Capítulo 14
Segunda parte. Capítulo VII
Crimen y castigo · Fiódor Dostoyevski
Crimen y castigoEn medio de la calle había un carruaje, elegante y señorial, tirado por un par de caballos grises fogosos; no tenía pasajeros, y el propio cochero, que había bajado del pescante, estaba de pie al lado; sujetaban a los caballos por las bridas. Alrededor se apiñaba muchísima gente, y delante de todos, los policías. Uno de ellos tenía en la mano un farolito encendido, con el que, agachándose, iluminaba algo en la calzada, justo junto a las ruedas. Todos hablaban, gritaban, se lamentaban; el cochero parecía perplejo y de vez en cuando repetía:
—¡Qué desgracia! ¡Señor, qué desgracia!
Raskólnikov se abrió paso como pudo y vio por fin el objeto de todo aquel ajetreo y aquella curiosidad. En el suelo yacía un hombre al que los caballos acababan de atropellar, al parecer sin sentido, muy mal vestido, pero con ropa de «gente decente», todo ensangrentado. De la cara, de la cabeza, le corría la sangre; la cara estaba toda golpeada, desollada, desfigurada. Se veía que lo habían atropellado de verdad.
—¡Padrecitos! —se lamentaba el cochero—. ¡Cómo iba a verlo! Si yo hubiera ido a todo galope o no le hubiera gritado, pero iba sin prisa, parejo. Todos lo vieron: si la gente miente, yo también. El borracho no le pone velas a nadie, ¡ya se sabe!… Lo veo cruzando la calle, tambaleándose, casi cayéndose; le grité una vez, y otra, y una tercera, y frené los caballos; ¡y él se tiró derechito bajo sus patas! Si lo hizo a propósito, o si estaba muy borracho… Los caballos son jóvenes, asustadizos, dieron un tirón, y él gritó, y ellos todavía más… y ahí está la desgracia.
—¡Así como lo dice fue! —se oyó en la multitud la voz de un testigo.
—Gritar, gritó, es verdad, le gritó tres veces —respondió otra voz.
—¡Justo tres veces, todos lo oyeron! —gritó un tercero.
Por lo demás, el cochero no estaba muy abatido ni asustado. Se veía que el coche pertenecía a un dueño rico e importante, que esperaba su llegada en algún lugar; los policías, desde luego, se preocupaban no poco de cómo arreglar esta última circunstancia. Había que llevar al atropellado a la comisaría y al hospital. Nadie sabía su nombre.
Mientras tanto Raskólnikov se abrió paso y se inclinó todavía más cerca. De pronto el farolito iluminó con viveza la cara del desdichado; lo reconoció.
—¡Lo conozco, lo conozco! —gritó, abriéndose paso hasta delante del todo—. ¡Es un funcionario, retirado, consejero titular, Marmeládov! Vive aquí, al lado, en la casa de Kozel… ¡Un médico, rápido! Yo pago, ¡aquí está! —Sacó dinero del bolsillo y se lo mostró al policía. Estaba asombrosamente agitado.
Los policías se alegraron de saber quién era el atropellado. Raskólnikov dio también su propio nombre, su dirección, y con todas sus fuerzas, como si se tratara de su propio padre, insistía en que llevaran cuanto antes al inconsciente Marmeládov a su vivienda.
—Aquí mismo, a tres casas —se afanaba—, la casa de Kozel, un alemán, rico… Seguramente ahora volvía borracho a casa. Lo conozco… Es un borracho… Allí tiene a su familia, su mujer, sus hijos, tiene una hija. Hasta que lo lleven al hospital… y aquí seguramente en la misma casa hay un médico. ¡Yo pago, yo pago!… De todos modos lo cuidarán los suyos, lo ayudarán enseguida, y si no, se va a morir antes de llegar al hospital…
Hasta alcanzó a ponerle algo en la mano sin que se notara; el asunto, por lo demás, era claro y legal, y en todo caso allí la ayuda estaba más cerca. Levantaron al atropellado y lo llevaron; aparecieron ayudantes. La casa de Kozel estaba a unos treinta pasos. Raskólnikov iba detrás, le sostenía con cuidado la cabeza y mostraba el camino.
—¡Por aquí, por aquí! Por la escalera hay que subirlo con la cabeza para arriba; denle la vuelta… ¡así! Yo pago, se lo agradeceré —murmuraba.
Katerina Ivánovna, como siempre, en cuanto tenía un minuto libre, enseguida se ponía a andar de un lado a otro por su pequeña habitación, de la ventana a la estufa y de vuelta, con los brazos bien cruzados sobre el pecho, hablando sola y tosiendo. En los últimos tiempos había empezado a hablar cada vez más a menudo y más tiempo con su hija mayor, Pólenka, de diez años, que, aunque todavía no entendía muchas cosas, había entendido muy bien que su madre la necesitaba, y por eso siempre la seguía con sus grandes ojitos inteligentes y hacía todo lo posible por fingir que lo entendía todo. Esta vez Pólenka estaba desvistiendo a su hermanito, que había estado indispuesto todo el día, para acostarlo. Mientras esperaba que le cambiaran la camisa, que había que lavar esa misma noche, el niño estaba sentado en una silla, callado, con cara seria, derecho e inmóvil, con las piernitas estiradas hacia delante, bien juntas, los talones hacia el público y las puntas separadas. Escuchaba lo que hablaban mamá y su hermanita, con los labios fruncidos, los ojitos muy abiertos y sin moverse, exactamente como suelen tener que sentarse todos los niños inteligentes cuando los desvisten para irse a dormir. Una niña todavía más pequeña que él, completamente en harapos, estaba de pie junto al biombo esperando su turno. La puerta de la escalera estaba abierta, para protegerse aunque fuera un poco de las oleadas de humo de tabaco que irrumpían desde las otras habitaciones y a cada momento hacían toser larga y dolorosamente a la pobre tísica. Katerina Ivánovna parecía haber adelgazado todavía más esa semana, y las manchas rojas de las mejillas le ardían todavía más que antes.
—No lo vas a creer, no te puedes ni imaginar, Pólenka —decía, andando por la habitación—, qué alegre y qué espléndidamente vivíamos en casa de papá, ¡y cómo este borracho me ha arruinado a mí y los va a arruinar a todos ustedes! Papá era coronel civil1 y ya casi gobernador; solo le faltaba un pasito, de modo que todos iban a visitarlo y le decían: «Nosotros ya lo consideramos, Iván Mijáilych, nuestro gobernador». Cuando yo… ¡kje! cuando yo… ¡kje, kje, kje!… ¡oh, vida tres veces maldita! —exclamó, escupiendo una flema y llevándose la mano al pecho—. Cuando yo… ah, cuando en el último baile… en casa del mariscal de la nobleza2… me vio la princesa Bezzemélnaia3, que después me bendijo cuando me casé con tu papá, Polia, preguntó enseguida: «¿No es esa la encantadora muchacha que bailó con el chal en la graduación?»… (Hay que coser ese desgarrón; deberías tomar la aguja y zurcirlo ahora mismo, como te enseñé, porque si no, mañana… ¡kje! mañana… ¡kje, kje, kje!… ¡se rom-pe-rá más! —gritó, desgañitándose)… Entonces acababa de llegar de Petersburgo el gentilhombre de cámara príncipe Shchegolskói… bailó conmigo una mazurca y al día siguiente mismo quería venir a pedir mi mano; pero yo misma se lo agradecí con expresiones halagadoras y le dije que mi corazón hacía tiempo que pertenecía a otro. Ese otro era tu padre, Polia; papá se enojó terriblemente… ¿Y el agua está lista? Bueno, dame la camisita; ¿y las mediecitas?… Lida —se dirigió a su hija pequeña—, tú duerme así esta noche, sin camisa; de algún modo… y deja las mediecitas al lado… Se lavan de paso… ¡Por qué no viene ese harapiento, ese borracho! Ha gastado la camisa como un trapo de cocina, la ha roto toda… ¡Mejor todo de una vez, para no atormentarse dos noches seguidas! ¡Señor! ¡Kje, kje, kje, kje! ¡Otra vez! ¿Qué es esto? —exclamó, mirando a la multitud en el zaguán y a la gente que se abría paso hacia su habitación con una especie de carga—. ¿Qué es esto? ¿Qué traen? ¡Señor!
—¿Dónde lo ponemos? —preguntaba un policía, mirando alrededor, cuando ya habían metido en la habitación al ensangrentado e inconsciente Marmeládov.
—¡En el sofá! Pónganlo directamente en el sofá, la cabeza aquí —indicaba Raskólnikov.
—¡Lo atropellaron en la calle! ¡Borracho! —gritó alguien desde el zaguán.
Katerina Ivánovna estaba de pie, toda pálida, y respiraba con dificultad. Los niños se asustaron. La pequeña Lídochka gritó, se lanzó hacia Pólenka, la abrazó y se puso a temblar entera.
Después de acostar a Marmeládov, Raskólnikov se lanzó hacia Katerina Ivánovna:
—¡Por Dios, cálmese, no se asuste! —decía atropelladamente—. Cruzaba la calle, lo atropelló un coche, no se preocupe, volverá en sí, mandé que lo trajeran aquí… estuve en su casa, ¿se acuerda?… ¡Volverá en sí, yo pago!
—¡Ya lo consiguió! —exclamó desesperada Katerina Ivánovna, y se lanzó hacia su marido.
Raskólnikov notó pronto que esa mujer no era de las que se desmayan enseguida. En un instante, bajo la cabeza del desdichado apareció una almohada, en la que nadie había pensado todavía; Katerina Ivánovna empezó a desvestirlo, a examinarlo; se afanaba y no perdía la cabeza, olvidada de sí misma, mordiéndose los labios temblorosos y ahogando los gritos que estaban a punto de salirle del pecho.
Mientras tanto Raskólnikov convenció a alguien de que corriera a buscar un médico. El médico, según resultó, vivía en la casa de al lado.
—Mandé a buscar a un médico —le repetía a Katerina Ivánovna—, no se preocupe, yo pago. ¿No hay agua?… Y deme una servilleta, una toalla, algo, rápido; todavía no se sabe cómo está herido… Está herido, no muerto, esté segura… ¡A ver qué dice el médico!
Katerina Ivánovna se precipitó hacia la ventana; allí, en una silla hundida, en el rincón, había una gran palangana de barro con agua, preparada para el lavado nocturno de la ropa de los niños y del marido. Ese lavado nocturno lo hacía la propia Katerina Ivánovna, con sus propias manos, por lo menos dos veces por semana, y a veces más a menudo, porque habían llegado a tal punto que ya casi no tenían ropa para cambiarse, y cada miembro de la familia tenía una sola muda, y Katerina Ivánovna no podía soportar la suciedad y prefería atormentarse por las noches, más allá de sus fuerzas, cuando todos dormían, para alcanzar a secar para la mañana la ropa mojada en una cuerda tendida y dar ropa limpia, antes que ver mugre en la casa. Agarró la palangana para llevarla, como pedía Raskólnikov, pero casi se cayó con la carga. Pero este ya había encontrado una toalla, la mojó en el agua y empezó a lavar la cara ensangrentada de Marmeládov. Katerina Ivánovna estaba allí mismo de pie, respirando con dolor y sosteniéndose el pecho con las manos. Ella misma necesitaba ayuda. Raskólnikov empezó a comprender que quizá había hecho mal en convencerlos de que trajeran allí al atropellado. El guardia también estaba de pie, perplejo.
—¡Polia! —gritó Katerina Ivánovna—. Corre a casa de Sonia, rápido. Si no la encuentras en casa, da igual, di que a su padre lo atropellaron los caballos y que venga enseguida… en cuanto vuelva. ¡Rápido, Polia! ¡Toma, tápate con el pañuelo!
—¡Code con toda tu fuedza! —gritó de pronto el niño desde la silla, y dicho esto volvió a hundirse en su anterior posición silenciosa y erguida en la silla, con los ojitos muy abiertos, los talones hacia delante y las puntas separadas.
Mientras tanto la habitación se llenó tanto que no cabía un alfiler. Los policías se fueron, salvo uno, que se quedó un tiempo y procuraba echar de vuelta a la escalera al público que había entrado desde la escalera. En cambio, de las habitaciones interiores salieron casi todos los inquilinos de la señora Lippewechsel, y al principio se apiñaban solo en la puerta, pero después irrumpieron en tropel en la habitación misma. Katerina Ivánovna se puso frenética.
—¡Al menos déjenlo morir en paz! —les gritó a todos—. ¡Qué espectáculo han encontrado! ¡Con cigarrillos! ¡Kje, kje, kje! ¡Entren con sombrero, encima!… Y hay uno con sombrero… ¡Fuera! ¡Al menos tengan respeto por un cuerpo moribundo!
La tos la ahogó, pero la intimidación surtió efecto. A Katerina Ivánovna, evidentemente, hasta le tenían algo de miedo; los inquilinos, uno tras otro, se abrieron paso de vuelta hacia la puerta con esa extraña sensación interior de satisfacción que siempre se observa, incluso en las personas más cercanas, ante una desgracia repentina del prójimo, y de la que no está libre ningún hombre, sin excepción, pese incluso al sentimiento más sincero de lástima y compasión.
Detrás de la puerta, por lo demás, se oyeron voces que hablaban del hospital y de que allí no convenía molestar en vano.
—¡Lo que no conviene es morirse! —gritó Katerina Ivánovna, y ya se lanzaba a abrir la puerta para estallar contra ellos con todo un trueno, pero en la puerta chocó con la propia señora Lippewechsel, que acababa de enterarse de la desgracia y había venido corriendo a poner orden. Era una alemana extraordinariamente pendenciera y desordenada.
—¡Ay, Dios mío! —juntó las manos—. Su marido borracho el caballo lo pisoteó. ¡Al hospital él! ¡Yo es la dueña!
—¡Amalia Liúdvigovna! Le ruego que recuerde lo que dice —empezó Katerina Ivánovna con altivez (con la casera siempre hablaba en tono altivo, para que esta «supiera cuál era su lugar», y ni siquiera ahora podía negarse ese placer)—, Amalia Liúdvigovna…
—Yo le ha dicho una vez para siempre que usted nunca se atreve decirme Amal Liúdvigovna; ¡yo es Amal-Iván!
—Usted no es Amal-Iván, sino Amalia Liúdvigovna, y como yo no pertenezco a sus viles aduladores, como el señor Lebeziátnikov, que ahora se ríe detrás de la puerta (detrás de la puerta, en efecto, se oyó una risa y un grito: «¡Ya se agarraron!»), siempre la llamaré Amalia Liúdvigovna, aunque decididamente no puedo entender por qué no le gusta ese nombre. Usted misma ve lo que le ha pasado a Semión Zajárovich; se está muriendo. Le ruego que cierre ahora mismo esa puerta y no deje entrar a nadie. ¡Al menos déjenlo morir en paz! De lo contrario, le aseguro que mañana mismo su comportamiento será conocido por el propio gobernador general. El príncipe me conoció ya de soltera y recuerda muy bien a Semión Zajárovich, a quien favoreció muchas veces. Todos saben que Semión Zajárovich tenía muchos amigos y protectores, a los que él mismo abandonó por un noble orgullo, sintiendo su desdichada debilidad, pero ahora (señaló a Raskólnikov) nos ayuda un joven generoso, que tiene medios y relaciones, y al que Semión Zajárovich conocía ya de niño, y esté segura, Amalia Liúdvigovna…
Todo esto lo dijo con extraordinaria rapidez, cada vez más deprisa, pero la tos cortó de golpe la elocuencia de Katerina Ivánovna. En ese momento el moribundo volvió en sí y gimió, y ella corrió hacia él. El enfermo abrió los ojos y, todavía sin reconocer ni entender, se puso a mirar a Raskólnikov, que estaba de pie junto a él. Respiraba con dificultad, hondo y de vez en cuando; en las comisuras de los labios le había brotado sangre; el sudor le cubría la frente. Sin reconocer a Raskólnikov, empezó a pasear inquieto la mirada. Katerina Ivánovna lo miraba con una mirada triste pero severa, y de los ojos le corrían lágrimas.
—¡Dios mío! ¡Tiene todo el pecho aplastado! ¡Cuánta sangre, cuánta sangre! —dijo desesperada—. ¡Hay que quitarle toda la ropa de encima! Vuélvete un poco, Semión Zajárovich, si puedes —le gritó.
Marmeládov la reconoció.
—¡Un sacerdote! —dijo con voz ronca.
Katerina Ivánovna se apartó hacia la ventana, apoyó la frente en el marco y exclamó desesperada:
—¡Oh, vida tres veces maldita!
—¡Un sacerdote! —volvió a decir el moribundo tras un minuto de silencio.
—¡Ya mandé a buscarlo-o-o! —le gritó Katerina Ivánovna; él obedeció el grito y se calló. Con una mirada tímida, angustiada, la buscaba con los ojos; ella volvió junto a él y se puso a la cabecera. Él se tranquilizó un poco, pero no por mucho tiempo. Pronto sus ojos se detuvieron en la pequeña Lídochka (su preferida), que temblaba en el rincón, como en un ataque, y lo miraba con sus ojos asombrados, fijos como los de los niños.
—Ah… ah… —la señalaba con inquietud. Quería decir algo.
—¿Qué más? —gritó Katerina Ivánovna.
—¡Descalcita! ¡Descalcita! —murmuraba él, señalando con una mirada de loco los piececitos descalzos de la niña.
—¡Cálla-a-ate! —gritó irritada Katerina Ivánovna—. ¡Tú sabes muy bien por qué está descalcita!
—¡Gracias a Dios, el médico! —gritó Raskólnikov, contento.
Entró el médico, un viejecito pulcro, alemán, mirando alrededor con aire desconfiado; se acercó al enfermo, le tomó el pulso, le palpó con atención la cabeza y, con ayuda de Katerina Ivánovna, desabrochó la camisa empapada de sangre y le descubrió el pecho al enfermo. Todo el pecho estaba desfigurado, aplastado, desgarrado; varias costillas del lado derecho estaban rotas. En el lado izquierdo, justo sobre el corazón, había una mancha siniestra, grande, de un negro amarillento: una coz feroz. El médico frunció el ceño. El policía le contó que al atropellado lo había enganchado la rueda y lo había arrastrado, dando vueltas, unos treinta pasos por la calzada.
—Es asombroso que haya vuelto en sí —le susurró en voz baja el médico a Raskólnikov.
—¿Qué dice usted? —preguntó este.
—Morirá enseguida.
—¿Es posible que no haya ninguna esperanza?
—¡Ni la más mínima! Está dando el último suspiro… Además la cabeza está herida de mucho peligro… Hm. Quizá se pueda sangrar… pero… será inútil. Dentro de cinco o diez minutos morirá sin falta.
—¡Entonces mejor sángrelo!
—Bueno… Aunque le prevengo que será completamente inútil.
En ese momento se oyeron más pasos, la multitud del zaguán se abrió, y en el umbral apareció un sacerdote con el viático, un viejecito canoso. Detrás de él venía un policía, que lo había ido a buscar a la calle. El médico enseguida le cedió el lugar e intercambió con él una mirada significativa. Raskólnikov le rogó al médico que esperara aunque fuera un poco. Este se encogió de hombros y se quedó.
Todos se apartaron. La confesión duró muy poco. El moribundo difícilmente entendía bien nada; solo podía pronunciar sonidos entrecortados, confusos. Katerina Ivánovna tomó a Lídochka, bajó de la silla al niño y, apartándose al rincón junto a la estufa, se arrodilló y puso a los niños de rodillas delante de ella. La niña no hacía más que temblar; el niño, en cambio, arrodillado sobre sus rodillitas desnudas, levantaba acompasadamente la manita, se santiguaba con la señal de la cruz completa y se inclinaba hasta el suelo, golpeándolo con la frente, lo que, por lo visto, le producía un placer especial. Katerina Ivánovna se mordía los labios y contenía las lágrimas; también ella rezaba, arreglándole de vez en cuando la camisita al niño, y alcanzó a echar sobre los hombros demasiado desnudos de la niña una pañoleta que sacó de la cómoda sin levantarse de las rodillas y sin dejar de rezar. Mientras tanto las puertas de las habitaciones interiores volvieron a abrirse por los curiosos. En el zaguán, en cambio, se apretujaban cada vez más los espectadores, inquilinos de toda la escalera, sin cruzar, sin embargo, el umbral de la habitación. Un solo cabo de vela iluminaba toda la escena.
En ese momento, desde el zaguán, a través de la multitud, se abrió paso rápidamente Pólenka, que había ido corriendo a buscar a su hermana. Entró, respirando apenas por la carrera, se quitó el pañuelo, buscó con los ojos a su madre, se acercó a ella y dijo: «¡Ya viene! ¡La encontré en la calle!». La madre la hizo arrodillarse y la puso a su lado. Entre la multitud, sin ruido y tímidamente, se abrió paso una muchacha, y era extraña su repentina aparición en esa habitación, en medio de la miseria, los harapos, la muerte y la desesperación. También ella iba en harapos; su atuendo era barato, pero adornado a la manera callejera, según el gusto y las reglas que se habían formado en su mundo particular, con un propósito vistosa y vergonzosamente evidente. Sonia se detuvo en el zaguán, justo en el umbral, pero no lo cruzaba, y miraba como perdida, sin darse cuenta, al parecer, de nada, olvidada de su vestido de seda de color, comprado de cuarta mano, indecente allí, con una cola larguísima y ridícula, y de la inmensa crinolina, que tapaba toda la puerta, y de los botines claros, y de la sombrilla, inútil de noche, pero que había traído consigo, y del ridículo sombrerito redondo de paja con una pluma vistosa color fuego. Bajo ese sombrerito, puesto ladeado como el de un muchacho, asomaba una carita delgada, pálida y asustada, con la boca abierta y los ojos inmóviles de horror. Sonia era de baja estatura, de unos dieciocho años, delgadita, pero una rubia bastante bonita, con unos ojos azules notables. Miraba fijamente la cama, al sacerdote; también ella se ahogaba por haber caminado tan rápido. Por fin los cuchicheos, algunas palabras de la multitud, probablemente le llegaron. Bajó los ojos, dio un paso por encima del umbral y se quedó en la habitación, pero otra vez justo en la puerta.
La confesión y la comunión terminaron. Katerina Ivánovna volvió a acercarse a la cama de su marido. El sacerdote se apartó y, al irse, se volvió para decirle a Katerina Ivánovna un par de palabras de despedida y consuelo.
—¿Y dónde meto yo a estos? —lo interrumpió ella, brusca e irritada, señalando a los pequeños.
—Dios es misericordioso; confíe en la ayuda del Altísimo —empezó el sacerdote.
—¡Eh! ¡Misericordioso, pero no con nosotros!
—Eso es pecado, pecado, señora —observó el sacerdote, meneando la cabeza.
—¿Y esto no es pecado? —gritó Katerina Ivánovna, señalando al moribundo.
—Quizá aquellos que fueron la causa involuntaria accedan a resarcirla, aunque sea por la pérdida de ingresos…
—¡No me entiende usted! —gritó irritada Katerina Ivánovna, haciendo un gesto con la mano—. ¿Y por qué resarcir? ¡Si él mismo, borracho, se metió bajo los caballos! ¿Qué ingresos? De él no había ingresos, sino solo tormento. Si él, borracho, se lo bebía todo. ¡Nos robaba y lo llevaba a la tasca, y su vida y la mía las consumió en la tasca! ¡Y gracias a Dios que se muere! ¡Menos pérdidas!
—Habría que perdonar en la hora de la muerte, y esto es pecado, señora; ¡semejantes sentimientos son un gran pecado!
Katerina Ivánovna se afanaba alrededor del enfermo, le daba de beber, le secaba el sudor y la sangre de la cabeza, le arreglaba las almohadas y hablaba con el sacerdote, alcanzando a volverse hacia él de vez en cuando, entre una cosa y otra. Pero ahora se lanzó de pronto contra él casi frenética.
—¡Eh, padrecito! ¡Palabras y nada más que palabras! ¡Perdonar! Si hoy hubiera llegado borracho, si no lo hubieran atropellado, con una sola camisa encima, toda gastada y hecha jirones, se habría tirado a roncar, y yo me habría pasado hasta el amanecer chapoteando en el agua, lavando sus andrajos y los de los niños, y después los habría secado en la ventana, y enseguida, en cuanto amaneciera, me habría sentado a zurcir: ¡esa es mi noche!… ¡Así que para qué hablar de perdón! ¡Y aun así lo perdoné!
Una tos profunda, terrible, cortó sus palabras. Escupió en el pañuelo y se lo mostró al sacerdote, sosteniéndose con dolor el pecho con la otra mano. El pañuelo estaba todo ensangrentado…
El sacerdote bajó la cabeza y no dijo nada.
Marmeládov estaba en la última agonía; no apartaba los ojos de la cara de Katerina Ivánovna, que otra vez se había inclinado sobre él. No dejaba de querer decirle algo; hasta empezó, moviendo la lengua con esfuerzo y pronunciando las palabras de manera confusa, pero Katerina Ivánovna, que entendió que quería pedirle perdón, enseguida le gritó imperiosamente:
—¡Cálla-a-ate! ¡No hace falta!… ¡Sé lo que quieres decir!… —Y el enfermo se calló; pero en ese mismo momento su mirada errante cayó sobre la puerta, y vio a Sonia…
Hasta entonces no la había notado: estaba en el rincón y en la sombra.
—¿Quién es? ¿Quién es? —dijo de pronto con voz ronca, ahogada, todo alarmado, señalando con horror con los ojos la puerta donde estaba su hija, y esforzándose por incorporarse.
—¡Quédate acostado! ¡Quédate acosta-a-ado! —estuvo a punto de gritar Katerina Ivánovna.
Pero él, con un esfuerzo antinatural, alcanzó a apoyarse en el brazo. Miró un rato a su hija con extrañeza e inmovilidad, como si no la reconociera. Y es que nunca la había visto con semejante vestimenta. De pronto la reconoció, humillada, aniquilada, emperifollada y avergonzada, esperando humildemente su turno para despedirse de su padre moribundo. Un sufrimiento infinito se pintó en su cara.
—¡Sonia! ¡Hija! ¡Perdóname! —gritó, y quiso tenderle la mano, pero, perdiendo el apoyo, resbaló y se desplomó del sofá, de cara al suelo; se lanzaron a levantarlo, lo acostaron, pero ya se estaba yendo. Sonia gritó débilmente, corrió, lo abrazó y se quedó inmóvil en ese abrazo. Él murió en sus brazos.
—¡Se salió con la suya! —gritó Katerina Ivánovna al ver el cadáver de su marido—. ¡Y ahora qué hago! ¡Con qué lo voy a enterrar! ¿Y a estos, a estos, con qué les doy de comer mañana?
Raskólnikov se acercó a Katerina Ivánovna.
—Katerina Ivánovna —empezó—, la semana pasada su difunto marido me contó toda su vida y todas sus circunstancias… Esté segura de que hablaba de usted con un respeto entusiasta. Desde aquella tarde, cuando supe cuán entregado les estaba a todas ustedes y cómo, en especial a usted, Katerina Ivánovna, la respetaba y la amaba, a pesar de su desdichada debilidad, desde aquella tarde nos hicimos amigos… Permítame, pues, ahora… contribuir… a cumplir el deber hacia mi difunto amigo. Aquí hay… veinte rublos, me parece, y si esto puede servirle de ayuda, entonces… yo… en una palabra, vendré, vendré sin falta… quizá venga mañana mismo… ¡Adiós!
Y salió rápidamente de la habitación, abriéndose paso deprisa entre la multitud hacia la escalera; pero entre la multitud chocó de pronto con Nikodim Fomich, que se había enterado de la desgracia y quería dar las órdenes en persona. Desde la escena de la comisaría no se habían visto, pero Nikodim Fomich lo reconoció al instante.
—Ah, ¿es usted? —le preguntó.
—Murió —respondió Raskólnikov—. Vino el médico, vino el sacerdote, todo está en orden. No molesten demasiado a la pobre mujer, ya de por sí está tísica. Anímela, si puede de algún modo… Usted es un hombre bueno, lo sé… —añadió con una sonrisa, mirándolo directamente a los ojos.
—Pero cómo se ha manchado usted de sangre —observó Nikodim Fomich, al distinguir a la luz del farol unas manchas frescas en el chaleco de Raskólnikov.
—Sí, me he manchado… ¡estoy todo cubierto de sangre! —dijo Raskólnikov con un aire algo especial; después sonrió, hizo una inclinación de cabeza y bajó por la escalera.
Bajaba despacio, sin apresurarse, todo febril y, sin darse cuenta, lleno de una sola sensación nueva, inmensa, de una vida plena y poderosa que le había afluido de pronto. Esa sensación podía parecerse a la de un condenado a muerte al que de pronto e inesperadamente le anuncian el indulto. A mitad de la escalera lo alcanzó el sacerdote, que volvía a su casa; Raskólnikov lo dejó pasar delante en silencio, intercambiando con él un saludo mudo. Pero ya al bajar los últimos escalones oyó de pronto pasos apresurados detrás de él. Alguien lo alcanzaba. Era Pólenka; corría tras él y lo llamaba: «¡Oiga! ¡Oiga!».
Se volvió hacia ella. La niña bajó corriendo el último tramo y se detuvo muy cerca de él, un escalón más arriba. Una luz turbia llegaba del patio. Raskólnikov distinguió la carita delgada pero simpática de la niña, que le sonreía y lo miraba con alegría, como una niña. Había venido corriendo con un encargo que, por lo visto, a ella misma le gustaba mucho.
—Oiga, ¿cómo se llama usted?… y además: ¿dónde vive? —preguntó apresurada, con una vocecita sin aliento.
Él le puso las dos manos en los hombros y la miraba con una especie de felicidad. Le resultaba tan agradable mirarla… ni él mismo sabía por qué.
—¿Y quién la mandó?
—Me mandó mi hermanita Sonia —respondió la niña, sonriendo todavía con más alegría.
—Ya sabía yo que la había mandado su hermanita Sonia.
—Y mamá también me mandó. Cuando mi hermanita Sonia empezó a mandarme, mamá también se acercó y dijo: «¡Corre rápido, Pólenka!».
—¿Quiere usted a su hermanita Sonia?
—¡La quiero más que a nadie! —dijo Pólenka con una firmeza especial, y su sonrisa se volvió de pronto más seria.
—¿Y a mí me va a querer?
En lugar de respuesta, vio acercarse la carita de la niña y unos labios regordetes que se tendían ingenuamente para besarlo. De pronto sus bracitos, delgados como palillos, lo abrazaron muy, muy fuerte, la cabeza se le inclinó sobre el hombro, y la niña se echó a llorar bajito, apretando la cara contra él cada vez más fuerte.
—¡Me da tanta pena papá! —dijo al cabo de un minuto, levantando la carita llorosa y secándose las lágrimas con las manos—. Ahora vienen tantas desgracias —añadió inesperadamente, con ese aire especialmente formal que los niños adoptan con empeño cuando de pronto quieren hablar como «los grandes».
—¿Y su papá la quería?
—A la que más quería de todos era a Lídochka —prosiguió ella muy seria y sin sonreír, ya exactamente como hablan los grandes—, la quería porque es chiquita, y además porque está enferma, y siempre le traía golosinas, y a nosotros nos enseñaba a leer, y a mí la gramática y la historia sagrada —añadió con dignidad—, y mamita no decía nada, pero nosotros sabíamos que a ella le gustaba, y papito lo sabía, y mamita quiere enseñarme francés, porque ya es hora de que reciba educación.
—¿Y saben rezar?
—¡Oh, claro que sabemos! Desde hace mucho; yo, como ya soy grande, rezo para mí sola, y Kolia y Lídochka, en voz alta con mamá; primero rezan el Ave María, y después otra oración: «Dios mío, perdona y bendice a nuestra hermanita Sonia», y después otra: «Dios mío, perdona y bendice a nuestro otro papá», porque nuestro papá mayor ya murió, y este es el otro, y también rezamos por aquel.
—Pólechka, me llamo Rodión; rece alguna vez también por mí: «y por tu siervo Rodión», nada más.
—Toda mi vida futura voy a rezar por usted —dijo con ardor la niña, y de pronto volvió a reírse, se lanzó hacia él y otra vez lo abrazó con fuerza.
Raskólnikov le dijo su nombre, le dio la dirección y prometió venir sin falta al día siguiente. La niña se fue completamente encantada con él. Eran más de las diez cuando salió a la calle. Al cabo de cinco minutos estaba en el puente, exactamente en el mismo lugar desde donde se había arrojado hacía un rato la mujer.
«¡Basta! —dijo con decisión y solemnidad—. ¡Fuera los espejismos, fuera los miedos fingidos, fuera los fantasmas!… ¡Hay vida! ¿Acaso no acabo de vivir? ¡Mi vida no ha muerto todavía junto con la vieja! Que en paz descanse… ¡y basta, viejita, es hora de descansar! Ahora el reino de la razón y de la luz y… y de la voluntad, y de la fuerza… ¡y ahora veremos! ¡Ahora nos mediremos! —añadió con arrogancia, como dirigiéndose a una fuerza oscura y desafiándola—. ¡Y yo que ya aceptaba vivir en un arshín de espacio!
»… Estoy muy débil en este momento, pero… parece que toda la enfermedad ha pasado. Ya sabía yo que pasaría cuando salí hace un rato. A propósito: la casa de Pochinkov está a dos pasos. A ver a Razumíjin, sin falta, aunque no estuviera a dos pasos… ¡que gane la apuesta!… Que se divierta él también… ¡no importa, que se divierta!… La fuerza, hace falta fuerza: sin fuerza no se consigue nada; y la fuerza hay que conseguirla con fuerza: eso es lo que ellos no saben», añadió con orgullo y seguridad, y se fue del puente, arrastrando apenas los pies. El orgullo y la seguridad crecían en él a cada minuto; ya al minuto siguiente no era el mismo hombre que había sido en el anterior. ¿Pero qué había ocurrido, sin embargo, de tan especial que lo había trastornado así? Ni él mismo lo sabía; como quien se agarra a una paja, de pronto le pareció que también él «podía vivir, que había todavía vida, que su vida no había muerto junto con la vieja». Quizá se apresuró demasiado en su conclusión, pero no pensaba en eso.
«Pero eso sí, le pedí que recordara al siervo Rodión —le cruzó de pronto por la cabeza—; bueno, eso es… ¡por si acaso!», añadió, y él mismo se rió enseguida de su ocurrencia de chiquillo. Estaba del mejor humor.
Encontró fácilmente a Razumíjin; en la casa de Pochinkov ya conocían al nuevo inquilino, y el portero le indicó enseguida el camino. Ya desde la mitad de la escalera se distinguía el ruido y la conversación animada de una reunión numerosa. La puerta de la escalera estaba abierta de par en par; se oían gritos y discusiones. La habitación de Razumíjin era bastante grande, y la reunión era de unas quince personas. Raskólnikov se detuvo en el recibidor. Allí, detrás de un tabique, dos criadas de los dueños se afanaban junto a dos grandes samovares, junto a botellas, platos y fuentes con la empanada y los entremeses, traídos de la cocina de los dueños. Raskólnikov mandó a llamar a Razumíjin. Este vino corriendo, entusiasmado. A primera vista se notaba que había bebido muchísimo, y aunque Razumíjin casi nunca llegaba a emborracharse, esta vez se le notaba algo.
—Escucha —se apresuró Raskólnikov—, solo vine a decirte que ganaste la apuesta y que de verdad nadie sabe lo que le puede pasar. Pero entrar no puedo: estoy tan débil que me voy a caer de un momento a otro. ¡Así que hola y adiós! Y mañana ven a verme…
—¿Sabes qué? ¡Te acompaño a casa! Si tú mismo dices que estás débil, entonces…
—¿Y los invitados? ¿Quién es ese de pelo rizado que acaba de asomarse aquí?
—¿Ese? ¡El diablo sabrá! Un conocido de mi tío, debe de ser, o quizá vino por su cuenta… Con ellos dejo a mi tío; es una persona preciosísima; lástima que no puedas conocerlo ahora. ¡Pero al diablo con todos ellos! Ahora no están para mí, y yo necesito refrescarme, así que, hermano, viniste a tiempo: dos minutos más y me habría peleado allí, ¡te lo juro! Dicen tales disparates… ¡No te puedes imaginar hasta qué punto puede llegar a mentir un hombre! Aunque, ¿cómo no te lo vas a imaginar? ¿Acaso nosotros no mentimos? Y que mientan: así después ya no mentirán… Siéntate un minuto, traigo a Zosímov.
Zosímov se abalanzó sobre Raskólnikov incluso con una especie de avidez; se le notaba una curiosidad especial; pronto se le aclaró la cara.
—A dormir inmediatamente —decidió, tras examinar al paciente en lo posible—, y para la noche convendría tomar una cosita. ¿La tomará? Ya la preparé hace un rato… un polvito.
—Aunque sean dos —respondió Raskólnikov.
El polvo se tomó allí mismo.
—Está muy bien que lo lleves tú mismo —le observó Zosímov a Razumíjin—; qué pasará mañana, ya veremos, pero hoy está nada mal: un cambio considerable desde hace un rato. Nunca se acaba de aprender…
—¿Sabes qué me susurró Zosímov hace un momento, cuando salíamos? —soltó Razumíjin, apenas salieron a la calle—. Yo, hermano, te lo voy a decir todo derecho, porque ellos son unos estúpidos. Zosímov me mandó que charlara contigo por el camino y que te hiciera charlar, y después se lo contara, porque tiene la idea… de que tú… estás loco o cerca de estarlo. ¡Imagínate! En primer lugar, eres tres veces más inteligente que él; en segundo lugar, si no estás loco, te importa un comino que él tenga semejante disparate en la cabeza; y en tercer lugar, ese pedazo de carne, cirujano de especialidad, ahora se ha vuelto loco por las enfermedades mentales, y respecto de ti lo convenció definitivamente tu conversación de hoy con Zamétov.
—¿Zamétov te lo contó todo?
—Todo, e hizo muy bien. Ahora lo entendí todo hasta el fondo, y Zamétov lo entendió… Bueno, en una palabra, Rodia… la cosa es… Ahora estoy un poquito borracho… Pero eso no importa… la cosa es que esa idea… ¿entiendes?, de verdad se les estaba incubando… ¿entiendes? Es decir, ninguno se atrevía a decirla en voz alta, porque es el disparate más absurdo, y sobre todo cuando detuvieron a ese pintor, todo eso reventó y se apagó para siempre. ¿Pero por qué son tan estúpidos? Yo aquella vez le di unos golpes a Zamétov, esto entre nosotros, hermano; por favor, ni insinúes que lo sabes; noté que es susceptible; fue en casa de Laviza; pero hoy, hoy todo quedó claro. ¡Sobre todo ese Iliá Petróvich! Aquella vez se aprovechó de tu desmayo en la comisaría, y después a él mismo le dio vergüenza; yo lo sé…
Raskólnikov escuchaba con avidez. Razumíjin, por la borrachera, se iba de la lengua.
—Aquella vez me desmayé porque hacía bochorno y olía a pintura al óleo —dijo Raskólnikov.
—¡Y encima lo explica! Y no solo la pintura: la inflamación se venía preparando todo el mes; ¡Zosímov está ahí de testigo! ¡Pero no te puedes imaginar lo abatido que está ahora ese chiquillo! «No valgo, dice, ni el dedo meñique de ese hombre». El tuyo, es decir. A veces, hermano, tiene buenos sentimientos. ¡Pero la lección, la lección que le diste hoy en el «Palacio de Cristal» es el colmo de la perfección! ¡Primero lo asustaste, lo llevaste hasta las convulsiones! Casi lo obligaste a convencerse otra vez de todo ese absurdo monstruoso, y después, de pronto, le sacaste la lengua: «¡Toma, ahí tienes!». ¡Perfecto! ¡Ahora está aplastado, aniquilado! Eres un maestro, te lo juro, así hay que tratarlos. ¡Eh, lástima que no estuve allí! Ahora te esperaba con unas ganas terribles. Porfiri también desea conocerte…
—Ah… ese también… ¿Y por qué me anotaron entre los locos?
—Es decir, no entre los locos. Yo, hermano, parece que te he contado demasiado… Lo que le impresionó hace un rato, verás, fue que solo te interesara ese punto; ahora está claro por qué te interesa; conociendo todas las circunstancias… y cómo te irritó aquella vez y se mezcló con la enfermedad… Yo, hermano, estoy un poco borracho, pero, el diablo sabrá, él tiene una idea propia… Te digo: se ha vuelto loco por las enfermedades mentales. Pero tú no le hagas caso…
Durante medio minuto los dos callaron.
—Escucha, Razumíjin —empezó Raskólnikov—, quiero decírtelo francamente: vengo de estar con un muerto, murió un funcionario… allí di todo mi dinero… y además hace un momento me besó un ser que, aunque yo hubiera matado a alguien, también… en una palabra, allí vi además a otro ser… con una pluma color fuego… pero, en fin, estoy desvariando; estoy muy débil, sostenme… ahora viene la escalera…
—¿Qué te pasa? ¿Qué te pasa? —preguntaba Razumíjin, alarmado.
—Me da un poco vueltas la cabeza, pero no se trata de eso, sino de que estoy tan triste, ¡tan triste!, como una mujer… ¡de verdad! Mira, ¿qué es eso? ¡Mira! ¡Mira!
—¿Qué pasa?
—¿Acaso no lo ves? Hay luz en mi habitación, ¿ves? Por la rendija…
Ya estaban ante el último tramo de escalera, junto a la puerta de la casera, y en efecto se notaba desde abajo que en el cuartucho de Raskólnikov había luz.
—¡Qué raro! Quizá sea Nastasia —observó Razumíjin.
—Nunca está en mi cuarto a esta hora, y además hace rato que duerme, pero… ¡me da igual! ¡Adiós!
—¿Qué dices? Te acompaño, ¡entraremos juntos!
—Ya sé que entraremos juntos, pero quiero estrecharte la mano aquí y despedirme de ti aquí. Bueno, dame la mano, ¡adiós!
—¿Qué te pasa, Rodia?
—Nada; vamos; serás testigo…
Empezaron a subir la escalera, y a Razumíjin se le cruzó la idea de que quizá Zosímov tenía razón. «¡Eh! ¡Lo alteré con mi charla!», murmuró para sí. De pronto, al acercarse a la puerta, oyeron voces en la habitación.
—¿Pero qué pasa aquí? —exclamó Razumíjin.
Raskólnikov fue el primero en agarrar la puerta y la abrió de par en par; la abrió y se quedó en el umbral, clavado en el sitio.
Su madre y su hermana estaban sentadas en su sofá y lo esperaban desde hacía ya hora y media. ¿Por qué era a ellas a quienes menos esperaba y en quienes menos pensaba, a pesar de la noticia, repetida incluso ese mismo día, de que salían, venían, llegaban de un momento a otro? Durante toda esa hora y media habían interrogado, quitándose la palabra la una a la otra, a Nastasia, que todavía estaba de pie ante ellas y que ya había tenido tiempo de contarles todos los detalles. No sabían lo que les pasaba del susto cuando oyeron que «hoy se había escapado», enfermo y, según se desprendía del relato, ¡sin duda delirando! «¡Dios, qué le pasa!» Las dos lloraban, las dos habían soportado un verdadero calvario en esa hora y media de espera.
Un grito alegre, entusiasta, saludó la aparición de Raskólnikov. Las dos se lanzaron hacia él. Pero él estaba de pie como muerto; una conciencia repentina, insoportable, lo golpeó como un rayo. Y los brazos no se le levantaban para abrazarlas: no podían. La madre y la hermana lo estrechaban en sus brazos, lo besaban, reían, lloraban… Dio un paso, se tambaleó y se desplomó en el suelo, desmayado.
Alarma, gritos de horror, gemidos… Razumíjin, que estaba en el umbral, irrumpió en la habitación, agarró al enfermo con sus brazos poderosos, y en un instante este estuvo en el sofá.
—¡No es nada, no es nada! —les gritaba a la madre y a la hermana—. ¡Es un desmayo, es una tontería! ¡Hace un momento el médico dijo que estaba mucho mejor, que está completamente sano! ¡Agua! Bueno, ya está volviendo en sí, bueno, ¡ya volvió en sí!…
Y, agarrando a Dúniechka de la mano de tal modo que casi le dislocó el brazo, la hizo inclinarse para que viera que «ya había vuelto en sí». Y la madre y la hermana miraban a Razumíjin como a la providencia, con ternura y gratitud; ya habían oído de Nastasia lo que había sido para su Rodia, durante toda la enfermedad, ese «joven tan diligente», como lo llamó esa misma noche, en una conversación íntima con Dunia, la propia Pulqueria Aleksándrovna Raskólnikova.
- Coronel civil: así se llamaba en el habla corriente al consejero colegiado, sexto grado de la Tabla de Rangos. ↩
- Mariscal de la nobleza: cargo electivo que representaba a la nobleza de una provincia. ↩
- Bezzemélnaia («Sin Tierra») y, más abajo, Shchegolskói («Petimetre»): apellidos con intención burlona. ↩