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Crimen y castigo

Capítulo 5 de 41

Índice

Capítulo 5

Primera parte. Capítulo V

Crimen y castigo · Fiódor Dostoyevski

«Es verdad que hace poco quería pedirle trabajo a Razumíjin, que me consiguiera clases o algo… —iba pensando Raskólnikov—, ¿pero en qué puede ayudarme ahora? Supongamos que me consigue clases, supongamos incluso que comparte conmigo su último kopek, si es que tiene un kopek, de modo que hasta se puedan comprar unas botas y arreglar la ropa para ir a dar clases… hm… ¿Y después? ¿Qué voy a hacer con unas monedas de cinco kopeks? ¿Acaso es eso lo que necesito ahora? De verdad, es ridículo que haya ido a ver a Razumíjin…»

La pregunta de por qué iba ahora a ver a Razumíjin lo inquietaba más de lo que a él mismo le parecía; con inquietud buscaba un sentido siniestro para sí en ese acto, al parecer, de lo más corriente.

«¿Y qué? ¿Acaso quería arreglar todo el asunto solo con Razumíjin y encontré la salida de todo en Razumíjin?», se preguntaba con asombro.

Pensaba y se frotaba la frente, y, cosa extraña, de algún modo por casualidad, de pronto y casi por sí sola, después de una larga meditación, le vino a la cabeza una idea extrañísima.

«Hm… A Razumíjin —dijo de pronto con total tranquilidad, como si se tratara de una decisión definitiva—, a ver a Razumíjin iré, desde luego… pero no ahora… Iré a verlo… al día siguiente, después de aquello, cuando aquello ya esté terminado y todo empiece de nuevo…»

Y de pronto volvió en sí.

«Después de aquello —gritó, levantándose de un salto del banco—, ¿pero acaso aquello va a ser? ¿De verdad va a ser?»

Dejó el banco y se fue, casi corriendo; quiso volver atrás, a su casa, pero de pronto ir a casa le resultó terriblemente repugnante: allí, en el rincón, en ese horrible armario, había madurado todo aquello desde hacía ya más de un mes, y echó a andar a donde lo llevaran los pies.

Su temblor nervioso se había convertido en una especie de temblor febril; sentía hasta escalofríos; con aquel calor, tenía frío. Como con esfuerzo, casi inconscientemente, por una especie de necesidad interior, empezó a fijarse en todos los objetos que encontraba, como si buscara con empeño distraerse, pero lo lograba mal, y a cada momento volvía a caer en la meditación. Y cuando de nuevo, estremeciéndose, levantaba la cabeza y miraba alrededor, enseguida olvidaba en qué acababa de pensar y hasta por dónde pasaba. Así recorrió toda la isla Vasílievski, salió al Pequeño Neva, cruzó el puente y dobló hacia las Islas. El verdor y la frescura agradaron al principio a sus ojos cansados, acostumbrados al polvo de la ciudad, a la cal y a las casas enormes que oprimían y aplastaban. Aquí no había bochorno, ni hedor, ni tabernas. Pero pronto también esas sensaciones nuevas y agradables se volvieron enfermizas e irritantes. A veces se detenía delante de alguna dacha engalanada entre el verdor, miraba por la verja y veía a lo lejos, en los balcones y en las terrazas, a mujeres emperifolladas y a niños que corrían por el jardín. Sobre todo le interesaban las flores; las miraba más que ninguna otra cosa. Se cruzaba también con carruajes lujosos, con jinetes y amazonas; los seguía con los ojos, con curiosidad, y los olvidaba antes de que se perdieran de vista. Una vez se detuvo y contó su dinero: tenía unos treinta kopeks. «Veinte al guardia, tres a Nastasia por la carta; o sea que a los Marmeládov les di ayer unos cuarenta y siete o cincuenta kopeks», pensó, calculando no sabía para qué, pero pronto olvidó incluso para qué había sacado el dinero del bolsillo. Se acordó al pasar delante de un establecimiento de comidas, una especie de fonda, y sintió que tenía hambre. Al entrar en la fonda, se bebió una copita de vodka y se comió una empanada con no sé qué relleno. La terminó otra vez por el camino. Hacía mucho que no bebía vodka, y le hizo efecto al instante, aunque no había bebido más que una copita. De pronto las piernas le pesaron y empezó a sentir unas ganas tremendas de dormir. Echó a andar hacia su casa; pero al llegar a la isla Petrovski se detuvo completamente agotado, se apartó del camino, se metió entre los arbustos, se dejó caer sobre la hierba y en el mismo instante se durmió.

En un estado enfermizo, los sueños se distinguen a menudo por un relieve, una viveza y un parecido con la realidad extraordinarios. A veces se compone un cuadro monstruoso, pero el ambiente y todo el desarrollo de la representación son tan verosímiles, y con detalles tan finos, tan inesperados, pero tan acordes artísticamente con la plenitud del cuadro, que el mismo soñador no podría inventarlos despierto aunque fuera un artista como Pushkin o Turguéniev. Estos sueños, los sueños enfermizos, se recuerdan siempre mucho tiempo y producen una fuerte impresión en el organismo trastornado y ya excitado del hombre.

Raskólnikov tuvo un sueño espantoso. Soñó con su infancia, todavía en su pueblo. Tiene unos siete años y pasea un día de fiesta, al atardecer, con su padre, en las afueras. Es un día gris, sofocante, y el lugar es exactamente como quedó en su memoria; incluso en su memoria se había borrado mucho más de lo que ahora se le presentaba en sueños. El pueblo está a la vista, como en la palma de la mano, sin un sauce alrededor; en algún lugar muy lejano, en el borde mismo del cielo, negrea un bosquecillo. A pocos pasos de la última huerta del pueblo hay una tasca, una tasca grande, que siempre le producía una impresión desagradabilísima y hasta miedo cuando pasaba delante de ella paseando con su padre. Allí siempre había tanta gente, se gritaba, se reía, se insultaba tanto, se cantaba de un modo tan horrible y tan ronco, y se peleaban tan a menudo; alrededor de la tasca siempre rondaban unas caras tan borrachas y tan espantosas… Al cruzarse con ellas, él se apretaba contra su padre y temblaba entero. Junto a la tasca está el camino, un camino de tierra, siempre polvoriento, y el polvo en él siempre es tan negro. Va serpenteando más allá y a unos trescientos pasos rodea por la derecha el cementerio del pueblo. En medio del cementerio hay una iglesia de piedra con una cúpula verde, a la que él iba dos veces al año con su padre y su madre a misa, cuando se oficiaban responsos por su abuela, muerta hacía ya mucho, a la que nunca había conocido. En esas ocasiones siempre llevaban kutiá1 en una fuente blanca, envuelta en una servilleta, y la kutiá era dulce, de arroz con pasas hundidas en el arroz formando una cruz. Él quería esa iglesia y sus antiguos iconos, en su mayoría sin marco de metal, y al viejo sacerdote de cabeza temblorosa. Junto a la tumba de la abuela, que tenía una lápida, estaba también la tumbita de su hermano menor, muerto a los seis meses, al que tampoco había conocido ni podía recordar; pero le habían dicho que había tenido un hermanito, y cada vez que visitaba el cementerio se santiguaba religiosa y respetuosamente sobre la tumbita, se inclinaba ante ella y la besaba. Y he aquí que sueña: van con su padre por el camino hacia el cementerio y pasan delante de la tasca; él lleva a su padre de la mano y mira con miedo hacia la tasca. Una circunstancia especial le llama la atención: esta vez parece haber allí una fiesta, una multitud de mujeres de la ciudad engalanadas, de campesinas, de sus maridos y de toda clase de chusma. Todos están borrachos, todos cantan canciones, y junto a la escalinata de la tasca hay una carreta, pero una carreta extraña. Es una de esas carretas grandes a las que se enganchan grandes caballos de tiro y en las que se transportan mercancías y barriles de aguardiente. A él siempre le gustaba mirar esos enormes caballos de tiro, de largas crines y patas gruesas, que avanzan tranquilos, a paso regular, arrastrando detrás de sí toda una montaña, sin el menor esfuerzo, como si con la carga les resultara incluso más fácil que sin ella. Pero ahora, cosa extraña, a esa carreta grande estaba enganchada una yegüita de campesino pequeña, flaca, baya, una de esas que —él lo había visto a menudo— se revientan a veces con alguna carga alta de leña o de heno, sobre todo si la carga se atasca en el barro o en un surco, y entonces los campesinos siempre les pegan con el látigo tan fuerte, tan fuerte, a veces hasta en el mismo hocico y en los ojos, y a él le da tanta lástima, tanta lástima mirarlo, que casi llora, y mamá siempre lo apartaba de la ventana. Pero he aquí que de pronto se arma un gran alboroto: de la tasca salen con gritos, con canciones, con balalaikas, unos campesinos borrachos, muy borrachos, unos hombretones con camisas rojas y azules y con los caftanes echados sobre los hombros. «¡Suban, suban todos! —grita uno, todavía joven, de cuello muy grueso y cara carnosa, roja como una zanahoria—. ¡Los llevo a todos, suban!» Pero enseguida se oyen risas y exclamaciones:

—¡Como si ese jamelgo pudiera tirar!

—Pero, Mikolka, ¿estás en tus cabales? ¡Mira que enganchar esa yegüita a semejante carreta!

—¡Y la baya debe de tener ya veinte años por lo menos, hermanos!

—¡Suban, los llevo a todos! —vuelve a gritar Mikolka, saltando el primero a la carreta; toma las riendas y se pone de pie, bien erguido, en la delantera—. El bayo oscuro se fue hace un rato con Matvéi —grita desde la carreta—, y esta yegüita, hermanos, no hace más que partirme el corazón: la mataría, me parece, come de balde. ¡Les digo que suban! ¡La pongo al galope! ¡Va a ir al galope! —Y toma el látigo, preparándose con deleite para azotar a la baya.

—¡Pues suban, qué tanto! —ríen en la multitud—. ¿Oyen? ¡Va a ir al galope!

—Esa hace por lo menos diez años que no galopa.

—¡Ya va a galopar!

—¡Sin lástima, hermanos, que cada uno agarre un látigo, prepárense!

—¡Eso! ¡Azótala!

Todos se trepan a la carreta de Mikolka entre risas y chistes. Se suben unos seis, y todavía cabe gente. Se llevan a una mujer gorda y colorada. Va vestida de percal rojo, con un tocado de cuentas, con botines de cuero, partiendo avellanas y riéndose por lo bajo. Alrededor, en la multitud, también se ríen, y de verdad, cómo no reírse: ¡semejante yegüita esmirriada va a llevar semejante carga al galope! Dos mozos de la carreta toman enseguida un látigo cada uno para ayudar a Mikolka. Se oye: «¡Arre!», el jamelgo tira con todas sus fuerzas, pero no solo no va al galope, sino que apenas puede avanzar al paso; solo mueve las patas a pasitos cortos, resopla y se encoge bajo los golpes de los tres látigos, que le caen encima como granizo. Las risas en la carreta y en la multitud se redoblan, pero Mikolka se enfurece y, rabioso, azota a la yegüita con golpes cada vez más seguidos, como si de verdad creyera que va a ir al galope.

—¡Déjenme subir a mí también, hermanos! —grita un mozo de la multitud al que se le ha abierto el apetito.

—¡Sube! ¡Suban todos! —grita Mikolka—. A todos los va a llevar. ¡La mato a latigazos! —Y azota, azota, y ya no sabe con qué pegar, de tan enfurecido.

—Papá, papá —le grita él a su padre—, papá, ¿qué están haciendo? ¡Papá, le pegan al pobre caballito!

—¡Vámonos, vámonos! —dice el padre—. Están borrachos, hacen tonterías, son unos estúpidos: ¡vámonos, no mires! —Y quiere llevárselo, pero él se suelta de sus manos y, fuera de sí, corre hacia el caballito. Pero el pobre caballito ya está mal. Se ahoga, se detiene, vuelve a tirar, casi se cae.

—¡Azótala hasta matarla! —grita Mikolka—. A eso hemos llegado. ¡La mato a latigazos!

—Pero ¿es que no llevas una cruz encima, demonio? —grita un viejo de la multitud.

—¿Dónde se ha visto que un caballito así tire de semejante carga? —añade otro.

—¡La vas a reventar! —grita un tercero.

—¡No te metas! ¡Es mía! Hago lo que quiero. ¡Suban más! ¡Suban todos! ¡Quiero que vaya al galope sin falta!…

De pronto estalla una carcajada general que lo cubre todo: la yegüita no aguantó los golpes cada vez más seguidos y, sin fuerzas, empezó a cocear. Ni siquiera el viejo pudo contenerse y sonrió. Y de verdad: ¡semejante yegüita esmirriada, y encima cocea!

Dos mozos de la multitud sacan otro látigo cada uno y corren hacia el caballito para azotarlo por los costados. Cada uno corre por su lado.

—¡En el hocico, dale en los ojos, en los ojos! —grita Mikolka.

—¡Una canción, hermanos! —grita alguien desde la carreta, y todos en la carreta la siguen. Resuena una canción desenfrenada, tintinea una pandereta, en los estribillos se silba. La mujercita parte avellanas y se ríe por lo bajo.

…Él corre junto al caballito, se adelanta, ve cómo le pegan en los ojos, ¡en los mismos ojos! Llora. El corazón le sube a la garganta, le corren las lágrimas. Uno de los que azotan lo alcanza en la cara; él no lo siente, se retuerce las manos, grita, se lanza hacia el viejo canoso de barba canosa, que menea la cabeza y reprueba todo aquello. Una mujer lo toma de la mano y quiere llevárselo; pero él se suelta y vuelve a correr hacia el caballito. Este ya está en sus últimos esfuerzos, pero empieza a cocear una vez más.

—¡Que te lleve el demonio! —grita Mikolka, enfurecido. Tira el látigo, se agacha y saca del fondo de la carreta una vara larga y gruesa, la toma por un extremo con las dos manos y la levanta con esfuerzo sobre la baya.

—¡La va a partir! —gritan alrededor.

—¡La va a matar!

—¡Es mía! —grita Mikolka, y deja caer la vara con todas sus fuerzas. Se oye un golpe pesado.

—¡Azótala, azótala! ¿Qué se quedaron mirando? —gritan voces en la multitud.

Y Mikolka levanta la vara otra vez, y otro golpe con todas sus fuerzas cae sobre el lomo de la desdichada yegua. Se le hunden por completo los cuartos traseros, pero se levanta de un salto y tira, tira con sus últimas fuerzas hacia un lado y hacia el otro, para sacar la carreta; pero desde todos lados la reciben seis látigos, y la vara vuelve a alzarse y cae por tercera vez, después por cuarta, acompasadamente, con todas las fuerzas. Mikolka está furioso porque no puede matarla de un solo golpe.

—¡Es dura de matar! —gritan alrededor.

—¡Ahora mismo cae, hermanos, y ahí se acaba! —grita desde la multitud un aficionado.

—¡Con el hacha, qué tanto! Termina con ella de una vez —grita un tercero.

—¡Eh, que te coman los mosquitos! ¡Abran paso! —grita Mikolka como un poseso; tira la vara, vuelve a agacharse en la carreta y saca una barra de hierro—. ¡Cuidado! —grita, y con todas sus fuerzas descarga la barra sobre su pobre caballito. El golpe cae de lleno; la yegüita se tambalea, se hunde, quiere tirar, pero la barra vuelve a caerle con todas las fuerzas sobre el lomo, y se desploma en el suelo, como si le hubieran cortado las cuatro patas a la vez.

—¡Remátala! —grita Mikolka, y salta de la carreta, como fuera de sí. Unos cuantos mozos, también colorados y borrachos, agarran lo que encuentran —látigos, palos, la vara— y corren hacia la yegüita moribunda. Mikolka se pone a un costado y empieza a pegarle con la barra en el lomo, a lo loco. El jamelgo estira el hocico, suspira pesadamente y muere.

—¡La liquidó! —gritan en la multitud.

—¡Por qué no iba al galope!

—¡Es mía! —grita Mikolka, con la barra en las manos y los ojos inyectados en sangre. Está de pie como lamentando que ya no haya a quién pegarle.

—¡Pues sí que no llevas cruz encima! —gritan ya muchas voces en la multitud.

Pero el pobre niño ya no sabe lo que hace. Gritando, se abre paso entre la multitud hasta la baya, abraza su hocico muerto, ensangrentado, y lo besa, la besa en los ojos, en los labios… Después, de pronto, se levanta de un salto y, fuera de sí, se lanza con sus puñitos contra Mikolka. En ese instante su padre, que llevaba rato persiguiéndolo, lo agarra por fin y lo saca de la multitud.

—¡Vámonos! ¡Vámonos! —le dice—. ¡Vámonos a casa!

—¡Papá! ¿Por qué… al pobre caballito… lo mataron? —solloza él, pero se le corta la respiración y las palabras le salen como gritos del pecho oprimido.

—Están borrachos, hacen tonterías, no es asunto nuestro, ¡vámonos! —dice el padre. Él abraza a su padre, pero el pecho se le oprime, se le oprime. Quiere tomar aire, gritar, y se despierta.

Se despertó todo sudado, con el pelo mojado de sudor, sin aliento, y se incorporó horrorizado.

«¡Gracias a Dios, no es más que un sueño! —dijo, sentándose bajo un árbol y respirando hondo—. ¿Pero qué es esto? ¿No me estará empezando una fiebre? ¡Un sueño tan monstruoso!»

Tenía todo el cuerpo como molido; el alma, turbia y oscura. Apoyó los codos en las rodillas y se sostuvo la cabeza con las dos manos.

«¡Dios mío! —exclamó—. ¿Será posible, será posible que de verdad tome un hacha, que le pegue en la cabeza, que le parta el cráneo… que resbale en la sangre pegajosa y tibia, que fuerce la cerradura, que robe y tiemble; que me esconda, todo cubierto de sangre… con el hacha… Señor, ¿será posible?»

Temblaba como una hoja mientras lo decía.

—¡Pero qué me pasa! —prosiguió, enderezándose otra vez y como profundamente asombrado—. Si yo sabía que no lo iba a soportar, ¿entonces para qué me he atormentado hasta ahora? Si ayer mismo, ayer, cuando fui a hacer ese… ensayo, ayer mismo comprendí por completo que no lo iba a aguantar… ¿Y ahora qué? ¿Por qué seguía dudando hasta ahora? Si ayer mismo, al bajar la escalera, yo mismo me dije que era vil, repugnante, bajo, bajo… si la sola idea, despierto, me dio náuseas y me llenó de horror…

—¡No, no lo aguantaré, no lo aguantaré! Aunque, aunque no haya ninguna duda en todos esos cálculos, aunque todo lo que se decidió este mes esté claro como el día, sea justo como la aritmética. ¡Señor! ¡Si de todos modos no me voy a decidir! ¡Si no lo voy a aguantar, no lo voy a aguantar!… ¿Entonces por qué, por qué hasta ahora…?

Se puso de pie, miró alrededor con asombro, como sorprendido incluso de haber llegado hasta allí, y se encaminó hacia el puente T… Estaba pálido, le ardían los ojos, tenía todos los miembros agotados, pero de pronto pareció que respiraba con más facilidad. Sintió que ya se había quitado de encima esa carga terrible que lo había oprimido tanto tiempo, y en su alma de pronto todo se volvió ligero y en paz. «¡Señor! —suplicaba—. ¡Muéstrame mi camino, y yo renuncio a este maldito… sueño mío!»

Al cruzar el puente, miraba en silencio y con calma el Neva, la vívida puesta de un sol vívido y rojo. A pesar de su debilidad, ni siquiera sentía cansancio. Era como si un absceso en el corazón, que se le había ido formando durante todo el mes, hubiera reventado de pronto. ¡Libertad, libertad! ¡Ahora estaba libre de ese encantamiento, de la brujería, del hechizo, de la obsesión!

Más tarde, cuando recordaba ese tiempo y todo lo que le había ocurrido en esos días, minuto a minuto, punto por punto, rasgo por rasgo, siempre lo impresionaba hasta la superstición una circunstancia, aunque en el fondo no muy extraordinaria, pero que después siempre le pareció como una especie de predestinación de su destino.

A saber: no podía de ningún modo comprender ni explicarse por qué él, cansado, extenuado, que habría hecho mejor en volver a casa por el camino más corto y directo, volvió a casa por la plaza Sennaia, por la que no tenía en absoluto por qué pasar. El rodeo era pequeño, pero evidente y completamente innecesario. Desde luego, decenas de veces le había ocurrido volver a casa sin recordar las calles por las que había pasado. ¿Pero por qué, se preguntaba siempre, por qué un encuentro tan importante, tan decisivo para él y al mismo tiempo tan sumamente casual en la Sennaia (por la que ni siquiera tenía por qué pasar) llegó justo entonces, a esa hora, a ese minuto de su vida, justo a ese estado de ánimo y a esas circunstancias, las únicas en que podía ese encuentro producir el efecto más decisivo y más definitivo sobre todo su destino? ¡Como si lo hubiera estado esperando allí a propósito!

Eran cerca de las nueve cuando pasaba por la Sennaia. Todos los vendedores de las mesas, de los puestos, de las tiendas y tienditas cerraban sus negocios o recogían y guardaban su mercancía, y se iban a sus casas, igual que sus clientes. Junto a las fondas de los bajos, en los patios sucios y hediondos de las casas de la plaza Sennaia, y sobre todo junto a las tabernas, se apiñaban muchos buscavidas y harapientos de toda clase y condición. Raskólnikov tenía preferencia por esos lugares, igual que por todos los callejones cercanos, cuando salía a la calle sin rumbo. Allí sus harapos no atraían la mirada altiva de nadie, y se podía andar con el aspecto que fuera sin escandalizar a nadie. Justo en la esquina del callejón K…, un mieshchanín y una mujer, su esposa, vendían en dos mesas su mercancía: hilos, cintas, pañuelos de percal, etcétera. También ellos se disponían a volver a casa, pero se habían demorado conversando con una conocida que se había acercado. Esa conocida era Lizaveta Ivánovna, o simplemente, como la llamaban todos, Lizaveta, la hermana menor de aquella misma vieja, Aliona Ivánovna, viuda de un registrador colegiado2 y prestamista, en cuya casa había estado Raskólnikov el día anterior para empeñarle el reloj y hacer su ensayo… Hacía tiempo que sabía todo sobre esa Lizaveta, y hasta ella lo conocía un poco. Era una mujerona alta, desgarbada, tímida y sumisa, casi idiota, de treinta y cinco años, que vivía en completa esclavitud bajo su hermana, trabajaba para ella día y noche, temblaba ante ella y soportaba de ella hasta golpes. Estaba de pie, pensativa, con un bulto, delante del mieshchanín y de la mujer, y los escuchaba con atención. Los otros le explicaban algo con especial ardor. Cuando Raskólnikov la vio de pronto, lo invadió una sensación extraña, parecida al asombro más profundo, aunque en ese encuentro no había nada asombroso.

—Usted, Lizaveta Ivánovna, debería decidirlo en persona —decía en voz alta el mieshchanín—. Venga mañana, señora, entre las seis y las siete. Y vendrán también ellos.

—¿Mañana? —dijo Lizaveta, arrastrando las palabras, pensativa, como si no se decidiera.

—¡Ay, cómo la tiene asustada Aliona Ivánovna! —parloteó la mujer del vendedor, una mujercita despierta—. La miro a usted y parece toda una criatura. Y ni siquiera es hermana suya de sangre, sino hermanastra, y mire cuánto poder se ha tomado.

—Esta vez no le diga nada a Aliona Ivánovna, señora —interrumpió el marido—, ese es mi consejo, y venga a vernos sin pedirle permiso. Es un negocio que conviene, señora. Después su hermanita misma podrá darse cuenta.

—¿Y si voy?

—Entre las seis y las siete, mañana; y vendrán de parte de ellos, señora; y lo decide usted en persona, señora.

—Y pondremos el samovar —añadió la mujer.

—Está bien, iré —dijo Lizaveta, todavía pensativa, y despacio empezó a ponerse en marcha.

Raskólnikov ya había pasado y no oyó más. Pasaba despacio, sin hacerse notar, procurando no perder ni una sola palabra. Su asombro inicial se fue convirtiendo poco a poco en horror, como si un escalofrío le recorriera la espalda. Se había enterado, se había enterado de pronto, de repente y de un modo completamente inesperado, de que al día siguiente, a las siete de la tarde en punto, Lizaveta, la hermana de la vieja y la única que vivía con ella, no estaría en casa, y de que, por lo tanto, la vieja, a las siete de la tarde en punto, se quedaría sola en casa.

Hasta su vivienda solo quedaban unos pasos. Entró en su cuarto como un condenado a muerte. No razonaba nada, ni podía razonar en absoluto; pero con todo su ser sintió de pronto que ya no tenía libertad de juicio ni voluntad, y que todo, de pronto, estaba decidido definitivamente.

Desde luego, aunque hubiera tenido que esperar años enteros una ocasión propicia, ni así, teniendo ese propósito, habría podido contar con seguridad con un paso más evidente hacia el éxito de ese propósito que el que se le presentaba de pronto ahora. En todo caso, habría sido difícil enterarse la víspera y con seguridad, con mayor precisión y con el menor riesgo, sin ninguna pregunta ni averiguación peligrosa, de que al día siguiente, a tal hora, tal vieja, contra la que se preparaba un atentado, estaría en casa completamente sola.


  1. Kutiá: dulce de arroz o de trigo con pasas o miel que se lleva a los oficios de difuntos. ↩
  2. Registrador colegiado: el grado más bajo (el decimocuarto) de la Tabla de Rangos. ↩