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Crimen y castigo

Capítulo 38 de 41

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Capítulo 38

Sexta parte. Capítulo VII

Crimen y castigo · Fiódor Dostoyevski

Ese mismo día, pero ya de tarde, pasadas las seis, Raskólnikov se acercaba a la vivienda de su madre y de su hermana, a aquella misma vivienda de la casa de Bakaléiev donde las había instalado Razumíjin. La entrada a la escalera era desde la calle. Raskólnikov se acercaba todavía conteniendo el paso y como vacilando: ¿entrar o no? Pero no habría vuelto atrás por nada del mundo; su decisión estaba tomada. «Además, da lo mismo, ellas todavía no saben nada —pensaba—, y ya se acostumbraron a tenerme por un excéntrico…». Su ropa era horrible: todo sucio, después de haber estado toda la noche bajo la lluvia, roto, raído. Su cara estaba casi desfigurada por el cansancio, la intemperie, el agotamiento físico y una lucha de casi un día entero consigo mismo. Toda esa noche la había pasado solo, Dios sabe dónde. Pero, por lo menos, se había decidido.

Golpeó a la puerta; le abrió su madre. Dúniechka no estaba en casa. Ni siquiera la criada estaba en ese momento. Pulqueria Aleksándrovna al principio se quedó muda de asombro alegre; después lo agarró de la mano y lo arrastró a la habitación.

—¡Por fin estás aquí! —empezó, trabándose de alegría—. No te enojes conmigo, Rodia, porque te recibo tan tontamente, con lágrimas: me estoy riendo, no llorando. ¿Crees que lloro? No, es que me alegro, pero tengo esta costumbre tonta: se me caen las lágrimas. Me pasa desde la muerte de tu padre, lloro por todo. Siéntate, querido, debes de estar cansado, lo veo. Ay, cómo te ensuciaste.

—Ayer estuve bajo la lluvia, mamá… —empezó Raskólnikov.

—¡Pero no, no! —se sobresaltó Pulqueria Aleksándrovna, interrumpiéndolo—. Pensaste que enseguida me pondría a interrogarte, según mi antigua costumbre de mujer; no te preocupes. Yo comprendo, lo comprendo todo; ahora ya aprendí cómo son las cosas aquí y, de verdad, yo misma veo que aquí es más sensato. Lo decidí de una vez para siempre: ¿cómo voy a entender yo tus razonamientos y pedirte cuentas? Quizá tengas Dios sabe qué asuntos y planes en la cabeza, o te nazcan allí algunas ideas; ¿y voy a empujarte del brazo: en qué piensas, a ver? Yo… ¡Ay, Señor! Pero qué hago yo dando vueltas de aquí para allá como una loca… Yo, Rodia, estoy leyendo ya por tercera vez tu artículo en la revista, me lo trajo Dmitri Prokófich. Y me quedé boquiabierta cuando lo vi: qué tonta, pienso para mí, a esto se dedica, ¡esta es la explicación de las cosas! Quizá tenga ideas nuevas en la cabeza, en este momento; las está pensando, y yo lo atormento y lo turbo. Lo leo, querido mío, y desde luego no entiendo mucho; pero, por lo demás, así tiene que ser: ¿cómo voy a entender yo?

—Muéstremelo, mamá.

Raskólnikov tomó el periodiquito y echó una mirada rápida a su artículo. Por mucho que eso contradijera su situación y su estado, sintió ese sentimiento extraño y corrosivamente dulce que experimenta el autor que se ve impreso por primera vez; además, también se hicieron sentir los veintitrés años. Duró un instante. Después de leer algunas líneas, frunció el ceño, y una angustia terrible le oprimió el corazón. Toda su lucha interior de los últimos meses le volvió a la memoria de golpe. Con repugnancia y fastidio tiró el artículo sobre la mesa.

—Pero, Rodia, por tonta que sea, de todos modos puedo juzgar que muy pronto serás uno de los primeros hombres, si no el primero, de nuestro mundo científico. Y se atrevieron a pensar que te habías vuelto loco. ¡Ja, ja, ja! ¿No sabes? ¡Si lo pensaban! Ah, gusanos viles, ¿cómo van a entender qué es la inteligencia? Y Dúniechka también casi lo creyó, ¿qué te parece? Tu difunto padre mandó dos veces cosas a las revistas: primero versos (todavía guardo el cuaderno, alguna vez te lo mostraré), y después ya toda una novela (yo misma le rogué que me la dejara copiar), y cómo rezábamos los dos para que la aceptaran: ¡no la aceptaron! Yo, Rodia, hace unos seis o siete días me desesperaba al ver tu ropa, cómo vives, qué comes y con qué andas. Y ahora veo que otra vez fui tonta, porque si quieres, ahora lo conseguirás todo de golpe, con tu inteligencia y tu talento. Es que por ahora, entonces, no quieres, y te ocupas de cosas mucho más importantes…

—¿Dunia no está en casa, mamá?

—No, Rodia. Muy a menudo no la veo en casa, me deja sola. Dmitri Prokófich, gracias a él, viene a hacerme compañía y siempre habla de ti. Te quiere y te respeta, querido mío. De tu hermana no digo que me falte tanto el respeto. Si no me quejo. Ella tiene su carácter, yo tengo el mío; a ella le han salido unos secretos; bueno, yo no tengo ningún secreto para ustedes. Desde luego, estoy firmemente convencida de que Dunia es demasiado inteligente y, además, nos quiere a mí y a ti… pero ya no sé adónde llevará todo esto. Ahora me hiciste feliz, Rodia, con venir, y ella justo se lo perdió; cuando venga le diré: sin ti vino tu hermano, ¿y dónde te dignaste pasar el tiempo? A mí, Rodia, no me mimes demasiado: si puedes, ven; si no puedes, qué se le va a hacer, esperaré igual. Porque de todos modos sabré que me quieres, y con eso me basta. Leeré tus escritos, oiré hablar de ti a todos, y de vez en cuando tú mismo vendrás a visitarme, ¿qué más quiero? Porque ahora viniste para consolar a tu madre, lo veo…

En ese momento Pulqueria Aleksándrovna se echó de pronto a llorar.

—¡Otra vez yo! ¡No me mires, tonta de mí! Ay, Señor, pero qué hago aquí sentada —exclamó, levantándose de un salto—, si hay café, ¡y no te convido! Eso es lo que es el egoísmo de una vieja. ¡Enseguida, enseguida!

—Mamá, déjelo, me voy enseguida. No vine para eso. Por favor, escúcheme.

Pulqueria Aleksándrovna se le acercó con timidez.

—Mamá, pase lo que pase, oiga lo que oiga de mí, le digan lo que le digan de mí, ¿me querrá como ahora? —preguntó él de pronto, desde la plenitud del corazón, como sin pensar en sus palabras y sin sopesarlas.

—Rodia, Rodia, ¿qué te pasa? ¿Pero cómo puedes preguntar eso? ¿Y quién me va a decir algo de ti? Además, no le creeré a nadie, venga quien venga, simplemente lo echaré.

—Vine a asegurarle que siempre la quise, y ahora me alegro de que estemos solos, me alegro incluso de que Dúniechka no esté —prosiguió él con el mismo impulso—; vine a decirle directamente que, aunque usted vaya a ser desdichada, de todos modos sepa que su hijo la quiere ahora más que a sí mismo y que todo lo que usted pensó de mí, que soy cruel y no la quiero, todo eso era mentira. Nunca dejaré de quererla… Bueno, y basta; me pareció que había que hacerlo así y empezar por esto…

Pulqueria Aleksándrovna lo abrazaba en silencio, lo apretaba contra su pecho y lloraba en voz baja.

—No sé qué te pasa, Rodia —dijo por fin—. Pensé todo este tiempo que simplemente te aburríamos, y ahora veo por todo que se te prepara una gran pena, por eso estás angustiado. Hace mucho que lo presiento, Rodia. Perdóname por hablar de esto; no hago más que pensar en ello y no duermo por las noches. Esta noche tu hermana también se la pasó entera delirando y no hacía más que mencionarte. Oí algo, pero no entendí nada. Toda la mañana anduve como antes de una ejecución, esperaba algo, lo presentía, ¡y llegó! Rodia, Rodia, ¿adónde vas? ¿Te vas de viaje a alguna parte?

—Me voy.

—¡Lo pensaba! Pero yo también puedo ir contigo, si hace falta. Y Dunia; ella te quiere, te quiere mucho, y Sofía Semiónovna, si quieres, que venga con nosotros, si hace falta; ya ves, hasta la tomaría con gusto como hija. Dmitri Prokófich nos ayudará a prepararnos juntos… pero… ¿adónde… te vas?

—Adiós, mamá.

—¡Cómo! ¡Hoy mismo! —gritó ella, como si lo perdiera para siempre.

—No puedo, tengo que irme, me hace mucha falta…

—¿Y yo no puedo ir contigo?

—No, pero usted póngase de rodillas y rece a Dios por mí. Su oración quizá llegue.

—¡Déjame persignarte, bendecirte! Así, así. ¡Oh, Dios, qué estamos haciendo!

Sí, se alegraba, se alegraba mucho de que no hubiera nadie, de que estuvieran a solas con su madre. Era como si de golpe se le ablandara el corazón por todo ese tiempo terrible. Cayó ante ella, le besaba los pies, y los dos, abrazados, lloraban. Y ella esta vez no se asombraba ni hacía preguntas. Hacía mucho que comprendía que a su hijo le pasaba algo terrible, y ahora había llegado un momento espantoso para él.

—Rodia, querido mío, mi primogénito —decía ella, sollozando—, ahora eres igual que cuando eras pequeño, así venías a mí, así me abrazabas y me besabas; todavía cuando vivíamos con tu padre y pasábamos penurias, nos consolabas solo con estar con nosotros, y cuando enterré a tu padre, ¡cuántas veces lloramos abrazados tú y yo, así como ahora, sobre su tumbita! Y si hace mucho que lloro, es que el corazón de madre presintió la desgracia. En cuanto te vi por primera vez aquella vez, por la tarde, recuerdas, cuando acabábamos de llegar aquí, lo adiviné todo solo por tu mirada, así me tembló entonces el corazón, y hoy, cuando te abrí, te miré, bueno, pienso, por lo visto llegó la hora fatal. Rodia, Rodia, ¿no te vas ahora mismo?

—No.

—¿Vendrás otra vez?

—Sí… vendré.

—Rodia, no te enojes, no me atrevo ni a preguntarte. Sé que no me atrevo, pero así, dime solo dos palabritas: ¿te vas lejos?

—Muy lejos.

—¿Y qué hay allí, algún empleo, una carrera para ti, o qué?

—Lo que Dios mande… solo rece por mí…

Raskólnikov fue hacia la puerta, pero ella se aferró a él y lo miraba a los ojos con una mirada desesperada. Su cara se deformó de horror.

—Basta, mamá —dijo Raskólnikov, arrepintiéndose profundamente de haber decidido venir.

—¿No es para siempre? ¿Todavía no es para siempre? ¿Vendrás, vendrás mañana?

—Vendré, vendré, adiós.

Por fin se soltó.

La tarde era fresca, tibia y clara; el tiempo había mejorado desde la mañana. Raskólnikov iba a su vivienda; se apresuraba. Quería terminarlo todo antes de la puesta del sol. Y hasta entonces no habría querido encontrarse con nadie. Al subir a su vivienda, notó que Nastasia, apartándose del samovar, lo seguía atentamente y lo acompañaba con los ojos. «¿No habrá alguien en mi cuarto?», pensó. Con repugnancia se le apareció Porfiri. Pero, al llegar a su habitación y abrirla, vio a Dúniechka. Estaba sentada completamente sola, en una profunda meditación, y al parecer lo esperaba desde hacía mucho. Él se detuvo en el umbral. Ella se incorporó del sofá asustada y se irguió ante él. Su mirada, clavada inmóvil en él, expresaba horror y una pena insaciable. Y solo por esa mirada él comprendió de golpe que ella lo sabía todo.

—¿Qué, entro o me voy? —preguntó él con desconfianza.

—Pasé todo el día en casa de Sofía Semiónovna; te esperábamos las dos. Pensábamos que sin falta irías allí.

Raskólnikov entró en la habitación y se sentó agotado en una silla.

—Estoy como débil, Dunia; estoy muy cansado; y quisiera, al menos en este momento, dominarme por completo.

Levantó hacia ella los ojos con desconfianza.

—¿Pero dónde estuviste toda la noche?

—No lo recuerdo bien; mira, hermana, quería decidirme definitivamente y anduve muchas veces cerca del Neva; eso lo recuerdo. Quería terminar allí, pero… no me decidí… —susurró, otra vez mirando a Dunia con desconfianza.

—¡Gracias a Dios! ¡Y cómo temíamos precisamente eso, Sofía Semiónovna y yo! Entonces todavía crees en la vida: ¡gracias a Dios, gracias a Dios!

Raskólnikov sonrió con amargura.

—No creía, y hace un rato lloramos abrazados con mi madre; no creo, y le pedí que rezara por mí. Dios sabe cómo se hace esto, Dúniechka, y yo no entiendo nada de esto.

—¿Estuviste en casa de mamá? ¿Y se lo dijiste? —exclamó Dunia con horror—. ¿Será posible que te hayas decidido a decírselo?

—No, no se lo dije… con palabras; pero ella entendió mucho. Te oyó delirar por la noche. Estoy seguro de que ya entiende la mitad. Quizá hice mal en ir. Ya ni sé para qué fui. Soy un hombre vil, Dunia.

—¡Un hombre vil, y estás dispuesto a ir al sufrimiento! Porque vas, ¿no?

—Voy. Ahora mismo. Sí, para evitar esta vergüenza quería ahogarme, Dunia, pero pensé, ya de pie sobre el agua, que si hasta ahora me consideraba fuerte, entonces que tampoco tema ahora la vergüenza —dijo él, adelantándose—. ¿Es orgullo, Dunia?

—Es orgullo, Rodia.

Fue como si brillara un fuego en sus ojos apagados; era como si le resultara agradable que todavía fuera orgulloso.

—¿Y no crees, hermana, que simplemente le tuve miedo al agua? —preguntó él con una sonrisa deforme, mirándole la cara.

—¡Oh, Rodia, basta! —exclamó Dunia con amargura.

Durante unos dos minutos duró el silencio. Él estaba sentado con la cabeza gacha y miraba al suelo; Dúniechka estaba de pie en el otro extremo de la mesa y lo miraba con tormento. De pronto él se levantó:

—Es tarde, es hora. Voy ahora mismo a entregarme. Pero no sé para qué voy a entregarme.

Grandes lágrimas le corrían por las mejillas a ella.

—Lloras, hermana, ¿pero puedes tenderme la mano?

—¿Y tú lo dudabas?

Ella lo abrazó con fuerza.

—¿Acaso tú, al ir al sufrimiento, no lavas ya a medias tu crimen? —exclamó, apretándolo entre sus brazos y besándolo.

—¿Crimen? ¿Qué crimen? —gritó él de pronto, con una especie de furia repentina—. ¿Que maté un piojo asqueroso y dañino, una viejecilla usurera que no le servía a nadie, por cuya muerte se perdonan cuarenta pecados, que chupaba la savia de los pobres, eso es un crimen? No pienso en él ni pienso lavarlo. ¿Y por qué todos me lo echan en cara por todos lados: «¡crimen, crimen!»? ¡Solo ahora veo claramente todo lo absurdo de mi pusilanimidad, ahora, cuando ya me decidí a ir a esta vergüenza inútil! Me decido simplemente por mi bajeza y mi falta de talento, y si acaso también por conveniencia, como me proponía ese… ¡Porfiri!…

—¡Hermano, hermano, qué estás diciendo! ¡Pero si derramaste sangre! —gritó Dunia con desesperación.

—La que todos derraman —recogió él casi en un frenesí—, la que corre y siempre corrió en el mundo como una cascada, la que se derrama como champaña y por la que se corona en el Capitolio y después se llama al que la derramó benefactor de la humanidad. ¡Pero mira solo con más atención y distingue! Yo mismo quería el bien de la gente y habría hecho cientos, miles de buenas obras en lugar de esta sola estupidez, ni siquiera estupidez, sino simplemente torpeza, ya que toda esa idea no era para nada tan estúpida como parece ahora, con el fracaso… (¡Con el fracaso todo parece estúpido!) Con esta estupidez solo quería ponerme en una posición independiente, dar el primer paso, conseguir los medios, y después todo se habría borrado con un beneficio inconmensurable, en comparación… Pero yo, yo no aguanté ni el primer paso, ¡porque soy un canalla! ¡En eso está todo el asunto! Y sin embargo no voy a mirar con la mirada de ustedes: si me hubiera salido bien, me habrían coronado, ¡y ahora, a la trampa!

—¡Pero no es eso, no es eso en absoluto! ¡Hermano, qué estás diciendo!

—¡Ah! ¡No es la forma, no es una forma estéticamente buena! Pues decididamente no entiendo: ¿por qué bombardear a la gente con bombas, en un sitio en regla, es una forma más respetable? ¡El miedo a la estética es el primer signo de la impotencia!… Nunca, nunca tomé conciencia de esto con más claridad que ahora, y más que nunca no entiendo mi crimen. ¡Nunca, nunca fui más fuerte ni estuve más convencido que ahora!…

El color hasta le subió a la cara pálida y extenuada. Pero, al pronunciar la última exclamación, su mirada se encontró por casualidad con los ojos de Dunia, y tanto, tanto tormento por él encontró en esa mirada, que sin querer volvió en sí. Sintió que de todos modos había hecho desdichadas a estas dos pobres mujeres. De todos modos, el culpable era él…

—¡Dunia, querida! Si soy culpable, perdóname (aunque a mí no se me puede perdonar, si soy culpable). ¡Adiós! ¡No discutamos! Es hora, ya es hora. No me sigas, te lo suplico, todavía tengo que pasar por… Y ahora ve y siéntate enseguida al lado de mamá. ¡Te lo suplico! Es mi último, mi más grande pedido. No te apartes de ella en todo el tiempo; la dejé con una inquietud que dudo que soporte: o morirá, o se volverá loca. ¡Quédate con ella! Razumíjin estará con ustedes; se lo dije… No llores por mí: procuraré ser valiente y honrado, toda la vida, aunque sea un asesino. Quizá algún día oigas mi nombre. No las deshonraré, ya verás; todavía demostraré… ahora, por el momento, hasta la vista —se apresuró a concluir, al notar otra vez una expresión extraña en los ojos de Dunia ante sus últimas palabras y promesas—. ¿Por qué lloras así? No llores, no llores; ¡si no nos separamos del todo!… ¡Ah, sí! ¡Espera, me olvidaba!…

Se acercó a la mesa, tomó un libro grueso, cubierto de polvo, lo abrió y sacó un pequeño retrato que estaba entre las hojas, una acuarela sobre marfil. Era el retrato de la hija de la casera, su antigua novia, muerta de fiebre, aquella muchacha extraña que quería entrar en un monasterio. Durante un minuto miró atentamente esa carita expresiva y enfermiza, besó el retrato y se lo dio a Dúniechka.

—Con ella hablé mucho también de esto, solo con ella —pronunció pensativo—; a su corazón le comuniqué mucho de lo que después se cumplió de un modo tan monstruoso. No te preocupes —se dirigió a Dunia—, ella no estaba de acuerdo, igual que tú, y me alegro de que ya no exista. Lo principal, lo principal es que todo ahora irá de un modo nuevo, se partirá en dos —exclamó de pronto, volviendo otra vez a su angustia—, todo, todo, ¿pero estoy preparado para eso? ¿Lo quiero yo mismo? ¡Dicen que hace falta para mi prueba! ¿Para qué, para qué todas estas pruebas absurdas? ¿Para qué? ¿Tendré más conciencia entonces, aplastado por los tormentos, por la idiotez, en una impotencia senil después de veinte años de presidio, que la que tengo ahora, y para qué viviré entonces? ¿Por qué acepto ahora vivir así? ¡Oh, supe que era un canalla cuando hoy, al amanecer, estaba de pie sobre el Neva!

Por fin salieron los dos. ¡Le costaba a Dunia, pero lo amaba! Se fue, pero, tras alejarse unos cincuenta pasos, se volvió una vez más para mirarlo. Todavía se lo veía. Pero, al llegar a la esquina, se volvió también él; por última vez se encontraron sus miradas; pero, al notar que ella lo miraba, él hizo un gesto impaciente y hasta fastidiado con la mano para que siguiera, y él mismo dobló bruscamente la esquina.

«Soy malo, ya lo veo —pensaba para sí, avergonzado al cabo de un minuto de su gesto fastidiado con la mano a Dunia—. ¡Pero por qué me quieren tanto ellas, si no lo merezco! ¡Oh, si estuviera solo y nadie me quisiera, y yo mismo nunca hubiera querido a nadie! ¡No habría pasado todo esto! Pero es curioso: ¿será posible que en estos quince o veinte años futuros mi alma se humille tanto que con veneración lloriquee ante la gente, llamándome bandido a cada palabra? ¡Sí, precisamente, precisamente! Para eso me destierran ahora, eso es lo que necesitan… Ahí andan todos por la calle de aquí para allá, y cada uno de ellos es ya un canalla y un bandido por naturaleza; peor todavía: ¡un idiota! ¡Pero prueben a librarme del destierro, y todos se pondrán rabiosos de noble indignación! ¡Oh, cómo los odio a todos!»

Se quedó pensando profundamente en esto: «¿Por qué proceso puede suceder que él termine humillándose ante todos ellos ya sin razonar, humillándose por convicción? ¿Y por qué no? Desde luego, así tiene que ser. ¿Acaso veinte años de opresión incesante no terminarán de rematarlo? La gota horada la piedra. ¡¿Y para qué, para qué vivir después de esto, para qué voy ahora, cuando yo mismo sé que todo será precisamente así, como en un libro, y no de otro modo?!»

Quizá ya por centésima vez se hacía esa pregunta desde la tarde anterior, pero de todos modos seguía caminando.