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Crimen y castigo

Capítulo 21 de 41

Índice

Capítulo 21

Cuarta parte. Capítulo I

Crimen y castigo · Fiódor Dostoyevski

«¿Será la continuación del sueño?», volvió a pensar Raskólnikov. Con cautela y desconfianza observaba al visitante inesperado.

—¿Svidrigáilov? ¡Qué disparate! ¡No puede ser! —dijo por fin en voz alta, perplejo.

Al visitante, al parecer, no le sorprendió en absoluto esa exclamación.

—Vine a verlo por dos razones: en primer lugar, quería conocerlo personalmente, ya que hace tiempo oigo hablar de usted desde un punto de vista muy curioso y ventajoso para usted; en segundo lugar, sueño con que quizá no se niegue a ayudarme en una empresa que concierne directamente al interés de su hermanita, Avdotia Románovna. A mí solo, sin recomendación, ella quizá ahora ni me deje entrar en el patio, por prejuicio; pero con su ayuda, en cambio, cuento con…

—Cuenta mal —lo interrumpió Raskólnikov.

—Ellas llegaron apenas ayer, ¿me permite preguntar?

Raskólnikov no respondió.

—Ayer, ya lo sé. Yo mismo llegué apenas anteayer. Bien, señor, esto es lo que le diré al respecto, Rodión Románovich: considero innecesario justificarme, pero permítame también declarar: ¿qué hay, en realidad, de especialmente criminal de mi parte en todo esto, es decir, sin prejuicios, juzgando con sensatez?

Raskólnikov seguía examinándolo en silencio.

—¿Que en mi casa perseguí a una muchacha indefensa y «la ofendí con mis propuestas infames»? ¿No es así, señor? (¡Yo mismo me adelanto!) Pero suponga nada más que también yo soy hombre, et nihil humanum1… en una palabra, que también yo soy capaz de dejarme seducir y de enamorarme (cosa que, desde luego, no ocurre por nuestra voluntad): entonces todo se explica de la manera más natural. Toda la cuestión está aquí: ¿soy un monstruo o soy yo mismo una víctima? ¿Y si soy una víctima? Porque, al proponerle a mi objeto fugarse conmigo a América o a Suiza, quizá yo alimentaba los sentimientos más respetuosos, ¡y encima pensaba organizar la felicidad de los dos!… La razón está al servicio de la pasión; yo, quizá, me perdía todavía más a mí mismo, ¡por favor!…

—No se trata para nada de eso —lo interrumpió con repugnancia Raskólnikov—. Lisa y llanamente, usted es repugnante, tenga razón o no la tenga, y por eso no quieren tratarlo, y lo echan, ¡y váyase!…

Svidrigáilov de pronto soltó una carcajada.

—¡Pero usted… a usted no hay quien lo desconcierte! —dijo, riéndose del modo más franco—. Yo pensaba hacerme el astuto, pero no, ¡usted se puso justo en el punto más verdadero!

—Si sigue haciéndose el astuto en este mismo momento.

—¿Y qué? ¿Y qué? —repetía Svidrigáilov, riéndose a sus anchas—. Esto es bonne guerre2, como se dice, ¡y la astucia más permitida!… Pero de todos modos me interrumpió; de un modo u otro, lo confirmo otra vez: no habría habido ningún disgusto si no hubiera sido por el incidente del jardín. Marfa Petróvna…

—¿Y a Marfa Petróvna también la liquidó usted, según dicen? —lo interrumpió groseramente Raskólnikov.

—¿Así que también eso oyó? Aunque, cómo no oírlo… Bueno, en cuanto a esa pregunta suya, de verdad no sé cómo decírselo, aunque mi conciencia está en el más alto grado tranquila al respecto. Es decir, no piense que temo algo de ese tipo: todo se hizo en perfecto orden y con toda exactitud: la investigación médica descubrió una apoplejía producida por un baño justo después de una comida copiosa, con casi una botella de vino bebida, y no podía descubrir otra cosa… No, señor, lo que pensé para mí durante algún tiempo, sobre todo en el viaje, sentado en el vagón, fue esto: ¿no habré contribuido a toda esta… desgracia, de algún modo, con una irritación moral o algo por el estilo? Pero concluí que tampoco eso podía ser de ningún modo.

Raskólnikov se echó a reír.

—¡Qué ganas de inquietarse así!

—¿Pero de qué se ríe? Piénselo: le di solo dos golpes con una fustita, ni siquiera quedaron marcas… No me considere, por favor, un cínico; yo sé exactamente lo infame que es de mi parte, y así sucesivamente; pero también sé con seguridad que Marfa Petróvna quizá hasta se alegró de ese, por así decirlo, arrebato mío. La historia de su hermanita se había agotado hasta la última letra. Marfa Petróvna ya llevaba tres días obligada a quedarse en casa; no tenía con qué presentarse en el pueblo, y además ya tenía a todos hartos con esa carta suya (¿oyó lo de la lectura de la carta?). ¡Y de pronto esos dos golpes de fusta caen como del cielo! ¡Lo primero que hizo fue mandar enganchar el carruaje!… Y no hablo ya de que las mujeres tienen casos en que es muy, pero muy agradable ser ofendidas, a pesar de toda la indignación aparente. Todos los tienen, esos casos; al hombre en general le gusta muchísimo ser ofendido, ¿lo notó? Pero en las mujeres eso es especial. Hasta se puede decir que de eso viven.

En un momento Raskólnikov pensó en levantarse e irse y terminar así el encuentro. Pero cierta curiosidad e incluso algo así como un cálculo lo retuvieron por un instante.

—¿Le gusta pegar? —preguntó distraído.

—No, no mucho —respondió tranquilamente Svidrigáilov—. Y con Marfa Petróvna casi nunca nos peleábamos. Vivíamos muy de acuerdo, y ella siempre estaba contenta conmigo. La fusta la usé, en nuestros siete años, solo dos veces (si no se cuenta un tercer caso, por lo demás muy ambiguo): la primera vez, dos meses después de nuestra boda, enseguida de llegar a la aldea, y este último caso de ahora. ¿Y usted ya pensaba que yo era un monstruo, un retrógrado, un partidario de la servidumbre? Je, je… Y a propósito: ¿no recuerda usted, Rodión Románovich, cómo hace algunos años, todavía en tiempos de la bienhechora glásnost3, avergonzaron aquí ante todo el pueblo y toda la literatura a un noble (¡olvidé el apellido!) que azotó a una alemana en un vagón? ¿Se acuerda? Entonces, ese mismo año, me parece, ocurrió también el «Acto indecoroso» de «El Siglo»4 (bueno, las «Noches egipcias», la lectura pública, ¿se acuerda? ¡Esos ojos negros! ¡Oh, dónde estás, tiempo dorado de nuestra juventud!). Bien, señor, esta es mi opinión: con el señor que azotó a la alemana no simpatizo en lo más mínimo, porque en efecto eso… ¡qué simpatía se puede tener! Pero al mismo tiempo no puedo dejar de declarar que a veces se dan unas «alemanas» tan provocadoras que, me parece, no hay un solo progresista que pueda responder por completo de sí mismo. Desde ese punto de vista nadie miró entonces el asunto, y sin embargo ese es el verdadero punto de vista humano, ¡de verdad, señor!

Dicho esto, Svidrigáilov volvió de pronto a reírse. A Raskólnikov le resultó evidente que era un hombre firmemente decidido a algo y que no revelaba sus intenciones.

—Usted debe de llevar varios días seguidos sin hablar con nadie —preguntó.

—Casi. ¿Y qué? ¿Seguro que se asombra de que sea un hombre tan acomodaticio?

—No, me asombra que sea un hombre demasiado acomodaticio.

—¿Porque no me ofendí por la grosería de sus preguntas? ¿Es eso? Sí… ¿y por qué ofenderse? Como me preguntaba, así le respondía —añadió con una expresión asombrosa de candidez—. Es que casi nada me interesa especialmente, palabra —prosiguió de un modo pensativo—. Sobre todo ahora, no estoy ocupado en nada… Aunque usted tiene derecho a pensar que lo adulo con algún fin, tanto más cuanto que tengo un asunto con su hermanita, como yo mismo declaré. Pero le diré con franqueza: ¡me aburro mucho! Sobre todo estos tres días, tanto que hasta me alegré de verlo… No se enoje, Rodión Románovich, pero usted mismo, no sé por qué, me parece terriblemente extraño. Como quiera, pero hay algo en usted; y precisamente ahora, es decir, no propiamente en este momento, sino en general ahora… ¡Bueno, bueno, no lo haré, no lo haré, no frunza el ceño! No soy tan oso como usted piensa.

Raskólnikov lo miró sombrío.

—Quizá ni siquiera sea un oso en absoluto —dijo—. Hasta me parece que usted es de muy buena sociedad o, por lo menos, que sabe, llegado el caso, ser también una persona decente.

—Es que la opinión de nadie me interesa especialmente —respondió Svidrigáilov secamente y como con un matiz de altivez—, y por eso, ¿por qué no ser de vez en cuando un ordinario, si ese traje es tan cómodo de llevar en nuestro clima y… sobre todo si además se tiene una inclinación natural? —añadió, volviendo a reírse.

—He oído, sin embargo, que usted tiene aquí muchos conocidos. Usted es lo que se llama «un hombre con relaciones». ¿Para qué me quiere a mí en ese caso, si no es con algún fin?

—Es verdad lo que dice, que tengo conocidos —repuso Svidrigáilov, sin responder al punto principal—; ya me crucé con algunos; llevo tres días dando vueltas; yo los reconozco, y parece que a mí también me reconocen. Desde luego, voy bien vestido y se me tiene por un hombre que no es pobre; a nosotros la reforma campesina no nos tocó: bosques y prados inundables, la renta no se pierde; pero… no iré allá; ya antes me tenía harto: llevo tres días dando vueltas y no me doy a conocer a nadie… ¡Y además, la ciudad! Dígame, por favor, ¿cómo se nos compuso esto? ¡Una ciudad de escribientes y de seminaristas de toda clase! De verdad, antes no notaba muchas cosas, hace unos ocho años, cuando andaba por aquí… ¡Ahora solo confío en la anatomía, palabra!

—¿Qué anatomía?

—Y en cuanto a esos clubes, los Dussaut5, esas Puntas suyas o, si quiere, el progreso: bueno, eso que sea sin nosotros —prosiguió, otra vez sin notar la pregunta—. ¿Y qué ganas hay de ser tahúr?

—¿Y usted fue también tahúr?

—¿Cómo no? Éramos toda una compañía, de lo más decente, hace unos ocho años; pasábamos el tiempo; y todos, sabe, gente con modales; había poetas, había capitalistas. Y en general entre nosotros, en la sociedad rusa, los mejores modales los tienen los que han recibido palizas, ¿lo notó? Es que ahora, en la aldea, me he venido abajo. Y sin embargo entonces me metieron preso por deudas, un griego de Nézhin. Entonces apareció Marfa Petróvna, regateó y me rescató por treinta mil monedas de plata. (En total yo debía setenta mil). Nos unimos con ella en legítimo matrimonio, y me llevó enseguida a su aldea, como un tesoro. Era cinco años mayor que yo. Me quería mucho. Siete años no salí de la aldea. Y fíjese: toda la vida guardó contra mí un documento, a nombre de otro, por esos treinta mil, de modo que, si se me ocurría rebelarme en algo, ¡enseguida a la trampa! ¡Y lo habría hecho! En las mujeres todo eso convive junto.

—¿Y si no hubiera sido por el documento, se habría escapado?

—No sé cómo decírselo. Ese documento casi no me molestaba. No tenía ganas de ir a ninguna parte, y al extranjero Marfa Petróvna misma me invitó un par de veces, viendo que me aburría. ¡Pero qué! Al extranjero ya había ido antes, y siempre me daba náuseas. No es que… pero amanece, el golfo de Nápoles, el mar, uno mira, y le da como una tristeza. ¡Lo más repugnante es que de verdad uno está triste por algo! No, en la patria se está mejor: aquí, por lo menos, de todo se culpa a los demás y uno se justifica a sí mismo. Quizá ahora me iría en una expedición al Polo Norte, porque j’ai le vin mauvais6, y beber me da asco, y aparte del vino no me queda nada más. Lo he probado. ¿Y qué, dicen que Berg volará el domingo en el jardín Yusúpov en un globo enorme, que invita a compañeros de viaje por cierta suma, es verdad?

—¿Y qué, usted volaría?

—¿Yo? No… así… —murmuró Svidrigáilov, como pensativo de verdad.

«¿Pero qué le pasa, en realidad?», pensó Raskólnikov.

—No, el documento no me molestaba —prosiguió Svidrigáilov, pensativo—, era yo mismo el que no salía de la aldea. Y además hará ya un año que Marfa Petróvna, en el día de mi santo, me devolvió ese documento, y encima me regaló una suma considerable. Es que ella tenía capital. «Ya ve cuánto confío en usted, Arkadi Ivánovich»: de verdad, así se expresó. ¿No cree que se expresó así? ¿Y sabe? Me volví un hacendado bastante bueno en la aldea; en la comarca me conocen. También encargaba libros. Marfa Petróvna al principio lo aprobaba, pero después temía que me volviera demasiado erudito.

—Parece que extraña mucho a Marfa Petróvna, ¿no?

—¿Yo? Quizá. De verdad, quizá. Y a propósito, ¿cree usted en los aparecidos?

—¿Qué aparecidos?

—¡Los aparecidos corrientes, cuáles van a ser!

—¿Y usted cree?

—Pues quizá no, pour vous plaire7… Es decir, no es que no…

—¿Se le aparecen, o qué?

Svidrigáilov lo miró de un modo algo extraño.

—Marfa Petróvna se digna visitarme —dijo, torciendo la boca en una sonrisa extraña.

—¿Cómo que se digna visitarlo?

—Pues ya vino tres veces. La primera vez la vi el mismo día del entierro, una hora después del cementerio. Fue la víspera de mi viaje aquí. La segunda vez, anteayer, en el viaje, al amanecer, en la estación de Málaia Vishera; y la tercera, hace dos horas, en la vivienda donde me alojo, en la habitación; estaba solo.

—¿Despierto?

—Completamente. Las tres veces despierto. Viene, habla un minuto y se va por la puerta; siempre por la puerta. Hasta parece que se oye.

—¡Por qué pensaba yo que a usted sin falta le pasaba algo así! —dijo de pronto Raskólnikov, y en ese mismo instante se asombró de haberlo dicho. Estaba muy agitado.

—¿Vaya? ¿Usted lo pensó? —preguntó asombrado Svidrigáilov—. ¿De veras? Bueno, ¿no le dije que entre nosotros hay un punto en común, eh?

—¡Usted nunca dijo eso! —respondió Raskólnikov con brusquedad y vehemencia.

—¿No lo dije?

—¡No!

—Me pareció que lo había dicho. Hace un rato, cuando entré y vi que estaba acostado con los ojos cerrados y que solo lo fingía, enseguida me dije: «¡Este es el mismo!».

—¿Qué es eso de «el mismo»? ¿De qué habla? —exclamó Raskólnikov.

—¿De qué? De verdad, no sé de qué… —murmuró Svidrigáilov con toda sinceridad, y como enredándose él mismo.

Durante un minuto callaron. Los dos se miraban con los ojos muy abiertos.

—¡Todo esto es un disparate! —exclamó Raskólnikov con fastidio—. ¿Y qué le dice ella cuando viene?

—¿Ella? Imagínese, de las pequeñeces más insignificantes, y asómbrese del ser humano: eso es precisamente lo que me enfurece. La primera vez entró (yo, sabe, estaba cansado: el oficio de difuntos, el «Con los santos haz descansar», después la letanía, la comida; por fin me quedé solo en el despacho, encendí un cigarro, me puse a pensar), entró por la puerta: «Usted, Arkadi Ivánovich —dice—, hoy, con tanto ajetreo, se olvidó de dar cuerda al reloj del comedor». Y ese reloj, en efecto, durante los siete años, todas las semanas le daba cuerda yo mismo, y si me olvidaba, ella siempre me lo recordaba. Al día siguiente ya venía hacia aquí. Entré al amanecer en la estación (por la noche había dormitado, estaba molido, los ojos hinchados de sueño), pedí café; miro: Marfa Petróvna de pronto se sienta a mi lado, con una baraja en las manos: «¿No quiere que le eche las cartas para el viaje, Arkadi Ivánovich?». Y ella era una maestra echando las cartas. ¡Y no me perdonaré no haber dejado que me las echara! Huí asustado, y además, es verdad, sonó la campana. Hoy estoy sentado después de una comida malísima de una casa de comidas, con el estómago pesado; estoy sentado, fumo, y de pronto otra vez Marfa Petróvna: entra toda emperifollada con un vestido nuevo de seda verde, con una cola larguísima: «¡Buenos días, Arkadi Ivánovich! ¿Qué le parece mi vestido? Aniska no lo cose así». (Aniska es una costurera de nuestra aldea, de las antiguas siervas, que estuvo aprendiendo en Moscú; una muchachita bonita). Está de pie, da vueltas ante mí. Examiné el vestido, después la miré con atención a la cara: «Qué ganas tiene, Marfa Petróvna —le digo—, de venir a verme por semejantes pequeñeces y molestarse». «¡Ay, Dios mío, padrecito, ya ni molestarte se puede!» Yo le digo, para fastidiarla: «Marfa Petróvna, quiero casarme». «Es muy propio de usted, Arkadi Ivánovich; no le hace mucho honor que, sin tiempo apenas de enterrar a su mujer, ya salga a casarse. Y si al menos eligiera bien, pero, ya sé, ni para ella ni para usted: solo hará reír a la buena gente». Y se fue, y la cola parece que hacía ruido. Qué disparate, ¿eh?

—¿Y no estará usted mintiendo en todo? —respondió Raskólnikov.

—Rara vez miento —respondió Svidrigáilov, pensativo y como sin notar en absoluto la grosería de la pregunta.

—¿Y antes, nunca había visto aparecidos?

—N… no, vi, una sola vez en la vida, hace seis años. Tenía un criado, Filka; apenas lo enterramos, grité, distraído: «¡Filka, la pipa!». Entró, y fue derecho al estante donde tengo las pipas. Yo estoy sentado, pienso: «Es para vengarse de mí», porque justo antes de su muerte nos peleamos fuerte. «¿Cómo te atreves —le digo— a entrar a verme con el codo roto? ¡Fuera, sinvergüenza!» Se dio la vuelta, salió y no volvió más. No se lo dije entonces a Marfa Petróvna. Quise mandar decir un responso por él, pero me dio vergüenza.

—Vaya a ver a un médico.

—Eso de que no estoy bien lo entiendo sin que me lo diga usted, aunque, de verdad, no sé de qué; a mi parecer, seguro que estoy cinco veces más sano que usted. No le pregunté eso, si cree o no cree que los aparecidos se aparecen. Le pregunté: ¿cree usted que existen los aparecidos?

—¡No, de ningún modo lo creeré! —exclamó Raskólnikov, hasta con una especie de rabia.

—¿Cómo se suele decir? —murmuraba Svidrigáilov, como para sí, mirando hacia un lado e inclinando un poco la cabeza—. Dicen: «Estás enfermo; por lo tanto, lo que se te aparece no es más que un delirio inexistente». Pero ahí no hay una lógica estricta. Admito que los aparecidos solo se les aparecen a los enfermos; pero eso solo demuestra que los aparecidos no pueden aparecerse sino a los enfermos, y no que no existan por sí mismos.

—¡Desde luego que no existen! —insistía Raskólnikov, irritado.

—¿No? ¿Usted lo cree así? —prosiguió Svidrigáilov, mirándolo despacio—. ¿Y si se razona así? (A ver, ayúdeme). «Los aparecidos son, por así decirlo, jirones y fragmentos de otros mundos, su comienzo. El hombre sano, desde luego, no tiene por qué verlos, porque el hombre sano es el hombre más terrenal, y por lo tanto debe vivir solo la vida de aquí, para la plenitud y para el orden. Pero en cuanto se enferma, en cuanto se altera el orden terrenal normal del organismo, enseguida empieza a manifestarse la posibilidad de otro mundo, y cuanto más enfermo está, más contactos tiene con el otro mundo, de modo que cuando el hombre muere del todo, pasa directamente al otro mundo». Hace mucho que razono sobre esto. Si cree en la vida futura, también se puede creer en este razonamiento.

—Yo no creo en la vida futura —dijo Raskólnikov.

Svidrigáilov estaba sentado, pensativo.

—¿Y si allí no hay más que arañas o algo por el estilo? —dijo de pronto.

«Este es un loco», pensó Raskólnikov.

—Nosotros siempre nos imaginamos la eternidad como una idea que no se puede comprender, ¡algo enorme, enorme! ¿Pero por qué enorme sin falta? Y de pronto, en lugar de todo eso, imagínese, habrá allí un cuartito, algo así como un baño de aldea, ahumado, y en todos los rincones arañas, y esa será toda la eternidad. A mí, sabe, a veces se me aparece algo así.

—¿Y es posible, es posible que no se le ocurra nada más consolador y más justo que eso? —exclamó Raskólnikov con un sentimiento doloroso.

—¿Más justo? ¿Y quién sabe? Quizá eso sea lo justo, ¿y sabe?, yo sin falta lo haría así, ¡a propósito! —respondió Svidrigáilov, sonriendo vagamente.

Una especie de frío invadió de pronto a Raskólnikov ante esa respuesta monstruosa. Svidrigáilov levantó la cabeza, lo miró fijamente y de pronto soltó una carcajada.

—No, piense usted en esto —gritó—: hace media hora todavía no nos habíamos visto, nos consideramos enemigos, entre nosotros hay un asunto sin resolver; dejamos el asunto, ¡y mire a qué literatura fuimos a parar! Bueno, ¿no dije la verdad, que somos del mismo palo?

—Hágame el favor —prosiguió Raskólnikov, irritado—, permítame rogarle que se explique cuanto antes y me diga por qué se ha dignado honrarme con su visita… y… y… tengo prisa, no tengo tiempo, quiero salir…

—Como guste, como guste. Su hermanita, Avdotia Románovna, se casa con el señor Luzhin, con Piotr Petróvich, ¿no?

—¿No se podría de algún modo evitar toda cuestión relativa a mi hermana y no mencionar su nombre? Ni siquiera entiendo cómo se atreve a pronunciar su nombre delante de mí, si es que de verdad es usted Svidrigáilov.

—¡Pero si vine precisamente a hablar de ella! ¿Cómo no mencionarla?

—Bien; hable, ¡pero rápido!

—Estoy seguro de que usted ya se ha formado su opinión sobre ese señor Luzhin, pariente mío por parte de mi mujer, si lo ha visto aunque sea media hora o ha oído de él algo cierto y exacto. No es pareja para Avdotia Románovna. A mi parecer, Avdotia Románovna se sacrifica en este asunto con mucha generosidad y sin cálculo por… por su familia. Me pareció, por todo lo que oí de usted, que usted, por su parte, estaría muy contento si ese matrimonio pudiera deshacerse sin perjudicar los intereses. Ahora, tras conocerlo personalmente, hasta estoy seguro.

—De su parte todo esto es muy ingenuo; disculpe, quería decir: insolente —dijo Raskólnikov.

—Es decir, con eso usted da a entender que me afano por mi bolsillo. No se preocupe, Rodión Románovich: si me afanara por mi provecho, no me expresaría tan directamente; no soy del todo tonto. Al respecto le revelaré una rareza psicológica. Hace un rato, al justificar mi amor por Avdotia Románovna, dije que yo mismo había sido una víctima. Pues sepa que ahora no siento ningún amor, n-ninguno, tanto que hasta a mí mismo me resulta extraño, porque de verdad sentía algo…

—Por ociosidad y libertinaje —lo interrumpió Raskólnikov.

—En efecto, soy un hombre libertino y ocioso. Aunque su hermanita tiene tantas cualidades que tampoco yo podía dejar de ceder a cierta impresión. Pero todo eso es un disparate, como ahora yo mismo veo.

—¿Desde cuándo lo ve?

—Empecé a notarlo ya antes, y me convencí definitivamente anteayer, casi en el momento mismo de llegar a Petersburgo. Aunque todavía en Moscú me imaginaba que venía a pedir la mano de Avdotia Románovna y a competir con el señor Luzhin.

—Disculpe que lo interrumpa, hágame el favor: ¿no podría abreviar y pasar directamente al objeto de su visita? Tengo prisa, tengo que salir…

—Con el mayor gusto. Al llegar aquí y habiendo decidido emprender ahora cierto… viaje, quise tomar las disposiciones previas necesarias. Mis hijos se quedaron con su tía; son ricos, y a mí personalmente no me necesitan. ¡Y qué padre soy yo! Para mí tomé solo lo que me regaló hace un año Marfa Petróvna. Me basta. Disculpe, ahora mismo paso al asunto mismo. Antes del viaje, que quizá se realice, quiero terminar también con el señor Luzhin. No es que no pueda soportarlo, pero por él, sin embargo, surgió esa pelea mía con Marfa Petróvna, cuando supe que ella había cocinado esa boda. Deseo ahora ver a Avdotia Románovna, por mediación de usted, y, quizá, en presencia de usted, explicarle, en primer lugar, que del señor Luzhin no solo no obtendrá el menor provecho, sino que seguramente obtendrá un perjuicio evidente. Después, tras pedirle perdón por todos esos disgustos recientes, le pediría permiso para ofrecerle diez mil rublos y facilitar así la ruptura con el señor Luzhin, ruptura que, estoy seguro, ella misma no rechazaría si se presentara la posibilidad.

—¡Pero usted está de verdad, de verdad loco! —exclamó Raskólnikov, no tanto enojado como asombrado—. ¡Cómo se atreve a hablar así!

—Ya sabía que gritaría; pero, en primer lugar, aunque no soy rico, esos diez mil rublos los tengo libres, es decir, no los necesito para nada, para nada. Si Avdotia Románovna no los acepta, quizá los emplee de un modo todavía más estúpido. Eso uno. Dos: mi conciencia está completamente tranquila; los ofrezco sin ningún cálculo. Créalo o no, más adelante lo sabrán usted y Avdotia Románovna. Todo está en que, en efecto, le causé algunas molestias y disgustos a su muy respetada hermanita; por lo tanto, sintiendo un arrepentimiento sincero, deseo de corazón, no comprar mi perdón, no pagar por los disgustos, sino lisa y llanamente hacer por ella algo provechoso, con el fundamento de que en realidad no me he arrogado el privilegio de hacer solo el mal. Si en mi propuesta hubiera aunque fuera una millonésima de cálculo, no la haría tan directamente; y tampoco le ofrecería solo diez mil, cuando hace apenas cinco semanas le ofrecía más. Además, quizá muy, muy pronto me case con una muchacha, y por lo tanto toda sospecha de algún intento contra Avdotia Románovna debe desaparecer con ello. Para terminar diré que, al casarse con el señor Luzhin, Avdotia Románovna toma el mismo dinero, solo que de otro lado… Pero no se enoje, Rodión Románovich, piénselo con calma y sangre fría.

Mientras decía esto, el propio Svidrigáilov estaba extraordinariamente tranquilo y sereno.

—Le ruego que termine —dijo Raskólnikov—. En todo caso, es de una insolencia imperdonable.

—Para nada. Entonces resultaría que en este mundo un hombre solo puede hacerle mal a otro y, al contrario, no tiene derecho a hacerle ni una migaja de bien, por formalidades vacías y establecidas. Eso es absurdo. Porque si yo, por ejemplo, me muriera y le dejara esa suma a su hermanita por testamento, ¿es posible que también entonces se negara a aceptarla?

—Es muy posible.

—Bueno, eso no, señor. Aunque, si no, pues no, que así sea. Solo que diez mil rublos son una cosa estupenda, llegado el caso. En todo caso, le ruego que le transmita lo dicho a Avdotia Románovna.

—No, no se lo transmitiré.

—En ese caso, Rodión Románovich, me veré obligado a procurar yo mismo un encuentro personal, y por lo tanto a molestar.

—¿Y si se lo transmito, no procurará un encuentro personal?

—No sé, de verdad, cómo decírselo. Verla una vez lo desearía mucho.

—No lo espere.

—Lástima. Aunque usted no me conoce. Quizá lleguemos a tratarnos más de cerca.

—¿Usted cree que llegaremos a tratarnos más de cerca?

—¿Y por qué no? —dijo Svidrigáilov sonriendo, se levantó y tomó el sombrero—. Es que no es que deseara tanto molestarlo, y al venir aquí ni siquiera contaba mucho con ello, aunque, por lo demás, su fisonomía ya esta mañana me impresionó…

—¿Dónde me vio esta mañana? —preguntó inquieto Raskólnikov.

—Por casualidad, señor… Me sigue pareciendo que en usted hay algo que se parece a lo mío… Pero no se preocupe, no soy pesado; me llevé bien con los tahúres, y no le resulté pesado al príncipe Svirbéi, pariente lejano mío y gran señor, y supe escribir sobre la Madona de Rafael en el álbum de la señora Prilúkova, y viví siete años con Marfa Petróvna sin salir de la aldea, y en otros tiempos pasé noches en la casa de Viázemski, en la Sennaia8, y quizá vuele en globo con Berg.

—Bueno, está bien, señor. Permítame preguntarle: ¿saldrá pronto de viaje?

—¿Qué viaje?

—Pues ese «viaje»… Usted mismo lo dijo.

—¿El viaje? ¡Ah, sí!… En efecto, le hablé de un viaje… Bueno, esa es una cuestión amplia… ¡Pero si supiera usted, sin embargo, por qué pregunta! —añadió, y de pronto soltó una risa fuerte y breve—. Quizá en lugar del viaje me case; me están proponiendo una novia.

—¿Aquí?

—Sí.

—¿Cuándo tuvo tiempo?

—Pero ver una vez a Avdotia Románovna lo deseo mucho. Se lo pido en serio. Bueno, hasta la vista… ¡ah, sí! ¡Mire lo que olvidaba! Dígale, Rodión Románovich, a su hermanita que en el testamento de Marfa Petróvna se la menciona con tres mil rublos. Es completamente cierto. Marfa Petróvna lo dispuso una semana antes de morir, y fue en mi presencia. Dentro de dos o tres semanas Avdotia Románovna puede recibir el dinero.

—¿Dice usted la verdad?

—La verdad. Dígaselo. Bueno, señor, servidor suyo. Me alojo muy cerca de usted.

Al salir, Svidrigáilov se cruzó en la puerta con Razumíjin.


  1. «Y nada humano [me es ajeno]», verso de Terencio. ↩
  2. «Buena guerra»: juego limpio. ↩
  3. Glásnost: la apertura de la prensa en los primeros años del reinado de Alejandro II. ↩
  4. En 1861 la revista El Siglo publicó un artículo indignado contra una dama que había leído en público las Noches egipcias de Pushkin. ↩
  5. Dussaut: restaurante elegante de Petersburgo. La Punta: paseo de moda en una de las Islas. ↩
  6. «Tengo mal vino»: me pongo malo cuando bebo. ↩
  7. «Para complacerlo». ↩
  8. Albergue nocturno de mala fama en la Sennaia. ↩