usted, pero no se me va a escapar… Espere nada más…
Svidrigáilov salió de la fonda. Raskólnikov detrás de él. Svidrigáilov, sin embargo, no estaba muy borracho; solo por un instante se le había subido a la cabeza, y la borrachera se le pasaba a cada minuto. Estaba muy preocupado por algo, por algo extraordinariamente importante, y fruncía el ceño. Una especie de espera evidentemente lo agitaba y lo inquietaba. Con Raskólnikov, en los últimos minutos, había cambiado de pronto de algún modo y a cada minuto se volvía más grosero y burlón. Raskólnikov notó todo esto y también estaba alarmado. Svidrigáilov le resultaba muy sospechoso; decidió seguirlo.
Bajaron a la acera.
—Usted a la derecha y yo a la izquierda, o, si quiere, al revés, solo que: adieu, mon plaisir7, ¡hasta un feliz reencuentro!
Y se fue a la derecha, hacia la Sennaia.