Capítulo 41
Epílogo. Capítulo II
Crimen y castigo · Fiódor Dostoyevski
Crimen y castigoEstaba enfermo desde hacía mucho; pero no fueron los horrores de la vida de presidio, ni los trabajos, ni la comida, ni la cabeza rapada, ni la ropa de retazos lo que lo quebró: ¡oh!, ¿qué le importaban todos esos tormentos y suplicios? Al contrario, hasta se alegraba del trabajo: agotándose físicamente en el trabajo, por lo menos conseguía unas cuantas horas de sueño tranquilo. ¿Y qué significaba para él la comida, esa sopa de repollo aguada con cucarachas? De estudiante, en su vida anterior, a menudo no tenía ni eso. Su ropa era abrigada y adecuada a su modo de vida. Los grilletes ni siquiera los sentía sobre sí. ¿Iba a avergonzarse de su cabeza rapada y de su chaqueta de dos colores? ¿Pero ante quién? ¿Ante Sonia? Sonia le tenía miedo; ¿y ante ella iba a avergonzarse?
¿Y entonces? Se avergonzaba incluso ante Sonia, a la que atormentaba por eso con su trato despectivo y grosero. Pero no se avergonzaba de la cabeza rapada ni de los grilletes: su orgullo estaba gravemente herido; y enfermó de orgullo herido. ¡Oh, qué feliz habría sido si hubiera podido acusarse a sí mismo! Entonces lo habría soportado todo, hasta la vergüenza y el oprobio. Pero se juzgó con severidad, y su conciencia endurecida no encontró ninguna culpa especialmente terrible en su pasado, salvo quizá un simple desacierto, que le podía pasar a cualquiera. Se avergonzaba precisamente de que él, Raskólnikov, se hubiera perdido tan ciega, desesperanzada, sorda y estúpidamente, por una especie de sentencia del destino ciego, y de que tuviera que resignarse y someterse ante el «sinsentido» de una sentencia cualquiera, si quería tranquilizarse un poco.
Una inquietud sin objeto y sin fin en el presente, y en el futuro un sacrificio incesante con el que no se adquiría nada: eso era lo que le esperaba en el mundo. ¡Y qué importaba que dentro de ocho años tuviera solo treinta y dos y pudiera empezar otra vez a vivir! ¿Para qué vivir? ¿Qué tener en vista? ¿A qué aspirar? ¿Vivir para existir? Pero mil veces, ya antes, había estado dispuesto a dar su existencia por una idea, por una esperanza, incluso por una fantasía. La sola existencia siempre le había resultado poca; siempre había querido más. Quizá solo por la fuerza de sus deseos se había considerado entonces un hombre al que le estaba permitido más que a otro.
¡Si al menos el destino le hubiera mandado el arrepentimiento: un arrepentimiento ardiente, que destroza el corazón, que ahuyenta el sueño, un arrepentimiento tal que, por sus tormentos terribles, a uno se le aparecen la soga y el remolino! ¡Oh, se habría alegrado de él! Los tormentos y las lágrimas también son vida. Pero no se arrepentía de su crimen.
Por lo menos podría haberse enfurecido por su estupidez, como se había enfurecido antes por los actos monstruosos y estupidísimos que lo habían llevado a la cárcel. Pero ahora, ya en la cárcel, en libertad, volvió a examinar y a pensar todos sus actos anteriores y no los encontró para nada tan estúpidos y monstruosos como le habían parecido en aquel tiempo fatal, antes.
«¿En qué, en qué —pensaba— era mi idea más estúpida que otras ideas y teorías que pululan y chocan unas con otras en el mundo desde que el mundo existe? Basta con mirar el asunto con una mirada completamente independiente, amplia y libre de las influencias cotidianas, y entonces, desde luego, mi idea resultará para nada tan… extraña. ¡Oh, negadores y sabios de cinco kopeks de plata, por qué se detienen a mitad de camino!
»¿Por qué les parece tan monstruoso mi acto? —se decía—. ¿Porque es una maldad? ¿Qué significa la palabra “maldad”? Mi conciencia está tranquila. Desde luego, se cometió un crimen; desde luego, se violó la letra de la ley y se derramó sangre; pues tomen por la letra de la ley mi cabeza… ¡y basta! Desde luego, en ese caso incluso muchos benefactores de la humanidad, que no heredaron el poder sino que lo tomaron ellos mismos, deberían haber sido ejecutados en sus primerísimos pasos. Pero esa gente aguantó sus pasos, y por eso tiene razón, y yo no aguanté, y por lo tanto no tenía derecho a permitirme ese paso».
Solo en eso reconocía su crimen: solo en no haberlo aguantado y haberse presentado a confesar.
Sufría también por la idea: ¿por qué no se había matado entonces? ¿Por qué había estado de pie entonces sobre el río y había preferido presentarse a confesar? ¿Será posible que haya tanta fuerza en ese deseo de vivir y que sea tan difícil vencerlo? ¿Y Svidrigáilov, que le temía a la muerte, sí lo venció?
Se hacía esa pregunta con tormento y no podía entender que ya entonces, cuando estaba de pie sobre el río, quizá presentía en sí y en sus convicciones una profunda mentira. No entendía que ese presentimiento podía ser el anuncio de un futuro quiebre en su vida, de su futura resurrección, de una futura mirada nueva sobre la vida.
Admitía más bien solo el peso embotado del instinto, que no le tocaba a él romper y por encima del cual, una vez más, no tenía fuerzas para pasar (por debilidad e insignificancia). Miraba a sus compañeros de presidio y se asombraba: ¡cómo amaban también todos ellos la vida, cómo la apreciaban! Precisamente le pareció que en la cárcel la amaban y la valoraban todavía más, y la apreciaban más que en libertad. ¡Qué tormentos y suplicios terribles no habían soportado algunos de ellos, por ejemplo los vagabundos! ¿Será posible que pueda significar tanto para ellos un solo rayo de sol, un bosque espeso, en algún lugar perdido y desconocido un manantial frío, señalado ya desde hacía tres años, con el que el vagabundo sueña volver a encontrarse como con una amante, lo ve en sueños, con la hierbita verde alrededor, con el pajarito que canta en el arbusto? Mirando más a fondo, veía ejemplos todavía más inexplicables.
En la cárcel, en el ambiente que lo rodeaba, desde luego no notaba muchas cosas, y no quería notarlas en absoluto. Vivía como con los ojos bajos: le resultaba repugnante e insoportable mirar. Pero al final muchas cosas empezaron a asombrarlo, y de algún modo, sin querer, empezó a notar lo que antes ni siquiera sospechaba. En general, y más que nada, empezó a asombrarlo ese abismo terrible, infranqueable, que había entre él y toda esa gente. Parecía que él y ellos fueran de naciones distintas. Él y ellos se miraban con desconfianza y hostilidad. Conocía y entendía las causas generales de esa separación; pero nunca antes había admitido que esas causas fueran en realidad tan profundas y fuertes. En la cárcel había también polacos deportados, presos políticos. Esos sencillamente consideraban a toda esa gente ignorantes y siervos y la despreciaban desde lo alto; pero Raskólnikov no podía mirar así: veía claramente que esos ignorantes eran en muchos aspectos mucho más inteligentes que esos mismos polacos. Había también rusos que despreciaban demasiado a ese pueblo: un ex oficial y dos seminaristas; Raskólnikov notaba claramente también su error.
A él, en cambio, no lo querían y lo evitaban todos. Al final hasta empezaron a odiarlo; ¿por qué? No lo sabía. Lo despreciaban, se reían de él, se reían de su crimen los que eran mucho más criminales que él.
—¡Tú eres un señor! —le decían—. ¡Qué ibas a andar tú con un hacha! No es para nada cosa de señores.
En la segunda semana de la Cuaresma le tocó el turno de hacer sus devociones con su barraca. Iba a la iglesia a rezar con los demás. Por algo que ni él mismo supo, se produjo una vez una pelea; todos a la vez se le echaron encima con rabia.
—¡Tú eres un ateo! ¡Tú no crees en Dios! —le gritaban—. Hay que matarte.
Nunca había hablado con ellos de Dios ni de la fe, pero querían matarlo como ateo; él callaba y no les replicaba. Un presidiario se lanzó sobre él en un frenesí decidido; Raskólnikov lo esperaba tranquilo y en silencio: no se le movió una ceja, no le tembló ni un rasgo de la cara. El soldado de la escolta alcanzó a ponerse a tiempo entre él y el asesino; si no, se habría derramado sangre.
Había otra pregunta que no podía resolver: ¿por qué todos ellos le habían tomado tanto cariño a Sonia? Ella no buscaba congraciarse con ellos; la veían raramente, a veces solo en los trabajos, cuando venía un minuto para verlo a él. Y sin embargo todos ya la conocían, sabían también que lo había seguido, sabían cómo vivía, dónde vivía. Dinero no les daba, servicios especiales no les prestaba. Solo una vez, en Navidad, trajo para toda la cárcel una limosna: empanadas y roscas. Pero poco a poco entre ellos y Sonia se fueron estableciendo algunas relaciones más cercanas: ella les escribía cartas para sus familias y las mandaba por correo. Sus parientes, hombres y mujeres, que venían a la ciudad, dejaban, por indicación de ellos, en manos de Sonia cosas para ellos y hasta dinero. Sus mujeres y sus amantes la conocían y la visitaban. Y cuando ella aparecía en los trabajos, viniendo a ver a Raskólnikov, o se encontraba con un grupo de presos que iban a trabajar, todos se quitaban el gorro, todos la saludaban: «¡Madrecita, Sofía Semiónovna, madre nuestra, tierna, compasiva!», les decían esos presidiarios rudos, marcados a hierro, a esa criatura pequeña y delgadita. Ella sonreía y les devolvía el saludo, y a todos les gustaba cuando ella les sonreía. Les gustaba hasta su manera de caminar, se volvían a mirarla cuando se iba, y la elogiaban; la elogiaban incluso por ser tan pequeña, ya no sabían ni por qué elogiarla. Hasta iban a verla para que los curara.
Estuvo en el hospital todo el final de la Cuaresma y la Semana Santa. Ya convaleciente, recordó sus sueños de cuando todavía estaba con fiebre y delirio. Había soñado, en la enfermedad, que todo el mundo estaba condenado a ser víctima de una especie de peste terrible, inaudita y nunca vista, que venía de las profundidades de Asia hacia Europa. Todos debían perecer, salvo algunos, muy pocos, elegidos. Habían aparecido unas triquinas nuevas, seres microscópicos que se instalaban en los cuerpos de las personas. Pero esos seres eran espíritus, dotados de inteligencia y voluntad. Las personas que los recibían en sí se volvían enseguida endemoniadas y locas. Pero nunca, nunca las personas se habían considerado tan inteligentes e inquebrantables en la verdad como se consideraban los contagiados. Nunca habían considerado más inquebrantables sus sentencias, sus conclusiones científicas, sus convicciones y creencias morales. Aldeas enteras, ciudades y pueblos enteros se contagiaban y enloquecían. Todos estaban alarmados y no se entendían entre sí; cada uno pensaba que solo en él estaba la verdad, y se atormentaba mirando a los demás, se golpeaba el pecho, lloraba y se retorcía las manos. No sabían a quién juzgar ni cómo, no podían ponerse de acuerdo sobre qué considerar el mal y qué el bien. No sabían a quién acusar ni a quién justificar. Las personas se mataban unas a otras con una especie de rabia absurda. Se reunían unas contra otras en ejércitos enteros, pero los ejércitos, ya en marcha, de pronto empezaban a desgarrarse a sí mismos, las filas se desordenaban, los guerreros se lanzaban unos sobre otros, se apuñalaban y se degollaban, se mordían y se comían unos a otros. En las ciudades tocaban a rebato todo el día: llamaban a todos, pero quién llamaba y para qué, nadie lo sabía, y todos estaban alarmados. Abandonaron los oficios más corrientes, porque cada uno proponía sus ideas, sus correcciones, y no podían ponerse de acuerdo; se detuvo la agricultura. Aquí y allá la gente se juntaba en grupos, se ponía de acuerdo en algo, juraba no separarse, pero enseguida empezaba algo completamente distinto de lo que acababa de proponerse, empezaba a acusarse mutuamente, se peleaba y se degollaba. Empezaron los incendios, empezó el hambre. Todos y todo perecía. La peste crecía y avanzaba cada vez más. Solo podían salvarse en todo el mundo unas pocas personas: eran los puros y elegidos, destinados a empezar una nueva raza de hombres y una nueva vida, a renovar y purificar la tierra, pero nadie, en ninguna parte, había visto a esas personas, nadie había oído su palabra ni su voz.
A Raskólnikov lo atormentaba que ese delirio absurdo resonara de un modo tan triste y tan torturante en sus recuerdos, que la impresión de esos sueños febriles tardara tanto en pasar. Era ya la segunda semana después de Semana Santa; hacía días tibios, claros, de primavera; en la sala de presos habían abierto las ventanas (enrejadas, debajo de las cuales andaba un centinela). Sonia, durante toda su enfermedad, solo había podido visitarlo dos veces en la sala; cada vez había que pedir permiso, y eso era difícil. Pero venía a menudo al patio del hospital, bajo las ventanas, sobre todo al atardecer, y a veces solo para quedarse un minuto en el patio y mirar aunque fuera de lejos las ventanas de la sala. Una vez, al atardecer, Raskólnikov, ya casi completamente restablecido, se durmió; al despertarse, se acercó por casualidad a la ventana y de pronto vio a lo lejos, junto al portón del hospital, a Sonia. Estaba de pie y parecía esperar algo. Algo pareció atravesarle en ese momento el corazón; se estremeció y se apartó enseguida de la ventana. Al día siguiente Sonia no vino, al tercer día tampoco; él notó que la esperaba con inquietud. Por fin le dieron el alta. Al llegar a la cárcel, se enteró por los presos de que Sofía Semiónovna se había enfermado, estaba en cama en su casa y no salía a ninguna parte.
Estaba muy inquieto, mandaba a preguntar por ella. Pronto se enteró de que su enfermedad no era peligrosa. Al enterarse a su vez de que él la extrañaba tanto y se preocupaba por ella, Sonia le mandó una nota escrita con lápiz, y le informaba que estaba mucho mejor, que tenía un resfrío sin importancia, leve, y que pronto, muy pronto, iría a verlo al trabajo. Cuando leía esa nota, el corazón le latía con fuerza y dolor.
El día era otra vez claro y tibio. Muy temprano, a eso de las seis, se fue al trabajo, a la orilla del río, donde en un cobertizo estaba instalado un horno para cocer alabastro y donde lo machacaban. Fueron allí solo tres trabajadores. Uno de los presos tomó al soldado de escolta y fue con él a la fortaleza a buscar una herramienta; otro se puso a preparar la leña y a cargarla en el horno. Raskólnikov salió del cobertizo a la orilla misma, se sentó sobre unos troncos apilados junto al cobertizo y se puso a mirar el río ancho y desierto. Desde la orilla alta se abría una amplia comarca. Desde la otra orilla, lejana, llegaba una canción apenas audible. Allá, en la estepa inmensa bañada de sol, negreaban como puntos apenas perceptibles las yurtas de los nómadas. Allá estaba la libertad y vivía otra gente, nada parecida a la de aquí; allá era como si el tiempo mismo se hubiera detenido, como si todavía no hubieran pasado los siglos de Abraham y de sus rebaños. Raskólnikov estaba sentado, miraba inmóvil, sin apartar la vista; su pensamiento pasaba a los sueños, a la contemplación; no pensaba en nada, pero una especie de angustia lo agitaba y lo atormentaba.
De pronto Sonia apareció a su lado. Se había acercado casi sin ruido y se sentó junto a él. Era todavía muy temprano, el fresco de la mañana todavía no se había suavizado. Llevaba su pobre capa vieja y el chal verde. Su cara todavía mostraba señales de la enfermedad, había adelgazado, palidecido, se había afilado. Le sonrió con afecto y alegría, pero, según su costumbre, le tendió la mano con timidez.
Siempre le tendía la mano con timidez, a veces ni siquiera se la daba, como si temiera que él la rechazara. Él siempre le tomaba la mano como con repugnancia, siempre la recibía como con fastidio, a veces callaba obstinadamente durante toda su visita. Pasaba que ella temblaba ante él y se iba con una pena profunda. Pero ahora sus manos no se separaban; él la miró fugaz y rápidamente, no pronunció nada y bajó los ojos al suelo. Estaban solos, nadie los veía. El soldado de escolta se había vuelto de espaldas en ese momento.
Cómo sucedió, ni él mismo lo supo, pero de pronto fue como si algo lo levantara y lo arrojara a sus pies. Lloraba y le abrazaba las rodillas. En el primer instante ella se asustó terriblemente, y toda su cara se volvió de muerte. Se levantó de un salto y, temblando, lo miraba. Pero enseguida, en ese mismo instante, lo comprendió todo. En sus ojos brilló una felicidad infinita; comprendió, y para ella ya no había duda de que él la amaba, la amaba infinitamente, y de que por fin había llegado ese momento…
Quisieron hablar, pero no pudieron. Tenían lágrimas en los ojos. Los dos estaban pálidos y flacos; pero en esas caras enfermas y pálidas ya brillaba la aurora de un futuro renovado, de una resurrección plena a una vida nueva. Los había resucitado el amor; el corazón de uno encerraba fuentes infinitas de vida para el corazón del otro.
Resolvieron esperar y sufrir con paciencia. Les quedaban todavía siete años; ¡y hasta entonces, cuánto tormento insoportable y cuánta felicidad infinita! Pero él había resucitado, y lo sabía, lo sentía plenamente con todo su ser renovado, y ella… ¡ella vivía solo de la vida de él!
Al anochecer de ese mismo día, cuando ya habían cerrado las barracas, Raskólnikov estaba acostado en las tarimas y pensaba en ella. Ese día hasta le había parecido que todos los presidiarios, sus antiguos enemigos, ya lo miraban de otro modo. Él mismo hasta les había hablado, y le habían respondido con cariño. Lo recordó ahora, pero así tenía que ser: ¿acaso no debía ahora cambiar todo?
Pensaba en ella. Recordó cómo la había atormentado constantemente y le había desgarrado el corazón; recordó su pobre carita delgada, pero esos recuerdos ahora casi no lo atormentaban: sabía con qué amor infinito redimiría ahora todos sus sufrimientos.
¡Y qué eran todos, todos los tormentos del pasado! Todo, incluso su crimen, incluso la sentencia y la deportación, le parecían ahora, en el primer impulso, un hecho exterior, extraño, como si ni siquiera le hubiera ocurrido a él. Por lo demás, esa noche no podía pensar en nada largo rato y de modo continuado, concentrar el pensamiento en algo; y tampoco habría resuelto nada ahora conscientemente; solo sentía. En lugar de la dialéctica había llegado la vida, y en la conciencia debía elaborarse algo completamente distinto.
Debajo de su almohada estaba el Evangelio. Lo tomó maquinalmente. Ese libro le pertenecía a ella, era el mismo con el que ella le había leído la resurrección de Lázaro. Al principio del presidio él pensaba que ella lo atormentaría con la religión, que le hablaría del Evangelio y le impondría libros. Pero, para su enorme asombro, ella nunca le habló de eso, ni una sola vez le ofreció siquiera el Evangelio. Él mismo se lo pidió poco antes de su enfermedad, y ella le trajo el libro en silencio. Hasta ahora ni lo había abierto.
Tampoco lo abrió ahora, pero un pensamiento le cruzó por dentro: «¿Acaso sus convicciones pueden no ser ahora también mis convicciones? Sus sentimientos, sus aspiraciones, por lo menos…».
También ella estuvo agitada todo ese día, y por la noche hasta volvió a enfermarse. Pero era tan feliz que casi se asustó de su felicidad. ¡Siete años, solo siete años! Al principio de su felicidad, en algunos momentos, los dos estaban dispuestos a mirar esos siete años como siete días. Él ni siquiera sabía que la nueva vida no le llegaría gratis, que todavía había que comprarla cara, pagarla con una gran hazaña futura…
Pero aquí ya empieza una historia nueva, la historia de la renovación gradual de un hombre, la historia de su regeneración gradual, de su paso gradual de un mundo a otro, de su conocimiento de una realidad nueva, hasta ahora completamente desconocida. Eso podría ser tema de un nuevo relato, pero nuestro relato de ahora ha terminado.
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