Capítulo 4
Primera parte. Capítulo IV
Crimen y castigo · Fiódor Dostoyevski
Crimen y castigoLa carta de su madre lo había atormentado. Pero en cuanto al punto principal, al punto capital, no tuvo ni un minuto de duda, ni siquiera mientras la leía. La esencia principal del asunto estaba decidida en su cabeza, y decidida definitivamente: «No habrá tal boda mientras yo viva, ¡y al diablo con el señor Luzhin!».
«Porque la cosa es evidente —murmuraba para sí, con una sonrisa torcida, saboreando de antemano con malicia el triunfo de su decisión—. No, mamá; no, Dunia, ¡a mí no me engañan!… ¡Y encima se disculpan por no haberme pedido consejo y haber decidido el asunto sin mí! ¡Faltaría más! Creen que ahora ya no se puede romper; ¡pues ya veremos si se puede o no se puede! Y qué excusa tan capital: “Piotr Petróvich es un hombre tan de negocios, tan de negocios, que ni casarse puede si no es en caballos de posta, casi en ferrocarril”. No, Dúniechka, lo veo todo y sé de qué es eso tanto que quieres hablar conmigo; sé también en qué estuviste pensando toda la noche, yendo y viniendo por la habitación, y por qué rezabas ante la Virgen de Kazán1 que mamá tiene en el dormitorio. Cuesta subir al Gólgota. Hm… Así que está decidido definitivamente: se digna usted casarse, Avdotia Románovna, con un hombre de negocios y racional, que tiene su capital (que ya tiene su capital: eso es más sólido, más imponente), que trabaja en dos sitios y que comparte las convicciones de nuestras generaciones más nuevas (como escribe mamá) y que es, “parece, bueno”, como observa la propia Dúniechka. ¡Ese parece es lo más magnífico de todo! ¡Y esa misma Dúniechka se casa por ese mismo parece!… ¡Magnífico! ¡Magnífico!…
»… Aunque es curioso: ¿para qué me escribió mamá eso de las “generaciones más nuevas”? ¿Simplemente para describir al personaje, o con un fin más lejano: ganarme a favor del señor Luzhin? ¡Oh, qué astutas! Sería curioso aclarar además otra circunstancia: ¿hasta qué punto fueron francas la una con la otra, aquel día y aquella noche, y en todo el tiempo siguiente? ¿Se dijeron todas las palabras directamente, o las dos comprendieron que una y otra tenían lo mismo en el corazón y en la cabeza, y que entonces no había por qué decirlo todo en voz alta y que se escapara algo en vano? Probablemente así fue en parte; se ve por la carta: a mamá le pareció brusco, un poco, y la ingenua de mamá fue a Dunia con sus observaciones. Y la otra, desde luego, se enojó y “respondió con fastidio”. ¡Faltaría más! ¿A quién no lo enfurece, cuando el asunto se entiende sin preguntas ingenuas y cuando está decidido que ya no hay nada que decir? ¿Y qué es eso que me escribe: “Quiere a Dunia, Rodia, que ella te quiere más que a sí misma”? ¿No será que la atormentan en secreto los remordimientos de conciencia por haber aceptado sacrificar a la hija por el hijo? “¡Tú eres nuestra esperanza, tú eres todo para nosotras!” ¡Oh, mamá!…». La rabia hervía en él cada vez con más fuerza, y si en ese momento se hubiera topado con el señor Luzhin, parece que lo habría matado.
«Hm, es verdad —prosiguió, siguiendo el torbellino de pensamientos que giraba en su cabeza—, es verdad que a una persona hay que “tratarla poco a poco y con cuidado, para conocerla”; pero el señor Luzhin está claro. Lo principal: “hombre de negocios y, parece, bueno”: no es poca cosa, se hizo cargo del equipaje, ¡lleva el baúl grande a su costa! ¿Cómo no va a ser bueno? Y ellas dos, la novia y la madre, contratan a un campesino, en una carreta cubierta con una estera (¡yo he viajado así!). ¡No importa! Son solo noventa verstas, “y desde allí viajaremos de lo más bien en tercera clase”, unas mil verstas. Y es sensato: hay que estirar los pies hasta donde alcanza la manta; pero usted, señor Luzhin, ¿qué? Es su novia… ¿Y no podía usted ignorar que la madre pide prestado por adelantado, a cuenta de su pensión, para el viaje? Desde luego, aquí ustedes tienen una operación comercial común, una empresa de beneficios mutuos y a partes iguales, y por lo tanto los gastos a medias; el pan y la sal juntos, pero el tabaco cada uno el suyo, como dice el refrán. Y aun en eso el hombre de negocios las engañó un poquito: el equipaje cuesta menos que el viaje de ellas, y quizá hasta le salga gratis. ¿Y qué, ellas dos no lo ven, o no quieren verlo? ¡Y están contentas, contentas! ¡Y pensar que esto no son más que las flores, y que los verdaderos frutos están por venir! Porque aquí lo importante es esto: lo importante no es la avaricia, no es la tacañería, sino el tono de todo esto. Es el tono futuro, después de la boda, una profecía… ¿Y mamá, por qué derrocha así? ¿Con qué va a presentarse en Petersburgo? ¿Con tres rublos de plata o con dos “billetitos”, como dice aquella… vieja… hm! ¿De qué piensa vivir después en Petersburgo? Porque ella ya, por alguna razón, se ha dado cuenta de que no podrá vivir con Dunia después de la boda, ni siquiera al principio, ¿no? El buen hombre seguramente dejó escapar algo de algún modo, se dio a conocer, aunque mamá rechaza la idea con las dos manos: “Yo misma me negaré”. ¿Y entonces con qué cuenta, con quién? ¿Con los ciento veinte rublos de pensión, menos lo que se descuenta por la deuda con Afanasi Ivánovich? Teje pañoletas de invierno y borda puñitos, y se arruina sus viejos ojos. Pero las pañoletas solo agregan veinte rublos al año a esos ciento veinte, eso lo sé. Así que, de todos modos, cuentan con la nobleza de sentimientos del señor Luzhin: “Él mismo lo propondrá, rogará que lo aceptemos”. ¡Espérenlo sentadas! Y siempre pasa así con estas almas bellas schillerianas: hasta el último momento visten a una persona con plumas de pavo real, hasta el último momento esperan lo bueno y no lo malo; y aunque presienten el reverso de la medalla, por nada del mundo se dicen de antemano la palabra verdadera; los estremece la sola idea; rechazan la verdad con las dos manos, hasta el momento mismo en que el hombre engalanado les hace un palmo de narices con sus propias manos. Y es curioso: ¿tendrá condecoraciones el señor Luzhin? Apuesto a que tiene la Ana2 en el ojal y que se la pone en las comidas con los contratistas y los comerciantes. ¡Quizá se la ponga también en su boda! Aunque, ¡al diablo con él!…
»… Bueno, que mamá sea así, Dios la ampare, ella es así, ¿pero Dunia? Dúniechka, querida, ¡si la conozco a usted! Ya tenía usted diecinueve años cumplidos la última vez que nos vimos: su carácter ya lo había entendido. Ahí escribe mamá que “Dúniechka puede soportar mucho”. Eso ya lo sabía, se lo aseguro. Eso ya lo sabía hace dos años y medio, y desde entonces llevo dos años y medio pensando en eso, precisamente en eso, en que “Dúniechka puede soportar mucho”. Si puede soportar al señor Svidrigáilov, con todas las consecuencias, quiere decir que, en efecto, puede soportar mucho. Y ahora se les ha ocurrido, a ella y a mamá, que también se puede soportar al señor Luzhin, que expone la teoría de la superioridad de las esposas sacadas de la miseria y colmadas de beneficios por sus maridos, y encima la expone casi en el primer encuentro. Bueno, supongamos que “se le escapó”, aunque es un hombre racional (de modo que quizá no se le escapó en absoluto, sino que se propuso justamente aclararlo cuanto antes), ¿pero Dunia, Dunia? El hombre lo tiene claro, pero con ese hombre hay que vivir. Ella comería solo pan negro y bebería agua, pero el alma no la vendería, y su libertad moral no la daría por la comodidad; no la daría por todo Schleswig-Holstein3, y menos todavía por el señor Luzhin. No, Dunia no era así, que yo sepa, y… ¡bueno, desde luego que tampoco ha cambiado ahora!… ¡Qué hay que decir! ¡Pesan los Svidrigáilov! Pesa andar toda la vida de institutriz por las provincias por doscientos rublos, pero yo de todos modos sé que mi hermana antes se haría negra en la plantación de un amo o letona al servicio de un alemán del Báltico, que envilecer su espíritu y su sentimiento moral uniéndose con un hombre al que no respeta y con el que no tiene nada que ver, ¡para siempre, solo por su propio provecho! ¡Y aunque el señor Luzhin fuera todo de oro purísimo o de un solo diamante, ni así aceptaría ser la concubina legítima del señor Luzhin! ¿Por qué acepta ahora, entonces? ¿Dónde está el truco? ¿Dónde está la clave del enigma? La cosa está clara: por sí misma, por su comodidad, ni siquiera para salvarse de la muerte se vendería; ¡pero por otro, sí que se vende! ¡Por un ser querido, adorado, se venderá! En eso consiste todo el truco: ¡por el hermano, por la madre se venderá! ¡Lo venderá todo! Oh, aquí, llegado el caso, aplastamos hasta nuestro sentimiento moral; la libertad, la tranquilidad, hasta la conciencia, todo, todo lo llevamos al mercadillo de cosas usadas. ¡Que se pierda la vida! Con tal de que esos seres queridos nuestros sean felices. Y no solo eso: inventaremos nuestra propia casuística, aprenderemos de los jesuitas y por un tiempo, quizá, nos tranquilizaremos incluso a nosotros mismos, nos convenceremos de que así hay que hacerlo, de que de verdad hay que hacerlo por un buen fin. Así somos, y todo está claro como el día. Está claro que aquí no se trata de otro que de Rodión Románovich Raskólnikov, que es quien está en juego y en primer plano. ¡Pues claro, señor! Puede asegurarle la felicidad, mantenerlo en la universidad, hacerlo socio del bufete, asegurarle todo el destino; quizá más adelante sea rico, honrado, respetado, ¡y quizá hasta termine la vida como un hombre célebre! ¿Y la madre? ¡Pero si aquí se trata de Rodia, de Rodia de su alma, del primogénito! ¡Cómo no sacrificar por semejante primogénito aunque sea a semejante hija! ¡Oh, corazones queridos e injustos! Pero qué digo: aquí, quizá, ni siquiera renunciaríamos a la suerte de Sóniechka. ¡Sóniechka, Sóniechka Marmeládova, la eterna Sóniechka, mientras el mundo exista! El sacrificio, ¿lo han medido bien, las dos, el sacrificio? ¿Seguro? ¿Lo podrán soportar? ¿Servirá de algo? ¿Es razonable? ¿Sabe usted, Dúniechka, que la suerte de Sóniechka no es en nada peor que la suerte con el señor Luzhin? “Amor aquí no puede haber”, escribe mamá. ¿Y si, además del amor, tampoco puede haber respeto, y al contrario ya hay repulsión, desprecio, asco, entonces qué? Entonces resulta que de nuevo habrá que “cuidar la limpieza”. ¿No es así? ¿Entiende usted, entiende usted lo que significa esa limpieza? ¿Entiende que la limpieza a lo Luzhin es lo mismo que la limpieza de Sóniechka, y quizá hasta peor, más sucia, más vil, porque usted, Dúniechka, de todos modos cuenta con un exceso de comodidad, mientras que allá se trata lisa y llanamente de morirse de hambre? “¡Cara, cara cuesta, Dúniechka, esa limpieza!” Y bien, ¿y si después no puede soportarlo, se arrepentirá? Cuánta aflicción, tristeza, maldiciones, cuántas lágrimas escondidas de todos, porque usted no es ninguna Marfa Petróvna, ¿no? ¿Y qué será entonces de la madre? Si ya ahora está intranquila, se atormenta; ¿y entonces, cuando lo vea todo con claridad? ¿Y yo?… ¿Pero qué han pensado ustedes de mí, en realidad? ¡No quiero su sacrificio, Dúniechka, no lo quiero, mamá! ¡No será, mientras yo viva, no será, no será! ¡No lo acepto!».
De pronto volvió en sí y se detuvo.
«¿No será? ¿Y qué vas a hacer tú para que no sea? ¿Prohibirlo? ¿Y con qué derecho? ¿Qué puedes prometerles tú a cambio, para tener ese derecho? ¿Consagrarles todo tu destino, todo tu porvenir, cuando termines la carrera y consigas un puesto? Eso ya lo hemos oído, pero eso todavía es el abecé, ¿y ahora? Porque aquí hay que hacer algo ahora mismo, ¿entiendes? ¿Y qué haces tú ahora? Las despojas a ellas mismas. ¡Si el dinero lo consiguen empeñando una pensión de cien rublos y empeñándose con los señores Svidrigáilov! ¿Con qué las vas a proteger de los Svidrigáilov, de Afanasi Ivánovich Vajrushin, futuro millonario, Zeus que dispone de su destino? ¿Dentro de diez años? Pero en diez años la madre tendrá tiempo de quedarse ciega con las pañoletas, y quizá también con las lágrimas; se consumirá con los ayunos; ¿y la hermana? A ver, imagínate qué puede ser de tu hermana dentro de diez años, o en estos diez años. ¿Adivinaste?»
Así se atormentaba y se provocaba con esas preguntas, incluso con una especie de deleite. Por lo demás, todas esas preguntas no eran nuevas, no eran repentinas, sino viejas, dolorosas, antiguas. Hacía mucho que habían empezado a desgarrarlo y le habían desgarrado el corazón. Hacía muchísimo que había nacido en él toda esa angustia de ahora; había ido creciendo, acumulándose, y en los últimos tiempos había madurado y se había concentrado, tomando la forma de una pregunta horrible, salvaje y fantástica que le había atormentado el corazón y la mente, exigiendo irresistiblemente una respuesta. Y ahora la carta de su madre lo había golpeado de pronto como un rayo. Estaba claro que ahora no había que angustiarse, no había que sufrir pasivamente, con meros razonamientos sobre lo irresolubles que eran las preguntas, sino hacer algo sin falta, y ya, y cuanto antes. Había que decidirse a toda costa, aunque fuera a algo, o…
«¡O renunciar del todo a la vida! —exclamó de pronto, fuera de sí—. ¡Aceptar obedientemente el destino tal como es, de una vez para siempre, y ahogar todo en uno mismo, renunciando a todo derecho a actuar, a vivir y a amar!»
«¿Entiende usted, entiende usted, muy señor mío, lo que significa no tener ya adónde ir? —le vino de pronto a la memoria la pregunta de Marmeládov del día anterior—. Porque es preciso que todo hombre tenga al menos algún lugar adonde poder ir…»
De pronto se estremeció: un pensamiento, también del día anterior, volvió a cruzarle por la cabeza. Pero no se estremeció porque le cruzara ese pensamiento. Él sabía, él presentía que sin falta iba a «cruzarle», y ya lo esperaba; y además ese pensamiento no era en absoluto del día anterior. Pero la diferencia era que hacía un mes, e incluso todavía ayer, no era más que un sueño, y ahora… ahora se presentaba de pronto no como un sueño, sino con un aspecto nuevo, amenazador y completamente desconocido para él, y de pronto él mismo se dio cuenta de eso… Sintió un golpe en la cabeza, y se le nublaron los ojos.
Miró alrededor apresuradamente; buscaba algo. Quería sentarse, y buscaba un banco; pasaba entonces por el bulevar K… Se veía un banco más adelante, a unos cien pasos. Fue hacia él lo más rápido que pudo; pero en el camino le ocurrió una pequeña aventura que durante unos minutos atrajo toda su atención.
Mientras buscaba el banco con la mirada, advirtió delante de él, a unos veinte pasos, a una mujer que caminaba, pero al principio no le prestó ninguna atención, como a todos los objetos que hasta entonces habían pasado ante él. Muchas veces ya le había ocurrido, por ejemplo, volver a casa y no recordar en absoluto el camino por el que había ido, y ya se había acostumbrado a andar así. Pero en la mujer que caminaba había algo tan extraño y, desde la primera mirada, tan llamativo, que poco a poco su atención empezó a fijarse en ella; al principio de mala gana y como con fastidio, y después cada vez con más fuerza. De pronto quiso entender qué era exactamente lo que tenía de tan extraño esa mujer. En primer lugar, debía de ser una muchacha muy jovencita; iba con ese calor con la cabeza descubierta, sin sombrilla y sin guantes, agitando los brazos de un modo algo ridículo. Llevaba un vestidito de seda, de tela liviana («de tela»), pero también puesto de un modo muy raro, apenas abrochado y, por detrás, en la cintura, justo donde empezaba la falda, desgarrado; todo un jirón se había soltado y colgaba bamboleándose. Una pañoleta pequeña le cubría el cuello desnudo, pero estaba como torcida y de costado. Para colmo, la muchacha andaba con paso inseguro, tropezando y hasta tambaleándose hacia todos lados. Ese encuentro despertó, por fin, toda la atención de Raskólnikov. Alcanzó a la muchacha justo junto al banco, pero ella, al llegar al banco, se desplomó en él, en un rincón, echó la cabeza hacia atrás sobre el respaldo y cerró los ojos, al parecer por un cansancio extremo. Al observarla, él adivinó enseguida que estaba completamente borracha. Era extraño y absurdo ver algo así. Hasta pensó si no se equivocaría. Tenía delante una carita extremadamente jovencita, de unos dieciséis años, quizá incluso de solo quince: pequeña, rubita, bonita, pero toda encendida y como hinchada. La muchacha, al parecer, entendía ya muy poco; había cruzado una pierna sobre la otra, mostrándola mucho más de lo que convenía, y, a todas luces, tenía muy poca conciencia de que estaba en la calle.
Raskólnikov no se sentó ni quería irse, sino que se quedó de pie ante ella, perplejo. Ese bulevar siempre está desierto, y ahora, pasada la una y con semejante calor, casi no había nadie. Y sin embargo, a un costado, a unos quince pasos, en el borde del bulevar, se había detenido un señor que, a todas luces, tenía muchas ganas de acercarse también a la muchachita con ciertos fines. También él, probablemente, la había visto de lejos y la seguía, pero Raskólnikov se lo había impedido. Le lanzaba miradas rabiosas, procurando, sin embargo, que el otro no las notara, y esperaba impaciente su turno, a que el molesto andrajoso se fuera. La cosa estaba clara. Ese señor tenía unos treinta años; era robusto, gordo, rebosante de salud, con labios rosados y bigotito, y vestido con mucha elegancia. Raskólnikov se enfureció terriblemente; de pronto tuvo ganas de ofender de algún modo a ese petimetre gordo. Dejó un momento a la muchachita y se acercó al señor.
—¡Eh, usted, Svidrigáilov! ¿Qué busca aquí? —gritó, apretando los puños y riéndose con los labios llenos de espuma de rabia.
—¿Qué significa esto? —preguntó con severidad el señor, frunciendo las cejas y sorprendido con altivez.
—¡Lárguese, eso significa!
—¿Cómo te atreves, canalla?…
Y levantó la fusta. Raskólnikov se lanzó contra él con los puños, sin calcular siquiera que aquel señor robusto podía con dos como él. Pero en ese momento alguien lo agarró con fuerza por detrás: entre ellos se interpuso un guardia.
—Basta, señores, no se peleen en lugares públicos. ¿Qué busca usted? ¿Quién es usted? —se dirigió con severidad a Raskólnikov, tras examinar sus harapos. Raskólnikov lo miró con atención. Era una cara gallarda de soldado, con bigote y patillas canosos y una mirada sensata.
—Justo a usted lo necesitaba —gritó él, agarrándolo del brazo—. Soy ex estudiante, Raskólnikov… Esto también puede saberlo usted —se dirigió al señor—, y usted venga, que le voy a mostrar algo…
Y, agarrando al guardia del brazo, lo arrastró hacia el banco.
—Mire, mire, completamente borracha, hace un momento venía por el bulevar: quién sabe de qué familia será, pero no parece que sea del oficio. Lo más probable es que en algún lado la hayan emborrachado y engañado… por primera vez… ¿entiende?, y así la hayan soltado a la calle. Mire qué roto está el vestido, mire cómo lo tiene puesto: la vistieron, no se vistió ella sola, y la vistieron unas manos torpes, de hombre. Se ve. Y ahora mire aquí: este petimetre, con el que hace un momento me quería pelear, no lo conozco, es la primera vez que lo veo; pero él también la tenía marcada por el camino, hace un momento, borracha, sin saber lo que hace, y ahora tiene unas ganas terribles de acercarse y quedarse con ella, ya que está en ese estado, llevarla a algún lado… Y seguro que es así; créame que no me equivoco. Yo mismo vi cómo la observaba y la seguía, solo que yo se lo impedí, y ahora está esperando a que me vaya. Ahí está, se apartó un poquito, está parado como si liara un cigarrillo… ¿Cómo hacemos para no dejársela? ¿Cómo hacemos para mandarla a su casa? ¡Piénselo!
El guardia lo entendió y lo calculó todo en un instante. El señor gordo, desde luego, estaba claro; quedaba la muchachita. El uniformado se inclinó sobre ella para examinarla de más cerca, y una compasión sincera se pintó en sus rasgos.
—¡Ah, qué lástima! —dijo, meneando la cabeza—. Si es todavía casi una criatura. La engañaron, eso seguro. Oiga, señorita —empezó a llamarla—, ¿dónde se digna usted vivir? —La muchacha abrió los ojos cansados y vidriosos, miró con torpeza a los que la interrogaban e hizo un gesto con la mano para apartarlos.
—Oiga —dijo Raskólnikov—, tome (hurgó en el bolsillo y sacó veinte kopeks; los encontró), tome, consiga un coche de alquiler y dígale que la lleve a la dirección. ¡Si al menos supiéramos la dirección!
—Señorita, ¿eh, señorita? —volvió a empezar el guardia, después de tomar el dinero—, ahora le consigo un coche y yo mismo la acompaño. ¿Adónde ordena? ¿Eh? ¿Dónde se digna usted alojarse?
—¡Fuera!… ¡qué pesados!… —murmuró la muchachita, y volvió a hacer un gesto con la mano.
—¡Ay, ay, qué mal está esto! ¡Ay, qué vergüenza, señorita, qué vergüenza! —Volvió a menear la cabeza, avergonzándola, compadeciéndola e indignado—. ¡Vaya problema! —se dirigió a Raskólnikov, y en ese mismo momento, de pasada, volvió a mirarlo de arriba abajo. Seguramente también él le parecía extraño: con esos harapos, ¡y reparte dinero!
—¿Muy lejos de aquí la encontró? —le preguntó.
—Ya le digo: venía delante de mí, tambaleándose, aquí mismo, en el bulevar. En cuanto llegó al banco, se desplomó.
—¡Ay, qué vergüenza hay ahora en el mundo, Señor! Tan inocentona, y ya borracha. ¡La engañaron, así es! Mire, hasta el vestidito lo tiene roto… ¡Ay, cómo se ha extendido hoy el libertinaje!… Y quizá sea de buena familia, de alguna pobre… Hoy en día hay muchas así. Por la pinta parece de las delicadas, como una señorita —y volvió a inclinarse sobre ella.
Quizá también él tenía hijas que crecían así: «como señoritas y de las delicadas», con modales de bien educadas y con toda clase de afectaciones de moda ya aprendidas…
—Lo principal —se afanaba Raskólnikov— es no dejársela a este canalla. ¡Si encima va a ultrajarla! Se le ve de memoria lo que quiere; ¡mire al canalla, no se va!
Raskólnikov hablaba en voz alta y lo señalaba directamente con la mano. El otro lo oyó y estuvo a punto de enojarse otra vez, pero lo pensó mejor y se limitó a una mirada de desprecio. Después se alejó despacio unos diez pasos más y volvió a detenerse. —No dejársela, eso sí se puede, señor —respondió pensativo el suboficial—. Si al menos dijera adónde llevarla, porque si no… ¡Señorita, eh, señorita! —volvió a inclinarse.
Ella de pronto abrió del todo los ojos, miró con atención, como si hubiera entendido algo, se levantó del banco y echó a andar en la dirección por la que había venido. —¡Uf, sinvergüenzas, qué pesados! —dijo, haciendo otra vez el gesto con la mano. Iba deprisa, pero tambaleándose mucho, como antes. El petimetre la siguió, pero por otra alameda, sin quitarle los ojos de encima. —No se preocupe, no se la dejaré, señor —dijo con decisión el bigotudo, y fue tras ellos—. ¡Eh, cómo se ha extendido hoy el libertinaje! —repitió en voz alta, suspirando.
En ese momento fue como si algo hubiera picado a Raskólnikov; en un instante fue como si lo pusieran del revés. —¡Oiga, eh! —le gritó al bigotudo.
El otro se volvió.
—¡Déjelo! ¿A usted qué le importa? ¡Olvídelo! Que se divierta (señaló al petimetre). ¿A usted qué le importa?
El guardia no entendía y lo miraba con los ojos muy abiertos. Raskólnikov se echó a reír.
—¡Ah, vaya! —dijo el uniformado, haciendo un gesto con la mano, y siguió al petimetre y a la muchachita, tomando probablemente a Raskólnikov por un loco o por algo todavía peor.
«Se llevó mis veinte kopeks —dijo Raskólnikov con rabia cuando se quedó solo—. Bueno, que le saque también algo al otro y le deje ir con él a la muchachita, y asunto terminado… ¡Y para qué me metí a ayudar! ¿Acaso me toca a mí ayudar? ¿Acaso tengo yo derecho a ayudar? Que se traguen vivos unos a otros: ¿a mí qué me importa? ¿Y cómo me atreví a dar esos veinte kopeks? ¿Acaso son míos?»
A pesar de esas palabras extrañas, se sintió muy abatido. Se sentó en el banco abandonado. Sus pensamientos andaban dispersos… Y en general le resultaba penoso pensar en ese momento en cualquier cosa. Habría querido olvidarse por completo, olvidarlo todo, despertarse después y empezar todo de nuevo… —¡Pobre muchacha!… —dijo, mirando el rincón vacío del banco—. Volverá en sí, llorará, después se enterará la madre… Primero le pegará, y después la azotará, con dolor y con vergüenza, y quizá la eche de casa… Y si no la echa, de todos modos la olfatearán las Darias Frántsevnas, y mi muchachita empezará a andar de aquí para allá… Después enseguida el hospital (eso siempre les pasa a las que viven con madres muy honradas y hacen travesuras a escondidas), y después… y después otra vez el hospital… el aguardiente… las tascas… y otra vez el hospital… dentro de dos o tres años, una ruina, y en total habrá vivido diecinueve o dieciocho años, nada más, señor mío… ¿Acaso no las he visto? ¿Y cómo llegaron a serlo? Pues así llegaron a serlo, todas… ¡Bah! ¡Que sea así! Esto, dicen, es como debe ser. Un tanto por ciento así, dicen, tiene que irse cada año… a alguna parte… al diablo, seguramente, para refrescar a los demás y no estorbarlos. ¡Un tanto por ciento! Qué palabritas tan estupendas tienen, de verdad: tan tranquilizadoras, tan científicas. Se dijo: tanto por ciento, y entonces no hay por qué inquietarse. Si fuera otra palabra, bueno, entonces… quizá sería más inquietante… ¿Y si también Dúniechka cae de algún modo en el tanto por ciento?… ¿Si no en ese, en otro?…
«¿Y adónde voy? —pensó de pronto—. Qué extraño. Si salí para algo. En cuanto leí la carta, salí… A la isla Vasílievski, a ver a Razumíjin, ahí iba, ahora… me acuerdo. ¿Pero para qué, sin embargo? ¿Y cómo se me metió en la cabeza precisamente ahora la idea de ir a ver a Razumíjin? Esto es notable».
Se asombraba de sí mismo. Razumíjin era uno de sus antiguos compañeros de la universidad. Era notable que Raskólnikov, cuando estaba en la universidad, casi no tuviera compañeros; rehuía a todos, no visitaba a nadie y recibía en su casa a disgusto. Por lo demás, también todos le dieron pronto la espalda. No tomaba parte, por algún motivo, ni en las reuniones comunes, ni en las conversaciones, ni en las diversiones, en nada. Estudiaba con empeño, sin escatimarse, y por eso lo respetaban, pero nadie lo quería. Era muy pobre y de un orgullo como altanero, y poco comunicativo; como si guardara algo para sí. A algunos de sus compañeros les parecía que los miraba a todos como a niños, desde arriba, como si los hubiera dejado atrás a todos en desarrollo, en conocimientos y en convicciones, y que miraba sus convicciones e intereses como algo inferior.
Con Razumíjin, en cambio, por algún motivo había congeniado; es decir, no es que hubiera congeniado, sino que era con él más comunicativo, más franco. Por lo demás, con Razumíjin era imposible tener otra clase de relación. Era un muchacho extraordinariamente alegre y comunicativo, bueno hasta la ingenuidad. Aunque bajo esa ingenuidad se ocultaban también profundidad y dignidad. Los mejores de sus compañeros lo entendían, todos lo querían. Era bastante inteligente, aunque a veces, en efecto, algo simplón. Tenía un aspecto expresivo: alto, flaco, siempre mal afeitado, de pelo negro. A veces armaba escándalos y tenía fama de forzudo. Una noche, en compañía de otros, derribó de un solo golpe a un guardián del orden de doce vershkí4 de estatura. Podía beber sin fin, pero podía también no beber en absoluto; a veces hacía travesuras hasta inadmisibles, pero podía también no hacer ninguna. Razumíjin era notable además porque ningún fracaso lo turbaba nunca, y ninguna mala circunstancia, parecía, podía aplastarlo. Podía alojarse aunque fuera en un tejado, soportar un hambre infernal y un frío extraordinario. Era muy pobre y se mantenía decididamente solo, por sí mismo, consiguiendo dinero con trabajos de cualquier clase. Conocía un sinfín de fuentes de donde sacarlo, trabajando, desde luego. Una vez se pasó todo un invierno sin calentar su habitación, y aseguraba que hasta era más agradable, porque con frío se duerme mejor. Ahora también él se había visto obligado a dejar la universidad, pero no por mucho tiempo, y se apresuraba con todas sus fuerzas a enderezar sus circunstancias para poder continuar. Raskólnikov no había ido a verlo desde hacía unos cuatro meses, y Razumíjin ni siquiera conocía su vivienda. Una vez, hacía unos dos meses, se habían cruzado en la calle, pero Raskólnikov volvió la cara y hasta cruzó a la otra acera para que el otro no lo viera. Y Razumíjin, aunque lo vio, siguió de largo, sin querer molestar a su amigo.
- La Virgen de Kazán, uno de los iconos más venerados de Rusia. ↩
- La Orden de Santa Ana, condecoración civil frecuente entre los funcionarios de rango medio. ↩
- Ducados disputados en la guerra de 1864 entre Dinamarca, Prusia y Austria. ↩
- La estatura se daba en vershkí (unos 4,4 cm) por encima de dos arshines: doce vershkí son casi dos metros. ↩