Capítulo 19
Tercera parte. Capítulo V
Crimen y castigo · Fiódor Dostoyevski
Crimen y castigoEste ya entraba en las habitaciones. Entró con el aire de quien se contiene con todas sus fuerzas para no soltar de algún modo la risa. Detrás de él, con la cara completamente descompuesta y feroz, rojo como una peonía, desgarbado y torpe, entró el avergonzado Razumíjin. Su cara y toda su figura eran en efecto ridículas en ese momento y justificaban la risa de Raskólnikov. Raskólnikov, todavía sin ser presentado, saludó al dueño de casa, que estaba de pie en medio de la habitación y los miraba con aire interrogante, le tendió y le estrechó la mano, todavía con un esfuerzo visible y extraordinario por reprimir su alegría y pronunciar por lo menos dos o tres palabras para presentarse. Pero apenas logró tomar un aire serio y murmurar algo, de pronto, como sin querer, volvió a mirar a Razumíjin y ya no pudo aguantar: la risa contenida estalló de manera tanto más incontenible cuanto más se había contenido hasta entonces. La ferocidad extraordinaria con que Razumíjin recibía esa risa «cordial» daba a toda la escena un aire de la alegría más sincera y, sobre todo, de naturalidad. Razumíjin, como a propósito, todavía ayudó al asunto.
—¡Uf, diablos! —rugió, haciendo un gesto con la mano, y le dio justo a una mesita redonda en la que había un vaso de té vacío. Todo salió volando y tintineó.
—¿Pero para qué romper las sillas, señores? ¡Es una pérdida para el Estado! —gritó alegremente Porfiri Petróvich.
La escena se presentaba así: Raskólnikov terminaba de reírse, olvidada su mano en la mano del dueño de casa, pero, sabiendo la medida, esperaba el momento de terminar cuanto antes y con naturalidad. Razumíjin, turbado del todo por la caída de la mesita y el vaso roto, miró sombrío los pedazos, escupió y se volvió bruscamente hacia la ventana, donde se quedó de espaldas al público, con la cara terriblemente ceñuda, mirando por la ventana y sin ver nada. Porfiri Petróvich se reía y quería reírse, pero era evidente que necesitaba explicaciones. En un rincón, en una silla, estaba sentado Zamétov, que se había incorporado al entrar los visitantes y estaba de pie esperando, con la boca abierta en una sonrisa, pero mirando toda la escena con perplejidad e incluso como con desconfianza, y a Raskólnikov hasta con una especie de turbación. La presencia inesperada de Zamétov impresionó desagradablemente a Raskólnikov.
«¡Esto todavía hay que pensarlo!», se dijo.
—Disculpe, por favor —empezó, turbándose con empeño—: Raskólnikov…
—Por favor, encantado, señor, y además entró usted de un modo tan agradable… ¿Qué, él ya ni quiere saludar? —Porfiri Petróvich señaló con la cabeza a Razumíjin.
—Palabra, no sé por qué se ha puesto furioso conmigo. Solo le dije por el camino que se parecía a Romeo, y… y se lo demostré, y nada más, me parece.
—¡Cerdo! —respondió Razumíjin, sin volverse.
—Entonces tenía razones muy serias para enojarse tanto por una sola palabrita —se rió Porfiri.
—¡Vaya, tú! ¡Juez de instrucción!… ¡Bueno, al diablo con todos ustedes! —cortó Razumíjin, y de pronto, riéndose él también, con la cara más alegre, como si nada, se acercó a Porfiri Petróvich.
—¡Se acabó! Todos somos unos tontos; a lo nuestro: aquí tienes a un amigo, Rodión Románych Raskólnikov, que, en primer lugar, ha oído hablar de ti y quería conocerte, y en segundo lugar, tiene un asuntito contigo. ¡Vaya! ¡Zamétov! ¿Y tú cómo estás aquí? ¿Pero acaso se conocen? ¿Desde cuándo?
«¿Y esto qué es?», pensó inquieto Raskólnikov.
Zamétov pareció turbarse, pero no mucho.
—Nos conocimos ayer, en tu casa —dijo con desenvoltura.
—Entonces Dios me libró de una molestia: la semana pasada me pidió muchísimo que de algún modo lo presentara a ti, Porfiri, y ustedes se olfatearon sin mí… ¿Dónde tienes el tabaco?
Porfiri Petróvich estaba en traje de casa, con bata, con una ropa blanca muy limpia y con pantuflas gastadas. Era un hombre de unos treinta y cinco años, de estatura algo menos que mediana, grueso y hasta con barriguita, afeitado, sin bigote ni patillas, con el pelo muy corto en una cabeza grande y redonda, de un abombamiento especialmente redondo en la nuca. Su cara regordeta, redonda y algo chata era de un color enfermizo, de un amarillo oscuro, pero bastante animada y hasta burlona. Habría sido incluso bonachona si no lo hubiera impedido la expresión de los ojos, con un brillo como líquido, acuoso, cubiertos por unas pestañas casi blancas que parpadeaban como si le guiñaran el ojo a alguien. La mirada de esos ojos no armonizaba de un modo extraño con toda la figura, que tenía incluso algo de mujer, y le daba algo mucho más serio de lo que a primera vista se podía esperar de ella.
Porfiri Petróvich, en cuanto oyó que el visitante tenía un «asuntito» con él, enseguida le pidió que se sentara en el sofá, él mismo se sentó en el otro extremo y clavó la vista en el visitante, esperando de inmediato la exposición del asunto, con esa atención empeñosa y ya demasiado seria que incluso pesa y turba desde el primer momento, sobre todo cuando no se conoce a la persona, y sobre todo si lo que uno expone, en su propia opinión, está lejos de guardar proporción con una atención tan extraordinariamente importante. Pero Raskólnikov, con palabras breves y coherentes, expuso clara y exactamente su asunto, y quedó tan satisfecho de sí mismo que hasta alcanzó a examinar bastante bien a Porfiri. Tampoco Porfiri Petróvich apartó de él los ojos ni una vez en todo ese tiempo. Razumíjin, que se había instalado enfrente, en la misma mesa, seguía con ardor e impaciencia la exposición del asunto, pasando a cada momento los ojos de uno al otro y de vuelta, lo que ya se salía un poco de la medida.
«¡Tonto!», lo insultó Raskólnikov para sí.
—Usted debe presentar una declaración a la policía —respondió Porfiri con el aire más formal— de que, habiéndose enterado de tal suceso, es decir, de ese asesinato, usted solicita a su vez que se comunique al juez de instrucción encargado del caso que tales objetos le pertenecen y que desea desempeñarlos… o algo así… aunque eso ya se lo redactarán.
—Ahí está, que yo, en este momento —procuró turbarse lo más posible Raskólnikov—, no ando muy bien de dinero… y ni siquiera esa pequeñez puedo… yo, verá usted, querría solo declarar ahora que esos objetos son míos, pero que cuando tenga dinero…
—Eso da lo mismo, señor —respondió Porfiri Petróvich, recibiendo con frialdad las explicaciones sobre las finanzas—. Aunque, también puede escribirme directamente a mí, si quiere, en el mismo sentido: que, habiéndome enterado de tal cosa y declarando tales objetos míos, solicito…
—¿Eso en papel común? —se apresuró a interrumpir Raskólnikov, interesándose otra vez por la parte financiera del asunto.
—¡Oh, en el más común, señor! —Y de pronto Porfiri Petróvich lo miró de un modo claramente burlón, entornando los ojos y como guiñándole uno. Aunque quizá eso solo se lo pareció a Raskólnikov, porque duró un instante. Por lo menos, algo hubo. Raskólnikov habría jurado que le guiñó el ojo, el diablo sabrá para qué.
«¡Lo sabe!», le cruzó como un rayo.
—Disculpe que lo haya molestado con semejantes pequeñeces —prosiguió, algo desconcertado—; mis objetos valen en total cinco rublos, pero me son especialmente queridos, como recuerdo de aquellos de quienes los recibí, y, lo confieso, cuando me enteré, me asusté mucho…
—¡Por eso te sobresaltaste tanto ayer cuando se me escapó delante de Zosímov que Porfiri interrogaba a los que empeñaban! —intercaló Razumíjin, con evidente intención.
Eso ya era insoportable. Raskólnikov no pudo contenerse y le lanzó una mirada rabiosa con sus ojos negros encendidos de ira. Enseguida volvió en sí.
—Tú, hermano, parece que te burlas de mí, ¿no? —se dirigió a él con una irritación hábilmente fingida—. Admito que quizá me preocupo demasiado por semejante porquería, a tus ojos; pero no se me puede considerar por eso ni egoísta ni codicioso, y a mis ojos esas dos cositas insignificantes pueden no ser en absoluto una porquería. Ya te dije hace un momento que ese reloj de plata, que no vale un centavo, es lo único que me quedó de mi padre. Ríete de mí, pero ha venido mi madre —se volvió de pronto hacia Porfiri—, y si ella supiera —se volvió otra vez rápidamente hacia Razumíjin, esforzándose especialmente en que le temblara la voz— que ese reloj se perdió, ¡le juro que se desesperaría! ¡Las mujeres!
—¡Pero no, para nada! ¡No lo decía en ese sentido! ¡Todo lo contrario! —gritaba Razumíjin, apenado.
«¿Está bien? ¿Es natural? ¿No exageré? —temblaba Raskólnikov para sí—. ¿Por qué dije “las mujeres”?»
—¿Así que ha venido su madre? —se informó Porfiri Petróvich, no se sabe para qué.
—Sí.
—¿Y cuándo, señor?
—Ayer por la tarde.
Porfiri calló, como calculando.
—Sus objetos de ningún modo podían perderse —prosiguió tranquila y fríamente—. Hace ya mucho que lo estoy esperando aquí.
Y, como si nada, se puso a acercarle solícitamente un cenicero a Razumíjin, que ensuciaba sin piedad la alfombra con el cigarrillo. Raskólnikov se estremeció, pero Porfiri parecía no mirar siquiera, todavía preocupado por el cigarrillo de Razumíjin.
—¿Qué-é? ¡Lo esperabas! ¿Pero acaso sabías que también él empeñaba allí? —gritó Razumíjin.
Porfiri Petróvich se dirigió directamente a Raskólnikov:
—Sus dos objetos, el anillo y el reloj, estaban en casa de ella envueltos en un solo papelito, y en el papelito estaba escrito con lápiz, con claridad, el nombre de usted, igual que la fecha en que los recibió de usted…
—Qué observador es usted… —intentó sonreír torpemente Raskólnikov, esforzándose especialmente en mirarlo directo a los ojos; pero no pudo contenerse y de pronto añadió—: Lo observo ahora porque probablemente había muchísimos que empeñaban… de modo que le sería difícil recordarlos a todos… Y usted, al contrario, los recuerda a todos con tanta precisión, y… y…
«¡Estúpido! ¡Débil! ¿Para qué agregué eso?»
—Es que casi todos los que empeñaban ya son conocidos, de modo que usted es el único que no se había dignado venir —respondió Porfiri con un matiz apenas perceptible de burla.
—No estaba del todo bien de salud.
—También de eso me enteré, señor. Me enteré incluso de que estaba usted muy alterado por algo. ¿Y ahora también parece pálido, no?
—No estoy nada pálido… ¡al contrario, estoy completamente sano! —cortó Raskólnikov, grosero y rabioso, cambiando de pronto de tono. La rabia hervía en él, y no podía reprimirla. «¡Y con la rabia me voy a delatar! —le volvió a cruzar—. ¿Pero por qué me atormentan?…»
—¡No del todo bien! —repuso Razumíjin—. ¡Mira lo que dice! Hasta ayer deliraba casi sin conocimiento… Bueno, créelo, Porfiri: apenas se tenía en pie, y en cuanto nosotros, Zosímov y yo, nos dimos la vuelta ayer… se vistió y se escapó a escondidas, y anduvo haciendo locuras por ahí casi hasta medianoche, y eso en el más completo delirio, te digo, ¡imagínate! ¡Un caso notabilísimo!
—¿De veras en el más completo delirio? ¡Fíjese usted! —meneó la cabeza Porfiri con un gesto algo de mujer.
—¡Eh, tonterías! ¡No lo crea! Aunque, si usted ya de por sí no lo cree… —se le escapó a Raskólnikov con demasiada rabia. Pero Porfiri Petróvich pareció no oír esas palabras extrañas.
—¿Pero cómo pudiste salir, si no estabas delirando? —se acaloró de pronto Razumíjin—. ¿Para qué saliste? ¿Para qué?… ¿Y por qué precisamente a escondidas? ¿Tenías sentido común entonces? ¡Ahora que pasó todo el peligro, te lo digo derecho!
—Ayer me tenían muy harto —se dirigió de pronto Raskólnikov a Porfiri con una sonrisa insolente y desafiante—, y me escapé de ellos para alquilar una vivienda, para que no me encontraran, y me llevé un montón de dinero. Ahí está el señor Zamétov, que vio el dinero. ¿Y qué, señor Zamétov, estaba yo ayer en mis cabales o delirando? ¿Por qué no resuelve la discusión?
En ese momento, parecía, habría estrangulado a Zamétov. Le disgustaban demasiado su mirada y su silencio.
—A mi parecer, usted hablaba muy razonablemente, señor, e incluso con astucia, señor, solo que estaba demasiado irritable —declaró secamente Zamétov.
—Y hoy me contó Nikodim Fomich —intercaló Porfiri Petróvich— que lo encontró ayer, ya muy tarde, en la vivienda de un funcionario atropellado por unos caballos…
—¡Pues ahí tienes, ese funcionario! —repuso Razumíjin—. ¿No estabas loco en casa del funcionario? ¡Le dio a la viuda el último dinero para el entierro! Bueno, querías ayudar: da quince, da veinte, ¡pero quédate aunque sea con tres rublos de plata, y no que soltaste los veinticinco enteros!
—¿Y si encontré un tesoro en algún lado y tú no lo sabes? Por eso ayer me puse generoso… ¡Ahí está el señor Zamétov, que sabe que encontré un tesoro!… Disculpe, por favor —se dirigió con los labios temblorosos a Porfiri—, que lo molestemos media hora con semejante charla insignificante. Lo tenemos harto, ¿eh?
—¡Por favor, señor, al contrario, al co-o-ontrario! ¡Si supiera cuánto me interesa usted! Es curioso mirarlo y escucharlo… y yo, lo confieso, me alegro tanto de que por fin se haya dignado venir…
—¡Pero danos aunque sea un té! ¡Tengo la garganta seca! —exclamó Razumíjin.
—¡Excelente idea! Quizá todos nos hagan compañía. ¿Y no quieres… algo más sustancioso, antes del té?
—¡Vete!
Porfiri Petróvich salió a encargar el té.
Los pensamientos giraban como un torbellino en la cabeza de Raskólnikov. Estaba terriblemente irritado.
«¡Lo principal es que ni siquiera disimulan, ni quieren andarse con ceremonias! ¿Y con qué motivo, si no me conoces en absoluto, hablaste de mí con Nikodim Fomich? ¡Entonces ya ni quieren ocultar que me siguen como una jauría de perros! ¡Así de francos me escupen en la jeta! —temblaba de furia—. ¡Bueno, peguen de frente, y no jueguen como el gato con el ratón! Eso es descortés, Porfiri Petróvich, porque quizá yo todavía no lo permita, señor… ¡Me levantaré, y les soltaré en la jeta toda la verdad; y verán cuánto los desprecio!… —Recobró el aliento con dificultad—. ¿Y si solo me lo parece? ¿Y si es un espejismo, y me equivoco en todo, me enfurezco por inexperiencia, no aguanto mi vil papel? ¿Quizá todo esto es sin intención? Todas sus palabras son corrientes, pero en ellas hay algo… Todo esto siempre se puede decir, pero hay algo. ¿Por qué dijo directamente “en casa de ella”? ¿Por qué Zamétov agregó que yo hablaba con astucia? ¿Por qué hablan en ese tono? Sí… el tono… Razumíjin estaba sentado aquí mismo, ¿por qué no le parece nada? ¡A ese zoquete inocente nunca le parece nada! ¡Otra vez la fiebre!… ¿Me guiñó el ojo hace un rato Porfiri o no? Seguramente es una tontería; ¿para qué iba a guiñarme? ¿Querrán irritarme los nervios, o me provocan? ¡O todo es un espejismo, o lo saben!… Hasta Zamétov es insolente… ¿Es insolente Zamétov? Zamétov cambió de idea durante la noche. ¡Ya presentía yo que cambiaría de idea! Aquí está como en su casa, y es la primera vez. Porfiri no lo trata como a un invitado, está sentado de espaldas a él. ¡Se olfatearon! ¡Seguro que se olfatearon por mí! ¡Seguro que antes de que llegáramos hablaban de mí!… ¿Sabrán lo de la vivienda? ¡Que sea pronto!… Cuando dije que ayer me escapé para alquilar una vivienda, lo dejó pasar, no lo recogió… ¡Pero eso de la vivienda lo metí con habilidad: después me servirá!… ¡Delirando, dicen!… ¡Ja, ja, ja! ¡Sabe todo lo de la noche de ayer! ¡Lo de la llegada de mi madre no lo sabía!… ¡Y la bruja hasta anotó la fecha con lápiz!… ¡Mienten, no me dejaré! Porque eso todavía no son hechos, ¡no es más que un espejismo! ¡No, denme hechos! Y la vivienda no es un hecho, sino un delirio; sé lo que tengo que decirles… ¿Sabrán lo de la vivienda? ¡No me voy sin saberlo! ¿Para qué vine? ¡Y que ahora me enfurezca, eso sí que quizá es un hecho! ¡Uf, qué irritable estoy! Aunque quizá esté bien; el papel de enfermo… Me está tanteando. Va a tratar de desconcertarme. ¿Para qué vine?»
Todo eso le pasó por la cabeza como un relámpago.
Porfiri Petróvich volvió en un instante. Se había puesto de pronto como más alegre.
—Yo, hermano, desde lo tuyo de ayer tengo la cabeza… Y estoy como todo desatornillado —empezó en un tono completamente distinto, riéndose, dirigiéndose a Razumíjin.
—¿Y qué, estuvo interesante? ¿Si los dejé ayer en el punto más interesante? ¿Quién ganó?
—Pues nadie, desde luego. Fuimos a dar a las cuestiones eternas, nos remontamos a las alturas celestiales.
—Imagínate, Rodia, a qué fuimos a dar ayer: ¿existe o no existe el crimen? ¡Te dije que mintieron hasta el delirio!
—¿Y qué tiene de asombroso? Una cuestión social corriente —respondió distraído Raskólnikov.
—La cuestión no estaba formulada así —observó Porfiri.
—No del todo así, es verdad —asintió enseguida Razumíjin, apresurándose y acalorándose como de costumbre—. Mira, Rodión: escucha y di tu opinión. Quiero oírla. Ayer me desvivía con ellos y te esperaba; también les dije que vendrías… Empezó con la doctrina de los socialistas. La doctrina es conocida: el crimen es una protesta contra lo anormal de la organización social, y solo eso, y nada más, y no se admite ninguna otra causa, ¡y nada!…
—¡Ahí mentiste! —gritó Porfiri Petróvich. Se animaba visiblemente y se reía a cada momento, mirando a Razumíjin, con lo que lo encendía todavía más.
—¡N-no se admite nada! —lo interrumpió con ardor Razumíjin—. ¡No miento!… Te voy a mostrar sus libritos: para ellos todo es porque «el ambiente lo devoró», ¡y nada más! ¡Su frase favorita! De ahí se sigue directamente que, si se organiza la sociedad de manera normal, de golpe desaparecerán todos los crímenes, ya que no habrá contra qué protestar, y todos en un instante se volverán justos. La naturaleza no se toma en cuenta, la naturaleza se expulsa, ¡la naturaleza no corresponde! Para ellos no es que la humanidad, desarrollándose por un camino histórico, vivo, hasta el final, se convertirá por sí misma por fin en una sociedad normal, sino que, al contrario, el sistema social, salido de alguna cabeza matemática, organizará enseguida a toda la humanidad y en un instante la hará justa y sin pecado, antes de todo proceso vivo, ¡sin ningún camino histórico y vivo! Por eso es que instintivamente no les gusta la historia: «En ella no hay más que monstruosidades y estupideces», ¡y todo se explica solo por la estupidez! Por eso no les gusta el proceso vivo de la vida: ¡no hace falta un alma viva! El alma viva exigirá vida, el alma viva no obedecerá a la mecánica, el alma viva es sospechosa, ¡el alma viva es retrógrada! Y aquí, aunque huela un poquito a carroña, se puede hacer de caucho; en cambio no está viva, en cambio no tiene voluntad, en cambio es esclava, ¡no se rebelará! ¡Y resulta que todo lo redujeron a la colocación de ladrillitos y a la disposición de los pasillos y las habitaciones en el falansterio1! El falansterio está listo, pero la naturaleza de ustedes todavía no está lista para el falansterio, quiere vida, todavía no ha terminado el proceso vital, ¡es temprano para el cementerio! ¡Solo con la lógica no se puede saltar por encima de la naturaleza! La lógica prevé tres casos, ¡y hay un millón! ¡Cortar todo el millón y reducirlo todo a la sola cuestión del confort! ¡La solución más fácil del problema! ¡Seductoramente clara, y no hay que pensar! Lo principal: ¡no hay que pensar! ¡Todo el misterio de la vida cabe en dos pliegos impresos!
—¡Mira cómo se desató, cómo toca el tambor! Hay que sujetarle las manos —se reía Porfiri—. Imagínese —se volvió hacia Raskólnikov—, igual que ayer por la tarde, en una sola habitación, seis voces a la vez, y encima nos dio ponche antes, ¿se lo imagina? No, hermano, tú mientes: el «ambiente» significa mucho en el crimen; eso te lo confirmo.
—Yo mismo sé que mucho, pero dime una cosa: un hombre de cuarenta años deshonra a una niña de diez; ¿lo obligó a eso el ambiente, o qué?
—Pues, en sentido estricto, quizá sí sea el ambiente —observó Porfiri con una seriedad asombrosa—. El crimen contra la niña se puede explicar muy, pero muy bien por el «ambiente».
Razumíjin casi se puso furioso.
—Bueno, ¿quieres que te demuestre ahora mismo —rugió— que tienes las pestañas blancas únicamente porque el campanario de Iván el Grande2 mide treinta y cinco sázhenes de alto, y que te lo demuestre de manera clara, exacta, progresista y hasta con un matiz liberal? ¡Me comprometo! ¡Bueno, apostemos!
—¡Acepto! ¡Escuchemos, por favor, cómo lo demuestra!
—¡Pero si todo lo finge, diablos! —exclamó Razumíjin, se levantó de un salto e hizo un gesto con la mano—. ¡Vale la pena hablar contigo! Si todo lo hace a propósito; ¡tú todavía no lo conoces, Rodión! Y ayer se puso de su lado solo para tomarles el pelo a todos. ¡Y qué cosas decía ayer, Señor! ¡Y ellos se alegraron de tenerlo!… Si así aguanta dos semanas. El año pasado nos convenció, no se sabe para qué, de que se hacía monje: ¡dos meses sostuvo lo mismo! Hace poco se le ocurrió convencernos de que se casaba, de que ya estaba todo listo para la boda. Hasta se hizo un traje nuevo. Nosotros ya empezamos a felicitarlo. Ni novia, ni nada había: ¡todo un espejismo!
—¡Ahí mentiste! El traje me lo hice antes. A propósito del traje nuevo se me ocurrió tomarles el pelo a todos.
—¿De veras es usted tan fingidor? —preguntó con indiferencia Raskólnikov.
—¿Y usted pensaba que no? Espere, que también a usted lo voy a engañar, ¡ja, ja, ja! No, verá usted, señor, le voy a decir toda la verdad. A propósito de todas estas cuestiones, de los crímenes, del ambiente, de las niñas, me acordé ahora (aunque, en realidad, siempre me interesó) de un articulito suyo: «Sobre el crimen»… o como se llame, olvidé el título, no lo recuerdo. Hace dos meses tuve el placer de leerlo en «La Palabra Periódica».
—¿Mi artículo? ¿En «La Palabra Periódica»? —preguntó asombrado Raskólnikov—. Es verdad que escribí, hace medio año, cuando dejé la universidad, a propósito de un libro, un artículo, pero lo llevé entonces al periódico «La Palabra Semanal», y no a «La Periódica».
—Pues fue a parar a «La Periódica».
—Pero si «La Palabra Semanal» dejó de existir; por eso no lo publicaron entonces…
—Es verdad, señor; pero, al dejar de existir, «La Palabra Semanal» se fusionó con «La Palabra Periódica», y por eso su articulito apareció hace dos meses en «La Palabra Periódica». ¿Y usted no lo sabía?
Raskólnikov, en efecto, no sabía nada.
—¡Por favor, si puede pedirles dinero por el artículo! ¡Qué carácter tiene usted, sin embargo! Vive tan aislado que no se entera de cosas así, que le conciernen directamente. Eso sí que es un hecho, señor.
—¡Bravo, Rodka! ¡Yo tampoco lo sabía! —exclamó Razumíjin—. ¡Hoy mismo paso por la sala de lectura y pido el número! ¿Hace dos meses? ¿Qué fecha? ¡Da igual, lo encontraré! ¡Qué cosa! ¡Y no lo dice!
—¿Y usted cómo supo que el artículo es mío? Está firmado con una inicial.
—Por casualidad, y hace pocos días. Por el redactor; lo conozco… Me interesó mucho.
—Examinaba, si no recuerdo mal, el estado psicológico del criminal durante todo el desarrollo del crimen.
—Sí, señor, e insiste en que el acto de ejecución del crimen va acompañado siempre de una enfermedad. Muy, muy original, pero… a mí, propiamente, no me interesó esa parte de su articulito, sino cierta idea, deslizada al final del artículo, pero que usted, por desgracia, solo sugiere, de manera poco clara… En una palabra, si lo recuerda, se sugiere que existen en el mundo, supuestamente, ciertas personas que pueden… es decir, no que pueden, sino que tienen pleno derecho a cometer toda clase de desmanes y crímenes, y que para ellas, supuestamente, la ley no está escrita.
Raskólnikov sonrió ante la deformación empeñosa e intencionada de su idea.
—¿Cómo? ¿Qué es eso? ¿El derecho al crimen? ¿Pero no porque «el ambiente lo devoró»? —se informó Razumíjin, hasta con una especie de susto.
—No, no, no del todo por eso —respondió Porfiri—. Todo está en que en su artículo todas las personas se dividen de algún modo en «ordinarias» y «extraordinarias». Las ordinarias deben vivir en la obediencia y no tienen derecho a transgredir la ley, porque, verán ustedes, son ordinarias. Y las extraordinarias tienen derecho a cometer toda clase de crímenes y a transgredir la ley de todas las maneras, propiamente porque son extraordinarias. Así lo dice usted, me parece, si no me equivoco, ¿no?
—¿Pero cómo es eso? ¡No puede ser que sea así! —murmuraba perplejo Razumíjin.
Raskólnikov volvió a sonreír. Comprendió de golpe de qué se trataba y adónde querían empujarlo; recordaba su artículo. Decidió aceptar el desafío.
—No es exactamente así en mi artículo —empezó con sencillez y modestia—. Aunque, lo confieso, usted lo expuso casi correctamente, e incluso, si quiere, completamente bien… (Era como si le resultara agradable reconocer que estaba completamente bien.) La diferencia está únicamente en que yo no insisto en absoluto en que las personas extraordinarias deban necesariamente y estén obligadas a cometer siempre toda clase de desmanes, como usted dice. Me parece incluso que un artículo así ni siquiera lo habrían dejado imprimir. Yo sugerí lisa y llanamente que el hombre «extraordinario» tiene derecho… es decir, no un derecho oficial, sino que él mismo tiene derecho a permitirle a su conciencia pasar por encima… de ciertos obstáculos, y únicamente en el caso de que la realización de su idea (a veces salvadora, quizá, para toda la humanidad) lo exija. Usted se digna decir que mi artículo no es claro; estoy dispuesto a aclarárselo en lo posible. Quizá no me equivoque al suponer que eso es lo que usted quiere; como guste, señor. A mi parecer, si los descubrimientos de Kepler y de Newton, a consecuencia de ciertas combinaciones, no hubieran podido de ningún modo darse a conocer a la gente sino sacrificando la vida de uno, de diez, de cien y así sucesivamente, personas que estorbaran ese descubrimiento o se interpusieran en su camino como obstáculo, entonces Newton tendría derecho, e incluso estaría obligado… a eliminar a esas diez o cien personas, para dar a conocer sus descubrimientos a toda la humanidad. De esto, sin embargo, no se sigue en absoluto que Newton tuviera derecho a matar a quien se le antojara, al primero que pasara, o a robar todos los días en el mercado. Además, si recuerdo bien, desarrollo en mi artículo que todos… bueno, por ejemplo, los legisladores y fundadores de la humanidad, empezando por los más antiguos y siguiendo por los Licurgos, los Solones, los Mahomas, los Napoleones, etcétera, todos sin excepción fueron criminales, ya solo por el hecho de que, al dar una ley nueva, violaban con ello la antigua, sagradamente venerada por la sociedad y heredada de los padres, y desde luego no se detenían tampoco ante la sangre, siempre que la sangre (a veces completamente inocente y derramada heroicamente por la ley antigua) pudiera ayudarlos. Es incluso notable que la mayor parte de esos benefactores y fundadores de la humanidad fueron derramadores de sangre especialmente terribles. En una palabra, deduzco que todos, no solo los grandes, sino también los hombres que se salen apenas un poco de la rutina, es decir, que son apenas un poco capaces de decir algo nuevo, deben, por su naturaleza, ser sin falta criminales, más o menos, desde luego. Si no, les resulta difícil salir de la rutina, y quedarse en la rutina, desde luego, no pueden aceptarlo, otra vez por su naturaleza, y a mi parecer hasta están obligados a no aceptarlo. En una palabra, ve usted que hasta aquí no hay nada especialmente nuevo. Esto se ha impreso y leído mil veces. En cuanto a mi división de las personas en ordinarias y extraordinarias, admito que es algo arbitraria, pero tampoco insisto en cifras exactas. Solo creo en mi idea principal. Consiste precisamente en que las personas, por ley de la naturaleza, se dividen en general en dos categorías: la inferior (los ordinarios), es decir, por así decirlo, el material, que sirve únicamente para engendrar a sus semejantes, y las personas propiamente dichas, es decir, las que tienen el don o el talento de decir en su medio una palabra nueva. Las subdivisiones, desde luego, son infinitas, pero los rasgos distintivos de ambas categorías son bastante marcados: la primera categoría, es decir, el material, hablando en general, son personas conservadoras por naturaleza, formales, que viven en la obediencia y a las que les gusta obedecer. A mi parecer, están obligados a obedecer, porque ese es su destino, y en eso no hay absolutamente nada humillante para ellos. La segunda categoría: todos transgreden la ley, son destructores, o tienden a serlo, según sus capacidades. Los crímenes de estas personas, desde luego, son relativos y muy variados; en su mayoría exigen, en manifestaciones muy diversas, la destrucción de lo presente en nombre de algo mejor. Pero si para su idea necesita pasar aunque sea por encima de un cadáver, de la sangre, entonces él, dentro de sí, en conciencia, puede, a mi parecer, darse permiso para pasar por encima de la sangre, según la idea, sin embargo, y según sus dimensiones: tome nota de esto. Solo en este sentido hablo en mi artículo de su derecho al crimen. (Recordará usted que empezamos por una cuestión jurídica.) Por lo demás, no hay mucho de qué inquietarse: la masa casi nunca les reconoce ese derecho, los castiga y los ahorca (más o menos), y con eso, muy justamente, cumple su destino conservador, aunque en las generaciones siguientes esa misma masa pone a los castigados sobre un pedestal y los venera (más o menos). La primera categoría es siempre la dueña del presente; la segunda, la dueña del futuro. Los primeros conservan el mundo y lo multiplican en número; los segundos mueven el mundo y lo conducen a su fin. Unos y otros tienen exactamente el mismo derecho a existir. En una palabra, para mí todos tienen un derecho equivalente, y… vive la guerre éternelle!3, hasta la Nueva Jerusalén, desde luego.
—¿Así que de todos modos cree usted en la Nueva Jerusalén?
—Creo —respondió con firmeza Raskólnikov; al decirlo, y durante toda su larga tirada, había mirado al suelo, eligiéndose un punto en la alfombra.
—¿Y-y-y cree usted en Dios? Disculpe que sea tan curioso.
—Creo —repitió Raskólnikov, levantando los ojos hacia Porfiri.
—¿Y-y cree en la resurrección de Lázaro?
—Cre-creo. ¿Para qué quiere saber todo eso?
—¿Cree literalmente?
—Literalmente.
—Vaya, señor… era curiosidad. Disculpe, señor. Pero permítame, vuelvo a lo de antes: si no siempre los castigan; algunos, al contrario…
—¿Triunfan en vida? Oh, sí, algunos lo logran también en vida, y entonces…
—¿Empiezan ellos mismos a castigar?
—Si hace falta, y, ¿sabe?, hasta en la mayoría de los casos. En general su observación es ingeniosa.
—Le agradezco, señor. Pero dígame esto: ¿cómo distinguir a esos extraordinarios de los ordinarios? ¿Tienen señales así al nacer, o qué? Lo digo en el sentido de que aquí haría falta más precisión, por así decirlo, una determinación más exterior: disculpe en mí la inquietud natural de un hombre práctico y bienintencionado, ¿pero no se podría, por ejemplo, establecer una ropa especial, llevar algo, unas marcas, o algo así?… Porque, reconozca, si se produce una confusión y uno de una categoría se imagina que pertenece a la otra y empieza a «eliminar todos los obstáculos», como usted se expresó tan felizmente, entonces…
—¡Oh, eso ocurre muy a menudo! Esta observación suya es todavía más ingeniosa que la anterior…
—Le agradezco, señor…
—No hay de qué, señor; pero tenga en cuenta que el error solo es posible por parte de la primera categoría, es decir, de las personas «ordinarias» (como yo, quizá con muy poco acierto, las llamé). A pesar de su inclinación innata a la obediencia, por cierta travesura de la naturaleza, que no se le niega ni a una vaca, muchísimos de ellos gustan de imaginarse personas avanzadas, «destructores», y de meterse en la «palabra nueva», y eso con toda sinceridad, señor. A los verdaderamente nuevos, en cambio, a menudo no los notan e incluso los desprecian, como a gente atrasada y de pensamiento humillante. Pero, a mi parecer, aquí no puede haber un peligro considerable, y usted, de verdad, no tiene por qué inquietarse, porque ellos nunca dan pasos largos. Por el apasionamiento, desde luego, a veces se los podría azotar, para recordarles cuál es su lugar, pero nada más; aquí ni siquiera hace falta un verdugo: ellos mismos se azotarán, porque son muy bien educados; algunos se prestan ese servicio unos a otros, y otros se azotan a sí mismos con sus propias manos… Se imponen además distintas penitencias públicas: queda bonito y edificante; en una palabra, usted no tiene por qué inquietarse… Hay una ley así.
—Bueno, por lo menos por ese lado me ha tranquilizado usted un poco; pero ahí está otra vez el problema, señor: dígame, por favor, ¿hay muchas de esas personas que tienen derecho a degollar a las otras, de esos «extraordinarios»? Yo, desde luego, estoy dispuesto a inclinarme, pero reconozca que da miedo, señor, si llega a haber muchísimos, ¿eh?
—Oh, tampoco se inquiete por eso —prosiguió Raskólnikov en el mismo tono—. En general, personas con una idea nueva, incluso apenas un poco capaces de decir algo nuevo, nacen extraordinariamente pocas, incluso extrañamente pocas. Solo una cosa está clara: que el orden en que nacen las personas, todas esas categorías y subdivisiones, debe de estar muy fiel y exactamente determinado por alguna ley de la naturaleza. Esa ley, desde luego, ahora es desconocida, pero yo creo que existe y que más adelante puede llegar a ser conocida. La enorme masa de la gente, el material, existe en el mundo solo para que, por fin, mediante algún esfuerzo, mediante algún proceso hasta ahora misterioso, mediante algún cruce de linajes y razas, haga fuerza y dé por fin a luz, bueno, aunque sea uno de cada mil, a un hombre algo independiente. Con una independencia todavía más amplia nace, quizá, uno de cada diez mil (hablo aproximadamente, para que se vea). Con una todavía más amplia, uno de cada cien mil. Los hombres geniales, uno de cada millones, y los grandes genios, los que coronan la humanidad, quizá después de que hayan pasado por la tierra muchos miles de millones de personas. En una palabra, en la retorta en que ocurre todo esto no me he asomado. Pero una ley determinada sin duda existe y debe existir; aquí no puede haber azar.
—¿Pero qué les pasa a los dos, están bromeando, o qué? —exclamó por fin Razumíjin—. ¿Se están tomando el pelo o no? ¡Están ahí sentados y uno se burla del otro! ¿Lo dices en serio, Rodia?
Raskólnikov levantó hacia él en silencio su cara pálida y casi triste, y no respondió nada. Y a Razumíjin le pareció extraña, al lado de esa cara callada y triste, la mordacidad indisimulada, insistente, irritante y descortés de Porfiri.
—Bueno, hermano, si de verdad es en serio, entonces… Tú, desde luego, tienes razón al decir que eso no es nuevo y se parece a todo lo que hemos leído y oído mil veces; pero lo que de verdad es original en todo esto, y lo que de verdad te pertenece solo a ti, para mi horror, es que de todos modos permites la sangre en conciencia, y, perdóname, hasta con semejante fanatismo… Entonces en eso consiste la idea principal de tu artículo. Porque ese permiso de la sangre en conciencia, eso… eso, a mi parecer, es más terrible que un permiso oficial, legal, para derramar sangre…
—Completamente justo: más terrible, señor —respondió Porfiri.
—¡No, de algún modo te dejaste llevar! Aquí hay un error. Lo leeré… ¡Te dejaste llevar! No puedes pensar así… Lo leeré.
—En el artículo no está todo eso, solo hay sugerencias —dijo Raskólnikov.
—Así es, así es —Porfiri no podía quedarse quieto—. Ahora casi me quedó claro cómo se digna usted ver el crimen, pero… disculpe mi insistencia (lo molesto demasiado, ¡a mí mismo me da vergüenza!): verá usted, señor, hace un rato me tranquilizó mucho, señor, en cuanto a los casos erróneos de confusión entre las dos categorías, pero… ¡me vuelven a inquietar los distintos casos prácticos! ¿Y si algún hombre, o algún joven, se imagina que es un Licurgo o un Mahoma… futuro, desde luego, y se pone a eliminar para ello todos los obstáculos? Le espera, dirá, una larga campaña, y para la campaña hace falta dinero… y empieza a conseguirse dinero para la campaña… ¿sabe?
Zamétov soltó de pronto un resoplido desde su rincón. Raskólnikov ni siquiera levantó los ojos hacia él.
—Debo admitir —respondió tranquilo— que casos así de verdad tienen que darse. Los tontitos y los vanidosos, sobre todo, caen en ese anzuelo; la juventud, en especial.
—¿Ya ve, señor? ¿Y entonces qué, señor?
—Pues nada —sonrió Raskólnikov—: no es culpa mía. Así es y así será siempre. Este (señaló con la cabeza a Razumíjin) decía hace un momento que yo permito la sangre. ¿Y qué? La sociedad está demasiado bien provista de destierros, cárceles, jueces de instrucción, presidios: ¿de qué inquietarse? ¡Y busquen al ladrón!…
—¿Y si lo encontramos?
—Se lo tendrá merecido.
—Usted es lógico, de todos modos. Bien, señor, ¿y en cuanto a su conciencia?
—¿Y a usted qué le importa?
—Pues así, por humanidad, señor.
—El que la tenga, que sufra, si reconoce el error. Ese es su castigo, además del presidio.
—¿Y los verdaderamente geniales —preguntó Razumíjin, frunciendo el ceño—, esos a los que se les ha dado el derecho de degollar, esos ya no deben sufrir en absoluto, ni siquiera por la sangre derramada?
—¿Para qué la palabra «deben»? Aquí no hay ni permiso ni prohibición. Que sufra, si le da lástima la víctima… El sufrimiento y el dolor son siempre obligatorios para una conciencia amplia y un corazón profundo. Los hombres verdaderamente grandes, me parece, deben sentir en el mundo una gran tristeza —añadió de pronto, pensativo, incluso fuera del tono de la conversación.
Levantó los ojos, miró pensativo a todos, sonrió y tomó la gorra. Estaba demasiado tranquilo en comparación con cómo había entrado hacía un rato, y lo sentía. Todos se levantaron.
—Bueno, señor, insúlteme o no, enójese o no, pero no puedo contenerme —concluyó otra vez Porfiri Petróvich—: permítame una preguntita más (¡lo estoy molestando demasiado, señor!), solo una ideíta pequeña que quería deslizar, únicamente para no olvidarla, señor…
—Bueno, diga su ideíta —esperaba de pie ante él, serio y pálido, Raskólnikov.
—Pues verá, señor… de verdad, no sé cómo expresarlo mejor… la ideíta es demasiado juguetona… psicológica, señor… Pues verá, señor, cuando usted escribía su articulito, no puede ser, ¡je, je!, que usted mismo no se considerara, aunque sea una gotita, también un hombre «extraordinario» y que dice una palabra nueva, en su sentido, es decir, señor… ¿No es así, señor?
—Es muy posible —respondió con desprecio Raskólnikov.
Razumíjin hizo un movimiento.
—Y si es así, señor, ¿es posible que usted mismo se decidiera (bueno, en vista de algunos fracasos y apuros de la vida o para contribuir de algún modo al bien de toda la humanidad) a pasar por encima del obstáculo?… Bueno, por ejemplo, ¿a matar y robar?…
Y de pronto, de algún modo, volvió a guiñarle el ojo izquierdo y se rió sin ruido, exactamente como hacía un rato.
—Si yo hubiera pasado por encima, desde luego no se lo diría a usted —respondió Raskólnikov con un desprecio desafiante, altivo.
—No, señor, es que solo me interesa así, propiamente para comprender su artículo, solo en el aspecto literario, señor…
«¡Uf, qué evidente y qué insolente es esto!», pensó con repugnancia Raskólnikov.
—Permítame observarle —respondió secamente— que no me considero un Mahoma ni un Napoleón… ni ninguna persona por el estilo, y por lo tanto no puedo, no siéndolo, darle una explicación satisfactoria de cómo actuaría yo.
—¡Bueno, basta! ¿Quién en nuestra Rusia no se considera ahora un Napoleón? —dijo de pronto Porfiri con una familiaridad terrible. Hasta en la entonación de su voz había esta vez algo especialmente claro.
—¿No habrá sido algún Napoleón futuro el que despachó la semana pasada con un hacha a nuestra Aliona Ivánovna? —soltó de pronto Zamétov desde el rincón.
Raskólnikov callaba y miraba fija y firmemente a Porfiri. Razumíjin frunció el ceño, sombrío. Ya antes había empezado a parecerle algo. Miró alrededor con ira. Pasó un minuto de silencio sombrío. Raskólnikov se volvió para irse.
—¡Ya se va! —dijo cariñosamente Porfiri, tendiéndole la mano con extraordinaria amabilidad—. Muy, muy contento de conocerlo. Y en cuanto a su solicitud, no tenga ninguna duda. Escríbalo tal cual, como le dije. O, mejor todavía, venga a verme allá usted mismo… algún día de estos… aunque sea mañana. Estaré allí a eso de las once, seguro. Lo arreglaremos todo… hablaremos… Usted, como uno de los últimos que estuvieron allí, quizá podría decirnos algo… —añadió con el aire más bonachón.
—¿Quiere interrogarme oficialmente, con todo el aparato? —preguntó con brusquedad Raskólnikov.
—¿Para qué, señor? Por ahora eso no se requiere en absoluto. No me entendió bien. Yo, verá usted, no dejo pasar ninguna ocasión y… y ya he hablado con todos los que empeñaban… a algunos les tomé declaración… y usted, como el último… ¡Ah, a propósito! —exclamó, alegrándose de pronto de algo—. ¡A propósito me acordé, qué cabeza la mía!… —Se volvió hacia Razumíjin—. Tú me estuviste machacando los oídos aquella vez con ese Nikolashka… pues yo mismo lo sé, yo mismo lo sé —se volvió hacia Raskólnikov— que el muchacho es inocente, ¿pero qué se le va a hacer?, también tuve que molestar a Mitka… de eso se trata, señor, toda la esencia, señor: al pasar aquella vez por la escalera… permítame: ¿usted estuvo allí pasadas las siete, señor?
—Pasadas las siete —respondió Raskólnikov, sintiendo desagradablemente en el mismo segundo que podía no haberlo dicho.
—Pues al pasar, pasadas las siete, señor, por la escalera, ¿no vio usted, en el segundo piso, en la vivienda abierta (¿se acuerda?), a dos obreros, o por lo menos a uno de ellos? Pintaban allí; ¿no los notó? ¡Esto es muy, muy importante para ellos!…
—¿Pintores? No, no los vi… —respondió Raskólnikov despacio y como hurgando en sus recuerdos, tensándose en ese mismo instante con todo su ser y quedándose sin aliento del tormento por adivinar cuanto antes dónde estaba exactamente la trampa y no pasar nada por alto—. No, no los vi, y tampoco noté una vivienda así, abierta… pero en el cuarto piso (ya dominaba por completo la trampa y triunfaba), eso sí, recuerdo que un funcionario se mudaba de una vivienda… enfrente de la de Aliona Ivánovna… me acuerdo… eso lo recuerdo claramente… unos soldados sacaban un sofá y me aplastaron contra la pared… pero pintores, no, no recuerdo que hubiera pintores… y vivienda abierta, me parece, no había en ningún lado. Sí; no había…
—¿Pero qué te pasa? —gritó de pronto Razumíjin, como volviendo en sí y comprendiendo—. ¡Si los pintores pintaban el mismo día del asesinato, y él estuvo allí tres días antes! ¿Qué le preguntas?
—¡Uf! ¡Lo mezclé! —se golpeó la frente Porfiri—. ¡Diablos, con este asunto se me va la cabeza! —se dirigió, como disculpándose incluso, a Raskólnikov—. Nos importa tanto saber si alguien los vio, pasadas las siete, en la vivienda, que se me ocurrió ahora mismo que usted también podría decirlo… ¡lo mezclé todo!
—Pues hay que prestar más atención —observó sombrío Razumíjin.
Las últimas palabras se dijeron ya en el recibidor. Porfiri Petróvich los acompañó hasta la puerta misma con extraordinaria amabilidad. Los dos salieron a la calle sombríos y ceñudos, y durante unos pasos no dijeron una palabra. Raskólnikov respiró hondo…