Capítulo 8
Segunda parte. Capítulo I
Crimen y castigo · Fiódor Dostoyevski
Crimen y castigoAsí estuvo acostado muchísimo tiempo. A veces parecía que se despertaba, y en esos momentos advertía que ya hacía rato que era de noche, pero no se le ocurría levantarse. Por fin advirtió que ya había luz de día. Estaba acostado de espaldas en el sofá, todavía aturdido por el sopor de hacía poco. Le llegaban con nitidez unos alaridos horribles, desesperados, desde la calle, que por lo demás oía todas las noches bajo su ventana, pasadas las dos. Fueron ellos los que lo despertaron ahora. «¡Ah! Ya salen los borrachos de las tabernas —pensó—, son más de las dos». Y de pronto se levantó de un salto, como si alguien lo hubiera arrancado del sofá. «¡Cómo! ¡Ya son más de las dos!» Se sentó en el sofá, ¡y entonces lo recordó todo! ¡De pronto, en un instante, lo recordó todo!
En el primer momento pensó que iba a volverse loco. Lo invadió un frío terrible; pero el frío venía también de la fiebre, que había empezado hacía rato, mientras dormía. Y ahora, de pronto, lo sacudió un escalofrío tal que casi se le saltan los dientes y todo él se puso a temblar. Abrió la puerta y se puso a escuchar: en la casa todos dormían profundamente. Con asombro se examinaba a sí mismo y examinaba todo alrededor, en la habitación, y no entendía cómo había podido, la víspera, al entrar, no cerrar la puerta con el gancho y dejarse caer en el sofá no solo sin desvestirse, sino incluso con el sombrero puesto: se le había caído y estaba allí mismo, en el suelo, junto a la almohada. «Si alguien hubiera entrado, ¿qué habría pensado? Que estoy borracho, pero…» Se precipitó hacia la ventana. Había bastante luz, y enseguida se puso a examinarse, todo, de pies a cabeza, toda su ropa: ¿no habría huellas? Pero así no se podía: temblando de frío, empezó a quitarse todo y a examinarlo otra vez por todos lados. Lo revolvió todo, hasta el último hilo y el último jirón, y, sin fiarse de sí mismo, repitió el examen unas tres veces. Pero no había nada, al parecer, ninguna huella; solo en el lugar donde el pantalón se había deshilachado por abajo y colgaba en flecos, en esos flecos quedaban espesas huellas de sangre seca. Agarró una navaja grande plegable y cortó los flecos. No parecía haber nada más. De pronto recordó que el monedero y los objetos que había sacado del baúl de la vieja ¡seguían todavía en sus bolsillos! ¡Ni siquiera se le había ocurrido hasta ahora sacarlos y esconderlos! ¡No se había acordado de ellos ni siquiera ahora, mientras examinaba la ropa! ¿Pero qué es esto? En un instante se lanzó a sacarlos y a tirarlos sobre la mesa. Una vez que lo sacó todo, volviendo del revés incluso los bolsillos para asegurarse de que no quedaba nada más, llevó todo ese montón al rincón. Allí, en el rincón mismo, abajo, en un lugar, el papel de la pared, despegado, estaba desgarrado: enseguida empezó a meter todo en ese agujero, debajo del papel. «¡Entró! ¡Todo fuera de la vista, y también el monedero!», pensaba con alegría, incorporándose y mirando estúpidamente el rincón, el agujero, que había quedado aún más abultado. De pronto se estremeció entero de horror: «Dios mío —susurraba desesperado—, ¿qué me pasa? ¿Acaso esto está escondido? ¿Acaso se esconde así?».
Es verdad que no había contado con los objetos; pensaba que habría solo dinero, y por eso no había preparado de antemano un lugar. «¿Pero ahora, ahora de qué me alegro? —pensaba—. ¿Acaso se esconde así? ¡De verdad la razón me abandona!» Agotado, se sentó en el sofá, y enseguida un escalofrío insoportable volvió a sacudirlo. Maquinalmente tiró del que había sido su abrigo de invierno de estudiante, que estaba al lado, en una silla, abrigado pero ya casi hecho jirones, se tapó con él, y el sueño y el delirio volvieron a apoderarse de él de golpe. Perdió el conocimiento.
No más de cinco minutos después volvió a levantarse de un salto y enseguida, frenético, se lanzó otra vez sobre su ropa. «¡Cómo pude volver a dormirme, si no está nada hecho! ¡Claro, claro: la presilla de la axila todavía no la he quitado! ¡Me olvidé, me olvidé de algo así! ¡Semejante prueba!» Arrancó la presilla y se puso a romperla deprisa en pedazos, metiéndolos bajo la almohada, entre la ropa blanca. «Unos pedazos de lienzo roto de ningún modo despertarán sospechas; me parece que sí, me parece que sí», repetía, de pie en medio de la habitación, y con una atención tensa hasta el dolor se puso de nuevo a escudriñar alrededor, por el suelo y por todas partes, por si se había olvidado de algo más. La certeza de que todo, hasta la memoria, hasta el simple raciocinio, lo abandonaban, empezaba a atormentarlo de manera insoportable. «¿Qué, será que ya empieza, será que ya llega el castigo? ¡Ahí está, ahí está, así es!» En efecto, los recortes de los flecos que había cortado del pantalón estaban tirados en el suelo, en medio de la habitación, ¡para que los viera el primero que entrara! «¡Pero qué me pasa!», volvió a exclamar, como perdido.
Entonces le vino a la cabeza una idea extraña: que quizá toda su ropa estaba ensangrentada, que quizá había muchas manchas, pero que él no las veía, no las notaba, porque su raciocinio estaba debilitado, hecho añicos… la mente, ofuscada… De pronto recordó que también en el monedero había sangre. «¡Vaya! ¡Entonces también en el bolsillo tiene que haber sangre, porque metí el monedero todavía mojado en el bolsillo!» En un instante volvió del revés el bolsillo y… así es: ¡en el forro del bolsillo hay huellas, manchas! «¡Entonces la razón todavía no me ha abandonado del todo, entonces tengo raciocinio y memoria, si yo mismo me di cuenta y lo adiviné! —pensó con triunfo, suspirando hondo y con alegría a pleno pulmón—. No es más que debilidad de la fiebre, un delirio momentáneo». Y arrancó todo el forro del bolsillo izquierdo del pantalón. En ese momento un rayo de sol iluminó su bota izquierda: en el calcetín, que asomaba de la bota, parecían verse marcas. Se quitó la bota: «¡De verdad hay marcas! Toda la punta del calcetín está empapada de sangre»; debió de pisar sin cuidado aquel charco… «¿Pero qué hago ahora con esto? ¿Dónde meto este calcetín, los flecos, el bolsillo?».
Lo juntó todo en la mano y se quedó de pie en medio de la habitación. «¿En la estufa? Pero lo primero que harán es revolver la estufa. ¿Quemarlo? ¿Y con qué lo quemo? No tengo ni fósforos. No, mejor salir a algún lado y tirarlo todo. ¡Sí! ¡Mejor tirarlo! —repetía, volviendo a sentarse en el sofá—. ¡Y ya, ahora mismo, sin demora!…» Pero en lugar de eso la cabeza se le volvió a inclinar sobre la almohada; otra vez lo heló un escalofrío insoportable; otra vez se tapó con el capote. Y durante mucho tiempo, varias horas, se le aparecía todavía a ratos que «ahora mismo, sin aplazarlo, habría que ir a algún lado y tirarlo todo, para que ya no se vea, ¡pronto, pronto!». Varias veces intentó salir del sofá, quiso levantarse, pero ya no podía. Lo despertó del todo un fuerte golpe en la puerta.
—¡Abre de una vez! ¿Estás vivo o no? ¡Y se pasa la vida roncando! —gritaba Nastasia, golpeando la puerta con el puño—. ¡Días enteros ronca como un perro! ¡Un perro, eso es! Abre, ¿quieres? Son más de las diez.
—A lo mejor no está en casa —dijo una voz de hombre.
«¡Vaya! Es la voz del portero… ¿Qué querrá?»
Se levantó de un salto y se sentó en el sofá. El corazón le golpeaba tanto que hasta le dolía.
—¿Y quién cerró con el gancho, entonces? —replicó Nastasia—. ¡Mira, ahora le ha dado por cerrar! ¿Qué, tiene miedo de que se lo lleven? ¡Abre, cabeza hueca, despierta!
«¿Qué quieren? ¿Para qué el portero? Todo se sabe. ¿Resistirme o abrir? Que sea lo que sea…»
Se incorporó un poco, se inclinó hacia delante y quitó el gancho.
Toda su habitación era de tal tamaño que se podía quitar el gancho sin levantarse de la cama.
Así era: allí estaban el portero y Nastasia.
Nastasia lo miró de un modo algo extraño. Él miró al portero con aire desafiante y desesperado. El otro le tendió en silencio un papelito gris, doblado en dos, sellado con lacre de botella.
—Una citación, de la oficina —dijo, entregándole el papel.
—¿De qué oficina?…
—De la policía, quiere decir, lo llaman a la comisaría. Ya se sabe qué oficina.
—¡A la policía!… ¿Para qué?…
—Y yo qué sé. Lo llaman, y hay que ir. —Lo miró con atención, echó una mirada alrededor y se volvió para irse.
—¿Parece que te has enfermado del todo? —observó Nastasia, que no le quitaba los ojos de encima. El portero también volvió la cabeza un momento—. Desde ayer tiene fiebre —añadió ella.
Él no respondía y tenía el papel en las manos, sin abrirlo.
—No te levantes —prosiguió Nastasia, conmovida, al ver que él bajaba los pies del sofá—. Si estás enfermo, no vayas: no se va a incendiar nada. ¿Qué tienes en la mano?
Él miró: en la mano derecha tenía los pedazos cortados de los flecos, el calcetín y los jirones del bolsillo arrancado. Así había dormido con ellos. Después, pensando en eso, recordaba que, incluso medio despierto por la fiebre, apretaba todo eso con fuerza en la mano y así volvía a dormirse.
—Mira qué trapos ha juntado, y duerme con ellos como con un tesoro… —Y Nastasia se echó a reír con su risa enfermiza y nerviosa. En un instante él lo metió todo bajo el capote y clavó en ella los ojos con fijeza. Aunque en ese momento era muy poco lo que podía razonar con sensatez, sentía que no tratarían así a un hombre cuando vinieran a detenerlo. «Pero… ¿la policía?»
—¿No te tomarías un té? ¿Quieres? Te lo traigo; quedó…
—No… voy a ir: ahora mismo voy —murmuraba él, poniéndose de pie.
—¿Y no te vas a caer por la escalera?
—Voy a ir…
—Como quieras.
Se fue detrás del portero. Él enseguida se lanzó hacia la luz para examinar el calcetín y los flecos: «Hay manchas, pero no se notan del todo; todo se ha ensuciado, se ha frotado y ya ha perdido el color. El que no lo sepa de antemano no verá nada. Así que Nastasia, de lejos, no pudo notar nada, ¡gracias a Dios!». Entonces, temblando, abrió la citación y se puso a leer; leyó mucho rato y por fin entendió. Era una citación corriente de la comisaría del barrio para presentarse ese mismo día, a las nueve y media, en la oficina del comisario.
«¿Pero cuándo se ha visto esto? ¡Yo no tengo ningún asunto con la policía! ¿Y por qué justamente hoy? —pensaba con una perplejidad torturante—. ¡Señor, que sea pronto!» Estuvo a punto de arrodillarse para rezar, pero hasta él mismo se echó a reír, no de la oración, sino de sí mismo. Empezó a vestirse deprisa. «¡Si estoy perdido, estoy perdido, me da igual! ¡Ponerme el calcetín! —se le ocurrió de pronto—. Se va a ensuciar todavía más con el polvo, y las huellas desaparecerán». Pero apenas se lo puso, enseguida se lo arrancó con repugnancia y horror. Se lo arrancó, pero, considerando que no tenía otro, lo tomó y se lo volvió a poner, y otra vez se echó a reír. «Todo esto es convencional, todo es relativo, todo esto no son más que formas —pensó de pasada, solo con un bordecito del pensamiento, mientras temblaba con todo el cuerpo—. ¡Pues ya me lo puse! ¡Pues terminé poniéndomelo!» La risa, por lo demás, enseguida dejó paso a la desesperación. «No, es superior a mis fuerzas…», pensó. Le temblaban las piernas. «De miedo», murmuró para sí. La cabeza le daba vueltas y le dolía por la fiebre. «¡Es una trampa! Quieren atraerme con una trampa y de pronto hacerme caer en todo —siguió diciéndose, mientras salía a la escalera—. Lo malo es que estoy casi delirando… puedo decir alguna estupidez…»
En la escalera recordó que dejaba todas las cosas así, en el agujero del papel de la pared, «y quizá aprovechen a propósito que no estoy para hacer un registro»; lo recordó y se detuvo. Pero lo invadió de pronto tal desesperación y tal, si puede decirse, cinismo de la perdición, que hizo un gesto con la mano y siguió adelante.
«¡Con tal de que sea pronto!…»
En la calle volvía a hacer un calor insoportable; ni una gota de lluvia en todos esos días. Otra vez el polvo, los ladrillos y la cal, otra vez el hedor de las tiendas y las tabernas, otra vez borrachos a cada momento, vendedores ambulantes finlandeses y coches de alquiler medio desvencijados. El sol le dio de lleno en los ojos, tanto que le dolía mirar y la cabeza le daba vueltas por completo: la sensación habitual de un febril que sale de pronto a la calle en un día de sol radiante.
Al llegar a la esquina de la calle de la víspera, miró hacia ella con una inquietud torturante, hacia aquella casa… y enseguida apartó los ojos.
«Si me preguntan, quizá lo diga», pensó, acercándose a la comisaría.
La comisaría estaba a un cuarto de versta de su casa. Acababa de mudarse a un local nuevo, en una casa nueva, en el cuarto piso. En el local anterior había estado alguna vez, de pasada, pero hacía mucho. Al entrar por el portón vio a la derecha una escalera por la que bajaba un campesino con un libro en la mano: «Un portero, entonces; entonces aquí está la comisaría», y se puso a subir al azar. No quería preguntarle nada a nadie.
«Entraré, me pondré de rodillas y lo contaré todo…», pensó, al llegar al cuarto piso.
La escalera era estrechita, empinada y toda cubierta de aguas sucias. Todas las cocinas de todas las viviendas de los cuatro pisos daban a esa escalera y estaban abiertas así casi todo el día. Por eso había un bochorno terrible. Por ella subían y bajaban porteros con libros bajo el brazo, ordenanzas de la policía y gente diversa de ambos sexos: visitantes. La puerta de la comisaría misma también estaba abierta de par en par. Entró y se detuvo en el recibidor. Allí estaban de pie, esperando, unos campesinos. También allí el bochorno era extraordinario y, además, golpeaba la nariz hasta la náusea el olor de la pintura fresca, todavía sin secar, hecha con aceite rancio, de las habitaciones recién pintadas. Tras esperar un poco, decidió avanzar más, a la habitación siguiente. Todas las habitaciones eran diminutas y bajas. Una impaciencia terrible lo empujaba cada vez más adelante. Nadie lo notaba. En la segunda habitación estaban sentados escribiendo unos escribientes, vestidos apenas un poco mejor que él, gente de aspecto bastante extraño. Se dirigió a uno de ellos.
—¿Qué quieres?
Le mostró la citación de la comisaría.
—¿Usted es estudiante? —preguntó el otro, tras echar una mirada a la citación.
—Sí, ex estudiante.
El escribiente lo examinó, aunque sin ninguna curiosidad. Era un hombre especialmente desgreñado, con una idea fija en la mirada.
«De este no sacaré nada, porque todo le da igual», pensó Raskólnikov.
—Vaya allá, al secretario —dijo el escribiente, y señaló con el dedo hacia delante, a la última habitación.
Entró en esa habitación (la cuarta), estrecha y atestada de público: gente algo mejor vestida que en las otras habitaciones. Entre los visitantes había dos señoras. Una, de luto, pobremente vestida, estaba sentada a la mesa frente al secretario y escribía algo que él le dictaba. La otra señora, muy gruesa y de un rojo morado, con manchas, una mujer vistosa y vestida con mucho lujo, con un broche en el pecho del tamaño de un platito de té, estaba de pie a un costado y esperaba algo. Raskólnikov le alargó al secretario su citación. Este le echó una mirada de pasada, dijo: «Espere», y siguió ocupándose de la señora de luto.
Respiró con más libertad. «¡Seguro que no es eso!» Poco a poco empezó a cobrar ánimo; se exhortaba con todas sus fuerzas a cobrar ánimo y a volver en sí.
«¡Una estupidez cualquiera, la más mínima imprudencia, y puedo delatarme por completo! Hm… lástima que aquí no haya aire —añadió—, qué bochorno… La cabeza me da todavía más vueltas… y la mente también…»
Sentía en todo su ser un desorden terrible. Él mismo temía no poder dominarse. Procuraba aferrarse a algo y pensar en lo que fuera, en algo completamente ajeno, pero no lo lograba en absoluto. El secretario, por lo demás, le interesaba mucho: no dejaba de querer adivinar algo en su cara, descifrarlo. Era un hombre muy joven, de unos veintidós años, de rostro moreno y móvil que parecía mayor de lo que era, vestido a la moda y con afectación, con la raya en la nuca, peinado y untado de pomada, con muchos anillos y sortijas en los dedos blancos, cepillados, y cadenas de oro en el chaleco. Con un extranjero que había allí hasta dijo un par de palabras en francés, y de manera muy satisfactoria.
—Luisa Ivánovna, siéntese —le dijo de pasada a la señora emperifollada de un rojo morado, que seguía de pie, como si no se atreviera a sentarse sola, aunque había una silla al lado.
—Ich danke —dijo ella, y se dejó caer despacio en la silla, con un susurro de seda. Su vestido celeste con adornos de encaje blanco se extendió alrededor de la silla como un globo aerostático y ocupó casi media habitación. Llegó un olor a perfume. Pero la señora, evidentemente, se sentía cohibida de ocupar media habitación y de oler tanto a perfume, y aunque sonreía con una sonrisa cobarde y descarada a la vez, se notaba en ella una inquietud evidente.
La señora de luto terminó por fin y empezó a levantarse. De pronto, con cierto ruido, muy garboso y moviendo los hombros de un modo especial a cada paso, entró un oficial, tiró la gorra con la escarapela sobre la mesa y se sentó en un sillón. La señora vistosa dio un salto de su sitio al verlo y con un entusiasmo especial se puso a hacer reverencias; pero el oficial no le prestó la menor atención, y ella ya no se atrevía a sentarse en su presencia. Era el teniente, ayudante del comisario del barrio, con unos bigotes rojizos que le salían horizontalmente hacia los dos lados y con unos rasgos extraordinariamente menudos, que por lo demás no expresaban nada especial, salvo cierto descaro. Miró de reojo y en parte con indignación a Raskólnikov: la ropa que llevaba era demasiado mala, y, a pesar de todo su abatimiento, su porte todavía no se correspondía con la ropa; Raskólnikov, por imprudencia, lo miró demasiado directamente y demasiado rato, tanto que el otro hasta se ofendió.
—¿Qué quieres? —gritó, probablemente sorprendido de que semejante andrajoso ni pensara en achicarse ante su mirada fulminante.
—Me han citado… por una citación… —respondió Raskólnikov como pudo.
—Es por el asunto del cobro de dinero a él, al estudiante —se apresuró a decir el secretario, apartándose de los papeles—. ¡Aquí tiene, señor! —Y le tiró a Raskólnikov un cuaderno, señalándole un lugar—. ¡Lea!
«¿Dinero? ¿Qué dinero? —pensaba Raskólnikov—. Pero… ¡entonces seguro que no es eso!» Y se estremeció de alegría. De pronto se sintió terriblemente, indeciblemente aliviado. Se le quitó todo de encima.
—¿Y a qué hora dice que tenía que venir, muiseñormío? —gritó el teniente, cada vez más ofendido no se sabía por qué—. ¡Le escriben a las nueve, y ya pasan de las once!
—Me la trajeron hace apenas un cuarto de hora —respondió Raskólnikov en voz alta y por encima del hombro, enojándose también él de pronto, sin esperarlo, y hasta encontrando en ello cierto placer—. Y ya es bastante que haya venido enfermo, con fiebre.
—¡No se digne gritar!
—Yo no grito, hablo con toda calma; es usted el que me grita a mí; y yo soy estudiante y no permito que me griten.
El ayudante se encendió tanto que en el primer momento ni siquiera pudo decir nada, y solo le salieron de la boca unas salpicaduras. Se levantó de un salto.
—¡Se-e-e digne callarse! Está usted en una dependencia oficial. ¡No sea gr-r-rosero, señorr!
—También usted está en una dependencia oficial —exclamó Raskólnikov—, y además de gritar, está fumando un cigarrillo, de modo que nos falta el respeto a todos. —Al decir esto, Raskólnikov sintió un placer indecible.
El secretario los miraba sonriendo. El fogoso teniente estaba visiblemente desconcertado.
—¡Eso no es asunto suyo, señor! —gritó por fin, de un modo antinaturalmente fuerte—. Y ahora sírvase presentar la declaración que se le exige. Muéstreselo, Aleksandr Grigórievich. ¡Hay quejas contra usted! ¡No paga sus deudas! ¡Mira qué halcón nos ha salido!
Pero Raskólnikov ya no escuchaba y había agarrado ávidamente el papel, buscando cuanto antes la solución del enigma. Lo leyó una vez, otra, y no entendió.
—¿Qué es esto? —le preguntó al secretario.
—Le reclaman dinero por un pagaré, un cobro. Usted debe pagar con todas las costas, multas y demás, o dar por escrito una declaración de cuándo puede pagar, y al mismo tiempo comprometerse a no salir de la capital hasta haber pagado y a no vender ni ocultar sus bienes. Y el acreedor tiene derecho a vender sus bienes y a proceder contra usted según la ley.
—¡Pero yo… no le debo nada a nadie!
—Eso ya no es asunto nuestro. A nosotros nos ha llegado para su cobro un pagaré vencido y legalmente protestado por ciento quince rublos, firmado por usted a la viuda del asesor colegiado1, Zarnítsyna, hace nueve meses, y que de la viuda Zarnítsyna pasó, en pago, al consejero de corte Chebárov, y por eso lo citamos a usted a declarar.
—¿Pero si ella es mi casera?
—¿Y qué tiene que sea su casera?
El secretario lo miraba con una sonrisa condescendiente de lástima y al mismo tiempo de cierto triunfo, como a un novato al que empiezan a tirotear por primera vez: «¿Qué tal? ¿Cómo te sientes ahora?». ¡Pero qué, qué le importaban ahora a él el pagaré y el cobro! ¿Valía eso ahora la menor inquietud, ni siquiera la menor atención? Estaba de pie, leía, escuchaba, respondía, él mismo hasta preguntaba, pero todo maquinalmente. El triunfo del instinto de conservación, la salvación del peligro que lo aplastaba: eso era lo que llenaba en ese momento todo su ser, sin previsión, sin análisis, sin conjeturas ni adivinanzas sobre el futuro, sin dudas y sin preguntas. Era un momento de alegría plena, inmediata, puramente animal. Pero en ese mismo momento en la comisaría se produjo algo así como un trueno y un relámpago. El teniente, todavía sacudido por la falta de respeto, todo encendido y deseando evidentemente sostener su amor propio herido, se lanzó con todos sus rayos sobre la desdichada «señora vistosa», que lo miraba, desde el momento mismo en que había entrado, con una sonrisa estupidísima.
—¡Y tú, fulana, mengana y zutana —gritó de pronto a todo pulmón (la señora de luto ya había salido)—, ¿qué pasó anoche en tu casa? ¿Eh? Otra vez la vergüenza, el escándalo para toda la calle. Otra vez peleas y borracheras. ¡Estás pidiendo a gritos la casa de corrección! ¡Ya te lo dije, ya te lo advertí diez veces, que a la undécima no te la pasaba! ¡Y tú otra vez, otra vez, fulana, mengana y zutana!
Hasta el papel se le cayó de las manos a Raskólnikov, que miraba con ojos desorbitados a la señora vistosa, a la que zarandeaban con tan poca ceremonia; pero pronto comprendió de qué se trataba, y enseguida toda esa historia empezó a gustarle muchísimo. Escuchaba con placer, tanto que tenía ganas de reírse a carcajadas, a carcajadas, a carcajadas… Todos sus nervios saltaban.
—¡Iliá Petróvich! —empezó a decir el secretario, solícito, pero se detuvo a esperar el momento, porque al teniente enardecido no había forma de contenerlo más que sujetándole las manos, cosa que sabía por propia experiencia.
En cuanto a la señora vistosa, al principio se echó a temblar con el trueno y el relámpago; pero, cosa extraña: cuanto más numerosos y fuertes se volvían los insultos, más amable se volvía su aspecto, más encantadora se hacía su sonrisa, dirigida al terrible teniente. Daba pasitos en el sitio y hacía reverencias sin parar, esperando con impaciencia que por fin le permitieran a ella también meter su palabra, y lo consiguió.
—En mi casa no hubo ningún ruido ni peleas, señor capitán —se puso a parlotear de pronto, como si se derramaran garbanzos, con un fuerte acento alemán, aunque con desparpajo en ruso—, y ningún, ningún escandal, y ellos llegó borracho, y esto yo todo lo cuenta, señor capitán, y yo no es culpable… la mía es casa noble, señor capitán, y trato noble, señor capitán, y yo siempre, siempre no quería ningún escandal. Y ellos llegó del todo borracho y después pidió otra vez tres potellas, y después uno levantó los pies y se puso a tocar el piano con el pie, y esto no está nada bien en casa noble, y él ganz rompió el piano, y no hay aquí nada, nada de maneras, y yo lo dije. Y él agarró una potella y empezó a empujar a todos por detrás con la potella. Y entonces yo enseguida llamó al portero y vino Karl, y él agarró a Karl y le pegó en el ojo, y a Henriette también le pegó en el ojo, y a mí cinco veces me pegó en la mejilla. Y esto es tan poco delicado en casa noble, señor capitán, y yo gritaba. Y él abrió la ventana que da al canal y se puso a chillar por la ventana como un cerdito; y esto es vergüenza. ¿Y cómo se puede chillar por la ventana a la calle como un cerdito? Y esto es vergüenza. ¡Fui, fui, fui! Y Karl lo tiró del frac por detrás para sacarlo de la ventana y entonces, eso es verdad, señor capitán, le rompió sein Rock. Y entonces él gritó que man muss pagarle quince rublos de multa. Y yo misma, señor capitán, le pagó cinco rublos por sein Rock. ¡Y esto es un huésped no noble, señor capitán, que hizo toda clase de escandal! Yo, dijo, voy a hacer gedruckt una gran sátira de usted, porque yo en todos los periódicos puedo escribir todo de usted.
—¿Es escritor, entonces?
—Sí, señor capitán, y qué huésped tan poco noble, señor capitán, cuando en casa noble…
—¡Bueno, bueno, bueno! ¡Basta! Ya te lo he dicho, te lo he dicho, ya te lo he dicho…
—¡Iliá Petróvich! —volvió a decir el secretario de manera significativa. El teniente le echó una mirada rápida; el secretario hizo un leve gesto con la cabeza.
—… Pues aquí tienes, respetabilísima Laviza Ivánovna, mi última palabra, y ya es la última vez —prosiguió el teniente—. Si en tu casa noble hay aunque sea una sola vez más un escándalo, te mando a ti misma al calabozo, como se dice en estilo elevado. ¿Oíste? ¿Así que el literato, el escritor, cobró cinco rublos de plata en la «casa noble» por un faldón? ¡Así son los escritores! —Y le lanzó una mirada de desprecio a Raskólnikov—. Anteayer, en una fonda, otra historia: comió y no quiere pagar; «yo, dice, lo voy a describir en una sátira». En un vapor, otro, la semana pasada, insultó con las palabras más viles a la respetable familia de un consejero de Estado, a la mujer y a la hija. De una confitería echaron a empujones a otro el otro día. ¡Así son, los escritores, los literatos, los estudiantes, los pregoneros… ¡bah! ¡Y tú, vete! Ya iré yo a darte una vuelta… ¡entonces cuidado! ¿Oíste?
Luisa Ivánovna, con una amabilidad apresurada, se puso a hacer reverencias hacia todos lados y, haciendo reverencias, retrocedió hasta la puerta; pero en la puerta chocó de espaldas con un oficial apuesto, de cara franca y fresca y unas espléndidas patillas rubias, espesísimas. Era el propio Nikodim Fomich, el comisario del barrio. Luisa Ivánovna se apresuró a hacer una reverencia casi hasta el suelo y, con pasitos menudos y apresurados, dando saltitos, salió volando de la comisaría.
—¡Otra vez el estruendo, otra vez truenos y relámpagos, tromba, huracán! —se dirigió amable y amistosamente Nikodim Fomich a Iliá Petróvich—. ¡Otra vez le alteraron el corazón, otra vez hirvió! Lo oí ya desde la escalera.
—¡Pues qué! —dijo Iliá Petróvich con noble indiferencia (y ni siquiera «qué», sino algo así como: «¡Pue-e-es qué-e-e!»), pasando con unos papeles a otra mesa y moviendo pintorescamente los hombros a cada paso, hacia donde iba el paso, iba el hombro—. Aquí lo tiene, señor, sírvase ver: el señor escritor, digo, el estudiante, el ex estudiante, mejor dicho, no paga, ha firmado pagarés, no desocupa la vivienda, llegan quejas continuas contra él, ¡y se ha dignado ofenderse porque encendí un cigarrillo delante de él! Ellos mismos co-co-cometen vilezas, y aquí lo tiene, señor, sírvase mirarlo: ¡aquí está en su aspecto más atractivo, señor!
—La pobreza no es un vicio, amigo, ¡pero en fin! Ya se sabe, es pólvora, no pudo soportar la ofensa. Usted seguramente se ofendió por algo con él y tampoco se contuvo —prosiguió Nikodim Fomich, dirigiéndose amablemente a Raskólnikov—, pero hizo mal: es el hombre más no-o-o-ble del mundo, se lo aseguro, ¡pero es pólvora, pólvora! Se encendió, hirvió, se quemó… ¡y listo! ¡Y todo pasó! ¡Y al final no queda más que un corazón de oro! En el regimiento lo llamaban «el teniente Pólvora»…
—¡Y qué r-r-regimiento era! —exclamó Iliá Petróvich, muy contento de que le hicieran cosquillas tan agradables, pero todavía enfurruñado.
A Raskólnikov le entraron de pronto ganas de decirles a todos algo extraordinariamente agradable.
—Pero, por favor, capitán —empezó con mucha desenvoltura, dirigiéndose de pronto a Nikodim Fomich—, póngase también en mi situación… Estoy dispuesto incluso a pedirle disculpas a él, si por mi parte le falté en algo. Soy un estudiante pobre y enfermo, agobiado (así lo dijo: «agobiado») por la pobreza. Soy ex estudiante, porque ahora no puedo mantenerme, pero voy a recibir dinero… Tengo a mi madre y a mi hermana en la provincia de …… Me lo mandarán, y yo… pagaré. Mi casera es una buena mujer, pero se ha enfadado tanto porque perdí las clases y no le pago desde hace cuatro meses que ya ni siquiera me manda la comida… ¡Y no entiendo para nada qué pagaré es ese! Ahora me exige ese pagaré, ¿pero cómo le voy a pagar? ¡Júzguelo usted!…
—Pero eso no es asunto nuestro… —volvió a observar el secretario…
—Permítame, permítame, estoy completamente de acuerdo con usted, pero permítame también a mí aclarar —prosiguió Raskólnikov, dirigiéndose no al secretario, sino siempre a Nikodim Fomich, pero esforzándose con todas sus fuerzas por dirigirse también a Iliá Petróvich, aunque este se obstinaba en hacer como que revolvía papeles y no le prestaba atención con desprecio—. Permítame también a mí, por mi parte, aclarar que vivo en su casa desde hace ya unos tres años, desde que llegué de la provincia, y antes… antes… por lo demás, ¿por qué no habría de confesarlo yo también?, desde el principio prometí que me casaría con su hija, una promesa de palabra, completamente libre… Era una muchacha… por lo demás, hasta me gustaba… aunque no estaba enamorado… en una palabra, la juventud, es decir, quiero decir que la casera me daba entonces mucho crédito y yo llevaba en parte una vida así… era muy frívolo…
—No se le exigen en absoluto esas intimidades, muiseñormío, y además no hay tiempo —lo interrumpió grosero y triunfante Iliá Petróvich, pero Raskólnikov lo detuvo con ardor, aunque de pronto le resultaba extraordinariamente penoso hablar.
—Pero permítame, permítame, en parte, contarlo todo… cómo fue el asunto y… por mi parte… aunque esto está de más, estoy de acuerdo con usted, contarlo; pero hace un año esa muchacha murió de tifus, y yo me quedé de inquilino, como estaba, y la casera, cuando se mudó a la vivienda actual, me dijo… y me lo dijo amistosamente… que tenía plena confianza en mí y todo eso… pero que si no querría darle ese pagaré por ciento quince rublos, todo lo que ella calculaba que le debía. Permítame, señor: me dijo precisamente que, en cuanto le diera ese papel, volvería a fiarme todo lo que yo quisiera y que nunca, nunca, por su parte (esas fueron sus propias palabras), se valdría de ese papel, mientras yo mismo no pagara… Y ahora, cuando he perdido las clases y no tengo qué comer, lo presenta para cobrarlo… ¿Qué voy a decir ahora?
—Todos esos detalles sentimentales, muiseñormío, no nos conciernen —cortó con insolencia Iliá Petróvich—, usted debe dar la declaración y el compromiso, y lo de que usted se dignó estar enamorado y todos esos pasajes trágicos no nos importan en absoluto.
—Pues mira… qué cruel… —murmuró Nikodim Fomich, sentándose a la mesa y poniéndose también a firmar. Le había dado algo de vergüenza.
—Escriba, entonces —le dijo el secretario a Raskólnikov.
—¿Qué escribo? —preguntó este de un modo especialmente grosero.
—Yo se lo dicto.
A Raskólnikov le pareció que el secretario lo trataba con más displicencia y desprecio después de su confesión, pero, cosa extraña, de pronto le resultó a él mismo absolutamente indiferente la opinión de quien fuera, y ese cambio se produjo como en un instante, en un minuto. Si hubiera querido pensar un poco, desde luego se habría asombrado de cómo había podido hablarles así un minuto antes, e incluso imponerles sus sentimientos. ¿Y de dónde habían salido esos sentimientos? Al contrario, ahora, si la habitación se hubiera llenado de pronto no de policías, sino de sus amigos más íntimos, ni así, parece, habría encontrado para ellos una sola palabra humana, hasta tal punto se le había vaciado de pronto el corazón. Una sensación sombría de torturante, infinita soledad y extrañamiento se hizo presente de pronto, conscientemente, en su alma. No fue la bajeza de sus efusiones ante Iliá Petróvich, ni la bajeza del triunfo del teniente sobre él, lo que le dio la vuelta así al corazón. ¡Oh, qué le importaban ahora su propia vileza, todos esos amores propios, los tenientes, las alemanas, los cobros, las comisarías, etcétera, etcétera! Si en ese momento lo hubieran condenado incluso a la hoguera, ni así se habría movido, y difícilmente habría escuchado la sentencia con atención. Le estaba ocurriendo algo completamente desconocido para él, nuevo, repentino y nunca visto. No es que lo entendiera, pero sentía con claridad, con toda la fuerza de la sensación, que ya no podía dirigirse a esa gente, en la comisaría del barrio, no solo con efusiones sentimentales, como hacía un rato, sino con nada en absoluto, y aunque todos fueran sus propios hermanos y hermanas, y no tenientes de policía, ni así tendría por qué dirigirse a ellos, en ninguna circunstancia de la vida; nunca hasta ese momento había experimentado una sensación tan extraña y tan terrible. Y lo más torturante era que se trataba más de una sensación que de una conciencia, que de una idea; una sensación inmediata, la más torturante de todas las sensaciones que había vivido hasta entonces.
El secretario empezó a dictarle la fórmula habitual de declaración en esos casos, es decir: no puedo pagar, me comprometo a pagar en tal fecha (algún día), no saldré de la ciudad, no venderé ni regalaré mis bienes, etcétera.
—Pero usted no puede escribir, se le cae la pluma de las manos —observó el secretario, examinando con curiosidad a Raskólnikov—. ¿Está enfermo?
—Sí… me da vueltas la cabeza… ¡siga!
—Ya está todo; firme.
El secretario recogió el papel y se ocupó de otros.
Raskólnikov devolvió la pluma, pero en lugar de levantarse e irse, apoyó los dos codos en la mesa y se apretó la cabeza con las manos. Era como si le clavaran un clavo en la coronilla. De pronto le vino una idea extraña: levantarse ahora mismo, acercarse a Nikodim Fomich y contarle todo lo de la víspera, todo hasta el último detalle, y después ir con ellos a su vivienda y mostrarles las cosas, en el rincón, en el agujero. El impulso fue tan fuerte que ya se había levantado para cumplirlo. «¿Y si lo pienso aunque sea un minuto? —le cruzó por la cabeza—. ¡No, mejor sin pensar, y quitármelo de encima!» Pero de pronto se detuvo en seco: Nikodim Fomich le hablaba con ardor a Iliá Petróvich, y le llegaron estas palabras:
—¡No puede ser, soltarán a los dos! En primer lugar, todo es contradictorio; juzgue usted: ¿para qué iban a llamar al portero, si hubieran sido ellos? ¿Para denunciarse a sí mismos? ¿O por astucia? ¡No, eso ya sería demasiado astuto! Y, por último, al estudiante Pestriakov lo vieron junto al portón mismo los dos porteros y una mieshchanka justo en el momento en que entraba: venía con tres amigos y se separó de ellos junto al portón mismo, y les preguntó a los porteros por la vivienda, todavía delante de los amigos. ¿Y va a preguntar por la vivienda uno así, si iba con semejante intención? Y Koch, ese, antes de subir a ver a la vieja, estuvo media hora abajo, en casa del platero, y a las ocho menos cuarto exactas subió desde allí a ver a la vieja. Ahora piénselo…
—Pero permítame, ¿cómo es que les salió esa contradicción? Ellos mismos aseguran que golpearon y que la puerta estaba cerrada, y tres minutos después, cuando volvieron con el portero, resulta que la puerta estaba abierta.
—Ahí está el truco: el asesino estaba allí, sin duda, y se había encerrado con el cerrojo; y sin duda lo habrían atrapado allí si Koch no hubiera hecho la tontería de ir él mismo a buscar al portero. Y él, justo en ese intervalo, alcanzó a bajar por la escalera y a escabullirse de algún modo junto a ellos. Koch se santigua con las dos manos: «Si me hubiera quedado allí, dice, habría salido de un salto y me habría matado con el hacha». Quiere encargar un oficio de acción de gracias, a la rusa, ¡je, je!…
—¿Y al asesino no lo vio nadie?
—¿Y cómo lo iban a ver? La casa es un arca de Noé —observó el secretario, que escuchaba desde su sitio.
—¡El asunto está claro, el asunto está claro! —repitió con ardor Nikodim Fomich.
—No, el asunto es muy poco claro —sentenció Iliá Petróvich.
Raskólnikov recogió su sombrero y fue hacia la puerta, pero no llegó a la puerta…
Cuando volvió en sí, vio que estaba sentado en una silla, que a la derecha lo sostenía un hombre, que a la izquierda había otro hombre con un vaso amarillo lleno de agua amarilla, y que Nikodim Fomich estaba de pie delante de él y lo miraba fijamente; se levantó de la silla.
—¿Qué es esto, está usted enfermo? —preguntó con bastante brusquedad Nikodim Fomich.
—Ya cuando firmaba apenas podía mover la pluma —observó el secretario, sentándose en su sitio y volviendo a sus papeles.
—¿Y hace mucho que está enfermo? —gritó Iliá Petróvich desde su sitio, revolviendo también papeles. Desde luego, también él había examinado al enfermo mientras estaba desmayado, pero se apartó enseguida cuando volvió en sí.
—Desde ayer… —murmuró Raskólnikov en respuesta.
—¿Y ayer salió de casa?
—Salí.
—¿Enfermo?
—Enfermo.
—¿A qué hora?
—Pasadas las siete de la tarde.
—¿Y adónde, si se me permite preguntar?
—Por la calle.
—Breve y claro.
Raskólnikov respondía con brusquedad, entrecortadamente, pálido como un pañuelo y sin bajar sus ojos negros e inflamados ante la mirada de Iliá Petróvich.
—Apenas se tiene en pie, y tú… —estuvo a punto de observar Nikodim Fomich.
—¡No es na-da! —dijo Iliá Petróvich de un modo algo especial.
Nikodim Fomich quiso añadir algo más, pero al mirar al secretario, que también lo miraba a él con mucha fijeza, se calló. De pronto todos se callaron. Era extraño.
—Bueno, señor, está bien, señor —concluyó Iliá Petróvich—, no lo retenemos.
Raskólnikov salió. Todavía alcanzó a oír cómo, tras su salida, empezaba una conversación animada, en la que se oía más que ninguna la voz interrogativa de Nikodim Fomich… En la calle volvió en sí del todo.
«¡Un registro, un registro, ahora mismo un registro! —repetía para sí, apresurándose a llegar—. ¡Bandidos! ¡Sospechan!» El miedo de antes volvió a apoderarse de él por entero, de pies a cabeza.
- Asesor colegiado: octavo grado de la Tabla de Rangos. ↩