Capítulo 23
Cuarta parte. Capítulo III
Crimen y castigo · Fiódor Dostoyevski
Crimen y castigoLo principal era que él, hasta el último minuto, de ningún modo esperaba semejante desenlace. Se había envalentonado hasta el último límite, sin suponer siquiera la posibilidad de que dos mujeres pobres e indefensas pudieran escapar de su poder. A esa convicción contribuyeron mucho la vanidad y ese grado de seguridad en sí mismo que mejor se llamaría amor a sí mismo. Piotr Petróvich, que se había abierto paso desde la insignificancia, se había acostumbrado de un modo enfermizo a admirarse, tenía en alta estima su inteligencia y sus capacidades e incluso a veces, a solas, admiraba su cara en el espejo. Pero lo que más quería y apreciaba en el mundo era su dinero, conseguido con trabajo y por todos los medios: lo igualaba con todo lo que estaba por encima de él.
Al recordarle ahora con amargura a Dunia que se había decidido a tomarla a pesar de los malos rumores sobre ella, Piotr Petróvich hablaba con total sinceridad e incluso sentía una profunda indignación ante semejante «negra ingratitud». Y sin embargo, cuando pidió entonces la mano de Dunia, ya estaba completamente convencido de lo absurdo de todos esos chismes, desmentidos públicamente por la propia Marfa Petróvna y abandonados hacía tiempo por todo el pueblo, que justificaba con ardor a Dunia. Y él mismo no negaría ahora que ya entonces sabía todo eso. Y no obstante seguía teniendo en alta estima su decisión de elevar a Dunia hasta él y lo consideraba una hazaña. Al echárselo ahora en cara a Dunia, expresaba su idea secreta, acariciada, que más de una vez había admirado, y no podía entender cómo los demás podían no admirar su hazaña. Al presentarse entonces de visita en casa de Raskólnikov, había entrado con el sentimiento de un benefactor que se dispone a recoger los frutos y a escuchar cumplidos muy dulces. Y desde luego ahora, bajando la escalera, se consideraba ofendido y desconocido en el más alto grado.
Dunia le era simplemente indispensable; renunciar a ella le resultaba impensable. Hacía mucho tiempo, ya varios años, que soñaba con deleite con casarse, pero seguía juntando dinero y esperaba. Pensaba con embeleso, en el más profundo secreto, en una muchacha bien educada y pobre (pobre sin falta), muy jovencita, muy bonita, noble e instruida, muy asustada, que hubiera pasado por muchísimas desgracias y que se inclinara por completo ante él, una que toda la vida lo considerara su salvación, lo venerara, se sometiera a él, lo admirara, a él y solo a él. ¡Cuántas escenas, cuántos episodios deliciosos había creado en su imaginación sobre ese tema seductor y juguetón, descansando en silencio de sus negocios! Y he aquí que el sueño de tantos años casi se realizaba: la belleza y la instrucción de Avdotia Románovna lo habían impresionado; su situación de desamparo lo había excitado al extremo. Aquí aparecía incluso algo más de lo que había soñado: aparecía una muchacha orgullosa, de carácter, virtuosa, superior a él por educación y desarrollo (él lo sentía), y semejante criatura le estaría servilmente agradecida toda la vida por su hazaña y se anularía con veneración ante él, ¡y él dominaría sin límites y por completo!… Como a propósito, poco antes, tras largas consideraciones y esperas, había decidido por fin cambiar definitivamente de carrera y entrar en un círculo de actividad más amplio, y al mismo tiempo pasar poco a poco a una sociedad más alta, en la que hacía tiempo pensaba con voluptuosidad… En una palabra, había decidido probar Petersburgo. Sabía que con las mujeres se puede ganar «muchísimo, muchísimo». El encanto de una mujer preciosa, virtuosa e instruida podía embellecer asombrosamente su camino, atraer gente hacia él, crearle una aureola… ¡y todo se había derrumbado! Esa ruptura repentina, monstruosa, de ahora, le había hecho el efecto de un rayo. ¡Era una especie de broma monstruosa, un absurdo! Él solo se había envalentonado una gotita; ni siquiera había alcanzado a explicarse, simplemente había bromeado, se había dejado llevar, ¡y terminó tan en serio! Por último, si ya hasta quería a Dunia a su manera, si ya la dominaba en sus sueños, ¡y de pronto!… ¡No! Mañana mismo, mañana mismo había que restablecer, curar, corregir todo eso, y lo principal: aniquilar a ese mocoso insolente, a ese chiquillo que tenía la culpa de todo. Con una sensación dolorosa recordaba, también como sin querer, a Razumíjin… pero por ese lado se tranquilizó pronto: «¡Faltaría más que ponerlo a ese al lado de él!». Pero a quien temía de verdad en serio era a Svidrigáilov… En una palabra, le esperaban muchos trámites. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
—¡No, yo, yo soy la que más culpa tiene! —decía Dúniechka, abrazando y besando a su madre—. Me dejé tentar por su dinero, pero te juro, hermano, que no me imaginaba que fuera un hombre tan indigno. Si lo hubiera visto antes, no me habría dejado tentar por nada. ¡No me culpes, hermano!
—¡Dios nos libró! ¡Dios nos libró! —murmuraba Pulqueria Aleksándrovna, pero como inconscientemente, como si todavía no hubiera comprendido del todo lo que había pasado.
Todos se alegraban; al cabo de cinco minutos hasta se reían. Solo a veces Dúniechka palidecía y fruncía las cejas, recordando lo ocurrido. Pulqueria Aleksándrovna ni podía imaginar que también ella se alegraría; la ruptura con Luzhin le había parecido todavía por la mañana una desgracia terrible. Pero Razumíjin estaba entusiasmado. No se atrevía a expresarlo por completo, pero temblaba todo como de fiebre, como si se le hubiera caído del corazón una pesa de cinco puds. Ahora tiene derecho a darles toda su vida, a servirlas… ¡Y qué no tendría ahora! Aunque apartaba con todavía más miedo los pensamientos que seguían y temía a su imaginación. Solo Raskólnikov seguía sentado en el mismo lugar, casi sombrío y hasta distraído. Él, que más había insistido en echar a Luzhin, parecía ahora el que menos se interesaba por lo ocurrido. Dunia pensó sin querer que todavía estaba muy enojado con ella, y Pulqueria Aleksándrovna lo observaba con temor.
—¿Y qué te dijo Svidrigáilov? —se le acercó Dunia.
—¡Ah, sí, sí! —exclamó Pulqueria Aleksándrovna.
Raskólnikov levantó la cabeza:
—Quiere regalarte sin falta diez mil rublos, y además expresa el deseo de verte una vez en mi presencia.
—¡Verla! ¡Por nada del mundo! —exclamó Pulqueria Aleksándrovna—. ¡Y cómo se atreve a ofrecerle dinero!
Después Raskólnikov contó (bastante secamente) su conversación con Svidrigáilov, omitiendo lo de los fantasmas de Marfa Petróvna, para no entrar en materia superflua y sintiendo repugnancia de iniciar cualquier conversación que no fuera la más necesaria.
—¿Y qué le respondiste? —preguntó Dunia.
—Primero le dije que no te transmitiría nada. Entonces declaró que él mismo buscaría por todos los medios un encuentro. Aseguraba que su pasión por ti había sido un capricho y que ahora no siente nada por ti… No quiere que te cases con Luzhin… En general hablaba de manera confusa.
—¿Cómo te lo explicas tú mismo, Rodia? ¿Qué te pareció?
—Lo confieso, no entiendo nada bien. Ofrece diez mil, y él mismo decía que no es rico. Declara que quiere irse a algún lado, y diez minutos después se olvida de haberlo dicho. De pronto dice también que quiere casarse y que ya le proponen una novia… Desde luego, tiene propósitos, y lo más probable es que malos. Pero también es extraño suponer que emprendería el asunto de manera tan estúpida si tuviera malas intenciones contigo… Yo, desde luego, rechacé por ti ese dinero, de una vez para siempre. En general me pareció muy extraño, y… hasta… como con señales de locura. Pero pude equivocarme; quizá sea simplemente una especie de engaño. La muerte de Marfa Petróvna, al parecer, le causa impresión…
—¡Que Dios dé descanso a su alma! —exclamó Pulqueria Aleksándrovna—. ¡Siempre, siempre rezaré a Dios por ella! ¡Qué sería ahora de nosotras, Dunia, sin esos tres mil! ¡Señor, como caídos del cielo! Ay, Rodia, si esta mañana no nos quedaban más que tres rublos de plata, y Dúniechka y yo solo pensábamos en empeñar cuanto antes el reloj en algún lado, para no tener que pedirle a ese, hasta que se diera cuenta él solo.
A Dunia la había impresionado demasiado la propuesta de Svidrigáilov. Seguía de pie, pensativa.
—¡Algo horrible está tramando! —dijo casi en un susurro, para sí, casi estremeciéndose.
Raskólnikov notó ese miedo excesivo.
—Parece que tendré que verlo todavía más de una vez —le dijo a Dunia.
—¡Lo vigilaremos! ¡Yo le seguiré la pista! —gritó enérgicamente Razumíjin—. ¡No le quitaré los ojos de encima! Rodia me dio permiso. Él mismo me dijo hace un rato: «Cuida a mi hermana». ¿Y usted me lo permite, Avdotia Románovna?
Dunia sonrió y le tendió la mano, pero la preocupación no se le iba de la cara. Pulqueria Aleksándrovna la miraba tímidamente; aunque, por lo visto, los tres mil la tranquilizaban.
Al cabo de un cuarto de hora todos estaban en la conversación más animada. Hasta Raskólnikov, aunque no hablaba, escuchó un rato con atención. Hablaba Razumíjin.
—¿Y para qué, para qué irse? —se derramaba con embeleso en un discurso entusiasta—. ¿Y qué van a hacer en el pueblo? Y lo principal: aquí están todos juntos y se necesitan unos a otros, ¡y cuánto se necesitan, entiéndame! Bueno, aunque sea por un tiempo… Y a mí tómenme como amigo, como socio, y les aseguro que emprenderemos un negocio estupendo. Escuchen, les explicaré todo en detalle, ¡todo el proyecto! Ya esta mañana, cuando todavía no había pasado nada, se me cruzaba por la cabeza… De esto se trata: tengo un tío (se lo presentaré; ¡un viejecito de lo más tratable y respetable!), y ese tío tiene un capital de mil rublos, y él mismo vive de su pensión y no lo necesita. Hace ya dos años que me insiste para que acepte esos mil y le pague un seis por ciento. Veo el truco: simplemente quiere ayudarme; pero el año pasado no lo necesitaba, y este año solo esperaba su llegada y decidí aceptarlo. Después ustedes ponen otros mil, de sus tres mil, y ya basta para empezar, y ahí estamos unidos. ¿Y qué vamos a hacer?
Entonces Razumíjin se puso a desarrollar su proyecto y habló mucho de que casi todos nuestros libreros y editores entienden poco de su mercancía, y por eso suelen ser malos editores, mientras que las ediciones decentes en general se pagan solas y dan un interés, a veces considerable. Con la actividad editorial soñaba Razumíjin, que ya hacía dos años que trabajaba para otros y conocía bastante bien tres lenguas europeas, a pesar de que unos seis días antes le había dicho a Raskólnikov que en alemán estaba «flojo», con el propósito de convencerlo de que se encargara de la mitad del trabajo de traducción y de tres rublos de adelanto: entonces mintió, y Raskólnikov sabía que mentía.
—¿Por qué, por qué dejar escapar lo nuestro, cuando tenemos uno de los medios más importantes: dinero propio? —se acaloraba Razumíjin—. Desde luego, hace falta mucho trabajo, pero trabajaremos: usted, Avdotia Románovna, yo, Rodión… ¡algunas ediciones dan ahora un interés estupendo! Y la base principal de la empresa estará en que sabremos qué es exactamente lo que hay que traducir. Traduciremos, y editaremos, y estudiaremos, todos juntos. Ahora puedo ser útil, porque tengo experiencia. Ya hace casi dos años que ando metido entre los editores y conozco todos sus secretos: no son santos los que hacen las ollas, créanme. ¡Y por qué, por qué dejar pasar el bocado de la boca! Si yo mismo conozco, y lo guardo en secreto, dos o tres obras tales que solo por la idea de traducirlas y editarlas se pueden cobrar unos cien rublos por cada libro, y por una de ellas no aceptaría ni quinientos rublos por la idea. ¿Y qué creen? Si se lo dijera a alguno, quizá hasta dudaría, ¡qué zoquetes! Y en cuanto a los trámites propiamente dichos, las imprentas, el papel, la venta, ¡eso déjenmelo a mí! ¡Conozco todos los recovecos! Empezaremos de a poco, llegaremos a lo grande; por lo menos habrá con qué vivir, y en todo caso recuperaremos lo nuestro.
A Dunia le brillaban los ojos.
—Lo que dice me gusta mucho, Dmitri Prokófich —dijo.
—Yo, desde luego, no entiendo nada de esto —respondió Pulqueria Aleksándrovna—, quizá esté bien, pero también, Dios sabrá. Es algo nuevo, desconocido. Desde luego, quedarnos aquí es necesario, aunque sea por un tiempo…
Miró a Rodia.
—¿Qué te parece, hermano? —dijo Dunia.
—Me parece que tiene una idea muy buena —respondió él—. Con la forma, desde luego, no hay que soñar de antemano, pero cinco o seis libros de verdad se pueden editar con un éxito indudable. Yo mismo conozco una obra que se venderá sin falta. Y en cuanto a que sabe llevar el asunto, de eso no hay duda: entiende del asunto… Aunque ya habrá tiempo de que se pongan de acuerdo…
—¡Hurra! —gritó Razumíjin—. Ahora esperen: aquí hay una vivienda, en esta misma casa, de los mismos dueños. Es aparte, independiente, no comunica con estos cuartos, y amueblada, de precio moderado, tres cuartitos. Ocúpenla para empezar. El reloj se lo empeño yo mañana y les traigo el dinero, y después todo se arreglará. Y lo principal: pueden vivir los tres juntos, y Rodia con ustedes… ¿Pero adónde vas, Rodia?
—¿Cómo, Rodia, ya te vas? —preguntó, hasta con susto, Pulqueria Aleksándrovna.
—¡En un momento así! —gritó Razumíjin.
Dunia miraba a su hermano con un asombro desconfiado. Tenía la gorra en las manos; se disponía a salir.
—Pero qué les pasa, como si me enterraran o se despidieran para siempre —dijo de un modo algo extraño.
Pareció sonreír, pero como si no fuera una sonrisa.
—Aunque, quién sabe, quizá sea la última vez que nos vemos —añadió sin querer.
Lo había pensado para sí, pero de algún modo le salió solo en voz alta.
—¿Pero qué te pasa? —exclamó la madre.
—¿Adónde vas, Rodia? —preguntó Dunia de un modo algo extraño.
—Así, tengo mucha necesidad —respondió él vagamente, como vacilando en lo que quería decir. Pero en su cara pálida había una especie de decisión brusca.
—Quería decir… al venir aquí… quería decirles, mamá… y a ti, Dunia, que sería mejor que nos separáramos por un tiempo. No me siento bien, no estoy tranquilo… vendré después, vendré yo mismo, cuando… se pueda. Las recuerdo y las quiero… ¡Déjenme! ¡Déjenme solo! Así lo decidí, ya antes… Lo decidí con seguridad… Pase lo que pase conmigo, me pierda o no, quiero estar solo. Olvídenme del todo. Es mejor… No pregunten por mí. Cuando haga falta, vendré yo mismo o… las llamaré. ¡Quizá todo resucite!… Y ahora, si me quieren, renuncien… Si no, las odiaré, lo siento… ¡Adiós!
—¡Señor! —exclamó Pulqueria Aleksándrovna.
La madre y la hermana estaban terriblemente asustadas; Razumíjin también.
—¡Rodia, Rodia! ¡Reconcíliate con nosotras, que seamos como antes! —exclamó la pobre madre.
Él se volvió despacio hacia la puerta y salió despacio de la habitación. Dunia lo alcanzó.
—¡Hermano! ¡Qué le estás haciendo a mamá! —susurró, con una mirada que ardía de indignación.
Él la miró con pesadez.
—No es nada, vendré, vendré a verlas —murmuró a media voz, como sin darse del todo cuenta de lo que quería decir, y salió de la habitación.
—¡Egoísta insensible y malvado! —exclamó Dunia.
—¡Está lo-co, no es insensible! ¡Ha perdido el juicio! ¿Es posible que no lo vea? ¡Entonces la insensible es usted!… —le susurró con ardor Razumíjin al oído, apretándole con fuerza la mano.
—¡Ahora vuelvo! —gritó, dirigiéndose a Pulqueria Aleksándrovna, que se había quedado helada, y salió corriendo de la habitación.
Raskólnikov lo esperaba al final del pasillo.
—Ya sabía que saldrías corriendo —dijo—. Vuelve con ellas y quédate con ellas… Quédate también mañana con ellas… y siempre. Yo… quizá venga… si se puede. ¡Adiós!
Y, sin tenderle la mano, se alejó de él.
—¿Pero adónde vas? ¿Qué te pasa? ¿Pero qué tienes? ¿Pero cómo se puede así?… —murmuraba Razumíjin, completamente perdido.
Raskólnikov se detuvo una vez más.
—De una vez para siempre: nunca me preguntes nada. No tengo nada que responderte… No vengas a verme. Quizá yo venga aquí… Déjame, pero a ellas… no las dejes. ¿Me entiendes?
En el pasillo estaba oscuro; estaban de pie junto a una lámpara. Durante un minuto se miraron en silencio. Razumíjin recordó ese minuto toda su vida. La mirada ardiente y fija de Raskólnikov parecía intensificarse a cada instante, le penetraba en el alma, en la conciencia. De pronto Razumíjin se estremeció. Algo extraño pareció pasar entre ellos… Una especie de idea se deslizó, como una insinuación; algo horrible, monstruoso y de pronto comprendido por ambas partes… Razumíjin palideció como un muerto.
—¿Entiendes ahora?… —dijo de pronto Raskólnikov, con la cara dolorosamente torcida—. Vuelve, ve con ellas —añadió de pronto y, volviéndose rápidamente, salió de la casa…
No voy a describir ahora lo que pasó esa noche en casa de Pulqueria Aleksándrovna, cómo volvió con ellas Razumíjin, cómo las tranquilizaba, cómo juraba que había que dejar descansar a Rodia en su enfermedad, juraba que Rodia vendría sin falta, que vendría todos los días, que estaba muy, muy alterado, que no había que irritarlo; cómo él, Razumíjin, lo vigilaría, le conseguiría un médico bueno, el mejor, toda una junta de médicos… En una palabra, desde esa noche Razumíjin fue para ellas un hijo y un hermano.